La canción del dragón - Capítulo 42
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42: El chico de las dos espadas 42: El chico de las dos espadas El viento soplaba entre las rendijas de la madera vieja.
Afuera, las chicharras cantaban, interrumpidas sólo por algún perro lejano.
La luna llena iluminaba el cuarto por la ventana sin cortinas.
En la cama de Sarah, demasiado grande para una niña sola, dormían dos figuras: ella, pequeña y abrazando una cobija con dibujos de planetas; y Caelan, más delgado entonces, con el cabello revuelto y una camiseta prestada de Eduard que le quedaba enorme.
—¿Estás despierta?
—susurró él.
Sarah no respondió.
Solo giró un poco, y en ese movimiento, sin abrir los ojos, murmuró: —Tienes otra pesadilla, ¿verdad?
Caelan apretó los labios.
No quería que ella lo supiera, pero su respiración lo delataba.
Sarah, con apenas nueve años, se sentó en la cama y le dio una palmadita al espacio a su lado.
—Ven aquí, bobo.
Cuéntame.
Caelan se recostó junto a ella, pero no habló de inmediato.
Afuera, el viento volvió a soplar, y en su memoria, el viento traía gritos.
—¿Crees que fue casualidad?
Caelan parpadeó, sin necesidad de preguntar a qué se refería.
—¿Lo de encontrarte?
—agregó ella—.
Entre todos esos cuerpos…
que justo tú sobrevivieras.
Él no respondió de inmediato.
Volvió la vista hacia la madera vieja del techo, como si buscara una grieta entre los recuerdos.
—No —dijo al fin—.
Fue el destino.
Sarah sonrió un poco, como si le aliviará escucharlo.
Para ella, todo tenía sentido si había un propósito detrás.
Caelan ladeó el rostro para verla.
La niña Drum, con su cabello alborotado y pijama con estampado de planetas, era tan pequeña y terca como entonces.
Lo que no le dijo, lo que nunca le diría, fue lo que vio antes de perder el conocimiento aquella vez.
Eduard escarbando entre los escombros, con las manos ensangrentadas, los nudillos rotos de tanto golpear cemento.
La luz de su linterna temblando mientras gritaba nombres que no obtuvieron respuesta.
Y entonces, ese momento.
El momento en que Caelan, aún consciente pero inmóvil por la fractura en la columna, vio cómo Eduard lo encontró.
—¡Aquí hay uno!
¡Aquí hay uno!
—gritó.
La cabeza de Caelan sangraba, pero no dolía.
Nada dolía.
Sentía el cuerpo como un recuerdo ajeno.
Apenas podía ver, pero distinguió el rostro del hombre que lo sacaba entre los hierros retorcidos.
Eduard Drum estaba llorando.
—Al menos uno… al menos tú estás vivo.
No lo conocía.
Era la primera vez que lo veía.
Pero Eduard lo sostenía con el mismo cuidado con el que un hermano encontraría a otro en medio de una pesadilla.
Caelan nunca olvidaría ese llanto.
Pero en lugar de contarle eso a Sarah, se volteó hacia ella y le sonrió.
No con su sonrisa real, sino con esa que usaría años después.
La que esconde cosas.
—¿Sabes qué creo?
—dijo—.
Es ese corazón que ustedes tienen… eso es lo que los hace fuertes.
Sarah frunció el ceño.
—¿Nosotros?
—Tú.
Eduard.
Todos ustedes.
Hizo una pausa, y sus ojos, aunque jóvenes, ya sabían algo del mundo que los adultos temían admitir.
—Algún día yo también seré fuerte.
El más fuerte de todos.
Y entonces… la gente me va a respetar.
Sarah no respondió enseguida.
Lo miró con algo entre admiración y tristeza, como si presintiera que esa fuerza le costaría caro.
—Yo ya te respeto —dijo finalmente.
Caelan no respondió.
Solo miró de nuevo el techo, en silencio, dejando que esa frase se hundiera en un lugar que, por ahora, no sabría cómo devolverle.
