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La canción del dragón - Capítulo 25

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  4. Capítulo 25 - 25 Kon congela su cerebro
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25: Kon congela su cerebro 25: Kon congela su cerebro El chocolate estaba servido, las sábanas ocupadas por los dos nuevos invitados de la casa, y la cama invadida por completo.

Hacía horas que se despertaron, pero Ares insistió en dejarlos descansar hasta el amanecer, de ese modo se darían cuenta solos que no son malas personas.

De los dos adorables Omegas que estaban acurrucados en su casa, el que parecía más preparado para hablar era ese chico de mala cara.

Kon dio un paso hacia ellos, pero se detuvo al ver cómo este lo fulminaba con la mirada.

—¿Puedes hablar?

—preguntó con suavidad.

—¿Parezco muerto?

—respondió el muchacho lindo, con voz ronca, pero firme.

—No, pero estás vivo gracias a nosotros —añadió Ares, cruzado de brazos.

—¿Y quieren una medalla por eso?

—replicó, forzando el cuerpo para moverse, a pesar del dolor evidente—.

Lo mínimo era no dejarme en ese infierno.

—¿Cómo te llamas?

—intervino Kon, no queriendo seguir con esa dinámica de choque.

El chico dudó un momento, como si decidir si confiarles su nombre fuera una ofensa.

El agarre que le dio la chica en su hombro, una acción que pareció calmarlo un poco, lo convenció de responder.

—Deirdre —dijo al fin, sin bajar la mirada—.

Y si van a interrogarme, háganlo ahora.

No tengo paciencia para rodeos.

—Pero si tú fuiste el que me suplicó que no te dejara, ¿ya se te olvidó?—.

Dijo Ares, con una sonrisilla.

Deirdre pareció avergonzarse con sus palabras, porque de pronto su blanca cara cambió a un rojo intenso.

—¡No fue así!

—Claro que no… estabas llorando como loco por tu hermana.

Aunque ahora que lo pienso bien, sí gritaste “por favor no me dejes” —Sonrió con aún más sorna, pero sin malicia—.

Fue lo que me hizo apiadarme de ustedes.

La chica parecía menos tensa que antes.

Kon se dio cuenta de que los comentarios de su padre de verdad estaban siendo de ayuda.

También se dio cuenta que el rostro de Deirdre era… No.

No era que pareciera una chica.

Era más bien como si el concepto de “bonito” no hubiera elegido género.

Pestañas largas, piel pálida con ese tono suave que brilla bajo la luz, labios curvos, perfectos, como dibujados a mano.

Su cuello fino, su clavícula marcada, los pendientes que aún lleva colgando, brillando como joyas que pertenecían a otra época.

Una belleza que no debería estar en una habitación como esa.

Una belleza que explicaba demasiadas cosas.

Deirdre frunció el ceño al notar su mirada.

—¿Qué ves, idiota?

—espetó, con un tono más mordaz que fuerte—.

Mira otra cosa, o te saco los ojos.

Kon, aún en shock, parpadeó.

—Perdón… no era por eso, yo solo… —No soy tu entretenimiento —escupió Deirdre, con los dientes apretados.

Ares levantó una ceja, pero no intervino.

Kon desvió la mirada al suelo, sabiendo que se había equivocado, incluso si no había tenido malas intenciones.

—Como sea.

—El Alfa mayor decidió que era momento de ir al grano— ¿Por qué las Setas los tenían prisioneros?

Los chicos se vieron reacios a hablar de eso, se miraban entre ellos y murmuraban en su idioma, uno que no parecía pertenecer a un país en específico.

Sonaba más antiguo, tribal.

—¿Tu hermana es un Alfa?

—preguntó Kon, al ver que no pensaban contestar siguió hablando— He leído sobre eso.

Familias con un hijo Alfa y un hijo Omega, aunque no imagine ver una alguna vez, son muy escasas —Luego se dirigió directamente a Deirdre.— ¿Por qué no estás en uno de los templos?

