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La canción del dragón - Capítulo 27

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  4. Capítulo 27 - 27 Esa noche tan ajetreada
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27: Esa noche tan ajetreada 27: Esa noche tan ajetreada Debía darle crédito a Caelan, todo lo que dijo resultó ser verdad.

No fueron detectados en todo el camino, siguiendo sus indicaciones pudieron llegar al lugar en poco tiempo.

La casa se encontraba sola.

Solá de más.

A diferencia de las viviendas vecinas donde sonaban radios, televisores viejos o las clásicas discusiones conyugales a gritos, ese edificio de color mostaza parecía haber sido absorbido por el silencio.

—Es una trampa —susurró Soleil, mientras se pegaban contra la pared de la casa contigua.

Escalaron con cuidado por el muro lateral, usando los postes y una jardinera de cemento como apoyo.

A una casa de distancia, se escuchaban pasos, voces…

Nadie notó el sigilo con que subieron al techo vecino.

—Una demasiado obvia —dijo Sarah.

Desde lo alto, su mirada se desplazó por el callejón, los balcones, las antenas oxidadas que se mecían apenas con el viento marino.

Se acercó al oído de su nuevo compañero y susurró: —Si quisieras atrapar a alguien que quiere robarte…

¿Dónde lo esperarías?

Al inicio no podía creer que el mismo chico que pidió por la reparación de su motocicleta fuera un cazador del rey de Ultar.

Menos que fuera un vidente profesional con un historial en misiones tan impecable.

Era obvio que no tenía la edad que decía, menos el rostro que aparentaba.

Eduard se lo dijo una vez: todos los cazadores usan disfraces.

Soleil le señaló con la cabeza una posible entrada: una vieja ventana lateral del segundo piso, medio cubierta por una reja oxidada.

No era una ventilación, pero si alguien la había dejado abierta por el calor, era su oportunidad.

—Podemos intentarlo por ahí —dijo en voz baja.

—No hay ventilación como dijiste, pero esa ventana… si tiene bisagras podridas, tal vez ceda —Sarah analizó la ruta, apoyándose un segundo en el hombro de Soleil para tener mejor vista.

El interior era oscuro, pero había movimiento.

—Mira dentro —dijo él.

Un hombre alto recorría la planta baja con paso lento.

Su silueta recortada contra la luz era todo menos amistosa.

Media, fácilmente, dos metros.

Ancho de espalda y con unos brazos que parecían hechos para romper columnas, sin puertas.

—Podría quebrarme el cráneo con una mano —dijo Sarah sin quitarle el ojo.

La calle frente a la casa también estaba siendo vigilada.

Desde la esquina, Rice observaba en silencio.

—No tenemos entrada fácil —susurró Soleil—.

Pero esa reja… Señaló el portón de acceso: una verja de metal oxidada, cerrada solo con un candado viejo.

Bastaría una pequeña carga o palanca.

—¿Vamos directo por el frente?

—preguntó Sarah, desconcertada.

—A plena luz, con la vigilancia mirando al cielo ya las azoteas.

Nadie esperaría un ataque por el camino más obvio.

Lo dijo con esa calma que solo tienen los locos o los soldados veteranos.

Sarah no tuvo tiempo de responder.

Un ruido sutil los alertó.

Pasos rápidos desde la parte trasera.

A contraluz, surgió ese “niño bonito”.

Sus hombros tensos, los ojos escaneando todo.

Se movía con nervios de acero y parecía que solo una distracción mínima lo separaba de mirar hacia arriba y verlos.

—Hora de movernos —ordenó Soleil, después de lanzar algo parecido a una canica en dirección a la parte trasera de la casa.

Corrieron por el techo vecino, pisando suavemente sobre la lámina caliente.

Las sombras proyectadas por el sol se deslizaban sobre el patio lleno de plantas, como si la casa misma pudiera contener la respiración.

Rice, desde la calle, alcanzó a verlos apenas.

Pero eso fue suficiente.

❯────────────────❮ Una explosión se escuchó de pronto, cuando salió a la entrada principal.

El primer instinto de Rice fue correr al lugar del sonido, sus pies derraparon por el concreto, deteniéndose a la fuerza.

Miro la casa a sus espaldas, de donde había escuchado ese sonido antes.

El humo ya salía por la ventana del hogar de Kon, el que el jefe Ares les encargo y escuchó a su abuelo correr en dirección al patio para atrapar a los intrusos.

Las risas en su cabeza comenzaron a molestarlo, eran esas sombras que vio hace unos segundos.

También debían ser la causa de la explosión, estaba seguro.

