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La canción del dragón - Capítulo 4

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  4. Capítulo 4 - 4 Una pizza gratis vale más que una disculpa
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4: Una pizza gratis vale más que una disculpa 4: Una pizza gratis vale más que una disculpa Llegó a casa con los hombros rígidos, arrastrando los pies.

Su pésimo ánimo debió ser muy evidente, para que incluso el perro de la librería lo acompañará en todo el trayecto mientras lloriqueaba.

Kon le acarició la cabeza como agradecimiento, siempre que necesitaba un consuelo ahí estaba su peludo amigo.

—Nos vemos mañana, Yaotl—.

Prometió Kon, antes de cerrar la puerta.

Dejó la mochila en el suelo sin molestarse en desabrocharla.

Tan pronto entró a su casa, el ánimo volvió a bajar y Ares lo notó a la mañana siguiente.

Su hijo no había tocado el periódico, algo que jamás pasó.

Ni una hoja ojeada, ni una queja sobre los titulares del día.

—¿Te pasa algo?

Kon dudó.

¿Cómo hablar de mujeres con alguien que resolvía todo a golpes?

Pero el viejo lo miraba con algo raro: atención.

De verdad quería escucharlo.

No tenía amigos a quienes contarle, su única opción era su papá.

Pensó que, tal vez, basado en sus años de experiencia, podría darle un consejo.

— ¿Cómo te disculpas con una chica?

—preguntó, bajando la voz.

—Depende de lo que hiciste.

Kon bajó la mirada.

Se sintió estúpido incluso al decirlo.

—Me apuré.

Intenté algo que no debía…

La última vez.

Le contó todo.

Desde la presión en la escuela hasta ese momento en el auto que no podía dejar de repetir en su cabeza.

—¿Te arrepientes?

—preguntó Ares, dejando el tenedor a un lado.

-Si.

Pero no sé cómo decirlo.

—No le recita un poema.

Eso solo funciona en las novelas.

—¿Entonces?

—Demuestrale que lo sientes.

— ¿No escuchas que ya no quieres hablarme?

—Mira, salir con alguien no es fácil.

Vas a cagarla mil veces.

Pero si de verdad te importa, intenta arreglarlo.

No con flores ni poemas, con acciones.

Se ve que a esa chica le importas, aun no te ha votado de su vida.

Sigue intentándolo, ella se dará cuenta y te dará paso, porque también necesita analizarlo.

Kon asentado, sin estar del todo convencido.

—¿Y si no sirve de nada?

—Entonces al menos sabrás que lo intentaste.

Siguiendo el consejo de su viejo a la mañana siguiente volvió a hablarle, ya no como antes.

Con saludos formales, con indicaciones, le sonreía de vez en cuando al encontrar sus miradas.

De lejos le mandaba señales para que supiera que seguía esperando, incluso sus mensajes ya no eran de perdón, solo le deseaba los buenos días siempre preguntando si se encontraba a salvo.

¿Eso era suficiente?

Se preguntaba a menudo.

Como era su primera relación no sabía cómo seguir, se sentía como un niño al hacer caso a los consejos de su padre, era en esos momentos donde deseaba ser más sociable para tener amigos a quien contarles.

De pronto recordó a Rice, dejaron de ser cercanos desde la secundaria, ya ni podía verlo sin enfadarse.

Preguntarle a él sobre problemas de chicas sería absurdo, pero era la única opción que tenía.

❯────────────────❮ La siguiente semana se encontró comiendo otra vez en la casa de la señora Sanae Carrizo, con su enorme esposo al lado y su nieto al otro.

Como siempre, eran su padre y los ancianos quienes conversaban de cosas sin sentido, de los movimientos de personajes de películas y los partidos nacionales de la televisión.

No encontré el momento adecuado para hablar con Rice.

Ares, tan perspicaz como siempre, noto las intenciones de su hijo y les pidió a ambos jóvenes que fueran a comprar otra ronda de bebidas porque se habían acabado las de la nevera.