No te ves mayor de 20 años, deberías seguir bajo la custodia de la iglesia.

—Que le den a la iglesia, yo no sigo el dogma.

Su respuesta fue una completa sorpresa para Kon.

Todos los Omegas debían ir a uno de los templos, todos los Omegas servían a la iglesia, les gustara o no, al menos los Omegas registrados.

—No me digan ¿no tienen registro civil?

—¡Eso no te importa!

Esa actitud tan a la defensiva lo confirmó.

Fue así como pasaron desapercibidos por la iglesia, pero seguro no contaban con la enorme cantidad de criminales que irían por ellos tan pronto se enteraran de su existencia.

Los Alfas y Omegas no registrados eran más fáciles de vender y usar en el crimen, en Xictli era tan severo que se movilizaron varios equipos especiales en busca de las casas de venta y otras sucursales ilegales.

Cada que hablaban solo confirmaba que su padre cometió la tontería más grande hasta ahora, al menos desde que él nació.

Miro su teléfono, buscando entretenerse con algo, o escapar de ese ambiente tan agresivo.

Cuando leyó el mensaje de Lorena, el mal humor se abrió paso.

—Lo que sea, esto es tu problema —Le dijo el chico a su padre, dando media vuelta para salir de ahí.

—¿A dónde vas?

—Preguntó Ares.

—Por algo para beber, se me secó la garganta.

Tomó algo de dinero de sus ahorros y salió a la tienda de 24 horas más cercana, para que su padre arregle solo el desastre que llevó a la casa.

Yaotl lo esperaba echado en la banqueta, estaba que brincaba de la emoción al verlo.

No tenía humor para jugar.

No era la primera vez que Lorena iba de visita a su ciudad natal, pero solía hacerlo en vacaciones y siempre con una última llamada.

Tal vez estaba exagerando, dijo que sus padres se preocuparon por el ataque ¿quien no lo haría?

Hacen bien en irse.

Está seguro que ellos también se irán pronto, porque es imposible continuar sus estudios en ese lugar y esa era la única preparatoria del pueblo.

Por eso se reprendía internamente por sentirse tan irritado.

El ladrido de Yaotl lo sorprendió.

Ojala y fuera como él, emocionándose solo por verlo.

—No seas tan dramático, que no me morí.

Pero Yaotl no dejo de saltar, ni de rodearlo en todo el camino.

Su amigo estaba tan emocionado que no se dio cuenta de lo difícil que volvía la misión de caminar hasta que que Kon no pudo seguir esquivándolo.

Tropezó con sus propios pies.

Se tambaleó.

El mundo giró y todo pareció detenerse.

Una luz en la tienda de la esquina parpadeaba como si se burlara de él.

Cayó hacia adelante, y por un instante pensó que el concreto le partiría la cara.

Pero no llegó al suelo.

Lo sostuvieron dos manos firmes desde los costados.

Un olor familiar a jabón de limón y menta lo envolvió.

Su pecho chocó contra otro cuerpo, cálido y tranquilo.

Parpadeó.

Pecas.

Una sonrisa cansada y unos ojos que lo miraban con ese brillo de curiosidad casi infantil que siempre lo atacaba cuando menos lo esperaba.

—Ten más cuidado, archivero— dijo Sarah, sin soltarlo.

Kon no respondió de inmediato.

Le temblaban los brazos.

No sabía si por el cansancio o la absurda sensación de alivio que le recorrió el cuerpo al verla.

Con todo lo demás borrándose de su cabeza.

Se apartó con brusquedad.

No se molestó en agradecerle.

Aunque era justo la persona que más necesitaba, también era la que menos quería ver en ese momento.

—¿Qué haces aquí?

—carraspeó, intentando sonar indiferente.

—Voy por una bebida a la tienda.

¿Y tú?

—Lo mismo.

Se cruzó de brazos sin verla.

Sentía que si lo hacía, explotaría.

—Genial.

¿Vamos juntos?

Yaotl ladró con energía, saltando en dos patas y terminando de tirarlo, causando que sintiera más la vergüenza de tener frente a Sarah, que el golpe en sí.

