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La canción del dragón - Capítulo 35

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35: Only you 35: Only you Era apenas un niño de ojos grandes, vestido de blanco, con guantes de encaje y escoltas a cada paso.

Pero esa tarde los había dejado atrás.

Cada año, las caravanas gitanas llegaban al centro de la ciudad para vender especias, espejos, tabaco, telares vivos que cambiaban de color al sol.

El templo donde se crió era diplomático: no les cerraba las puertas, pero los encerraba en el patio bajo vigilancia.

Kavi’el siempre escapaba a verlos.

Corrió entre los puestos con el corazón latiéndole como un tambor.

Tocó máscaras talladas, se llevó en la lengua el sabor del tamarindo, del anís y del jengibre.

Y entonces vio a un anciano rodeado de niños y llamas.

Giraba antorchas como si fueran alas.

Cantaba mientras el fuego dibujaba figuras: —Imagina una tierra donde el sol se vuelve oro —continuó el viejo—.

Donde las monedas no son de cobre, ni de plata, ni de papel.

No, niños…

son hechas de alma, tallada con la cara de los dioses.

Cada moneda cuenta una historia.

Una oración.

Un pacto con la tierra.

Kavi’el se quedó quieto.

Hipnotizado.

El fuego formaba calles, puentes, mercados.

Y una pirámide de llamas que se alzaba por encima de todo, tan grande que rozaba el cielo.

—Mientras serpentean por sus bazares verás criaturas sin par… humanos y bestias bailando igual… La llama crepitó, cambió de color, se volvió azul.

Un dragón emergió del humo, aleteando con furia, tan grande como él y voló rodeandolos a todos en una danza mística que iluminó los ojos del joven Omega.

El fuego era tan diferente y ese dragón tan grande que parecía imposible que se posara en la pirámide sin romperla, pero lo hizo y se fusionaron.

El dragón y el templo se volvieron uno.

—Dicen que los Alfas nacen bajo el sol —murmuró el gitano—.

Que ese sol los fortalece o los quema.

A veces, al mismo tiempo.

De pronto, el fuego se apagó, dejando solo un nítido humo de colores y devolviéndolos a esa realidad en la ciudad Otomí, rodeados de coloridas caravanas y especias.

El viejo les enseño unas semillas de un color marrón intenso.

—Los Alfas no entienden el valor del cacao ni de la flor de Ololiuqui.

Te las dan por un poco de sal o un espejo de cobre.

Regatean como fieras, pero no por codicia, sino por orgullo.

—¿Y por qué no volvieron?

—preguntó uno de los niños presentes.

—Mi hermano dice que los gitanos ya no tienen permitido entrar de nuevo a la isla.

El gitano lo miró con tristeza.

Con la pena de quien ha perdido algo hermoso.

—Porque cerraron las puertas.

Y cuando los Alfas cierran, cierran de verdad.

Ni dragones ni diplomáticos han vuelto a cruzar esas aguas.

Nadie ve ya la pirámide dorada que una vez fue montaña.

Nadie huele las especias flotando en los bazares.

Nadie oye el tambor de los templos, donde el dragón grita en piedra.

Nadie ve la danza.

—¿Danza?

—preguntó Kavi’el.

—La danza de los cuerpos y la música.

La magia de vivir sin cadenas, sin curas que te digan cómo amar o a quién temer.

Allá vi a hombres besar a mujeres con colmillos, y a bestias cargar niños en la espalda.

Vi estatuas que respiran de noche.

Y vi un dragón azul aterrizar sobre El Dorado, el palacio del Rey.

Y todos callaron cuando él rugió.

Kavi’el tembló de emoción de solo imaginarlo, Un lugar así de extraño…

sonaba imposible de existir.

—¿Usted estuvo ahí?

—No, pero mis ancestros sí que estuvieron y vieron como el dragón azul hacía llover con solo volar.

—¿Cómo se llama ese lugar?— No pudo ocultar su emoción cuando pregunto.

El gitano sonrió, mostrando sus dientes dorados.

—Aztlan.

❯────────────────❮ La llamada de su teléfono lo despertó de golpe.

Se incorporó con rapidez, tomando el aparato como si fuera un salvavidas.

Rezaba en silencio que fuera Zarvael.

En todos esos días encerrado contra su voluntad no había recibido ni una sola llamada de su compañero.

¿Qué clase de compañero era ese?

Pero eso cambiaba hoy.

Después de siete largos y aburridos días, al fin vio su nombre reflejado en la pantalla.

Contestó al instante, la furia acumulada lista para estallar.

—¿Por qué te comunicas conmigo hasta ahora?

—soltó sin darle tiempo a responder—.

Llevo días buscándote ¿dónde demonios estabas?

—No te molestes, que afuera todo es un caos —replicó Zarvael.

