La canción del dragón - Capítulo 31
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31: Primer llamado al Mesias 31: Primer llamado al Mesias En la negrura compacta, lo único visible era la pequeña llama anaranjada de un encendedor y la mano que la sostenía.
Esa mano tembló apenas, antes de elevarse y revelar el rostro de un joven universitario: los lentes torcidos, la piel marcada por cicatrices de acné, y en sus ojos un brillo febril que imponía silencio.
Apenas bastaba esa chispa de fuego para que los demás alcanzaran a percibir la firmeza en su gesto.
—Hermanos, debemos hacerlo esta noche.
Cerbero está listo.
El muchacho movió el encendedor, y el resplandor recorrió uno a uno los rostros sentados en la penumbra: eran cinco en total.
Padres deshechos por la distancia con sus hijos, hombres derrotados por el desempleo, una mujer con la herida de nunca haber sido madre.
Desperdigados en sus penas, unidos ahora por un mismo fervor: servir a Madre, la única que les había dado un propósito cuando ya nada lo sostenía.
—¿Ya está preparado, hermano?
—preguntó uno, la voz cargada de ansiedad.
—Claro que lo está, lo hemos alimentado lo suficiente.
—El universitario giró la luz hacia la mujer—.
¿Y tú, hermana?
¿Estás lista?
Ella, que no tendría más de cuarenta años, asintió con determinación, aunque sus manos y pies vibraban de emoción.
Madre la había señalado, y ese designio borraba cualquier miedo.
—Seré una buena mamá para este pequeño que está por nacer —dijo con una sonrisa que iluminó su rostro mejor que la llama misma.
El grupo entero pareció contagiarse de su júbilo.
En ese instante, creyeron de verdad que presenciaban un milagro.
—Los demás atacaremos esta noche —continuó el estudiante—.
Cada uno debe cumplir su parte para entregarle a Madre al Mesías.
La muerte de Brandon no debe detenernos.
—Le haremos honor a su sacrificio —afirmó uno de ellos, con el dolor arrastrando cada palabra—.
Fue un buen líder.
—Su muerte no será en vano.
En la oscuridad, todos asintieron, cruzando miradas cargadas de complicidad.
El universitario cerró de golpe el encendedor, y la sala quedó sumida en un silencio absoluto, tragada por la negrura.
❯────────────────❮ La noche se sentía pesada.
No sabía si era por el calor de la primavera, el calentamiento global o alguna otra razón que se le escapaba.
Matusalem solía ser tranquila a esas horas, todo lo contrario a San Simón o a su vecina Aztlapalco, ciudades que parecían no dormir jamás.
Podrían haberse quedado en el hotel, contemplando la luna reflejada en el océano, escuchando el golpe constante de las olas contra el arrecife.
Pero su ansiedad lo traicionó.
Kavi’el insistía en volver a Matusalem lo antes posible, convencido de que algo malo ocurriría en su ausencia.
—Miles de cosas malas pasan cuando no estamos —bromeó Zarvael al volante.
Claro que lo sabía.
No tenía la capacidad de multiplicarse en cientos de clones para vigilar cada rincón de Xictli y mantener el orden.
Pero podía, al menos, seguir su presentimiento: regresar a la escena del crimen y buscar nuevas pistas sobre la familia desaparecida, comenzando por la casa en la que habían vivido.
Según los vecinos, allí solo habitaban la esposa del profesor y sus hijos.
Omar había viajado a Matusalem desde San Simón por un motivo trágico: el repentino suicidio de su hijo.
El muchacho se lanzó desde el techo del hospital.
Nadie entendía qué lo había llevado a ese extremo.
La autopsia reveló que estaba drogado hasta los huesos, pero lo más inquietante eran las grabaciones de seguridad: en ellas se veía al chico luchando contra la nada.
Se movía con violencia, de un modo imposible para su complexión atlética, como si combatiera con alguien invisible.
Y, aun así, las cámaras no registraron a nadie más.
Incluso la caída resultó extraña.
Y luego estaba la doctora Henry: corrió hacia el cuerpo y gritaba un nombre, llamaba a alguien que no aparecía en las grabaciones.
¿A quién?
Al principio, Kavi’el pensó que alguien había manipulado el material para borrar la presencia de un enemigo.
Pero tras varias revisiones quedó claro: las grabaciones eran auténticas.
