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La canción del dragón - Capítulo 36

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  4. Capítulo 36 - 36 No puedo sonreír sin ti
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36: No puedo sonreír sin ti 36: No puedo sonreír sin ti Matusalem seguía con su rutina como si nada hubiera ocurrido.

Las calles olían a salitre, las fachadas descascaradas por el viento marino lucían la misma desidia de siempre, y los viejos pescadores tendían sus redes en la playa mientras el sol nacía perezoso sobre el horizonte.

Para un forastero, la ciudad podía pasar por cualquier puerto olvidado: lento, polvoriento, casi anclado en otro siglo.

Pero había algo que rompía esa normalidad.

Los uniformes verdes y azules se repetían en cada esquina: policías y militares con rifles colgados a la espalda, firmes como estatuas, la mirada fija en el gentío.

En cada salón de clases, un oficial esperaba en silencio desde la esquina, vigilando hasta el más mínimo gesto.

Los niños fingían acostumbrarse; Los maestros seguían dictando lecciones, pero la presencia del arma siempre estaba ahí, cortando el aire.

En los bordes de la ciudad, más allá de los muelles, cercas improvisadas con carteles rojos advertían “Área de Contaminación”.

Allí se levantaba un campamento de doctores y paramédicos, que a primera hora repetían el mismo ritual: llamar a la gente por la primera letra de su apellido, revisar gargantas, tomar muestras de sangre, separar a los sospechosos.

Quien mostrando el menor síntoma no regresaba a casa; todos lo sabían, aunque nadie lo decía en voz alta.

Y en medio de ese orden forzado, había una casa que no encajaba.

Vieja, oscura, con las ventanas cubiertas por tablones, parecía más un cascarón abandonado que un hogar.

Sin embargo, alguien vivía allí.

Una mujer que no salía nunca, que había elegido el encierro voluntario antes de someterse a los análisis del campamento.

Entre las paredes húmedas y la penumbra, su tesoro era un huevo de gallina colocado con cuidado sobre un trapo, bajo una lámpara débil.

Lo vigilaba noche y día, esperando a que se rompiera la cáscara.

Para ella, ese nacimiento era más importante que la ciudad entera.

Sus amigos habían dado la vida para que ese momento ocurriera.

El primer intento de obtener al Mesías falló, pero la esperanza se mantenía, porque siempre tuvieron un plan de reserva.

Su felicidad se esfumó cuando escuchó como alguien abría la puerta con brusquedad.

La entrada estaba asegurada con cadenas y más de tres seguros.

Quien sea que haya entrado, no era alguien normal.

Por suerte, ella estaba lista para cualquier intruso.

Tomó el huevo y fue al fondo de la casa.

Iba a protegerlo a costa de su vida.

❯────────────────❮ El bullicio en la casa aumentó cuando Eduard apareció en el pasillo, más sonriente que nunca.

—¡Vengan, vengan todos!

—exclamó con un entusiasmo que parecía iluminar la sala—.

Quiero que conozcan a mi familia.

Detrás de él entraron tres figuras que no podían pasar desapercibidas.

Primero un hombre caucásico, alto y de porte sereno, con el cabello negro liso cayéndole sobre la frente y unos ojos oscuros, tan rojos al reflejo de la luz que parecían brasas contenidas.

A su lado, caminaba una mujer de aspecto imposible: piel tan clara que parecía esculpida en perla, con un matiz rosado que recordaba a los pétalos de una rosa fresca; el cabello, largo y blanco, desprendía destellos como nieve al sol.

Incluso entre Omegas, su belleza era un exceso, demasiado perfecta, demasiado divina y una sonrisa radiante, casi infantil.

Kon no podía creerlo, era la diosa que vio por su ventana.

Pero los que robaron la atención fueron los niños: un niño de seis años, inquieto y risueño, que apretaba la mano del hombre de ojos rojos con fuerza, y una pequeña de apenas un año en brazos de la mujer, de mejillas morenas y enormes ojos oscuros que observaban todo con gravedad.

Sus rasgos, tan distintos de los padres, hicieron pensar a más de uno que eran adoptados.

—Les presento a mis esposos, Makari y Kou —anunció Eduard con orgullo, poniendo un brazo alrededor de cada uno—.

Y estos son Asher y Chimalma, mis tesoros.

Los hizo avanzar hacia el centro del salón, como si quisiera exhibirlos, pero lo hacía con la sinceridad de alguien que había estado demasiado tiempo lejos de los suyos.

Hasta Kavi’el fue obligado a bajar solo para conocerlos.

