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La canción del dragón - Capítulo 20

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  4. Capítulo 20 - 20 Recuerdos de secundaria
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20: Recuerdos de secundaria 20: Recuerdos de secundaria El calor de la carretera 52 no venía del sol, sino de la sangre.

El pavimento olía a metal viejo, a pólvora fresca y cuerpos que aún no decidían si pudrirse o esperar una resurrección.

Caelan Xochitl detuvo el paso a un lado del arcén.

No llevaba prisa, ni parecía agotado a pesar de la caminata.

Su cabello castaño, largo y lustroso como el de una cortesana imperial, caía en ondas suaves sobre los hombros.

Tenía las mangas dobladas con precisión de cirujano y la camisa clara seguía limpia, como si el polvo del camino hubiera decidido no rozarlo.

No sonreía aún.

Pero tampoco parecía alarmado.

Ante él se alzaban los restos de un rancho clandestino, oculto detrás de un viejo portón herrumbroso que se abría con un crujido de bisagra oxidada.

Flanqueaban árboles secos, dispuestos como centinelas trágicos.

Más allá, el olor se volvía espeso, grumoso.

Carne, gasolina, miedo.

Caelan cruzó la reja sin mirar atrás.

En el suelo: casquillos, sangre reseca, trozos de teléfonos destruidos, calzado sin dueño.

Todo lo que quedaba de una estructura narco caída en desgracia.

Pero él no vino por cuerpos.

Se detuvo frente a una puerta de lámina hundida, aún abierta de una patada mal dada.

Las moscas bailaban sobre el umbral.

Entró.

La sonrisa que llevaba al inicio —esa curvatura fresca, casi luminosa— se evaporó apenas pisó el interior.

Allí no cabía la belleza.

Las paredes estaban forradas con colchonetas viejas clavadas con grapas.

Luces rojas colgaban de los cables como úlceras.

El cuarto, sin ventanas, olía a humedad y carne podrida.

Jaulas apiladas, algunas vacías, otras…

aún no.

Camas con correas.

Esposas manchadas.

Aparatos que no sabían si eran médicos o medievales.

Y una cámara de video caída boca abajo, su lente agrietado apuntando al suelo como un ojo ciego que ya vio demasiado.

Caelan no desvió la mirada.

Sus ojos dorados y firmes, radiaban una frialdad nueva, tallada para el deber.

Era un Xochitl.

Y la flor más blanca también sabía florecer entre cadáveres.

Pisó con cuidado entre los charcos de sangre.

Las paredes hablaban.

Lo hacían en susurros, en cicatrices, en vibraciones que cualquier otro pasaría por alto.

Pero no él.

Él había sido entrenado para eso.

Fue entonces que giró hacia la pared norte y la vio.

No de golpe, sino con una lentitud reverente.

Un ojo.

A primera vista, parecía el antiguo Ojo de Horus.

Pero las líneas que debían ir hacia abajo estaban arriba, como si todo el símbolo hubiese sido invertido, burlado.

Y en lugar de una ceja, alguien había pintado con trazos minúsculos lo que parecían párpados cerrados… No mirando hacia afuera.

Mirando hacia adentro.

Caelan se acercó sin tocar nada.

Observó en silencio.

Sus pupilas se estrecharon apenas.

—¿Una mujer?

La pregunta no era para nadie.

Era una conclusión, disfrazada de duda.

Algo lo observaba desde dentro de ese símbolo.

Y lo sabía.

Después de todo, era una cacería.

❯────────────────❮ En la oscuridad de la habitación subterránea, el sonido metálico de una palanca oxidada resonaba cada vez que golpeaba carne inmortal.

Morgart descargaba su furia sobre los gemelos sin medir fuerzas; las heridas que dejaba serían capaces de enfermar a cualquier humano… pero para ellos era solo otro recordatorio de su lugar.

Y para él, la mejor forma de enseñarles.

El rostro hinchado de Ethan fue el siguiente en recibir el impacto.

El chico apenas gruñó, acostumbrado a interponerse para que Lucy cargara con menos golpes.

—¿Qué demonios estaban pensando?

—la voz de Morgart era tan fría como la habitación misma.

Ethan levantó la cabeza, con la mirada turbia pero firme.

—Dijiste que querías al Pit-Nüwa muerto.

—Sí, pero no que metieran un maldito basilisco en una escuela.

—¿Y tú qué?