❯────────────────❮ 4 meses antes, región Metztlipec, Xictli.
De todos los lugares al que lo podrían mandar, de todas las calles en las que podría trabajar, su siguiente objetivo se encontraba en el barrio de la china, el hogar de muchos burdeles y cantinas a la que la gente de Xapala iba bastante seguido, más de lo que debería.
Caelan los entendía, sus mujeres eran bastante hermosas, en especial las del cabaret Kawiki conocido por abrir sus puertas a todo tipo de personas.
Desde clases altas, medias y bajas.
Y entre sus ficheras hay tanto hombres como mujeres de buen ver.
A diferencia de otros Cabarets que se deterioraron o cerraron con el tiempo, Kawiki supo cómo mantenerse a flote; educando a sus trabajadores.
Las chicas no solo bailan y ríen, ahora pueden mantener conversaciones interesantes de diversos temas, incluyendo la política.
Eso las vuelve atractivas para las personas de todas las edades.
Aunque no todas son unas bellezas celestiales, su carisma es tan bueno que pronto se olvidan del primer detalle.
«Tenemos a la mujer» Una voz robotizada llamó su atención, aunque su compañero estaba lejos de todos para evitar ser escuchado, Caelan podía oirlo todo con atención «¿Cómo vas tú?
Hay dos ahí que debes agarrar ¿ya los tienes?» —Dame un respiro, el viaje fue muy largo, estoy agotado por los inconvenientes que nos hicieron pasar y por si fuera poco tengo que entrar a esa basura de lugar.
«No pienses en los inconvenientes, si no en la recompensa que nos dará Madre si cumplimos las órdenes» Era un nombre muy raro los que los criminales usaban en esos días para referirse a sus patrones o matronas.
A no ser que hablen de su verdadera madre, que gracioso, monstruos como ellos piensan que aun tienen derecho a amar.
—Créeme que lo hago, por eso a nadie he matado.
«Respira hondo, Antonio.
El viaje valdrá la pena» —Eso espero.
Colgó la llamada para volver con el grupo, a su lado su asistente lo acompañaba.
Al otro, Caelan, el guardaespaldas que había contratado para esa visita tan especial.
Por lo menos no había filas ni guardias que retrasen su visita.
Cuanto antes terminara más rápido se iría de ese lugar.
Caelan, por su parte, estaba que daba saltos de alegría.
Había esperado ese momento por casi un mes y solo cuando vio que un político como Antonio iba a ir a la región de Metztlipec por una misión divina fue que vio su oportunidad.
Se presentó como un candidato con buen historial cuando llegaron a la región Acallipan y se deshizo del guardaespaldas original a solo un día de partida, dejándolos sin muchas opciones.
—Cuida bien de su espalda —Susurro el asistente.
La sonrisa de Caelan respondió por él; sin problema.
Antonio era un fiel devoto a Madre, líder de una nueva secta religiosa que había estado circulando entre la gente de su posición por los buenos contactos que tenía.
Él había hecho generosas donaciones para tener su lugar al lado de esa mujer misteriosa que dirigía el futuro.
Daría su corazón si se lo pidiera, lo pondría en su mano si la extendiera.
Por el futuro de la humanidad es capaz de muchas cosas, pero de todos los lugares a los que podía ir tenía que ser ese.
—¿¡Por qué un cabaret!?
Siguiendo el juego a otro negociante, un viejo regordete y más bajito que él, se unió a una de las habitaciones asignadas.
Con la mentira de hablar sobre negocios, toleraba a todos los gigolós y mujeres que estaban rodeando a su otro compañero de religión.
Antonio estaba contento de ver que el ideal de Madre crecía más y más con el tiempo, pero ¿no podía tener un compañero más normal?
¿Uno que no disfrute de solicitar hombres como acompañantes en su tiempo libre?
Por lo menos no era el único molesto, otro de los seguidores estaba por explotar, tantas mariconadas no le hacían bien.
