La canción del dragón - Capítulo 23
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23: Regreso a casa 23: Regreso a casa La cafetería estaba a reventar aquel fin de semana en San Simón, como solía ocurrir en el corazón de la ciudad.
El ruido de las tazas, los cubiertos y las charlas cruzadas apenas ocultaban la tensión en la mesa del fondo, donde Susana y su compañero Alberto se sentaban frente al hombre más buscado por un centenar de padres desesperados.
Raúl Martínez Serrano tomaba su café negro con la calma de quien no tiene nada que perder.
Ignoraba las miradas acusadoras de los dos abogados como si fuesen el vapor de la bebida.
Susana fue la primera en romper el silencio, aclarándose la garganta.
Procuró que su voz sonara firme.
—Señor Martínez.
—A su servicio —respondió él, con una sonrisa educada.
—¿Sabe por qué está aquí?
—Tengo entendido que se me acusa injustamente de un crimen horrible —dijo, sin dejar de remover su café.
—Usted tiene bajo su dirección a varios menores de edad en esa “comunidad espiritual”, siguiendo a una tal Madre.
Raúl se encogió de hombros.
—Ellos están ahí porque quieren.
Nadie los obliga.
—¿Y quién en su sano juicio cree que un menor puede tomar esa decisión sin la aprobación de sus padres?
—Quizá los padres deberían preguntarse por qué sus hijos prefieren quedarse con nosotros —respondió, sin levantar la voz.
La respuesta los descolocó por un segundo.
Alberto intervino, más tajante: —Eso no contesta la pregunta.
¿Cómo permite su organización que se alojen menores sin el consentimiento legal de sus tutores?
—Ya se lo dije: nadie los retiene.
Si desean volver, son libres de hacerlo.
Madre incluso podría hablar con ellos si eso los tranquiliza.
—Entonces queremos hablar con ella —replicó Alberto, directo.
Raúl soltó una risa suave, casi encantadora.
—Estoy seguro de que a ella también le encantaría conocerlos.
Pero últimamente ha estado muy ocupada… no creo que pueda atenderlos esta semana.
—Entonces responderá usted por lo que está ocurriendo en su secta —sentenció Susana.
Raúl se terminó el café de un sorbo, dejó un par de billetes sobre la mesa con gesto meticuloso y se levantó con elegancia, como quien cierra una reunión de negocios, no una interrogación encubierta.
—No se preocupen —dijo con una inclinación leve de cabeza—.
Daremos respuesta a todas sus acusaciones.
En su debido momento.
La sonrisa con la que se despidió era impecable.
Corporativa.
Vacía.
Y por eso mismo, aterradora.
Cuando se alejó, Susana soltó el aire con un suspiro iracundo.
—¿Quién se cree ese malnacido?
—Alguien que sabe que lo están mirando y no le importa —dijo Alberto, sin quitar la vista del lugar que Raúl acababa de abandonar—.
Creo que tendremos que ir directamente por la tal Madre.
❯────────────────❮ La puerta del cuarto privado se cerró con un golpe seco, aislando el murmullo del bar y dejando adentro solo el olor a madera vieja y alcohol añejo.
La lámpara del techo oscilaba con un vaivén lento, iluminando a medias los rostros de los cazadores.
Mikael terminó de hablar, su voz aún resonando como eco en la mesa redonda que separaba a los cinco.
Nadie respondió de inmediato.
Las marcas en el cuerpo de Mikael habían desaparecido.
Nadie que no la hubiera visto pensaria que casi se volvia una bestia devora hombre.
Soleil apartó un mechón de cabello y clavó la mirada en su taza, como si en la espuma del café pudiera volver a ver el futuro que ya había contemplado.
Sabía lo que estaba en juego: si todo salía bien, evitarían el desastre durante los próximos cien años.
Si fallaban, tendrían que volver al plan original antes de que llegara diciembre del año siguiente.
Morgart hundió el tenedor en el pastel de chocolate y lo probó como si masticar le ayudara a pensar.
