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La canción del dragón - Capítulo 29

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  4. Capítulo 29 - 29 Malos entendidos
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29: Malos entendidos 29: Malos entendidos —¿Quieres que haga qué?

La voz de Susana resonó por la oficina, atrayendo varias miradas molestas.

Se cubrió la boca de inmediato y bajó el tono hasta casi susurrar: —Me ha pedido cosas locas, Kavi’el, pero esto podría meterme en problemas con mi jefe.

—No te estoy pidiendo que batas de una caja fuerte —respondió él desde el otro lado del teléfono—.

Solo necesito el registro de un chico: Brandon Gálvez.

Tiene antecedentes, no debe ser difícil encontrarlo.

—¡Eso sigue siendo información confidencial!

—espetó ella, en voz baja—.

Son datos de mis clientes.

—De un chico muerto y una familia desaparecida —corrigió él, con voz tensa—.

Estoy cerca de encontrar a los responsables.

Solo quiero saber a qué escuela iba.

—Y eso no debería venir en tus archivos?

Si estuvieran cara a cara, Kavi’el habría visto cómo Susana inflaba las mejillas y enrojecía de molestia.

Un gesto que, irónicamente, había sido el último empujón para conquistar a su prometido.

—Solo necesito los primeros nombres.

Los primeros casos.

¿Cuántos padres han llegado contigo con la misma historia?

—Insisto: ¿por qué no lo investiga tú?

Él dudó.

Susana lo notó solo por su respiración contenida.

Y como siempre, supo que no resistiría mucho más.

—No tengo acceso a archivos antiguos —admitió al fin—.

Solo trabajo con lo que me permiten.

Pero estoy convencido de que los primeros chicos que se unieron a esa secta rara salieron de la misma escuela.

Susana chasqueó la lengua y negó con la cabeza, lamentando la suerte de su amigo.

Los compañeros de Kavi’el no se lo ponían fácil.

—Ojalá pudieras renunciar a ese trabajo espantoso.

Él soltó una risa breve, pero sincera.

—Cada vez lo deseo más.

Mientras hablaba, ella ya tecleaba en su ordenador, revisando informes de jóvenes que habían huido de casa.

Buscaba los primeros, los más antiguos, los que marcaron el inicio del patrón.

—Qué sorpresa… —murmuró.

Algo la obligó a bajar aún más la voz—.

Tenías razón.

Los primeros casos vienen de la Preparatoria Juana del Arco.

Está aquí mismo, en Matusalem.

Nunca se le había ocurrido.

Era una ciudad tan pequeña, con tan poca población, que ignoró el dato por completo.

—Diez estudiantes escaparon de casa en Matusalem y fueron a San Simón… todos a unirse al núcleo del grupo.

—¿Uno de esos es Brandon Gálvez?

Susana se ajustó los lentes, hojeó la lista con la mirada aguda de quien ya ha hecho esto mil veces… y ahí estaba.

-Si.

Aquí está.

Desapareció hace tres meses —abrió el archivo completo—.

Fue con un grupo de estudiantes a una excursión al Museo del Sol.

Según los informes, esa fue la excusa para unirse a la secta.

Pero la curiosidad no se detuvo ahí.

Empezó a revisar más archivos, más rápido.

—Kavi’el…

esto parece premeditado.

—¿Qué quieres decir?

—Estoy revisando el orden de desapariciones.

Siga un patrón geográfico.

Todos los chicos que se unieron voluntariamente vienen de Kaalkuun, Oztoticpac, Coalxapan y Zoltepoca.

—Ese es el camino de la carretera principal hacia la capital.

—¿Y si iban reclutando gente en el trayecto?

Pero no entiendo cómo lo hicieron tan rápido… Kavi’el tuvo que interrumpirla, antes de que se hundiera demasiado.

—Déjamelo a mí.

Yo seguiré esa pista.

—Está bien… pero me debes contar todo cuando lo descubras.

—A menos que sea confidencial.

Ambos rieron.

Esa complicidad rara vez se rompía.

Si no fuera por ella, Kavi’el ya habría renunciado a todo.

Había tenido días tan oscuros que prefería pensar en desaparecer.

Pero ahí estaba ella, salvándolo una taza de café a la vez.

❯────────────────❮ Zarviel lo esperaba en el sofá de la recepción del hotel, con los brazos cruzados.

—Y bien?

—preguntó, apenas lo vio llegar.

—La teoría era cierta.

Hay que movernos.

—Al fin.

Saltó de un brinco, emocionado de dejar atrás ese lugar aburrido.

