La canción del dragón - Capítulo 40
- Inicio
- Todas las novelas
- La canción del dragón
- Capítulo 40 - 40 Ellos son tan estúpidos
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
40: Ellos son tan estúpidos 40: Ellos son tan estúpidos 5 días Kon tenía cinco días de vida antes de que el veneno lo matara al atardecer.
Aunque Makari había analizado la sustancia, solo sirvió para confirmar lo que Caelan ya les había dicho: solo él sabía preparar el antídoto.
—Le agregó un nuevo componente —explicó Makari—.
Uno que no había visto antes.
— ¿Tendrá algo que ver con esa secta y sus investigaciones?
—preguntó Eduard.
—Es lo más seguro.
Esto es demasiado avanzado para él.
Caelan nunca fue bueno en la escuela.
—Dijo que tenía a una chica llamada Cecilia… En ese momento, Soleil entró en la conversación: —Seguro se trata de la chica desaparecida.
Ese Omega estaba buscando a toda una familia que desapareció de la noche a la mañana; su padre es un profesor de virología bastante conocido.
Sarah se contuvo para no morderse las uñas.
Si tan solo no le hubiera pedido ayuda… No, era absurdo pensarlo.
La única forma de saber qué estaba pensando su hermano era preguntárselo directamente.
—¿No podemos obligarlo a hablar?
—preguntó Ares, sintiendo la urgencia picarle la punta de los dedos.
Eduard negó con la cabeza: —Lo entrené muy bien.
No hablará por más que lo torturamos.
Es un Alfa, después de todo; su orgullo es más fuerte que su instinto de preservación.
—Podrían usar eso a su favor —intervino Kou—.
La condena de los Alfas siempre fue el orgullo.
Por eso se vuelven fáciles de vencer.
Si dan en el orgullo de Caelan, tu hijo podrá derrotarlo.
Kon escuchaba en silencio.
Bajó la mirada a su brazo izquierdo: la piel estaba palideciendo y algunas venas ya mostraban ese tono negro del que le habían advertido.
Así que era verdad.
Estaba por morir.
Cinco días.
Cinco días para disfrutar la vida antes de irse para siempre.
No podía evitar preguntarse si sería doloroso: ¿sentiría cómo se estallaran sus órganos?
¿O moriría ahogándose con su propia saliva?
Solo imaginarlo lo aterraba.
Iba a morir.
Y sin haber logrado nada.
La sensación era tan asfixiante que se mordió la lengua para evitar llorar frente a todos.
Iba a morir… ¿No era eso lo mejor?
Ahora que lo pensaba, su vida no iba a mejorar aunque, por milagro, sobreviviera.
Si se salvaba de esa muerte, vendría otra y otra; siempre habría alguien tras su cabeza.
La orden ya estaba dada.
—No importa —dijo de pronto.
Su voz, aunque baja, resonó en toda la casa—.
Si de todas formas voy a morir, esto no suena tan doloroso.
—¿Qué dices?
—la voz de su padre sonó más hostil de lo que pretendía, aunque su rostro estaba confuso.
—¿De qué sirve que me salven si de todos modos encontrarán otra forma de matarme?
Mi vida, a partir de aquí, será una constante huida de la muerte… hasta que lo eche a perder y traiga el fin del mundo.
—Eso aún no está asegurado —Ares salió a la defensiva—.
Puede que Soleil lo diga, pero incluso esas visiones pueden equivocarse.
El vidente afirmó despacio.
—El futuro es incierto porque el presente siempre está cambiando.
Aunque ahora vea ese futuro, hay una posibilidad de cambiar dependiendo de tus acciones.
—¿Y qué futuro ves ahora?
—Kon lo miró a los ojos—.
¿Voy a vivir más de cinco días?
Soleil no respondió.
Predecir la muerte no era tan fácil como pensaban.
Antes de contar cualquier visión, el vidente debía buscar su origen, estudiar las variables y viajar entre el mundo de los sueños para interrogar a las personas involucradas.
Todo eso sabiendo que un detalle —alguien que llega una hora tarde— podía cambiarlo todo.
Decirle si viviría o moriría sería contraproducente; Podía empujarlo justo al final que intentaban evitar.
Pero Kon no sabía nada de eso.
A sus ojos, ese silencio solo confirmaba que no había salida.
—Entonces ya estás.
Me voy a morir.
—¡No digas eso!
—la voz de Thea se alzó, temblorosa.
Sus ojos rojos delataban las lágrimas que había luchado por contener todo ese tiempo—.