Ares, que había salido a recibirlos, se quedó observando el cuadro antes de estrecharles la mano.

—Eduard… ¿y por qué trajiste a más gente a la casa?

—preguntó con cautela, consciente de lo delicado que era tener visitas en esos días.

Fue Makari quien respondió, con una voz suave que, sin embargo, llenó la sala entera como un canto.

—No vinimos de paseo.

Es nuestro deber —dijo, acomodando al bebé en su brazo con una ternura casi sagrada—.

Una Corona debe encargarse de las maldiciones de grado especial, como los Tecuani.

Esta ciudad está enferma y yo voy a bendecir Matusalem cuando caiga la noche.

El silencio que siguió fue pesado, roto solo por el pequeño Asher que se rió al ver al perro echado en la esquina de la sala.

—Eso no explica por qué están en mi casa —replicó Ares, con el ceño fruncido.

Eduard, sin despegarse de Makari y Kou, respondió con una sinceridad que rozaba la ingenuidad: —Solo quería ver a mi familia.

Los extrañaba.

Era la explicación más tonta del mundo, y él lo sabía, porque ni siquiera se esforzaba en disfrazarla de algo mejor.

El momento se alivió cuando Sarah apareció desde la cocina, secándose las manos en el delantal.

Sus ojos se iluminaron al ver a Makari, Kou y, sobre todo, a los pequeños.

—¡Pero miren nada más cómo han crecido!

—exclamó, agachándose para recibir a Asher, que salió corriendo a sus brazos con la naturalidad de quien ya sabía que allí lo esperaban besos y cosquillas.

Sarah lo levantó con un esfuerzo torpe y comenzó a darle vueltas, provocando que el niño soltara carcajadas contagiosas.

Luego, al ver al bebé en brazos de Makari, estiró los brazos con entusiasmo.

—¿Y esta cosita hermosa?

¡Chimalma, ven con tu tía!

—dijo, con esa dulzura que pocas veces mostraba.

Mientras Sarah se entretenía jugando con los niños, Kou, que hasta entonces se había mantenido en silencio, giró la mirada hacia Kon.

Sus ojos casi rojos lo escrutaron sin rodeos, y su voz grave interrumpió la alegría del momento.

— ¿Se irán cuando termine su cuarentena?

Kon parpadeó, incómodo.

No esperaba la pregunta directa.

Ares se tensó, pero Kou no esperaba respuesta.

— Deberían dejar que Makari los evalué —continuó, con tono firme—.

Si no hay sospechas, mejor que se vayan a esconder antes de tiempo.

Ares frunció el ceño, pero Kou no lo miraba a él, sino al chico, como si quisiera asegurarse de que entendiera.

—Están yendo en contra de las reglas de Einar —añadió—.

Y si lo descubren, no habrá advertencia ni segunda oportunidad.

El eco de esas palabras parecía más que cualquier sermón.

Sarah, ajena al trasfondo, seguía soplándole la barriga a Asher, provocando risas descontroladas, como si con eso quisiera negar que el aire se había vuelto tan denso en la sala.

—Somos conscientes.

—Aseguró Ares, respondiendo por su hijo—.

Yo también quiero que esto acabe.

Si desaparecemos del mapa dos años, esperando que la fecha de la profecía pase… —Y dejando el medallón con nosotros.

—Añadió Soleil, mientras le cubría los oídos a Kavi’el, como si eso fuera a evitar que lo escuchara todo.

Ares no tuvo de otra que resignarse.

—Sí lo seguiremos, retirarán la orden de muerte de Kon y evitaremos que esa secta de locos lo encuentre.

—¿Y si no lo logran?

—preguntó Kou, con esa voz tan fría que hace a sus soldados cuestionarse porque se unieron a sus filas.

—Entonces será yo quien se encargue del muchacho.

—Aseguró Eduard, acercando más el cuerpo de Kou contra el suyo en ese abrazo de tres—.

Lo mataré con mis propias manos.

Todos en la sala palidecieron, incluso Sarah.

De Yaotl solo un gruñido escucharon.

Kon estuvo a punto de desmayarse del miedo.

Matarlo ¿Hablaba en serio?

Miró a su padre, en busca de consuelo, pero esa mirada que le lanzó, pidiendo discreción, solo empeoró todo ¿por qué debía morir?

¿Por qué debía pasarle eso?

Antes de poder correr a encerrarse a su cuarto y bloquear todas las entradas, sintió el agarre de una pequeña y delgada mano familiar.

