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La canción del dragón - Capítulo 37

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  4. Capítulo 37 - 37 Flores amarillas
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37: Flores amarillas 37: Flores amarillas El parque Xochiyān se volvió tristemente célebre por el incendio ocurrido una vez años atrás, cuando las llamas arrasaron con familias enteras que disfrutaban de una tranquila tarde de verano.

Kon y Rice estuvieron allí, a punto de morir asfixiados por el humo, de no ser por aquella mujer de ojos amatista que entró entre las llamas para rescatarlos.

Sus brazos se cubrieron de ampollas, su piel se desgarró bajo el calor, pero aún así logró sacarlos con vida.

Kon apenas guarda recuerdos de ese día.

Aunque debía marcarlo para siempre, su memoria ha preferido cubrirlo todo con una neblina.

Lo sospecha desde hace tiempo: olvidar es la manera en que su mente lidia con los traumas.

Fingir que nunca pasó.

Si Yaotl estuviera con él hubiera ladrado para sacarlo de sus pensamientos depresivos, siempre lo hacia.

A veces sentía que ese perro podía leerle la mente.

Internamente se alegro de dejarlo encerrado en su cuarto.

— ¿Tienen antojo de salchichas?

—preguntó Sarah mientras caminaban por el silencioso sendero del parque—.

Aunque no veo ningún puesto abierto.

Rice rodó los ojos, exasperado.

¿Cuántas veces tuve que recordarle lo mismo?

—Estamos en cuarentena.

Eso significa que no hay venta en la calle, nadie tiene permiso hasta nuevo aviso.

—Qué pena.

—Sarah se encogió de hombros, guardándose las manos en los bolsillos—.

Pero, ¿les gustan las salchichas?

—Las alemanas son mis favoritas —respondió Kon, dejándose arrastrar más de lo que quería por la conversación—.

Thea las cocina tan bien que mi padre y yo nos acabamos un paquete entero en la cena.

—¿Cenas salchichas alemanas?

—Sarah lo miró divertida.

—Sí, ¿qué tiene de raro?

Esa sonrisa… Kon no la entendía.

Sarah parecía tener una para cada ocasión, y cada vez que creía descifrarla aparecía una nueva, rompiendo con cualquier conclusión previa.

Lo obligaba a empezar desde cero, una y otra vez.

— ¿Quién cena salchichas?

—preguntó ella, como si fuera un misterio filosófico.

Konió frunció el ceño.

No iba a dejar que se burlara de él.

—¡Miren!

—exclamó Sarah de repente.

No era la primera vez que lo hacía durante el recorrido: detenerse para señalar lo más trivial.

Esta vez, le tocó a un banco pintado de blanco, descascarado por el tiempo.

Kon y Rice conoció a Matusalem como la palma de su mano: cada escuela, cada tienda, el pequeño zócalo, el único mercado, la librería solitaria, los hoteles frente al mar y los puertos pesqueros.

Nada en esa ciudad podía sorprenderlos.

Y sin embargo, con Sarah todo parecía distinto.

Ella tenía ese don de mirar lo cotidiano con ojos nuevos, de volverlo parte de una película.

Incluso un banco viejo cobraba un aire distinto con su voz.

—Ahí se sentaba el señor Luis después de que su hija murió en un accidente.

—¿Su hija?

—preguntó Kon.

-Si.

Salía de la escuela cuando un par de adolescentes ebrios la arrollaron.

Luis comenzó a venir aquí todos los días desde entonces.

Ese banco se convirtió en su santuario.

¿Quieren que les muestre dónde ocurrió el accidente?

Sarah no esperaba respuesta, su relación fluía solo, como si cada rincón guardara un secreto que ella estaba destinada a revelar.

Y quizás era cierto: cada cosa tenía una historia detrás, y Sarah parecía conocerlas todas.

En otro momento, señaló el kiosco en el centro del parque, que aún mantenía los globos de la vieja obra de teatro que hizo la primaria.

Kon recordó una pequeña anécdota de su infancia.

—¿Una obra de teatro?… recuerdo haber participado en una.

—¿De verdad?

¿Y qué papel ocupas?

—Sarah lo miró con entusiasmo—.

Debe haber sido uno importante, considerando tu popularidad en la escuela.

