La canción del dragón - Capítulo 32
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- Capítulo 32 - 32 La vergüenza del Omega
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32: La vergüenza del Omega 32: La vergüenza del Omega Afuera todo era un desastre; Kon podía escucharlo, pero su cuerpo seguía pegado al suelo.
Sintió los tirones de Yaotl, que mordía con desesperación las mangas de su camisa, queriendo obligarlo a levantarse.
Sin embargo, el Zul seguía corriendo por sus venas, paralizándolo; Incluso girar la cabeza era una tarea imposible.
Entre el ruido de la batalla, alcanzó a oír a los atacantes gritándose entre sí: —¡Ahora que el demonio está ocupado, vayan por el Mesías!
No entendía a quién se referían, solo esperaba que, al menos, no lo pisaran.
En medio de la oscuridad percibió pasos que se acercaban: no eran pesados ni toscos como los de un soldado, sino finos, casi etéreos, imposibles de captar para oídos comunes.
Kon no intentó levantar la mirada; reconoció ese andar de inmediato.
—Abuelo… necesito ayuda.
Los pasos se detuvieron justo a un costado de su cabeza.
En las tinieblas, lo único que alcanzó a distinguir fueron dos espirales de colores que lo observaban sin parpadear, fijos, insondables.
Dedos largos y afilados descendieron hasta tocar su frente, y el frío contacto lo atravesó hasta los huesos.
Kon cerró los ojos mientras sentía cómo, poco a poco, la vida regresaba a sus extremidades.
—Ya estamos aquí, joven señor.
—La voz melosa del chico de lentes se deslizó hasta sus oídos, un timbre dulzón y fuera de lugar en medio del caos—.
Lo pondremos a salvo.
Con el control de sus extremidades regresando poco a poco, Kon alzó la vista y vio a los que le hablaban con tanto respeto.
Eran civiles comunes, rostros sin gracia, figuras demasiado frágiles para el desastre que rugía afuera.
Lo miraban como si fuese un ídolo forjado en oro.
Y Kon, desconcertado, se preguntaba: ¿Será que no ven a su abuelo?
¿Que por eso se mueven con esa seguridad ciega?
—Levántalo con cuidado.
No queremos decepcionar a madre —ordenó el muchacho de lentes al más robusto de los otros dos.
El audido apenas se inclinó para tomarlo de la cabeza… y en ese instante su cuerpo se quebró.
La realidad dejó de funcionar por un momento, su carne se volvió pulpa húmeda, su piel se enrolló sobre sí misma hasta transformarse en una larga espiral rizada, una simple cáscara de manzana que se expandió hasta perder forma en el suelo.
Los otros dos se quedaron petrificados.
La lógica no podía sostener lo que sus ojos habían visto.
Uno de ellos, temblando hasta el borde de la histeria, intentó huir por la salida.
Apenas cruzó el umbral, su cuerpo explotó en serpentinas de colores: tiras brillantes que se agitaron en el aire y se estallaron como fuegos artificiales, un espectáculo festivo y cruel, una burla a la tragedia que rugía más allá de esas paredes.
Rice, ajeno a ese quiebre de la realidad, buscó frenar al infectado de ojos sangrantes.
Le lanzó un pedazo de pavimento con toda su fuerza.
El golpe fue brutal: lo estrelló contra el suelo, la nariz rota, trozos de cemento clavados en los ojos, la cara bañada en sangre.
Y, sin embargo, aquello no significó nada.
El hombre se levantó de inmediato, incorrupto al dolor, su cuerpo era solo una marioneta movida por hilos invisibles.
El infectado avanzaba con prisa hacia ellos, los ojos rojos y brillantes, la piel se le desgarraba como si un fuego interno quisiera estallar desde dentro.
Rice apretó los dientes: sabía que no podía dejar que los tocara.
Ni un roce, ni una gota de sangre, ni el más mínimo fluido.
Bastaba una chispa de esa corrupción para que otro “theta” naciera, y luego otro, y otro, hasta que todo el pueblo se hundiera en la peste del Tecuani.
El pensamiento lo golpeó con fuerza.
Podría correr hacia Kon, sacarlo de inmediato y dejar que el policía se las arreglara solo.
Pero esa traición costaría más que una vida: abriría la puerta a una infestación sin retorno.
El infectado aceleró, la mandíbula dislocada como la de un lobo hambriento, y Rice retrocedió un paso, manteniendo el instinto de huir hacia su amigo.
Kavi’el, a su lado, alzó una mano con los dedos ennegrecidos, la piel descascarada por la magia Ixya, pero ya no le quedaba fuerza para otro conjuro.
La tensión se estiraba como una cuerda a punto de mameluco.
Y entonces, la sombra del Tecuani pasó sobre ellos.
Su peso sacudió el suelo, su aliento apestaba a carne podrida.
Rice y Kavi’el miraron hacia arriba al mismo tiempo y lo vieron: el lomo desnudo, piel calva y arrugada como el abdomen velludo de un anciano; no era el cuerpo de una bestia, sino la parodia grotesca de un hombre viejo.
En su cuello oscilaba su collar de cuerpos humanos todavía húmedos, manos que aún parecían crujientes en un gesto de súplica, cabezas podridas que se miraban entre sí en un silencio eterno.
El monstruo no se detuvo.
Sus patas torcidas lo impulsaban directo hacia el hotel, donde Kon aún yacía vulnerable.
Cada paso era un tambor de guerra, cada movimiento del collar un recordatorio de lo que ocurriría si no encontraban la forma de detenerlo.
Rice tragó saliva, consciente de que se había quedado sin ideas… y sin tiempo.
De pronto, una sombra emergió del suelo.
Una tenaza gigantesca, de rojo brillante, atravesó el pavimento como si fuera agua.
Con un chasquido seco atrapó el torso del hombre maldito y lo presionó hasta escuchar el crujido de huesos y carne desgarrada.
El cuerpo se agitó un instante, pero la presión de la pinza lo redujo a un amasijo imposible.
Luego, la tenaza empujó de él hacia abajo y ambos se hundieron de nuevo en el suelo, tragados por la oscuridad.
Rice dio un paso atrás, incapaz de comprender lo que había visto.
Kavi’el tampoco tuvo tiempo de reaccionar: el Tecuani volvió a ser rodeado por sellos mágicos, esta vez negros como tinta viva, que latían con un pulso propio.
Al fondo de la calle, enmarcado por la penumbra y el resplandor tenue de los símbolos, apareció Soleil.
Estaba recitando el mismo conjuro que Kavi’el había intentado antes, pero su voz era distinta: más firme, más rápida, Era imposible entender lo que estaba recitando, por ir el doble de rápido de lo que Kavi’el fue cuando recito el cántico.
El Ixya se arremolinaba a su alrededor, manchando sus venas con aquel negro absoluto que consumía la piel.
Y del cielo descendió Eduard.
Nadie supo cómo había llegado allí.
Apareció de la nada y cayó con fuerza descomunal sobre la criatura, estrellando sus pies contra la cabeza del Tecuani.
El golpe retumbó igual a un trueno, y el monstruo se desplomó, dejando expuesta la base de su cráneo.
El cántico de Soleil alcanzó su clímax.
Los sellos comenzaron a moldearse, uniendo sus líneas en una forma de aguja titánica que surgió sobre el Tecuani.
Con la última palabra del conjuro, la aguja descendió y se clavó en la nuca del engendro.
Los otros sellos se reorganizaron alrededor, transformándose en martillos espectrales.
Uno tras otro golpeóon la aguja tres veces, cada impacto resonando como el eco de una campana funeraria que se estremecía la calle entera.
El Tecuani aulló, los cuerpos de su collar se retorcieron, intentando arrancar el sello de su carne.
Su cuerpo monstruoso temblaba con violencia, buscando liberarse.
Pero Eduard, en lugar de alarmarse, escuchando con una burla cruel.
Se inclinó, levantó el brazo y descargó otro puñetazo contra la cabeza de la bestia, hundiéndola contra el suelo, asegurándose de que no pudiera escapar.
Cuando el tercer martillo resonó, la aguja terminó de hundirse en la nuca del engendro.
De inmediato, líneas negras y ardientes se expandieron por todo su cuerpo, dibujando un patrón que lo forzó a abrirse en forma de cruz, desmembrándolo en contra de su propia naturaleza.
Desde su interior brotó una luz incandescente, tan intensa que todos tuvieron que cubrirse los ojos para no quedar ciegos.
El Tecuani desapareció.
Se deshizo de una manera tan abrupta y sencilla que a Kavi’el le quedó un sabor amargo en la boca.
El conjuro que ese muchacho había pronunciado se escuchaba tan simple en sus labios, tan natural, que el Omega sintió la vergüenza morderle el pecho: de no ser por ellos, todos estarían muertos.
Rice no perdió tiempo y corrió hacia Kon, quien comenzaba a incorporarse al sentir sus extremidades respondiendo de nuevo.
Su abuelo seguía erguido a su lado, inmóvil como una estatua.
Kon lo miró primero a él, luego a Rice… ¿acaso nadie más podía verlo?
—No podemos descuidarte ni un segundo, chico.
—La voz de Eduard retumbó con autoridad, captando la atención de todos, incluso de aquellos ojos en espiral que flotaban en la penumbra—.
¿No se te advirtió que era peligroso salir sin compañía?
—Quería… —Kon intentó explicar que iba en busca de su abuelo, que necesitaba respuestas, pero la voz se le quebró en la garganta.
De pronto, hablar se volvió imposible, como si hubiera olvidado cómo se hacía.
Alzó la vista.
Los ojos en espiral lo observaban sin parpadear, hasta que las formas comenzaron a torcerse en dedos alargados que se movieron de un lado a otro, exigiendo silencio.
Una orden muda.
Y Kon obedeció, sin comprender por qué su abuelo se esforzaba tanto por no ser visto.
—¿Tanto odias que te encontramos?
—preguntó Eduard, con una seriedad cortante—.
Aún no comprendes el peligro que representa tu sola presencia.
Kon se sintió reprendido como un niño fugitivo.
Pero en el gesto de Eduard no había ira: había una gravedad severa que se ablandó cuando sus miradas volvieron a cruzarse.
—Ahora lo crees, Kon?
—sentencia Eduard, de nuevo con una sonrisa—.
Estás en constante peligro.
La próxima vez, procura no hacerte el interesante y salir sin avisar.
Chasqueó los dedos.
—Cuarentena.
Antes de que el abuelo pudiera alcanzarlo, tentáculos surgieron de la nada, envolviendo a Rice ya Kon.
Los arrancaron del límite de Fergus y los arrojaron junto a Morgart, que los sostenía con un simple ademán de su brazo alzado.
Kavi’el también fue atrapado, al igual que el estudiante de lentes que había desencadenado el caos.
Los cuerpos quedaron suspendidos, amarrados en un mismo punto, como presas ensartadas en brochetas.
Mientras todos forcejeaban, Eduard se acercó con calma, disfrutando de ver sus expresiones antes de dar la sentencia final.
—Estuvieron en contacto directo con un Etha.
Eso los convierte en potenciales infectados.
Para evitar que la maldición se propague, deberán ser puestos en cuarentena.
—¿Qué es un Etha?
—Pregunto Kon, mirando de reojo a la entrada del hotel.
—Así es como ellos llaman a los Tecuani —Respondió Rice.
—Exacto, que te den una estrellita por estar bien informado.
SI no estuviera envuelto por el tentáculo de un pulpo, Rice ya hubiera golpeado esa fastidiosa sonrisa burlona.
—¡Soy parte de la Orden del Tlan!
—Kavi’el alcanzó a protestar entre los dientes, escupiendo un trozo viscoso de molusco que le había obstruido la boca—.
Es mi deber reportar e informar lo ocurrido esta noche.
Eduard ni siquiera lo miró.
Solo replicó, con diversión: —Tendrás un cuarto exclusivo para ti.
Allí podrás escribir todo lo que quieras… durante los cuarenta días que dure la evaluación.
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