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La canción del dragón - Capítulo 45

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45: Siempre fueron 3 45: Siempre fueron 3 El sonido de aquella caja musical seguía flotando en el aire, incluso por encima del golpe constante de las olas.

Esos ojos turquesa, tan parecidos a los de ella, brillaban con fascinación ante el regalo que el mar le trajo.

Trabajar en el faro era agotador.

Se pasaba los días encerrada, sin más compañía que su reflejo en las ventanas empañadas, saliendo sólo cuando no había que guiar ni una madre que vigilara la costa.

Isaura la observaba desde la maleza, como solía hacerlo cuando el mediodía mantenía al pueblo ocupado y nadie tomaba el camino largo.

La escucha tararear al ritmo de la caja, los ojos cerrados, rendida ante aquella melodía sin nombre.

La caja aún estaba húmeda por la sal, pero su madera y grabados hablaban de realidad.

Isaura quiso acercarse, salir de su escondite y preguntar el nombre de esa canción.

Pero una mano dura se posó sobre su hombro: curtida, con cortes y cicatrices como si cargara con todos los años de guerra.

La giró con brusquedad.

— ¿Dónde escuchas esa canción?

—preguntó.

Su voz sonaba como una tonada profunda, cargada de tristeza.

El recuerdo cambió de forma tan rápido que apenas pudo seguirlo.

Ojos como llamas encendidas.

Cabello rojo, sangre pura.

Isaura jamás olvidaría a ese hombre.

Era la primera vez que conoció a alguien así: alguien que había visto lo peor del mundo… y aún seguía en pie.

Urías.

La caja musical era suya.

Y no existió nadie más digno de esa melodía que su propio creador.

❯────────────────❮ —Urías —susurró entre dientes, todavía adormecida.

Su cabeza sintió el frío de la ventana, pero fue el dolor en el cuello lo que finalmente la despertó.

Llevaba casi nueve horas viajando en autobús hacia Jalek, donde Erika decía que se encontraba Laila, una de sus chicas más antiguas que se volvió adicta y huyó llevándose una parte del dinero del Kawiki.

Cuando perdieron su rastro, se dieron por vencidos.

La anciana estuvo de mal humor durante semanas.

La visita de aquel cliente había reabierto un caso que creían cerrado.

Porque no fue Laila quien entró a ese mundo por voluntad propia, sino uno de esos clientes molestos pertenecientes a la nueva secta de San Simón.

Isaura reconoció el broche tan pronto lo vio.

—Vamos a pensarlo —fue la respuesta que les dio Erika, invitándolos a pasar el rato con alguna de sus chicas.

Estaba claro lo que iban a “pensar”.

Si Laila era una adicta al Zul, entonces Isaura procederá a matarlos a todos.

No sería la primera vez.

—Pensé que eso de los asesinatos había terminado…

Esos tipos requerirían sus servicios, y no precisamente nocturnos.

Isaura pensaba que había hecho un buen trabajo ocultando su identidad.

No había levantado un arma en casi dieciséis años.

Había borrado todos los rastros y cambiado su nombre en tres ocasiones para no levantar sospechas.

Sus intentos de desaparecer le daban gracia.

—Eres muy buena borrando huellas —murmuró para sí, con sarcasmo.

—No es como si pudieras ocultarte del imperio Ultar.

Ellos saben hasta el nombre real de Zaihn —dijo Caelan, asomándose desde su asiento con aire de suficiencia.

Con lo tranquila que se sentía, tener que escuchar la voz de ese mocoso chillón acababa de arruinarle lo que quedaba del día.

Lo había sentido desde que salió del cabaret, pisándole los talones como un niño perdido.

Ni siquiera se molestó en ser discreto, ni por cortesía.

Y por más que intentó ahuyentarlo, Caelan seguía pegado igual que una garrapata.

—¿Estás relacionado con el imperio Ultar o eres tan genial que les robaste los archivos?

—Isaura fingó seguirle el juego.

—No soy suicida.

A menos que esté al nivel del Lobo, jamás me atrevería a hackear la página real de Ultar… Le robé la computadora al eslabón más débil.

