Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

La canción del dragón - Capítulo 38

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. La canción del dragón
  4. Capítulo 38 - 38 ¡BAM!
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

38: ¡BAM!

38: ¡BAM!

—Hubieras aceptado mi oferta.

El sonido aturdió sus sentidos por unos momentos, todo se escuchaba tan lejano, incluso los gritos de la gente y del sonido de las puertas cerrándose, nadie quería estar cerca de su casa en llamas.

Kon apenas podía respirar.

Estaba en el suelo, cubierto de polvo, con los oídos aturdidos y la vista nublada.

El aire olía a gas, metal caliente y carne quemada.

Sarah lo forzó a levantarse, alejarse de la zona del ataque y del fuego que rodeaba el edificio.

Frente a ellos, como un muro vivo, estaba Rice.

De pie, humeante, con los brazos en alto.

Su camiseta estaba hecha jirones, la espalda cubierta de hematomas oscuros, marcadas por la grava ardiente que le había llovido encima, pero ahí seguía.

Temblando.

Preparado para otro ataque.

—Lorena… Ahí estaba ella.

En la entrada del portón.

Inmóvil.

Con la misma cara de siempre, pero sin la calidez ni rastro de humanidad.

Sus ojos estaban vacíos y extraños.

Cuando dio un paso al frente Rice reaccionó de inmediato.

La patada fue brutal.

El aire silbó cuando su pierna trazó un arco y se estrelló contra el cuello de la chica con un sonido seco y monstruoso.

GRIETA.

El golpe la lanzó por los aires, estrellándola contra el muro lateral de la casa.

Un muro que ya estaba ardiendo.

Kon se incorporó como pudo.

Su cuerpo entero temblaba.

Esa no era Lorena.

No podía serlo.

No la chica que le hablaba de películas viejas y lo invitaba a citas.

No la que le había robado un beso esa noche.

Había visto peleas antes… en la televisión.

En los videojuegos.

Pero nunca una real y acababa de matar a Lorena, le vio quebrarle el cuello con solo una patada.

—¿Esta…?

¿esta…?

Respondiendo a su pregunta, de una forma macabra, el cuerpo de su novia se despegó del concreto.

Su cuello se enderezó con un chasquido horrible, como si alguien doblara metal con las manos.

Se sacudió el fuego del vestido como si fuera polvo y corrió hacia ellos.

Rice la interceptó con un puñetazo que rompió el pavimento.

El golpe no la detuvo.

El segundo sí: un codazo al estómago que la dobló en seco.

Luego otro, en la cara, y un rodillazo al pecho que la estampó contra el capó de un auto.

El vehículo se dobló como una lata.

Antes de que Rice pudiera rematarla, saltó por encima de él.

Cayó detrás, y con un movimiento de pierna que parecía un látigo, lo hizo volar por el aire y estrellarse contra un poste, que se partió en dos.

Kon gritó.

No sabía a quién llamaba.

Si a su padre, oa Rice.

Lorena caminó lentamente hacia él.

Estaba herida.

Tenía media cara reventada, uno de sus dientes colgaba apenas.

Se detuvo a un metro de Kon y le escupió el diente flojo a Rice, justo cuando este se reincorporaba.

Rice lo esquivó y el diente siguió de largo, y cuando impactó contra la casa de enfrente, cruzando la calle: ¡Bum!

La explosión fue tan potente que hizo estallar las ventanas del barrio entero.

Kon dejó de gritar.

Ya no podía.

Su cuerpo simplemente no respondía.

—¡Nos vamos!

—rugió Rice, y antes de que Kon pudiera negarse, lo cargó a él ya Sarah al hombro, como un costal.

Corría sobre el asfalto que se cuarteaba, esquivando pedazos de concreto, saltando autos reventados.

Kon podía ver, a través de la rendija de su brazo, a Lorena persiguiéndolos, descalza, sangrando, riendo como si no sintiera dolor.

Porque su novia se volvió una bomba andante.

Su huida los condujo hasta el interior del único gimnasio del pueblo, donde Sarah solía ir de vez en cuando para desquitar su frustración.

Ella fue la primera en reconocerlo, aunque le pidió a Rice que no entraran a ese lugar, ya era tarde.

Los sonidos de detonaciones llamaron la atención de todos dentro del pequeño edificio.

Al principio creyeron que eran fuegos artificiales, hasta que los espejos del gimnasio vibraron y el piso crujió con una fuerza que solo traen las bombas.

—¡Abran paso!

Al gimnasio entraron los tres chicos, casi rompiendo la puerta de entrada de una patada.

Estaban echando humo por la ropa.

Kon colgaba sobre el hombro de Rice, inerte, con sangre en la comisura de la boca y la mirada perdida.

Algunos lo confundieron con un muerto.

A Sarah la bajo sin cuidado, dejando que su cara se estampara contra el suelo.

