La canción del dragón - Capítulo 43
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- Capítulo 43 - 43 La princesa de Skaluph
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43: La princesa de Skaluph 43: La princesa de Skaluph Mikael jugueteaba con el popote entre los labios mientras miraba el paisaje por la ventana, harta de tanto tiempo en movimiento.
Dondequiera que posara la vista no había otra cosa que árboles y más árboles.
Habían dejado la zona rural desde hacía horas; todavía quedaban kilómetros de fauna y pequeños pueblos antes de llegar a la ciudad donde recogerían a la princesa de Skaluph y su hilera de guardias reales.
Mikael esperaba, al menos, que el viaje de regreso fuera divertido.
— ¿Cuáles son los siete mandamientos de los Omegas?
—preguntó de pronto la persona sentada frente a ella, cerrando el libro—.
Dime el número cinco.
Mikael lanzó una mirada rápida a su compañero: Nivael Duarte, uno de los pocos que la había acompañado casi toda su vida.
Primero en las clases, luego en las misiones; desde que la separaron de su familia, él y otro Omega habían sido quienes se mantuvieron a su lado.
A veces era un poco pesado con sus preguntas, pero era leal.
—Mantener la pureza espiritual y física —respondió ella, volviendo la vista a la ventana.
—¿Y cómo se hace eso?
—Absteniéndose de actos considerados impuros o egoístas.
—Por ejemplo, estar pegado todo el día al teléfono leyendo novelas eróticas.
Ella se volvió y encontró la sonrisa zorruna de Nivael; esa que hacía cuando pillaba a alguien rompiendo las reglas.
Admitía que durante el trayecto había revisado el teléfono, aunque lo de las novelas era solo una tapadera para ocultar su verdadera intención: hablar con Kon.
Siempre que empezaban las vacaciones —de invierno o verano— Mikael debía volver a su vida en San Simón y dejar de ser Lorena para cumplir con las tareas que la iglesia le encomendaba: como ir a recoger a la princesa, finciendo no disfrazarse el resto del año para poder salir con el chico que le gustaba.
—Tú mismo dijiste que esta era una de las misiones más importantes para nosotros.
Si lo hacemos bien, el director nos reconocerá.
—Lo sé —contestó ella—.
Estoy muy consciente.
—Entonces, ¿podrías dejar el celular guardado por hoy?
Mikael contuvo el impulso de poner los ojos en blanco.
Entendía la preocupación de Nivael: ir con el teléfono en la mano, en una misión de alto perfil, daba una imagen poco profesional.
Pero tampoco quería dejar tirado a Kon, así que improvisó una excusa y le prometió despedirse por ese día.
—Solo lo hago mientras estamos de camino, no creas que lo tendré cuando la princesa esté con nosotros.
—Lo entiendo, pero no estamos solos.
—Le recordé, echando un vistazo a los asientos del frente.
El autobús en el que iban estaba lleno de soldados Omegas con años de experiencia y que fácilmente podían aplastarlos.
A Mikael le costó bastante formar parte de esa sección.
Ella y Nivale compitieron con el resto de sus compañeros de la basílica en esos exámenes.
Tuvo que salir de clases dos semanas antes para no llegar tarde al examen escrito y tener a mano todos los documentos médicos que pedían a cualquiera que aspirara a formar parte de la quinta legión de soldados, conocidos por ser los que más posibilidades tienen de ir a la sede blanca, la cima de la pirámide, el lugar a donde aspiran ir todos los Omegas.
Un puesto en ese lugar, aun si es de un simple guardia de seguridad, es razón de respeto y poder, sobre todo poder.
Que Mikael y Nivael hayan conseguido una oportunidad de trabajar con la quinta legión es un paso más a su meta de llegar a la cima y ambos estaban con los pelos de punta, no podía echar a perder esa oportunidad única, ni siquiera por un romance adolescente.
—Gracias.
—Su palabra fue sincera, pues los hombros de Nivael se relajaban—.
Espero que no tardemos más en llegar a Montero.
—No entiendo porque el avión no aterrizó en San Simón, si tienen vuelos de sobra de Skaluph a la capital.
Nivael se encogió de hombros, volviendo a abrir su libro.
—No es como si fuera nuestro trabajo cuestionar esas cosas.
Con que la princesa esté a salvo es suficiente.
En eso tenía razón.
Su trabajo en ese momento consistía en eliminar las posibles amenazas que aparecerían en el camino.