Si no se iban pronto, mataría a todos en ese cuarto.
Otro chico entró, uno más flaco que el resto y cabello del color de las perlas, tan brillante como estas.
A pesar de su belleza andrógina y única, no vestía como el resto de chicos.
—Permiso.
—Dijo, con una voz tan baja como cordial.
Antonio se dio cuenta entonces, por el olor que desprendía al agacharse y las vendas en su brazo, que era un aprendiz de medicina.
¿Qué hacía un muchacho como ese en lugar así?
pensó que debía ser hijo de alguna de las mujeres de ahí, de la misma jefa del lugar.
La profesión de médico no es barata, después de todo.
Cuando se giró en dirección a su asistente se topó con la mirada que el guardaespaldas le dirigía a ese muchacho.
Su sonrisa le dio escalofríos.
Se había mantenido sereno todo ese tiempo y ahora lucía como un psicópata observando al conejo que cayó en su trampa.
—¿Quieres a una mujer para que te acompañe, Antonio?
—La pregunta de su compañero lo tomó desprevenido.
Aunque sonaba preocupado de verdad al ver que los otros dos no se divertían tanto como él— Que descuido de mi parte.
—Luego se dirige al muchacho que recogía los platos—.
Llama a tus mejores mujeres, diles que Dione de las Flores pide por ellas.
El joven bonito asintió y se retiró con rapidez, en busca de esas jóvenes hermosas, que de seguro eran bastante caras.
Todo en ese lugar era caro, Antonio vio el menú y casi suelta un susto.
Tan solo una noche sin sexo con la mejor de las mujeres costaba un año de salario decente.
No estaba seguro de que ese gasto valiera la pena.
Otra desventaja era que ahí solo veía humanos, en todo su viaje no había encontrado un solo Alfa u Omega que pusiera a su guardaespalda alerta.
Comenzaba a dudar si esa región era la correcta, tal vez confundió los nombres o el local es uno con nombre parecido ¡Qué sabrá él!
—¡Cariño!
La puerta se abrió dejando pasar a una mujer con olor a rosas y licor, bien vestida con un vestido color vino.
Sus ojos eran azules, rayando en lo turquesa y su piel canela revelando sus rasgos mestizos.
Sin embargo, era humana y más grande de lo que imagino, como todos los presentes.
—Que pérdida de tiempo.
—Susurro.
Le dió de nuevo un vistazo, al momento que esa mujer se arrojó a los brazos de su compañero.
Era alta y tenía el rostro brillante, con una sonrisa seductora que solo las putas de clase podían imitar.
Dione parecía encantado con su presencia, tal vez porque tenía mucha experiencia, y dejó que esa mujer lo envolviera en brazos como a un viejo amigo, por supuesto, ese tipo les dejó en claro sus preferencias.
—Isaura, te extrañe tanto.
—La voz melosa de su compañero le hizo desear internamente por una llamada de emergencia que les ordene regresar de vuelta a San Simón—.
Traje unos amigos conmigo, pero sus caras son tan largas que comienzan a aburrirme.
—¿En serio?
Pobrecito de mi cariñito, debió pasarla muy mal.
—Lo hice, pero ya que estás aquí me siento mejor.
—No te preocupes, yo me encargo.
Si esa mujer llegó para entretenerlos, puede que soportara estar más tiempo en ese lugar.
El sujeto de enfrente, al que estaba por reventarle una vena, no se veía de acuerdo.
Su furia solo incrementaba con cada palabra y abrazo que se brindan.
—Solo quiero que ese mercenario aparezca ya.
Lo siguiente ocurrió en un instante, el beso que le dio Isaura al gordinflón en la mejilla reventó a su otro compañero, cansado de todo ese espectáculo golpeó la mesa de madera.
Todos en la sala se asustaron por su acción, no era para menos, el lunático sacó su arma de fuego y comenzó a amenazar a todos dentro.