Podía escucharlos mofarse de ellos con tanta intensidad que se le romperían los tímpanos.

Golpeó el suelo con su pie y corrió en dirección de las sombras, a la casa vecina.

Para el momento en el que llegó a donde los intrusos se escondían ya era tarde.

Lo único que quedaba era el apestoso olor humano ya plástico ¿Plástico?

—No será una de mis alucinaciones?—.

Preguntó, rascándose la cabeza.

Pero los hilos nunca mienten, si no puede confiar en lo que escuchaba, podía confiar en los que olfateaba.

Por supuesto, por eso debieron causar la explosión.

El olor a pólvora dificultaría cualquier intento de localizarlos.

Una segunda detonación, esta vez en el segundo piso, confirmó su teoría.

Esos sujetos sabían lo que hacían, sabían que se enfrentaban a Alfas.

Les daría un crédito por el esfuerzo, pero truco esoss no sería suficiente para vencerlo a él y sus abuelos.

Ya sabía por dónde intentarían escapar.

❯────────────────❮ Para Soleil, la distracción le dio tiempo suficiente para saltar al techo del objetivo, manipular la cerradura que les abrió la puerta y entrar por la puerta principal, sin hacer ruido.

Esa explosión llamó la atención lo suficiente para despejarles el camino, pero debían ser rápidos si no querían ser atrapados.

Sarah pensó que estaba flotando.

Cuando ella lo alcanzó, Soleil ya se encontraba abriendo la puerta del segundo piso y ella no podía evitar sentir que conocía ese lugar.

—Por qué vamos a ese cuarto?—.

La morena susurro tanto como pudo.

—Lo vi en mis sueños, aquí está lo que buscamos—.

Respondió con rapidez Soleil, entrando tan pronto logró abrir.

—No enciendas la luz, delata nuestra posición.

—Y ¿cómo vas a ver?—.

Preguntó, enarcando los ojos.

Por culpa de esa oscuridad le era imposible ver más allá de la entrada.

Cuando visualizo el techo estrellado sobre ellos supo donde se encontraban y casi se le congela la sangre.

No podía ser esa casa, de todas a las que pudo meterse ¿Por que esa?

—Misión cumplida—.

Soleil volvio a salir, sosteniendo un medallón dorado en forma de ojo.

—No me hizo falta la luz porque sabía dónde lo tenía escondido.

Escucharon unos pasos subir a toda velocidad hasta donde ellos estaban, era momento de retirarse.

Soleil tomó el medallón para guardarlo en una bolsa y dárselo a Sarah.

—Sube tu primero, yo será la distracción.

—Pero esto es… —No discutas, esta cosa es importante, tan importante que incluso Eduard la necesita.

Por eso debes irte y evitar que te la quiten.

Sarah recordó la conversación con Caelan, su discusión con Eduard, el informe que Caelan robo y esas palabras que escuchó escondidas “tan importante que lo tomaría a la fuerza” Esa era la casa de Kon, lo tomó de su cuarto, estaba segura que era algo muy importante para él, pero no podía fallarle a sus hermanos, a ninguno de los dos.

Le deseo suerte y subió las escaleras al techo.

Iba a pedir una gran explicación cuando volviera a casa, lo iba a querer saber todo, aun si eso hacía enojar a Eduard.

De otra forma, ya no podrás ver a Kon a la cara.

Escuchó un estallido detrás de ella, la madera rompiéndose después de impactar contra algo pesado y la voz monótona de Soleil aconsejando que se rindieran, o se cansaría.

Llegó ilesa a la azotea, ni un alma rondaba por el lugar, podía saltar como antes y bajar de otro salto.

Los gritos de esa pareja aún se escuchaban.

No debería preocuparse por ser descubierto.

Ni bien se había acercado a la orilla cuando su pierna comenzó a doler y el líquido rojo comenzó a salir, empapando su pantalón.

Del otro lado de la azotea la figura de quien menos quería ver salió.

El bonito la esperaba con otra hoja de bisturí entre sus dedos, con una sonrisa gélida niño digno de un psicótico.

Sarah le regresó la sonrisa, enderezando su puerta a la vez que ocultaba su pierna sangrante, en un intento por protegerse.

—Lo sabía— Rice saltó de un techo a otro.

Sabía que quedarse ahí lo llevaría a los ladrones.

—Toda tu puta apariencia gritaba ladrona.

—Oh, cielo santo ¿tanto te he gustado que no puedes despegar tus ojos de mí?— Tomó la orilla de su blusa para similar un vestido.

Estaba aterrada de que la reconociera, más no le daría el lujo de mostrarlo —Por desgracia, no eres mi tipo.