Había escuchado que esa visita era una reunión oficial para comprometer a Rune Syraël, el hijo de la presidenta de Xictli, con la princesa de Skaluph y negociar nuevos tratados.
Mikael, por su parte, estaba algo contento de volver a ver a alguien de sus tierras, hacía mucho que se era de ese lugar para servir en Xictli como uno de sus soldados más prometedores, o eso era lo que decía el director.
De pronto sintió que alguien la observaba con demasiada insistencia, cuando buscó con la mirada al indiscreto, se topó con los ojos de uno de los soldados del asiento de al lado.
Ni siquiera disimulaba su forma de mirarla, tan llena de deseo ¿y él era parte de la iglesia?
Aun cuando fingia un género que no era —porque como mujer no tiene ni permitido soñar con estar ahí— seguía topándose con personas que solo la miraban como si fuera un pedazo de carne.
Usnaby le había dicho una vez que tenía una belleza rara, limpia; que sus ojos sin manchas completaban esa estética.
Eso despertaba la lascivia en algunos.
Pero Mikael no permitiría que la tocaran, ni siquiera un superior.
Si pudiera, le dispararía en la rodilla, aunque eso arruinaría la misión antes de empezar.
Así que optó por ignorarlo.
Mientras volvía la vista al vidrio, sentía el peso de la travesía.
Tenía el corazónnada de que sería un viaje largo.
❯────────────────❮ El aeropuerto de Montero se cerró de puerta en puerta.
Guardias y oficiales se desplegaron en cada salida, conducto de ventilación y ventana por donde la princesa pudiera escapar.
Pasajeros y empleados quedaron atrapados dentro, obligados a colaborar en la búsqueda.
No era difícil identificarla: cabello rojo como brasa, ojos dorados y un cuerpo menudo adornado con medallones de oro y ámbar que repiqueteaban al correr.
Un personaje explosivo completaba el retrato: bastaba una palabra para que estallara.
Quien estaba a punto de estallar, en cambio, era Catalina, su nodriza.
—¿De qué me sirven tantos guardias?
—bufó la anciana, ahogada de cansancio, con la respiración a punto de mameluco—.
¡Esta niña me va a matar de un infarto!
Catalina había acompañado a la princesa Irina desde la cuna.
Ahora la escoltaba a Xictli para cumplir su destino: un compromiso político con el líder de la especie contraría.
Un enlace destinado a sellar la paz entre Alfas y Omegas tras siglos de guerra.
Incluso los cazadores apoyaban la unión.
El mismísimo Lobo había prometido que no habría disturbios.
Pero el verdadero peligro no venía de afuera.
Venía de la propia princesa.
Un grito desgarrador resonó en la zona de baños.
La multitud huyó despavorida, algunos con la ropa humeante y el cabello chamuscado.
Una llamada rugió desde el interior, devorando la entrada.
Luego otra, que se ramificó en tres lenguas ígneas como serpientes furiosas.
Entre las llamas se alzó una voz chillona, rabiosa: —¡Acérquense y los quemo vivos!
—¡Princesa!
—Catalina sintió que el corazón se le detenía.
Corrió, pero un guardia la detuvo antes de que la siguiente ráfaga la incinerara—.
¡Princesa, soy yo!
¡Salga de inmediato!
Si no lo hace, los guardias entrarán.
El fuego menguó.
De entre el humo emergió la niña cubierta de joyas, arrastrando un vestido que no le dejaba moverse bien.
No tenía más de nueve años.
Su rostro hinchado por el llanto contrastaba con su ceño fruncido y los puños apretados con tozudez infantil.
Catalina sospecha aliviada al verla intacta.
—Alteza, debemos partir.
Nos esperan en la capital.
—No voy a ir —replicó Irina con sorprendente firmeza—.
Quieren casarme con un anciano.
Perder.
—No es anciano, es un joven apuesto.
Tienen casi la misma edad.
—No me interesa.
¡No voy!
Un guardia susurró a Catalina si debían reducirla antes de que causara más daños.
La mujer lo calló enseñada, pero Irina ya había escuchado.
Su mirada chisporroteó con rabia.
— ¿Atraparme?
—dijo con voz temblorosa, pero tan cargada de furia que helaba la sangre—.
¿Soy un animal para que me atrapen?
Su cuerpo entero ardió.