Y al primero que apuntó fue a Antonio, como si lo culpara de haberlo arrastrado a ese lugar.
Era la segunda vez en su vida que se ve en peligro mortal, la primera tuvo la suerte de ser salvado por la bondad de Madre, y ahora solo podía fiarse de ese guardaespaldas que contrato y que ya estaba saltando sobre su loco compañero de negocios para quitarle el arma de manos.
Caelan se movió en un instante.
Saltó y golpeó al mismo tiempo, mandando el arma por los aires, dejando la mano de su adversario herida.
La segunda patada dio de lleno en su plexo solar, arrojándolo contra el otro extremo del cuarto.
Ahora que Antonio se fijaba, los tatuajes que cubrían sus manos estaban para ocultar las cicatrices de guerra.
Luego vio a ese joven esbozar una sonrisa.
—Ahora te toca a ti.
El siguiente golpe dejó a todos impactados, porque no fue por ese loco, sino que fue contra la mujer del vestido de color vino.
La sonrisa que cubría los labios de Caelan era incluso más aterradora que la de hace un momento, cuando vio al aprendiz de médico.
Pero lo más sorprendente fue ver como aquella mujer bloqueó su golpe con un brazo, a la vez que logró proteger a Dione del impacto.
Su cuerpo no se movió ni un poco.
Ahí Antonio detectó la segunda cosa importante: la mujer usaba maquillaje para cubrir varios cortes de batalla.
—Hijo de puta.
—La voz de Isaura sonaba más áspera y profunda que antes— ¿Cómo te atreves a asustar a mi mercancía de ese modo?
Caelan siguió sonriendo, incluso más que antes.
Su cuerpo vibró y dio un segundo golpe, mucho más fuerte.
La mujer logró protegerse, pero su cuerpo fue lanzado fuera de la sala, chocando contra el barandal de madera y rompiéndolo en el acto.
—¿¡Qué pasa contigo!?
—Antonio estaba que se le salía el corazón con lo recién visto.
Había lanzado a una mujer del cabaret como si fuera nada y no estuviera bajo el cargo de un político importante como él.
—¡Tú, maldito demente!
—Lo siento jefe, pero el trato solo duraba hasta llegar al Kawiki.
Ahora se protege por su cuenta.
Sin molestarse en mirarlo fue detrás de su presa.
La madera crujió con violencia cuando Isaura cayó al nivel inferior.
Algunos gritaron.
Otros se quedaron paralizados por la impresión.
El aroma a licor y perfume se mezcló con el polvo del suelo y la sangre de su labio partido.
Antonio seguía sin comprender nada.
¿Quién demonios era ese hombre que había contratado?
Isaura se levantó lentamente, sacudiéndose las astillas del vestido.
Su piel morena ahora mostraba grietas donde la pintura se había corrido.
Con la pintura corrida, lucía en todo su esplendor la flor venenosa que era y que hermosa se veía.
Calean se lanzó de nuevo contra ella,sin darle tiempo de hablar, solo de atacar y bloquear.
Isaura sacó una daga escondida en la liga de su muslo.
Se movía con fluidez, sin miedo a los espacios cerrados, para su sorpresa, la ató a la punta de su cabello y la dejó caer al suelo,con la punta apenas tocando la madera.
Caelan sonrió, al fin divertido.
Se trenzaron en combate.
Puños, piernas, rodillazos.
La daga se movía como extensión de su cuerpo, igual a un látigo, volviendo sus giros ataques mortales para el insensato que no supiera cómo acercarse, pero Caelan no retrocedía.
No había visto un uso de los cuchillos tan creativo como ese.
—No en vano eres la mercenaria más fuerte del mundo.
—dijo el chico, esquivando la punta afilada por milímetros—.
Incluso tu cabello se vuelve letal con esos movimientos.
Ignorando a los clientes que se escondían aterrados, o huían de vuelta a sus autos, se lanzó de nuevo al ataque.
Su estilo era directo, más brutal.
