La canción del dragón - Capítulo 44
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44: Omega predestinado 44: Omega predestinado El sonido del primer disparo partió el aire en dos.
Rafael apenas alcanzó a levantar el brazo cuando las balas atravesaron los cristales.
El sonido fue ensordecedor: vidrio, metal y gritos mezclados en un caos imposible de distinguir.
—¡Protejan a la princesa!
—Ordeño.
Nivael reaccionó al instante.
Ya estaba de pie, con una calma casi antinatural.
Sus labios se movieron con rapidez, y el aire se impregnó de un fulgor blanco.
Las palabras sagradas resonaron en el autobús como una vibración profunda, expandiéndose hasta formar un círculo de luz que cubrió a Irina ya su gente.
Las balas que se acercaban al perímetro se fundían en polvo dorado antes de tocar el suelo.
—¡Gloria al nuevo mundo!
—Gritó uno de los atacantes desde afuera— ¡Abajo Skaluph y su tiranía!
Mikael se incorporó tras el asiento, lanzando las cadenas como látigos.
El metal respondió a su voluntad, girando en espiral hasta atravesar las rendijas rotas buscando las cabezas más cercanas.
Un chasquido seco y luego un grito ahogado.
Las cadenas encontraron carne.
Sus ojos se tornaron vacíos al instante.
Los cuerpos de los primeros atacantes se enderezaron con movimientos tensos y descoordinados.
Mikael los controlaba.
—Detengan a sus compañeros —ordenó con voz baja, y los hombres se giraron, abriendo fuego contra los suyos.
El caos cambió de dirección; los atacantes comenzaron a caer por manos de los mismos que habían subido primero.
Fuera, el aire se llenó de humo y gritos.
Los soldados de Rafael respondieron con fuego disciplinado, cubriéndose tras el metal retorcido del autobús.
Las luces de las armas Omega —conjuros, marcas, escudos activados— iluminaron la noche como relámpagos.
En cuestión de minutos, la emboscada se tornó en retirada.
Mikael respiró con dificultad, las cadenas aún tensas, sus dedos temblando por el esfuerzo de controlar varias mentes a la vez.
—¡Nivael, estado de la princesa!
—gritó Rafael desde afuera.
El conjuro de protección se desvanecerá, su brillo menguando hasta volverse una línea débil.
Nivael miró dentro del círculo; Vacío.
El corazón de Mikael se hundió.
El asiento donde Irina debía estar estaba manchado de polvo y trozos de cristal, pero ni rastro de su pequeña figura.
La puerta trasera, apenas entreabierta, dejaba entrar el aire cargado de humo y el olor a tierra mojada.
—No… —susurró Catalina, con la voz quebrada.
Luego gritó con todo el aire que tenía en los pulmones—: ¡¡La princesa!!
¡¡La princesa no está!!
❯────────────────❮ Omega predestinado Irina creció escuchando esas historias.
Que los Omegas predestinados nacían marcados por la luz de Zaihn, destinados a encontrar al Alfa que los amaría más allá del tiempo.
Que su unión traería equilibrio al mundo, y que en su poder no había destrucción, sino vida.
Irina quiso creerlo.
Pero si eso era cierto, ¿por qué todos temblaban cuando ella respiraba?
¿Por qué la miraban como si fuera una enfermedad?
Su madre lloraba al tocarla, los sacerdotes la bendecían sin mirarla a los ojos, y su hermano ordenó que la alejaran, “ por el bien de todos ”.
Casarse fue la gota que derramó el vaso.
¿De verdad creían que un Alfa podría disciplinarla?
Un monstruo para otro monstruo, esa parecía ser la solución perfecta.
¡Qué bien por ellos!
Irina no pensaba cumplir los deseos de su pueblo.
Si los Alfas querían destruirlos, por ella podría hacerlo.
Corría entre los callejones de aquella pequeña ciudad sin saber adónde iba, pero sí de quiénes quería alejarse.
Su respiración era un jadeo entrecortado, los zapatos le pesaban y el corazón ardía como su fuego interior.