—replicó Ethan, entre jadeos—.

Bien que aprovechaste el caos para salirte con la tuya.

—No iba a dejar que inocentes murieran sin sentido.

—¿Inocentes?

Dejaste que la presa escapara porque el Tlan apareció —el albino se encogió de hombros, con media sonrisa provocadora—.

Muy cobarde para ser el tercer cazador, ¿no crees?

El siguiente golpe fue directo a su cráneo.

Ethan cayó al suelo, inerte.

Lucy hizo una mueca de dolor, pero no se movió; ya estaba acostumbrada a verlo morir y regenerar en cuestión de minutos.

Morgart la tomó como siguiente blanco: un solo golpe bastó para dejarla escupiendo sangre.

—¡Bastardo!

—protestó Lucy, con sarcasmo en la voz—.

Avísame antes de pegarme, así al menos disfruto el espectáculo.

—El punto de la tortura —dijo él, con calma helada— es que el culpable no disfrute nada.

—¿Ah, sí?

Pues dame esa palanca y vemos quién lo hace mejor.

Morgart no se inmutó ante el reto.

La ignoró como quien aparta a un perro que ladra demasiado.

Para él, Lucy no valía más que sus rabietas.

Ethan, ya regenerado, volvió a ponerse frente a su hermana.

Si alguien debía recibir el castigo, sería él.

Morgart suspiró, dejó caer la palanca y se sentó en el suelo como si estuviera agotado del juego.

—No le temo al Tlan.

Le temo a lo que viene con ellos.

Con el Tlan está Kira, y con Kira… ese maniático de Fergus.

¿De verdad quieren que él se fije en nosotros?

El simple nombre les heló la sangre.

Ethan y Lucy se miraron, tragando saliva.

Sabían lo que eso significaba.

—¿Entonces qué propones?

—preguntó Ethan, con la voz ronca.

—Se entregarán a las autoridades.

—¿¡Qué!?

—Lucy casi se levantó de un salto, pero se contuvo cuando Morgart tomó la palanca otra vez.

—Ustedes la jodieron, ustedes la pagan.

Alteren su apariencia con Mui, y nadie descubrirá que son cazadores.

—¿Y pasar años en prisión?

—escupió Lucy, incrédula.

—Acepten la pena que les toque.

Incluso si es muerte.

—Morgart se permitió una sonrisa torcida—.

De hecho, procuraré que los condenen a eso.

—Qué generoso —soltó Ethan, cargado de ironía.

Morgart apretó con fuerza la palanca, tentado a continuar… pero los collares de los tres emitieron un sonido seco y luego brillaron en rojo.

El cazador levantó la vista hacia el techo, como si pudiera atravesar las paredes hasta el cielo.

—Alguien llegó a Matusalem —murmuró con un brillo oscuro en los ojos—.

Y si nos encuentra aquí… no solo nos castigará.

Nos arrancará la columna.

❯────────────────❮ No había pasado mucho tiempo, apenas una hora desde que Morgart se encerró en el sótano para comenzar el castigo.

Y, aun así, Sarah ya sentía las piernas entumecidas y los dedos doloridos de tanto apretarlos contra sí misma.

Nunca fue fan de la tortura.

Se había alejado de esa vida porque no soportaba seguir viendo a su familia cubierta de heridas nuevas.

Para ellos era rutina; cada misión era un suicidio al que parecían acostumbrados.

Pero para ella, verlos en ese estado seguía siendo insoportable.

Caelan fue quien más rápido se endureció.

De niños, se adaptó a esa vida y terminó convirtiéndose en uno más de ellos.

Sarah, en cambio, tuvo que rogarle a Eduard que la dejara vivir en la vieja casa de sus padres en Matusalem, buscando escapar de toda esa violencia.

Se suponía que había dejado ese mundo atrás, y sin embargo, ahora la vida se burlaba de ella: en su propio sótano estaban castigando a la misma familia que odiaba ver sangrar.

Incapaz de soportarlo más, se levantó de golpe y caminó hacia la puerta del sótano.

Antes de que pudiera tocar, Morgart salió de golpe.

La hoja de la puerta casi le abre la frente, y solo la urgencia en su expresión evitó que lo recriminara.

—Sarah, necesitamos que nos escondas.

—Su voz era seca, rápida, cargada de alarma—.

Eduard viene hacia acá.

—¿¡Eduard!?

—El nombre la hizo estremecer.