A Kon, sin embargo, tuvo que sentarlo en el mueble de la recepción.

—Cuidalo un momento.

— ¿Cómo esperas que haga eso?

Pregunto, ayudando a Kon a mantenerse de pie.

Era una suerte, no estaba inconsciente, solo muy asustado.

No respondió a su pregunta, solo se apresuró a correr a las máquinas de entrenamiento.

Con una mano levantó una, apuntó y la arrojó con todas sus fuerzas a la entrada, dejando a todos los presentes sin aliento.

La explosión que le siguió fue tan fuerte que los vidrios de las ventanas y puertas volaron.

Sarah se tiró al suelo e impulso a Kon para hacer lo mismo.

Ambos se cubrieron la cabeza con las manos, impidiendo los vidrios.

—Pero que mal educado—.

Una voz cantante se escucha desde el otro lado.

Una chica con gafas de búho y un vestido largo blanco con azul se acercaba al edificio.

— ¿Cómo es que tienes novia?

Si eres terrible con las chicas.

Sin darle tiempo a avanzar, Rice volvió a levantar otra de las máquinas y la arrojó de nuevo en dirección a Lorena.

Al igual que antes, la hizo explotar sin problema, pero no contó con que una segunda máquina llegará después de la primera.

-Oh.

Lorena abrió la boca, quizás para lanzar otra broma, justo cuando la segunda máquina le cayó encima con un estruendo metálico.

El gimnasio entero se quedó en silencio, esperando…

pero no hubo más sonido.

Solo un crujido seco, y luego, nada.

Sarah levantó la cabeza cuando todo quedó en calma y solo las respiraciones agitadas de la gente de adentro se escuchaban.

Rice volvió junto a ellos y los obligaron a levantarse.

No podía creer la fuerza que tenía al jalarlos como si fueran muñecos.

—¿Esta…?

¿Está muerta?—.

Kon balbuceaba, incapaz de dejar de temblar.

Trato de ver hacia la entrada, pero Rice le bloqueó la vista.

—Sabes conducir?

—dijo Rice, sin mirarla.

Ya estaba calculando la ruta de escape.

—Motocicleta.

—Eso es suficiente.

El chico no se fiaba en que estuviera muerta.

Siguiendo las indicaciones de Rice, movidos solo por el instinto, corrieron a la salida de emergencia, siendo empujados por el resto de gente que buscaba escapar con vida.

El pasillo era pequeño, eso dificulta el movimiento y si Lorena despertaba en ese momento estarían muertos, calcinados por completo en ese pasillo, cubiertos de sudor y miedo ajeno.

De no ser por los jalones que Sarah le daba y los brincos sincronizados de los tres para esquivar los objetos que se caían de las bolsas de otros, Kon hubiera caído al primer movimiento y muerto aplastado.

Llegaron al estacionamiento ilesos, donde varias personas trataron de encender los autos y motocicletas, algunos salían solo así, olvidando sus cosas y corriendo lo más rápido que podía.

—Tomemos esa— Sarah señaló la moto de color rojo que una chica pretendía de encender sin éxito.

— ¿Estás loca?

No podemos quitarle su moto a una chica— Kon habló con la indignación desbordando de él.

Mostrando ese lado tan correcto, y tan desesperante en momentos como ese.

—Sería una muerte segura para ella.

—¡De acuerdo!— Impaciente, busca otra moto disponible.

Algo imposible con tanta gente subiéndose a ellas y acelerando —De verdad nadie con moto se murió?

Una idea se cruzó por su mente.

No todos eran los dueños de los vehículos y la mayoría que conducían eran chicos, no mujeres hermosas.

—¡Ese!— su dedo apuntó a un sujeto que luchaba por unir los cables para hacer el aparato funcionar.

—¡Ya te dije que no!

Sin hacer caso a los regaños del pelinegro, Rice tocó al sujeto señalado por Sarah dejándolo inconsciente en el suelo.

—Suban— Terminó por conectarla y hacerla funcionar.

Cada uno corrió a sus asientos: Kon en medio, Rice atrás y Sarah adelante.

Similar al juego de la cebollita, donde se debe sostener la cintura del compañero del frente y no soltarse por más que jalen.

Justo así era como Kon se sintió cuando una pequeña explosión hizo volar el auto a su lado.

Lorena había vuelto a la normalidad y ahora les apuntaba con un dedo como si fuese un juego de tiro al blanco.

—Ups, falle—.

Esos ojos vacíos les dieron escalofríos.

—¡Acelera!—.

Arroz Ordenó.

En sus 16 años de vida, Kon nunca se había subido a una moto, siempre pensó en ellas como vehículos que aceleraban la muerte y ahora era la única que podía salvarle la vida.

Esa moto y Sarah, quien conducía como si se la llevara el diablo (y así era) eran lo único que lo podía salvar en ese momento.