—No se preocupen por eso, nos encargaremos de Kon.

—Thea se paró al lado de su hijastro, sin mostrarse afectada por la afirmación de Eduard—.

Un año es más que suficiente para demostrarles que Kon no es una amenaza para el mundo.

Kou fijó su mirada en esa mujer.

Era humana, igual que él.

Su hilo de vida brillaba de un azul bastante común y aburrido.

En los ataques que puedan sufrir sería ella la más propensa a morir, sin embargo, su espíritu era el más fuerte de todos los presentes.

Esa mujer hablaba con tanta facilidad que no le sorprendería que Eduard la obedeciera.

—Vamos a confiar en sus palabras.

—Aseguró, con un tono más ligero que antes—.

De todas formas, Eduard ya prometió que se encargaría de todo si las cosas se salen de control.

El ambiente parecía incómodo, aunque ya no tan pesado como antes.

Kon ya no sentía el vértigo del susto, pero las ganas de huir permanecían intactas: desaparecer a algún lugar donde nadie lo molestara, donde nadie lo amenazara ni intentara secuestrarlo; un sitio en el que solo existe él y la música de su reproductor para siempre.

Una voz en su cabeza, cada día más insistente, lo llamaba cobarde.

“ ¿Qué clase de Alfa se esconde en vez de pelear?

” susurraba ese reproche, y Kon quería gritarle al espejo que prefería vivir a morir en una pelea absurda.

—Voy a seguir empacando.

—Se soltó de la mano de Thea y volvió a su cuarto con paso decidido, seguido de su fiel perro.

Sarah lo siguió con la mirada hasta que desapareció por el pasillo, sin saber si debía decir algo o quedarse abajo con los demás.

Kavi’el clavó los ojos en el chico por motivos muy distintos.

Tenía razón: ese niño era el objetivo.

Lo llamaban Mesías, y según la secta su presencia anunciaba el fin del mundo.

La idea le heló la sangre.

—Disculpa.

—Un toque en el hombro hizo que Kavi’el se girara.

Antes de que pudiera reaccionar, Morgart le sujetó la cara con ambas manos y lo empujó hacia sus labios.

El beso fue brusco, apresurado; Caliente y extraño.

Kavi’el sintió, por un segundo, la tibieza de los labios de un desconocido que lo había tomado sin avisar.

La sala entera quedó muda.

Eduard entusiasmado con una galantería excesiva; Kou siguió impasible, la mirada fija y fría.

Sarah cubrió con las manos los ojos de Asher; Makari protegió a Chimalma contra su pecho, asomando solo un ojo curioso.

Algunos respiraron, otros no supieron qué hacer.

Kavi’el se apartó del empujón, con la cara enrojecida, y se frotó la boca con la manga como si quisiera borrar el contacto.

—¿Qué te pasa?

¿Por qué hiciste eso?

—salió de su boca, cortante.

Morgart apenas se inmutó.

Se limpió la comisura de los labios con el dorso de la mano y habló con voz baja, casi seca.

—Escuchaste lo que hablamos.

Podrías abrir la boca y arruinarnos.

—Señaló sus labios con un gesto—.

Te acabo de lanzar el beso de la ninfa.

Si se te ocurre delatar esto, o contar lo que viste aquí, la maldición te matará antes de que puedas pronunciar una palabra.

Kavi’el se quedó helado.

¿Acababan de maldecirlo?

¿Un hechizo para imponer silencio cuyo precio era la muerte?

Por Zaihn, lo habían embrujado.

—Bastaba con pedírmelo —murmuró, indignado.

Morgart negó con la cabeza, sin rastro de remordimiento.

—Si de verdad pensabas guardar el secreto, no tendríamos por qué hacerlo así.

Pero no confío en las palabras; confío en los sellos.

Kavi’el lo miró, la rabia y el miedo luchaban en su pecho.

Aquella casa, aquellos hombres, esa secta… ¿con qué tipo de gente se había metido?

❯────────────────❮ “Cobarde.” Cerró la puerta con tanta fuerza que retumbó por toda la casa.

Estaba seguro de que casi la derrumbaba, pero no le importó.

Quería callar esa voz odiosa que le escarbaba en la mente, acusándolo sin tregua.

“Tus ancestros deben retorcerse en sus tumbas.

Ellos lucharon.

Ellos se quedaron.” Tenía una réplica lista, una respuesta para arrojarle de vuelta, pero ¿de qué servía discutir con su propia cabeza?

Era humillante, lo hacía sentir más débil todavía.