Casi dio un salto—.

No me avisó.

—¿Dónde podemos evitarlo?

Si nos ve, estaremos perdidos.

—¿Por qué?

Dijeron que eran órdenes imperiales.

—¡Pero Eduard no lo sabe!

—Le sujetó el hombro con fuerza, sin darse cuenta del gesto—.

Ese imbécil armará un revuelo con Einar, y los únicos que pagaremos seremos nosotros.

—Está bien, ya entendí.

Sarah apretó los labios, buscando un lugar que pudiera escapar incluso a la visión de rayos X de su hermano, que parecía capaz de verlo todo si se concentraba.

Entonces lo recordó: el refugio de emergencia que Eduard había preparado para ella en caso de ataque.

—Detrás del almacén está la bodega de emergencia.

Esconde incluso de sus ojos… pero solo caben dos personas.

—Eso es suficiente.

Los gemelos ya arrastraban un mueble metálico para abrir el acceso cuando Morgart empezó a rociar y fregar con un químico fuerte que ocultara el olor a sangre.

El hedor a desinfectante era tan penetrante que Sarah tuvo que cubrirse la nariz.

Pero prefería soportar ese veneno a que Eduard los descubriera.

—Cierra la puerta.

Y actúa como siempre.

Ella no preguntó nada más.

Apenas había echado el seguro cuando lo escuchó.

El timbre de la casa sonó y la llave se le resbaló de las manos.

No necesitaba mirar para saber quién estaba allí.

Después de las advertencias de Morgart, no hacía falta.

Ni siquiera se despidió cuando cerró la bodega en la cara de los cazadores.

Porque Eduard lo escuchaba todo ¿y si la escucho hablando con ellos también?

Corrió al pasillo principal, donde la puerta de entrada se encontraba, saltando las escaleras, si se tardaba en responder su hermano iba a sospechar.

Abrió la puerta antes de que Eduard pudiera romperla de una patada.

Ya lo había hecho antes, cuando ella no contestó a tiempo por estar acicalándose.

Su hermano tomó su silencio como una señal de peligro y entró sin permiso, volteando la casa hasta dar con ella.

Esa vez se había enojado tanto con él que lo sacó de la vivienda antes de que pudiera responder cualquier pregunta.

Odiaba que fuera tan sobreprotector, su trabajo de héroe debió dejarle secuelas.

—¡Eduard!

—Lo recibió con una sonrisa de bienvenida, tratando de actuar lo más calmada posible.

Frente a ella se encontraba un hombre de gran altura, que cubría toda la entrada.

Su cabello negro desordenado cubria su nuca y descansaba sobre sus hombros, cubria parte de sus ojos amarillos, brillantes e intimidantes, delataban su naturaleza depredadora y resaltaban sobre su piel morena.

Una barba de casi una semana invadía su mentón, dándole ese aire de adulto maduro que no había dormido en días.

Su expresión tampoco era la mejor, la miraba de tal forma que la hizo sentir un cachorro de lobo que se separó de su madre.

—¿Estás bien?

—Fue lo primero que le pregunto, con esa voz áspera que le daba miedo a tantas personas que lo escuchan por primera vez—.

Me enteré que hubo un ataque en la escuela de aquí, con un basilisco involucrado.

—¿De quien lo escuchaste?

—Yo lo escuche.

—Pero… ¿no estabas en Ultar?

Ese imperio se encontraba al otro lado del mundo.

Hasta donde ella sabía, su hermano estaba haciendo una purga a los nobles que buscaban revelarse contra la familia Ryuu, por lo que era imposible que viajará de un punto a otro en tan poco tiempo.

—Sí ¿y?

—Su respuesta la descolocó, como si fuera lo más obvio del mundo.

Por supuesto, era Eduard, la palabra imposible no existía en su vocabulario.

—Como sea.

—Sarah se sacudió ese sentimiento desagradable que surgía cada vez que recordaba que su hermano era el salvador del mundo—.

Estoy bien.

Estaba muy lejos cuando todo eso comenzó.

Por supuesto que no le diría que estuvo dentro de esa escuela y que hasta luchó contra algunas gallinas para defender su vida.

Si se enteraba de una tercera parte de todo eso ya tendría a un grupo de agentes vigilando sus movimientos.

—Pero otro ataque así puede volver a ocurrir.

—Eduard sonaba muy seguro de aquello—.