Ethan bebió un sorbo largo, demasiado caliente, y no se quejó; se limitó a observar el humo subir en espiral.
Lucy, por su parte, empujó el plato a un lado y mantuvo los brazos cruzados, mirando a Mikael con un gesto serio que contrastaba con la dulzura del entorno.
Nadie se engañaba: aunque la mesa estuviera llena de café y azúcar, lo que habían puesto en juego era mucho más amargo.
Soleil lo había visto en sueños, y lo que Mikael acababa de exponer no era teoría: era la única grieta por la que el desastre podía escapar.
Si lo lograban, el mundo ganaría un siglo más de calma.
Si fallaban, tendrían que resignarse al plan original.
—¿Qué dicen?
—insistió Mikael, incapaz de soportar por más tiempo el silencio.
—Digo que es una pérdida de tiempo —Ethan fue el primero en opinar—.
¿Usar la flor Yardam para matar a Madre?
Es más rápido y fácil matar a Kon.
—Si acabamos con Madre, acabamos con el problema de raíz —replicó Mikael, esforzándose por sonar paciente—.
Podemos eliminar a Kon, sí, pero ¿quién dice que no tiene un plan B?
¿Vamos a pasar toda la vida matando a cada Mesías que Madre elija?
—Soleil dijo que después de Kon no habrá otro Mesías —intervino Morgart, girando hacia su compañero, que seguía con los brazos cruzados.
—Cierto, lo dije —asintió Soleil—.
Pero también es verdad que, si las cosas salen bien, el desenlace será más sencillo… para todos.
Lucy levantó la mano, terminándose su helado con una prisa infantil.
—Ya me confundí.
¿No se suponía que debíamos matar a un chico?
—Baja la voz, idiota.
Nos van a descubrir —le gruñó Ethan.
—Para conseguir la flor Yardam primero debemos matar a un Drum.
¿Cómo se supone que eso es más fácil que matar a un Alfa?
—la pregunta de Morgart pesó en el aire.
Y tenía razón: nadie en su sano juicio intentaría enfrentarse a un Drum.
Incluso para ellos sería un suicidio.
—No tenemos que matarlos —aseguró la albina con calma—.
Ya existen flores Yardam en otros lugares.
Esa observación hizo que todos levantaran la cabeza, incluso Lucy, que por fin soltó la cuchara.
—Es una acusación muy seria —le recordó Morgart.
—La posesión de flores Yardam es ilegal —añadió Ethan.
—Y precisamente por eso muchos se esfuerzan en conseguirlas.
No había fallas en aquella lógica.
A lo largo de la historia, ¿cuántas armas prohibidas habían desaparecido de la misma manera?
—No tenemos que viajar hasta Alhoria para obtenerlas —continuó Mikael, sacando un rollo de papel—.
Investigando los datos familiares de Kon, me topé con algo curioso.
Solo necesitamos confirmar que sea cierto.
Cuando extendió sobre la mesa un mapa del continente Terranova, con sus cuatro países marcados en tinta, el aire cambió de inmediato.
Por primera vez, todos comenzaron a tomarse el plan en serio.
Había nacido la idea de robar flores Yardam.
❯────────────────❮ Saltó hacia el mueble auxiliar sin darse cuenta de cómo sus pies tropezaban con cajas y fotos familiares.
Sacó el maletín de curas y vendajes con manos temblorosas, pero no pudo empezar a fijar la vista en las heridas: sus ojos se clavaron en la expresión de Ares.
Dolor.
Culpa.
Una furia contenida que parecía querer quebrarlo todo, pero que a la vez se le humedecía en las pestañas.
—Papá… —Kon buscó palabras que el miedo atascaba en su garganta—.
¿Qué… qué pasó?
Ares cerró la puerta de un portazo que hizo vibrar los vidrios.
Bajó a los chicos con un cuidado brutal, casi maternal, y apoyó su frente contra el marco.
Por un segundo pareció más anciano que el día que lo vio partir.
El sudor le surcaba la sien, y la sangre se mezclaba con la lluvia que empapaba sus ropas.