Salieron primero en silencio, sin hablar el uno con el otro, ya era costumbre encontrarse y no saludarse, eso debido a Kon y su rencor hacia Rice.

Por suerte, ahí estaba su fiel compañero canino: Yaotl, para mejorar un poco el ambiente.

—Es una linda semana ¿no?— Como siempre fue Rice quien rompió el hielo —Para ser época de lluvias ha estado muy tranquilo.

—Bueno, las noticias dicen que pronto se desatara una tormenta— Era su oportunidad, si seguía el ritmo casual su pregunta no se vería fuera de lugar.

—Espero que mientan, no me gustaría cancelar mis aviones.

—¿Vas a salir con alguien?

No imagina que tuvieras una persona especial.

—Yo también soy humano, claro que me puedo enamorar.

—Espera, ¿estás enamorado?

—Claro ¿Por qué saldría con ella si no lo estuviera?

—Es que… en la secundaria, salías con cualquier chica que te lo pidiera.

Lo recuerda vívidamente, una de esas chicas era su interés amoroso y Rice salió con ella cuando se lo pidió el día de San Valentín, mismo día que Kon planeaba confesarle sus sentimientos a través de una carta.

Una vez más había perdido ante él y su belleza de super estrella.

Su comentario pareció afectarle, la confianza que mostró cambió a una sonrisa postiza y melancólica.

Kon se preguntó si es que había dicho algo malo, sin embargo, Rice era más expresivo hablando con él que hablando con sus amigos de la escuela.

No entendía porque pensaba que sería difícil preguntarle sobre su problema, si Rice siempre fue sincero, él fue el único que se cerró ante su amabilidad.

—Vaya, no sabía que me prestabas atención, creí que solo te enfocabas en tus estudios—.

Dijo Rice, recordando esa actitud agradable.

—Era imposible no verlo, todos te envidiaban por eso—.

Recordó Kon, con cierta gracia.

—Muchos querían darme una paliza, resulta que hubo varios enamorados reprimidos por mi culpa.

—Sin duda tienes experiencia.

—Yo no diría eso, nunca lo tomé en serio, era solo un amor de niños.

Ahora es diferente, esta vez de verdad me gusta.

¿Cuánto tiempo llevan saliendo?

—apenas cumpliremos 6 meses.

Kon estaba a punto de decir que él estaba por cumplir 6 meses con su novia también, pero no quería desviarse del tema central.

Aunque daba escalofríos pensar que Rice y él consiguieron novia al mismo instante, lo importante era arreglarse con Lorena.

Kon alzó la mirada y dejó caer la voz: —Mira… necesito tu ayuda.

Durante un segundo, el aire se enredó entre los estantes.

Kon apartó la vista: no quería ver la expresión de Rice.

—¿Sobre qué?

—preguntó Rice, con esa calma imperturbable que siempre lo desconcertaba.

—Con…

con Lorena.

—Kon presionó el borde de la caja de botellas.— La lastimé y ya no quiero dejarla ir.

Rice parpadeó, y por un instante sus labios se tensaron antes de volver a la neutralidad.

—¿Tienes novia?

Kon sintió un golpe en el estómago.

La pregunta, limpia y directa, lo descolocó.

—Sí.— La confesión le salió en un susurro.

—Es Lorena.

Rice clavó la mirada en el suelo.

—Ya veo… —murmuró sin alzar la vista.

Le dio la impresión de que algo revoloteaba tras esa voz suave, pero era cuestión de un parpadeo.

Luego, alzó la cabeza y sonriendo: —Bien.

Cuéntame qué hiciste ya ver cómo lo arreglamos.

El alivio le subió de pronto al pecho.

Kon exhaló como si hubiera estado conteniendo el aire desde hacía horas.

Y esa sonrisa hizo recordarle porque dejó de juntarse con él.

