La canción del dragón - Capítulo 26
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- Capítulo 26 - 26 Ese día tan ajetreado
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26: Ese día tan ajetreado 26: Ese día tan ajetreado El volumen estaba tan alto que los graves parecían romper las costuras del colchón.
Aun así, no era suficiente.
Kon seguía sin poder apagar el mundo.
Boca abajo, con la cara enterrada en la almohada, dejó que los riffs eléctricos de The Offspring lo sostuvieran un rato más.
Esa canción—no sabía el nombre, nunca lo buscó—sonaba una y otra vez desde que se metió en su cuarto.
La había descubierto de casualidad, una tarde cualquiera, haciendo la tarea mientras dejaba correr la reproducción automática.
Solo eran tres minutos.
Tres malditos minutos.
Pero bastaron para hacerle sentir que podía con todo.
No entendía la letra.
Nunca la había traducido.
Ni siquiera era el tipo de canción que él solía buscar.
Pero la guitarra… la batería… y esa voz medio quebrada, medio rabiosa.
Era como si alguien por fin hubiera entendido lo que él no podía explicar.
No era tristeza.
No era rabia.
Era un relámpago que nacía desde el pecho y se expandía en la piel, en las yemas de los dedos, en la nuca.
Era vértigo emocional, era correr sin moverse.
Era gritar sin abrir la boca.
Era sentir sin que nadie más supiera.
Y ahora la necesitaba más que nunca.
Afuera, el mundo seguía.
Su padre cocinaba algo que olía a cebolla recalentada.
Los platos sucios se amontonaban en la tarja.
En el comedor, Deirdre y Naois comían del mismo arroz que debería haber servido para conmemorar la muerte de su madre.
¿Cómo se supone que debía sentirse?
Molesto, sí.
Molesto era lo mínimo.
Pero también frustrado.
Invadido.
Silenciosamente traicionado.
Ares los había traído.
Rescatados tras semanas de cautiverio, heridos, desnutridos, rotos.
Lo había visto con sus propios ojos, el horror que vivieron en ese lugar, rodeados de gente mala ¿Cómo reprocharles algo?
¿Cómo gritarles que no tenían derecho a estar ahí, en su casa, en su mesa, vistiendo su ropa?
Y sin embargo, lo sentía.
Sentía que el único lugar donde podía estar en paz ya no le pertenecía.
Ni su cuarto era refugio.
Porque el aroma en la casa había cambiado.
Porque su padre no fue a un viaje de trabajo, sino a masacrar a toda una unidad criminal.
Porque Rice es un Alfa y peor, un Sílex, un soldado entrenado desde la infancia para protegerlo de cualquier amenaza y que lo escondió por 16 años.
Era tan frustrante que se hundió más en la almohada y gritó todo lo que no le decía a Ares.
Todo lo que no podía confesarle a Rice.
Todo lo que no entendía de sí mismo.
Gritó hasta que la garganta le ardió, hasta que las lágrimas lo ahogaron, hasta que la canción terminó por quinta vez y el mundo volvió a colarse por las rendijas.
La puerta se destruyó con una patada de su padre.
Ares entró con la sartén aun en la mano y la pala en la otra.
—¿¡Por qué no bajas a desayunar!?
Te estoy llamando desde hace rato.
El chico levantó el rostro a regañadientes y se quitó los audífonos con lentitud, reprochándole con la mirada el haber interrumpido su miseria.
—No te escuche—.
Fue lo que respondió, con la voz pesada y la garganta seca ¿Cuántas horas llevaba tirado en la cama?
—Claro que no me vas a escuchar con esas cosas en los oídos ¿Cuántas veces te he dicho que uses un audífono?
Su padre no dijo que el cielo era de color rojo, pero Kon lo observo como si lo hubiera echo.
—Son audífonos de diadema.
—¿Y eso qué significa?
Eligió no seguir con esa conversación.
Lo que menos quería era perder el tiempo explicando sobre electrónica a su viejo.
—¿Qué quieres?—.
Escupió, más cansado que molesto.
—Háblame bien, mocoso que no estuve toda la mañana preparando la comida para que respondas así ¿¡Por qué no bajas a desayunar!?