¿Cómo puedes decir que vas a morir así, nada más?
Nosotros vamos a solucionarlo.
— ¿Cómo?
—Kon levantó la cabeza, los ojos encendidos de cansancio—.
Incluso si logran vencer a Caelan, pronto vendrán más asesinos por mi cabeza.
Serán mucho más fuertes que antes.
¿Me salvarán de ellos también?
A pesar de las palabras frías, su madrastra no se rindió.
—Por eso iremos a un Pez Rojo.
En esa casa estarás una salva.
¿Quién va a buscarte en el fondo del mar?
Incluso iremos a un volcán si es necesario, ¿verdad, Ares?
Su padre ascendiendo, intentando calmar los nervios de la mujer.
Estaba dispuesto a eso ya más, si eso salvaba a su hijo de la muerte.
—Yo también tengo una promesa que cumplir —añadió Eduard, sin dejar de jugar con el cabello de Makari—.
A mi hermana no le haría gracia saber que te dejé morir.
Ante las palabras de todos, Kon presionó los puños bajo la mesa.
¿Por qué era tan difícil para ellos entenderlo?
¿Qué clase de vida iba a tener si siempre iban a ir detrás de su cabeza?
Su sueño de una vida normal se le escapaba entre los dedos como arena.
—Lo que sea, no tiene caso —murmuró, poniéndose de pie—.
Caelan igual va a querer que luche contra él.
¿De verdad voy a poder aprender todas las técnicas de la familia en cinco días?
Antes de que pudiera irse, el agarre de Ares en su brazo lo detuvo.
—Kon, no vas a ir solo.
Yo pelearé contra él.
El chico se mordió los labios.
Justo lo que no quería escuchar.
Se zafó del agarre con un manotazo.
Les dirigió una última mirada de molestia a todos.
Estaba harto de lidiar con todo eso cuando él nunca lo pidió.
—Todo esto es su culpa.
Sin añadir nada más, se fue de nuevo a su cuarto, dispuesto a pasar esos últimos cinco días escuchando música y leyendo los viejos libros que le había dejado su madre y que había prometido leer algún día.
El silencio en la sala fue roto por Morgart, quien, con una sonrisa cortés, comentó: —Tienes un hijo muy malcriado.
❯────────────────❮ Su primer error fue nacer en esa familia.
Kon no podía controlarlo, pero lo pensaba una y otra vez.
Todo era culpa de su sangre; Incluso su padre había confesado que, si estuviera en su poder, habría elegido otro camino para él.
Aun así, Kon lo soportó.
Vivió su vida lo mejor que pudo, como una persona normal.
A veces asumía el cargo de líder cuando su padre no estaba, pero sin meterse en la batalla, solo dictando órdenes, como un “patroncito” .
Los Alfas de ese entonces solían bromear llamándolo así.
Aguantó.
Pero todo empeoró desde que su madre le dio ese horrible collar.
Lo que creyó que era un regalo de despedida resultó ser un artefacto tan catastrófico que podría matarlos a todos si no aprendía a usarlo.
Y ahora iba a morir.
La puerta se abrió.
Kon ya estaba listo para correr a cualquiera que viniera a convencerlo de entrenar o decirle una tontería.
Sin embargo, era Sarah quien asomaba la cabeza por la entrada, pidiendo permiso.
—Primero que nada… —su voz sonaba insegura pero firme— quiero disculparme por lo que pasó.
Ya que mi familia solo ha causado infortunio, te ayudaré a solucionar esto.
Eduard también se siente responsable.
Con su ayuda, no habrá problema en vencer a Caelan, te lo aseguro.
La expresión de Kon era indescifrable para ella.
No sabía si estaba cansado, harto, molesto o si todo le daba igual.
—Puedes irte si quieres.
Esto que pasó no es tu culpa.
—Pero… —Tu hermano fue quien lo hizo, no tú.
No tienes que arreglar sus errores.
Seguro que por eso es un malcriado.
Kon le dio la espalda y se sentó en el piso para recoger un libro de debajo de la cama.
Sarah observó sus hombros caídos, los ojos cansados que llevaba desde hacía días.
Eso le dio fuerzas para decir lo que había guardado.
—No me voy a ir.
Kon guardó silencio un momento, antes de recordarle que, de estar a su lado, tendría que luchar contra su propio hermano.
—Por lo que parece, lo quieres mucho.
—Así es.
—La respuesta de Sarah lo tomó por sorpresa; no esperaba tanta seguridad—.
Hemos estado juntos desde que tengo memoria y sé lo fuerte que es.