Entonces lo sintió: un golpe seco en la frente que la lanzó al suelo.
Primero escuchó el grito de advertencia.
Luego, el impacto del balón contra su cabeza.
—¡Ay, no!
—exclamó una voz infantil.
Los niños que jugaban se quedaron paralizados, con el horror pintado en sus rostros.
Habían golpeado a una niña más pequeña que ellos.
Enseguida soltó lo que tenían en las manos y corrieron hacia ella.
El mundo le daba vueltas.
El dolor le palpitaba en la frente con tanta fuerza que los ojos se le llenaron de lágrimas.
—¿Estás bien?
—preguntó uno, arrodillándose junto a ella.
Cuando Irina logró abrir los ojos, vio un círculo de rostros desconocidos que le hablaban en un idioma que no entendía.
Uno de ellos cargaba la pelota.
Solo eso bastó para que la ira le subiera a la cara.
Si no fuera por ese ridículo brazalete que sellaba su poder, ya habría hecho arder el aire a su alrededor.
—Lo sentimos, no fue nuestra intención —dijo otro niño, el que parecía ser el líder.
Irina frunció el ceño, sin entender una palabra, pero las expresiones de sus rostros bastaron para comprender su arrepentimiento.
Entonces, el mismo niño que tenía el balón dio un paso adelante y se lo ofreció, con una sonrisa tímida.
Ella lo miró desconcertada.
—Me están… invitando a jugar?
—murmuró, más para sí que para ellos.
Los niños no entendieron lo que dijo, pero la intención bastó.
Le acercaron el balón un poco más, insistiendo con gestos amables.
Irina, todavía confundida por aquella arrepentida bondad, ayudó el balón entre sus manos.
Los niños regresaron a sus posiciones, cada uno en su sitio, expectantes.
Uno de ellos hizo un gesto para que Irina lanzara el balón.
Ella lo sostuvo entre las manos, todavía desconcertada.
No entendía por qué la estaban incluyendo, pero por alguna razón no quería arruinarlo.
Lo lanzó despacio, con torpeza, y el balón rodó más que voló.
Los niños rieron, no de burla, sino con esa alegría ligera de quien solo quiere seguir jugando.
Se lo devolvieron enseguida, animándola con gritos y gestos.
Irina lo atrapó por reflejo y volvió a lanzarlo, esta vez con un poco más de fuerza.
Otra ronda de risas.
Una niña le suena de oreja a oreja, como si aquello fuera lo más natural del mundo.
En la tercera lanzada, Irina ya no pensó.
El calor en su pecho se mezcla con algo nuevo: entusiasmo.
Por primera vez en mucho tiempo, volvió a sonreír como una niña.
Y lanzó el balón.
El aire estalló a su alrededor con un zumbido seco.
El balón se perdió en el cielo, convertido en un punto diminuto… hasta que, unos segundos después, un estruendo profundo retumbó en la distancia.
Todos giraron hacia el sonido.
La colina que se alzaba a kilómetros de la ciudad se había partido en dos, como si un rayo invisible la hubiera atravesado.
El silencio cayó de golpe.
Nadie respiró.
Los niños la miraron con los ojos muy abiertos, temblando.
Irina los observó sin entender, la sonrisa aún congelada en su rostro.
— ¿Qué pasa?
—preguntó en su idioma, con voz débil.
El primero que reaccionó fue el líder del grupo, el mismo que le había ofrecido el balón.
Dio un paso atrás y, con un dedo tembloroso, la señaló.
—¡Alfa!
—gritó.
El miedo se propagó como un incendio.
Los niños comenzaron a correr, tropezando unos con otros, gritando lo mismo una y otra vez: —¡Alfa!
¡Es un Alfa!
Las puertas se cerraron, las madres corrieron a esconder a sus hijos.
En cuestión de segundos, Irina se quedó sola en medio de la calle, con el polvo levantándose alrededor y el eco de ese grito clavado en su pecho.
“ ¿Alfa?
” repitió para sí.
Así, que en ese lugar, son los Alfas los que tienen esa fuerza.