“Porque metiste a gente desconocida a la casa” “Porque es el aniversario de la muerte de mamá y tú actúas como si fuera un domingo normal” “Porque eres una maldita molestia que arruina hasta las canciones que escucho con tu presencia” Kon pensó en esas y más razones del porque nunca más quería bajar a desayunar con él, pero en su lugar se sentó en la orilla de la cama y se puso los zapatos.
—Ya voy.
Porque le rugía la panza y no sabía ni cocer un mísero huevo, porque la comida que su padre hacía siempre ha sido mejor que la de su madre y porque quería seguir compartiendo esa cocina.
—Más te vale—.
gruñó Ares.
Dio media vuelta, pero antes de irse, soltó: —Y báñate, que después del desayuno vamos a salir.
—¿A dónde?
—Es el aniversario de tu madre, tenemos que visitarla.
El corazón se le apretó sin pedir permiso.
No esperaba que lo dijera.
No así.
No con esa voz tan… tan inesperada y fuera del molde.
Kon bajó la mirada hacia sus zapatos, sin atarse los cordones.
Sintió una punzada en el pecho que nada tenía que ver con el hambre.
—Claro…— murmuró.
Pero Ares ya no estaba para oírlo.
Lo escuchó caminar de regreso a la cocina, arrastrando un poco el pie derecho como siempre que estaba cansado, golpeando sin querer la puerta del pasillo.
Luego les preguntó a los dos invitados si querían un plato extra y el sonido de la estufa encendiéndose, los trastes, el aceite chispeando.
Respiró hondo, parpadeó rápido para ahuyentar cualquier rastro de humedad en los ojos y se levantó.
Abrió el cajón, sacó una playera limpia y caminó hacia el baño con pasos rápidos.
Lo que su padre decía era cierto, no había preparado todo una noche antes en vano, había mucho que hacer cuando llegaran al cementerio.
Antes de entrar por completo, se asomo por la puerta y gritó a su padre: —¡Hay que hacer una parada donde el abuelo!
❯────────────────❮ Sarah silbó la melodía que escuchaba en los viejos casetes de su infancia.
No sabía por qué se le había pegado justo ese día.
Tal vez porque, por primera vez, la letra tenía sentido.
Fue Eduard quien la volvió prisionera del mundo musical.
Descubriendo joyas que trascendía el tiempo, y conociendo la decepción por jamás poder verlos en vivo, ya que todos estaban muertos, o demasiado viejos para forzar a su voz.
Ella se obsesionó con los clásicos, y se lamentaba por eso.
Al menos no era como su hermano, que guarda en su disco duro más de 10 mil horas de canciones.
—¿Ya pensaste en lo que te pedí?—.
Desde la otra línea, Caelan hablaba con ella.
—No pienso ir con Eduard e instalarme en un nuevo lugar—.
Declaró con convicción.
—Pienso ir esta noche y tomar el collar esta noche.
—Cool, ¿ya tienes la dirección?
—Por supuesto que la tengo y estoy lista.
—Eso es genial, la familia salió hoy y será la única oportunidad que tendrás.
Sabía que estaba jugando sucio y que eso de robar era todo menos una muestra digna de confianza, pero era su oportunidad de oro para evitar mudarse.
Si le daba a Eduard el ojo de Osiris se vería obligado a reconocerla.
—¿Cómo sabes eso?
—Tengo mis contactos— Respondió con normalidad.
—Claro.
La morena supo que lo mejor sería dejar de preguntar un caso perdido.
Habían vivido juntos 10 años, pero aun así guardaba sus secretos, como el trabajo que le ofrecieron y el culpable de que lleve fuera 5 meses.
—Oye, Caelan ¿Cuándo vuelves a casa?
Hubo un momento de silencio al otro lado de la línea.
—Creo que estaré regresando a finales de este mes—.
Se escuchaba muy convencido.
—Por cierto, contrate a alguien más para que te ayude en el robo.
—¿Qué?— Su tono cambió a uno repleto de sorpresa.
—¿Por qué?
—Tú tranquila, es un profesional en las peleas.
Por si acaso te encuentras con algún problema.
Debería llegar en cualquier momento.
—No me dijiste eso.
—¿Pensabas que te iba a dejar hacerlo sola?
No podía creer que él tampoco confiara en ella ni para robar en una casa.
El timbre sonó y Sarah tuvo que levantarse a atender.
Caelan siguió hablando, diciendo que seguro era el tipo al que le pagó, un cazador del top 10.