La morena se detuvo a contemplar al can sobre Kon, que no dejaba de mover la cola con energía.

—¿Es tu perro?

—Algo así.

—Respondió el chico, quitándoselo de encima como pudo, al menos para que ya no siguiera lamiendo su cara— Ha estado conmigo desde que tengo 5 años, pero no vive en casa.

Es un ser muy independiente.

—Desde los 5 años.

—Repitió Sarah—.

11 años a tu lado es un tiempo muy largo.

—Supongo que tengo suerte.

—Dijo, sin prestarle mucha atención por estar consintiendo a Yaotl.

—Y mucha suerte, esos perros son raros de tener.

Me impresiona que hayan sobrevivido desde la época prehispánica, aun cuando los cazaban.

En eso se parecían mucho a los Alfas, tal vez por eso Kon se llevaba tan bien con él, compartían una historia.

Se levantó del suelo cuando consideró que ya había sido humillado lo suficiente.

Le dio unos golpes en la panza a Yaotl y cruzó la calle para llegar de una vez a la tienda.

—¿Vives en esta calle?

—Pregunto Kon, sin poder con la curiosidad.

—No, solo paseo por aquí cerca.

Mi casa esta a dos cuadras de aquí.

Se negaba a decir que estaba huyendo de su hermano.

Gracias a Morgart, pudo inventarle a Eduard una excusa para que le diera un día más en ese lugar y terminara de empacar todo.

Tal vez esa sería la última vez que viera a Kon.

Las cosas con él no estaban resultando como Sarah había imaginado, pero tampoco quería que Kon la viera solo como una compradora insistente.

Así que continuó con la charla, intentando sonar natural.

Antes de que pudiera abrir la boca, Kon se adelantó con una pregunta inesperada: —¿Has tenido noticias de tu amiga y su familia?

Sarah parpadeó varias veces.

La sorprendió que Kon preguntara eso… ¡y aún más le sorprendía que la sorprendiera!

Con todo lo que él tenía encima, cualquiera pensaría que olvidaría un asunto que no le concernía en absoluto.

Era una pregunta básica, algo que cualquiera en su lugar podría haber hecho.

Y, sin embargo, Sarah no entendía por qué no podía dejar de sonreír.

El silencio se prolongó tanto que Kon giró la cabeza, dudando si acaso hablaba solo y ella se había ido.

Lo primero que vio fueron esos dientes blancos y la nariz arrugada por la sonrisa, que le daba un aire juguetón.

Para sus adentros, Kon pensó que esa expresión le quedaba demasiado bien.

Era tan… Sarah.

—Estoy muy feliz de que la hayan encontrado —dijo la morena al fin, todavía sonriendo, como si brillara.

—¿La encontraron?

—Sí.

—La alegría casi la hacía dar saltos—.

Está bien.

La salvaron anoche y ya pudo reunirse con su familia.

—¿No estaban juntos?

Sarah dudó.

No sabía hasta dónde confiar en él, considerando quién era y la casta a la que pertenecía.

—No sé los detalles… solo quiero confiar en la ley.

Kon se quedó con esa frase clavada en la cabeza.

Confiar en las leyes era un lujo que él, como Alfa, nunca se había permitido.

Los humanos podían aspirar a la justicia si la narrativa estaba de su lado, pero los Alfas sabían que, tarde o temprano, debían hacerse justicia por cuenta propia y, sobre todo, sin ser atrapados.

Bastaba con acercarse a un Omega para que les cayeran cinco años de cárcel.

—Yo no lo hago —confesó, con la vista perdida en el cielo.

Había dejado de creer en las leyes desde niño.

Por eso debía convertirse en fiscal: para cambiarlas.

Para dar más libertad a los Alfas, para que no tuvieran que seguir tomando supresores que los apagaran solo para sentirse con derecho a existir.

—¿No crees en las leyes?

Pero si recitaste un artículo entero de la Constitución a tu profesor.

