La canción del dragón - Capítulo 39
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- Capítulo 39 - 39 Hazte responsable de ti mismo
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39: Hazte responsable de ti mismo 39: Hazte responsable de ti mismo Kon estaba estupefacto en su lugar.
Su padre no solo la conocía, también decía que era Mikael, el mismo Mikael de la secundaria ¿Su compañero que lo odiaba?
Se fijó en Lorena y en su hilo, pero era azul, no rosa.
Su olor también era diferente, ni siquiera Rice la detectó.
¿Cómo era que su padre la detectó con tanta facilidad?
porque su padre no mentiría, ni siquiera conoció a Mikael.
Se fijó en Rice, quien mantenía los puños apretados, tal como supuso, él tampoco se dio cuenta de quién era ¿así de bueno era su disfraz?
Solo un Alfa de alto rango como su padre supo la verdad.
Había algo raro en esa mujer.
Ares lo sintió cuando llegó, su cuerpo era diferente.
Tenía la esencia de la persona original, pero el recipiente que la contiene no se parecía al que vio una vez.
—Eres un avatar de la Mikael original.
—Qué hábil eres.
Mi disfraz es tan bueno que engaña incluso a los Drum más jóvenes, aunque nunca pensé que me toparía con veteranos.
—Estás bajo las órdenes de Einar ¿cierto?
Lorena se tardo un poco en responder a esa acusación, como si no pudiera recordar lo que acababa de mencionar.
—Sí, son órdenes imperiales.
Si nos inclinamos por la ley, los que están cometiendo un crimen es Eduard y todo el que apoye su idea.
El emperador ha dicho que tu hijo representa un enorme riesgo.
—¿Riesgo?
Por años mi raza ha sido la protectora de Xictli.
Mucho antes de que ustedes, los Omegas, existieran.
—Sin embargo, así están las cosas.
—La chica llevó las manos a la cintura, apretando sus dedos contra la tela.
Estaba segura de que Ares ya había olvidado su miedo, aun así, su orgullo era mucho más fuerte—.
No odies al mensajero, que solo sigo órdenes.
—¿Por 6 meses?
Jugaste con mi hijo.
La chica no lucía orgullosa de eso.
—Con tu hijo iba en serio, pero las reglas son las reglas.
Kon bajo la mirada, esas palabras dolieron más de lo que esperaba.
Su plan descabellado de ir a Skaluph también era una mentira ¿Por que pensó que era diferente?
Ares se percató de eso, a su hijo acababan de romperle el corazón.
—Entonces no tengo más opción.
Antes de que el Alfa pudiera atacar, Mikael levantó los brazos, un tiempo para ser atrapada por otra persona con alas de ángel y sacarla del apuro a gran velocidad.
Un hombre de largo cabello castaño y trapos viejos envolviendo sus piernas fue quien pasó sobre ellos.
Sarah lo reconoció al instante: Caelan.
Rice se levantó del suelo para tratar de seguirlos, más era inútil, se habían ido.
Ares la observó hasta que se perdió entre los escombros.
Luego bajó la mirada hacia su hijo.
—¿Estás bien?
Kon ascendiendo, tratando de regular los temblores de su cuerpo.
Se convenció de que no había razón para tener más miedo con su padre a su lado, él podría hacerse cargo de todo.
—Perfecto—.
Respondió Kon.
—Justo como cuando intenta matarte todos los edificios.
—Bien —Ares no se sonrojó—.
Es hora de irte.
—¿Irme?
¿En singular?
—La Mikael original está en Skaluph, con nuestra otra parte de la familia.
Según la cuenta Eduard, el plan es tener las flores Yardam, que posee la familia noble de Falconia.
Pero, con este ataque, ya no estoy seguro de si busca acabar con Madre o un seguro para matarnos a nosotros y Eduard.
Kon lo entendía, por supuesto que lo entendía.
Las flores Yardam nacen de los Drum muertos y, según la ley, solo un Drum puede matar a otro Drum, aun si son solo los restos de uno.
Lo entendía, pero, aún así… —¡No puedes irte!
—gritó Kon, con la voz quebrándosele al final—.
¡No puedes ser tan irresponsable!
Ares se quedó quieto.
El viento agitaba las cenizas a su alrededor.
—¿Irresponsable?
-¡Si!
—Kon dio un paso al frente, con los puños cerrados—.
¡Me atacaron porque soy un Pit-Nüwa!