Un verdadero profesional.
Cuando abrió la puerta, se topo con un chico de su estatura, de cabello negro y desordenado.
Cubierto de pies a cabeza con ropa negra.
Él la reconoció al instante, ella también.
—Eres la chica del mecánico.
—Eres el cliente raro.
—¿Se conocen?—.
Pregunto Caelan, sintiéndose de pronto fuera de lugar.
❯────────────────❮ El día era más caluroso de lo que imaginaron, el sol les quemaba tan fuerte que nada más caminar hasta el auto los hizo sudar.
Kon se estaba arrepintiendo de haber empacado tantas cosas para esos dos días.
No se había sentido tan pesado cuando metió todo en una sola bolsa, pero ahora era como si le hubieran metido piedras cuando no estaba viendo.
Por si fuera poco, Yaotl saltaba de un lado a otro, enredandose en sus pies, se veía más emocionado por el paseo que cualquiera de los presentes.
—Si nos vas a ayudar, entonces quitate, perro tonto—.
Dijo el joven Alfa, a punto de reventar del coraje.
Para su mala suerte, Yaotl no lo entendió, o pretendió no hacerlo.
Mientras Kon luchaba por no caerse y la chica llamada Naois se acercaba para ayudarlo, evitando tocar algo más que el equipaje, Ares hablaba con Reid y Sanae.
—Nos ausentaremos por dos días, están a cargo de la casa mientras eso pasa.
Me informan cualquier movimiento o suceso extraño—.
Les daba órdenes como un general de guerra.
—Si algún sobreviviente de los setas se acerca buscando venganza, atrapenlo y saquen toda la información que puedan.
Debemos encontrar a la persona que les dio la información sobre nuestro paradero.
—No te preocupes, mantendremos todo vigilado—.
Habló la vieja Sanae, con la confianza de alguien que llevaba años de experiencia en los temas de cuidado y guardia.
—Reid y yo nos dividiremos.
Mientras yo patrulló por la ciudad, él y Rice se quedaran en casa.
—Muy bien, eso es suficiente.
—¿Llevarás a esos chicos contigo?—.
Preguntó la anciana, observando cómo Kon y esa chica caían al suelo, el perro se les iba encima y el Omega de cabello bonito observaba en silencio.
—Pueden ser peligrosos.
—Si resulta que lo son, los mataré antes de que puedan hacer algo.
—¿No sería mejor dejarlos aquí?—.
Sugirió Reid.
Pero Ares se negó, ignorando los gritos que Kon le daba al can por babearle toda la cara.
Al ver esa miserable escena, Deirdre, por fin, se dignó a ayudar.
—Tienen información muy importante, pero son precavidos.
Debo ganarme su confianza si quiero que lo suelten todos.
—Esos niños estaban muy heridos cuando los encontramos—.
Dijo Sanae, con la mirada baja, recordando con dolor todos esos cortes y golpes en zonas tan delicadas.
Algo de lo que nunca se iban a recuperar.
—¿cómo vas a llegar a ellos?
—Aún no lo sé—.
Admitió el Alfa.
—Tal vez por eso los llevo conmigo.
Encontrar una forma de generar empatía, la chica se ve más influenciable, supongo que se debe a que es un Alfa y se siente con los suyos.
—Pero no dirá nada si su hermano no se lo permite.
—Encontraré una forma de que suelten todo.
Se despidió de ellos por última vez y caminó hasta el vehículo.
Rice los observaba desde el último piso.
Siempre odio esos días del año, donde Kon estaba lejos y él no podía cuidarle la espalda.
El auto vibró ligeramente cuando Ares giró la llave.
El motor rugió con ese sonido denso, imperfecto, que solo tienen los vehículos viejos que ya han sobrevivido más de lo que deberían.
Afuera, el sol pegaba sin piedad sobre el parabrisas, tiñendo el interior de un calor pegajoso y asfixiante que ni el aire acondicionado podía disolver del todo.
Yaotl se sentó en el espacio entre los asientos delanteros, jadeando como si el viaje fuera una aventura que esperaba desde hacía años.
Detrás, Deirdre y Naois iban tomados de la mano.
Quietos.
Callados.
Como estatuas de carne a medio romper.
Ares maniobró para tomar la autopista.