Ha entrenado con los Drum y ha vencido a algunos de ellos.
Su Ihí es tan abrumador que puede someter a su oponente incluso antes de pelear.
Pero no importa, lo conozco.
Sabré cómo vencerlo.
—Detente —la palabra sonó como un golpe, pesado y sofocante—.
Tú no tomaste veneno, así que tienes una vida por delante.
No la arriesgues por culpa de un desconocido.
Eso es lo que somos.
A tu punto de vista, solo soy un estudiante con el que topaste por casualidad, y luego por culpa de tu familia.
Ni siquiera nos conocemos.
No tiene sentido que arriesgues la vida por alguien que ni conoces.
—Eso no es… —Lo mismo va para mí.
Eres una desconocida.
—Puede que sea cierto, pero… —¿No puedes leer entre líneas?
—Kon se levantó del suelo de golpe, dejando caer el libro.
Sarah vio su rostro de nuevo: la ira era lo único que mostraba—.
Fue tu familia quien arruinó todo.
Desde que tú apareciste en mi vida todo se arruinó.
Eres una molestia, un estorbo… eres peor que las plagas.
Mientras más hablaba, Sarah bajó más la cabeza, sin interrumpir.
“Cállate” se reprendía Kon internamente.
Sabía que lo que decía estaba mal; su conciencia se lo gritaba.
“Deja de decir eso.” —Tu familia me arruinó la vida.
“¿Por qué sigo diciendo esas cosas crueles?
Si ella siempre ha estado a mi lado, me ha salvado más de una vez, aun después de todo…” Pero su lengua no obedece a su razón.
Estaba tan enojado, tan asustado, que no podía dejar de gritar.
—¿Por qué no desapareces y me deja en paz?
Lo había dicho.
Todo lo que la alejaría.
Después de todo, ese era su único talento: alejar a quienes querían ayudar.
“¿La hice llorar?
No… lo más seguro es que me va a gritar.” Sin embargo, Sarah seguía impasible.
Su rostro, que Kon pensaba estaría pintado de enojo o tristeza, se mantenía en blanco, como si nada de lo que dijo la hubiera afectado.
En su lugar, sacó del bolsillo trasero el veneno que habían dejado sobre la mesa.
Como Kon se había ido antes, no se dio cuenta de que ella lo tomó; Quizás nadie en la mesa lo notó.
— ¿Cinco días de vida?
—preguntó la mulata, fijándose en la forma esférica del veneno—.
Me esforzaré todo lo que pueda.
—¿Qué vas a hacer?
Sarah se llevó la pequeña esfera a la boca y la tragó.
-¡No!
—Kon corrió a su lado para obligarla a escupirla, pero ya era tarde—.
¿Estás loca?
¿Por qué hiciste eso?
Entonces, la sonrisa de siempre volvió al rostro de Sarah.
—Dije que encontraría una forma de vencer a mi hermano.
Si le muestro que yo también bebí del veneno, no tendrá otra opción más que darnos el antídoto.
—Pero… —a Kon comenzó a temblarle la voz, incapaz de creer lo que ella había hecho—.
¿Por qué?
La chica se encogió de hombros, sin saber tampoco el porqué.
—Morir solo debe ser muy aterrador.
Por eso pienso ir contigo.
—Eso no… no tiene sentido.
Sarah se rascó la nuca, algo incómodo por la mirada que Kon le lanzaba.
—No le busques el sentido.
Solo quiero arreglar lo que hice, ¿de acuerdo?
Y…
estar a tu lado un poco más.
Sus palabras se quedaron grabadas en su piel.
Aun después de todo lo que le dijo, aun con todo lo que pasó, ella quería permanecer a su lado, sin trucos ni condiciones.
No quería creer que algo así fuera posible.
Incluso Lorena había sido una trampa.
No podía concebir que alguien que no fueran sus padres estuviera a su lado por elección.
Y, aún así… Sarah se veía tan hermosa.
—¡Esa era mi frase!
—El grito que llegó desde el exterior estalló en sus oídos como un trueno.
No hubo tiempo de girarse cuando Rice derrumbó la pared de Kon y entró de golpe al cuarto.
Aterrizó en la cama del chico, cubierta de polvo y sudor tras correr sin parar.
Se levantó de un salto y se colocó delante de Sarah, con el pecho agitado, listo para reclamarle: —Se suponía que yo se lo diría.
—El que se duerme, pierde —respondió la chica con una sonrisa de triunfo—.
Además, tardaste demasiado; los demás ya te daban por muerto.