Llamas brotaron de sus brazos, piernas y hasta del cabello, hasta cubrirla como un halo abrasador.
La multitud buscó refugio en las salas selladas con el símbolo anti-Alfa, cámaras blindadas para contener desbordes de esa especie.
Aunque Irina fuera Omega, el fuego no distinguía.
Los guardias desenfundaron sus armas, dardos tranquilizantes azulados: supresores diseñados especialmente para ella.
Irina se tensó, lista para atacar al menor movimiento.
—¡Nadie intentaba insultarla!
—Catalina alzó la voz, desesperada—.
Por favor, apague las llamas y dígame qué le atormenta.
—¡Ya lo dije!
—Irina agitó los brazos y estallaron chispas—.
¡Solo me trajeron para abandonarme aquí!
¡Quieren deshacerse de mí!
—Tonterías, Alteza.
Todo el reino depende de usted.
—¡Mentira!
Golpeó el suelo y una oleada ígnea barrió la entrada, obligando a su nodriza y al guardia a retroceder.
Hubieran sido incinerados de no aparecer, justo un tiempo, un muro de hielo que sofocó las llamas.
La entrada del aeropuerto se abrió de golpe.
Una formación de soldados de uniforme azul marino bloqueó el paso.
La Legión había llegado.
El jefe, Rafael, masculló una maldición.
La bienvenida a Montero sería todo menos discreta.
Frente a él, la niña en llamas retaba al soldado de hielo que contenía su avance.
Rafael giró la cabeza hacia los dos aprendices que lo acompañaban.
—Novatos, ¿puedes controlar a ese gremlin?
Mikael y Nivael se miraron un segundo, luego asintieron.
Mikael fue la primera en moverse.
Extendió el brazo y de su piel brotaron cadenas negras que se lanzaron contra la princesa.
Irina corrió, esquivó, pero las cadenas parecían tener voluntad propia: una atrapó su tobillo, haciéndola caer; otra se enroscó en su cuerpo y comenzó a fundirse con su piel, sus nervios, su sangre.
—Quieta.
La orden fue un látigo invisible.
Irina se desplomó rígida, inerte como una muñeca.
Mikael Avira, el Omega del Control, había hablado.
Nivael aprovechó.
Elevó un canto en voz baja, recitando versos del Código de Leila.
Su brazalete se quebró en dos y voló hacia las muñecas de la niña, cerrándose con un chasquido cuando terminó el conjuro.
—Liberar.
—La siguiente orden de Mikaelió desvaneció las cadenas por completo.
Irina pudo volver a moverse con libertad y lo primero que hizo fue tocarse la cabeza.
Por un momento sentí muchas ganas de quedarse quieta y relajarse, por un momento deseó estar dormida, pensando que lo mejor sería ceder un poco y quedarse quieta.
No supo que le hizo pensar eso, solo que quería hacerlo, obedecer a todo lo que ese Omega le decía.
El segundo que hizo fue buscar al dueño de esa voz y se topó con los ojos blancos de Mikael, quien la observaba con precaución.
Cuando Irina trato de lanzar el fuego, la pulsera en su muñeca se lo impidió.
Así que intento de nuevo y de nuevo, no importaba cuanto ira tuviera para expulsar el fuego ya no la obedecia.
Al darse cuenta del objeto extraño en su muñeca lo jalo, mordió y hasta tocar en el suelo con tal de quitarlo de su muñeca.
El brazalete vibró y se abolló, pero no se rompió.
— ¿Qué es eso?
—preguntó Rafael a su nuevo soldado.
—Infunde la balada de Runlez a mi brazalete.
No importa cuanto intente quitarselo o lo que usa, el brazalete jamás se saldrá de su muñeca, al menos que conozca el conjuro que lo bastante.
Al ver la mirada de desaprobación del jefe, Nivael se apresuró a explicar que solo la uso como medida temporal y él mismo puede apartarla si vuelve a pronunciar el canto.
—No se lo quites.
—Catalina intervino en la conversación, regresando a esa puerta elegante que la caracteriza como la nodriza de la princesa—.
La princesa debe de dar una buena impresión a la presidenta y demás allegados.
Además… Se giró a ver a la pequeña que se retorcía en el suelo, rugiendo como un animal.
El fuego parecía querer liberarse de su cuerpo, por un momento toda su piel volvia a pintarse de ese naranja abrazador, pero en el momento de la explosión solo humo salía e Irina quedaba agotada.