Bloqueaba con los antebrazos y contraatacó con codazos al torso.
—¿Te envío alguien?
—preguntó la mujer.
—No —admitió el chico, con una naturalidad que no encajaba con el cansancio de su cuerpo— Escuche que aquí se escondía el mercenario más fuerte registrado por el gobierno, no imagine que fueras tú.
Volvió a lanzar otro ataque, con el doble de velocidad de antes.
Ambos empezaban a respirar más pesado.
A cada choque, se analizaban, y eso los enloquecía más.
Eran iguales en algo que ni ellos sabían nombrar.
Hasta que Isaura bajó la guardia un segundo.
Caelan la atrapó por el cuello y la estampó contra la barra.
El cristal se quebró.
Ella giró su cabeza y su cabello se movió.
Caelan logró alejarse antes de que le perforara el cráneo.
Con su propio cuchillo cortó el cabello de Isaura y el cuchillo continuó su camino hasta la matrona del lugar, quien ya se acercaba a pasos furiosos hasta ellos.
—Diablos.
Caelan estaba por actuar, pero algo más pasó, una mano se extendió y el cuerpo de la anciana se volvió líquido.
El cuchillo pasó su corazón sin herirla, igual a cuando se atraviesa el agua.
El arma se clavo en la pared y el cuerpo senil volvió a formarse.
El Alfa buscó entre los presentes, ese truco no lo había hecho la anciana, tampoco Isaura.
Al final, lo encontró; el niño bonito movía las manos como si manejara un títere.
Sus ojos estaban concentrados en Caelan, pero sus dedos se movían con una precisión pregrabada, parecía decir que había hecho eso más de una vez y que no sería difícil volverlo a él un charco de agua.
Aquello le causó gracia, sabía que no se había equivocado al seleccionar ese lugar.
—Este cabaret es muy interesante.
—¡Oye!
—El grito de su comprador, desde el segundo piso, le hizo levantar la cabeza.
Antonio estaba que echaba humo—.
Maldito demente,no te contrate para eso.
El acusado solo se encogió de hombros.
—Dije que el contrato había terminado ¿de qué te preocupas?
—¿Cómo te atreves?
Has arruinado mi trabajo, me metiste en problemas —El miedo se había pasado desde hace un rato, ahora solo quedaba la rabia de ver su misión fracasando ante Madre.
Cuando estuvo a unos pasos del muchacho, le apuntó con el dedo—.
Planeaste todo esto desde el inicio ¿cierto?
—¿Y que si lo hice?
No es como si pudieras hacer algo.
La cólera de Antonio solo fue opacada por la furia de la matrona.
Esa arrugada y flacucha mujer le dio un coscorrón sin miedo a que pudiera mutilarla en un instante.
—Batardo inoportuno, arruinaste mi local ¿crees que te vas a salir con la tuya?
El acusado dio una encantadora sonrisa, resaltando sus rasgos juveniles y encantadores a los que incluso las mujeres más gruñonas son débiles.
—Lo siento mucho, pero puedo pagarlo.
—¡Claro que vas a pagarlo!
Tú y tu hermosa cara.
Caelan quiso tomarlo como un halago, al menos al inicio, cuando no lo metio a trabajar como gigoló para pagar los gastos, ya que esa cara bonita y cuerpo trabajado iba a atraer a muchos clientes.
—Si trabajas duro podrás pagar la deuda en tres meses.
—¿3 meses?
El corazón se le congeló un segundo, pero no lo mostró.
Solo se rió.
Como siempre.
Se preguntaba de qué estaba hecho ese lugar para que aún no lograra salir de ahí.
Esa vieja lo vendía a un precio muy alto a quien pudiera pagar una noche con él, casi al mismo nivel que Isaura, y aun así dijo que serían 3 meses,no 1.
Esa mujer solo amaba una cosa en el mundo: el dinero.
Y Caelan había llegado como una bendición caída del cielo.
—Tres meses —Repitió en voz baja— Me vas a deber más que eso, vieja.