Su voz llegaba entrecortada por la mala señal—.

¿Crees que eres el único que la pasó mal?

Ese condenado ataque nos costó días sin dormir.

¡No me he bañado en tres días!

No era para menos.

Los Tecuani eran de las maldiciones más infecciosas del planeta; su propagación podía arrasar con reinos enteros si no se controlaba a tiempo.

—¿Alguien de la oficina resultó contagiado?

—preguntó Kavi’el, por primera vez desde su encierro, pensando en lo que ocurría afuera.

—Todo un escuadrón de novatos.

Un idiota dejó las luces encendidas y… bueno, ya sabes lo que pasó.

Por suerte, lograron contenerlos.

—¿Quiénes?

—El Lobo.

Lo único bueno de esta basura fue conocer a Eduard Drum.

Actúa como un profesional… aunque ni siquiera pude saludarlo.

Kavi’el apretó la mandíbula.

Si supieras que yo hablé cara a cara con él… te morirías de celos.

Pero ese no era el punto.

—Zarvael, escucha.

Necesito que informes a los superiores lo que acabo de descubrir.

—¿Tiene que ver con el hombre desaparecido?

—Sí.

Y es mucho más grande de lo que imaginamos.

Toma nota si es necesario, porque será el informe más largo que hayas hecho.

—¿Tan grave que debo reportarlo directamente a Kira?

—Grave es poco.

Si no hacemos algo, todo el mundo corre peligro.

El silencio de Zarvael, interrumpido solo por el trago nervioso de saliva al otro lado de la línea, fue suficiente para saber que le estaba dando el peso necesario.

Perfecto.

Así debía ser.

Kavi’el se lanzó entonces a narrar todo lo que había descubierto en esos días: el ataque del Tecuani, la relación con los desaparecidos, la verdadera identidad de Madre —un secreto que ni siquiera debía confiarle, por ser de máxima confidencialidad— y el trato que había hecho con Eduard.

Ambos querían salvar a la gente, pero Eduard exigía discreción a cambio de información.

Un precio justo.

—La secta que Ali y Raka’el investigan es la misma que secuestró al profesor.

Todos esos asesinatos fueron sacrificios para alimentar al Tecuani.

Lo drogaban con zul para evitar que sintiera dolor… y esas personas se entregaban voluntariamente, en nombre de su líder.

—¿Con qué propósito hacían eso?

Kavi’el apretó los labios.

Conocía la respuesta, aunque Eduard no se la hubiera dado.

Ese chico llamado Kon era el objetivo.

Todos los ataques apuntaban a capturarlo.

El Mesías de un nuevo mundo, así lo llamaban.

Oficialmente, la secta decía buscar un amuleto místico enterrado en Xictli, una reliquia de los Drum.

Pero Kavi’el no se lo creía.

No después de escuchar cómo se referían al niño.

—Según el Lobo Feroz, buscan esa reliquia.

Él mismo vino a Matusalem por lo mismo… y tampoco la encontró.

Cree que la conclusión es errónea.

—Lo entiendo.

¿Qué más debo reportar?

Hablaron casi una hora.

Zarvael era novato, apenas nueve meses en el Tlan, y jamás había redactado un informe formal.

Ni siquiera tenía autorización para acercarse a Kira.

Necesitaba de la guía de Kavi’el para que el reporte pasará el filtro de Citlali, la secretaría de la jefa.

Aquella mujer no leería ni una alerta mundial si no estaba con la sangría correcta.

La perfección era lo mínimo que se les pedía a los Omegas.

Kavi’el tuvo que colgar cuando escuchó la puerta abrirse: era la comida del día.

El único que lo atendía era aquel Omega de cabello bonito.

Pensaban que se sentiría más cómodo así, con alguien de su casta y no con un depredador.

Racistas… No todos los Omegas le temen a un Alfa.

Deirdre dejó el plato sobre un mueblecito junto a la puerta.

—La señora Thea pregunta si necesita algo más.

Por sus gestos rápidos y su forma de moverse, Kavi’el sospechó que había trabajado como camarero en algún bar del pueblo.

Quizá sabía más de la zona de lo que aparentaba.

—Si no necesita nada más, lo dejo solo.

—Espera.

—Kavi’el extendió la mano, aunque no había nada que pudiera detener al chico—.

¿Cómo está tu hermano?

No lo he visto desde el ataque.

Deirdre frunció el ceño.

La sangre le subió al rostro en un rubor de enojo.

¿Hermano?

Tuvo que morderse la lengua para no soltarle en cara que Ares y Kon eran dragones, que jamás compartiría sangre con esa “bestia”.

—No es mi hermano.

Solo estoy aquí por una deuda —respondió con frialdad.

—Oh… ya veo.

El aire se volvió pesado con el malentendido, pero Kavi’el insistió: —En fin… ¿Se encuentra bien?

—No lo sé.

También está encerrado en su cuarto.

—¿Ha dicho algo raro?

¿Alguien más ha intentado entrar en la casa?

Deirdre se cruzó de brazos, cansado de sus preguntas.

—Si alguien hubiera intentado entrar, ya lo habrían atrapado —contestó, con un tono que lo hizo sentir como un completo idiota.

Kavi’el suspiró, resignado.

No esperaba amabilidad, pero tampoco tanta hostilidad.

Ese chico tenía una vibra extraña, casi como si odiara a los de su propia casta.

—De acuerdo.

Gracias.

Eligió dejarlo ir.

De todas formas, no iba a sacarle nada más.

❯────────────────❮ La cocina aún olía a chile y chocolate derretido que hicieron para comer.

Thea y Ares comían con la calma de quienes saben disfrazar la preocupación en gestos rutinarios.

Ella le servía un poco más de guiso mientras bajaba la voz, casi murmurando, y Ares respondía igual, con frases cortas y un tono que no dejaba lugar a dudas: estaban hablando de algo serio, algo que Sarah no debía escuchar.

Desde el comedor, la muchacha fingía comer, pero en realidad mantenía el oído alerta, intentando atrapar al menos una palabra clara.

Alcanzó a distinguir “traslado” y “contactos”, pero nada más.

Frunció el ceño, inclinándose apenas hacia la cocina.

No pasó inadvertida.

Eduard, sentado a su lado, le dio un ligero golpe con el puño cerrado en la coronilla.

—Deja de meter la nariz donde no te llaman —murmuró con esa calma suya que era más amenaza que regaño.

Sarah chistó por lo bajo, sobándose la cabeza, pero se obligó a apartar la vista.

Igual se quedó rumiando la intriga.

Al terminar, Ares se levantó de la mesa sin mirar atrás.

Thea recogió los platos y evitó cruzar palabra con Sarah, como si también supiera que la chica había estado escuchando de más.

El hombre subió las escaleras y se detuvo frente a la habitación donde estaba Kon.

Abrió la puerta despacio.

El cuarto seguía tan ruidoso como esa mañana, con ese olor persistente a pegamento para rompecabezas y al shampoo de Yaotl, el único momento donde se escucho otro ruido que no fuera música fue cuando Kon estuvo persiguiendo a su perro por todo el cuarto para darle un buen baño.

Kon levantó la cabeza, se quitó los audífonos y se preparó para escuchar malas noticias.

—Tenemos que hablar —dijo Ares, cerrando la puerta tras de sí.

Se sentó al borde de la cama, serio, sin rodeos.

—No podemos quedarnos aquí.

Ni en este pueblo, ni en las cercanías.

Tendremos que mudarnos más lejos de lo que pensaste.

A Kon no le gustó nada.

Frunció el ceño.

—Define lejos.

Ares se rascó la nuca, incómodo, notando la tensión en su hijo.

—Al restaurante de mariscos de tu tío.

Kon arqueó una ceja, incrédulo.

—¿Para eso tanto drama?

Si está a unas cuadras.

—No me entendiste; el restaurante va a ser el transporte que nos llevará a un lugar seguro.

Kon lo miró en silencio, sin entender nada.

Ares respiró hondo y fue más claro: —El restaurante es movible.

Puede… ¿cómo decirlo?

Caminar y llevarnos a donde queramos.

—Quieres decir que se teletransporta.

—No.

Le salen patas y camina.

Kon lo observó como si le hubiera brotado un tercer ojo.

Eso era lo más absurdo que había escuchado en su vida… y vaya que había escuchado cosas raras.

—¿El tío Ragnar usa magia?

—Ares asintió.

—Pero la magia está prohibida, es un delito.

—Por eso la existencia de esa casa es un secreto.

El gobierno piensa que fue destruida, pero tu tío encontró una forma de ocultarla.

Podemos usarla para ir con tus tíos al norte y advertirles de lo que sucede.

—¿Y luego nos mudaremos a Aztlapalco?

—No iremos a Aztlapalco.

Kon se enderezó de golpe, la furia encendiéndosele en los ojos.

—¿¡Qué!?

Dijiste que continuaría mis estudios ahí.

¡Hasta mencionaste una escuela!

—Eso fue antes de meditar la situación.

—¿No podemos cambiar nuestras identidades?

¿Usar glamour para pasar desapercibidos?

El abuelo puede ayudarnos.

Ares cruzó los brazos, firme.

—No.

Kon apretó la mandíbula.

—¿Por qué no?

—Porque eres un Alfa.

La palabra cayó como un martillazo.

Alfa.