Y si esta vez te ves enredada en el conflicto no me lo perdonaré.

Lo mejor será que te mudes de ciudad.

—¿Qué?

—Te conseguiré una casa nueva, en una ciudad que no tenga tantos problemas.

Elegí Matusalem porque era un pueblo tranquilo, pero después de esto ya no lo considero seguro.

—¡Oye, espera!

¿y qué hay de mis estudios?

Te dije que quiero ir a la universidad de biología.

—Encontraré una universidad que también tenga esa carrera.

No te preocupes por los gastos, los cubrire todos.

—¿Y Caelan?

él no ahora mismo está fuera, cuando vuelva aquí no habrá nadie para recibirlo.

—Yo lo llevaré a la nueva casa.

Ahí iba de nuevo, no la escuchaba, no tomaba en cuenta su opinión.

Se comportaba como un padre asustado, como si ella fuera una muñeca de porcelana que se rompería si alguien hacía un mal movimiento.

—¡No quiero irme de Matusalem!—.

Grito, causando que Eduard retrocediera unos pasos.

—Ya hice una vida aquí, no voy a dejarla por tus temores infundados.

—¿Infundados?

Acaban de ocurrir una serie masacre a las afueras de la región ¿¡Como eso es infundado!?

Ahora entendía porque Caelan le aconsejó ver las noticias hace un tiempo.

—¿Crees que no me puedo cuidar sola?

—En lo que no creo es en la gente y si tengo la posibilidad de salvarte de ellos, la tomaré, no importa si no estás de acuerdo.

Sarah llevó sus manos a su rostro, rodando los ojos.

Estaba cansada de esas palabras ¿cuantas veces se había mudado en sus 18 años?

perdió la cuenta después de 7, y todo porque su hermano consideraba el lugar peligroso.

¿Qué lugar no era peligroso?

—¿Quieres mantenerme a salvo?

sácame de la órbita terrestre y méteme a una escuela vigilada por el consejo intergaláctico.

—Si pudiera lo haría.

La escucho dar un suspiro exagerado y golpear el suelo con fuerza, como si fuera una niña.

Podía odiarlo todo lo que quisiera, pero era su deber mantenerla lejos del peligro.

Como única humana de la familia era objetivo de muchos enemigos.

Cualquiera que supiera de su existencia podría usarla para amenazarlo a él o al resto de los Drum.

Eduard conocía mejor que nadie la crueldad humana y no iba a dejar que gente mal intencionada le hiciera daño.

—Te recojo en la noche, así que empaca tus cosas.

No le dio más tiempo para defenderse, ya había escuchado lo que tenía que decir, así que se retiró de la vivienda.

Él la seguiría cuidando aun si lo consideraba injusto.

Después de todo, estaba mejorando el mundo por ella.

❯────────────────❮ Kon estaba sentado en la sala de interrogatorios con Kavi’el frente a él.

A su lado, firme junto a la puerta, permanecía el otro Omega de la estación.

Sarah lo hubiera descrito sin dudar como “un jodido gigante”: más de dos metros de altura, hombros anchos como montañas y un cuello tan sólido que parecía de acero.

Bastaba imaginar un manotazo suyo para creer que podía mandar a cualquiera directo al otro mundo.

Su cabello y ojos negros contrastaban con la palidez de su piel, y aunque su rostro era inexpresivo, el conjunto imponía tanto respeto que cualquiera lo habría tomado por un verdugo.

—Comencemos —dijo Kavi’el con calma, acomodando una carpeta sobre la mesa.

El protocolo era sencillo: preguntas abiertas para que el chico hablara, preguntas cerradas para precisar detalles, y silencios calculados para presionarlo un poco más.

Nada sofisticado, solo el método de siempre: escuchar, observar, volver a preguntar desde otro ángulo.

—¿Conoces a alguien en tu escuela que haya mostrado rencor hacia ti o amenazara con hacerles daño?

Kon se quedó pensando.

Sus compañeros eran raros, sí, pero no locos homicidas… al menos, no que siguieran libres.

—No, nadie.

—¿Alguien en contra tuya o de tus amigos?

—Una compañera del año pasado, pero ya está en la correccional.

—¿Nada más?

La imagen de Cristofer irrumpió en su memoria.

El ataque había sido similar, aunque a menor escala.

Cristofer estaba muerto… pero si lo habían contratado para eliminarlo, eso explicaría demasiado.

