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La canción del dragón - Capítulo 34

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  4. Capítulo 34 - 34 Un viejo casete
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34: Un viejo casete 34: Un viejo casete Ni el imponente mastodonte de Eduard, ni la intimidante presencia de Morgart, ni siquiera la fría racionalidad de Soleil lograron detener a Thea en su decisión de entrar a la casa contaminada.

Si Ragnar había sido apartado con facilidad, ellos tampoco tendrían oportunidad alguna contra aquella mujer furiosa.

— ¿Cómo que Kon fue puesto en cuarentena?

¿Por qué nadie me lo dijo?

Yaotl, que se coló en la casa cuando Thea entro, gruño como si pudiera entender su enfado.

Ares culpó de inmediato a Eduard, presentándose como otra víctima de la situación.

Su mayor excusa fue: —¿Cómo esperabas que te lo dijera, si yo tampoco puedo salir?

Nos tienen a ambos encerrados.

Con esa respuesta, Ares se liberó de la ira de Thea, dejándola concentrada en Eduard como único blanco.

A ella no le importaba quién era ni qué lugar ocupaba en el mundo: él le iba a dar una explicación de todo… incluso de sus intenciones con Kon.

La actitud de Thea le resultó familiar a Eduard.

Le recordaba a uno de sus difuntos padres: igual de malhumorado, igual de inconsciente.

—¿Es la nueva mamá de Kon?

—preguntó, divertido por la situación.

—Sí, soy su madrastra.

Por eso tengo derecho a saber qué pasa.

El Drum levantó las manos, dándole la razón como si lo hubieran atrapado con las pruebas en mano.

—Si insiste… pero temo que no podrás salir de esta casa hasta después de cuarenta días de evaluación.

—¿Y eso por qué?

—Porque los que estamos aquí estuvimos en presencia de un Tecuani anoche.

El enojo que había consumido a Thea se deshizo en un instante.

La sola mención la dejó helada.

Un Tecuani… una de las maldiciones más horribles del mundo… había estado cerca de Kon.

Ella también había escuchado la alarma.

No era la primera vez que ocurría, pero siempre había asumido que Kon estaba en casa, como solía estar a esas horas.

—¿Entró a la casa?

—No, estaba afuera.

—Entonces… sí salió a esa hora.

Eso no era propio de Kon.

Desde había evitado la noche, salvo que lo tuviera anotado en su agenda con un día de anticipación.

Kon siempre había sido un chico meticuloso: organizaba todo por colores, abreviaciones u horarios, y le contaba cada detalle a Thea, experta en esquemas.

Por eso era obvio para ella: si Kon salió a esa hora, sin compañía, era porque habían discutido.

Lo único más fuerte en él que su obsesión por el orden era su pésimo carácter, capaz de estallar en gritos por un simple cambio de itinerario.

—¿Qué le dijiste?

—preguntó, clavando la mirada en Ares, que durante esos ocho años había sido el único capaz de hacer enojar tanto a Kon.

Ares también lo sabía.

Pero eso no significaba que soportara sus acusaciones.

Para él, Thea hablaba como si todas las discusiones fueran un capricho suyo, cuando lo único que hacía era preocuparse por el nulo desarrollo de Kon en sus habilidades y por su manía de encerrarse en una burbuja cada vez que algo lo abrumaba.

—Nada que le diera motivos para actuar así.

—¿Estás seguro de eso?

—Bueno… en este caso en específico… Thea no necesitó escuchar más.

Con solo notar cómo alargaba la frase, finciendo dureza en su expresión, supo al instante quién había tenido la culpa en esa discusión.

—Cuéntame lo que le dijiste —ordenó con frialdad—.

Así sabré cómo hablar con él.

❯────────────────❮ Pero los días pasaron y Ares no vio en su hijo el cambio que Thea había prometido.

El único que se podía quedar en su cuarto era Yaotl y Ares no podía decidir si eso era bueno o malo.

Aunque, según lo que escucho antes, las mascotas son la mejor compañía para los chicos.

Cuando ella llegó, la dinámica de la casa se transformó.

Tomó el control de todos los deberes del hogar, mientras que Eduard, Soleil y Morgart no pudieron salir hasta reparar cada daño que habían provocado en su presencia.