—Los encontré en un lugar peligroso, como ratas de laboratorio —gruñó sin alzar la voz—.
Son Omegas.
Bueno, solo uno, la chica es Alfa.
—¿Qué?
—Al alzar la voz, su padre le tapó la boca.
Hizo señas para que se mantuviera hablando en susurros y Kon entendió.— ¿Por qué traes a Omegas aquí?
Nos estás colocando la soga al cuello.
—Tienes tus razones, es comprensible.
—¿Comprensible?
—El chico estaba que se arrancaba un mechón de cabello— Papá, es por ellos que la gente nos odian.
Nos cazan y denuncian ¡como animales!
—Lo sé.
—¿Y si los sabes por qué los trajiste?
—Porque ellos son diferentes.
¡Por el dragón!
esperaba que todo eso fuera un sueño ¿desde cuando su padre hablaba de ese modo?
—¿Por eso arriesgaste nuestras vidas trayendolos aquí?
Hubo un momento de lucidez en el rostro de Ares, uno que le hizo creer que había recobrado la razón y dejaría a esos dos afuera, donde cualquier otra persona los viera y llamara a la policía.
Eran Omegas, estarían bien por ley.
La puerta volvió a abrirse con violencia, el señor Reid entró derribando todo a su paso, como siempre.
Detrás de ellos estaban la señora Sanae y Rice, cargando una pila de vendajes y medicamentos de emergencia.
Su compañero lucía tan confundido como él, por lo que era inutil preguntarle.
—El médico llegará pronto.
—La vieja Sanae hablaba mientras dejaba las cosas en la mesa y corría a revisar a los chicos en el sofá— Que suerte, aún están vivos.
—¿Qué está pasando?
—Su pregunta fue más una exigencia, un mal hábito que salía en sus momentos más estresantes.
Después de que los tres intercambiaron miradas, decidieron que sería Ares quien lo explicara y su padre maldijo internamente que así fuera.
—No fui a un viaje de negocios.
—Sí, acabo de notarlo.
Su padre buscaba las palabras para explicar todo eso de una forma que no fuera a enloquecer a su hijo.
—Esos chicos eran prisioneros de un grupo criminal que maneja drogas.
—¿¡Y los trajiste aquí!?
¿has perdido la cabeza?
Ares le recordó que debía bajar la voz.
—Esto es serio.
Esos Omegas no están protegidos por la iglesia, ni la ley.
Si los llevaba a un hospital volverían a ser entregados a sus dueños, además…tienen información importante.
Kon se fijó en Rice y su familia, que estaban demasiado concentrados vendando a la chica, quien tenía más heridas, así que susurro: —¿Tiene que ver con eso de ser el líder de los Alfas?
Su padre asintió con lentitud y él ya no preguntó más.
Siempre que algo loco pasaba era porque tenían que ver los Alfas.
No importaba cuanto se alejara de esa vida, destrozaba su puerta sin avisar, como esa noche.
Lo que más lo impactó fue ver a Rice ahí, por eso dejó a su padre y se paró justo frente a él.
—¿Qué ocurre?
—Con esa pregunta, lo encaró.
Rice no pareció entender su pregunta, o la entendió muy bien y por eso su confusión.
—No lo sé, me arrastraron hasta aquí sin explicar.
¿Conoces a esos chicos?
—Para nada.
—Entonces es un acto de caridad.
Kon no estaba contento con esa respuesta.
Se sentía como un idiota, ¿lo creía un idiota?
Pero no podía preguntar a los abuelos.
De hecho, no era el momento de preguntar nada, ahora que su padre los metió en ese problema solo queda cooperar para que nadie los descubra.
Abrió el otro botiquín y dejó que la furia le templara las manos.
Al menos en eso aún podía cumplir: vendar, limpiar, detener la hemorragia.
Y mientras apretaba los vendajes alrededor de un tobillo tatuado de moretones de ese chico que murmuraba incongruencias, decidió que les sacaría la verdad a todos, así tenga que usar las amenazas.
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