—Será el castigo de su alteza por el escándalo que hizo.
—Sentencia la mujer—.
Agradezco su ayuda, incluso los más jóvenes actuaron muy rápido.
Catalina se giró a ver a esos dos, y les dio una única sonrisa de agradecimiento, de no ser por su rápido actuar el aeropuerto había quedado reducido en cenizas y esa buena relación que intentaban formar se hubiera acabado antes de comenzar.
Incluso el dragón azul podía acabar con una de sus ciudades como hizo con Forsyth distric a modo de venganza y en ese momento es lo que menos necesitan.
❯────────────────❮ El camino de regreso era más tranquilo de lo que esperaban.
Después de forcejear un buen rato —e incluso intentar derretir el brazalete con un encendedor—, Irina terminó rindiéndose.
Llevaba horas mirando el paisaje pasar por la ventana.
Los paparazzi se habían quedado atrás, junto con la ciudad, pero el recuerdo de las cámaras y los gritos seguían hirviéndole la sangre.
Si no fuera por ese maldito brazalete, los habría reducido a cenizas.
¿De qué servía tanta vigilancia sobre una niña de nueve años?
Se amontonaban como animales, deseosos de obtener una imagen de “la elegida”, sin importarles que aún tuviera edad para jugar con muñecas.
El viaje ya había sido agotador.
Tener que lidiar con ese tumulto solo terminó por drenarla.
Catalina, su nodriza, intentaba calmarla contándole historias de amores imposibles y lazos destinados; pero lo único que conseguía era avivar su rabia.
—No todos nacen con una bendición como la suya, una Omega predestinada —dijo Catalina mientras trenzaba con esmero su cabello dorado—.
Los Omegas predestinados aparecen una vez por generación.
Ser elegido por Zaihn es una señal divina: usted será la salvadora de nuestra nación, alteza.
Irina torció los ojos.
Si no fuera por respeto, le habría recordado que fue su hermano, y no ningún dios, quien decidió entregarla al líder de los Alfas.
Todavía podía oír la voz fría de Calipso dando la orden, y ver cómo la arrancaban de los brazos de su madre, la única que lloraba mientras todos los demás suspiraban de alivio.
Al fin se libraban de sus “incendios inconscientes” y de sus ataques de ira.
¿Omega predestinada?
¿Qué alegría hay en eso si todos te miran con miedo?
Recibir el milagro de Zaihn y manipular uno de los cinco elementos deja de ser glorioso cuando el mundo te trata como una amenaza.
Ser la más cercana a un dios no significa libertad: significa cadenas desde antes de nacer, ser usada como herramienta para los aviones de otros.
—Voy a ser entregada a un anciano —refutó Irina, frunciendo el ceño—.
No me siento como una salvadora.
Catalina suspir y presion la trenza entre los dedos.
—Ya le dije que no es un anciano.
Tiene dieciséis años —replicó con un tono más severo—.
La edad suficiente para cuidar de usted.
Desde los asientos delanteros, Mikael escuchaba en silencio.
Fingía concentración en su trabajo, pero cada palabra le llegaba como un eco incómodo.
Por cómo el director de la academia hablaba de la princesa, había imaginado una mujer adulta, no una niña.
Y sin embargo, ahí estaba: frágil, furiosa y encadenada.
Dieciséis años… pensó.
¿Desde cuándo eso bastaba para cuidar de alguien?
A esa edad, la mayoría de los chicos aún jugaban a ser adultos.
Excepto Kon.
Kon y esa amabilidad involuntaria suya, esa forma de arreglar todo incluso cuando tenía miedo.
Aun sabiendo que estaba condenado, seguía sonriendo.
El recuerdo lo atravesó como una espina.
Cuánto deseaba volver a verlo, aunque fuera solo para escuchar su voz al otro lado de un mensaje.
Pero debía concentrarse.
Era su oportunidad de escapar del control de su madre y de su tío Usnaby; No podía arruinarlo por nostalgia.
—Sigue siendo una basura —murmuró Irina con el ceño fruncido.
Catalina chasqueó la lengua.
Si no fuera una princesa, le habría soltado un coscorrón.
—Ya basta, alteza.
De usted depende la paz entre naciones —bajó la voz, como si el viento pudiera delatarla—.
Si logra detener la guerra contra los Alfas, su madre podrá vivir sin miedo a un ataque de esas bestias.
