Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

La canción del dragón - Capítulo 22

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. La canción del dragón
  4. Capítulo 22 - 22 Dulce olor a caramelo
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

22: Dulce olor a caramelo 22: Dulce olor a caramelo La iglesia olía a dulce.

No a incienso ni a flores, sino a ese tipo de dulzura química que anuncia la descomposición antes que el perfume.

Rak’el lo notó apenas cruzó el umbral.

Se detuvo, afilando la nariz, y luego dio un paso más al interior del templo profanado.

Ali vomitó por primera vez en la mañana.

Tanto hedor a sangre coagulada la hizo regresar su desayuno, ni siquiera terminó de leer el mensaje de su jefe cuando el mal olor se volvió insoportable.

—No tienes que entrar si no quieres —murmuró él, sin volverse.

El Omega hablaba sin emoción, como quien da órdenes a una sombra.

Ali se limpió la boca con la manga y asintió, aunque nadie le había pedido que lo hiciera.

Habían 23 cadáveres.

Esparcidos entre las bancas, el altar, los pasillos laterales.

Algunos sentados aún, como si la muerte los hubiera sorprendido escuchando un sermón.

Otros encogidos, otros de pie, con la sonrisa pegada al rostro como una pintura húmeda.

Mordidos, masticados, arrancados a dentelladas, pero… sin lucha.

—¿De nuevo lo mismo?

—preguntó Ali en voz baja.

Rak’el no respondió.

Estaba observando uno de los cuerpos: una muchacha con uniforme universitario, la cabeza apenas sostenida por los músculos del cuello.

Tenía una flor de plástico en el cabello, todavía intacta.

Y una sonrisa.

Una de esas sonrisas torcidas, extasiadas, que había visto ya antes.

La misma que tenían los de la escuela, el bar de Axochiapan, y el refugio.

—Sí —dijo por fin—.

Zul.

Ali frunció el ceño.

—¿Cómo lo sabes?

¿Por el olor?

—Por las sonrisas —respondió Rak’el, dando vuelta al cuerpo con guantes—.

Y porque no hay miedo en sus ojos.

Ni defensa.

Ni resistencia.

Se dejaron devorar.

En la parte posterior del templo, junto al confesionario, un oficial de criminalística les entregó un expediente improvisado.

Las víctimas eran estudiantes de CINAT, más algunos profesores invitados.

El evento había sido promocionado como un seminario de espiritualidad y ciencia.

Lo organizaban dos alumnos de la Facultad de Microbiología: uno apellidado Cárdenas, delgado, gafas redondas; y otro llamado Navarrete, lleno de acné, sonrisa fácil.

El problema es que Navarrete está entre los muertos.

Cárdenas, no.

—¿Y los organizadores de la iglesia?

—preguntó Ali.

—Secta nueva —respondió otro oficial—.

“El Nuevo Amanecer”.

Legal, según el registro municipal.

Solo llevan cuatro meses de actividad.

Pero este templo en específico lo rentaron apenas la semana pasada.

Está a nombre de un tal Galvez.

—¿Por qué un grupo de científicos vendría a una iglesia?

Rak’el hojeó los papeles.

Un nombre le llamó la atención: Omar Gálvez de Córdoba, profesor titular de Virología, mencionado como invitado especial al seminario.

Nadie sabía de su paradero desde hacía una semana.

—En busca de su maestro desaparecido —dijo Rak’el, pasándole el expediente a Ali.

—Gálvez lleva un tiempo desaparecido, sin embargo, rento una iglesia para hablar con sus estudiantes y demás compañeros  Ali lo miró, confusa.

—¿Cree que esté detrás?

—No debemos basarnos en una suposición.

—Dijo, saliendo de la escena del crimen—.

Sin embargo, ya sabemos por donde partir.

Ese profesor ¿sabes donde desapareció?

—¿No fue aquí?

Si daba clases en el CINAT debió ser en alguna parte de San Simón.

Rak’el nego con la cabeza, mientras buscaba su caja de cigarrillos en el bolsillo de su pantalón.

—Estaba de vacaciones con su familia en Matusalem.

El accidente que ocurrió en sus calles con ese Alfa pareció ser una distracción para llegar al verdadero objetivo.

—No me diga que Kavi’el está investigando la desaparición.

—Sí y descubrieron algo interesante.

—Encendió el cigarro con ayuda de un encendedor que le dio Ali—.

Al grupo criminal que vende el zul.

Ali pareció animarse con esa nueva información.

—¿Significa que vamos a movernos a Matusalem?

—Lo reportamos a Kira y esperamos sus órdenes.

El grupo C de los Tlan logró atrapar a uno de los halcones que vendían la droga a quienes se acercaban, así fue como dieron con el grupo de las Setas.

Mientras esperamos su informe, seguimos investigando en esta parte.

—Anotado patrón.

Mientras su superior subía al auto, Ali volvió a sacar el teléfono y leer el mensaje que Ares le mandó, dándole un nuevo trabajo: averiguar sobre Gustavo Castro y reportarse de inmediato.

“Buscan a Kon” fue el mensaje final.

Podía admirar a Rak’el todo lo que quisiera, pero su lealtad estaba con el dragón azul y los Alfas.

Haber entrado al Tlan era solo un modo de ayudar a su raza.

Por lo que cumplirá con todas las ordenes que le den y eliminará todas las amenazas que rodean a su jefe y a su hijo.