—Robar es algo que te caracteriza.

—No es como si esa gente se mereciera algo mejor.

La mayoría eran basura, ¿sabías?

—La mayoría.

—A veces la vida no es justa —se encogió de hombros, como quitándole importancia.

Por primera vez estaban de acuerdo en algo.

—Como sea…

¿No dijiste que le perdió el rastro a Laila?

—Caelan volvió al tema, esta vez hablando de trabajo—.

¿Cómo es que sabes adónde ir?

—No voy con Laila.

Voy con esa secta rara.

Una de sus sucursales está en Jalek.

Si nuestras sospechas son ciertas, ellos han estado robando a las mujeres del negocio.

—Conocí a Laila un poco.

Trabajaba aún cuando ya era una adicta.

Alcanzamos a hablar un par de veces.

—Seguía siendo una chica amable.

Isaura conocía mejor que nadie las consecuencias de las drogas.

También conocía las de una libertad sin conciencia.

La gente puede volverse monstruo con tal de conseguir lo que desea.

Incluso las personas con mayor bondad en su corazón se convierten en prisioneras de sus anhelos.

Laila fue una más de esas víctimas.

Una mujer que se esforzaba por mandar dinero a casa, pésima para todo excepto para el sexo, terminó en manos de Erika y las demás luego de que Bruno la vendiera por ser inútil para su negocio.

La jefa tenía razón: el dinero podía el cerebro.

A Laila solo le faltaba un adiestramiento adecuado para volverse una chica solicitada.

Aprender unos cuantos trucos y ya estaba lista para ganar.

Al menos así fue por un tiempo… hasta que conoció a ese hombre.

—Tú trabajabas para Antonio, ¿cierto?

Justo cuando Caelan volvía a su asiento, entretenido con la caja de películas que ofrecía el viaje, Isaura volvió a hablar.

—Solo esa noche que me viste —respondió el chico con esa despreocupación tan suya—.

Supe que iba con el mercenario más fuerte del mundo, así que me deshice de su guardaespaldas privado.

—¿No sabes nada de él?

—Sé hasta cuántos pelos en las cejas tiene —dijo, parándose otra vez sobre su asiento y dejando caer su largo cabello por los costados, fastidiando a la mujer—.

Jamás me involucro con alguien sin antes conocerlo.

Su comentario pareció hacerle gracia, a pesar del tono de amenaza.

—Aplica para mí también?

—En tu caso fue más difícil.

Incluso Ultar tiene poca información sobre ti.

Estás en su lista negra, ¿lo sabías?

Mataste a uno de sus nobles e incendiaste su torre.

—Esa basura se merecía lo que le pasó.

—No lo dudo.

Pero fue genial.

Casi tan genial como el incendio en el templo Basil, donde mató a ese clérigo.

¿Te gusta incendiar cosas?

—Baja la voz, estamos en público.

El muchacho fingio no escucharla y siguió hablando: —Si lo que quieres es información sobre Antonio, puedo dártela.

Antes de meterse en la política era un criminal abusivo.

Cobraba deudas y vendía de todo en el mercado negro, incluyendo personas.

Su mayor aliado era un sujeto llamado Bruno Moya.

Ese sigue en el negocio.

—Y le mandó a Laila como una chica nueva.

¿Así es como consiguen a todas sus chicas?

—No todos los cabarets son como el Kawiki.

—Eso lo sé.

Esa conversación empezaba a exasperarla.

Lo último que le faltaba era ser tratado con condescendencia por un niño.

❯────────────────❮ San Simón era la capital de Xictli, la ciudad con más empleos, mejor educación y oportunidades de vida.

Pero esa prosperidad tenía un precio: era también la segunda ciudad más sucia del país, solo superada por Kumaai.

Isaura y Caelan estaban a punto de llegar allí.

Antes de San Simón se encontraba la llamada ciudad de los burdeles , Jalek.

Pequeña, escandalosa y conocida en todo el país, era el refugio favorito de los políticos “discretos” y los visitantes con deseos inconfesables.

A solo tres horas de la capital, ofrecía todo lo que no se debía buscar en público.