Lo que más amaba de esta etapa del plan era eso: una vez comprobada la teoría, era su turno de actuar.

Y la acción siempre le pertenece a él.

❯────────────────❮ —¡Qué te traes entre manos!?— Eduard gritó tan fuerte que despertó a los vecinos de la casa de al lado.

— ¿Cómo se te ocurre entrar a la casa de Ares y robar el medallón?

Sarah ni siquiera estaba en su casa cuando volvió por ella como había dicho, Nada más que una habitación vacía y una nota que contaba que iba a probarle que podía cuidarse sola.

Ya le había visto la cara a Soleil, quien creyó que esas órdenes fueron dadas por Eduard y que Caelan solo era el mensajero.

Sus visiones no le advirtieron de la jugarreta que le hicieron y por eso estaba de rodillas en el suelo, con las manos levantadas como un prisionero.

Mientras que ahí estaba Sarah, balanceando su premio de un lado al otro como si fuera un trofeo de feria, completamente inmune a los colmillos de su hermano.

—Cumplí con tu trabajo, era lo único que quería hacer—.

Dijo, mostrándole ese medallón del tamaño de un ojo.

—Ahora no hay razón para que me saques de Matusalem.

Gracias al maquillaje y la ayuda de Soleil y Morgart, todas sus heridas se cubrieron con perfección.

Eduard llegó antes de que comenzaran a inflamarse, de otra forma, fingir que saliera ilesa sería imposible.

Ese niño bonito le dejó muchos recuerdos.

—¿Crees que porque saliste ilesa de un atraco voy a cambiar de opinión sobre enviarte a otra ciudad?

Sarah parpadeó.

De acuerdo.

Ahora que lo decía en voz alta… su plan sonaba muy estúpido.

—¿Si?

—¿Eres tonta?

Lo único que conseguiste fue hacerme enojar.

Puede que tuviera razón, pero si había algo que Sarah odiaba era tener que darle la razón a alguien.

—Te dije que no me quiero ir de Matusalem—.

Por eso contraataco.

—Te dije que puedo cuidarme sola.

La ira volvió a los ojos de Eduard.

—Y yo te dije que estabas equivocada.

—¡No!

Tú solo me diste órdenes ¿preguntaste si quiera mi opinión?

Lo vio apretarse la sien, tratando de calmar la vena que quería revender.

— ¿Cuántas veces tengo que decírtelo?

Tu vida es frágil, tu tiempo es corto.

Cualquier herida puede matarte.

Ahora mismo Matusalem está lleno de mercenarios, asesinos, gente que no dudaría en matar civiles por cumplir su objetivo.

¿Qué parte de eso no entiendes?

Sarah lo miró por un momento.

Su expresión desafiante vaciló apenas.

La forma en que su hermano lo dijo…

“Tu vida es frágil, tu tiempo es corto”…

le perforó el pecho más que cualquier golpe que Rice le hubiera dado días atrás.

Por un instante pensó en la herida bajo su blusa, en cómo palpitaba como un recordatorio silencioso de que sí, pudo no contarlo.

Sintió el maquillaje endurecerse con el sudor, el escozor de lo falso.

Trago saliva.

Pero no apartó la mirada.

—Y entonces ¿qué?

¿Debo pasar mi vida escondida?

¿Sin hacer nada?

¿Sin equivocarme, sin intentar… vivir?—.

El tono le salió más bajo, más sincero.

No estaba gritando ahora.

Era apenas un susurro áspero.

—No puedes pedirme que me quede quieta sabiendo todo lo que está pasando.

No puedo.

Eduard no dijo nada.

Solo la observará.

Y eso fue peor.

Ese silencio era como una sentencia.

Luego la voz de Soleil se escuchó.

—No fue culpa de Sarah—.

Ambos se giraron a verlo.

Seguía en la misma pose, como un soldado obediente que comprende su castigo, y aún así, dispuesto a contar su versión.

—Caelan dijo que diste la orden de actuar.

Morgart, que estaba en la misma posición, se limito a escuchar.

Ese fue un plan del que no le avisaron, pero igual termino pagando.

Sarah trató de detenerlo a señas, suplicando por silencio, uno que Soleil se negó a ver.

—Continúa—.

La voz de Eduard era más severa y profunda.

Soleil supo que no había marchado atrás.

Lo sentía por el chico… No, en realidad no.

Ese bastardo le vio la cara.

—Me contó sobre el medallón y de lo importante que era para Kou y para ti tenerlo en manos lo antes posible.

—¿Eso dijo?

Sarah lo vio en el rostro de su hermano, así que Caelan no se equivocó en eso.