Ni Sarah se salvó: le tocó ayudar en todo momento, sin descanso hasta cumplir con su parte.

—Por lo menos no me aburriré estando aquí —bromeó Sarah, buscando ver el lado positivo.

Soleil, en cambio, estaba indignado de recibir órdenes de una mujer a la que consideraba irrelevante, cuando debería estar en el campamento de sanidad, trabajando junto a médicos y oficiales en el área infectada.

Era uno de los mejores videntes del mundo, un chamán con dones únicos que solo nacían una vez cada mil años.

Para él, cargar materiales era poco menos que una humillación.

—No hay nada que podamos hacer —le respondió Eduard a sus quejas—.

Tú y Sarah destrozaron la casa, ahora les toca arreglarla.

—Si es así, ¿por qué tú y Morgart andan de lacayos?

Su jefe se encogió de hombros, sin darle importancia.

—Soy tu jefe, Morgart es tu compañero.

¿Cómo íbamos a dejarte solo?

—A otro perro con ese hueso —bufó Soleil, sin tragarse una palabra—.

Solo quieres reducirle el trabajo a Sarah.

—Esto le ayudará a ser consciente de sus acciones ya entender que todo error tiene un precio.

—No creo que lo esté entendiendo muy bien.

Lo cierto era que Sarah soplaba sus manos, llenas de ampollas, y aún así seguía cargando ladrillos mientras no dejaba de hablar.

Ni siquiera Thea, que la llenaba de trabajo, lograba apagarle el ánimo.

Por cansada que estuviera, su boca no se callaba: lanzaba preguntas a todos sin parar.

Rice era quien menos la soportaba y cada vez que coincidían terminaban en discusiones que toda la casa escuchaba.

Rice la odiaba y no lo ocultaba.

Pasaba los días exigiéndole a Ares que la echara, alegando que era una mentirosa peligrosa y que Kon no estaba cómodo con ella.

Ares calmaba esas quejas recordándole que Kon no estaba cómodo con nadie.

Y no era mentira.

El muchacho se encerró en su cuarto durante todos esos días, refugiándose en los videos que había grabado con su madre en momentos especiales.

Allí la veía radiante, llena de vida y desbordando el amor infinito que sentía por él y por su padre.

Un amor que, de cierto modo, la había condenado.

En su vieja bocina sonaba la playlist que ella le había dejado: casi toda dominada por Queen.

Había sido fanática devota de Freddie Mercury y sus enormes dientes.

Siempre que la angustia lo sobrepasaba, Kon se refugiaba en esos recuerdos, buscando el apoyo que su madre le habría dado de seguir con vida.

Y en barriga de Yaotl, a quien usaba como almohada en ese momento.

Por eso no entendía por qué le había dejado ese collar.

¿Acaso el amor la había cegado?

¿O sabía que él jamás aprendería a usarlo y por eso estaría a salvo?

En esos momentos, deseaba con desesperación que ella estuviera allí, con él.

—Kon.

—La puerta se abrió sin previo aviso; su padre irrumpió, rompiendo su luto silencioso—.

Tengo buenas noticias.

Asistirás a una escuela de leyes en cuanto termine la cuarentena.

—Ya no hay peligro de morir?

—preguntó con sarcasmo.

Difícilmente podía ver eso como una buena noticia, con tanta gente tras su cabeza.

Yaotl fue más activo, al levantarse del suelo y colocarse en medio de ambos, en una pose protectora, eso indigno a Ares.

Si quien le compraba el alimento y sus juguetes era él ¿así le pagaba?

Eligio ignorar al perro para seguir hablando con su hijo.

—Quieres entrar a la universidad, ¿no?

No podrás hacerlo si no terminas tus estudios —continuó Ares, intentando sonar lo más normal posible para no incomodarlo.

— ¿Vas a enviarme a la escuela de leyes?

—Kon lo miró escéptico.

—Nunca dije que no lo haría.

—La expresión de Ares parecía al borde del grito, ofendido por la visión que su hijo tenía de él.

Sin embargo, se contuvo—.