—Bueno, hace unas semanas un compañero me atacó.

Kavi’el levantó la vista de sus notas.

—Continúa.

—No entendí muy bien qué pasó.

Me golpeó varias veces e intentó dispararme en la cabeza.

Mencionó algo sobre un pago… sonaba hasta contento.

—¿Reportaron ese ataque?

—Mi padre lo hizo.

Según la investigación, Cristofer se suicidó antes de que pudieran atraparlo.

Esa sí que era información nueva.

Kavi’el entrecerró los ojos.

—¿Alguna idea de quién pudo haberlo contratado?

—No… no conozco a nadie que me odie tanto.

—Kon dudó un segundo.

Una sombra incómoda se coló en su mente, un recuerdo que prefería enterrar—.

Aunque… está Mikael.

Zarvael frunció el ceño.

Kavi’el apretó los dedos contra la mesa.

—¿Mikael… qué?

—Mikael Avira.

El aire se tensó.

Ese nombre era un peso en cualquier sala.

El orgullo de la iglesia, el cazador más joven nombrado por el emperador, el Omega modelo.

Imposible que estuvieran hablando del mismo Mikael.

—¿Estás seguro?

—preguntó Kavi’el.

—¿Cómo olvidarlo?

Arruinó mi secundaria.

Salía con todas las chicas que me gustaban, convencía a todos de burlarse de mí y hasta me dejó fuera de mi propio salón.

Una vez me dio una paliza pública en un concurso de combate, me lesionó el brazo, y aun así solo lo suspendieron una semana… mientras a mí me expulsaron definitivamente de educación física.

Kavi’el y su compañero intercambiaron una mirada silenciosa.

—¿Alguna vez te amenazó directamente?

¿Te dijo que te odiaba?

Un dolor agudo cruzó la cabeza de Kon.

Vio, fugaz, unos ojos blancos mirándolo con crueldad, una sonrisa luminosa y unas manos cerrándose sobre su cuello.

Intentó forzar la memoria, pero el dolor lo detuvo.

—No… no me acuerdo.

—¿No lo recuerdas o no quieres recordarlo?

—Mire, tengo mala memoria, ¿sí?

Ni siquiera recuerdo parte de mis vacaciones a Skaluph.

De no ser por las fotos, juraría que nunca ocurrió.

Así que no espere que recuerde con lujo de detalle un momento tan malo para mí.

Kavi’el suavizó el tono.

—Lo entiendo.

Solo queremos dar con el culpable lo antes posible.

Kon cruzó los brazos, pensando duro, buscando algo más.

—Una vez me dijo que entre él y yo había una diferencia.

—¿Qué diferencia?

—De habilidades.

Presumía de su magia.

Yo solo quería irme, pero me lo impidió.

Se burlaba, decía que un humano como yo jamás estaría a su nivel.

Que como Omega estaba en la cima de la cadena.

Las palabras salían con enojo, y sin embargo, al tratar de seguir el hilo, la memoria se volvía borrosa, como si alguien hubiera borrado las piezas.

—¿Y sabes por qué lo hacía?

—preguntó Kavi’el.

—No.

Nunca me dio un motivo.

Simplemente… empezó a tratarme así.

—¿Seguro que no lo ofendiste?

Kon lo fulminó con la mirada.

—No soy un idiota.

A los Omegas se les trata con respeto.

Yo lo traté como a un compañero más… hasta le di de mis curitas de Superman una vez que se cortó.

Kavi’el dejó escapar un suspiro.

—Está bien.

Eso será suficiente por ahora.

La conversación había sido más reveladora de lo que cualquiera esperaba.

Cuando salieron de la sala, en dirección a revisar cómo avanzaba el interrogatorio del otro chico, Zarvael caminó junto a su compañero.

—¿Crees que haya sido Mikael?

—No lo descarto como sospechoso.

—Pero no tiene sentido que intente matar a ese muchacho.

—No conocemos toda su historia, así que no podemos concluir nada todavía.

—La iglesia no nos dará su información.

Para ellos, Mikael es un santo.

Si nos oyen insinuar que es sospechoso, lo tomarán como una ofensa.

—Por eso mismo debemos seguir investigando —respondió Kavi’el con calma—.

Interrogar al resto, revisar la escuela donde el muchacho dice que estudiaron juntos.

Por ahora, al menos tenemos otro testigo.

Llegaron hasta la siguiente habitación y observaron a través de la ventanilla.