Eran esos momentos donde se mostraba más humano que recordaba lo falso que era la mayoría del tiempo.

Le daba escalofríos recordar cuánto había fingido en el pasado.

Lo que más miedo le daba era nunca saber cuándo se encontraba finciendo, como una máscara que lo oculta todo y no sabes que la tiene puesta hasta el momento que se la quita.

Lo bueno es que su consejo sirvió más que el de su padre, o quizás fueron ambos consejos lo que hizo que Lorena volviera a hablarle.

Al poco tiempo se sentó de nuevo a su lado, pidiendo disculpas por su comportamiento infantil.

Le contó sobre su miedo al cambio y de acercarse de ese modo para que al final terminen en un “solo amigos” —Cuando te alejaste, entra en pánico.

—Lorena inspiró hondo y su voz tembló—.

Mis amigas dijeron que eras… impredecible, “peligroso”, me advirtieron que tu impulso me iba a hundir.

Kon sintió un puñetazo en el pecho.

La palabra “peligroso” le dolió más que cualquiera de sus reproches.

—Lo sé —murmuró él—.

Y tienes razón.

Fui impulsivo y no pensé en ti.

Un silencio vibrante se coló entre ambos.

Lorena lo miraba con ojos húmedos, aferrada al borde de la mesa.

—Pero también pensé… que, si perdía esto, perdería algo de verdad.

—Sus dedos rozaron los de él.

—Nunca más —prometió Kon, con el alma desnuda—.

Nada que tú no quieras.

Al oírlo, los labios de Lorena se curvaron en una media sonrisa; sus hombros, que estaban tensos, bajaron un par de centímetros.

La tensión se alivió en el cuarto.

Llegaron a un acuerdo, cuando ambos se sintieran listos lo prepararían todo, tampoco quiere que su primera vez sea dentro de un coche, alguien como Lorena se merecía un trato especial, después de todo lo ayudaba bastante con sus deberes.

Le agradeció a Rice por el consejo, le contó que las cosas con su novia se habían arreglado y si alguna vez necesitaba un favor que no dude en pedírselo.

Rice solo alarmantemente con esa expresión que Kon aún no lograba descifrar del todo.

Había algo extraño en ella, como si detrás de esa máscara amable se escondiera algo más.

Pero no le dio importancia, estaba contenta con su reconciliación.

Con su padre fue un poco diferente, Ares tuvo que preguntar acerca de su problema para saber que ya se habían reconciliado.

Con Lorena de vuelta sus calificaciones mejoraron de nuevo, su tiempo entre el trabajo y la escuela se estabilizó y el mal humor desapareció.

Ya solo le faltaba pedirle perdón a una persona.

❯────────────────❮ Sarah siguió yendo a la librería como siempre, como si nunca le hubiera sacado dinero, ni insultado.

Kon esperaba que volviera a preguntar sobre títulos imposibles, oa contarle de autores que murieron hace 100 años.

Estuvo todo el día esperando, como un tonto.

Eso solo era un recordatorio de cuánto de lo había arruinado incluso con gente que nada tenía que ver.

Volvió a sentir esa pesadez en su pecho que no lo dejaba trabajar correctamente.

No sabía cómo acercarse.

No sabía si debía hacerlo.

Pero cuando Beatriz le pidió que actualizara la sección de romance, pensó: “ si el universo quiere reírse de mí, que lo haga ”.

Al menos lo intentaría.

—Disculpa— La llamada cuando más absorta se encontraba en su lectura, de otra forma lo hubiera evitado.

—Lamento mucho mi comportamiento.

Tenía unos problemas y me desquite contigo, no fue correcto obligarte a comprar ese libro.

Lo siento.

La morena cerró el texto en sus manos.

—Ese libro no fue barato—.

Dijo, con un tono seco que no había escuchado antes en ella.

—Te lo pagaré, seguro tenías tus razones para no comprar.