—Para cambiar algo, primero tienes que conocerlo.

—¿Vas a cambiar las leyes?

Qué atrevido de tu parte.

Kon se encogió de hombros, con el pecho inflado por dentro.

—Alguien tiene que hacerlo, ¿no crees?

El tono le salió tan engreído que Sarah no pudo evitar reír.

Ambos entraron en silencio.

Sarah se dirigió al otro extremo del local y empezó a servirse un raspado de mora.

La vio verterle dos sobres de azúcar al vaso —ya endulzado— y luego empinarlo de un trago.

Kon la observó, confundido.

Acto seguido, preparó otro, idéntico, y repitió el proceso.

Bebió rápido, como si fuera agua.

La cabeza le dio un respingo, pero en lugar de quejarse, se rió.

El cajero la miró con fastidio.

—Son dos, ¿vas a pagar o…?

Sarah le sonrió con los dientes teñidos de azul.

—Sí, sí, no me voy a escapar.

Cuando el encargado se alejó con su dinero, Kon se acercó, todavía hipnotizado.

—Cóbrame tres —gritó Sarah—, aún no me lleno.

El cajero suspiró con resignación.

Ella se giró, ofreciéndole un vaso azul.

—¿Quieres probarlo?

Está muy bueno.

—Te acaba de congelar el cerebro.

—Esa es la mejor parte —dijo, y volvió a beber.

Esta vez el escalofrío la hizo estremecerse.

Se llevó ambas manos a la cabeza, se encogió como si le atravesaran el cráneo…

y luego volvió a reír.

Se preguntaba ¿Por qué carajos se acercó?

Tal vez porque su estúpido raspado azul lo distraía de todo lo demás.

Tal vez porque, por un momento, verla reír era lo único que no dolía.

—¿Seguro que no quieres un sorbo?

Yo invito—.

Dijo Sarah, extendiendo la bebida antes de que ella se la acabara.

—Tu madre debe prohibirte beber esa basura.

—Je— su risa salió seca —No tengo una madre que me lo prohíba.

El ambiente entre ellos cambió a uno más pesado.

Kon se sintió como un idiota por mencionar algo tan personal de esa manera.

Sarah se dio cuenta de los nervios que burbujeaban en él y echó a reír a carcajadas.

—No tienes porqué preocuparte, chispitas.

No está muerta, solo muy lejos de aquí.

Mi negocio es vagar por el mundo, algún día volveré a casa.

—No digas las cosas de esa forma, te pueden malinterpretar.

—Es divertido lidiar con eso.

Algunas expresiones son muy graciosas.

La pequeña simpatía que estaba sintiendo por ella desapareció.

—No deberías burlarte así de los sentimientos de la gente.

—Ellos creen lo que quieren creer.

Nunca les dije que mi madre murió, a ti tampoco.

—Pero tu forma de hablar da a entender lo peor.

El único tonto ahí era él, por seguir hablando con esa mujer tan horrible.

—¿Por qué la gente siempre piensa lo peor?

como si fuera un escudo que los ayudará a amortiguar el impacto de la caída.

No entiendo por qué hacen eso.

Si vas a caer, hazlo de la manera más épica posible.

Sonaba igual a un personaje de libros, la jefa Beatriz tenía razón; cuando uno pasa mucho tiempo cerca de algo, inevitablemente se vuelve igual a ese algo.

—Lo dice la chica que no paga los libros que lee.

—Si tengo la oportunidad de tomarlo gratis, no lo desperdiciaré.

Ella siempre tenía respuestas de ese tipo.

—Supongo que la matrícula es bastante cara para no querer pagar nimiedades.

—¿Qué matrícula?

¿acaso no dijo que estudiaba biología?

La sonrisa que quería salir se quedó a medio camino.

—El de tu universidad.

—Yo no voy a la universidad.

Sarah no se dio cuenta del error que cometió hasta que lo dijo.

Kon volvió a contar del uno al cinco para no estallar de ira en ese momento.