Rice intentó callarla, pero fue más lento que la lengua de Sarah.

—Me tocó ser… el tornado —admitió Kon, y su orgullo se desinfló como un globo al recordar aquella vergüenza de primaria.

—Oh… vaya.

Su padre había guardado todo en un álbum: fotos y una cinta de video donde él giraba como loco, derrumbando a los protagonistas.

También estaba su padre saludándolo desde la butaca y asistiendo a los ensayos junto a las demás madres.

Aquella experiencia fue tan embarazosa que muchos compañeros prefirieron no volver a levantar la cabeza.

— ¿Y cómo se interpreta un tornado?

—preguntó Sarah, exagerando la gravedad.

—Tenía que girar y golpear a todos —respondió Kon, resignado.

—No cualquiera podría hacerlo —dijo Rice, intentando animarlo.

—Eso suena divertido… —murmuró Sarah, con una chispa traviesa en los ojos—.

¿Cómo lo hiciste exactamente?

Antes de que Kon pudiera detenerla, Sarah los tomó a ambas de las manos y los obligó a girar.

Cada vuelta era más rápida o cambiaba de dirección, como si fueran niños torpes intentando bailar.

Ignoró las advertencias de Kon sobre lo peligroso que era hasta que, inevitablemente, perdió el equilibrio y los tres cayeron al suelo, uno encima del otro.

—Me da vueltas la cabeza… —se preguntó Sarah, riendo a medias.

—Te lo dije, idiota.

Por tu culpa tengo ganas de vomitar —bufó Rice, llevándose la mano a la boca.

Kon, mareado pero aún consciente, se dio cuenta de que seguía aferrado a las manos de ambos.

Eran más cálidas que la suya, más ásperas también; las de Rice, incluso, tenían la dureza de quien se gana la vida a golpes.

Solo con sentirlas podía imaginar los conflictos que habían atravesado y la manera en que habían vivido.

¿Qué pensarían ellos de sus manos?

—Pero es divertido —dijo Sarah, levantándose primero.

— ¿Qué cosa?

—preguntó Kon, rodando a un lado para liberar a Rice.

—Tonterías como estas.

Marearme recuerda que sigo viva… y que aún tengo mucho por hacer.

Se dejó caer otra vez sobre el césped, estirando brazos y piernas como si estuviera en su cama.

—¿Hay algo que quieran hacer antes de morir?

Kon solo la observarse.

—Yo quiero hacer muchas cosas —continuó ella, sin esperar respuesta—.

Quiero subir a un barco y cruzar el Atlántico, escribir un libro con las aventuras de mi familia, visitar el Polo Norte y ver a los perros polares.

También quiero leer todos los libros de terror del mundo, ¡los compraré todos!

Y cuando llené un librero, construiré otro, hasta volver mi cuarto en una biblioteca personal.

Era típica de Sarah: soñadora, terca y obsesionada con los libros.

Si pudiera, dejaría la librería de Matusalem vacía.

Kon no pudo evitar pensar en su jefa de la librería: ¿estaría bien?, ¿habría contratado a alguien para cubrirlo?

Solo esperaba que lo ocurrido esos días no la hubiera afectado demasiado.

—¿Y ustedes?

¿Qué quieres hacer?

—Quiero ser fiscal —respondió Kon sin titubear.

—¿Por qué esa obsesión?

¿Tenías algún héroe de infancia?

—Mi mamá.

Estudió derecho y era la mejor de su generación.

Soñaba con guiar al país a un futuro brillante.

Cuando me lo contaba, sonaba tan increíble que quise crecer rápido para ayudarla a cumplirlo.

Rice lo escuchaba en silencio; era la primera vez que oía eso.

—Entonces… ¿Quieres ser fiscal solo para cumplir el sueño de tu madre?

—Ella me tuvo muy joven.

Arruiné su carrera.

Es lo mínimo que puedo hacer.

—Eso no es tu culpa —replicó Sarah con firmeza—.

Fue una decisión de tus padres.

Ni siquiera había nacido.

¿Por qué cargar con eso?

Kon apartó la mirada.

—Esa no es la única razón.

También quiero mejorar las leyes de este país.

Siempre sentí que las leyes para los Alfas eran injustas.

Al fin y al cabo… ¿no es Xictli su hogar?