El ceño de Irina se relajó apenas.
Por supuesto que quería ayudar a su madre.
No entendía las razones de la guerra ni sus raíces, solo veía el sufrimiento que traía consigo, las noches de encierro en el palacio, los rostros tensos de los guardias.
—Pero… ¿por qué tengo que casarme con el jefe de los Alfas para lograrlo?
Catalina le llevó la mano a la boca, pálida.
Demasiado tarde.
Mikael había escuchado.
Su respiración se detuvo por un instante.
“ ¿El jefe de los Alfas?
”, repitió en su mente.
La cabeza comenzó a darle vueltas ¿van a entregarla a los Alfas?
¿No era Rune un Omega?
Una fachada, todo era una fachada, desde el inicio ese era el plan ya ella… ella solo debía seguir órdenes.
Nivael también lo sabía, por eso su expresión siguió impasible, que fácil debía ser para él fingir que no le afectaba.
El corazón de Mikael se apretó tanto que apenas logró mantenerse erguida.
La mano con la que sostenía el comunicador tembló.
El nombre no se pronunció, no hizo falta.
En su mente, el eco del destino sellado resonó con una claridad cruel.
Conde.
No otro, no un desconocido, no un monstruo de leyenda.
Su Kon.
El chico que aún le mandaba mensajes torpes llenos de promesas que ninguno sabía si cumpliría.
El mismo que ahora, sin saberlo, sería entregado a una niña que lo odiaría solo por existir.
Debía ser una maldita broma.
El aire le supo a hierro.
Trató de respirar, de convencerse de que debía mantener el rostro impasible.
Pero en lugar de calmarse, su mente la traicionó, llevándola de vuelta a aquel día.
A la orilla del mar.
El cielo era una sábana inmensa y limpia, tan clara parecía que respirar con ellos.
El sol caía en líneas doradas sobre el agua, y la brisa jugaba con las olas igual que un niño con su cometa.
Mikael había escapado del cuidado de Usnaby, otra vez, buscando un poco de aire lejos de la vigilancia de su madre y la academia.
Solo quería escuchar el rumor del mundo sin voces humanas.
Y fue allí donde lo vio.
Un niño descalzo, de piel tostada por el sol, riendo con la marea.
Corría entre las olas con una alegría tan pura que el mismo mar parecía abrirle paso, levantando espuma a su alrededor y girando a su compás.
El agua… no solo lo tocaba: lo seguía, lo obedecía, como si lo reconociera.
Cada vez que su pie hundía la arena, una pequeña corriente lo acompañaba, girando en espirales claras y cristalinas.
Mikael se quedó inmóvil, observándolo.
Había algo hipnótico en la forma en que el mar respondía a él, en esa conexión invisible que parecía unirlos.
No había miedo, ni duda, ni pecado en sus gestos.
Solo un niño jugando, como si el mundo entero le perteneciera.
—¿Qué haces?
—le preguntó finalmente, cuando la curiosidad era más fuerte que la timidez.
Él levantó la vista, sorprendido.
Y fue entonces cuando Mikael vio sus ojos.
No eran azules como los del cielo ni verdes como el bosque.
Eran turquesa.
Un color imposible, hecho de mar y de luz, con destellos dorados que se movían como olas bajo el sol.
Por un instante, Mikael pensó que se trataba de un truco del agua.
Pero no, ese color estaba vivo.
—Busco perlas —respondió con una sonrisa traviesa—.
Sean reales o falsas.
Ella frunció el ceño.
—¿Y cómo sabes cuál es cuál?
Como si el mar también escuchara su pregunta, se movió y un pequeño trozo de este se levantó en un movimiento imposible, entregando una pequeña perla que oscilaba entre el color blanco y rosado.
La sostuvo en su mano, dejándola brillar apenas con la luz.
—Las perlas falsas son demasiado perfectas.
—Explico, mostrando su pequeño tesoro—.
Muy contrario a las reales; ellas están llenas de imperfecciones.
no son redondas, no son tan brillantes y están llenas de grumos.
Pero a todos se les hacen más hermosas que las falsas, me pregunto porque.
Entonces se la tendió, sin pensarlo.
Mikael extendió la mano y, al recibirla, rozó sus dedos.
El tacto era cálido, casi abrasador.
Su piel era áspera por la arena, y aun así, había en él una energía suave, pulsante, como una corriente viva.