—Olvídalo, ya está hecho y no pienso devolverlo ahora que pasó a formar parte de mi colección.

Si de verdad lo sientes, cómprame algo de comer.

—Disculpa, pero no creo que eso sea adecuado.

Podría sentirse mal, pero no por eso accedería a cualquier capricho.

—De la pizzería que está enfrente.

Pide una caja entera de pizza para mi sola y considera la deuda pagada.

No he comido en todo el día y ya me quedé sin dinero.

En su interior se repetía que eso era incorrecto, comprarle la comida a una chica podía contar como una cita, la gente podría verlos y mal interpretarlos.

Además, se encuentra vestido con la ropa del trabajo, no era correcto salir de ese modo…No, eso era bueno.

De ese modo dejará claro el nulo interés que le tiene, después de todo era una comida de compensación no una cita.

—Mi hora de descanso empieza en una hora ¿podrás esperar?

—Estaré aquí sentada, sin pestañear—.

Dijo, con ese tono característico que usaba siempre que lo molestaba.

—Bien, ojalá tu panza aguante.

Pero quien debía aguantar era él mismo.

Kon se pidió tres cajas de pizza de pepperoni, dos de queso, dos órdenes de papas picantes, rollos de canela, dos órdenes de pan azucarado, una malteada de vainilla, aros de cebolla y un refresco de naranja para él solo.

Como no le interesaba dejar una buena impresión no tuvo que limitarse a la hora de ordenar.

—Válgame… no sabía que traías tanto apetito.

La sonrisa de la morena demostraba su incredulidad.

Cuando lo escuchó pedir pensó que era una broma, pero luego lo vio pagar todo eso y pedirlo como urgente, entonces supo que existía alguien que comía más que ella.

—Tengo un metabolismo rápido, debo de llenar mi cuerpo con calorías constantemente.

—Y eso?

¿Haces ejercicio?

—Es un problema médico.

Todos en mi familia lo tienen, por lo que la hora de la comida se vuelve un verdadero buffet.

Eso se debe, por supuesto, a su condición de Alfa.

Al tener una fuerza y ​​rapidez mayor debe alimentarse el triple que el humano promedio o sufrirá de anemia.

Sus sentidos se debilitarán y se verán propensos a enfermedades.

Siempre que la comida tenga calorías le servirá.

Suele comer una vaca entera como desayuno.

Los gastos diarios se van en un 70% en solo alimento, si su padre quiebra se verán sumergidos en una verdadera agonía.

—Me imagino.

Pobre de tu esposa, tendrá que cocinarte como si fueran cien personas.

—Por eso será yo quien cocine.

Sería muy egoísta de mi parte dejarle todo eso a ella cuando soy yo quien más lo necesita.

Jamás se había imaginado casado.

Menos con alguien que no fuera…

bueno, mejor no pensarlo.

—Y yo que te veía como un enano gruñón, resultaste ser todo un caballero.

Dígame ¿a qué se dedica nuestro honorable señor?

¿Es solo un archivo de tiempo completo?

Su forma de hablar era tan increíblemente irritante, que Kon volvió a ponerse a la defensiva.

—¡Pienso enfocarme en la política y cambiar las leyes del país que lo ameriten!— Por eso se atrevió a contarle de sus planes futuros con tanta seguridad.

Tenía esa extraña necesidad de impresionarla y mintió descaradamente sobre sus buenas calificaciones y los premios que ganó gracias a su inteligencia.

Pensó que era solo su modo de cerrarle la boca a quien más lo molestaba en el trabajo.

—Nuestro archivero resultó ser un tipo brillante.

—Y ¿qué hay de ti?

¿acaso estudias o te la pasas vagando por los alrededores pidiendo al resto que te inviten a comer?

Sarah soltó una carcajada que molestó al resto de clientes.

—No, estudio remediación bacteriana, me especializo en la cura de enfermedades desconocidas.

Quiero ser una científica en el futuro y viajar por el mundo descubriendo nuevos virus y bacterias.