Cuando se lo contó a Sarah, casi se muere a carcajadas.
—Que mala pata —Decía entre risas desde el teléfono— ¿Cómo se te ocurre?
Seras tonto.
Hablaban antes de que cayera la noche y el cabaret abriera.
Para ese momento ya iba a cumplir el mes sirviendo al local como su segundo mejor trabajador.
No era algo que pensara contar en el futuro.
Si alguien preguntaba, fingiría que jamás ocurrió, pero ser encantador tenía sus ventajas.
—Admito que no lo pensé mucho —Acepto el Alfa, soltando un respiro cubierto de resignación— No te imaginas la cantidad de pervertidos que vienen aquí, muchos de ellos funcionarios de alto nivel.
Si les hablas bonito y los embriagas te dan la información que quieres.
—¿Y qué pasó con la Delta contra la que peleaste?
—Ahora es mi compañera de trabajo y competimos por los clientes.
—Dijo, colocandose una cadena de oro que el diplomático de Skaluph le dio en su última visita— Quiero aclarar que estaba por ganar, de no ser por ese Omega se metió a la pelea.
Ningún cliente era de su agrado, sin embargo, tener contactos para el futuro era la mayor ventaja que se podría tener en ese mundo.
—¿Viste un Omega?
Pensé que solo estaban en las iglesias.
—Hay Omegas que no están registrados de forma oficial, unos que nunca hacen el examen de PhI.
Son raros, pero reales.
No me sorprende que esa vieja tenga uno trabajando para ella.
—Las dueñas de cabarets dan miedo.
—Y que lo digas —Dejó su largo cabello suelto y se preparó para salir.
No pensaba arreglarse más.
La vieja Erika debía agradecer que siquiera sale— ¿Tú que me cuentas?
—Terminé con mi novio, ese desgraciado salía conmigo y con mi amiga al mismo tiempo ¿lo puedes creer?
—Sí que lo creo.
¿Te cuento un secreto?
Una vez hice lo mismo.
—¡Eres basura!
Entre risas, colgó la llamada, si perdía más tiempo, Erika comenzaría a berrear y taladrarle los oídos.
❯────────────────❮ Esa noche no parecía ser diferente.
Con tantos hombres adinerados buscando la atención de un joven que olía a flores, y mujeres aburridas de sus esposos deseando un poco de diversión con ese ejemplo de masculinidad juvenil… porque nada les gusta más que les digan “hermosas”.
—Mientras paguen, ellos mandan —dijo la jefa la primera noche.
Caelan aún no sabía cuánto debía hacerle caso a eso.
Sus pensamientos se interrumpieron con la llegada de un cliente extraño.
Lo sintió apenas cruzó la entrada del Kawiki.
Su sonrisa serena, los ojos cansados pero amables, la ropa elegante sin lujos.
A simple vista era un hombre promedio, tal vez a punto de jubilarse.
Pero lo que llamó su atención no fue su presencia, sino el broche que llevaba en el pecho, tan pequeño que solo podía notarse a menos de un metro.
Caelan le debía mucho a sus sentidos de Alfa.
De no ser por ellos, no habría notado que pertenecía al mismo grupo que su antiguo empleador: Antonio.
—¿Cuál es su nombre?
—preguntó el hostess, con cortesía y esa sonrisa ensayada con la que atendía a todos.
—Raúl Martínez Serrano.
Era la primera vez que lo veía, pero fue suficiente para saber que tenía un rango más alto que Antonio, al menos dentro de esa secta o grupo al que pertenecían.
Lo escuchó pedir una reunión exclusiva con Erika, además de reservar a Isaura.
Lo de Isaura tenía sentido: era la mejor de las chicas.
¿Pero Erika también?
Ahí supo que no era un cliente cualquiera.
Fácilmente podía tener más dinero que la mayoría de quienes visitaban el lugar.
Subieron al piso de arriba, a una de las habitaciones exclusivas.
