La canción del dragón - Capítulo 2
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2: Vamos a jugar 2: Vamos a jugar Rice lo había repetido infinitas veces en su cabeza, lo había pronunciado un millón de veces a lo largo de sus 16 años.
La palabra mágica.
El conjuro que le enseñaron para reprimir y encerrar sus poderes cuando lo necesitara.
No era fácil pasar desapercibido para el resto del mundo.
Ocultar su identidad como Alfa exigía inyectarse supresores cada doce horas para no ser descubierto por las autoridades.
El bajón mental llegaba como un golpe seco, hundiéndolo en la niebla cada vez que el líquido invadía sus venas.
Todo su ser lo rechazaba a más no poder.
Los Alfas no habían nacido para ser encerrados en jaulas, sino para crearlas.
Pero en el siglo XXI, ¿quién necesita todavía de Alfas y chamanes?
El oficio se estaba extinguiendo, aun si la última guerra había ocurrido apenas tres años atrás.
La gente olvida demasiado rápido… y esa amnesia era aterradora.
Y aún así, en un mundo moderno y tecnológico, había cosas que debían enfrentarse en secreto.
Cosas que no encajaban en la lógica.
Cosas como aquella.
—¡Arroz, vamos!
—lo llamaban sus amigos desde la distancia.
Habían quedado en ir todos juntos a comer por haber ganado el concurso regional.
Se había quedado mirando hacia el horizonte, siguiendo con la vista la dirección en la que Kon se había marchado.
Ni siquiera notó cuánto tiempo había pasado.
—Voy… —murmuró al fin.
Entonces la voz en su cabeza lo atravesó como un zarpazo: Intruso.
Algo se movió.
Una sombra anormal se deslizó con rapidez detrás de las casas, más densa que cualquier oscuridad natural.
Lucía espesa como petróleo, pero se agitaba con la agilidad de una anguila en el agua.
Rice frunció el ceño y la siguió, ignorando los llamados de sus amigos.
— ¿Qué haces, Rice?
—preguntó a alguien a lo lejos.
No contestó.
El olor que desprendía esa cosa era demasiado fuerte, rancio, como tierra húmeda mezclada con sangre oxidada.
La vio entonces: un Ixpuxtequi.
Criaturas comunes en Xictli, aunque pocos se atrevían a hablar de ellas.
De estatura baja y peso ligero, parecían hechos de hueso más que de carne.
Su cuerpo entero estaba al revés, como si lo hubieran volteado con brutalidad, y se movía a una velocidad imposible.
Carecía de mandíbula inferior, lo que le daba un aspecto grotesco al dejar colgar la lengua negra hasta el pecho.
Sus piernas, delgadas y emplumadas como las de un ave, terminaban en garras puntiagudas hasta la altura de las rodillas.
Tenía orejas enormes, como las de un ratón, demasiado grandes para un cuerpo del tamaño de un gato.
La criatura giró bruscamente, mostrando sus ojos hundidos y blancos, como si fueran de vidrio empañado.
Luego, con un chillido agudo y descompuesto, se lanzó a correr entre las sombras.
Rice no tardó en ir detrás de él, inventando una excusa a sus compañeros para que se adelantaran.
Sabía en qué dirección iba esa cosa.
Cerró los ojos por un momento, concentrándose su Ihí en ellos.
Cuando volvió a abrirlos, un leve hormigueo le recorrió las sienes y la realidad se transformó: lo material se volvió grisáceo, apagado e insípido.
El Ixpuxtequi, en cambio, brillaba de un verde intenso, putrefacto.
El color de la desgracia.
Esas criaturas eran conocidas por traer la mala suerte a cualquiera con el que se toparan; se alimentaban de la buena fortuna de los humanos y los Omegas, hasta dejarlos reducidos a la muerte.
En el caso de los Alfas, la suerte era distinta: eran devorados.
Los Ixpuxtequi adoraban la carne de un Alfa joven, saturada de vitalidad y fortuna.
¿Qué demonio no querría devorar al guardián de un Dios?
Y esa cosa había seleccionado a Kon como su siguiente presa.
Por eso era deber de Rice detenerlo.
Sacó un cúter del bolsillo de su pantalón de uniforme y se hizo un corte limpio en el antebrazo.
La sangre brotó enseguida, roja y fresca.
La frente se levantó a sí y habló con voz áspera, casi provocadora: —Vamos a jugar.
El Ixpuxtequi se detuvo de inmediato.
Giró su grotesco y diminuto cuerpo hacia él, atraído por el aroma metálico de la sangre Alfa.
Con un chillido gutural, se lanzó sin pensarlo.