Rice no disimuló su asco, cada palabra que salía de ella lo incitaba a acabar con su vida lo antes posible.

No pudo olerla por ser una humana, ellos carecían de un olor propio, a diferencia de los Alfas y Omegas su hilo es débil, imperceptible, a menos que lo tengas al lado todos los días nunca podrías recordar de quién era el olor.

Ella sería su primera excepción.

—Cállate, humana de mierda.

Sin embargo, sería difícil, esa mujer siempre tenía el aroma de otras cosas impregnadas; si no era al aceite quemado, era al metal pulcro.

Si no era al intenso suavizante de ropa, era al olor de un batido de moras de la tienda de 24 horas.

— ¿Insultas por especies?

Creí que eso se quedó en el siglo pasado ¿quieres que te mande de regreso?

Un gruñido fue su respuesta.

Sin perder más el tiempo se arrojó a Sarah, con la intención de romperle el cráneo.

Su primera patada se dirigió a su costado derecho, la morena alcanzó a bloquearlo un tiempo, pero fue tan fuerte que la obligó a retroceder hasta casi caerse por la orilla.

No pensaba tener piedad con ella, se aseguraría de disfrutar sus súplicas antes de matarla.

Por eso no le dio tiempo de recuperarse y se dirigió a otra patada, esta vez con el doble de fuerza, dando en su plexo y sacándole el aire.

Aunque usábamos la mochila como escudo improvisado, sentía un chasquido seco en su torso; Probablemente dos costillas rotas.

Fue una suerte que se alejara de la orilla antes de recibir el impacto, de otro modo ya estaría convulsionando en el suelo.

Su cuerpo se mueve por inercia.

Sintiendo la sangre acumulada en la boca, sacó las llaves de gas de su bolso.

Sonrió por dentro.

Por una vez vino preparado.

Las lanzaron a su cara justo a tiempo para detener el siguiente ataque.

Sabía cómo trabajaban los Alfas, habían sido su objeto de estudio desde que llegó a ese lugar.

Todos ellos usaban técnicas distintas, para algunos el veneno era su arma, otros se guiaban por su espíritu de lucha o usaban la espada como una extensión de su brazo.

Todo lo que debía hacer era descubrir cuál era la técnica de Rice.

Esquivaba sus patadas o las bloqueaba de las maneras más ridículas, esa chica soportaba el dolor de sus heridas para bailar tango en un momento, en otro imitaba la técnica de lucha del mono, después gritaba la palabra aerobics e imitaba algunos pasos.

Cuando Rice jalo su camisa, ella no tuvo vergüenza de quitársela para atrapar sus manos.

Lo había acorralado con eso y ahora fue Rice quien sintió un puñetazo en su rostro.

Lo más molesto es que ni siquiera lo estaba golpeando con las manos, sino con su mochila.

Rice no entendía si estaba peleando con una ladrona, una payasa o una coreógrafa de los ochenta.

Pero dolía.

Vaya que dolía.

—¡¿Qué mierda eres tú?!

—escupió, sangrando por la nariz.

—Un chalan de mecánico— le guiñó Sarah, jadeando.

—Puedes confiar en cualquiera de tus vehículos con nosotros.

El colmo fue, cuando Rice por fin logró atraparla.

Entre sus brazos no podía hacer ningún movimiento ridículo, o eso creía.

Su rodilla fue a dar entre sus piernas, el dolor agudo se apoderó de él y cayó.

No contenta con eso Sarah lo golpeó de nuevo, y de nuevo, y de nuevo.

Estampo su pie contra esa entrepierna tanto como pudo, hasta dejarlo sin voz para seguir gritando.

Se giró y corrió a la orilla, ignoraba el dolor punzante de su cortada, porque debía saltar hasta el techo vecino o romperse un hueso en el intento.

Antes de que pudiera escapar, sentí como volvían a jalarla del cuello de la camisa.

Rice se levantó jadeando, y con las piernas temblando cual gelatina.

Dijo que protegería a Kon, así fuera de ladrones asquerosos que golpeaban la entrepierna de sus rivales.

El mundo se inclina.

Sarah resbaló y arrastró con ella al Alfa herido.

Cayeron juntos, como dos piedras grandes y pesadas.

Soleil emergió como un relámpago desde el borde, atrapándola en el aire.

Logró huir del gigante que rompió la pared de un golpe.

Rice cayó al suelo con un ruido sordo y Reid vio, con el rostro enrojecido por la ira, como dos ladrones se salían con la suya.

Luego se percató de su nieto tirado en el suelo.

—¿Te rompiste algo?

Si es así tu abuela me va a matar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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