Caelan estuvo a punto de seguirlos, hasta que alguien le bloqueó el paso: Samantha, la bartender.
Era una mujer de belleza madura, elegante a sus 35 años.
No tan deseada como Isaura, pero muy popular entre los clientes.
—Te necesitamos en la mesa 6.
Hay varias jovencitas que quieren hablar contigo.
Ya pagaron por la hora —le dijo, tomándolo del brazo.
—Lo entiendo, pero… —¿“Pero”?
—le interrumpió con fastidio—.
Recuerda que tienes una deuda que pagar.
No nos hagas quedar mal.
Esas mujeres tenían mucha confianza al tratarlo así.
Normalmente, cuando la gente descubría que Caelan era un Alfa, se encogían de miedo o lo miraban con odio.
Pero en el Kawiki, lo vieron como una ventaja.
Porque ¿Quién no querría pasar una hora con un Alfa tan atractivo e intimidante como él?
¿Quién no querría sentirse dueño de uno, aunque fuera solo por un rato?
A Caelan incluso le daban escalofríos la forma tan metódica en la que pensaba Erika… y el nulo miedo que parecía tener hacia él o hacia su especie.
Por suerte para él, Samantha tuvo que soltarlo para atender a su cliente favorito: un viejo magnate de Ashvord cuyo negocio se estaba expandiendo en Xictli y se pasaba las noches en el cabaret para estar con ella.
Caelan sospechaba que era cuestión de tiempo para que la pidiera a la matrona, y claro, la vieja le sacaría todo el dinero que pudiera.
La segunda buena cosa que pasó esa noche fue ver al Omega Deirdre empujando una mesa de servicio con la orden del cuarto 33.
Su pequeño cuerpo lucía incluso más frágil que antes mientras empujaba con fuerza, visiblemente esforzándose por no llegar tarde.
Caelan, como buen samaritano (o eso quería parecer), se apresuró a hacerlo a un lado y ayudarlo.
—Déjame esto tan pesado —dijo, con una sonrisa—.
Puedes ayudar con las otras órdenes.
Sin embargo, el chico no cayó ante su encanto.
—¿No tienes trabajo que hacer?
—Nadie me ha solicitado —mintió con descaro—.
Puedo ayudarte mientras espero.
—No, gracias.
Lo apartó de su lugar con firmeza.
Si la matrona se enteraba de que había dejado su trabajo en manos de otro, la tabla lo esperaba.
La última vez que falló no pudo sentarse por tres días y su melliza también sufrió por eso.
Pero Caelan no se rindió.
Comenzó a caminar a su lado, con su sonrisa imborrable.
—Eres un chico muy trabajador.
—Guárdate los halagos, no te daré lo que quieres.
—¿Por qué crees que quiero algo?
—Si fuera estúpido, no estaría trabajando en un burdel.
Mientras más hablaban, Deirdre más le agradaba.
Desde el inicio que tuvo curiosidad por él y sus razones para trabajar en ese lugar.
—¿No es Erika tu madre y por eso la ayudas?
A Deirdre pareció dolerle la insinuación.
La cara que puso fue tan amarga que incluso a Caelan le afecto, y eso que no iba dirigida a él.
—¿Acaso nos ves parecidos?
—Pues… —No contestes a eso —bufó, visiblemente molesto.
Mientras subían al segundo piso, su lengua se fue soltando poco a poco—.
Mis verdaderos padres murieron cuando aún era muy pequeño.
Terminé en la calle junto a mi melliza porque ningún orfanato nos aceptaba.
—Eres un Omega, ¿cierto?
Pudiste haber ido a cualquier iglesia o templo para pedir asilo.
—Hubieran matado a mi melliza—.
Respondió, mordaz, apretando los labios con fuerza—.
Madame me encontró y me adoptó.
Paga mis estudios en medicina a cambio de que sirva en el cabaret.
Dice que, una vez que me gradúe, seré su médico y me rentará a otros burdeles si la paga es buena.