Ese collar era tan importante que Eduard lo pensó antes de volver a hablar, molesto: —¡Se metieron a robarlo!

—¿Por qué estás tan molesto?—.

Sarah volvió a meterse, más intrigada que antes —Solo nos adelantamos.

Pero no fallamos.

—¡Yo no iba a robar el medallón!

La morena tragó saliva como un niño que acababa de entregar sus calificaciones con puros cincos.

—¿Ah no?

Eso era un pésimo mal entendido.

Si eso era cierto, entonces, se metió a robar a la casa de Kon en vano y eso no podía ser cierto.

A todo eso, Sarah se preguntaba cada vez más que tenía que ver Kon en todo eso, porque tenía un collar tan importante y que tenía que ver con su hermano.

Había tanto que no sabía y necesitaba conocer.

—Espera —interrumpió Soleil desde el suelo—.

Según Caelan, tú dijiste que ibas a tomar el Ojo de Osiris, aunque fuera por la fuerza.

—Sí, lo dije.

Pero porque iba a negociar con él.

Iba a hacerlo firmar un contrato que prepararé.

Así fuera por la fuerza.

No podía creer lo que escuchaban, estaban hablando de Eduard Drum, el tipo que destruye cosas y las toma como quiere, el que insiste que actúen de acuerdo a la vibra del rock and roll.

Y ahora resulta que Eduard… ¿negociaba?

A Morgart aquello le hizo tanta gracia que no pudo evitar soltar una risilla baja.

Era de comedia escuchar eso.

Lo miraban como si le hubieran salido un tercer ojo.

—¿Qué?

—gruñó.

Finalmente, Soleil se levantó del suelo: —Con todo respeto… cualquiera habría pensado mal si dices “tomarlo a la fuerza”.

❯────────────────❮ La casa estaba en completo silencio.

Sanae estaba sentada en el suelo, con las manos hechas puño sobre las rodillas y Reid al lado, con una mano sobre el hombro de su esposa.

Ares se mantenía con las piernas cruzadas, meditando lo que acaban de decirle.

El objetivo de esa gente, posiblemente el de Eduard, no era su hijo en sí, sino el medallón que guardaba en casa.

—¿Fue Soleil quien se lo llevó, dices?

—Si —Reid afirmó, sosteniendo la mirada a su líder.

—Luche contra él y puedo asegurarlo por el hilo que lo rodeaba.

Era el quinto cazador de Ultar, el vidente del rey.

—Si fue Soleil, significa que Einar o Eduard se lo ordenaron—.

Ares pasó los dedos por su barbilla, simulando acariciar una barba.

—¿Pero por qué?

—Reid y yo suponemos que están en busca de alguno de esos mundos perdidos.

—Sabían que no estaría en casa, esperaron este día para atacar porque es su aniversario.

—No quieren enfrentarse a ti, Ares—.

La voz de Sanae salió más rasposa que antes, sonaba como una verdadera abuela.

—Incluso evitaron herir a Reid y Rice de gravedad porque sabían que te haría enojar.

No mencionó el detalle de que casi dejan estéril a su nieto.

Tampoco Reid contó cómo terminó rodando por el techo.

Después de todo, la humillación compartida también puede ser una forma de dignidad.

Estuvieron toda la noche tratando de hacerle beber un brebaje que aseguraría su virilidad, pero Rice era peor que un gato en agua cuando debía tomar algo preparado por su abuela.

“Eso hiere mi ego” Fue lo que Sanae pensó al recordar lo de anoche.

—No puedo creerlo—.

Las palabras de Ares salieron combinadas con un pesado suspiro.

—Destruyeron parte de la casa, Soleil mismo vino a derribarlo todo.

—Pero evitó enfrentarse, como si le doliera volver a mirarte.

—Hace más de 50 años que no lo veo.

Debió pasar por muchas cosas, es una persona completamente diferente.

—Estoy de acuerdo.

—Reid volvió a integrarse a la conversación con esa afirmación—.

Ese chico ha realizado algunos de los trabajos más peligrosos del mundo estos últimos 70 años.

Él y el resto de cazadores son leales hasta los huesos a Einar y harán lo que él les diga.

Sin embargo, sí que era cierto que esperaron a que se fuera él.

Soleil lo conocía, debía tener una forma de distraerlo, al menos hasta conseguir el medallón.

Podrían incluso amenazar con lastimar a Kon y no lo hicieron.

Tal vez solo seguían órdenes, siempre eran buenos para obedecer.

—Robar el medallón de Osiris ¿Qué se trae entre manos?

—Si es tan importante…

—Reid se frotó la sien con frustración—.

¿Por qué no vino Eduard directamente por él?

—Porque no puede —respondió Ares con tono sombrío—.

Nadie puede tocar el Ojo de Osiris.

Eduard lo sabe.

—¿Y Kon sí?

—No lo sé.

Pero….—.

De pronto, las piezas comenzaron a encajar en la cabeza del Alfa.

—Él tampoco lo sabe.

❯────────────────❮ El cuarto era un caos: libros esparcidos, muebles volcados, pósters arrancados de un tirón.

Sobre la cama, la guitarra roja descansaba torcida entre sábanas arrugadas.

Kon lo registró todo, pero el medallón de su madre había desaparecido.

Quiso convencerse de que su padre había hablado sin pensar, que había confundido palabras.

Sin embargo, esa reliquia —su último regalo— no estaba en el escondite bajo el suelo.

Despegó la loseta con brusquedad, sólo para encontrar un hueco vacío.

Con un estruendo, arrojó el trozo de cerámica contra el parquet; saltaron astillas en todas direcciones.

“ No puede ser… ”, murmuró.

Aquel collar era su vínculo con ella, su única prueba de que aún quedaba algo de su madre en el mundo.

¿Por qué dejar intactas las joyas y botines si tan solo buscaban un “viejo collar”?

Desde abajo, el retumbar de discos rompiéndose y muebles cayendo se mezclaba con la voz furiosa de Kon maldiciendo al cielo.

Naois y Deirdre escuchaban detrás de una puerta —ella quería subir a ayudar; él la detuvo con un suave empujón.

Entonces apareció Rice en el umbral, presionando los puños contra el marco.

—Kon.

Una carátula de disco salió disparada y estalló contra la pared.

Kon lo miró con odio, sin ganas de escuchar nada más.

Rice respiró hondo, contuvo la furia y avanzó —paso a paso— hacia su amigo.

—Sé quién robó el medallón.

El silencio lo envolvió.

Kon arqueó una ceja, incrédulo.

—¿Quién?

—contestó, con la voz temblorosa.

—Sara.

Una carcajada áspera brotó de sus labios.

Sus mejillas, hinchadas por el cansancio y la rabia, no podían ocultar la perplejidad.

— ¿Sara?

¿La misma que odias con toda el alma?

Rice apretó los dientes, como si cada palabra le costara un diente.

—Me atacó.

Yo… peleé con ella.

Tengo las marcas para probarlo.

Kon alzó la mano para oler el aire, buscando el perfume familiar.

Nada.

—No hueles a ella.

El pelinegro alzó un pie para golpear el suelo con fuerza.

—¿Por qué mentiría?

Kon se acercó un paso, injuriándolo en un susurro gelido: —Me has mentido toda la vida, sílex.

Rice tragó saliva, pero no retrocedió.

—Pregúntale tú mismo.

—¿La capturaste?

—Aún no.

Pero lo haré.

Un latigazo de sarcasmo recorrió a Kon: —Claro, el gran Rice, capaz de con todo.

Las cajas de ropa, esparcidas por ahí, volaron en un torbellino de tela hasta estrellarse contra Rice.

Él esquivó la mayoría, pero cada impacto alimentó su determinación.

—Te lo digo por tu bien —insistió, con voz firme.

—¡Díselo a mi trasero!— gritó Kon, saltando para arrojarle un cuadro de metal —Pase 17 años pensando que estaba solo en el mundo, creyendo ciegamente que debía lidiar con el peso de ser Alfa yo solo, sin nadie con quien compartir mis pesares…para enterrme que siempre hubo uno a mi lado, burlándose de mí.

—Yo jamás me burlé… — ¿Qué no?

Si todo lo que hiciste fue para molestarme.

Tratabas de disimularlo, pero lo veía, como sonreías cada vez que ganabas contra mí, cuando te elegían todas las chicas que me gustaban y resolvías mis problemas como si fueras un genio de la lámpara.

Sé que fuiste tú quien le rompió los dedos a ese compañero de clases y se que fuiste la razón por la que me rechazó en el club de música.

Los ojos de Rice se abrieron como platos, Kon soltó una risa seca al ver su expresión tan ridícula.

—¡Ay, por favor!

¿tan tonto me crees para no recordarla?

Lo descubrí esa noche que me invitaste a una comida con los compañeros.

Estabas tan ebrio que no te diste cuenta de lo que decías, frases tan sueltas ¿Quién no te pago?

¿Por qué tu querida novia es una molestia?

Incluso me pediste perdón… pensaste que me dolería perder todo lo que me gustaba ¿Era tu venganza?

Rice trataba de defenderse, pero era interrumpido por los gritos del pelinegro.

Su voz se escuchaba cada vez más quebrada y desordenada.

—Que mal por ti, no me dolió ¡y jamás me dolerá!

Porque hice buenos amigos cuando no te diste cuenta.

La voz en su cabeza comenzó a reírse de él, por ser incapaz de vencer a un debilucho como Kon.

—Cállate —Fue un susurro.

El recuerdo de un Kon pequeño, el de un Kon llorón tomándolo de las mejillas se mezclaba con la risa de la voz en su cabeza y se superpuso sobre el Kon que tenía enfrente—.

Cállate —¿Qué dices?

Habla fuerte, idiota.

Le decía que era tan estúpido como su madre, igual de ingenuo.

Kon debía verlo como alguien patético.

« ¿Quién se burla de quién?» —Dijiste que estabas aquí— se acercó al pelinegro.

Un vapor oscuro se deslizó desde su nuca, reptando como humo por las paredes.

El aire olía a sangre y acero oxidado.

El horrible pensamiento llegó de nuevo a su cabeza ¿Y si le decía a Ares que ya no lo quería como su sílex?

¿Y si lo despojaba de su título?

Kon retrocede, la ira cambió a miedo, de pronto.

Rice se preguntó ¿Qué tenía su cara para que actuara asustado de pronto?

Lo arrinconó contra una pared ¿Por qué temblaba como un cachorro asustado?

—Dijiste que estarías a mi lado ¿Por qué me mientes?—.

dijo, y su voz ya no era suya.

Había eco.

Como si otra garganta hablará junto a la suya.

Pudo ver el hilo de Kon conectado a su yugular, punzando cual vena en lugar de solo flotar.

Miró su reflejo en una de las láminas de metal.

No solo expulsaba humo por la boca cual tetera hirviendo, sus ojos brillaban de un amarillo intenso, con intensiones de devorarlo todo y una línea negra atravesaba su cara, como si se la hubieran pintado.

Si no se controlaba en cualquier momento el Dios se apoderaba de él.

Una mano se posó con pesadez en el hombro de Rice.

Detrás de ellos se encontró un hombre con gafas de sol y cabello negro hasta los hombros.

Emanaba un aura tan amenazante, que Rice se giró para atacarlo, pero ese hombre atrapó sus brazos cuando lo intentó.

—Ha pasado un tiempo, mi chamuscado ¿Cómo va todo por el otro lado?

—Lobo.

Ni esa segunda voz que salía de Rice lo asustó, ni siquiera parpadeo.

Su única respuesta fue mostrarle una sonrisa socarrona.

—Tan mal te ha ido en la vida que debes poseer mortales para ver un poco del mundo.

Me das última.

La puerta del bunker se abrió, con Ares al frente de los tres.

La sonrisa de Eduard solo se agrandó y arrojó a Rice cual balón sobre ellos.

Reid lo sujetó con fuerza una vez que lo atrapó, echaba humo por todos lados, estaba al borde del colapso.

—Así es como controlas a tu gente?

Cuando Ares miró de nuevo, Eduard ya estaba sobre su hijo, abrazándolo como a un viejo amigo.

Su piel se erizó al contacto, como si una corriente eléctrica lo cruzara.

No era miedo, era un instinto animal de huida.

—No se como los Alfas logran sobrevivir tanto tiempo sin saber lo básico de su especie.

Kon busco con desesperación la mirada de su padre que le diría que se tranquilizara, porque en cualquier momento lo sacaba de esa, pero Ares no se movió.

No dijo nada.

Su padre estaba mudo, como una estatua.

—Su-suélteme— Aunque no quería sonar asustado su voz lo traicionó.

—Tranquilízate, Kon.

Él no va a matarte.

Sonaba demasiado segura, pero era el único que pensaba eso.

Sanae y Reid estaban listos para atacar en cualquier momento, y Rice actuaba como perro rabioso.

De no ser porque su abuelo lo sujetaba hubiera sido el primero en lanzarse contra ese hombre.

—Exacto, no vengo a hacerles daño ¿Ya se les olvido?

Si y los salvaré al final.

Kon se heló en su lugar.

Esa voz, esa forma de pararse, esa sonrisa parecía que reírse del fin del mundo.

Le dio un nuevo vistazo al extraño y por fin noto sus ojos amarillos que intentaba ocultar bajo esas gafas.

Era el héroe del mundo; El Lobo Feroz.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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