—Eso suena genial.

El mesero llegó atascado de cajas con pizza y bebidas.

Kon no esperó dos veces a empezar a comer.

Su descanso estaba por terminar, no quería tener problemas con la jefa.

En cinco minutos se acabó una caja para empezar con la siguiente.

Al darle un vistazo a Sarah se dio cuenta que ella no comía de su plato, solo lo observaba cubriéndose la cara, tratando de no reír.

— ¿Qué es tan gracioso que no viene?

—Lo siento, es que, estabas tan hambriento que no te diste cuenta que te comiste mi parte.

Mirando de nuevo se dio cuenta que tenía razón.

La caja de pizza de chorizo ​​​​que pidió se encontraba vacía, su hambre fue tan egoísta que se le olvidó que están ahí para disculparse por lo del libro.

—Lo siento.

Sarah se echó a reír, no pudiendo más, su carcajada volvió a atraer la atención de los comensales.

Kon solo deseaba que la tierra se lo tragara.

Para escapar tomó el libro sobre la mesa, era el mismo que le obligó a comprar la otra vez.

Tenía la portada de la luna ya un chico en impermeable amarillo observándola bajo la lluvia.

—¿Es este libro tan caro de la otra vez?

¿ya lo terminaste o su lectura fue muy floja para una erudita como tú?

— ¿Quieres leerlo?

Habla de hombres embarazados.

—¡Qué asco!

¿Por qué dice eso?

Volvió a carcajearse sin control, tuvo que llevar sus manos a la boca al darse cuenta de la mirada molesta del mesero.

—Es un Omegaverso, al inicio yo tampoco lo entendía.

—¿Qué es un Omegaverso?

—Un mundo gobernado por Alfas y Omegas, con los humanos como nosotros hechos a un lado, porque los protagonistas son esa especie.

—¿Un mundo gobernado por los Alfas?

Kon dudaba que algo así fuera posible.

Quien haya escrito esa historia debía ser muy fan de los Alfas, porque en la vida real, los Alfas eran las parias de la sociedad, tenían suerte de ir a la escuela y de vivir más allá de los 50 años.

La voz del Dios en su cabeza los consumía conforme la edad avanzaba y muy pronto, hasta el mejor de los guerreros debía ser ejecutado por sus compañeros antes de que el Dios en su interior se apoderara de su cuerpo.

—Dudo que los verdaderos Alfas y Omegas lean esto, es más como una fantasía de un humano.

Pero puedes decir que es original ¿lo quieres leer?

Kon aceptó, fingiendo que lo hacía por compromiso y no por curiosidad.

❯────────────────❮ Cuando regreso al trabajo tuvo que atender de inmediato a la única cliente que estuvo esperando todo ese tiempo.

SI la jefa se enteraba iba a recibir una reprimenda, porque ella era de las pocas clientas fieles a su vieja librería.

Mejor dicho, su padre lo era.

—¡Buenos días!—.

Kon se apresuro a llegar a la recepción.

—Viene por el encargo de este mes?

—Por las revistas de mi padre.

—Por supuesto.

La chica llevaba puesto su uniforme.

Iba a la misma escuela que él, pero en otro salón, por lo que nunca hablaban.

Lo único que conoció de ella era su apellido y que su padre era un maestro en la universidad CINAT, en Aztlapalco, el mejor cliente de la librería, porque cada mes pedía un encargo de libros y revistas nuevas.

Sus movimientos debieron ser muy erráticos, o torpedos, porque ella noto algo “raro” en su aura.

—¿Te pasa algo?

La pregunta lo tomo por sorpresa ¿Tan mal se veía para que hasta un desconocido note la diferencia?

—No…

disculpe ¿Qué dice?

La chica busco en su mochila una tarjeta en blanco, con un ojo egipcio dibujado en el centro y la dirección de una calle.