—Bueno, en eso tienes razón, archivero —murmuró la morena.

Kon lo dejó ahí.

Sarah jamás entendería el lazo con su madre; tanto tiempo lejos de su familia la había vuelto insensible a esos deseos.

Estaba acostumbrado: ni siquiera su padre lo comprendía.

Quizás… era él quien no quería entender algo.

—¿Y tú, Rice?

—preguntó, pasando el tema.

El chico se sobresaltó.

Nunca había pensado en su futuro.

Toda su vida había girado en torno a proteger al Dragón Azul, nada más.

No tenía deseos propios.

Pero decirlo mataría el ambiente, así que improvisó: —Florista.

—¿Florista?

¿Quieres trabajar en una florería?

—Sarah lo miró incrédula.

—¿Y por qué no?

Las flores son bonitas.

Especialmente las amarillas.

La mención hizo que Kon recordará a Lorena: a ella también le gustan.

—¿Por qué amarillas?

—preguntó—.

¿Tiene algún significado?

—No lo sé… pero me recuerdan al sol.

Y también… a la muerte.

Esa respuesta si que fue rara, lo supo por sus caras, los dejo creyendo que era un raro amante de la muerte, una clase de emo deprimido.

No supo porqué, pero el que pensaron eso de él hizo sonrojar a Rice de la vergüenza.

—¡No me miren así!

¿No saben que soy el más popular de la escuela?

Esa respuesta tan infantil hizo a Sarah y Kon reír.

—Nadie dijo nada.

—Kon le respondió, sin molestarse en ocultar lo divertido que era verlo actuar así.

Ese momento se sentía tan raro para Rice, la luz del atardecer solo aumentaba la imagen de esos dos que se grababa en su mente.

Como odiaba tener que ver a esos dos, al menos, así lo había sentido desde siempre.

Debía ser culpa del atardecer, porque no odiaba ese momento en absoluto.

Se levantó de golpe, alejándose del césped y de ellos.

Su movimiento fue tan arrepentido que los otros dos pensaron que algo iba a atacarlos.

—Yo… —Por un momento, olvido incluso como hablar—.

Voy a mirar el perímetro, es peligroso bajar la guardia.

Ninguno lo detuvo, Sarah le deseo buena suerte y Kon solo le pidió que no tardará o algo malo podría pasarles.

Rice levantó la mano en señal de haberlos escuchado, aunque no iba a inspeccionar un carajo, como diría su abuelo.

Solo necesitaba su momento a solas o le iba a ganar la ansiedad.

A pesar de su reputación, prefería estar solo, andando por lo oscuro, pasando desapercibido por todos porque era más fácil atacar por sorpresa.

Una tienda de abarrotes seguía abierta, a lo lejos pudo ver a los niños pidiendo los últimos helados del día, uno de ellos compró uno con sabor a coco.

Eso le trajo viejos recuerdos.

El recuerdo más feliz que tiene es de un verano cuando tenía cinco años.

Lo había inscrito en una escuela de dibujo; sus padres descubrieron su talento y acordaron que lo mejor sería fomentarlo en su tiempo libre.

A él la idea le alegró: después de cada clase, sus padres lo llevaban al restaurante nuevo y le compraban su bebida favorita.

— ¿Qué vamos a pedir hoy?

—preguntó su padre con la sonrisa de oreja a oreja que siempre le daba calor.

—¡Una paleta de coco!

—Contestó él, sin titubear.

—En serio que te gusta el coco.

Está bien, solo porque la maestra dijo que te portaste bien hoy.

Se alejaron de la mano, felices y radiantes, con un progenitor a cada lado como si le otorgaran una armadura contra el mundo.

La nana que su madre le cantaba antes de dormir le venía a la cabeza y la tarareaba con la misma alegría de entonces.

Rice aprendió esa canción como si la vida dependiera de ello, escuchando desde la distancia, mientras observa a Kon salir de las clases de dibujo a la que sus padres lo inscribieron.

En ese feliz recuerdo, Rice observaba ese momento desde lejos, envidiando a Kon en secreto, por tener a quien tomarle la mano.

—Si vinimos a este mundo fue para entregarles todas las flores del mundo —dijo la voz de Miranda, trayéndolo de nuevo al presente.