Mikael sintió que algo dentro de ella respondía, un estremecimiento leve, una vibración que no provenía del miedo ni del frío.
Era…
instinto.
—Gracias —dijo rápido, ocultando el temblor en la voz— ¿Puedes darme esto?
Él río, una risa clara como campanas, y volvió a mirar el mar.
—Es mi forma de agradecerte por hablar conmigo.
Ella lo observó en silencio, tratando de entender por qué el aire se sentía distinto cuando él estaba cerca.
Había escuchado rumores de niños que no deberían existir, de criaturas benditas y malditas al mismo tiempo, de herederos del Sol y la Sangre.
Y aunque no quería creerlo, algo en ese niño lo gritaba sin palabras.
Esa fuerza contenida, ese brillo imposible, ese calor que quemaba más que el sol.
Solo los Alfas fueron descritos así.
Cuando volvió al templo, aún tenía la perla escondida en su bolsillo.
La sostuvo toda la noche entre los dedos, recordando sus ojos, su risa y el tacto de su mano.
Y por primera vez, temió tener razón.
Fue a la biblioteca de la academia, para husmear en los libros más viejos, los que hablaban sobre las diferentes especies y castas que habitan en el mundo.
Desde los poderosos Drum, hasta los extintos Epsilon.
Mikael paso todas esas paginas para llegar a la parte de los Alfas, donde describe su fisonomía, su aura demoniaca y relación con las fuerzas salvajes.
No es como si sintiera algo demoníaco en él cuando lo toco, aunque si bastante salvaje e indomable.
Fue como si tocara la punta del mar, a punto de caer en lo profundo de este mismo.
Llego a la parte del dragón azul, al que apodaron de esa manera por su conexión con el mar, porque siempre se la pasaba dentro del mismo.
“Los Alfas salieron del agua” era lo que el libro contaba.
—Su naturaleza es acuática y solo están en tierra porque Zaihn los castigo por sus pecados.
—Mikael comenzó a leer en voz alta, acercando un poco más la lámpara a las hojas—.
La leyenda de que Xictli estaba bajo el mar y Zaihn el saco con una sola mano, para evitar que los Alfas dejaran de esconderse de su juicio divino.
Mikael nunca había escuchado de esa leyenda, pero si venía en los libros de la academia era porque algo de verdad había en eso.
Como Zaihn castigando a los Alfas por sus pecados.
Si ella tenía razón y Kon era un Alfa ¿Qué pecado estará pagando para que Zaihn lo odie?
La sensación en su mano despertó en ella la fascinación y el miedo de algo que puede ver todos los días y aún así jamás conocerlo por completo.
En definitiva, fue como tocar al mar.
Esos era un problema, si es que algún día ese chico se salía de control, ella no lo iba a poder controlar con sus cadenas.
—El dragón azul usa el mar como su arma.
—Termino de leer.
Solo el jefe de los Alfas tenía el control sobre un elemento como ese, por lo que no había error al sospechar.
En definitiva, Kon era un Pit-Nüwa, el dragón que parte el cielo y ese mismo dragón se iba a casar con una niña de 9 años.
—¡Princesa, no corra!
El grito de Catalina trajo a Mikael de vuelta al presente.
Se había perdido tanto en ese recuerdo que casi se le escapó la princesa, que salió disparada del autobús tan pronto este se detuvo.
Sin esperar a las órdenes de su superior, lanzó de nuevo las cadenas que ataron sus pies y la hicieron caer sobre la estructura de metal y hierro.
Irina se giro a verla, irradiando una rabia poco adecuada para su edad.
Iba dirigido a ella, porque era la segunda vez en el día que la detenía y eso, considerando su situación, era lo peor.
—Vas a ser el primero al que me cuando me libere de esta maldición.
Lo dijo con tanta seguridad y rencor que Mikael anoto mentalmente tener más cuidado con ella a partir de ese momento.
El murmullo de los motores se interrumpió.
Algo en el aire cambió.
Rafael, al frente del vehículo, se incorporó lentamente, su mirada fija en el horizonte.
—No se muevan… —susurró primero, casi imperceptible.
Luego, más alto, con la voz de un soldado que sabe que ya es tarde—: ¡Estamos bajo ataque!
El resto sucedió en un instante.
El estruendo de los disparos reventó las ventanas del autobús; el cristal voló como una lluvia cortante, y los cuerpos que no alcanzaron a agacharse fueron los primeros en caer.
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