Rice invocó entonces el espejo de obsidiana, que apareció flotando frente a él, oscuro y pulido como agua inmóvil.
El demonio apenas tuvo tiempo de reflejarse en él… El Ixpuxtequi se relajó con un sonido que no pertenecía a este mundo cuando sus ojos se encontraron con el reflejo en el espejo de obsidiana.
Su pequeño y grotesco cuerpo se retorció como si algo lo estuviera desgarrando desde dentro, desgajado por una fuerza invisible y cruel.
La criatura se fracturó en luces verdes y negras, como humo corrompido, y con un último alarido que se estremeció hasta el aire, fue arrastrada fuera de la realidad, devuelta al inframundo.
Rice devolvió el espejo al plano espiritual una vez que vio su trabajo hecho, siempre procurando no ver su propio reflejo, o podría terminar igual que esa criatura.
Miró de nuevo en dirección al sur, por donde se había ido Kon.
Le hubiera gustado que aceptara su invitación para comer juntos, pero ¿Qué podía hacer si no lo quería ni ver?
Al menos su trabajo de ese día había terminado.
❯────────────────❮ —Ese es el niño que debes de proteger, recuérdalo bien Rice.
Fue lo primero que vio después de salir de su cautiverio, la primera sonrisa sincera, el primer saludo y el primer juego.
Era un niño muy resplandeciente, que brillaba sin importar lo que hiciera.
Aún cubierto de tierra se veía hermoso.
—Es el último Pit-Nüwa que existe en el mundo.
Su pérdida significa la caída de nuestra especie.
Como a Sílex no puedes permitir que eso suceda ¿lo entiendes?
Así ha sido siempre.
La familia Tecpal fue una de las pocas que sobrevivió a la masacre de hace 300 años, en la quinta era.
Salvados por un dragón gigante de color azul como el cielo en tormenta, le juraron lealtad eterna; proteger a sus hijos, así como él los protegió cuando más lo necesitaban.
Los Pit-Nüwa son los líderes supremos de los Alfas, siempre fuertes, siempre perseverantes, sin retroceder jamás, temidos por sus enemigos y amados por sus aliados.
Rice admiraba a los Pit-Nuwa de los libros.
Por eso su decepción fue tan grande al verlo.
Kon nunca demostró lo que sus ancestros tanto emanaban, no era fuerte ni valiente.
Su mirada rehuía siempre que podía, se ocultaba detrás de los libros promulgando su falsa ley.
Como un cobarde quería gobernar detrás de un escritorio.
Los Alfas eran fuertes, ellos luchaban siempre al frente con los puños y no con las palabras.
Ares era el ejemplo ideal de líder Alfa, luchando mano a mano contra sus enemigos, sin necesidad de alguien que lo proteja, cargando con el peso de 20 familias Alfas que confiaban en él, y nunca se quejaba ¿A qué clase de hijo había traído al mundo?
En la primaria Kon lo consideraba su mejor amigo.
Estaban juntos siempre, tal cual su mamá le ordenó hacer, acercándose sigilosamente, ocultando su verdadera identidad.
Kon desde siempre fue un antisocial, prefería observar a las hormigas o buscar gusanos de tierra antes que jugar con los demás, qué Rice mostraría interés en sus actividades debía de hacerlo muy feliz porque pronto lo invitó a su casa y lo esperaba todas las mañanas para ir juntos a la escuela.
Kon era cobarde, pero también era ridículamente amable, ayudaba a todos los que veía con problemas e intentaba jugar con el resto cuando la actividad de cazar serpientes no estaba funcionando.
Rice lo apartaba de la multitud cuando hacía eso, le proponía otros juegos donde ellos dos serían los protagonistas, no quería lidiar con burlas innecesarias.
Sabía cómo los niños los veían, lo que susurraban de Kon a sus espaldas, jugaban con la muerte de su madre a causa de su cáncer.
Rice lo sabía y golpeaba a todos cuando nadie veía.
Aun así, hubo otros inadaptados que se acercaron a Kon para volverse amigos.
Aunque lo de serpientes no les era divertido, terminaron adaptándose a buscar sus rarezas y metiendo las suyas como si estuvieran formando un club secreto.
Quizás los otros niños lo vieron de esa forma; un club de perdedores.
Por supuesto que, todo el que lo dijera terminaba con la cabeza en el escusado o con la nariz rota.
A Rice la idea de ser temido se le hizo divertida.
Por primera vez pudo quitar la ira acumulada de los entrenamientos forzados.
Su padre no lo reprendió, bastaba con decirle que intentaron lastimar a Kon para que lo dejara tranquilo.