Porque soy tu hijo.
Por tu culpa robaron el collar de mamá.
Por tu culpa estoy metido en esto.
¡Yo no quiero morir por algo así!
No alcanzó a ver el movimiento.
Solo sentí que lo tomaban del brazo, como cuando era niño, y lo arrastraban sin delicadeza.
—¡Suéltame!
¡Viejo idiota!
Rice intentó seguirlos, pero Sarah le bloqueó el paso.
Ese era un tema que solo podía resolver entre los dos.
Aunque Rice tuvo el impulso de quitarla de su camino, al ver que su rostro siempre lleno de diferentes expresiones estaba ahora tan serio.
Padre e hijo llegaron a la casa, de pie.
Kon estaba que se moría de la vergüenza en todo el camino, pero no importaba cuánto intentara zafarse, el agarre de su padre era tan fuerte que sentía que le rompería el brazo.
Eduard y los demás les hicieron espacio, sin metros en sus asuntos.
Incluso Thea, cuando vio la mirada rápida que Ares le dio entendió que era un regaño en el que no podía meterse.
Podía adorar a Kon, y por eso sabía cuando debía dejar que recibiera unos cuantos coscorrones.
Yaotl fue el único que no sonaba contento al ver como jaloneaban a su dueño.
Lo arrastró hasta la habitación que antes compartía con su madre.
Ares lo dejó frente al viejo escritorio, abrió la caja fuerte con un chasquido y sacó un libro antiguo, forrado en cuero agrietado y marcado por runas que parecían respirar.
Lo arrojó sobre la mesa con un golpe seco; el impacto levantó una nube de polvo que olía a papel viejo ya encierro.
—Aprendelo.
—La orden rebotó en las paredes.
—¿Perdón?
—Kon se cruzó de brazos, la rabia aflorando como un nudo en la garganta—.
¿Me pides que me aprenda eso?
¿Ahora?
No hay forma, viejo.
Ares cerró la caja con un portazo que hizo vibrar el mueble.
—Kon.
Cuida tu lengua.
—El tono era tan frío y definitivo que el chico se paralizó—.
Eres inteligente.
Tienes sueños.
Lo entiendo.
Pero deja de usar eso como excusa.
Esas palabras calaron hondo.
El “entiendo” le sonó como una burla; algo dentro de Kon se crispó.
Nadie, pensó, nadie entendía lo que cargar con ese nombre implicaba.
—No pudiste elegir dónde nacer —Ares bajó la voz, y por un instante la dureza dejó paso a una sinceridad áspera—.
Créeme que eso me duele.
Pero ahora eso no importa.
Tomó el libro y se lo colocó en las manos sin pedir permiso.
Kon lo rechazó en el aire, pero Ares presionó, hasta que el muchacho lo sostuvo, con los dedos que le temblaban apenas.
— ¿Quieres una vida normal?
Pues adivina… no somos normales.
Si la quieres, tendrás que pelear por ella.
O morir.
El silencio que siguió fue pesado; se oían los pasos de los vecinos fuera, la vida ordinaria continuando indiferente.
Kon sintió el pecho apretarse; la rabia se mezcló con algo más viejo y punzante: abandono.
—¿Por qué no haces algo por protegerte?
—preguntó Ares, girándose hacia la puerta, listo para marcharse—.
El único irresponsable aquí eres tú.
Kon no volvió la cabeza.
Fue la acusación que lo golpeó más fuerte que cualquier bofetada.
Kon se quedó inmóvil, respirando con violencia; La sensación de vacío fue más dolorosa que un golpe físico.
—Estúdialo mientras estés con Thea y tu tío Ragnar.
—La indicación sonó casi mecánica—.
Yo iré con Eduard a averiguar qué sucede.
Como líder de los Alfas debe mantener el orden, en lo terrenal y en lo espiritual.
Ahora, más que antes, debo ganarme la confianza de la gente para poder abogar por nosotros.
Lo miró una última vez, con esa mirada dura que mezcla orgullo y exigencia.
Kon presionó el libro contra el pecho como si fuera una tabla de salvación.
—Tu único trabajo es hacerte fuerte.
—Ares clavó la frase como una sentencia—.
Estás en un lugar seguro; ¿No puedes al menos hacer eso?
La puerta se cerró tras su figura.
El ruido del pasador fue un cerrojo sobre la garganta de Kon.