—¿El chico estaba loco?
—murmuró para sí—.
No me lo creo.
Saltó las cintas de seguridad.
La policía ya había recogido la evidencia días atrás, pero siempre podía quedar algo rezagado: una hoja de papel olvidada, una prenda mal colocada, un mensaje escondido en un bolsillo.
Alguna pista capaz de revelar un nombre o una dirección.
La idea le arrancó una sonrisa amarga.
Su propio sarcasmo era la razón por la que no tenía más compañeros que Ali y Zarvael, y este último ya estaba harto de convivir con él.
Subió al cuarto de Brandon.
Allí lo esperaba, como una presencia obstinada, el dibujo: un enorme ojo pintado en la pared, observándolo desde la oscuridad.
Kavi’el apartó la mirada del enorme ojo pintado en la pared.
Ya lo había visto antes; no tenía sentido perder más tiempo con símbolos que se repetían como ecos vacíos.
Avanzó despacio por la habitación, tanteando entre los muebles como si el aire mismo le resistiera.
El polvo le rozaba la piel, pesado y húmedo, impregnado de ese olor agrio a encierro.
El lugar guardaba un silencio obstinado, roto apenas por el crujido de la madera al cambiar de peso.
Revisó cajones, volteó una silla, apartó viejos apuntes escolares… nada.
Hasta que, al mover con desgano la base de la cama, sintió un hueco artificial, un espacio cuidadosamente abierto.
Allí, muy bien oculto, halló un cuaderno delgado, con las esquinas dobladas y la pasta gastada.
El diario de Brandon.
Lo abrió con precaución, hojeando rápido las páginas, saltando garabatos triviales, hasta que los ojos se le detuvieron en una fecha de apenas unas semanas atrás.
Las letras eran frenéticas, escritas como por una mano que temía olvidar algo vital: “Madre me habló en sueños.
Dijo que nosotros, los elegidos, traeremos al Mesías de regreso.
Me aseguró que el Mesías del nuevo mundo ya está aquí, en Matusalem, y debo ir por él al hospital antes de que los demonios de la Reina Roja lo atrapen.” El corazón de Kavi’el se aceleró.
El hospital.
La víspera del suicidio.
El enigma se ajustaba como una pieza que siempre estuvo ahí, esperando ser reconocida.
Cerró el diario con un chasquido seco, lo guardó en el interior de su chaqueta y salió de la casa sin volverse.
¿Demonios de la reina roja?
Una nueva cosa que debía descifrar.
La noche lo recibió con una pesadez aún mayor.
Las lámparas públicas apenas parpadeaban, lanzando círculos amarillentos que no alcanzaban a disipar la negrura entre las calles.
El aire arrastraba un soplo marino, mezclado con hollín y humedad.
Caminaba hacia la habitación que rento junto a Zarvael, cuando un sonido agudo lo hizo detenerse.
Era un chillido desagradable, áspero, semejante al bufido de un gato furioso, aunque más humano en su cadencia.
Giró en dirección al ruido.
Lo que encontró no fue un animal, sino un adolescente robusto, un poco más alto de lo normal, con la gorra ladeada, que avanzaba pateando piedras con rabia, mientras murmuraba improperios a media voz.
Cada golpe de su zapato contra el pavimento parecía más violento que el anterior.
Kavi’el lo reconoció de inmediato.
Era el mismo muchacho al que habían interrogado días atrás, por el incidente en la preparatoria Juana de Arco.
La sorpresa se intensificó cuando lo vio doblar hacia la calle de las Alondras.
Esa vía estaba abandonada desde hacía años; nadie tenía motivo para adentrarse allí, salvo quienes buscaban esconder algo.
—¡Chico!
—lo llamó a gritos, evitando que siguiera avanzando.
Kon se congeló en seco.
No esperaba que a esas horas de la noche hubiera alguien vagando por allí… salvo un drogadicto o un vagabundo.
Pero los vagabundos ya lo conocían, y solían ser amables con él.
Además, ninguno poseía una voz tan limpia, tan firme, como esa que acababa de interpelarlo.
“¿Un asesino?”, pensó, con un nudo en el estómago.
—Niño, ¿Qué haces aquí?
—Kavi’el se acercó con paso seguro—.
Es muy tarde para que estés solo.
Kon reconoció la voz.