—¡Me voy a morir!— Consumido por el miedo, su cerebro solo pudo concluir eso.

—No seas llorón.

Rice extendió una mano para arrancar el letrero de alto que estaba a la orilla de la baqueta y usarlo como lanza.

Lorena logró esquivar el filo del metal con precisión.

Corría casi tan rápido como la motocicleta, sin frenar el ritmo por más cosas que el Alfa le lanzara ¿era acaso humana?

Volvió a levantar la mano y sacar una hilera de cadenas que, al chocar contra las cosas, explotaban.

—¡Bang, bang, bang!

Sarah logró esquivar a tiempo las explosiones cuando otra rozó las llantas, tambaleando la moto.

A la vez que más de esas cadenas invisibles explotaban las paredes, los bebederos, los techos de lámina y cualquier otra cosa cercana a la carretera.

—¡No quiero morir de esa manera tan dolorosa!

—¡Ya dije que no morirás!

—Por lo menos, quiero que perforen mi cabeza primero, así no sentiré dolor—.

su voz se apagaba mientras más hablaba.

—¡Ya parale!

Saldremos de esta.

—Y si mejor me mato yo?

Eso me asegurará no sufrir.

—¡Si te matas también lo voy hacer yo!— Rice gritó con más fuerza, cabreado de solo escuchando quejas.

—¡Se lo que estás pensando y más te vale dejar de hacerlo!

—¡Carajo!—.

A Sarah se le aceleró el pulso al ver un pedazo de concreto caer directo a ellos.

Antes de morir aplastados, logró dar una vuelta en la esquina, tan de repente que Rice se vio obligado a abrazar a Kon o saldría desprendido del asiento.

¿El problema?

Lorena los estaba esperando en ese lugar, con los brazos cruzados y sonriendo de esa forma inocente que se le daba tan bien.

Apuntó la mano al aire, con un único dedo levantado.

-Estallen.

Todos los edificios y casas a su alrededor explotaron de tal forma que se inclinaron a los lados, justo donde ellos estaban.

Esa calle iba a ser su cementerio y no había más callejones a tomar.

Rice inhalo profundo, los hilos de la muerte se hacían presentes frente a él mostrando el camino a seguir, confiaba en ellos y solo quedaba confiar en el manejo de la chica.

—¡Sara!—.

Levantó la voz por encima de las explosiones.

—¡Conduce hacia donde yo te diga!

—¡De acuerdo!

No había momento para pensar, ella también debía confiar en los instintos de él.

Esquivando los trozos de concreto que caían primero, usando el error de cinco segundos de cada caída y con Rice rompiendo en pedazos otros con los puños.

Las ruedas saltaron sobre el techo de un local, usándolo como rampa y avanzando por la pared de otro pequeño edificio que iba a aplastarlos.

Kon abrazaba con tanta fuerza la cintura de la chica que en cualquier momento rompería sus costillas, se negaba a abrir los ojos.

Lo único que hacía era pedir que todo acabara.

Confiando en las indicaciones tan irreales y salvajes que Rice le daba, fue como lograron evitar morir aplastados.

Conduciendo sobre casas y otros autos que los ayudaban a impulsarse.

Sin embargo, Lorena no se los dejaría tan fácil.

Esta vez, levantó dos dedos en lugar de uno y los bajó al mismo tiempo.

La abuela se lo advirtió una vez a Rice en su entrenamiento al aire libre; “nunca bajes la guardia” ¿Cómo no pudieron imaginar que Lorena también movía edificios como si fueran proyectiles?

“Maldición” Pensó Rice, dándose cuenta de que no pueden cambiar de carril en el aire al igual que en las películas.

El edificio se quebró en pedazos tan pequeños que la calle se cubrió de una lluvia de concreto, sin ningún trozo que fuera mortal para ellos.

Sarah aterrizó con violencia en el suelo, tratando de no caer los tres en una zona tan peligrosa.

Ares cayó como un meteorito.

Su sombra se alzó sobre el caos, sobre los restos del auto destruido, sobre la tierra hecha trizas.

Sus ojos ardían, su cuerpo chispeaba con el aura de su clan, y su mera llegada silenció todo.

Incluso a Lorena.

Ella retrocedió.

El arroz tragó saliva.

Y Kon, al abrir los ojos, sintió como su corazón se calmaba.

Su padre estaba allí.

Nadie iba a tocarlos.

—Ares.

—Pero a todos les sorprendió escuchar que ella lo conoció—.

Pensé que estabas trabajando.

—Con el escándalo que hiciste, es imposible que no haya venido a ver lo que pasaba.

—Él también le hablaba con tanta familiaridad ¿acaso se había perdido de algo?

—Así que eras tú la novia de mi hijo.

Décima cazadora del emperador Einar: Mikael Avira.

Mikael volvió a sonreír.

Si tenía miedo, no lo mostré.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo