La canción del dragón - Capítulo 33
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33: Cuarentena 33: Cuarentena Ares entendía la decisión de Eduard de aislar a su hijo después del accidente con el Tecuani; él hubiera hecho lo mismo en su lugar.
También comprendió por qué le sugirió no acompañarlo cuando salió a buscarlo.
Después de que se fue, la alarma de infección comenzó a sonar y todos se vieron obligados a seguir el protocolo dictado por las autoridades.
Mover a los mellizos fue lo más difícil: no tenían idea de lo que era un Tecuani ni del protocolo de seguridad que enseñan en la escuela.
Fue una suerte tener a esa chica pecosa con ellos.
Se presentó como Sarah y supo cómo hablarles para que obedecieran sin protestar.
Ares conocía el mundo, sus reglas y lo que ocurría cuando alguien las rompía, pero no pudo contener la frustración: —¿Por qué la cuarentena debe ser en mi casa?
Ese bastardo de Eduard había traído a su hijo y a un par de desconocidos bajo su techo, paseándose como si fuera suyo.
Sabía por qué lo hacía: era su manera de vengarse por aquella conversación que tuvieron.
¿Se podía ser más infantil?
Como si leyera sus pensamientos, Eduard apareció a su lado.
No usó silla alguna; simplemente cruzó las piernas y quedó flotando cómodamente en el aire.
—No tengo dónde echarlos —se excusó con descaro.
—Claro que tienes.
Cada localidad registrada cuenta con una zona de cuarentena para los infectados de Tecuani.
—No sé qué es un Tecuani.
—Hazte idiota.
El insulto era común en esas tierras, y Eduard, maestro de las lenguas, entendió de inmediato que era la manera de Ares de advertirle que no caería en sus mentiras.
Pero al Lobo siempre le fascinaban los retos.
—¿Por qué no vienes y me lo haces tú?
Ares sintió la repulsión crecer.
¿Cómo era posible que Osiris y él provinieran de la misma familia?
—No me importa tener aquí a mi hijo y a Rice —dijo con firmeza—, pero no quiero a esos dos desconocidos en mi casa.
¿Y si están infectados?
—Eso no lo sabremos hasta dentro de cuarenta días.
—Y mientras tanto, podrían contagiar a todos.
No solo eso: uno de los infectados había intentado secuestrar a su hijo.
El Omega que los acompañaba incluso intentó arrestarlo, y Morgart tuvo que intervenir para liberarlo.
Ares no podía sentirse cómodo con un secuestrador bajo su techo.
—Al menos llévate a ese cuatro ojos.
Ya escuchaste al policía: él es el culpable de todo esto.
—Por supuesto, por supuesto… —dijo Eduard, alzando las manos como si eso pudiera apaciguarlo—.
Pensaba enviarlo con Soleil para que lo interrogara aparte.
Puede llevarnos con Madre.
Ares arqueó una ceja ante aquella mención.
—¿Madre?
—Así llaman a la mujer que lidera un nuevo culto.
Soleil la vio en persona y confirmó lo peligrosa que es.
No solo sabe manipular, también es casi imposible de matar.
—¿No puedes acabar con ella?
Eduard desvió la mirada, incómodo, buscando cualquier rincón por donde escapar de la pregunta.
—Digamos que es muy astuta —respondió al fin—.
Ni siquiera yo logro encontrarla.
—Eso es grave.
—Por eso mi oferta no es tan mala: deja que me quede con el collar y entrene a tu hijo.
A Ares le supo amargo escuchar esas palabras de la boca del Lobo.
Dieciséis años sin molestarse en ver a Kon, para llegar ahora y ofrecer un trato que no le daba beneficio alguno.
No importaba cuánto amara a Osiris: Eduard nunca ofrecía nada sin ganar algo a cambio.
—¿Qué quieres realmente?
—¿Salvarle la vida a mi sobrino no es suficiente recompensa?
—No cuando ni siquiera sabías cómo se veía tu sobrino.
Eduard suspiró, cansado de dar vueltas en círculo.
—¿Podrías dejar de ser tan necio?
Bien, si no confías en mí, puedes estar presente en todo momento.
Asigna vigilantes, que cuenten mis pasos, que informen lo que hago.
Incluso puedes dejar a ese joven Silex a su lado mientras esté con tu chico.
¿Qué dices?
Pero Ares no pensaba ceder tan fácil.
Él también tenía condiciones.