Irina lo recuerda de la catedral, como todos los Omegas de su edad se mantenían distantes y cohibidos de su presencia cuando pasaba por los pasillos.
Detenían sus juegos, se escondían, dejaban de hablar.
Era Omega, como ellos, pero era mucho más fuerte, tosca y violenta.
Aunque nadie la había llamado Alfa.
— ¿Eso es un insulto aquí o una advertencia?
—murmuró para sí misma.
—Ambas.
—La voz de Mikael la hizo dar un brinco.
Irina se giró de inmediato, los músculos tensos.
Su cuerpo adoptó una postura de ataque, aunque cualquiera con entrenamiento podía ver que era deficiente: los pies mal colocados, los puños cerrados de forma torpe, la guardia abierta.
—Relájate, no voy a encadenarte —dijo Mikael, levantando las manos con calma, como quien intenta apaciguar a un animal asustado—.
Alteza, debe volver al vehículo.
El peligro ya pasó.
—¡Vete al infierno!
—le gritó ella, la voz quebrada entre el llanto y la rabia—.
¡No voy a volver!
¿Cuántas veces tengo que decir que no me voy a casar?
—El dolor que la consumía se transformó en furia—.
Vuelve tú con el rabo entre las piernas.
Su lenguaje era grosero, impropio de su rango, y aun así sonaba tan genuino que Mikael no supo si reprenderla o compadecerla.
Odiaba tratar con niños: siempre respondían con gritos, pataletas o silencios obstinados.
— ¿Vas a casarte con Kon Pit-Nüwa?
—preguntó, sin rodeos—.
¿O ni siquiera sabes el nombre del hombre al que te han prometido?
Irina parpadeó, sorprendida.
Catalina le había advertido que el compromiso era confidencial; ni los escoltas sabían los detalles.
Se suponía que solo se trataba de una “alianza entre dos Omegas”.
— ¿Tienes algún problema con eso?
—replicó, a la defensiva.
En realidad, ni siquiera conocía el nombre de su futuro esposo.
Pero que él lo mencionara con tanta naturalidad le revolvió el estómago.
Mikael se mordió la lengua.
Había dicho demasiado.
¿Había sido tan evidente su curiosidad?
Inspirado profundamente antes de intentar recomponerse.
—Disculpe mi imprudencia, alteza.
La curiosidad me gano.
Irina ladeó la cabeza.
—¿Kon es el nombre del jefe de los Alfas?
Mikael sintió que el corazón se le detenía.
Ella no debía saber eso.
Nadie debía saberlo.
Por suerte, parecía que nadie más la había escuchado.
—Solo son rumores —respondió rápido, bajando la voz—.
No sabría decirle su nombre real.
—Ajá.
—Ella lo observó con sospecha.
Podía ser una niña, pero no era tonta.
O tal vez eran sus sentidos los que la traicionaban, porque podía oler la tensión que se acumulaba bajo su uniforme.
El sudor frío, el leve temblor en sus manos, la respiración contenida.
—¡Alteza!
—La voz de Catalina resonó a lo lejos, angustiada.
Ambas giraron en la misma dirección.
La llamada rompió el frágil equilibrio entre ellas, como una cuerda que se tensa justo antes de romperse.
Catalina llegó jadeando, con el rostro desencajado.
A su alrededor, los soldados terminaron de asegurar la zona.
El aire olía a polvo ya hierro caliente.
—¡Ahí está!
—exclamó al ver a Irina, corriendo a su encuentro—.
Gracias al cielo, alteza.
¿Por qué se separó del grupo?
¿No ve que podría haber muerto?
Irina bajó la mirada, los labios apretados en una línea obstinada.
No respondió.
Mikael tampoco dijo nada.
Solo cómo observar la mujer la abrazaba con un alivio que apenas disimulaba el enojo.
—Estaba cansada —intervino Mikael, mintiendo con voz firme—.
Se asustó con el tiroteo y corrió sin pensar.
Catalina lo miró unos segundos, sospechando, pero no lo contradijo.
—En ese caso, pasaremos la noche aquí.
