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La canción del dragón - Capítulo 24

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  4. Capítulo 24 - 24 Abrir paso al Mesías del nuevo mundo
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24: Abrir paso al Mesías del nuevo mundo 24: Abrir paso al Mesías del nuevo mundo El bullicio del prostíbulo era distinto al de un bar común.

Aquí no había cazadores ni conspiraciones, sino luces tenues de colores, música suave y un aroma dulzón a incienso que se mezclaba con el perfume de las muchachas.

El lugar se hacía llamar “café de adultos”, aunque todos sabían que era un escenario donde la fantasía era el menú principal y cada cuarto privado, un teatro distinto.

Entre los clientes habituales destacaba un joven de cabello castaño, largo y lustroso como el de una cortesana imperial.

Le caía en ondas suaves sobre los hombros, y su sonrisa, juguetona y despreocupada, lo hacía ver como alguien que sabía exactamente dónde estaba y por qué había venido.

Al ser recibido por una de las anfitrionas, le preguntaron qué temática deseaba para su acompañante de esa tarde.

El muchacho, sin pensarlo demasiado, elegido al azar: —Enfermera sexy.

Le condujeron a una habitación privada, donde las paredes estaban adornadas con estantes de utilidad médica y una camilla en el centro, tan falsa como convincente.

Se acomodó en el sillón, cruzando una pierna sobre la otra, con la calma de quien espera un espectáculo hecho a su medida.

El nombre de la chica ya se lo habían dicho: Cecilia .

Solo restaba guardar a que ella apareciera.

—Bienvenido, paciente —dijo una chica bastante joven al entrar en la habitación, vestida con el traje de enfermera que Caelan había pedido en la recepción—.

Digame, ¿qué le duele?

—Cecilia Gálvez.

La pronunciación de su nombre completo la dejó en blanco; la muchacha se giró de inmediato, buscando al dueño de esa voz.

Se suponía que la habían mandado lejos de Matusalem y de San Simón; nadie que la conociera debería aparecer allí.

Al ver que quien la llamaba era solo un chico de cabello bonito, el miedo se desvaneció en un segundo.

—¿Te conozco?

—preguntó, poniéndose alerta pero sin perder la compostura.

—No —respondió él con calma—, pero quizás conozcas a la persona que yo conozco.

Cecilia cruzó los brazos, molesta por la insinuación.

—¿Mi padre te contrató?

—lanzó, aferrándose a la defensa que le quedaba.

—Nadie me contrató.

La pregunta es si alguien te contrató o te amenazó.

—Eso no te importa.

Su respuesta tajante le hizo gracia, porque en ese momento, hasta a la policía le importaba.

—Eres hija del profesor Omar Gálvez de Córdoba —dijo Caelan sin alzar la voz—.

El hombre que desapareció hace unas semanas.

¿Sabías que él era el objetivo?

—Nadie me secuestro.

Yo vine aquí por mi cuenta —replicó Cecilia, tensando los hombros para no mostrar miedo.

—¿Y eso te lo dijo Francis?

—insistió Caelan.

Los hombros de Cecilia se cerraron aún más; se negaba a mostrar debilidad.

Caelan había hablado con Sarah sobre la situación de su vieja amiga y sabía que tirar de esa hebra podía bastar.

Podía inventarse un drama personal para convencerla, o—si fallaba—llevarla a la fuerza.

—¿No lo sabías?

—continuó él con una sonrisa ladeada—.

Tu novio te presume mucho, aunque presume más a Sarah.

El rostro de Cecilia se contrajo.

—¡¿Eres amiga de Sarah!?

—exclamó, sorprendida ya la vez alerta.

—Algo así.

La he visto con Francis varias veces; él me recomendó este lugar… ya ti.

—Eso no es cierto.

He estado con Francis todo este tiempo.

—¿Hasta en tus horas de trabajo?

—replicó Caelan, encogiéndose de hombros sin perder la confianza con la que había llegado al burdel—.

Si no me crees, ¿por qué no lo compruebas tú misma?

Cecilia lo miró, indecisa.

En su rostro se dibujó por un instante la posibilidad de negarse —y con ella, la escena de un forcejeo inevitable—.

Si lo rechazaba, Caelan lo tenía claro: pagaría por convencerla por otros medios.

—Ya sé lo que planeas —dijo ella—.

¿Piensas llevarme con mi familia?

¿A salvar a mi padre?

—Por la forma en que hablas, suena a que no es un buen padre.

— ¿Qué buen padre deja a su familia en un pueblo pequeño mientras él vive en la capital?

Y ahí venían los problemas familiares.

Todas las chicas tenían al menos una historia parecida.

Lo que Cecilia dijera no le importaba a Caelan, pero fingiría atención; de ello dependía si ella aceptaba acompañarlo o no.

—En muchas familias ocurre eso.

—En la familia de Madre no.

La mención borró la sonrisa de Caelan.

« Madre ».

Había lidiado con la secta un par de veces desde que supo de su existencia el mes pasado.

Había sido un verdadero martirio: esa mujer sabía moverse y ocultarse, y siempre se rodeaba de fanáticos para salirse con la suya.

—¿Conoces a Madre?

—preguntó Caelan.

A Cecilia pareció gustarle la expresión que él mostró; Pronto mostró una sonrisa de superioridad, quizás creyendo que él la envidiaba.

—Todos los que le dimos el corazón la conocemos —dijo con orgullo—.

Deberías hacer lo mismo; así dejarías de ensayar sonrisas y mostrarías las de verdad.

Caelan no la escuchó.

La tomó del cuello con manos firmes y controladas, procurando no lastimarla, aunque un movimiento brusco podría romperle la nuca.

— ¿Dónde está Madre?

—apretó.

—No lo sé.

—El terror asomó en los ojos de Cecilia; la máscara estoica que había mostrado hasta entonces se deshizo—.

¡Te digo que no lo sé!

Voy a llamar a seguridad.

—Dijiste que viste a Madre —replicó él—.

¿Dónde estuvo?

¿En uno de los seminarios?

—No… ella… ella me llamó.

—Y seguro fue Francis quien te guió hasta ella, ¿verdad?

—Caelan acertó en el clavo; la expresión de Cecilia lo confirma—.

¿Dónde está tu novio?

El forcejeo era inútil.

Caelan era más alto y mucho más fuerte de lo que Cecilia podría ser en toda su vida.

Pero entonces su rostro cambió: el miedo pasó a un segundo plano cuando Cecilia comenzó a recitar las palabras que Madre le había inculcado.

“—Volverá el creador antiguo.

No quedará rincón donde esconderse cuando el demonio tiña el firmamento de noche y nos lleve a su mundo renovado: gozo para los elegidos, tormento para los otros.

Preparaos para el Mesías venidero —el hijo predilecto—; sus ojos proclaman la verdad, su voz forjará nuestras cadenas.” Su discurso perdió toda lógica en la boca de la chica.

Caelan la soltó de inmediato y dio un paso atrás, confundido.

Otra vez Madre y sus delirios.

Si aquella chica creía en esas cosas, ¿cuántas personas en Xictli compartían la misma idea?

La charla no conduciría a nada útil.

Sin hacer ruido, le asestó a Cecilia un golpe seco en la nuca.

La ató con las sábanas de la cama y la amordazó con una cinta tomada de un cofre de utilería; moviéndose con cuidado para no llamar la atención, la echó al hombro y salió de la habitación como un felino, usando la noche como camuflaje.

❯────────────────❮ Morgart hacía girar las llaves entre los dedos como si fuera un juguete, probando el peso de la casa que ahora le pertenece.

Soleil lo miraba de reojo, en silencio.

Afuera, Ethan y Lucy subían las últimas maletas al auto, riendo entre ellos con la ligereza de quien ve en toda una aventura.

Bajo la cama, Usnaby seguía forcejeando con las ataduras.

Los gemelos lo habían amarrado con tanta destreza que, aunque gruñía como bestia herida, no iba a soltarse.

Mikael, sin embargo, apenas podía escuchar ese ruido.

El nudo en su estómago era más fuerte: la culpa, la náusea de saber que estaba dejando a Kon solo, vulnerable a cualquiera que quisiera asesinarlo.

—Trataré de llegar lo más rápido posible —dijo cuando los gemelos cerraron el maletero con un golpe seco.

—Sé que lo harás.

Estás desesperada por salvarlo —respondió Soleil, con esa media sonrisa que Mikael nunca supo si era un halago o una acusación.