—Quiero un seguro.
—¿Cuál?
—gruñó Eduard con fastidio.
—Que la chica Sarah se quede para ayudarme con los mellizos.
—El rostro de Eduard se ensombreció al oírlo; al fin estaban hablando en los mismos términos—.
No lo sabes porque estabas ausente, pero ella se lleva muy bien con los niños.
Fue quien los llevó a la zona segura.
Además, creo que ella y mi hijo son buenos amigos.
Cómo deseaba Ares tener una cámara para guardar la expresión que le estaba regalando su cuñado.
Al final, Eduard no tuvo más opción que aceptar.
—Trato.
❯────────────────❮ En el piso de abajo, el ambiente era más tenso que en la planta superior.
Los mellizos permanecían arrinconados, con la guardia en alto, sin quitarle la vista de encima a los invitados de anoche.
Sarah se movía inquieta sobre su asiento, aburrida de tanta espera.
Morgart hojeaba un libro con aire despreocupado, y Soleil permanecía de brazos cruzados, paciente, aguardando a que su jefe terminara la conversación.
Incapaz de soportar el silencio, Sarah dejó de balancearse y volvió a fijarse en los hermanos.
La chica era bonita, sí, pero el muchacho… él acaparaba toda la atención.
Sarah sentía que estaba frente a uno de los mensajeros de la diosa Cronn.
Según le había dicho Eduard, todos sus seguidores gozaban de una belleza tan hipnótica que podía tumbar hasta a los más fuertes.
Y no era mentira: incluso Eduard había caído bajo su encanto.
—¿De dónde son?
—preguntó Sarah, clavando los ojos en Deirdre.
El Omega, ya fastidiado por la intensidad de aquella mirada, arqueó una ceja.
¿Quería perforarle la cabeza con los ojos o qué?
—No es de tu incumbencia —respondió, cortante, jactancioso.
—Ay, vamos.
Ustedes me dicen y yo les digo, ¿vale?
Silencio.
La hermana se encogió aún más en su lugar, y Sarah acabó girando de nuevo sobre la silla, frustrada.
Pero entonces Naois miró a su hermano, y él lanzó la pregunta que los había estado carcomiendo desde la noche anterior: —¿Qué son los Tecuani?
Sarah dejó de girar al instante.
—Así llamamos a los seres nacidos de Omegas hombres.
—¿¡Qué!?
—Deirdre se llevó las manos al estómago, como si quisiera proteger su vientre.
La palabra lo heló de miedo, mucho más de lo que Sarah esperaba.
—Es una maldición de la diosa Lirysha —explicó la morena con calma—.
Si un Omega practica la sodomía, será “recompensado” con un bebé.
—¿Cómo demonios es eso una recompensa?
—escupió Deirdre.
—No lo llamaría recompensa —intervino Soleil, con voz grave—.
Los Tecuani son criaturas que se deleitan con la violencia y el sufrimiento.
Consumen la vida de todos a su alrededor, incluso la de sus propios gestores.
Crecen devorando al Omega que los lleva dentro, y cuando acaban con él… salen para seguir comiendo.
Mientras más hablaba Soleil, más se encogía Deirdre en su asiento.
La sola idea de que un monstruo semejante pudiera gestarse en su vientre lo hizo estremecerse.
—Un segundo… —balbuceó, súbitamente pálido—.
¿Solo le pasa a los Omegas que tienen parejas masculinas?
Sarah asintió despacio.
—Nadie sabe exactamente por qué ocurre.
Yo creo que es porque a la Diosa le divierte jugar con la naturaleza.
No en vano es la diosa del delirio y del deseo.
—No es justo… ¿por qué solo a los Omegas?
—Porque son los seres con mayor cantidad de PhI que existen.
Deirdre frunció el ceño.
Otra palabra que no entendía.
Había sido Omega toda su vida, pero en esos cuatro días había aprendido más de su casta que en los veinte años que llevaba vivo.
—Quiero decir, su energía vital —aclaró Sarah—.
La cantidad de PhI con la que naces define tu casta y especie.
¿Nunca les hicieron el examen de raza?
Con cierta vergüenza, ambos negaron.
—Es obligatorio en todas las familias con hijos.
Con ese examen se conoce el destino del individuo y los parámetros médicos para toda su vida.
Deirdre desvió la mirada, molesto.
—Nunca necesitamos de ese examen para saber lo que somos.