Su madre observaba la escena con un brillo en los ojos—.

Aunque ellos no lo sepan.

Miranda y Osiris eran madres muy distintas.

La mirada de Miranda era fría, como el hielo; la de Osiris rebosaba calor y ternura.

El agarre de Miranda dolía; el de María, te tocaba como si fueras lo más valioso del mundo.

La piel de Miranda mostraba marcas y dureza de batallas; La de Osiris tenía el tono y el perfume de la canela, cálido y acogedor.

Osiris, la mujer que había conquistado el corazón pétreo del Dragón.

—Debes tener eso siempre presente, Rice.

—La voz de su madre era firme.

— ¿Todas las flores del mundo?

—preguntó él, asombrado y serio.

Miranda lo miró un instante, como si leyera sus pensamientos con esa mirada helada que solo se ablandaba frente a Kon.

Incluso su padre se preguntaba por qué.

A esa corta edad, Rice ya percibía los sentimientos reales de su madre, y sabía cuándo su gesto se endurecía.

—¿Cuál es la comida favorita de Kon?

—preguntó ella, cambiando el tono con suavidad.

—Las salchichas alemanas.

— ¿Y su paleta?

—le hizo recordar—.

Ya la escuchaste.

—…La de coco.

Por tardar en responder la mano de su madre chocó con la cabeza de Rice con la fuerza suficiente para hacerlo estremecer.

Sintió un dolor agudo, como si le partieran la sensación, y el mundo le dio una vuelta.

Cuando volvió a mirarla, vio en su rostro una molestia contenida.

—Vuelve a equivocarte y te rompo los dedos —advirtió Miranda con voz corta.

Esa noche volvió a casa sola.

Su padre le preparó la cena, luego lo mandaron a su cuarto para que se mantuviera una hora más alerta de cualquier posible ataque a la casa de Kon, como siempre.

El recuerdo más feliz de Rice no le pertenece, lo vio a la distancia, como todas las cosas importantes en su vida.

Y las cosas no habían cambiado, aún si quería creer lo contrario.

Su deber era vigilar y cuidar.

Ser la sombra de Kaalkuun, morir en su lugar, porque ellos son la última esperanza de su especie.

Rice era reemplazable, pero si el último de los dragones azules muere, la puerta que cuidan se rompe y comienza una tercera gran guerra entre especies.

Alguien lo observaba desde los árboles.

Rice giró sobre sus pasos cuando sintió una cuarta presencia en ese lugar.

Vio la sombra de una persona alejándose por el lado sur, el lado contrario donde Kon y Sarah se encontraban descansando.

No pude distinguir su hilo más allá de su color.

Era una persona que nunca había visto, pero sabía que se trataba de una mujer, el aroma la delataba.

Ella lo estaba mirando.

El parque dejó de ser seguro ahora que un desconocido sabía que se encontraban ahí.

Eligió ir por esos dos antes de que algo malo ocurriera.

No era paranoico, pero así fue como ocurrió el ataque del Tecuani y ya estaba oscureciendo de nuevo.

Cuando volvió donde los dejo, solo estaba Sarah, seguía sentada en el pasto, pero sin su habitual sonrisa.

Mantenía su rostro recargado en una de sus manos, mientras miraba en dirección a la primaria.

Sin darse cuenta, Rice dejó de caminar para empezar a correr.

—¿Dónde está Kon?

Sarah desvió su atención hacia él, pero no le respondió hasta que lo tuvo a su lado, eso solo alarmó más a Rice.

—Pregunte por Kon.

—Allá.

—La morena señaló en dirección a la entrada de la primaria—.

Estás hablando con su novia.

—¿Su novia?

Rice fijó los ojos al frente y pudo ver a Kon charlando con la que parecía ser Lorena.

Pero eso era imposible, dijo que había vuelto a San Simón, con sus padres y era imposible que haya vuelto en esos días, Matusalem tiene todos los pasos bloqueados.

Kon parecía pensar lo mismo, lucía bastante confundida por verla ahí.

—Esa no es Lorena.

—¿Cómo sabes?

—Solo lo sé.

A pesar de que su hilo era el mismo y su olor era similar, algo no encajaba.

No era posible que esa chica volviera tan rápido.

Además, lucía bastante ansiosa por llevarse a Kon.