—Oh, cierto…yo voy a la universidad— de pronto el fondo de su vaso parecía muy interesante -Sí, bueno…puede que mintiera acerca de eso.

—¿En qué cosa no mientes?

—No suelo hacerlo, de verdad, es solo que.

Te veías muy importante con tu uniforme y tus palabras elegantes que no quería quedarme atrás ¿vale?

Por eso inventé lo de las vacunas.

En realidad, es mi hermano quien estudió eso.

—Eres una descarada.

Fue mi culpa por creerte.

—Tranquilo, archivero.

Si me gano la vida de manera honorable— esta vez Sarah sintió que realmente la había regado —Trabajo en una mecánica de autos, gano lo suficiente para pagarme mi alimento, pero no para tener buenos libros o ir a citas en lugares caros, menos para pagar la universidad.

Sobrevivo con lo que tengo, con un seven eleven que siempre está dispuesto a darme su canasta de ofertas.

Recordó las manchas de grasa en su ropa y los googlees que usaba todo el tiempo sobre su cabeza.

Es la primera vez que la veía levemente presentable.

Se negó a mirarla, no caería dos veces en los trucos de una mentirosa.

La voz en su cabeza le recordó quién era el mayor mentiroso de los dos.

Por lo menos ella lo admitió, mientras que él sigue oculto bajo ese telón de palabras elegantes y logros invisibles ¿No era bastante hipócrita?

—Bueno, puede que haya mentido también.

—¿tú, archivero?

—Sí, yo— se contuvo de voltear los ojos, un hábito que estaba tomando cada que estaba con ella —Puede que haya dicho que estoy estudiando en una escuela en la que ni siquiera estoy inscrito.

Sarah volvió a reír, su voz sonó tan fuerte que molestó a los comensales y trabajadores que estaban cerca, pero poco le importó.

—¿Por qué estamos tan obsesionados con impresionar al otro?

—Debe ser una necesidad psicológica.

Desde su sentimiento de inferioridad con Rice hasta su necesidad de dar el siguiente paso con Lorena, Kon siempre se había esforzado por dar la mejor primera impresión al resto.

Su padre le advirtió de ese mal hábito  Kon no entendía qué tenía de malo eso.

Querer que la gente te mire con buenos ojos, debe ser algo que desean todos.

La puerta del local se abrió con brusquedad.

Rice entró con el rostro cubierto de sudor, jadeando.

❯────────────────❮ Lo primero que hizo en el día fue estar al pendiente de sus pasos, mientras seguía pensando que seguía enojado por la discusión que tuvieron la última vez en su casa, pero la visita de esos desconocidos alteró todos sus planes.

Su abuela lo trajo de un lado a otro para borrar todas las pistas y sospechas.

No lo dejó ir hasta que le informo todo lo ocurrido en esa semana, la gente que llegó por Kon y como todos lo confundieron con él.

—No los corregí, pensé que sería mejor que creyeran que era yo para que vinieran directo contra mí.

—Buena decisión—.

Fue el único halago de su abuela.

Después de eso lo dejó volver a su labores diarias y casi sufre de un ataque al ver que no estaba en casa.

Al buscarlo por todas partes y no encontrarlo, el terror cubrió cada capa de su ser.

Rice estuvo corriendo por todas partes, casi llamándolo a gritos.

Escenarios ficticios de Kon siendo raptado, o peor, ejecutado.

Se obligó a tranquilizarse, a usar la lógica.

Si alguno de esos escenarios fuera real entonces el jefe Ares sería un desastre paranoico, habría rastros de pelea, o sangre esparcida en algún lado.

Si no estaba en casa, debía estar afuera.

El suelo se movía sobre sus pasos, sus extremidades temblaban por el viento gélido dentro de sus pulmones, debía obligarlas a moverse.

Daba vueltas, su pecho se tensaba y la sangre bombeaba en sus oídos, quería encontrarlo antes de que lo borroso se apoderara de sus ojos.

Una trenza sucia dentro de una tienda de conveniencia se le hizo familiar, nariz pecosa.