Kon, en el asiento del copiloto, no dijo nada.
Tenía la mirada fija en su teléfono, pero no leía.
Solo lo sostenía con las dos manos como si de pronto no supiera qué hacer con ellas.
—¿Sabes qué vamos a hacer cuando lleguemos, verdad?
—preguntó su padre, sin mirarlo.
Kon tardó en responder.
Apretó más fuerte el teléfono.
—Sí.
Ir al cementerio.
—No solo eso —replicó Ares—.
Primero pasamos al hotel.
Luego tú y yo nos vamos directo a la tumba.
Quiero que los chicos se queden ahí.
No sabemos si alguien nos está siguiendo, y no quiero problemas en un lugar tan delicado.
Kon suspiró.
—Siempre arruinas el momento con tus paranoias.
—La paranoia me mantiene vivo —respondió, con una media sonrisa.
El silencio volvió, incómodo.
El ruido del motor era lo único que llenaba el vacío.
Detrás, los chicos no decían nada.
Pero escuchaban.
Escuchaban todo.
Ares bajó un poco el volumen del estéreo, donde un viejo cassette sonaba en bucle con la voz rasposa de algún cantante olvidado.
Luego, con voz más baja, como si buscara tocar un hilo invisible, preguntó: —¿Y qué llevas para ella?
Kon lo miró de reojo, con la ceja alzada.
Sus labios se torcieron en una mueca que no era exactamente sonrisa.
—¿Ya se te olvidó, viejo?
—Recuérdamelo.
El muchacho resopló por la nariz, pero bajó la mirada como quien empieza a listar lo que importa de verdad.
—Codorniz.
La cociné anoche.
Le gustaba con miel y romero.
También llevamos pan de azúcar rosa.
Una calavera con su nombre escrito en la frente y muchas velas.
Aromáticas, de cerezo.
Su favorito.
Ares asintió.
Fue un gesto lento, breve, pero sincero.
—Bien hecho.
Kon no respondió de inmediato.
Solo observó el paisaje avanzar: campos secos, postes que parecían eternos, el cielo sin una sola nube.
—No llevo el collar, por cierto —añadió, de pronto.
Ares giró levemente el rostro, sin quitar las manos del volante.
—¿Cuál?
—El que ella me dio.
No quiero perderlo, así que lo dejé en casa.
Un destello extraño cruzó por los ojos del hombre.
Tal vez orgullo.
Tal vez alivio.
Pero lo ocultó rápido detrás del tono neutral.
—Buena elección.
Otra pausa.
Otro instante suspendido.
Y aunque nadie lo mencionó, Kon notó que los chicos de atrás se habían inclinado apenas hacia el frente.
Escuchaban.
El silencio que cargaban era más suave ahora.
Como si ese breve intercambio de palabras hubiese sido una cuerda lanzada entre abismos.
Ares se acomodó en el asiento y cambió la canción con un toque.
El cassette saltó a otra pista, esta vez instrumental.
—¿Te acuerdas de lo que le dijiste la última vez?
Kon frunció el ceño.
—¿A mamá?
—Ajá.
—No.
—Le dijiste que ya no la extrañabas tanto —respondió Ares, con una sonrisa diminuta que no llegó a sus ojos—.
Que la habías soltado un poco, como un globo.
El chico se quedó en silencio.
Lo había dicho de niño.
Probablemente para que su padre dejara de llorar en la cocina.
—Estabas mintiendo —añadió Ares, sin burla.
Solo verdad—.
Pero fue un buen intento.
Kon bajó la cabeza.
Tragó saliva.
Y por un instante, se sintió como si tuviera nueve años de nuevo.
Como si su madre aún pudiera aparecer al doblar la esquina del cementerio con las manos llenas de flores.
❯────────────────❮ El auto se detuvo en la entrada de la colonia Las Alondras, donde el hotel Rosas Azules estaba.
Kon salió del auto acompañado de Yaotl y corrió hasta el viejo edificio.
No pensaba hacer mucho, solo avisarle a su abuelo sobre a dónde irían por dos días completos, por si se le ocurría salir y no encontrarlos en su hogar.
Aunque dudaba que eso pasara, desde que lo conoce no ha puesto un pie fuera de ese hotel, pero su madre le enseñó que debía siempre avisar a sus familiares, por si algo cambiaba.