No pienso seguir viajando hasta que todos se repongan.
Las órdenes fueron rápidas: Nivael, Rafael y el resto de la legión rodearon al pequeño grupo y tomaron el control del perímetro.
Los civiles se mantenían a distancia, temerosos por la gran cantidad de soldados.
En cuanto encontraron una posada decente, Catalina negoció con el dueño para ocupar varias habitaciones.
Era una ciudad pequeña, llamada Jalek, apenas un punto en el mapa, pero contaba con lo suficiente para ofrecer refugio por una noche.
Mientras los mayores hablaban con los encargados, Mikael se quedó cerca de la entrada, con Nivael a su lado, quien se dedicó a contarle todo lo que pasó en su ausencia.
—Atrapamos a varios de los atacantes.
La mayoría son estudiantes…
muy jóvenes.
—Su tono se oscureció—.
No tenían idea de lo que hacían.
Mikael frunció el ceño.
—¿Estudiantes?
¿De dónde?
—De diversas escuelas —respondió, bajando aún más la voz—.
Dicen que se unieron a un grupo que se opone al tratado de paz.
Según ellos, el rey de Skaluph intentó llevarse a su Mesías hace años, y los radicales quieren venganza.
—¿Su Mesías?
—susurró Mikael, incrédula—.
Pensé que Skaluph lucha contra los Alfas.
¿Acaso esa gente está con ellos?
Nivael se encogió de hombros, él tampoco entendió de lo que hablaban.
—Nadie lo sabe.
Solo dicen que nadie entiende a su Mesías.
Según ellos, la familia real es el veneno que piensa matar a su salvador.
Mikael avanza lentamente.
Ataques como estos eran comunes en gente tan importante como la realeza de Skaluph, ambos iban preparados para eso.
Lo único nuevo es que se trata de un montón de estudiantes sectarios y no opositores políticos, o criminales con hambre de recompensa.
—La legión se dividirá —añadió Nivael, retomando un tono práctico—.
Rafael llevará a los prisioneros a la comisaría más cercana para los interrogatorios.
El resto nos quedaremos aquí para proteger a la princesa y escoltarla mañana al amanecer.
—Entendido —respondió Mikael, aunque no quitó los ojos de Irina.
La princesa era la única que no entendía la gravedad del asunto y así era mejor.
De nuevo se topó con la mirada de ese compañero de la legión, no supo por cuánto tiempo la ha estado observando, solo que ahora es menos descarado que antes.
Le lanzó una sonrisa coqueta, muy confiado de su propia belleza.
Mikael ya sabía lo que vendría después, debía estar muy atenta a su alrededor cuando este sola.
❯────────────────❮ Rafael dio las últimas instrucciones con voz firme, sin permitir réplica.
—La princesa y la señora Catalina estarán custodiadas en el segundo piso.
Nadie entra ni sale sin mi orden.
La quinta legión cubrirá el perímetro exterior.
Mikael, te toca el lado norte, primera guardia.
Mikael ascendió.
Nivael, antes de marcharse, le dio una palmada suave en el hombro.
—Buena suerte.
No te duermas —bromeó en voz baja.
—No lo haré —respondió ella, más por cortesía que por humor.
El hotel donde se alojaban era modesto, pero sólido.
Afuera, el viento soplaba entre las paredes descascaradas, moviendo los arbustos resecos del patio trasero.
Mikael caminó hacia su puesto y se apoyó contra una vieja columna, mirando el terreno baldío que servía de límite entre la posada y la maleza.
No había ruido alguno, salvo el canto distante de los grillos y el leve zumbido de los postes eléctricos.
Miró el reloj.
Las dos de la mañana.
El silencio era tan peso que podía escuchar sus propios pensamientos.
Era ahora o nunca.
Sacó el teléfono del bolsillo del abrigo y lo encendió.
La luz azulada le iluminó el rostro cansado.
La pantalla mostró el último chat, el nombre de Kon y un corazón a su lado .
Dudó.
El cursor parpadeaba, acusador.
¿Qué debía decir?
¿ “Buenas noches” ?