El chico, sentado frente a los oficiales, hablaba con tal tranquilidad que cualquiera juraría que no tenía un solo pecado encima.

—¿Qué ha dicho?

—preguntó Kavi’el a uno de los oficiales apostados afuera, atento al interrogatorio.

—Asegura que los culpables fueron los estudiantes nuevos: Ethan y Lucy.

—¿Y tiene una razón de peso para afirmar eso?

—El niño es muy observador.

Relató con detalle el día en que llegaron y todas las incongruencias en sus historias.

Dijo que desde la primera vez que hablaron le dieron mala espina, por sus comentarios crueles.

—¿Y saben dónde están esos sospechosos ahora?

—Muertos.

El ceño de Kavi’el se frunció con furia contenida.

¿Por qué todo los llevaba siempre a un callejón sin salida?

—Las gallinas los destrozaron cuando intentaban escapar —continuó el oficial—.

Hay varios testigos que lo confirman.

—Perfecto… se fue nuestra mejor pista —gruñó Kavi’el.

Con los dos sospechosos en el Mictlán, sería complicado descubrir si actuaban por cuenta propia o trabajaban para alguien más.

¿Cómo demonios habían conseguido un huevo de Basilisco dos simples estudiantes?

Tal vez el análisis de huellas arrojara alguna respuesta.

Un asistente se acercó entonces para avisarles que los tutores de los muchachos ya estaban en la entrada de la comisaría.

Kavi’el y Zarvael se dirigieron hacia allí para recibirlos.

Apenas los vieron, un escalofrío recorrió a Zarvael.

Dentro los esperaba una pareja aparentemente común.

Adultos corrientes, vestidos de la forma más anodina posible.

La mujer aún llevaba el delantal puesto, como si hubiera salido corriendo apenas le avisaron que su hijo estaba en la comisaría.

Llevaba a un bebé de un año en brazos, lo que reforzaba esa imagen de normalidad doméstica.

El problema no era ella.

Era el hombre a su lado.

Un sujeto tan sencillo como cualquiera… salvo por sus ojos.

No eran del azul común que Zarvael veía en la gente, sino de un turquesa tan intenso que, de apagarse las luces, parecía que brillarían en la oscuridad.

Y esa expresión… La mujer, al menos, mostraba la preocupación típica de una madre en semejante situación.

Él, en cambio, era como un muñeco animado, un maniquí demasiado perfecto para ser real.

Miraba alrededor con curiosidad infantil, sin un ápice de angustia, como si estuviera visitando aquel lugar por primera vez.

—¿Cómo está Kon?

—la pregunta de la mujer hizo a Zarvael reaccionar—.

¿Está herido?

¿Por qué lo detuvieron?

Kavi’el dio un paso adelante, con el aplomo de quien repite un protocolo aprendido.

—Su hijo no está detenido.

Fue trasladado aquí como testigo de un atentado ocurrido en su escuela.

Estuvo cerca del lugar de los hechos y necesitamos su testimonio para esclarecer lo sucedido.

Puedo asegurarle que no tiene cargos en su contra.

La mujer asintió con alivio, abrazando más fuerte al bebé.

—Entonces… ¿podremos verlo pronto?

—En cuanto terminemos de verificar algunos detalles de su declaración —respondió Kavi’el, manteniendo su voz tranquila y profesional.

Zarvael, sin embargo, apenas la escuchaba.

Sus ojos se habían posado en el hombre a su lado.

Ese sujeto de apariencia común no transmitía nada de preocupación.

Lo observaba todo con esa expresión vacía, casi mecánica, y aquellos ojos turquesa brillaban con un fulgor antinatural.

—¿Usted es el tutor legal de Kon Ramos?

—preguntó Zarvael, con un deje de desconfianza.

El hombre lo miró de frente, y en ese instante a Zarvael se le erizó la piel.

—Soy su tío —respondió con una calma demasiado perfecta—.

Él está bajo mi cuidado.

Tenía la voz tan honda que Zarvael pensó, por un instante absurdo, que podía hablar con la boca cerrada, como un ventrílocuo.

Apretó la mandíbula.

Había algo en ese hombre que no encajaba, algo que olía a mentira… o a peligro.

—Yo soy su madrastra —intervino la mujer—.

Su padre está en un viaje de trabajo, así que estoy a cargo de él y del niño llamado Rice.