Solo sugerí que sería mejor que tomaras mi lugar, en vez de perder el tiempo en una universidad.

—Para ir a las montañas y entrenar hasta quién sabe cuándo?

—No tienes que hacerlo.

Si tu sueño es volverte fiscal, entonces hazlo.

Yo pagaré todos tus gastos.

Solo no falles en la escuela.

Para Kon, aquello era desconcertante.

El mismo hombre que durante años lo había presionado para convertirse en un Alfa fuerte, digno de heredar el liderazgo, que le repetía que la escuela era un desperdicio y lo mejor era entrenar en la naturaleza… ahora lo alentaba a seguir sus deseos.

—Escuché que esa escuela tiene un club de derecho.

Van a conferencias importantes, cosas así.

—De pronto, a Ares le pareció más interesante observar el polvo acumulado en la esquina de la puerta que mirar a su hijo a los ojos—.

Como a ti te gusta tanto todo eso… pensé que estaría bien.

—Thea ¿te convenció?

—preguntó Kon, buscando explicación al arrepentido cambio.

—Tal vez —admitió, cruzado de brazos—.

Pero no creas que no lo pensaba desde antes.

Te dejé en la preparatoria del pueblo para ahorrar para tu universidad.

¿Cómo dices que se llama la escuela?

¿PE…?

—PEC.

—¡Eso!

Revisé las colegiaturas y también los proyectos que hacen cada año.

Se ven interesantes.

Kon seguía igual de confundido.

¿Su padre había pensado así todo el tiempo?

Si se lo hubiera dicho antes, él no habría perdido energías buscando trabajo.

Entonces, ¿por qué contárselo hasta ahora?

—Y en tu búsqueda, ¿también encontraste este colegio para que estudiara derecho?

—No fui yo.

Alguien me lo sugirió.

—¿Quién?

—Sara.

Ella buscó entre todas las preparatorias una que tuviera lo que te gusta.

—Sara… El nombre le pesaba como plomo.

Quiso odiarla, pero esa chispa de gratitud incómoda no lo dejaba en paz.

Esa chica hacía lo que quería, sin medir consecuencias.

Se había metido a su casa a robar el collar de su madre.

¿Pensaba que podía perdonarla solo porque encontró una escuela que le gustaba?

Ni con todas las disculpas del mundo volvería a verla como una amiga.

Para él, ella y Rice eran solo mentirosos.

Y aún así, hacían cosas impensables: darle sus zapatos, pasar horas cuidándole las espaldas sin esperar nada a cambio.

¿Eran tontos?

Al menos ellos se levantaban y seguían adelante.

¿Y él?

¿Qué clase de Alfa era, escondiéndose en su habitación, dejando que todos resolvieran los problemas por él?

¿Por qué nadie entraba a reclamarle?

¿Por qué no lo sacaban a la fuerza a base de golpes?

En vez de eso, lo protegían.

Siempre.

—Qué idiotas… —murmuró.

Ares se quedó boquiabierto, sin saber si su hijo se refería a él, a Sarah… oa sí mismo.

Cerró la puerta despacio, como si temiera hacer ruido, dejando a Kon de nuevo solo frente a esos videos.

No estaba seguro si aquello había sido una buena charla o simplemente una huida estratégica.

Había dicho lo que debía decir, entonces ¿por qué sentía que lo había empeorado?

—Qué lindo niño tienes.

—Eduard apareció a su lado, recargado contra la pared con los brazos cruzados, tan silencioso como un fantasma—.

A su edad los chicos suelen ser más rebeldes.

Yo ya me hubiera escapado por la ventana.

Ares lo miró de reojo, frunciendo el ceño.

— ¿No deberías estar reparando mi casa?

—Es mi hora de descanso.

—Mintió con tanta soltura que cualquiera le habría creído.

—Thea no opinará lo mismo.

—Tienes una mujer tan aterradora.

—Dijo, girando entre los dedos una manzana que había robado de la cocina—.

¿Quién diría que te buscarías una segunda esposa así de intensa?

¿Qué te hizo fijarte en ella?

Ares exhaló con fastidio.

No tenía ganas de darle tantas vueltas al asunto; su segundo matrimonio no era tema de conversación, pero sabía que Eduard no lo dejaría en paz hasta sacar una respuesta.

—Le agrada a Kon, ¿no te diste cuenta?

Ella es la única que puede entrar y salir de su cuarto sin problemas.

Nunca le pongas peros.

Eduard arqueó una ceja, sonriendo con sorna.

—¿Eso fue suficiente para ti?

— ¿Tienes algún problema con cómo elijo a mis parejas?

—En absoluto, es solo que… Las palabras se disolvieron en el aire cuando Eduard bajó la mirada a la manzana en sus manos, evaluándola antes de darle una enorme mordida.

El crujido llenó el pasillo.

Recordó con gracia las palabras que Thea les lanzó a él ya su grupo el primer día que los conoció, cuando intentaban escabullirse: ” Ustedes rompieron la casa.

No piensen que aquí las normas cambian porque quien las haya roto tenga título o poder.

Aquí se paga lo que se rompe.

” Con la boca llena, Eduard habló entre risas: —La gente como nosotros necesita a alguien que nos ponga los pies sobre la tierra.

De otra forma, seríamos un desastre.

—Le dio una palmada amistosa en el hombro a Ares—.

Me agrada Thea.

Ares lo observará devorar el resto de la manzana en apenas unos segundos, antes de verlo alejarse hacia sus compañeros para continuar con las reparaciones.

¿Una persona que ponga los pies sobre la tierra?

Sí, esa frase le vendría bien a su hijo.

En ese momento necesitaba a alguien que le abriera los ojos y lo obligara a enfrentar la realidad.

Y, por alguna razón, Thea parecía ser la única capaz de hacerlo.

Un ruido en la cocina lo distrajo.

Pronto sería la hora de la cena, así que Thea debía de estar ocupada preparando la comida, asistida por los mellizos.

La presencia de ella había logrado abrirlos más que nada ni nadie.

Ni siquiera Ares, que les había salvado la vida, gozaba de tanta cercanía.

Sus habilidades maternas, pensaron con una media sonrisa, daban miedo.

Al poco tiempo de conocerla, Deirdre y Naois abandonaron el rincón donde siempre se sentaban, bajaron la guardia y comenzaron a hablar más seguido… bueno, solo Deirdre hablaba; Naois debía escribir lo que quería decir.

Ante eso, a Sarah se le ocurrió instalar una aplicación de voz en el teléfono de Ares: cada vez que Naois quisiera expresarse, solo debía escribir en el teclado y la bocina del celular hablaría por ella.

La idea hizo sonreír a la Alfa por primera vez desde que llegó.

Tal vez fue por eso que Deirdre terminó aceptando a Sarah en su círculo íntimo.

Ella y Thea habían logrado lo que ni Ares ni Kon hubieran conseguido en meses.

Por eso, los cuatro estaban ahora en la cocina, terminando de preparar la merienda.

Una actividad que parecía dispuesta a convertirse en costumbre durante cuarenta esos días.

A Sarah le gustaba cocinar, aún si no era tan buena en ello.

Revolver ingredientes, o simplemente observar a los demás hacerlo, la ayudaba a dejar de pensar demasiado y disfrutar del momento.

Además, el buen olor era una recompensa de la que nunca se cansaba.

Ver a Thea en acción resultó ser más entretenido de lo que imaginó.

Esa mujer tenía años de experiencia y un instinto natural para combinar sabores.

Podía mezclar chile con chocolate sin que con un gusto borrara al otro, logrando que todos pidieran una segunda porción.

— ¿Vas a ayudar o solo te vas a quedar observando?

—preguntó Deirdre, empujándola suavemente con el hombro para pasar con el pollo hervido.

—Puedo hacer ambas cosas.

—Sarah arqueó una ceja con una sonrisa traviesa.

Para demostrar su punto, tomó la cacerola que Naois llevaba y la colocó al lado de Deirdre.

—¿Ves?

Ayudo.

—Ayudarías más si no estorbaras.

—refunfuñó el Omega, dándole la espalda para ir por la tercera y última cacerola.

Sarah lo siguió con la mirada, divertida.

—¿Por qué andas siempre tan amargado?

Había escuchado que los Omegas son de las especies más amables.