Quedó solo en la penumbra, con el libro temblando entre las manos, sintiendo que el enfado se disolvía en una tristeza que quemaba.
Se apoyó con la espalda en la puerta, dobló las rodillas y dejó que la presión del pecho le tradujera en sollozos contenidos.
Aferrado al cuero ya las runas, comprendió, con una claridad cruel, que aquello —aprender, pelear, sobrevivir— ya no era una opción: era su única salida.
—¡Tengo malas noticias!
—Grito Morgart desde la sala.
Ares y Kon salieron del cuarto de inmediato, ambos tensos, como si la palabra “malas” ya los hubiera preparado para lo peor.
¿Qué otra cosa podía desmoronarse en ese momento?
La respuesta los esperaba en la puerta.
Sarah, jadeante, se sostenía contra el marco, su ropa cubierta de polvo, el cabello revuelto por la carrera entre los escombros.
Respiraba entrecortado, como si cada palabra le costara un esfuerzo.
—Rice fue detrás de esa chica… —logró decir, con la voz quebrada por el cansancio—.
Dijo que le hizo algo a Kon y que iba a averiguar qué era.
El silencio que siguió al peso como plomo.
Kon parpadeó confundido, y solo entonces recordó lo que había pasado.
El beso.
El calor extraño en su garganta.
La sensación viscosa bajando a su estómago.
Por instinto, se llevó las manos al cuello, apretando con fuerza, como si pudiera arrancarse lo que ya llevaba dentro.
Su rostro palideció, los labios resecos.
Una náusea invisible lo extrema.
—No era necesario que llegaran a cuentos extremos.
La voz, calmada y desconocida, cortó el aire como un cuchillo.
Todos se giraron al instante.
Eduard entrecerró los ojos, instintivamente adelantando un paso, y Sarah se tensó como si una corriente eléctrica le recorriera los huesos.
Morgart, que rara vez perdía la compostura, aferró el brazo de su silla como si estuviera preparado para ponerse de pie en cualquier momento.
En la entrada, sereno como si estuviera en su propia casa, apareció el chico.
El mismo que se había llevado a Lorena minutos antes.
Su silueta imponía, no por su tamaño, sino por la presencia de lo que cargaba.
A su espalda descansaban dos espadas que parecían de mundos distintos: una, carmesí, con el filo irregular, corroído y áspero como una herida abierta en el metal; la otra, blanca, de un resplandor tan puro que parecía tallada en mármol divino, un arma digna de exhibirse en un altar o un museo.
—Caelan… —la voz de Sarah tembló al pronunciar el nombre.
Dio un paso al frente, como si eso pudiera acercarla más a él, aunque la distancia entre ambos era mucho más que física—.
¿Qué haces aquí?
Caelan no contestó de inmediato.
Metió la mano en el bolsillo de su abrigo y, con una calma inquietante, sacó un pequeño objeto: una esfera de color negro, pulida como obsidiana líquida.
La sostuvo a la altura de la mirada de todos, dejando que la luz la recorriera.
—Este es un veneno del clan Coatl —dijo con voz suave, pero clara, como si explicara una lección—.
Uno que yo mismo modifiqué.
Sus ojos se clavaron en Kon, y por un instante la sala entera pareció cerrarse sobre él.
—Es lo que ese avatar que les envié le inyectó a tu hijo.
Las palabras quedaron flotando en el aire.
El corazón de Kon se encogió en su pecho, un sudor frío le corrió por la espalda.
Eduard endureció la mandíbula, y Ares, como un lobo a punto de saltar, dio un paso al frente.
Morgart y Soleil, inmóviles, tenían la mirada fija en la esfera, como si pudiera medir con solo verla la magnitud del veneno.
Thea se llevó las manos a la boca, conteniendo un grito.
Makari fue la primera en hablar, la calma en su voz era casi ceremonial y no dejaba entrever emoción alguna.
—¿Por qué lo hiciste?
¿Son órdenes del Emperador?
Caelan desvió la mirada hacia ella un instante y su gesto se ablandó, mostrando una ternura que solo dirigiría a su madre.
—Por supuesto que son órdenes.
Ya lo dijo ese títere antes: los que están cometiendo un delito son ustedes.
Las palabras cayeron como una sentencia.
Kou dio un paso adelante, apretando el hombro de Eduard antes de que hiciera algo impulsivo.
En las palabras de Caelan solo había verdad y todos sabían que ese era un escenario a considerar cuando eligieron creer en Eduard y no en Einar.