Por eso debo ser el mejor de mi generación.
—¿Y tú quieres eso?
—Se lo debo —confesó, con el rostro cuidadosamente neutro, como si hubiera ensayado esa respuesta mil veces—.
Además, es divertido aprender de anatomía.
Me ayuda también a controlar mis poderes.
—No sabía que tienes una melliza.
—Ella trabaja en el día, como parte del área de limpieza, por lo que nunca la verás.
Llegaron al segundo piso y caminaron hasta la habitación 33.
El ambiente era un poco más amable, al menos del lado de Caelan.
—En eso nos parecemos.
—¿Disculpa?
Por la forma en la que Deirdre frunció el ceño, estaba claro que esa comparación no le había gustado.
—Yo también perdí a mi familia de niño —dijo Caelan, ahora con una sonrisa más pequeña, pero más real que la anterior—.
De no ser por una persona amable que se apiadó de mí, no estaría aquí.
Así que tenemos algo en común.
—Genial.
¿Terminaste?
El Omega buscó cortar la conversación.
Y lo logró.
Estaban a punto de llegar al cuarto, cuando la mano del Alfa se posó en su hombro, deteniendo su andar.
Deirdre se giró molesto, pero la seriedad en el rostro del más grande lo hizo retractarse.
Deirdre no podía escucharlo, porque sus sentidos no eran tan agudos como los suyos.
Por lo tanto, no pudo escuchar el trato que le estaban proponiendo a Erika, ni los comentarios insultantes de Isaura.
“Zul” era la palabra que más repetía ese hombre, quien se escuchaba tan tranquilo como al entrar al edificio.
Por la forma de contestar de Isaura debía tratarse de una nueva sustancia adictiva que podían ofrecer a sus clientes para aumentar la emoción de la noche.
Algo que esa mujer aborrecía desde siempre.
Lo había escuchado antes, como amenazó con irse de ese lugar si comenzaban a vender sustancias.
Caelan supuso que debía tener una mala historia con las drogas.
¿Por qué haría tanto escándalo si no?
—Isaura, tenemos un trato aparte para usted —Raul comenzó a decir, sin inmutarse por su agresividad.
—Sus habilidades son necesarias para una misión divina.
—¿Qué misión podría ofrecerme un delincuente?— No se molestó en ocultar su hostilidad.
—Me ofende, señorita.
No somos criminales,solo hombres que desean guiar al mundo por un camino mejor.
—¿Con drogas?
No pudo seguir escuchando porque Deirdre se zafó de su agarre y se apresuró a tocar la puerta para poder pasar.
En el momento que se abrió, una furiosa Isaura salió, casi echando humo.
—No sé qué tanto nos beneficie este nuevo proyecto —Dijo Erika, sacando el humo del cigarro.
Aún una práctica tan común ella la hacía ver elegante.
Un talento que adoptó en los años que sirvió en el cabaret— Si esa nueva droga vuelve idiotas a mis chicas… —No es para sus empleados —Corrigió el invitado— Es para los comensales.
Muchos ya están hablando de eso, estoy seguro que algunos de sus clientes ya han preguntado por él.
Esa sustancia que los vuelve invencibles por un tiempo, hasta sus chicas estarán complacidos.
Caelan sintió un escalofrío de solo imaginar que uno de los tipos que pide por él siempre que vienen tome de esa cosa.
Entonces si que no podría librarse de él con alcohol y trucos.
—Tal vez sea hora de irme de aquí —Susurro.
Una vez que esos sujetos terminaron de hablar con la matrona, Caelan volvió a su habitación y empaco las pocas cosas que llevaba con él desde el inicio, dejó la cama hecha y salió por la ventana, al mismo tiempo que vio a Isaura hablando con Erika, con bolsa de viaje en mano.
—Así que no soy el único —Volvió a susurrar— Veamos a dónde vas, madame.
Cualquier cosa era mejor que seguir en ese lugar de tercera.
Saltando entre los techos, fue detrás de ella.
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