Solo faltaba eso: volverse loco.

Estaba a punto de ponerse los audífonos para callar a su consciencia de una vez, para sumergirse en las letras de Barry Manilow y pensar en el color amarillo que por alguna razón siempre relaciona con esa canción.

Entonces lo interrumpió un golpeteo insistente contra el vidrio.

Al principio pensó que era el viento, pero el sonido era rítmico, molesto, cada vez más fuerte.

Chasquidos que parecían pequeños martillazos en la ventana.

Se acercó con fastidio, apartando las cortinas de un tirón.

Ahí estaba otra vez.

Las pecas de Sarah parecían brillar bajo la luz, como un puñado de estrellas dispersas en su cara.

Sonreía apenas, con ese aire travieso de siempre, y levantaba la mano para llamar su atención.

En la otra, una piedra lista para lanzar.

Kon frunció el ceño.

El enojo todavía lo dominaba; ¿acaso creía que había olvidado lo que hizo?

No pensaba perdonarla tan fácil.

Abrió un poco la ventana, dispuesto a decirle que se largara, pero Sarah fue más rápida.

Se llevó un dedo a los labios, pidiéndole silencio, y luego señaló hacia la entrada de la casa con un gesto firme, casi conspirativo.

¿Estaba… invitándolo a fugarse?

Kon retrocedió un paso, desconfiado.

Una parte de él quería cerrar la ventana y volver a perderse en la música, dejarla ahí con sus ocurrencias.

No quería hablar con nadie, mucho menos con ella.

Pero la curiosidad comenzó a punzarle el pecho.

¿A dónde quería llevarlo?

¿Qué estaba planeando ahora?

Pasó un largo instante debatiéndose, sintiendo la rabia y el deseo de escapar enfrentarse dentro de sí como dos animales salvajes.

Al final, bajó la cabeza y bufó por la nariz.

“Maldita sea…” La curiosidad ganó.

Con pasos pesados, tomó su chaqueta del respaldo de la silla y salió por la puerta trasera, descendiendo los escalones de madera.

El aire nocturno lo recibió con un frío húmedo que se le clavó en la piel.

Allí estaba Sarah, esperándolo con los brazos cruzados, una chispa cómplice en los ojos.

Kon se quedó a unos metros, todavía en guardia, pero dispuesto a escuchar qué demonios tramaba esta vez.

❯────────────────❮ Sentado sobre sus rodillas, con los brazos temblando por el peso de cargar todos los libros de la casa, Rice miraba al suelo, contemplando el andar impaciente de la matriarca.

Era tan bajita que veía sus piernas y cadera.

Al contrario de su abuelo, que era tan grande como un edificio.

En todas las fotos que se tomaban, salían solo parte de sus rostros, volviendo una foto juntos un verdadero calvario.

—¿Qué harías ahora si la casa fuera atacada?

¿cómo detectas a un enemigo sin PhI?

¿Cómo debes de actuar en una lucha contra varios enemigos?

—Su abuela le lanzó todas esas preguntas con esa voz autoritaria que no encajaba con sus movimientos erráticos.

Rice apretó los dientes, los brazos le dolían, pero la respuesta salió sin vacilar: —Primero, asegurar las rutas de escape y reconocer los puntos ciegos de la casa.

Nunca defender un solo lugar: hay que moverse.

—Al enemigo sin PhI lo detecto observando el ritmo de su respiración, los giros de los tobillos y el pulso en la garganta.

Si no resuenan con el entorno, es extraño.

—Y si son varios enemigos… —tragó saliva, pero la voz no le tembló—, nunca enfrentar la fuerza completa.

Rompo la formación, elijo al más débil o al líder, y convierto la pelea en varios duelos.

No luchar contra la multitud, sino contra uno por vez.

Alzó apenas los ojos, como esperando la aprobación.

Era la teoría repetida una y otra vez hasta quedar marcada en su memoria, tanto que podía decirla con la misma naturalidad con la que otros niños recitaban una oración.

—Buenas respuesta, pero no suficientes ahora que estamos en problemas —¿Qué clase de problemas?

—Pregunto casi suspirando.

No es que no se tome en serio todo lo que paso, pero su abuela solía ser exagerada con muchas cosas.

Todo se volvía un espectáculo y un peligro cuando la sangre Pit-Nüwa estaba involucrada.

Recuerda la vez que lo castigó por participar en una carrera hecha por la escuela, dijo que si alguien se daba cuenta de sus habilidades podrían llevárselo a algún laboratorio para estudiarlo y no volver a verlos.