Ese estigma que lo mantenía aislado, que lo obligaba a ser distinto, a cargar con un peso que nunca pidió.

Kon sintió asco de escucharla.

—Tú y yo somos los últimos Pit-Nüwa con vida.

Únicos entre los Alfas.

Nuestra existencia puede ser una amenaza o una bendición… y han elegido la primera.

Kon se llevó la mano al cuello, arañando la piel con rabia contenida.

Lo tenía tan enrojecido que parecía a punto de sangrar.

Empezó a contar mentalmente para no explotar: uno, dos, tres… —No pienso dejar a mamá.

—Su voz le salió ronca, quebrada.

—Tu madre hubiera querido que vivieras.

—¿Quién cuidará de su tumba?

—Podrás honrarla cada noviembre.

Le haremos un altar enorme, con todo lo que le gustaba.

También podrás hablar con Eó, hace tiempo que no lo ves ¿cierto?

Cuatro, cinco… —Ese no es el problema.

Pero Ares ya no lo escuchaba.

Se levantó y fue hacia la esquina del cuarto, donde guardaba las maletas vacías compradas para Kon.

—Vendrán más.

La orden ya fue dada.

Cazarrecompensas de todas partes irán tras de ti.

Tienes que hacerte fuerte, tienes que estar preparado.

Seis, siete… Kon soltó el cuello de golpe antes de lastimarse de verdad.

La cabeza le martillaba, el cuerpo entero le dolía.

Si seguía así, terminaría convulsionando.

—¿Me estás escuchando?

—gruñó—.

No quiero irme de aquí.

—No tenemos opción.

Kon bajó la voz, envenenada.

—¿Por qué debo pagar por tus errores?

Esto pasó por tu culpa, no por la mía.

¿Por qué debo seguirte?

—Kon… Cuando Ares intentó acercarse, Kon lo apartó de un manotazo.

—¡Es porque eres mi padre que está pasando esto!

Lo empujó hacia la puerta, la cerró de un portazo que hizo retumbar toda la casa.

En su pecho, la rabia ardía como fuego.

Su padre siempre encontraba la forma de arruinarle la vida.

Era en esos momentos, cuando quería sumergirse en sus pensamientos, agobiado por los sucesos del día, dejaba que su celular hiciera el trabajo y él pudiera respirar un poco el aire exterior.

Era cuando más necesitaba escuchar que había gente que la pasaba peor y sentirse un poco mejor en su miseria.

Ni el lloriqueo de Yaotl le ablando el corazón.

La música se reproduce sola, de manera aleatoria, el sonido de la guitarra eléctrica reemplazaba cualquier sonido del piso inferior.

El bajo resonaba con tanta fuerza que lastimaba los oídos.

El blues y jazz no eran capaces de mover el espíritu como esa pieza lo estaba haciendo.

—¿Elvis?

Era lo malo de las reproducciones automáticas, nunca sonaba la canción que él quería.

De todas las baladas que podía poner, comienza a sonar Only You.

Ni siquiera su teléfono estaba de su lado.

Comenzó a empacar de mala gana cuando escuchó los gritos constantes de niños jugando fuera de su patio.

En un día cualquiera los hubiera ignorado, pero estaba tan irritado que cualquier ruido era suficiente para irritarlo.

Abrió la ventana para pedirle a los niños que fueran a jugar a otro lado, cuando la vio.

Era la mujer más hermosa que había visto en su vida.

Estaba parada en la banqueta cercana a su casa.

Su cabello blanco relucía con la luz del sol y parecía que cientos de perlas lo decoraban.

Piel tan blanca como la nieve, tan rosada como las flores.

Su rostro era el equilibrio perfecto por el que cualquier artista y científico se volvería loco.

Sus ojos celeste parecían contener un océano.

Un océano hecho realidad.

La observó acercarse a los niños con una sonrisa maternal y su corazón dio un vuelco.

Sus movimientos tan elegantes hacían parecer que flotaba en lugar de caminar.

Tal como Elvis decía, esa mujer podía hacer que la oscuridad brillara.

Quiso verla por más tiempo, contemplar como abrazaba a esos pequeños mulatos, ahora estaba seguro que era la madre de esos pequeños, aunque no se parecían.

Ella levantó el rostro, sus miradas se toparon y le sonrió, y Kon sintió que todo el mundo parecía volverse correcto.

La saludo, abanicando su brazo con torpeza.

—¡Kon!

—El grito de su padre lo obligó a alejarse de la ventana.

Acababa de recordar lo que tenía que hacer— ¡Más vale que estés empacando!

Abrió la maleta sobre su cama y comenzó a empacar su ropa a toda velocidad.

Cuando quiso mirar de nuevo afuera, la mujer y sus niños se habían ido.

Se lamento internamente, quería contemplarla por un poco más de tiempo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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