Subió con Yaotl las congeladas escaleras, sin un abrigo para probarse por culpa de las prisas.
El torpe perro se tropezó al final de estas, su emoción casi lo hace morder su lengua, pero eso no evitó que siguiera corriendo hasta el último piso.
Escucho las risas de un niño pequeño dentro de uno de los cuartos y la voz de un hombre adulto llamándolo.
Las paso de largo, no tenía tiempo de saludar a nadie, tal vez el mes siguiente.
Abrió la puerta del último piso, pasando por el túnel nevado, con carámbanos colgando por todas partes y copos de nieve en formas asimétricas que parecían flotar en lugar de caer.
Contra las que tocaba se derretían en su ropa y cuerpo, como si hubieran esperado por el contacto cálido de alguien para volverse agua.
Así es como supo que la nieve estaba por derretirse y la próxima vez que visitara iba a tener que saltar las piedras para evitar mojar sus zapatos.
—Abuelo.
—dijo, entrando sin pedir permiso, con Yaotl detrás, derrumbando todos los muebles por culpa de su pesado cuerpo.
Sonaba más emocionado él que el propio nieto—.
Vengo rápido, para decir que es el aniversario de mamá e iremos a Real de Cristal para velarla.
Ya sabes, donde fue enterrada.
Su abuelo seguía en la misma posición en la que lo dejó la última vez, sin mover la cabeza siquiera para mirarlo.
Las telarañas ya le crecían en el cuello y espalda.
—Traje algo para que comas, tú favorita…eso creo.
Mientras hablaba buscaba en su mochila la segunda codorniz que hizo la noche anterior.
Uno era para el altar de su mamá, quien le dijo una vez que adoptó ese gusto tan peculiar de su abuelo.
Dejó el topper de comida en el mismo lugar de siempre y recogió el viejo.
—Si llegas a salir no te alarmes, volveremos pronto.
—Se acercó para quitar rápidamente las telarañas de su cuerpo, siendo apoyado por Yaotl y su lengua.
Al no ver una respuesta de su parte, eligió retirarse.
Sin embargo, unos helados y duros dedos atraparon su brazo, deteniéndolo.
Cuando se giró, se topó con la negra mano del mayor.
No era un negro natural, sino como el de un guante muy largo y duro, que abarcaba la mitad de su brazo y contrarrestaba con la piel pálida del resto del cuerpo.
Sus dedos eran tan duros y fríos como una armadura y sus uñas tan afiladas que podían cortarle la piel en un mal movimiento.
Kon espero a que esa voz cristalina y antes armoniosa dijera algo.
—¿Algo pasó esta semana?
El Alfa no supo qué contestar, de pasar, pasaron muchas cosas, tantas que no sabía por cual empezar.
—Si las cuento ahora no voy a acabar.
Prometo contarte al regresar.
Sin embargo, el agarre no se aflojo y Kon estuvo a punto de cortarse con esas garras.
Su abuelo giro la cabeza, lo suficiente para que pudiera ver sus ojos en espiral y sus largos mechones de cabello negro cayendo como cascada sobre su rostro.
—¿Fuiste al hospital?
¿Viste algo malo?
Recordó la charla que tuvieron la última vez, lo mencionó de forma superficial, que no podía quedarse más tiempo porque debía ir al hospital.
Claro que se iba a preocupar, un compañero de escuela lo atacó a matar, pudo dejarle heridas graves.
No se imagina como reaccionara cuando le cuente del ataque en la escuela.
—La doctora dijo que solo eran heridas menores, me recomendó reposo.
Ya estoy por completo curado.
Su abuelo lo observó por un poco más de tiempo, sin mostrar lo que pensaba.
Su mirada estaba tan vacía que era como ver un trozo de vidrio: frágil, astillada y hueca.
Aun si las espirales se movían, no era diferente a ver un trompo girando.
—Okey.
Su agarre se aflojó y Kon pudo despedirse de él.
Llamó a Yaotl para que lo siguiera, en vano.
El can, ajeno a la tensión del lugar, se veía demasiado cómodo destruyendo la almohada del sofá, como si el mundo no pesara sobre él.
—Déjalo aquí.
—Sugirió su abuelo—.
De todos modos vas a volver.
—Vale, lo encargo.
Y así cerró la puerta, dejando de nuevo ese cuarto en silencio.
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