La chica del callejón Reina.

Centro la atención en ella y el color de su hilo; azul.

A su lado otro hilo flotaba, el dueño de sus sueños y pesadillas, el único cuyo olor jamás olvidaría ni porque volviera a nacer.

Entro a la tienda en cuestión de segundos y ahí estaba Kon, flirteando con una delincuente, olvidando que su vida corría peligro como el maldito idiota que era.

No se concentró en la mirada de sorpresa que le lanzó al verlo en la tienda, ni en su queja por jalarlo del brazo.

Su atención estaba enfocada en esa mulata de mala cara.

Esa mujer mal hablada del callejón y que ahora lo miraba como si acabara de robar algo.

—Eres el muñequito Ken—.

Soltó Sarah, con total desprecio —¿No ves que estábamos hablando?

Ella debía odiarlo tanto como él la odiaba y así estaba bien.

Lo que Rice más quería era arrancarle la lengua para que dejara de hablar, y Sarah deseaba arrancarle la cabeza completa, para que esa mirada de superioridad desapareciera de una vez.

❯────────────────❮ Sacó a Kon a rastras del local, con las protestas al tope.

Esa mujer crispaba sus nervios.

—¡Nos volveremos a ver, archivero!

Ambos se giraron para volver a verla.

Rice le dirigió su mayor mirada de desprecio, mientras que Kon no sabía cómo despedirse sin parecer un idiota.

Cruzaron la puerta de cristal con el humo saliendo de sus orejas.

Ignoraba los golpes y arañazos que Kon le daba a su brazo.

Debía tranquilizarse, mantener la cabeza fría y la energía para algún ataque sorpresa.

No era ningún idiota para no saber qué es lo que estaba pasando.

Cuando nadie lo vea, cuando termine todo ese asunto, irá tras de ella.

No permitiría que una humana grosera y fea siguiera coqueteando con su jefe.

—¡Hazme caso, maldito rinoceronte!—.

Kon se seguía quejando.

¿Rinoceronte?

Puede que lo haya odiado por mucho tiempo, pero jamás se había dirigido a él con algún apodo.

Estaba seguro que fue por esa chica que comenzaba a comportarse tan grosero.

Rice dio media vuelta solo para estar frente a frente, para contemplar su ceño fruncido y su labio torcido en una mueca que buscaba mostrar su molestia.

Sin previo aviso, lo abrazo.

Había estado tan asustado por culpa del ataque de esa mañana que solo verlo de nuevo hizo que volviera a respirar con normalidad.

Kon quería quitárselo de encima.

Aún se sentía incómodo por la pelea que tuvieron, la perilla de su puerta y la invasión a su casa la noche anterior.

No tuvo tiempo de confrontarlo antes por todo lo que pasó, pero ahora que estaban solos era su oportunidad.

—¿Rice, eres un Alfa?

El interrogado se quedó congelado en su lugar.

Por supuesto que iba a preguntar después de todo lo ocurrido.

Negarlo sería de lo más estúpido, aún así, sí podía desviarlo todo.

—¿Por qué preguntas eso?—.

Trato de verse sorprendido, casi ofendido con su pregunta.

—¡Ay, por favor!—.

Pero el único ofendido ahí era Kon.

—¿me crees idiota?

Ya conecte los hilos, no puedes mentirme.

Por desgracia para Rice eso era cierto, Kon era muy bueno en los acertijos y una vez que se le presentaba uno no dejaba de estudiarlo hasta dar con la respuesta.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Desde que abollaste la perilla de mi puerta.

El Alfa quería reírse por ser descubierto por un descuido tan tonto, su abuela le daría otro coscorrón cuando se entere.

—Sí, soy un Alfa.

Y no solo eso, soy tu Sílex, entrenado desde niño para protegerte de toda clase de peligro—.

Si ya sabía una parte, mejor que lo supiera todo.

—Mi vida se basa en mantenerte a salvo.

Kon de verdad deseaba que un meteorito cayera sobre la tierra y los acabará.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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