Kon se quedo observando la tarjeta un momento, sin saber que hacer.

—Si algún día te sientes mal, ven a visitarnos.

Es un grupo de ayuda para chicos como nosotros.

Nos apoyamos entre nosotros y escuchamos todo tipo de problemas, sin importar la edad, raza o religión.

—¿Raza?—.

La pregunta le salió por inercia.

-Si.

Hay de todo en nuestro grupo—.

Dijo, tomando el paquete y pagando por este.

—Los Omegas y Alfas que están en ese lugar se llevan muy bien.

Dicho eso, se despidió con una sonrisa, prometiendo regresar al mes siguiente, por la siguiente edición.

Lo que más llamo la atención de Kon fue el dibujo de la tarjeta.

Se parecía mucho al símbolo de ese Dios Horus, pero invertido.

—Como se acaba la originalidad.

❯────────────────❮ La noche caía sobre San Simón con un frío que calaba los huesos.

Brandon, se escabulló tras el almacén abandonado junto a la universidad.

El aliento le formaba nubes que se deshacían en el aire.

En el interior, los grafitis viejos y las cajas polvorientas olían a desidia.

—¿Trajiste la plata?

—preguntó una voz ronca desde la penumbra.

Brandon ascendió un mechero.

La luz tembló y reveló aa su vendedor favorito, el que se hacía llamar “el padrino”, su dealer de siempre: camiseta sucia, pero rostro tranquilo y lindo, una apariencia que lo ayuda a pasar desapercibido.

En la mano sostenía una pequeña bolsa con polvo azul.

—Todo —dijo Brandon, estirando el fajo de billetes temblorosos—.

Pero… ¿Qué es esto?—señaló la bolsa.

El Padrino sonrojándose con orgullo.

—Te presento el zul.

Más intenso, más puro… y te va a poner directo en el cielo.

Brandon tragó saliva.

Llevaba meses hundido en heroína y metanfetaminas, pero nunca había probado algo así.

—Cielo, ¿eh?

Suena caro —musitó él, dejando el fajo encima de una caja rota.

—Valdrá cada moneda.

Tomalo.

Y si te convences, te encargas de moverlo entre tus amigos.

Tú ganas tu parte.

Brandon vaciló un segundo.

Ser hijo de un profesor de renombre nunca le había abierto puertas; Todo lo que sabía ganarse era desprecio y becas de caridad.

Este dinero extra le prometía un poco de identidad… al menos por un rato.

—Está bien —dijo, alargando la mano—.

Pero quiero prueba.

Primero.

El Padrino agitó la bolsa con desdén y sacó una raya de polvo sobre una tabla oxidada.

Con un billete arrugado, se la puso Brandon en la nariz.

El ardor le quemó el tabique, y al instante sintió un hormigueo dulce que trepaba por su sien.

—Prepárate —susurró el Padrino—.

Hoy vas a conocer el cielo.

En cuestión de segundos, la sucia nave industrial parecía temblar.

Luces brillantes se colaron por las rendijas, y el silencio se hizo denso.

Brandon cerró los ojos: escuchó un coro lejano, como si cien voces lo llamaran por su nombre.

Su corazón quiso escaparse por la garganta.

—¿Todo bien?

—preguntó el Padrino, erguido en la penumbra—.

Si es muy fuerte, avisa.

Pero te aseguro que no hay vuelta atrás.

Brandon apoyó la palma en la pared helada.

Sintió calor, un calor celestial que lo abrazaba… y un pinchazo en el estómago, como si algo comenzara a devorarle por dentro.

—Esto… esto está increíble —jadeó con un hilo de voz—.

Te juro que reparto el resto mañana.

El Padrino ascendió, satisfecho.

—Perfecto.

Ya serás parte de esto.

Bienvenido al cielo, hijo.

Mientras el mundo se tornaba blanco en los párpados de Brandon, el dealer se alejó entre sombras, dejando atras solo el eco de sus pasos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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