Se giró despacio y, al verla, su cuerpo se tensó aún más: era el mismo policía que había matado al Basilisco en la escuela.
Lo lógico habría sido relajarse ante una autoridad, pero todo lo contrario: frente a un Omega, el peligro era doble.
Bastaba un mal gesto, y terminaría en el pozo.
Sacudió esos pensamientos; no podía culparlo de ser sospechoso solo por andar de noche… ¿cierto?
—¿Por qué caminas por esta calle tan tarde?
—Kavi’el lo encaró en cuanto quedaron frente a frente—.
Esta calle está abandonada.
El paso está prohibido.
—¿De verdad?
No lo sabía… —murmuró Kon, viéndose más culpable de lo que era.
—¿A dónde ibas?
—A casa… regreso del trabajo.
Intentaba mantener la calma, pero lo único que sentía era que sus intentos de ver a su abuelo se frustraban.
¿Cómo explicarlo sin sonar a mentira o revelar su identidad?
—¿Vives cerca de aquí?
Kon dudó.
No podía regresar con las manos vacías, pero tampoco arriesgarse a que descubrieran el hotel.
Solo le quedaba improvisar: —En el restaurante Red Fish, por la playa.
Quedaba a media hora de distancia, y en dirección contraria.
Aun así, mejor una mentira verosímil que exponer a su familia.
Para su sorpresa, Kavi’el pareció aceptarla, aunque su ceño se frunció aún más.
—No olvides lo que dije: no puedes salir sin supervisión después de lo que pasó en tu escuela.
¿Por qué no pediste a tus tutores que fueran por ti?
—Es que… —Kon improvisó, buscando sonar creíble—.
Mi madrastra está muy ocupada cuidando de mi hermano.
No quise molestarla.
El ladrido de Yaotl los interrumpió.
El perro negro emergió de la oscuridad del edificio y se lanzó sobre Kon con tal entusiasmo que el chico creyó que su corazón se detendría.
Kavi’el, en cambio, no miraba al animal, sino al lugar del que había salido.
El hotel.
Ese cascarón de paredes húmedas y ventanas clausuradas parecía respirar en la noche.
Sus puertas, abiertas de par en par, lo llamaban con un vacío insondable.
La negrura de su interior no era solo oscuridad: era un umbral.
Una invitación.
Un abismo.
Un escalofrío lo recorrió entero, entumeciéndole las piernas.
No sabía por qué, pero sentía que si daba un paso más hacia esa entrada, algo lo tragaría.
No lo veía, pero lo presentía.
La misma vibra que provocan los terrores antiguos: lo invisible, lo que acecha sin rostro.
La sensación inequívoca de ser observado por aquello que no debería existir.
Lo había sentido antes, frente a Ragnar.
Pero ahora, bajo ese umbral abierto, supo que lo que lo miraba no era un hombre.
El ladrido de Yaotl lo sacó de esa sensación, o al menos lo alejó lo suficiente para volver a moverse y aclararse la garganta.
—Te escoltaré a casa —dijo Kavi’el, dándole la espalda a esa calle que parecía respirar sombras—.
Es peligroso que un niño ande solo por la noche.
—No es necesario, conozco el camino.
—Mejor, sirve que llegamos rápido.
Ni siquiera alcanzó a dar un paso cuando el aire se desgarró.
Un estallido seco, metálico.
La bala lo golpeó en el pecho y lo sacudió hacia atrás.
No tuvo tiempo de respirar antes de que otra lo alcanzara en el costado y una tercera le atravesara el hombro.
Kavi’el cayó al suelo con un grito ahogado, la sangre manando a borbotones mientras el eco de los disparos se deshacía en la noche.
Kon se quedó inmóvil, paralizado, viendo cómo el oficial colapsaba frente a él.
Yaotl ladraba enloquecido hacia el origen de los tiros, erizando el lomo, dispuesto a lanzarse.
La visión de Kavi’el tendido en el suelo, jadeando entre charcos de sangre, despertó en Kon un recuerdo extraño, brutal: un chico cayendo desde lo alto de un edificio, el crujido de huesos al estrellarse, la sangre expandiéndose como un charco sin fin y esa sonrisa petrificada que no debería estar ahí.
El pulso le retumbó en la cabeza.
Todo se volvió borroso.
Yaotl, como un rayo negro, corrió en dirección a las balas, esquivando proyectiles con reflejos imposibles.
Pero antes de que Kon pudiera reaccionar, algo lo interceptó.
Un hombre, enorme, surgió de la nada y lo arrolló.
Kon se dobló de dolor cuando un pinchazo ardiente lo atravesó el estómago.
Miró hacia abajo y vio la jeringa enterrada en su piel, inyectando un líquido azul brillante que parecía arderle por dentro.
Alzó la cabeza, aturdido, y se encontró con una sonrisa.
Una sonrisa amable, cálida, como la de un desconocido que encuentra a un niño perdido en la calle.
Y esa amabilidad era lo más aterrador de todo.
Entonces Rice apareció desde la penumbra.
Su silueta fue un relámpago; descargó un golpe brutal contra el costado del atacante.
El impacto lo lanzó contra la pared de una casa abandonada.
Se escuchó un chasquido seco: huesos rompiéndose.
El cuerpo quedó inerte, colgado como un muñeco roto.
Rice no se detuvo.
Arrancó la aguja del abdomen de Kon antes de que el líquido azul lo consumiera.
El hedor nauseabundo lo confirmó: zul.
—¡Kon!
¿Estás bien?
—lo sacudió, intentando arrancarlo del sopor—.
¿Puedes ver con claridad?
¿Todavía me escuchas?
Los ojos de Kon se movieron lentos, tratando de enfocar.
Pero estaban clavados en el cadáver incrustado en la pared.
Era más horrible cuando lo tenía más cerca.
No sabía si el temblor que lo recorría se debía al espanto… o a la droga que le ardía en las venas.
Rice apretó la mandíbula.
Al notar la flacidez del cuerpo de Kon, lo cargó sobre su hombro sin más, apretando el paso de regreso a casa.
Tenía que llevarlo con el jefe.
Tenía que advertir lo que estaba ocurriendo antes de que fuera demasiado tarde.
Rice corrió con todas sus fuerzas, pero apenas dobló la esquina la salida quedó bloqueada.
Allí, erguida bajo la luz parpadeante de un poste, una bestia aguardaba.
Un perro, o lo que quedaba de la idea de uno.
Tan grande como una casa, con ocho patas que se movían de manera antinatural, como si el suelo no pudiera sostenerlo.
Las delanteras terminaban en manos dobladas, dedos delgados y pulgares huesudos que se crispaban con ansias de atrapar.
Su pelaje era tan largo que colgaba como harapos enmohecidos, cubriéndole los ojos, obligándolo a guiarse solo por el olfato.
El hedor que despedía era insoportable, mezcla de sangre vieja y tierra húmeda.
Pero lo más macabro era el collar: un rosario de cuerpos humanos entrelazados, torsos y brazos colgando como piezas de un trofeo.
La criatura olfateó el aire, girando lentamente la cabeza hacia Rice y Kon.
Y entonces sonrió.
El suelo tembló cuando lanzó la primera embestida.
Una de sus patas se alzó, no para aplastarlos, sino para sujetarlos.
Rice reaccionó por instinto: dio un salto hacia atrás, apenas esquivando los dedos que chasquearon en el aire como una trampa.
Sabía exactamente lo que debía hacer, además de correr.
Saltó de un lado a otro, usando botes de basura, paredes estrechas y cornisas como apoyo, hasta escalar la fachada de un local y alcanzar una azotea.
Allí, con el pecho ardiéndole por la carrera, gritó con todas sus fuerzas: —¡Tecuani!
El eco de la advertencia atravesó la calle, seguido de murmullos de susto y pasos apresurados.
La gente, al reconocer la palabra, buscó refugio en cualquier rincón oscuro o puerta cerrada que pudiera protegerlos.
Abajo, la criatura se irguió en dos patas, como una torre viviente, intentando atrapar a Rice y Kon con sus largos brazos.
Cada intento era más cercano, cada movimiento más desesperante, el monstruo disfrutaba del juego que se genero entre ellos.
Kavi’el se levantó del suelo con un gruñido.
El impacto de las balas aún le ardía en el pecho, pero el chaleco antibalas bajo el uniforme había hecho su trabajo: estaba vivo, aunque cada respiración le recordaba lo cerca que había estado de no estarlo.
Se sostuvo contra la pared y levantó la vista.
El lugar era puro caos.