—Tienes razón —replicó Kou, con voz grave—.
Aunque intentáramos convencer al Emperador, no borra el hecho de que hemos cometido traición.
Sin embargo, tú tampoco las estás siguiendo o lo hubieras matado.
Caelan sonrió.
—No espero menos del general del Emperador.
—Se encogió de hombros—.
Cierto, no lo mate de inmediato porque pienso probarlo.
—¡Caelan!
—La voz de Sarah estaba cargada de reproche.
—Lo siento, hermanita —dijo él con fingida contrición—.
Usé a Cecilia como recipiente para recrear la forma de Lorena; era lo que tenía a mano.
—Su encogimiento de hombros sonó a desprecio—.
Una mujer tenía un huevo de Tecuani escondido en su casa.
No sé para qué lo guardaba, así que lo hice eclosionar.
La acusación reventó en el aire.
Sarah se quiso lanzar hacia él, furiosa por lo que hizo con su vieja amiga.
Caelan alzó las manos con teatral inocencia.
—No la convertí en un Tecuani —aclaró, con voz medida—.
La pulsera que llevaba es el Tecuani: mientras la use, le presta las habilidades de la persona cuya apariencia copio.
—Por eso Rice no notó la diferencia a tiempo —susurró Kon, conectando las piezas entre lo ocurrido y la impostura.
—Cecilia está viva —continuó Caelan—.
La tengo atada en una casa abandonada, a unas cuadras de aquí.
Me aseguré de que la maldición no se propagara.
Aun así deberían examinarla; es prudente descartar cualquier contagio.
Ares, que hasta entonces se mantenía en silencio, alzó la voz con autoridad.
—¿Por qué lo hiciste?
¿Por qué probaste con mi hijo?
Caelan ladeó la cabeza, divertido por la obsesión del padre.
—Oh, sí: eso era lo que nos ocupaba.
—Se acomodó las manos en la cintura, la confianza rozando la arrogancia—.
Tienen cinco días antes de que el veneno invada su sistema y lo mate.
El cuarto quedó suspendido en otro silencio: cada quien procesó la amenaza a su manera y Kon sintió el mundo encogerse a su alrededor, la fecha marcaba un filo en su pecho.
Caelan bajó la voz, como un soldado que se dirige a sus superiores y, al mismo tiempo, a sus enemigos: —Mis disculpas, amo Pit-Nüwa.
Soy Alfa, sirvo al dragón azul.
Soy soldado, espía, asesino.
Haré lo que se me ordene.
Pero no sigo a un líder que sea más débil que yo.
La sombra que cruzó el rostro de Ares fue larga; la posibilidad de que otros supieran la verdad sobre Kon —la falta de habilidades— era un golpe que sólo empeoraba la situación.
Caelan lanzó la pequeña píldora a Eduard, quien la atrapó al vuelo con la naturalidad de quien está acostumbrado a sorpresas.
El objeto, diminuto y liso, tintineó entre sus dedos como una promesa venenosa.
—Si de verdad quieren la cura —dijo Caelan—, ese chico tendrá que quitármela por la fuerza.
Eduard soltó una risita corta, incrédulo.
—¿Y por qué crees que no puedo quitártela ahora mismo?
—Si pudieras, ya lo habrías hecho —respondió Caelan, aferrando la certeza—.
He vivido a tu lado toda la vida.
Sé cómo lidiar contigo.
Si tuviera la cura conmigo, sería demasiado fácil para ti arrebatármela.
Por eso no la hice y no se la dije a nadie.
Si me matan, se irá el único que sabe cómo prepararla.
La pieza encajó como una trampa.
Aquello dejaba a los demás con una sola opción brutal: subirse al ring y vencer a Caelan ellos mismos.
Y Kon —que ni siquiera podía formar un puño de manera adecuada— era la pieza central de ese juego perverso.
Caelan dio un paso atrás, elegante y desprovisto de prisa.
Sus palabras finales fueron tan frías como el filo de sus espadas: —Él dijo lo que tenía que decir.
No hay razón para quedarme.
Dentro de cinco días estarán esperándolos en el templo del Ocelote, al norte de Aztlapalco.
Procuren llegar antes del anochecer.
Esa será la noche en que el chico muera.
Con esa amenaza colgando en el aire, Caelan se volvió y se marchó.
Sus botas resonaron hasta que el pasillo devolvió el eco vacío de su salida.
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