En otra ocasión lo detuvo de beber alcohol con sus amigos, era el cumpleaños de uno de ellos y querían festejarlos entre todos en algún lugar público como el resto de chicos de preparatoria, cuando vio a su abuela en la entrada del restaurante con una expresión furiosa.

A rastras lo sacó de ahí, en el camino le recito el cuento de la serpiente que borracha solo causó la destrucción de su ciudad y el peligro que corre Rice al estar rodeado de inadaptados.

—Todos moriremos si no hacemos algo—.

Su abuela sonaba tan asustada que Rice comenzaba a creer en sus palabras.

“Todos” La palabra rebotó en su mente.

Sintió la bilis subir hasta su garganta, un nudo en su estómago se formó, creció y estaba a punto de estallar.

Lo peor inundó su cabeza; imágenes de Kon siendo descuartizado por esos cazadores, o siendo tomado a la fuerza por un grupo de mercenarios.

—¿Kon morirá?

—Su voz salió más rota de lo que quería —Si no hacemos algo, sí.

Hizo un esfuerzo enorme por no regresar lo que comió esa mañana ¿Cómo se torció todo de ese modo?

Antes todo era tan normal que le daba asco ¿Cómo fue que pasaron de un acontecimiento a otro en tan poco tiempo?

—¿Por qué?

¿Qué ocurrió?

—Sin darse cuenta, ya estaba buscando respuestas con la única adulta de confianza.

—El emperador Einar dio la orden, lo consideran peligroso.

Rice arqueo las cejas, pensando que entendió algo mal.

—¿De qué modo es peligroso?

Ni siquiera sabe lanzar una patada sin caerse.

Lo has visto, lo malo que es para las artes marciales.

—Pero ellos no lo saben.

Piensan que el futuro jefe de los Alfa es alguien con aliento de fuego y que saca rayo láser por los ojos, como su padre.

—Entonces dilo.

—Estaba desesperado, quería arrojar todos esos libros e ir él mismo a contarles la verdad a los altos mandos.

Si de ese modo cancelaban la cacería, no temía arrojarse a la boca de los lobos—.

Una vez que sepan que no sabe pelear… —Se desatará la guerra —Su pequeña ráfaga de inspiración desapareció con eso.

Su abuela dio un largo suspiro cansado antes de continuar—.

Si el resto de las familias Alfa se enteran de que su futuro líder es un incompetente, se negaran a seguirlo, buscaran uno nuevo y desataran el caos.

Recuerda que muchos de nosotros estamos infiltrados en grandes ramas de la política y en los medios.

Nos mantenemos ocultos, pero poderosos.

La mayoría de reconocidas industrias y líderes son Alfas y ninguno de ellos… —Seguirá a alguien débil.

—Rice terminó la frase.

Su madre se lo repitió cientos de veces.

Había sido así desde siempre, toda su cultura, sus tradiciones y juegos se basaban en presumir la fortaleza física y mental, en demostrarle al mundo quién es el más fuerte de los fuertes.

Como Alfas que son, el honor se encuentra en la guerra y destrucción ¿Qué será Kon si no un cachorro asustado rodeado de carnívoros hambrientos?

No, revelar su secreto no era una opción.

—Más asesinos vendrán, es tu deber, como su guardián, protegerlo de todos ellos.

Las palabras le volvieron a la cabeza como un latigazo.

Hasta hace poco, Rice bromeaba con eso de ser guardián: peleas contra criminales, mercenarios—peligros humanos—nada que realmente lo exigiera.

Pero ahora todo era distinto.

Si no se esforzaba, si no mejoraba, podían quitarle el título.

Y eso, pensó con amargura, sería su fin: acabar como su madre, derrotado y olvidado.

—Ve a entrenar.

—Fueron órdenes claras.

Rice no protestó.

Salió al patio trasero y comenzó con lo de siempre: sombras de puños en el aire, series de golpes al saco improvisado, patadas controladas, respiración medida.

El ritmo le devolvía la calma; sudaba suficiente para que la tela de la camiseta se pegara a la espalda.

Golpe tras golpe trabajaba la coordinación, la velocidad, la memoria muscular.

A media rutina, un ruido seco lo hizo fruncir el ceño: algo saltando el muro de piedra que delimitaba su patio.

Miró de reojo, la guardia encendida.

No le gustaba ver intrusos en su terreno.

Una figura cayó torpemente al otro lado de la pared y aterrizó de bruces en el césped.

Era esa molesta de Sarah.