De día, Jalek parecía un pueblo abandonado: madres llevando a sus hijos a la escuela, campesinos montando sus puestos de mercado y un silencio apenas interrumpido por el tren que llevaba a los hombres hacia la gran ciudad.

Pero de noche… el lugar mutaba por completo.

Mikael lo descubrió de la peor manera, con las orejas ardiendo apenas salió del hotel.

Ella y Nivael fueron prácticamente arrastrados de sus habitaciones por un grupo de soldados fuera de servicio.

—Vamos, un trago no le hace daño a nadie —dijo uno, riendo.

Incluso Rafael se hizo de la vista gorda, permitiendo la salida.

—Pero estamos de servicio —intentó excusarse Nivael.

—Qué niños tan aburridos —se burló uno de los superiores, palmeándole el hombro—.

Es solo una cena antes de dormir.

No salen de la academia muy seguida, ¿o me equivoco?

Ambos se miraron, incómodos.

No podía admitir la verdad: ni siquiera Mikael, que asistía a una escuela pública, podía moverse libremente.

La Iglesia vigilaba cada paso que daban; nada ocurriría sin su permiso.

—Salir un poco no nos matará —cedió Nivael al final.

Cuando Mikael lo miró con reproche, él solo se encogió de hombros—.

Lo siento.

Así fue como terminaron en el bar más cercano, lo bastante próximo al hotel como para regresar rápido si cirugía una emergencia.

Mikael rezaba que eso no ocurriera.

Pero, al cruzar la puerta del local, sus plegarias cambiaron de inmediato: su rostro se tiñó de rojo vivo.

¡Eso no era un bar… era un cabaret!

El grupo de soldados estalló en carcajadas al ver las caras de Mikael y Nivael.

Era evidente que ninguno de los dos había pisado un lugar así en su vida.

Había música tenue saliendo de un viejo piano automático, el aire impregnado de perfume barato y tabaco, y las luces rojas y doradas titilaban sobre las cortinas de terciopelo gastado.

En el centro, una docena de mujeres y algunos hombres bailaban o conversaban entre risas fingidas con sus clientes, moviéndose con la naturalidad de quien ya no siente vergüenza, solo costumbre.

Las mesas estaban dispuestas en semicírculos amplios, como si todo el local estuviera diseñado para el pecado compartido.

Los soldados caminaron entre ellas sin disimulo, riéndose, saludando a algunas de las chicas más lindas.

—Mírenlos —dijo uno de los superiores, divertido—.

Parece que trajimos a dos monjes en misión divina.

Pidieron una mesa grande, justo junto a la pista, y el mesero se apresuró a atenderlos con una sonrisa de práctica cortesía.

—Tranquilos, no muerde nadie —comentó otro, dándole una palmada en la espalda a Mikael—.

Aquí también vienen parejas que solo quieren charlar.

Las chicas saben comportarse.

—No, gracias —respondió Mikael con firmeza, notando cómo el corazón le latía demasiado rápido.

El superior arqueó una ceja, divertido.

—Vamos, soldado.

Tienen dieciocho años, ¿no?

El alcohol no es ilegal.

—Pero sí lo es beber estando de servicio —se atrevió a decir Nivael, aunque su voz tembló un poco.

Nadie lo escuchó.

Los hombres ya habían pedido la primera ronda, y el mesero aseguraba que en unos minutos les mandarían “compañía para cada uno”.

Mikael se quedó quieta, mirando el vaso vacío frente a ella, sin saber qué hacer con las manos.

El murmullo del lugar la envolvía como un hechizo pesado: risas fingidas, copas chocando, el roce de las telas y la música que parecía palpitar con el humo.

Era un ambiente cálido, cargado, casi sofocante, donde todo invitaba a olvidar.

Y ella solo podía pensar en una cosa: “ Si la chica nota algo… si sospecha que no soy un hombre…” El aire le peso en la garganta.

Se obligó a mantener la postura, el rostro sereno, la voz grave.

No podía cometer un error.

No allí, rodeado de ojos que creían estar mirando a un soldado más.