—¿Prometes que no le harás daño?

—insistió, la voz quebrada en un hilo.

—Lo prometo.

Esperaremos tus resultados para movernos nosotros.

El peso de la misión caía sobre sus hombros: todo dependía de ella.

Mikael se despidió de Morgart y Soleil, pidiéndoles que no fueran tan crueles con Usnaby, y subió al asiento trasero del auto.

Allí, entre las voces entusiastas de Ethan y Lucy que ya discutían sobre qué harían primero en Skaluph, encontré un respiro.

Sacó el teléfono y comenzó a escribir.

No podía contarle la verdad.

En el mensaje para Kon inventó que viajaría con sus padres a San Simón por un tiempo, a raíz del accidente.

Pero cerró con una promesa sincera: “Regresaré tan pronto como pueda, para verte”.

El auto arrancó, alejándola poco a poco, mientras ella miraba la pantalla como si esa mentira fuera el último hilo que la ataba a él.

❯────────────────❮ El teléfono de Kon vibro con esos nuevos mensajes, mismos que no escucho por estar tan al pendiente de la explicación que le daría su padre sobre esos dos desconocidos.

—Entonces.

—Comenzó Kon a hablar— ¿Qué tuvo que hacer el jefe de los Alfas para llegar con estas personas?

Era el día antes.

No hacía falta decirlo.

Ambos lo sabían.

—¿De verdad trajiste prisioneros a esta casa?— gruñó.

No miraba a su padre, sino al suelo—.

Aquí.

Un día antes de…

—De acuerdo…

—interrumpió Ares, con su voz seca.

Se mantenía de pie, imperturbable.

Como si le hablaran de política, no de cadáveres vivos.

—Esos chicos eran prisioneros —continuó—.

De un grupo criminal.

Kon levantó la cabeza de golpe.

—¿¡Y aún así los trajiste!?

—Del mismo grupo al que pertenecía tu compañero Cristofer.

El silencio lo cortó todo.

Kon tragó saliva.

Por un segundo, el ruido del ventilador fue lo único que se escuchó.

—No fue un crimen de odio —dijo Ares, sin fruncir el ceño, sin dramatismos—.

Ni de celos.

Alguien le ordenó que te matara.

Ese alguien es esa organización.

No sé cómo lo descubrieron…

pero lo saben.

Y al fallar Cristofer, supe que enviarían a más.

—¿Así que tu viaje de negocios…?

—¿Era una purga?

Pongámoslo así.

Kon se apoyó en las rodillas.

Le costaba respirar.

—¿Cómo lo descubrieron?

—preguntó en voz baja—.

Ni siquiera los DG más avanzados pueden encontrarnos.

¿Cómo fue que él…?

—No lo sé.

—Ares bajó la mirada—.

Pero en la cacería encontré a esos dos.

Estaban encerrados.

Los usaban para grabar…

cosas.

Videos de tortura.

Bizarros.

Rentables.

Kon cerró los ojos.

El cuerpo le temblaba.

—¿Pensaban hacerme lo mismo?

—preguntó, abrazándose los codos.

—No.

Tú vales más vivo.

Alfas como nosotros van al mercado negro.

Muchos países pagan bien por uno.

—¿Qué…?

¿Desde cuándo pasa eso?

—Desde siempre.

—¡¿Y nadie hace nada!?

—Intentamos.

Pero ni las leyes ni la gente están de nuestro lado.

Ares entonces señaló la cama donde los chicos yacían sedados, envueltos en vendas limpias.

—Uno de ellos, antes de perder el conocimiento, dijo algo.

Algo que no podemos ignorar.

Kon lo miró.

—Gustavo Castro está con Madre —dijo Ares—.

Y pidió, literalmente, que no lo dejaran acercarse.

—No dije eso.

Antes de que Kon pudiera preguntar quién era esa tal Madre, el sonido de alguien despertando llamó la atención de ambos.

El chico Omega se había despertado y observaba a ambos con el ceño fruncido, molesto por el escándalo que interrumpió su sueño.

El chico volvió a hablar.

—Dije que no lo dejaras volver a tocarme.

Bueno, ya tenían a alguien para interrogar, aunque se viera de mal humor.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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