Deirdre se detuvo en seco en la entrada de la cocina, girándose despacio.

Sus ojos se crisparon de enojo.

—Supongo que eso lo dijo otro estúpido humano.

¡Claro!

Ellos creen saberlo todo de todos, incluso de mi especie, mejor que yo mismo.

Sarah se llevó las manos a la cintura, incrédula de que alguien tan pequeño pudiera ser tan malgenioso.

—Tan sabio eres, y sin embargo no sabías lo que era un Tecuani.

— ¿Sigues con eso?

—bufó—.

Que sepas una cosa no te hace experta en mi especie.

—Yo solo repito lo que escuché, no estoy afirmando nada.

—Entonces no hables como si lo hicieras.

¡Por la diosa, eres insoportable!

—Yo no soy la que se la pasa maldiciendo a todos cuando solo quieren ser amables.

Deirdre avanzó hacia ella con intención de encararla, queriendo verso más intimidante, pero terminó chocando con Thea.

El arroz que llevaba estuvo a punto de caer al suelo.

Ambos chicos se lanzaron de inmediato a sostener la olla, aterrados por la idea de más horas en la cocina… y peor aún, con una Thea furiosa.

—Uy.

—Sarah se llevó la mano al pecho, conteniendo una risa nerviosa—.

¿Está bien?

La mirada de Thea fue suficiente respuesta: no, no estaba nada bien.

—Si van a discutir, háganlo afuera.

Aquí no arruinen nada.

Deirdre se apresuró a disculparse.

En ese momento entró Naois con la última cacerola de pollo.

Se quedó en la puerta, confundida, al ver a los tres tan juntos, sin saber lo que había ocurrido o de quién hablaban.

Entonces Sarah notó algo bajo la manga de Thea: una fea marca que rompía la blancura de su piel.

—¡No puede ser!

¿Te ultimo?

El rostro de Deirdre se descompuso de inmediato.

El pánico lo impulsó a acercarse, convencido de que su pelea había provocado la herida.

Si no era grave, podía intentar curarla, pero Thea se mostraba tranquila.

Depositó el arroz sobre la mesa y regresó a la estufa, donde el mole seguía hirviendo.

—No se preocupen.

Es una cicatriz.

Ya tiene tiempo.

— ¿Cómo te hiciste una cicatriz así de fea?

—preguntó Sarah, aún impresionada.

Thea se llevó los dedos a la marca, que tenía forma de mordida, y cerró los ojos un instante.

—Fue Kon.

Me mordió cuando era pequeño.

Sarah se mordió el labio, arrepentida de haber preguntado.

¿Qué debía responder?

¿Un “lo siento”?

Deirdre, en cambio, tomó la mano a su propio brazo derecho y miró a Naois, buscando permiso.

Su melliza, sintiendo la empatía que lo invadía, ascendiendo.

—Yo también tengo heridas similares.

—Confesó, arremangándose la manga y mostrando cicatrices de arañazos, como hechas por un animal salvaje—.

Naois me las hizo cuando éramos niños.

Ante su confesión, Thea sonriendo con calidez.

—Cuando son pequeños, los Alfas suelen alterarse con facilidad.

Se asustan por todo y reaccionan con instintos.

Es su forma de protegerse.

—¡Si!

Lo entiendo.

—exclamó Deirdre con emoción, aunque enseguida bajó la voz, avergonzado—.

Naois no lo hizo para lastimarme… fue porque yo intenté detenerla.

— ¿Y lo lograste?

—preguntó Thea con suavidad.

Naois se acercó en silencio, dejando que el celular hablara por ella.

—No sé cómo fue con ustedes… —prosiguió Thea, mirando la cicatriz de su brazo—.

En mi caso, entendí que era mi deber calmar a ese niño asustado.

Aunque duela, no lo sueltas.

Te importa demasiado para hacerlo.

Deirdre ascendió, sin palabras.

Naois sintió en su mellizo ese torbellino de emociones que pocas veces lograba expresar.

Fue un alivio para ambos encontrar, al fin, un espacio donde podían liberarlas.

Sarah, en cambio, observaba en silencio, sin comprender del todo lo que acababa de pasar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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