—Disculpen la tardanza.

Las chicas llegaron casi al mismo tiempo que las bebidas, todas sonrientes y maquilladas, felices de acompañar a Omegas jóvenes y de buen rango.

La más joven, de labios rojos y perfume dulce, se sentó junto a Mikael como si ya lo conociera.

— ¿Cómo estás, guapo?

¿Quieres que te sirva algo?

—preguntó con un tono coqueto aprendido de sobra.

Hasta su sonrisa tenía algo ensayado, demasiado perfecto.

—No bebo, gracias.

—Mikael intentó que su voz sonara más ronca, esperando que la música ocultara su timbre.

—Oh, no solo tenemos alcohol —insistió ella, inclinándose un poco—.

Tú dime lo que quieres, y yo te lo traeré.

Mikael bajó la mirada al cabello de la mujer: lacio, negro, brillante como el vidrio pulido.

Debía cuidarlo mucho para que luciera así.

Era tan distinto al de Kon.

El de él era rizado, rebelde, imposible de domar; se le enredaba con solo tocarlo y rara vez se molestaba en peinarlo.

Si Kon estuviera ahí, seguro estaría igual de nervioso que ella, sin saber a dónde mirar, moviendo las manos torpemente, con los pulgares dibujando remolinos sobre la mesa… incapaz de sonreír de ese modo.

—Bueno… él tiene una sonrisa mil veces más bonita.

—Murmuró sin pensarlo, llevándose la botella de agua a los labios.

—Y ¿cómo es su sonrisa?

—preguntó la muchacha, divertida.

Mikael casi se atragantó.

“ Mierda, lo dije en voz alta.” Miró de reojo a sus compañeros, rogando que ninguna la hubiera escuchado.

Por suerte, todos estaban ocupados con sus propios acompañantes.

—No sé de qué hablas.

Escuchaste mal.

—replicó rápido, con torpeza.

La chica soltó una risita que olía a vino y carmín.

—Debe ser alguien muy guapa para tenerte así de loquito.

¿Guapo?

Mikael dudó.

Kon no era lo que la gente llamaría guapo.

No tenía la piel de porcelana ni el cabello ordenado de los príncipes de las novelas.

Su cabello era una maraña oscura y su piel, de un tono tostado y vivo.

Ni siquiera cuando caminaba junto al mar o sonreía bajo el sol, Mikael pensaba en él como “guapo”.

No.

Kon no es guapo.

Recordó esos ojos turquesa que siempre ocultos tras pupilentes oscuros: mirar dentro de ellos era como asomarse al océano.

Cada día cambiaban de tono, cada marea traía un humor distinto.

A veces eran pacíficos y tibios como la arena, y otras, un abismo que rugía contra el mundo.

Y aún así, incluso cuando contenía su ira, Mikael podía leerlo como si fuera su propio reflejo.

—No es guapa… es hermosa.

—dijo sin pensarlo.

—Eh.

—La chica soltó un pequeño chillido, encantada—.

Pero qué enamorado estás.

¿Eso lo tienen permitido?

—No.

—respondió Mikael, apenas moviendo los labios.

Ya no la veía.

Su mente estaba muy lejos del ruido, del humo y de las risas.

Solo se preguntaba qué estaría haciendo él en ese momento.

La respuesta era obvia: durmiendo, soñando, quizás sin saber que ella seguía despierta, pensando en su sonrisa.

—Ay, qué emoción, un romance prohibido… —susurró la chica, divertida.

Mikael agradeció que lo dijera tan bajo.

Si alguien más la oía, tal vez habría muerto de vergüenza.

Y luego de verdad.

La chica seguía hablando, pero Mikael ya no la escuchaba.

El aire cambió.

Entre las luces cálidas y el humo del tabaco, algo hizo que su corazón se detuviera un instante.

Al levantar la vista, lo vio.

Una figura morena cruzaba el salón, la piel con ese tono ceniciento tan característico… como la tierra húmeda después de la lluvia.

Caminaba con prisa hacia las escaleras que llevaban a los pisos de arriba, seguida de un chico más joven, de cabello castaño y largo, que parecía protegerla del bullicio.