Se incorporó con rapidez, sacudiéndose la tierra de las rodillas, y sonrió culpable.

—Estaba por invitarte a un lugar, ya sabes, para liberar un poco el estrés.

Estar encerrado mucho tiempo puede ser aburrido ¿no?

Rice apretó la mandíbula.

Estuvo a punto de cruzar el césped y decirle en voz gruesa que se marchara; en esos días no podía permitirse distracciones ni visitas imprevistas.

Pero entonces vio otro movimiento en la cima del muro.

Kon.

La mitad de su cuerpo colgaba por el borde: el pecho y los brazos ya habían superado la piedra, pero la cintura se había quedado encajada, las piernas batían en el aire como las de un muñeco.

Estaba atrapado a medio salto, con la frente perlada de sudor y el rostro rojo por el esfuerzo.

Rice sintió que algo en su pecho se le aflojaba.

La rabia inicial se transformó en otra cosa y dejó caer las manos a un lado.

Caminó hasta la pared.

Sarah, sorprendida por su cambio de gesto, dejó de hablar y lo miró pedir ayuda con una ceja levantada.

—¿Necesitas?

—preguntó Rice sin anestesia.

Kon intentó sonreír, pero la incomodidad le torció la expresión.

—Un… empujón.

Solo un empujón.

Rice colocó las manos en la cadera, midió el peso, bajó y apoyó los antebrazos bajo las axilas de Kon.

Con un tirón seco y calculado lo impulsó hacia el interior; Kon logró pasar, cayendo sobre las rodillas en el césped.

Respiró con fuerza, todavía aturdido.

Rice lo ayudó a incorporarse, su palma quedando un instante en la espalda del muchacho.

Eso era bastante incómodo.

Ni siquiera podía saltar una simple pared.

—¿Qué hacen aquí?

—preguntó Rice, apenas dejó a Kon de pie en el suelo.

Sarah se levantó, con tierra en las manos y los pantalones, y se sacudió con torpeza.

—Ya lo dije: un último paseo por Matusalén.

Rice desvió la mirada de ella hacia Kon.

El muchacho evitó sus ojos con rapidez, demasiado evidente.

Con eso bastó para entender que Sarah lo había convencido.

—¿Tienen un tumor en el cerebro?

—espetó Rice, la voz cargada de reproche—.

El pueblo entero está en cuarentena por el ataque del Tecuani.

Los turistas fueron evacuados hace días, y tú y yo estuvimos en contacto directo con esa criatura.

Le dio un toque en el pecho a Kon, tan fuerte que lo obligó a retroceder un paso.

—Ay, vamos —saltó Sarah, con un gesto exagerado—, no seas aguafiestas.

Es una despedida antes de dejar el lugar donde nacimos… para siempre.

—¿Para siempre?

—repitió Kon, desconcertado.

A él le habían dicho “tiempo indefinido”.

Calculaba que, como mucho, serían unos cinco años.

Su padre jamás dejaría a su madre desatendida por tanto tiempo.

—¿Y por qué quieren que vaya con ustedes?

—gruñó Rice, esta vez mirando a Sarah con una frialdad apenas contenida—.

No te soporto.

—La verdad, ni pensaba invitarte.

—Sarah se encogió de hombros con descaro—.

Pero Kon insistió.

El ceño fruncido que amenazaba con tallarse en la cara de Rice se borró de golpe, reemplazado por una sorpresa mal disimulada.

—Tú odias que te acompañe a cualquier lado.

—Bueno… eso es cierto, pero… —¿Ajá?

—lo apuró Rice, cruzando los brazos.

Kon respiró hondo antes de admitirlo: —¿Y si vuelven a atacarnos?

Me avergüenza decirlo, pero no sé pelear.

No puedo arriesgar a Sarah.

Rice se quedó mirándolo.

No supo por qué, pero no lo sorprendía.

En parte, era lo único que él era para Kon: un guardia personal.

Y, de alguna manera, por fin empezaba a asumirlo.

—Aunque dijera que no, igual tendría que seguirlos —gruñó, ocultando su enojo bajo los brazos cruzados—.

¿A dónde piensan ir?

Sarah se coló entre los dos, con una sonrisa de triunfo.

—Al parque Xochiyān.

De noche se vuelve hermoso.

Rice y Kon intercambiaron una mirada silenciosa.

Aquel parque cargaba una historia trágica que aún pesaba en el corazón de muchos, pero no podían negar que Sarah tenía razón: de noche, brillaba con una belleza difícil de resistir.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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