Sus ojos se agrandaron cuando vio como la chica besaba a un sorprendido Kon y entonces, Rice corrió hacía él.

❯────────────────❮ A pesar de que el hilo era el mismo y el olor idéntico, algo no encajaba.

No podía ser ella.

No podía haber vuelto tan rápido.

Y, aun así, estaba allí, con esa urgencia ansiosa por apartarlo de Sarah, por llevárselo consigo.

—¿Qué haces aquí?

—fue lo primero que Kon logró preguntar cuando la tuvo a un paso.

La había visto venir desde la otra acera, cargando un par de bolsas como si viniera de unas compras rápidas.

Todo en ella era familiar: el color del hilo, la fragancia que lo envolvía… y sin embargo, la presencia le resultaba extraña, incómoda.

¿Por qué no le había dicho que estaba de vuelta en Matusalem?

—Eso debería preguntártelo yo.

—Lorena lo fulminó con una mirada que jamás le había dirigido, cargada de indignación—.

¿Qué haces con esa chica?

¿A estas horas del día?

¿Sabes lo mal que se ve?

Kon parpadeó, sorprendido por el tono, sin argumentos a la mano.

Nunca lo había pensado de esa manera.

Antes eran tres.

Si Rice no se hubiera largado tan lejos, ahora seguiría siendo una simple salida de amigos.

—No es lo que parece —se apresuró a decir, levantando las manos como si tratara de aplacarla—.

En realidad Rice está con nosotros.

Fue un paseo de tres, solo para librarnos un poco de esta maldita cuarentena.

No te imaginas cuántos días llevo encerrado en casa.

Entonces lo golpeó lo obvio, y el ceño se le frunció.

—Oye, Lorena… —¿Qué ocurre?

—ella seguía con los brazos cruzados, el gesto duro, sin ceder a sus explicaciones.

—¿Cómo entraste a Matusalem?

Llevamos más de diez días en cuarentena.

Nadie entra, nadie sale.

Lorena no se inmutó.

De hecho, parecía estar esperando esa pregunta.

—Tengo un pase especial.

—¿Un pase?

—repitió él, desconfiado.

—El mismo que tiene esa gente que ahora está viviendo en tu casa.

Lo dijo con tanta seguridad que a Kon se le heló la sangre.

O ya había pasado por ahí, o alguien se lo había contado todo… o estaba más informada de lo que debía.

Kon dio un paso atrás instintivamente, pero Lorena extendió la mano y lo sujetó.

—Hay algo que debo decirte con urgencia —su voz se quebró apenas—.

Te lo oculté porque pensé que era lo mejor.

Kon apretó los dientes.

Lo que fuera, no quería escucharlo.

Ya tenía una sospecha demasiado clara.

—Me lo dices luego.

—No puedo dejar esto para después.

—Lorena apretó su agarre, aunque a Kon apenas le dolió—.

Es necesario que lo escuches.

Él la miró a los ojos, sin pestañear.

—¿Escuchar que estás con los cazadores?

Lorena abrió la boca, ahogada por la sorpresa.

Vaciló, atrapada entre hablar o callar.

Era evidente.

Morgart se llevaba bien con ella.

Vivía con Soleil.

Si no era cazadora como ellos, entonces… ¿Qué era?

¿Otra farsa como Sarah?

Kon se zafó despacio de su mano, apartándola con frialdad.

—¿Salías conmigo por órdenes de ellos?

Sus labios quedaron entreabiertos, como si quisiera negar, pero la mirada la traicionó.

Fue apenas un destello de sorpresa y miedo, apenas un parpadeo demasiado largo, y eso fue suficiente.

El silencio que se extendió después pesaba más que cualquier palabra.

—Sí… —su confesión fue un susurro quebrado, tan tenue que Kon dudó haberlo escuchado—.

Pero no solo fue por eso.

Él sintió un frío extraño recorrerle la nuca.

Todo lo que habían vivido —los paseos, las citas sin brillo, las sonrisas tímidas, las charlas torpes— se le desplomó encima como un teatro de cartón mojado.

Recordó con dolor la primera vez que la invitó a salir: aquella sonrisa tranquila, esa seguridad que parecía no flaquear nunca, y la frase que tanto lo ilusionó: “esperaba a que me lo dijeras”.