Y su madre, bueno, ella era estricta de otro modo.
—Si fueras competente, las burlas a Kon ya hubieran desaparecido.
Gracias a sus comentarios tan mordaces y su cruel entrenamiento, Rice supo que se sintió odiar a alguien a tan temprana edad.
Sin embargo, le agradeció el horrible entrenamiento.
Hubo chicos de secundaria con los que tuvieron que lidiar, idiotas que se sentían superiores por molestar a niños pequeños.
Tampoco le resultaron un problema al momento de castigarlos, con uno fue especialmente cruel por haber golpeado y destruido la caja de pájaros que Kon llevaba consigo.
Los encontraron abandonados en la bodega de la escuela el último día del mes, dedicado a la limpieza.
Como se negaba a dejarlos solos los metió en una caja de zapatos y hurgó en la tierra en busca de gusanos para alimentarlos.
—Se van a morir en la mañana— Rice trato de persuadirlo —Ellos son de la naturaleza y deben quedarse en ella.
—Por eso me los llevo, le diré a papá que me ayude a hacerles una nueva casa en el árbol de mangos, ahí estarán cómodos.
En el camino se encontraron con un grupo de delincuentes que acababan de robarle el dinero a un patético debilucho.
Como estaban molestos porque su cartera andante no tenía para las cervezas se desquitaron con los infantes que regresaban de la escuela.
Kon fue quien más luchó para proteger a los pichones, recibiendo más de una paliza en el intento.
Por ocultar su identidad, Rice también terminó con moretones y ambos quedaron tirados en medio de la banqueta con los pequeños pollos destripados.
Pasó toda la tarde consolándolo en su cuarto.
Kon lloraba a yeguas por la muerte de esos emplumados, incluso los enterraron en un árbol cercano.
Kon lloró hasta quedarse dormido, con la cara hinchada por los moretones que le salían y Rice lo dejó para ir a cazarlos uno por uno.
Con ayuda de su madre, por supuesto.
Ella era conocida por ser una de las mejores estrategas.
Miranda no le negó su venganza, al contrario, la usamos como una lección más.
Si deseaba vengarse de niños más grandes, primero debía volverse más fuerte y no encontró mejor forma de fortalecer a Rice que mandándolo como escudero de un guerrero Alfa.
Cró a su hijo para ser un verdadero Alfa: siempre fuerte, siempre firme ante la adversidad.
Como el Sílex que fue elegido para proteger al Pit-Nuwa, Rice debía gobernar a la familia Tecpal con puño cerrado y lealtad absoluta.
Para lograrlo, Miranda le negó el amor materno, lo alejó de su padre y sus abuelos.
Cada paso que daba, cada palabra que decía, era vigilado.
Incluso la violencia física, incluso las comidas que solo se ganaban con pelea, eran parte del entrenamiento.
Así, durante los primeros seis años de su vida, Rice creció sin conocer el amor.
Su padre se mantenía al margen, ignorando su existencia por completo.
Solo cuando Miranda lo mandaba a llevar al niño con sus socios, Ivan lo veía.
Lo dejaba en la entrada de una taberna, hablaba con algún hombre de músculos prominentes, y se iba.
Podrían pasar semanas, incluso meses, antes de volver a buscarlo.
Esos hombres le enseñaron a pelear, a usar armas, a entender cómo actúa un Alfa en la guerra…
y fuera de ella.
—Los humanos son hipócritas —le dijo uno de ellos—.
Nos temen tanto como nos necesitamos.
Por eso pagano para que hagamos lo que ellos no pueden.
La primera vez que Rice pisó un campo de batalla fue para recoger municiones de los cadáveres.
Él y otros niños Alfas debían correr y arrastrarse por el campo minado, buscando balas entre los cuerpos rotos.
El olor a pólvora se mezclaba con la sangre y la suciedad.
El polvo le ardía en los ojos.
Quiso llorar cuando una bala atravesó la cabeza del niño que corría a su lado, pero no podía permitirse morir ahí.
No cuando Kon aún estaba en Matusalem.
Su madre le envió un único mensaje: vuelve con al menos una derrota a tu nombre, o te mataré yo misma.
Rice no nació para sí mismo.
Su existencia tenía un propósito: proteger y amar al hijo de Ares.
Si no podía cumplir con eso, entonces no serviría.
Porque así fue como Miranda fue criada.
Y así era como Rice debía ser destruido para ser reconstruido.
Sentiría el mismo dolor.
La misma ira.
El mismo vacío.
Y lo abrazaría.
Como ella lo hizo.
Cuando le arrebató el arma y el escudo al enemigo en plena batalla, pudo regresar.