¿ “Estás comprometido con una niña de nueve años ”?
No, imposible.
Suspenso.
Si él sabía algo, lo ocultaba bien.
Y si no sabía… ¿por qué el destino jugaba tan sucio con ambos?
Estaba a punto de escribir algo —una indirecta disfrazada de simple saludo— cuando escuchó el crujido de pasos tras ella.
—No es momento para mensajes, soldado —dijo una voz masculina, grave, con un déje de burla.
Mikael giró levemente el rostro.
Lo reconoció al instante: el mismo soldado que no había dejado de observarla desde el inicio de la misión.
Demasiado joven para entender lo que era el respeto, demasiado confiado en su cara bonita y en los privilegios de su casta.
— Deberías estar en tu puesto —respondió Mikael, sin mirarlo.
—Quería conversar un poco —contestó él, acercándose—.
No todos los días me toca trabajar con alguien tan… intrigante.
Mikael apretó la mandíbula.
—Estamos en servicio.
—Y por eso mismo —continuó él, con una sonrisa ladeada—, conviene conocerse mejor, ¿no?
Ella dio un paso atrás, pero él fue más rápido.
La sujetó del brazo con fuerza y la obligó a girarse.
Mikael perdió el equilibrio por un instante y la luz del poste más cercano reveló el brillo febril en los ojos del hombre.
—Suéltame —dijo en tono bajo, gelido.
—Vamos… no te pongas así.
Nadie tiene por qué enterarse.
Ah, ya entendía el tipo que era.
De seguro adoraba metere con los novatos por ser los que menos voz tienen en el grupo y lanzar una acusación de ese grado a un superior no solo sería contraproducente sino también significa su expulsión de la iglesia por no ser capaces de defenderse.
Qué error más caro estaba en el punto de cometer.
Su cuerpo se relajó de golpe.
Fingió ceder.
Fingio miedo.
Y cuando él la empujó apenas un poco más contra la pared, Mikael alzó la mano y le tocó la frente.
Fue instantáneo.
De su palma brotó una cadena translúcida, hecha de luz y sombras entrelazadas, que se hundió directamente en la piel sin dejar rastro.
No hubo sangre, ni ruido: solo un leve estremecimiento del aire.
La cadena se deslizó por el interior de su cráneo como una serpiente, envolviendo el cerebro del hombre con un movimiento hipnótico.
El soldado quedó inmóvil, respirando con dificultad.
Sus ojos se abrieron más, pero el brillo de deseo desapareció, sustituido por un vacío absoluto.
Mikael bajó la mano.
Ahora lo tenía bajo control.
Podía mandarlo de vuelta a su puesto y fingir que nada pasó, sin embargo, sería un desperdicio dejarlo ir solo así.
— ¿Qué sabes acerca del matrimonio de la princesa?
—Es un tratado de paz con Xictli, para detener la guerra con los Alfas van a entregarla a Rune, el hijo de la presidenta.
El poder de Kira es suficiente para hacer retroceder incluso al dragón azul.
A parte de su forma tan robótica de hablar, todo lo demás era igual.
Si quería darle un buen uso a sus poderes, debía entrenar más, tal vez con los criminales que atraparon, si es que tiene la oportunidad de volver a verlos.
—Camina.
Vuelve a tu puesto.
Olvida que estuviste aquí.
—Le ordenó una vez que no lo necesitaba más.
Él ascendió sin expresión, dio media vuelta y se alejó, obedeciendo.
El patio volvió a quedarse en silencio.
El viento agitó la hierba muerta, y Mikael cerró los ojos un instante.
No le gustaba usar su milagro así.
No le gustaba sentir el empujón del alma ajena al entrar.
Pero había cosas peores que un toque de advertencia.
Cuando volvió a mirar la pantalla del teléfono, el mensaje seguía sin escribirse.
“ ¿Sabes algo de una niña llamada Irina?
” tecleó, dudando.
Luego borró todo.
No.
Todavía no.
Guardó el móvil en el bolsillo y levantó la vista al horizonte oscuro.
El turno recién comenzaba.
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