Ahora sabía que lo esperaba porque era un trabajo.

Kon apretó los puños a su costado.

Quiso gritarle, reclamarle que no jugara con él, que no se riera de lo único verdadero que había sentido en meses.

Abrió la boca para escupir la rabia, pero Lorena lo interrumpió, dando un paso hacia él.

—En realidad… nadie sabe que estoy aquí.

—Su voz tembló esta vez, los ojos marrones fijos en los suyos, con un brillo entre súplica y desesperación—.

Dejé mi puesto en cuanto me enteré.

Extendió la mano, temblorosa, como si alargarla pudiera borrar la mentira, como si quisiera arrancarlo del suelo donde Kon ya había echado raíces de desconfianza.

—Kon… huye conmigo.

Él la miró en silencio.

El corazón le golpeaba el pecho, traicionero, tentándolo a creerle.

La mano extendida estaba ahí, al alcance de un movimiento.

Pero la herida en su orgullo ardía más fuerte que cualquier anhelo.

De sus labios no salió más que un bufido seco.

—¿Y por qué crees que iba a huir contigo?

—escupió Kon, cortante.

Lorena vaciló, como si buscara palabras en un pozo.

Cuando finalmente habló, su voz sonó extraña: baja, urgente, casi temblorosa.

—Porque… —titubeó— quiero vivir contigo.

Kon la miró, incrédulo.

La frase colgó en el aire como un disparate hermoso y doloroso a la vez.

—¿Qué?

—su incredulidad fue un susurro.

—Sé que suena a mentira, pero hablo en serio.

—Lorena inspiró y se obligó a sostenerle la mirada—.

Ya tengo un plan y un lugar.

Nos iríamos a las fronteras de Skaluph.

Hay una villa aislada, lejos de la civilización, con vistas al mar.

Tú siempre amaste el mar, ¿no?

Alquilaremos una choza en la orilla.

Será temporal, hasta que arregle las cosas.

—Oye, espera… —Kon comenzó, pero ella lo interrumpió.

—Solo será un tiempo.

Yo puedo protegerte de cualquiera que quiera hacerte daño —dijo, y sus manos buscaban las de él, apretándolas con fuerza, como si así sellara la verdad de su voz.

Kon se apartó un poco.

La desesperación en aquel gesto, la presión de sus dedos, le sonó demasiado ensayada.

—¿Eduard te ordenó que dijeras eso?

—preguntó, clavando los ojos en ella.

Lorena frunció el ceño.

Por un instante su rostro mostró sorpresa —y miedo—; luego negó con la cabeza.

—Si Eduard lo supiera, intentaría detenerme —murmuró.

Kon arqueó una ceja, sin creer nada.

—No me lo creo.

Lorena acortó la distancia hasta quedar casi pegada a él.

Su aliento rozó la piel de Kon; su voz, peligrosamente baja, se volvió una afirmación terrible.

—No me crees —dijo—.

Entonces escucha esto: pienso matar a Calipso por ti.

La frase cayó como una piedra.

Kon parpadeó.

Al principio creyó oír mal.

—¿Qué?

—repitió, aturdido.

—El príncipe heredero de Skaluph pretende casarse conmigo.

—Ella enunció cada palabra con frialdad—.

Voy a aceptar la propuesta, convertiré mi posición en poder, y cuando llegue la coronación… mataré al rey.

Y la noche que Calipso suba al trono, lo mataré a él también.

Cambiaré las leyes para que puedas salir de tu encierro; podrás volver a andar libre por el país.

Incluso podremos casarnos.

Kon sintió que la sangre se le helaba en las venas.

Aquella promesa sonaba a delirio o a apuesta suicida.

La calma con la que Lorena hablaba era lo peor: no había titubeo, no olía mentiras, sólo una resolución fría.

¿Matar a la familia real de Skaluph?

¿Estaba ella loca?

Por un instante, la mirada de Lorena se quebró y apareció un brillo humano —miedo, quizá arrepentimiento—, como si la enormidad de lo dicho la arrastrara también.

Pero segundos después recompuso la compostura y sostuvo la intención con la misma firmeza.

Kon retrocedió un paso, el mundo girando a su alrededor.

—No puedo creer que me digas esto —dijo despacio—.