Pero no fue el andar ni la postura lo que heló a Mikael.

Fueron los ojos.

Turquesa.

Exactamente ese turquesa.

El vaso se le resbaló de las manos y apenas lo sostuvo antes de derramar el agua.

Su respiración se entrecortó.

“No puede ser…” —¿Estás bien?

—preguntó la muchacha, confundida por su expresión.

—Sí… solo necesito… —Mikael se levantó con torpeza, evitando su mirada—.

El baño.

Ni siquiera esperó respuesta.

Dejó la silla de golpe, casi volcando la mesa, y se perdió entre la multitud.

El corazón le golpeaba el pecho con fuerza mientras avanzaba entre las mesas, esquivando camareros y copas.

¿Sería él?

Esa idea la atravesó como una lanza.

¿Qué haría Kon en un lugar así?

¿Y con quién?

La silueta ya había desaparecido escaleras arriba cuando Mikael llegó al pie de la escalera, intentando recuperar el aliento.

El mundo se le antojaba irreal, distorsionado por el ruido y las luces parpadeantes.

Solo una pregunta latía en su mente, tan fuerte que parecía gritarla: “¿Eres tú, Kon?” ❯────────────────❮ Llegaron al anochecer.

La información que Caelan le dio sobre Antonio había sido útil.

El plan de Isaura consistía en buscar entre las zonas más concurridas, rastreando entre las chicas más jóvenes a alguna que se pareciera a Laila, incluso solo de espaldas.

Una completa pérdida de tiempo.

Por suerte, Caelan tenía esa obsesión malsana por saber hasta cuántas veces van al baño las personas que conoce.

Así fue como descubrió que la calle del Naranjo era el sitio favorito del político para pasar el rato.

—No se fue del Kawiki sin joderlo un poco —dijo el chico mientras caminaban—.

Robarse a Laila fue su forma de vengarse porque no aceptaste trabajar con él.

Isaura se mantuvo en silencio hasta que llegaron a una de las discotecas y se unieron a la fila.

—¿Qué te ofreció Antonio que lo rechazaste sin dudar?

—No te incumbe.

—Tienes razón, pero muero de curiosidad.

Si no me lo dices tú, lo averiguaré de algún modo.

Mostraron sus identificaciones y pagaron la entrada para poder pasar.

Caelan había dicho que a Antonio le encantaba ese cabaret, razón por la cual invirtió en ella desde que estaba en construcción, convirtiéndose en uno de sus principales patrocinadores.

¿Cómo no lo haría?

Era el lugar ideal: privado, discreto, ubicado en una pequeña ciudad, perfecto para cerrar tratos ilegales y reunirse con sus amigos del viejo mundo.

Por si fuera poco, también se había unido a una secta que sonaba tan sucia como el resto de sus contactos.

—Te cortaré la cabeza si lo intentas —dijo Isaura, sin un ápice de duda.

A Caelan le fascinaban los retos.

Y no se había equivocado al seguir a esa mujer: a su lado, incluso sobrevivir era un reto.

Estaba a punto de confirmarlo.

—Disculpe.

La voz llegó antes que su sombra, deslizándose como un hilo suave entre el bullicio del local.

Al principio sonó masculina: grave, controlada, sin esfuerzo.

Pero había algo en ese tono que no cuadraba del todo.

Isaura se giró.

Se encontró con un joven de cabello y ojos blancos, y complexión delicada.

Parecía avergonzado de ser observado tanto tiempo, así que bajó la cabeza.

—Lo siento —susurró, sorprendido después de ver el rostro de Isaura.

Uno demasiado parecido al de alguien que conocía—.

La confundí con otra persona.

Era muy bajo para tener 19 años.

Incluso Caelan lo notó.

—¿Tienes edad para estar aquí, niño?

—Isaura fue la primera en preguntar.

—Sí.

No la miró a los ojos.

Por la forma en que apretó los labios, era evidente que no le gustaba que hablaran de su edad.

Aquello le arrancó a Isaura una sonrisa torcida.

—Tú y tu grupo de amigos deberían irse antes de que las cosas se pongan intensas.