La bestia movía sus patas como brazos, estirando esos dedos deformes que se cerraban en puños para atrapar.
Y allá arriba, entre techos y cornisas, Rice saltaba de un lado a otro cargando con Kon, que apenas reaccionaba.
El muchacho estaba semiconsciente, la cabeza le colgaba y ni siquiera se estremecía con las sacudidas de Rice ni con el monstruo pisándole los talones.
Kavi’el no perdió más tiempo.
Buscó su teléfono, desbloqueó la pantalla con manos temblorosas y activó la señal de alarma, un protocolo reservado solo a su rango.
En cuestión de segundos, esa orden viajaría hasta la central de policía, y de ahí al resto de la ciudad: activarían la alarma, ejecutarían el simulacro y evitarían que la maldición se propagara más allá de esas calles.
Cuando terminó de enviar la alerta, un movimiento lo obligó a girar.
Del callejón salió Yaotl.
El perro avanzaba cubierto de sangre, con un jirón de camiseta ensangrentada colgando de sus fauces.
Tras él apareció un joven universitario, apenas sosteniéndose en pie, con el rostro y los brazos abiertos en heridas.
Su respiración era un silbido ahogado, pero aún levantaba un arma corta, apuntando directo al perro.
—¡No!
—gruñó Kavi’el, alargando la mano.
No podía permitirlo.
Una sola detonación y el Tecuani se desataría.
Sus dedos se tiñeron de negro, como si tinta ardiente emergiera bajo la piel.
Las venas se remarcaron como brasas oscuras y la carne comenzó a descarapelarse en escamas quebradizas, desprendiéndose en fragmentos que flotaban como ceniza.
La magia Ixya lo marcaba, visible, inhumana.
Pronunció una palabra, seca, cortante como un látigo: —Amod.
“Quieto.” El efecto fue inmediato.
El universitario se congeló con el dedo aún en el gatillo, los músculos rígidos, los ojos muy abiertos de terror al descubrir que su propio cuerpo ya no le obedecía.
El arma temblaba en su mano, inútil.
Kavi’el bajó la mano lentamente, respirando hondo, consciente de que cada vez que usaba la Ixya una parte de sí mismo se quedaba atrás, en esas grietas negras que le devoraban la piel.
Sin embargo, no podía darse un respiro.
El Tecuani seguía atacando a civiles y era su deber detenerlo.
—¡No dejen que toque al Mesías!
—gritó el universitario paralizado.
“Mesías”.
Esa palabra golpeó a Kavi’el como un eco.
La había leído antes, en la libreta de Brandon.
¿Ese niño… era su Mesías?
Otros dos hombres irrumpieron desde un callejón, armas de fuego en alto, los cañones brillando bajo la luz enferma de los postes.
Kavi’el no dudó: repitió el mismo conjuro.
Su voz se quebró en sílabas arcanas, los dedos ennegrecidos señalaron y, al instante, los cuerpos se congelaron como estatuas.
Uno aún tenía el gatillo a medio presionar, inmóvil en el aire.
—¡El Mesías!
—clamaban los tres hombres al unísono, incapaces de moverse, pero con las gargantas libres—.
¡Salven al Mesías del demonio!
Había otro.
Kavi’el lo sabía.
No podía verlo, porque se mantenía oculto entre los edificios ruinosos, en las sombras donde no debía haber nadie.
Pero lo sentía.
Alguien más tiraba de los hilos.
Y entonces tomó la decisión más peligrosa: enfrentarse de lleno al engendro.
Con un movimiento brusco se llevó la mano al pecho y dejó que la Ixya hablara.
Sus labios comenzaron a escupir palabras sin forma, rápidas, cada una quemando su lengua.
Los ojos se le pintaron de negro absoluto mientras recitaba la plegaria prohibida.
Invocaba al Dios Zaihn y a uno de los ocho generales angelicales de su corte.
La respuesta no se hizo esperar: sellos verdes como el jade estallaron en el aire y descendieron como redes ardientes, envolviendo el cuerpo monstruoso del Tecuani.
El contraste era insoportable: el jade brillante contra las venas oscuras que palpitaban en su piel de pesadilla.
El aire chisporroteaba con un olor a cobre y a incienso podrido.
El Ixya reclamaba más de su carne.
Pedazos de piel se abrían como pergaminos viejos, dejando asomar líneas negras que humeaban.