Estoy seguro de que mi hermana y yo sabemos más que cualquier Alfa u Omega criado en esas escuelas especiales.
—Y aun así no sabían lo que son los Tecuani —contraatacó Sarah.
—Eso es distinto.
Nunca en la vida nos hemos topado con uno.
—Por supuesto —replicó Soleil, estudiando las reacciones del Omega con creciente interés—.
El control de las autoridades sobre los Omegas es tan estricto que los exorcizan antes de que el Tecuani nazca.
Los síntomas son evidentes, y la iglesia ha dejado muy claro el castigo que espera a quienes resultan infectados.
Por eso muchos prefieren evitarlo.
Deirdre apretó los puños.
Los sentimientos no podían prohibirse con amenazas.
Estaba convencido de que la iglesia usaba esa maldición como otra excusa para someter a su casta, en lugar de buscar una forma real de detenerla.
—¿Nadie ha encontrado una manera de acabar con esto?
—preguntó con un hilo de voz.
—Mientras la Diosa exista, no habrá cura.
Deirdre soltó una risa seca, amarga, sin pizca de humor.
Al notar cómo el pesimismo comenzaba a apoderarse del cuarto, Sarah intentó disiparlo cambiando de tema: —Dime, Soleil… ¿A qué hora vamos a salir de aquí?
—Después de cuarenta días.
—¿¡Qué!?
—los dos casi saltaron de sus asientos.
Deirdre fue el que mostró más furia, pero Sarah se adelantó—.
¿Y eso por qué demonios?
La risa seca de Morgart rompió el silencio.
Le resultaba irónico: hacía unos minutos Sarah hablaba como si fuese una experta en Tecuani, pero ni siquiera sabía la razón del encierro.
—Toda persona que haya estado en presencia de un Tecuani debe ser observada durante cuarenta días —explicó Soleil, con calma—.
Es el tiempo necesario para comprobar si la maldición los alcanzó.
—¿Entonces… los Tecuani pueden contagiarnos?
—preguntó Deirdre, con la voz temblorosa.
—No es exactamente contagio —corrigió Soleil—.
Son como una cepa que queda suspendida en el aire.
Si quieres evitar que te encuentre y te posea, debes seguir ciertas reglas.
Las mismas que les enseñan en la escuela.
—Sí, sí, esas las recuerdo —Sarah trató de sonar segura mientras las enumeraba con los dedos—: evitar todo tipo de luz, no usar armas de fuego ni pólvora, no entrar en contacto con los fluidos de la criatura ni de los contagiados, no matar al Tecuani sin conocer el procedimiento, y… —Evitar el color amarillo —la interrumpió Eduard—.
Cualquier objeto o prenda de ese color es un mal augurio.
Si aparece, lo mejor es huir del área de inmediato.
Su hermano lucía tan despreocupado como siempre, lo que delató a Morgart y Soleil que las negociaciones con Ares habían terminado a su favor.
—Entonces —preguntó Morgart, levantando apenas el libro que tenía en las manos—, ¿Cuánto tiempo?
Los ojos de Eduard se posaron en su hermana pequeña.
Al final, la que había ganado era ella.
—De acuerdo, Sarah.
Puedes quedarte en Matusalem.
—Lo dijo como una sentencia, aunque el descontento le endurecía la voz.
Luego giró hacia sus compañeros—.
Soleil, encárgate del cuatro ojos.
Quiero que le saques todo lo que sabe.
—Entendido.
—Morgart, tú vienes conmigo.
Revisaremos el pueblo.
El equipo de sanidad de Aztlapalco ya está en camino.
Encerrarán toda la zona.
—Enterado.
Sarah parpadeó, incrédula.
—¿Todo el pueblo estará bajo cuarentena?
—Oficialmente, sí.
—Eduard la miró con frialdad—.
Pero solo quienes están dentro de esta casa tienen prohibido salir.
—¿Por qué nosotros?
—Porque estuvieron en contacto directo con el Tecuani —respondió sin titubeos—.
Y no pienso lidiar con una manada de Thetas deformes solo porque alguno de ustedes quiso un poco de aire fresco.
Cuarenta días encerrada.
Sin poder trabajar, sin ver la luz del sol.
Cuarenta días que podían volverse una eternidad.
Sarah tragó saliva, y al fin comprendió la magnitud de lo que se avecinaba.
Cuarenta días… quizás suficientes para disculparse con Kon.
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