El chico levantó el rostro, sin entender a qué se refería.

Isaura volvió a observar esos ojos blancos, tan raros.

—¿Puedes ver con ellos?

—preguntó Caelan, sin disimular su tono descortés—.

¿O tienes alguna discapacidad?

—No los necesito para ver —respondió, con una seguridad que no esperaba.

Isaura no tenía interés en seguir con la conversación.

Ella ya había dicho lo que tenía que decir.

Salir de allí o no, ya era cosa de él.

Dio media vuelta y siguió caminando en dirección a las salas VIP donde, según Caelan, Laila se encontraba.

Él la siguió de cerca, alerta, con los dedos tensos sobre la empuñadura de sus espadas.

No esperaron a pedir permiso, ni a planear un ingreso limpio.

Isaura alzó una pierna y pateó la primera puerta.

Entraron con las armas en mano.

Los guardias se movieron de inmediato.

Dos, luego cuatro, armados, demasiado lentos.

—¡Alto ahí!

—gritó uno, pero ya era tarde.

Caelan se lanzó con ambas espadas aún envainadas.

No iba a matarlos, pero sí a hacerlos sufrir.

Con el mango de la primera espada golpeó una mandíbula; se escuchó el chasquido sordo de hueso fracturado.

Con la otra, giró en seco y partió la rodilla de otro.

El tercer guardia intentó dispararle, pero Caelan lo desarmó con un golpe preciso a la muñeca y lo remató de un cabezazo que lo dejó sin dientes y sin conciencia.

Isaura no se quedó atrás.

Su espada de madera silbó al cortar el aire, certera como un látigo.

Golpeó en la base de una muñeca, luego en el lado interno de una rodilla, y el tipo cayó de bruces.

Sin detenerse, giró sobre su eje y lanzó una patada que impactó en el pecho de otro guardia, derribándolo contra una mesa de vidrio.

La música seguía retumbando desde abajo.

Grave, vibrante, casi tribal.

Las balas que se dispararon se perdieron entre la distorsión del bajo y el rugido de la pista de baile.

Nadie escuchó los gritos.

Uno de los hombres intentó escapar por el pasillo lateral.

Isaura lo interceptó y le rompió la nariz de un solo golpe.

Cuando otro trató de apuntarle a la espalda, arrancó un diente del suelo —aún sangriento— y lo lanzó al aire.

Con un rápido movimiento, lo golpeó con su espada y se lo incrustó en el ojo.

—Esto se está poniendo divertido —masculló Caelan, limpiando sangre de su rostro.

No perdieron más tiempo.

Isaura abrió la siguiente puerta de una patada.

Vacía.

La siguiente también.

Otra más.

En la cuarta habitación encontraron a una mujer semidesnuda sobre un sillón, pero no era Laila.

Solo murmuró un insulto borracha antes de volver a cerrar los ojos.

En la quinta, un hombre dormía con dos chicas sobre sus piernas, inconscientes.

Las ignoraron.

Caelan casi arrancó la sexta puerta de una patada, el mango de su espada golpeó a un guardaespaldas que apenas intentaba levantarse.

Un puño lo remató antes de que se pusiera en pie.

El suspenso se estiró.

Fue la penúltima habitación la que Isaura abrió con más fuerza.

Adentro, la luz era tenue, azul, casi onírica.

Laila estaba sobre un sillón, vestida apenas con una camisa blanca abierta, expuesta, tiesa como estatua.

A su lado, un joven cliente —no mayor que ellos— fumaba algo desde un tubo largo, con los ojos medio cerrados y la expresión plácida.

Al verla, Laila ni siquiera se movió.

Sus pupilas tardaron en enfocarse, pero los reconoció.

Solo entonces, un destello de miedo cruzó su rostro.

No por ellos… sino por lo que podía pasar después.

—Laila —dijo Isaura.

Empujó al chico del sillón con brutalidad; su cuerpo se estrelló contra la alfombra y el tubo que sostenía se rompió con un crujido.

Un vapor ácido se escapó en espirales pálidas.