—Eso es porque estaba siguiendo al bastardo de tu hermano.
Mientras ellos discutían, Kon se fijó en algo que le heló la sangre: las venas de los brazos de Rice se marcaban más que de costumbre, gruesas, oscuras, y en algunas zonas teñidas de negro.
—Oye, Rice… —su voz sonó más grave de lo que esperaba.
El audido dejó de discutir y giró la cabeza—.
¿Por qué tu brazo luce así?
Rice bajó la mirada un instante y, sin responder, arremangó la manga izquierda.
El veneno se había extendido, visible como raíces negras trepando por su piel.
—Le arrebaté una de esas esferas a ese tipo en medio de la pelea —murmuró.
—Sí, pero… ¿por qué la tomaste?
—preguntó Kon, incrédulo.
Rice soltó una risa seca, sin humor.
—Qué pregunta más estúpida.
Te seguiré a donde sea.
Las palabras de Rice eran tan distintas a las de Sarah y, sin embargo, ambos habían cometido la misma locura… ¿por él?
Kon sintió cómo algo dentro de sí se quebraba.
Sus ojos comenzaron a nublarse.
—Ustedes son tan estúpidos, ¿lo saben?
—dijo, limpiándose las lágrimas con brusquedad, avergonzado de mostrar su rostro—.
Deberían seguir con sus vidas y no arriesgarse por un chico que dice cosas horribles solo porque está… realmente, realmente asustado de morir.
Por más que apartaba las lágrimas de su rostro, seguían cayendo, calientes, traicioneras.
Era tan vergonzoso.
Sintió entonces el peso de dos cuerpos recargarse suavemente sobre sus hombros.
Los tres cayeron sentados al suelo sin decir una palabra, respirando el mismo aire cargado, esperando a que él terminara de desahogarse.
Y Kon lo hizo.
—La verdad es que no quiero morir —confesó con la voz rota, casi un susurro—.
Quiero gritar por ayuda.
Pero no quiero seguir siendo un estorbo para la gente que se preocupa por mí.
No puedo solo exigir… Alguien que no es capaz de defenderse por sí mismo, por supuesto que lo dejarán atrás.
Pero ustedes… —alzó la vista hacia ellos, con sus ojos enrojecidos— gracias.
❯────────────────❮ Después de una larga charla con los adultos de abajo —muchas preguntas y un Eduard a punto de romper la mesa—, los tres chicos contaron por fin lo ocurrido en la habitación.
Morgart soltó un suspiro cargado de tristeza.
—Recién reparamos la casa —comentó, mirando el boquete que Rice había abierto al entrar.
Eduard se sobaba la cabeza con ambas manos por la imprudencia de Sarah.
Ella, la única humana de su familia, había tomado un veneno para Alfas con tal de ayudar a un amigo.
Todos podían notar lo mucho que se contenía por no buscar a Caelan y obligarlo a entregar la cura.
—Supongo que el plan se agranda —dijo Kou, después de escuchar la historia—.
Si Caelan ve a Sarah contagiada, en el quinto día dejará de lado su deseo de pelear para crear otro antídoto; si no lo hace, morirá.
Sonó tan seguro que Kon lo creyó.
—El problema es el Sílex —continuó el general, señalando a Rice—.
No creo que quiera hacer una tercera pócima.
—Dijeron que Caelan se la dará a quien lo venza en combate, ¿cierto?
Pues yo le ganaré.
—¿Lucharás en lugar de Kon?
—preguntó Ares, con los brazos cruzados.
—Como Sílex, es mi deber ir antes que el dragón azul a la batalla.
Si logra vencerme a mí, entonces le tocará a Kon pelear; esas son las reglas.
—Es cierto y, por lo que noté, ese chico es muy tradicional.
—Aceptará la pelea —afirmó Sarah—.
Él es así.
Con tanta gente segura de algo, solo quedaba resolver quién iría.
—Obvio, ni Eduard ni Ares lo harán —volvió a decir Kou, para malestar del líder alfa.
—¿Disculpa?
Yo voy a acompañar a mi hijo.
—Ares alzó la voz.
—No, no lo harás.
¿Olvidaste que debes ir por Mikael y los gemelos?
Mis espías siguen informándome.
En estos diez días que han estado en Skaluph han ocurrido cosas que conciernen a ambos jefes: Drum y Alfa.
—Pero… —Ares empezó a replicar.
—Confía en los amigos de tu hijo —interrumpió Eduard—.
Yo tampoco deseo dejar a Sarah en un momento tan delicado, pero si no vamos a defender a nuestras especies, ¿Quién lo hará?
Por más que lo odiara, el Lobo tenía razón.
Según los informes, Skaluph estaba sufriendo un golpe de estado y el líder del movimiento era un Kappa, uno de los clanes bajo el mando de Ares.
Los Kappa se encargan de luchar contra las criaturas que emergen del plano astral; su deber es devolverlas a sus planos para evitar que provoquen calamidades en la Tierra.
No suelen inmiscuirse en asuntos humanos, por lo que su participación en esa guerra era una anomalía que Ares debía resolver.
—Lo voy a intentar —dijo Kon, y su voz logró captar la atención de todos—.
Sé que dije que no importaba, pero… voy a tratar de aprender alguna de las técnicas que puedan ayudarme.
Ares se quedó en blanco.
¿Su hijo hablaba en serio?
¿El mismo que aborrecía las peleas y el clan?
Sacudió esos pensamientos.
Debería estar agradecido: al fin su hijo asumía su papel, aunque fuera por una cuestión de vida o muerte; al menos aprendería a defenderse.
O eso esperaba.
—Yo también iré, con Eduard y Ares —anunció—.
Quienes puedan acompañar a los chicos serán Morgart y Soleil.
Los dos mencionados intercambiaron miradas, esperando a que nombraran a un tercero que los apoyara.
No hubo respuesta.
—¿Solo nosotros dos?
—preguntó Morgart, incrédulo.
—Con ustedes será más que suficiente —respondió Kou—.
Aun si Caelan se comunica con el resto de nuestros compañeros, no les será difícil luchar contra ellos, ¿cierto?
La pregunta no les gustó.
—Se te olvida que está Yorgun.
—dijo uno.
—Él es fácil de convencer.
—replicó Kou con esa fría mirada que usaba con sus soldados cuando no quería más excusas—.
Hagan su mejor esfuerzo.
Los otros no tuvieron opción más que aceptar en silencio.
—Los demás se irán a Red Fish.
Lo mejor sería que, una vez resuelto el problema del veneno, desaparezcan del mapa.
—Puedo encargarme de eso —aseguró Thea, algo ansiosa por todo lo que se avecinaba—.
Deirdre y Naois, ustedes vendrán conmigo.
Los mellizos asintieron en silencio.
No era que tuvieran dónde huir; ni siquiera sabían a dónde ir.
—¿Puedo agregar algo?
—bajó la voz Kavi’el al entrar en la habitación, llamando la atención de todos—.
Es inevitable no enterarse de lo que pasa en esta casa y es mi trabajo, como miembro del Tlan, cumplir con la ley.
—¿Qué quieres?
—preguntó Kou.
—El alfa que los atacó se llama Caelan Xochitl, ¿cierto?
Es un criminal buscado por el Tlan.
Se le busca por asesinato de varios miembros del club de golf de San Simón, por ataques con arma blanca a los edificios Bruno’s, por intento de secuestro de la princesa de Skaluph, entre otros cargos.
Eduard desvió la mirada; mejor fingir que no lo conocían.
—¿Piensas detenerlo?
—insistió Kou.
—Una vez que termine la pelea, movilizaré a los oficiales para que puedan capturarlo y arrestarlo.
—Ir con oficiales no suena mal —dijo Kon—.
Pueden ayudarnos si estamos en peligro.
—O pueden arrestarlos también —le recordó Ares, fulminándolo con la mirada—.
Si alguien del Tlan ve a Alfas peleando, no se van a detener a preguntar.
Los atraparán a todos.
Kavi’el tuvo que aclarar sus palabras; no quería enfrentarse a un dragón furioso.
—Entraremos cuando la pelea haya terminado.
Al anochecer les daremos tiempo a tu hijo y a sus amigos para huir del lugar, mientras nosotros reforzamos el área.
—¿Y si los atrapan?
—preguntó alguien.
—Voy a alegar a su favor.
Además… —señaló el oficial en dirección a los dos cazadores que escuchaban en silencio— si esos dos héroes mundiales dicen que los chicos no están involucrados, así procederemos.
—De acuerdo.
Haz lo que creas conveniente.
Si no fuera por el beso de la ninfa aquella mañana, Ares no habría querido a ese tipo cerca.
Pero ahora, si se le ocurría revelar uno solo de los secretos que allí se habían descubierto, tendría una de las peores muertes.
Las cosas se desarrollan de ese modo, y ahora Kon tenía dos motivos por los que se debía de esforzarse leyendo ese libro y aprendiendo sus técnicas, antes de los 5 días.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com