¿En serio pensabas que iba a responder “sí” a eso?

Lorena apretó los labios.

En sus ojos, ahora sin máscara, asomaba el pánico y una tristeza que lo golpeó más que la traición.

—¿No es eso mejor que morir?

Yo no quiero perderte… —la voz de Lorena se quebró en un hilo de súplica.

—Si sigues hablando voy a contarle todo a Eduard.

—Kon retrocedió despacio, cada paso medido, como si temiera provocar un ataque.

Su amenaza sonó más a desesperación que a fuerza—.

Veamos cuánto dura ese “amor” de mentiras que tanto proclamas.

La mirada de Lorena se apagó de golpe, como si alguien hubiera cerrado las cortinas desde dentro.

Kon juró que sus ojos marrones se enturbiaban, tornándose pálidos, casi blancos.

—¿Eso es un no?

—preguntó ella con voz plana.

—Por supuesto que no.

¿Quién en su sano juicio aceptaría algo así de loco?

Un destello extraño se encendió en los labios de Lorena; no era sonrisa, sino confesión.

—Yo lo hubiera hecho —susurró—.

Si me lo hubieras pedido, te habría seguido desde el primer día… desde que me diste esos apósitos.

Kon frunció el ceño.

—¿Cuándo te di yo unos apósitos?

La única vez que recordaba haber entregado sus curitas con el dibujo de Superman había sido a Mikael, después de que lo encontrara herido.

Un escalofrío recorrió su espalda.

—No puede ser… ¿Qué seas…?

No alcanzó a terminar.

Lorena acortó la distancia de golpe y selló sus labios con los de él.

Fue un beso cálido, tierno al principio, lo bastante suave como para desarmarlo.

Kon abrió la boca por instinto, pero entonces lo sintió: algo extraño empujaba contra sus labios, colándose entre ellos.

No era su lengua.

El pánico lo atravesó cuando notó aquella sustancia deslizarse, espesa, obligándolo a tragar.

Intentó apartarla, pero Lorena lo sostuvo con una fuerza casi antinatural hasta que lo obligó a deglutir.

Un estruendo interrumpió el contacto.

Rice irrumpió como un vendaval, su puño enterrándose en el abdomen de la chica con tanta brutalidad que la lanzó contra la pared, rompiendo la entrada de la primaria en astillas y polvo.

—¡Kon, ¿estás bien?!

—el Sílex lo tomó de los hombros, examinando su rostro, su boca, buscando algún signo de daño.

Kon, con los ojos desorbitados, se llevó una mano a los labios.

Tosió, intentando expulsar lo que fuera que le habían hecho tragar.

—Me dio algo… —logró decir, con la voz áspera y quebrada.

—Déjame ver.

—La voz de Rice quedó ahogada por un estallido que los partió en dos.

La detonación llegó como un golpe de aire caliente: un latigazo que les clavó el sonido en los huesos.

A Kon le reventaron los oídos; el mundo se volvió una marea de luz blanca y polvo.

Sintió el cuerpo perderse por un segundo y luego el pavimento lo golpeó con una violencia seca que le arrancó el aire y le arrastró la piel contra la piedra.

Un sabor metálico llenó su boca; un hilo de sangre le supuró en el labio.

La visión se quebró en franjas.

Lo que antes eran contornos ahora era una acuarela borrosa; los sonidos—voces, escombros, gritos—llegaban como a través de una pared gruesa.

Algo frío y urgente le sujetó los hombros; manos rápidas lo izaron sin delicadeza.

Entre la niebla vio la silueta de Sarah encima de él, su rostro demasiado cerca, los ojos enormes de terror.

De sus labios no brotó palabra, sólo un jadeo entrecortado.

El metal, el humo y ese olor a pólvora le quemaron la nariz.

Alzó la cabeza con esfuerzo y, a través del velo de polvo, distinguió la entrada de la escuela: marco astillado, vidrios convertidos en lluvia.

Ahí, parado como si nada hubiera sucedido, estaba Lorena.

Su rostro—habitualmente cálido—estaba helado; la sonrisa había desaparecido, dejándole una calma que no era natural sino cortante.

—Hubieras aceptado mi oferta —dijo, con una voz que no buscaba piedad, sólo constatar una verdad que para ella ya no admitía discusión.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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