Mientras Kavi’el conversaba con ella, Zarvael no pudo apartar la vista del hombre de ojos turquesa.

Este se había fijado en una bailarina de cuerda que un compañero había dejado sobre el escritorio.

Sin pedir permiso, la tomó, le dio cuerda con una destreza demasiado natural y la puso a bailar frente a todos.

La musiquita llenó el silencio, y Zarvael casi no escuchó lo que Kavi’el explicaba acerca de los indicios sospechosos.

El hombre no sonreía ni parecía disfrutar del baile: observaba el mecanismo, no el espectáculo, como un titiritero estudiando su propia marioneta.

Cuando la bailarina terminó y se inclinó en despedida, él también inclinó la cabeza, muy formal, como agradeciendo a la muñeca.

Entonces alzó la mirada hacia Zarvael.

Sabía que lo estaba observando; quizá siempre lo había sabido.

Pero no le dio importancia.

—¿Me entregan a mi sobrino, por favor?

—preguntó al fin.

Zarvael estuvo a punto de decirle que no.

—Por supuesto.

—Kavi’el se adelantó—.

Denos un poco más de tiempo.

¿Conocen a los tutores del otro muchacho?

—¿Uno llamado Rice?

Sus únicos tutores están de viaje de negocios, así que también estamos a cargo de él.

—Necesitaré algo que compruebe sus palabras.

La mujer comenzó a buscar en su bolso, entregándole al niño a su compañero, quien lo recibió con movimientos medidos y perfectos.

Incluso cargar a un pequeño le parecía natural, aunque cada gesto era tan mecánico que nadie podría acostumbrarse del todo.

Aunque el niño no parecía incómodo.

Zarvael lo observó con los ojos entrecerrados.

Nadie debería moverse así y hacer que los demás actúen como si fuera normal.

Nadie.

Esperó, a propósito, a que los estudiantes fueran liberados, para ver sus reacciones.

Kon se acercó sin problemas, tomó al bebé con familiaridad y conversó con su madrastra mientras mimaba al niño que claramente lo extrañaba, sin reparar en Ragnar a su lado.

Rice, en cambio, mantuvo la distancia.

Saludó de forma cortés, pero evitó la mirada de los ojos turquesa.

Algo en ese hombre le erizaba los vellos de la piel y le provocaba un pánico interno que no podía controlar.

Solo cuando salieron de la comisaría, Zarvael permitió que su respiración volviera a la normalidad.

—Disimula un poco, ¿quieres?

—le dijo Kavi’el, sacando una paleta de cereza de su bolsillo.

Extraño verlo comer azúcar, pero solo lo hacía cuando la situación lo sobrepasaba.

—¿Tú también lo sentiste?

Ese hombre se ve… peligroso.

—Su rostro es raro, lo admito, y su manera de moverse es inquietante, pero no parece sospechoso.

—¿Cómo no va a parecer sospechoso?

Si toda su apariencia… —Deberías dejar de juzgar a la gente por su aspecto.

Zarvael comprendió lo que quería decir, pero no podía borrar la sensación de inquietud que Ragnar le provocaba.

Era una belleza que aterraba, un orden imposible de replicar.

—Tenemos otras cosas en que concentrarnos —le recordó Kavi’el—.

La desaparición del maestro, por ejemplo.

—¿Y este caso?

—Por doloroso que suene, no podemos involucrarnos más, a menos que la jefa indique lo contrario.

Ambos asintieron, conscientes de que su entrenamiento era para obedecer órdenes, no para cuestionarlas.

—Alivia esa cara —dijo Kavi’el, esbozando una sonrisa pequeña, de camaradería—.

No lo mencioné antes por el revuelo del Basilisco, pero creo tener una pista sobre quién secuestró al profesor Omar.

—¿De verdad?

—Sí.

Debo hacer una llamada para advertirles sobre mis sospechas.

Zarvael miró hacia atrás, hacia la comisaría.

Ragnar ya estaba fuera, observando la calle, impasible, como si supiera que los estaban mirando.

Una inquietud familiar se le erizó por la nuca, y por un instante pensó que quizá, solo quizá, no había nadie tan peligroso como ese hombre que parecía demasiado humano… y, al mismo tiempo, no lo era.

Mientras Kavi’el sacaba su dispositivo para la llamada, Zarvael sintió que la sombra de Ragnar los seguía incluso después de haber salido.

La sensación de peligro no desaparecería pronto.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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