Isaura se arrodilló frente a su vieja compañera.

—¿Estás bien?

¿Puedes caminar?

La mujer, aún nublada por la droga, apenas pudo enfocar su rostro.

—¿Eres tú, Isaura?

Ella asintió, notando con alivio que más allá de unos moretones, su amiga seguía intacta.

—Vamos a sacarte de aquí.

—Que sea rápido —intervino Caelan desde la entrada—.

Vienen más de esos fastidiosos guardias.

Isaura ayudó a Laila a incorporarse con facilidad, pero la chica se resistió.

—Espera… si escapo, Bruno me matará.

No solo a mí.

También a mi familia.

La voz de Isaura fue fría, pero revestida de algo más profundo.

—Voy a encargarme de Bruno.

Tú ya no tienes que preocuparte por él.

Laila rompió en llanto, como si la firmeza de Isaura rompiera una presa interna.

—Lo siento, Isaura.

Traicioné a la jefa… ella me cuidó, y yo… solo les pagué con robo.

Isaura la sujetó por los hombros, con esa delicadeza reservada solo para los hijos.

—Te sacaré de aquí.

Volveremos al Kawiki.

Hablarás con Erika.

Te aseguro que… todo el enojo desapareció.

—¡Rápido!

—insistió Caelan, retrocediendo hacia el pasillo.

Desde la entrada principal, comenzaron a escucharse pasos y voces.

Los refuerzos llegaban: pesados, armados, con la orden clara de disparar a todo lo que se moviera.

Isaura cruzó una última mirada con Laila.

Ella entendió sin palabras, secó las lágrimas con el dorso de la mano y se levantó.

Lista para correr.

El estruendo de las botas se acercaba.

Caelan presionó los dientes y cerró la puerta con un golpe seco.

—¡Nos rodearon!

Ya no hay tiempo.

Isaura barrio la habitación con la mirada.

Una sola salida: bloqueada.

Pero las cortinas temblaban con el viento.

—La ventana.

—dijo—.

Vamos por ahí.

Caelan ascendió.

Corrió sin pensarlo y, con un salto limpio, se lanzó al vacío.

El cuerpo cayó como una flecha y aterrorizó con la gracia de los suyos.

Isaura, en cambio, no podía darse cuenta del lujo de confiar en sus piernas.

Se asomó.

—¡Demonios…!

—Un segundo piso.

El concreto abajo.

Detrás de ella, la puerta comenzó a temblar.

Golpes, culatas, órdenes.

—Laila, agárrate fuerte.

—La envuelta con los brazos—.

No te sueltes, pase lo que pase.

La chica, aún nublada, solo pudo asentir.

Y entonces se abrió la puerta.

Tres guardias entraron a empujones.

Isaura no dudó.

Se giró, pateó una silla con violencia, estrellándola contra el rostro del primero.

El segundo disparo.

Erró.

La mujer se abalanzó como un vendaval, esquivó por reflejo, tomó un pedazo del tubo roto del chico anterior y lo estrelló contra el casco del tercero.

Vapor ácido le quemó la mano, pero no se detuvo.

—¡Caelán!

—gritó, corriendo hacia la ventana.

Él ya estaba abajo, brazos abiertos.

—¡Lánzala!

Isaura dudó.

Un latido.

Luego envolvió a Laila con su chaqueta, la besó en la frente, y la lanzó al vacío.

Caelan la atrapó en el aire como si fuera de papel.

—¡Ahora tú!

Isaura retrocedió, corrió, saltó.

El viento le mordió la cara.

Sintió el aire cortándole los pulmones.

Cayó.

Mal.

El tobillo crujió al tocar el suelo, doblado por el peso y la velocidad.

Un dolor seco le subió por la pierna, pero no gritó.

Solo jadeó.

Caelan ya corría con Laila en brazos.

Isaura los siguió rengueando, como si el suelo la arrastrara hacia atrás.

—¡Corre!

—gritó él—.

¡Te cubro!

Detrás, los disparos comenzaron a llover desde la ventana rota.

Pero el trío ya había doblado la esquina.

Y la noche, al fin, los tragó.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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