❯────────────────❮ El olor dulzón a caramelo impregnaba el aire, tan penetrante que, de tener un olfato más agudo, Soleil habría vomitado en el acto.

Lo que contemplaba parecía una escena arrancada de una película de acción: un callejón sin salida, cuerpos inconscientes tirados en el suelo, los rostros desfigurados por los golpes, el pavimento y las paredes salpicados de sangre.

Y en medio de todo, Mikael.

A simple vista podía parecer dócil, pero bajo esa apariencia angelical se escondía algo mucho más cercano al demonio.

Soleil entendió por qué tardaba tanto en regresar a casa.

—¿Qué te hicieron?

—preguntó, más curioso que preocupado.

Si una Omega como Mikael caía ante tres simples humanos, no merecía el título de cazadora—.

Vaya espectáculo, casi un carnaval.

—Ellos se lo buscaron.

Su rostro estaba manchado de sangre ajena, y en su piel quedaban los rastros de algunos moretones: prueba de que los hombres intentaron defenderse, inútilmente.

—¿Trataron de tomarte?

—Sí.

—Entonces se lo merecían —Soleil dio una palmada al aire, como cerrando la función—.

Igual, hay que denunciarlos a la policía.

—Déjalos aquí.

—¿Por qué?

—Esos bastardos huelen a Zul.

Soleil frunció el ceño.

—¿Zul?

¿Iban drogados?

—Sí —respondió Mikael.

La cicatriz en su hombro palpitó, aunque ya no ardía como antes—.

Y también olían… a ella.

Una sonrisa torcida iluminó su rostro.

De entre sus labios asomaron fauces alargadas, dientes afilados que no pertenecían a ningún ser humano.

Su boca se deformó en un gesto imposible, tan grotesco como antinatural.

—¿”Esa” ella?

—El semblante de Soleil se ensombreció de inmediato—.

No lo digas.

Es imposible.

—Antes lo era, porque no sabíamos a qué nos enfrentábamos.

Pero ahora… ahora tengo un plan.

Soleil se cruzó de brazos, sin disimular su recelo.

Esperaba que fuera un verdadero plan, y no una excusa para prolongar la vida de ese Alfa.

—Las órdenes fueron claras.

—Tú mismo dijiste que Einar eligió la mejor de las soluciones porque las demás eran suicidas.

Soleil la miró de arriba abajo.

Esa belleza etérea, casi celestial, que irradiaba por naturaleza, estaba contaminada: orejas alargadas, garras sobresaliendo de sus dedos, la piel marcándose con líneas oscuras.

Todo brotaba a causa de la marca en su hombro.

Mikael respiraba con calma, forzando la transformación a retroceder, hasta que la bestia en su interior cedió poco a poco.

Su cuerpo volvió a ser el de siempre, aunque la fragilidad de ese control resultaba evidente.

—Está bien —dijo Soleil al fin, con voz grave—.

Dime ese plan.

Y yo veré si tiene alguna posibilidad de funcionar.

Porque una cosa era segura: no perseguían a Kon por capricho, sino porque Madre era un enemigo casi imposible de derrotar.

❯────────────────❮ Thea solo lo dejó ir después de que le contara que el día siguiente sería el aniversario de muerte de su madre, de otra forma lo hubiera mantenido dentro del restaurante hasta que su padre regresara… que sería al día siguiente.

Su tío se encargó de comunicarle a Ares lo ocurrido en su ausencia, por lo que debía estar en camino.

Y, si no lo estaba, podía considerarse muerto.

No se despidió de Rice, quien se fue bastante temprano por la mañana para no tener que verlo.

Mejor para Kon, se ahorró otro momento incómodo.

El único problema fue despedirse de Etzin, hacía tiempo que no se veían y deseaba pasar más tiempo con él.

Thea tuvo que cargarlo para evitar que siguiera caminando detrás de él.

Le causó tanta pena que prometió regresar el siguiente fin de semana solo para jugar con él.

De ese modo, Kon regresó a casa, para prepararlo todo.

Un loco accidente no iba a impedirle ver a su madre.

Además, no era la primera vez que sin duda vivió cosas locas, a los 8 años estuvo cerca de la muerte tantas veces que le es sorprendente no haber sufrido de paranoia y fobia social.

Pasó el resto del día limpiando y cocinando.

Alistando todo para el día de mañana.

Kon alzó la vista del paño que limpiaba el cristal de la vitrina.

Cada rincón de la sala olía ya a incienso y a cera fundida, preparativos que parecían inútiles frente al silencio que dejaba su madre.

Alzó la mano para apartar una mancha sucia de brea cuando un estruendo le hendió el pecho: la puerta principal estalló en astillas contra la pared.

El aliento se le heló.

Antes de que pudiera levantarse, un cuerpo enorme se deslizó por el umbral: Ares, entró a zancadas, con sangre fresca y polvo cubriendo su piel.

Contra su pecho apoyaba a dos chicos temblorosos, vestidos sólo con harapos que dejaban ver muñecas y tobillos marcados en círculos morados y heridas aún peores que las que traía su padre: heridas que gritaban más fuerte que cualquier palabra.

—¡Kon!

—la voz de Ares tronó como un martillo—.

¡El botiquín, maldita sea, trae el botiquín de emergencias ahora!

Kon se quedó clavado, el trapo cayendo de sus dedos entumecidos.

El corazón le tamborileó un instante sordo, como si quisiera huir por la ventana.

¿Su padre?

Herido así, con niños a cuestas… ¿Qué demonios había ocurrido en ese viaje de negocios?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo