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La canción del dragón - Capítulo 30

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  4. Capítulo 30 - 30 Ruptura
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30: Ruptura 30: Ruptura La comida de ese día la preparó la vieja Sanae.

Como la casa quedó destruida gracias a la imprudencia de los niños, tuvieron que moverse a la única casa que les quedaba en pie y era la de los Carrizo, el apellido falso que usaban Sanae y su familia para alejar sospechas sobre su especie.

Rice fue llevado hasta su habitación por su abuelo.

De un golpe en la nuca lo dejó inconsciente, y dormía como un niño en sus brazos.

—Con ese golpe ¿quién no duerme como bebé?

—Se bufo Eduard.

Kon se quedó en la mesa de la sala, con el resto de los adultos.

Su padre le pidió que hablara solo cuando fuera necesario, cualquier palabra mal dicha podía ser malinterpretada por Eduard.

No podía creerlo, era El Lobo, el gran héroe de la humanidad estaba sentado frente a él, devorando la comida que la vieja Sanae colocaba en la mesa, como si no hubiera comido en días, o en años.

—Me disculpo por la destrucción de tu casa, no era mi intención meterme sin tu permiso.

Desde un inicio quería estar así contigo, negociando.

Miro de reojo alrededor de la mesa, todos tenían sus puños cerrados o las miradas afiladas.

Cuando se dio cuenta que todos estaban iguales de tensos, incluso los mellizos que se negaron a salir del cuarto cuando lo vieron, dejaron de sentirse solo.

No era solo por su título, toda su presencia daba miedo.

Tenía la apariencia de un humano común y, aún así, cada vez que introducía un nuevo alimento en su boca, su pierna saltaba debajo de la mesa.

Sus caninos eran incluso más afilados que los de él o su padre.

Poseían un brillo y un tamaño tal que todos sus instintos no dejaban de gritarle que corriera por su vida.

Ese era el efecto que causaba Eduard Drum.

Por eso todos los enemigos huían al verlo.

—¿Qué quieres negociar, Ed?

—Ares se refería a él con tanta naturalidad, que cada vez estaba más intrigado.

¿Qué historia compartían ellos dos?

—Iba a decirte que me dejes el Ojo de Osiris a mi cargo, a cambio de darle protección a tu hijo.

Tanto Ares como Reid mostraron sorpresa por sus palabras.

Pero no se dejarían engañar, podía decirle al Lobo, pero también era un zorro astuto.

—¿Esto te lo ordeno Einar?

—Al carajo con Einar —Eduard se llevó otro bocado de bistec a la boca, y la pierna de Kon se balanceó hacia adelante— Yo hago lo que quiero, no lo que ese estirado me dice.

—Estás bajo su mando, eres su lacayo.

—La voz de su padre se endureció.

—Solo de nombre.

Siempre y cuando no de problemas, hago lo que quiera.

Lo que significaba que su estancia en Xictli, y la oferta que quería ofrecerle a su padre, era toda obra suya.

La única pregunta que le rondaba era ¿por qué?

El Lobo nada ganaba ayudando, todo lo contrario.

Tal vez era un amante de los conflictos y las cosas difíciles.

—Por desgracia, ya nos encargamos de esos criminales que iban detrás de mi hijo—.

Aseguró Ares, sin dar paso para negociar.

—Ay, por favor—.

Sin embargo, el héroe lucía tan despreocupado como al inicio.

—Todos sabemos que la verdadera organización detrás de tu hijo sigue por ahí suelta.

kon trato de ocultar la comezón que comenzaba a invadir su cuerpo, se negaba a mostrar su terror a morir frente a ese tipo.

Como si pudiera olerlo, Eduard me escuchó.

—Y, si me lo permites, no podrás con ellos.

Tienen un poder político muy grande.

—¿Cómo sabes eso?

El Lobo se encogió de hombros.

—Soy el héroe del mundo, tu pregunta es una ofensa.

—Pero ahora no necesitas negociar, tienes el medallón y demuestra que puedes tomarlo a la fuerza—.

El dragón mayor trató de cambiar el tema.

—De nuevo pido disculpas por mis compañeros.

Ya les di una reprimenda, hasta vendrán a disculparse en persona pronto.

Ares movió la mano como si estuviera espantando a una mosca, rechazando cualquier intento por verso cordial.

¿Por qué pensaba que iban a querer ver a la gente que intentó matarlos?

—Bueno, creo que no hace falta decir a qué vengo.

Lo observaron jugar con la cuchara, simulando que era un avión que aterrizaba en su boca.

Ares parecía saberlo.

No, todos lo sabían, menos él.

La conversación trataba a Kon como si no estuviera, o no tuviera que entender de qué hablaban.

—No sé si confiar en ti.

—Puede que hace años no me agradaras, pero mis rencores personales no interferirán en mis deberes familiares.

Los oídos le zumbaron.

Si no tuviera tanto miedo, estaría pidiendo una explicación clara.

” ¿Acaso el héroe y mi padre son familiares lejanos?

Por la expresión de papá, parece ser una posibilidad.

Que loco sería si así fuera ” Kon sacudió esas incoherentes fantasías, no estaba en la situación para pensarlas.

Aunque… —Anda Ares, solo di que sí.

Ni que estaría pidiendo algo tan grave como volverlo un eunuco—.

Como si fuera un niño, Eduard se cruzó de brazos.

—Deberías considerarte afortunado, ni a Einar le ruego tanto.

“ ¿Einar el rey?

” Sus teorías volvieron a ponerse en marcha “ Sabe mucho sobre este tipo de cosas ” —Yo no elijo sobre mi hijo.

—¿Ah no?

¿Quieres decir que el niño va a rechazar la oferta?

¿Aún con su vida en peligro?

Su mirada dorada paso de un Pit-Nüwa a otro.

Tan afilado que sentía que lo atravesaba.

Su pierna no dejaba de moverse para ese momento, golpeaba constantemente el suelo, como si deseara romperlo y desaparecer por ahí.

Su padre también lo observaba, conocía esa mirada, era la que siempre le daba cuando esperaba que aceptara entrenar con él cuando se lo pedía.

Prácticamente se lo estaba rogando.

Kon presionó la tela de su pantalón, dándose el valor para hablar.

Se obligó a controlarse, frente a él estaba el héroe del mundo y, más importante, la oportunidad de aclarar todo de una vez.

“ Por sus palabras, suena a que tiene una deuda con mi familia y piensa cumplirla protegiéndome de esta cacería ” Su mente comenzó a buscar las palabras correctas, algo que lo mantuviera dentro de casa “Mencionó el deber familiar, pero no parece llevarse bien con mi papá.

Entonces es obvio” —Lo siento si lo ofendí, señor Lobo.

Pero ¿Por qué no vino al funeral de mi madre?

No esperes que confíe en alguien que no fue a despedir a su hermana.

La sonrisa de Eduard desapareció ya su padre se le escapó el color del cuerpo.

Pudo escuchar el sonido de los platos romperse contra el piso de la cocina.

“ Así que todos lo sabían ¿Me creen idiota?

” La carcajada de su invitado llenó la sala de invitados.

Se reía con tanta fuerza que pensaban se ahogaría con su propia saliva.

—¿Lo acabas de deducir ahora?

Eres un niño listo.

—Solo uno los hilos—.

Su respuesta pareció agradarle al invitado, que agrandó su sonrisa, resaltando esos rasgos maduros.

—¿El collar que me robaron es tan importante para que hasta usted intervenga?

—Bastante.

Si soy sincero, puede causar la destrucción de la humanidad.

El chico se encogió en su lugar, no esperaba una bomba de ese tamaño, incluso pensó que estaba bromeando, pero al ver esa gravedad en el rostro de todos supo que no era ninguna broma.

—No tiene sentido—.

Kon siguió hablando, tratando de ocultar el temblor en su voz.

—¿Por qué me dejaría algo tan peligroso?

Se encogió de hombros, ni siquiera el gran salvador del mundo lo sabía.

Su mamá, esa mujer tan amable, buena y comprensiva era, en realidad, una Drum y como último regalo antes de morir le dejó ese collar que siempre cargaba, su joya más valiosa.

“ Carga con nuestro legado ” Fue lo que ella dijo antes de entregárselo, con una sonrisa de seguridad tan grande que su yo de 5 años lo tomó como una misión divina.

Desde ese momento Kon no se separó del collar y lo llevaba puesto casi todo el tiempo, hasta dormir con el puesto, pero siempre oculto, porque brillaba como el oro y se negaba a perderlo por culpa de los codiciosos.

Ese collar… No quería creerlo, pero tenía al Lobo en su casa, comiendo su comida y hablando con esa seriedad que da escalofríos, porque sabes que las cosas no volverán a ser igual una vez que lo escuches.

—Mi hermana nunca te lo dijo?

Esa pregunta lo descoloco —No, no lo hizo—.

Admitió, bajando un poco la voz.

La atención del héroe pasó a Ares.

Sin necesidad de hablar, ya estaba pidiendo una explicación.

Esa mirada era suficiente para que hasta Sanae, que regresara con más comida, se mantuviera a una distancia considerable, lejos del peligro.

El líder Alfa suspiro, derrotado.

—Me hizo prometer que no se lo diría.

¿Esa era su única defensa?

Acababan de decirle que el regalo de su madre era una posible arma nuclear, que podía traer el fin del mundo y él lo supo todo ese tiempo, pero no lo dijo por una promesa.

Nunca había tenido tantas ganas de golpear a su progenitor como en ese momento.

—Entiendo.

Tal vez el Lobo lo hizo, pero Kon no.

Ahora quería saberlo todo, hasta lo más mínimo.

Iba a dejar pasar por alto las cosas, ya que una presencia como ese tipo arruinaría sus planos de una vida normal, pero su madre estaba involucrada.

—¿Mi abuelo lo sabe?

La interrogación iba para Ares, quien no supo qué contestar, de nuevo.

—¿Tus abuelos siguen vivos?—.

La pregunta de Eduard sonaba repleta de ingenio.

¿También conoció a sus abuelos?

Tendría sentido que así fuera, después de todo, El Lobo resultó ser su tío, pero… ¿Por qué su padre se veía molesto con esa pregunta?

—No de mi lado—.

Dijo el Alfa mayor, al fin.

—¿Qué hay del tuyo, Ed?

Al invitado parecía no agradarle lo que insinuaba.

Kon busco como desviar la conversación de nuevo al tema central, antes de que algo peor ocurriera.

Si unía un poco los hilos de esa conversación con los recuerdos del pasado y la presencia de ese tipo, podía conseguir una respuesta a todo eso.

—Si está aquí es porque no sabe cómo usarlo ¿cierto?—.

Trato de sonar lo más curioso posible, de otro modo pensara que busca algo de él.

—A menos que existe algo más personal, no veo otra razón por la que esté aquí cuando ya tiene lo que quiere.

A Eduard le iba gustando cada vez más hablar con él.

Antes de que pudiera responder a su pregunta, tal vez con alguna respuesta evasiva e ingeniosa, alguien tocó a la puerta, poniendo a todos los Alfas alerta.

—No se preocupen, ven conmigo—.

Dijo el héroe, levantándose de su asiento para ir personalmente a abrir.

—Les dije que mis chicos vendrían a pedir disculpas.

Kon se estremeció, reconocía ese olor detrás de la puerta, lo sentía dos veces por semana, mezclado con el olor de libros viejos.

Quería que se abriera la puerta tanto como quería que un terremoto comenzara en ese mismo momento y evitará que la puerta se abriera.

No quería verla, se negaba a pensar así de ella, de darle la razón a Rice.

La puerta se abrió, dando paso a los dos ladrones nocturnos.

Uno era Sarah, que lucía tan asustada que no tenía ni el valor de levantar el rostro, el otro… Soleil se encontró con la expresión de sorpresa de Kon.

Se reconocieron al instante y ya no había forma de ocultarse.

—Maldición—.

Murmuró.

—Esto no lo vio mis sueños.

A su lado Morgart también se encontraba, tan tranquilo como la primera vez que se toparon en el instituto.

—¿Cómo estas, Kon?

—Lo saludo, ignorando el pesado ambiente.

—¿Son ellos?—.

Kon apenas pudo hablar.

Sarah levantó el rostro apenas un poco, lo suficiente para ver su dolor.

Lo había traicionado, no tenía que decirlo para saberlo, cualquier cosa que hubiera entre ellos, se acababa de romper.

Eduard, que de nada se enteraba, presento a esos dos jóvenes con el orgullo de un padre que acaba de verlos ganar las olimpiadas.

—Mi hermana; Sara Drum.

Y mis compañeros cazadores; Soleil y Morgart.

¿Cazador?

¿El hermano de Lorena pertenecía a esos cazadores, en Ultar?

La cabeza le daba vueltas, no podía ser eso ni siquiera posible.

Primero Rice, luego Sarah, todos parecían estar trabajando para otros a sus espaldas, todas sus relaciones se habían vuelto trabajo, planeadas.

¿Lorena también lo era?

❯────────────────❮ El eco de sus tacones resonaban con ritmo constante por el largo pasillo.

Susana mantenía el rostro sereno, profesional, como debía hacerlo siempre, pero por dentro, su mente era un torbellino.

Kavi’el tenía razón.

Todo comenzaba en Matusalem.

Los chicos, las desapariciones, la escuela.

Mientras cruzaba hacia el área de expedientes, recordó una reunión pendiente con “Madre”, la autodenominada líder espiritual del grupo.

Había estado enviando solicitudes formales desde hacía semanas.

Afirmaban que la mujer “no daba entrevistas”, pero ella no creía en excusas tan bien redactadas.

—Esta semana iba a intentarlo de nuevo —susurró para sí misma—.

Si logro hablar con ella, tal vez los chicos regresen.

Entonces, una voz familiar la detuvo a mitad del corredor: —¿Susana?

¿Tienes un minuto?

Era Alberto, su compañero de área.

Siempre cordial, siempre con ese aire de tipo correcto.

Llevaba una carpeta bajo el brazo y una sonrisa educada en el rostro.

—Claro —respondió ella, sin romper el paso.

Él la siguió a su lado.

— ¿Cómo vas con los casos de San Simón?

He oído que estás trabajando horas extras.

Me apena decir que en parte es mi culpa, yo tampoco llevo muchos avances—.

Se llevó una mano a la cabeza, enredando sus dedos en su, de por sí, ya poco cabello.

—Esos bastardos saben cómo usar los agujeros legales.

Susana no pudo estar más de acuerdo.

—Es casi como si tuvieran un abogado para esto.

—Es posible que así sea.

Son una secta, no me sorprendería que incluso tuvieran al jefe de policía de su lado.

—Deja de decir eso, es imposible.

—No lo es—.

Aseguró, jugando con sus dedos por la ansiedad de fumar.

—Los lavados de cerebro son cosas serían.

Pueden volver a una buena persona un asesino La abogada se cruzó de brazos.

No podía negar lo que decía cuando existían ejemplos de sobra y no solo en la religión, incluso las relaciones abusivas aplicaban un lavado de cerebro tan severo que duraban años a su lado.

—Puede que tengas razón, pero solo por ahora —bromeó—.

Porque pronto lograremos desmantelar esa horrible secta con evidencia sólida y ningún abogado podrá salvarlos.

El entusiasmo se le escapó sin querer.

A veces hablaba más de lo debido cuando alguien parecía interesarse genuinamente.

Lo cierto era que estaba convencida de que sus búsquedas no eran en vano.

—Interesante —dijo él—.

Eso sí sería un escándalo ¿Que descubriste?

—No puedo decirlo—.

Negó fervientemente.

—No es seguro.

Kavi’el la ahorcaría si revela cosas que no debe.

—Tú y tus misterios—.

Dijo Alberto, dándose por vencido.

—Debiste ser detective, tienes el talento.

La mujer no pudo evitar echarse a reír con eso.

—Soy muy miedosa para esas cosas.

—No eres la única—.

Respondió él, con una sonrisa ladeada—.

Pero hay que hacer lo mejor que podamos para contentar a los padres.

—Te lo encargo.

—Y con ese comentario, dio por terminada la conversación.

—Nos vemos, Susana —se despidió Alberto, dándole un golpecito leve en el hombro.

—Hasta luego.

Ella se alejó hacia su oficina sin mirar atrás.

❯────────────────❮ Minutos después, Alberto salió del edificio por la puerta trasera.

Caminó hasta una zona sin cámaras, sacó su celular personal —uno que no usaba en horario laboral— y marcó un número que no tenía nombre, solo un símbolo extraño guardado como contacto.

—Está inquiriendo demasiado —dijo, con tono firme.

Hubo un segundo de silencio.

La voz al otro lado de la línea era grave, amortiguada, casi mecánica.

Él la escuchó sin interrumpir.

Cuando terminó, afirmó una sola vez.

—Me encargaré de ella.

Ustedes encárguense de esos policías.

Colgó y guardó el celular con calma.

Camino de regreso al edificio como si nada hubiera pasado.

❯────────────────❮ Después de unas incómodas disculpas, donde Sarah, Morgart y Soleil tuvieron que hasta tocar el suelo para que Eduard pudiera continuar, al fin entregó el collar.

Lo dio directo a las manos de un dudoso Kon.

—Hago acto de mi buena fe—.

Dijo el lobo, con la mano derecha levantada, haciendo un juramento.

—Te regreso el regalo de mi hermana, respetare sus últimos deseos.

El Alfa se vio indeciso.

No había pasado mucho tiempo desde que lo había perdido, que casi colapsa por él, y ya lo tenía de regreso, intacto, como si solo lo hubieran cuidado en su ausencia.

La voz de Soleil se opuso con firmeza.

Todos los presentes se giraron cuando lo escucharon, incluso Sarah que estaba a su lado, no se esperaba una oposición después del coscorrón que Eduard les dio.

—No puedes darle eso, Eduard—.

Su voz sonaba con urgencia, pero su mirada irradiaba determinación.

—Mis sueños me advirtieron del peligro de ese medallón en manos del muchacho.

—¿Tuviste uno de esos sueños locos?—.

El tipo no se escuchaba muy interesado en sus palabras, ni siquiera bajo la mano con el medallón.

— ¿Qué es esta vez?

¿Algún evento cataclismo?

Ya he evitado muchos de esos.

—No podrás evitar esto.

Eduard pareció ofenderse con sus palabras, la expresión tan relajada que tenía se tenso y cambió por una sonrisa torcida que a Kon le dio escalofríos.

—¿Por qué no?— Su voz se escuchó más profunda que antes, aun si trato de ocultarla, lo notaron.

Soleil no se notaba intimidado por eso.

—Porque dará paso a Obrith-Kar.

Ese nombre activó algo en Eduard, quien apartó el collar de las manos de Kon y lo llevó a su pecho, en un intento de protección.

Sus ojos se desorbitaron y su piel palideció.

Parecía que le acababan de informar que sus hijos murieron.

—¿Cuándo?

—A finales del año siguiente, el 21 de diciembre.

¿Cómo podía sonar tan seguro sobre un tema como ese?

—¿Qué es Orbirth-Kar?—.

Kon no se dio cuenta de que lo preguntó en voz alta hasta muy tarde.

La pregunta fue para su padre, quien solo se encogió de hombros.

Los ancianos tampoco lo sabían, ese nombre sonaba a algo sacado de un libro de ficción.

Más importante aún, Sarah seguía ahí, con las manos en la espalda y quieta en la esquina donde su hermano la dejó, pero ahí seguía.

Solo verla le hacía hervir la sangre ¿es que ninguna de sus conexiones era genuina o estaba libre de la manipulación?

Debió ser demasiado evidente porque Sarah volvió a bajar la cabeza cuando sus miradas se toparon ¿Estaba avergonzada?

Porque debería estarlo, después de eso no volvería a dirigirle la palabra.

—Eduard—.

La voz de su padre volvió a abrirse paso en la conversación.

—Osiris se lo dejo por una razón y estoy seguro que ni tú sabes cual es.

¿No confías en ella?

—Es su imprudencia la que traerá el desastre—.

Afirmó Soleil, su voz más alterada que antes.

—Mis visiones nunca fallan.

Será tan grave que todos los cazadores morirán.

El llamado Lobo estuvo quieto, pensando unos momentos.

—¿Lo viste a él?

—Sí, lo vi abriendo el ojo y trayendo a Obrith-Kar a nuestro plano.

—¿Fue intencional?

—Fue un accidente, ¿Pero eso importa?

Nos condenará a todos si le das ese collar.

Tantas palabras hacían que le doliera la cabeza.

Kon solo quería saber que tanto le estaba ocultando a toda su familia, ¿por que nadie le dijo que era sobrino del héroe más grande?

Ni siquiera su madre le habló de eso.

Aun si se repetía que debía tener sus razones, seguía siendo muy imprudente dejarle un objeto tan peligroso a un niño.

No a su padre, a él; su hijo que no quería saber nada del mundo de los Alfas ni de sus ancestros.

—Lléveselo—.

Soltó, para sorpresa de todos.

—El problema es el collar ¿cierto?

Entonces quédeselo usted y téngalo en un lugar seguro.

Yo no quiero verme involucrado en esto.

Les dio la espalda para regresar a su habitación y tirarse a la cama a dormir un rato.

Lo que más deseaba era escuchar un poco de música y dormir con ella.

—Pero ya estás involucrado.

No hizo caso a las palabras de Eduard, ni a las de su padre cuando dijo “Sí rechazó la oferta”  No quería escuchar a nadie.

¿Querían el medallón?

Podían llevárselo, ya le importaba un carajo.

Cerró la puerta con fuerza, sin importarle a quien molestar por hacerlo.

Tomó su mochila, metió algunas cosas que consideraba importantes y salió por la ventana.

Agradeció que su casa no fuera tan alta, de otro modo, no tendría el valor de saltar.

Solo había una persona que le podía aclarar las cosas y ese era su abuelo.

Si iba a estar atrapado en una historia que todos conocían menos él, entonces iba a leerla completa.

Aunque tuviera que arrancar cada página de los labios de su abuelo.

No se dio cuenta que el escándalo despertó a Rice, quien estaba en el cuarto de Ares.

Lo observa saltar de la ventana e irse a pasos apresurados a quien sabe donde.

No estaba seguro de lo que ocurrió mientras él estaba inconsciente, pero no necesitaba saberlo, su misión era cuidar de Kon y eso haría.

Bajo con el mismo sigilo que el de un felino y fue tras de él.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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