El dolor era insoportable, pero Kavi’el no se detuvo.
El monstruo bramó.
Los sellos se agitaron, desprendiendo colas de serpiente que se enroscaron en sus ocho patas, apretando hasta que el hocico de la bestia se abrió y soltó un grito que no era de este mundo: un lamento del averno que hizo vibrar las ventanas y heló la sangre de todos los presentes.
Ese alarido fue tan atroz que Kon reaccionó en brazos de Rice.
—El… hotel… —balbuceó con su lengua torpe y pesada—.
Entra al hotel.
Rice lo miró incrédulo, saltando de techo en techo mientras la criatura forcejeaba contra los sellos.
—¡Vamos con tu padre!
—gritó para hacerse escuchar.
Entre los alaridos del monstruo y la alarma del pueblo sonando era difícil hacerse escuchar.
—El hotel… está más cerca… él nos protegerá… —¡Los hoteles de aquí están vacíos!
—Haz… caso.
La droga volvía a enturbiar su voz, su cuerpo iba perdiendo fuerza con cada palabra.
Si Rice no quería entrar, al menos debían llegar al perímetro donde su abuelo podría alcanzarlos.
—Yaotl… —susurró Kon apenas audible—.
Ve por Yaotl… Rice apretó la mandíbula.
Vio al perro, con el hocico ensangrentado, ladrando sin freno a la entrada del edificio abandonado.
Y maldijo.
Maldito su juramento de guardián, maldito el terco de Kon.
Sin pensarlo más, saltó desde la azotea hacia el pavimento.
Cayó duro, pero no sintió dolor gracias a la urgencia: corrió hacia el hotel.
El disparo llegó como un trueno.
Una bala le perforó la pierna izquierda y lo derribó de rodillas.
El ardor lo hizo gruñir, aun así, se levantó de inmediato, impulsándose hacia adelante.
Balas comunes.
No podían matarlo, ni siquiera en la cabeza; tendría segundos antes de vomitar.
Otra lo alcanzó en la segunda pierna, otra más en el pecho, y luego en el abdomen.
Aunque no muriera, el dolor seguía estando ahí, era una lucha de resistencia, esa terquedad era el único motor que lo sostenía en ese momento.
Entonces, el francotirador cambió de objetivo.
Rice escuchó cómo el cañón se deslizaba apenas unos centímetros a su izquierda, apuntando directo hacia el Omega que recitaba el Amud-Zaihn.
Podía odiar a su especie cuanto quisiera, pero sabía que si ese rezo se interrumpía todos estaban condenados.
Sin pensarlo, bajó a Kon de su hombro y lo lanzó hacia la entrada del hotel.
El movimiento brusco arrancó un jadeo del muchacho, que apenas alcanzó a girar la cabeza antes de estrellarse contra una de las puertas desvencijadas.
Yaotl se abalanzó detrás de él, siguiendo como una sombra fiel.
Con su amigo a salvo, Rice soltó toda su fuerza.
Hundió los dedos en el pavimento, partiéndolo como arcilla, y arrancó de cuajo un bloque de concreto.
Esperó el chasquido seco del gatillo… y cuando la bala salió, lanzó la piedra con violencia.
El proyectil se incrustó en la roca o se desvió lo suficiente para perder la trayectoria.
Rice volvió a agacharse, listo para desgarrar la tierra y repetir la maniobra.
Pero el disparo nunca llegó.
Cinco estallidos lo rodearon en menos de un parpadeo.
Cinco detonaciones que hicieron retumbar la calle como si fueran tambores de guerra.
Entonces lo recordó: la regla que todos conocían, la que el miedo le había hecho olvidar.
Jamás usar armas de fuego en presencia de un Tecuani.
Los sellos crujieron y se quebraron como vidrio bajo un martillo.
El monstruo liberó sus ocho patas, sacudiéndose las serpientes de jade como si fueran hilos rotos.
Kavi’el se ahogó en su propio conjuro, su lengua ardió hasta que el sabor de carne quemada inundó su boca.
El dolor lo dobló, incapaz de seguir recitando.
Había fallado.
Entre el eco de los disparos y el rugido del Tecuani, el primer infectado apareció corriendo en su dirección, los ojos sangrando desencajados, la piel desgarrada y un hambre antinatural en cada zancada.
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