Los adultos contaban con orgullo cómo Rice le arrancó la garganta a un soldado de una mordida, cómo siguió corriendo con una bala en la pierna.
Para Evan, todos eran una manada de salvajes.
Por eso lo esperaba afuera.
—Al llegar a casa te das un baño.
Hueles a mierda —dijo, cubriendo la nariz con un pañuelo.
—Sí, papá.
Pero Rice estaba feliz.
Había ganado su primer trofeo.
Estaba a un paso de convertirse en el Sílex oficial de Kon.
Los adultos dijeron que ya era un Alfa.
Solo le faltaba un paso.
Para ser Sílex, tenía que ser aún más fuerte.
—¡Rice!— El único que se preocupó por su ausencia fue Kon —¿estás bien?
¿No te duelo?
Tu mamá dijo que te enfermaste.
El herido fue Rice y, sin embargo, era Kon quien estaba llorando.
Le preocupó que su amigo fuera a morir como lo vio en un programa.
Lloro más por él de lo que lloro con los pájaros y eso fue suficiente para alejar todo el dolor que había sentido en el mes.
—Sin duelo—.
Por eso Rice pudo responder con una sonrisa y levantar su brazo, como si quisiera mostrar los músculos que se desarrollan en ese tiempo.
—Ves?
Me volví más fuerte.
—¿Por qué estás tan triste?
¿Él triste?
Rice nunca estuvo triste, pero Kon insistía en lo mismo.
Para callarlo accedió a jugar a todo lo que quisiera y fue grande su sorpresa al ver que hicieron todo lo que a Rice le gustaba: llevó su comida favorita, jugaron todos sus juegos preferidos, lo ayudado con sus tareas y pasaban por el puesto de helados en el camino de vuelta.
Incluso una vez que regresó de un trabajo que le dio su madre, Kon corrió a recibirlo con una toalla limpia para limpiar su sangre y muchas curitas para sus raspones.
—Hay mucho tiempo para mejorarlo.
Todo el tiempo del mundo.
Kon persevero donde otros niños se hubieran rendido.
Eso y el verlo llorar cada vez que Rice se lastimaba, fue el porqué se aferró a él.
Kon fue el único que se preocupó por su bienestar, quien le limpio el rostro cubierto de sangre con lágrimas en los ojos, quien no dejaba de preguntarle si se encontraba bien o le dolía algo.
Siempre terminaba en la misma cosa: Vamos a jugar.
Ingenuo de su parte pensar que así resolvería el dolor de sus heridas, pero, por más raro que sonara, al final Rice olvidaba cuanto dolia.
Al final Miranda obtuvo los resultados que quiso, su hijo se había obsesionado con la idea de protegerlo.
❯────────────────❮ —Ya has bebido demasiado.
No recuerda cuándo fue que llegó al restaurante, ni cómo es que comenzó a beber, solo sabía que el sabor del vodka aún no pegaba lo suficiente, porque las voces en su cabeza seguían sin callarse.
Uno de sus compañeros de clase, Hugo, fue quien tuvo que quitarle la botella de las manos.
—La última vez te tuvimos que llevar a tu casa cargando—.
Se quejo, mientras daba la botella a otro de sus amigos, uno que aguantaba mejor el alcohol.
—Por tu culpa casi nos agarra la policía.
A Rice le hizo gracia lo torcida que estaba la ley en Xictli.
—Esos policías solo buscan sacarnos dinero.
Dicen que los menores de edad no pueden beber, pero nunca multan a los locales ni tiendas que nos vendan alcohol.
A la sociedad la gente de nuestra edad no le interesa.
” Ni porque manden a niños al campo de guerra, o los apaleen a golpes en medio de la acera ” Esa última parte la guardó para sus adentros.
No deseaba que sus compañeros sospecharan de su verdadera identidad.
—El alcohol siempre te pone sensato—.
Hablaba Hugo, indiferente a sus quejas.
—¿No es mejor así?
Podemos hacer lo que queramos…
bueno, casi.
—¿Lo dices por los Omegas?
Hugo se notaba incomodó cuando sacaban ese tema a colación.
No podía culparle, su hermana mayor nació siendo Omega y dejo de verla desde los 8 años porque la iglesia la asignó a un nuevo lugar fuera de la nación.
Dejó de comunicarse con su familia, dejó de escribir, incluso cambiaron su nombre y apellido.
Cuando se fue, no miro atrás, ni un adiós por el tiempo que vivieron juntos.
Hugo lo contó en un momento de ebriedad y Rice no lo había olvidado desde entonces.
—No todos nacimos siendo los favoritos de Dios.
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