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La canción del dragón - Capítulo 46

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46: Llegando a la meta 46: Llegando a la meta Mikael descendió las escaleras con el corazón acelerado.

La confusión aún le palpitaba en la garganta.

No era Kon.

Esa mujer… se parecía bastante a él.

Sin embargo su porte, su mirada, todo en ella era demasiado distinto.

Y aun así, por un instante, había sentido la misma presencia: ese tipo de energía que hace que el aire se espese, que uno olvide respirar.

«Idiota», se reprendió.

Había llamado la atención, había hablado con desconocidos en un sitio que ni siquiera debía pisar.

Si alguno de sus superiores se enteraba, estaría en problemas.

Trató de mezclarse de nuevo entre la multitud, buscando la mesa donde sus compañeros seguían entretenidos con sus acompañantes.

La música seguía vibrando como si nada pasara: bajos graves, risas, vasos que chocaban.

Pero Mikael no podía relajarse.

Cada sombra le parecía sospechosa, cada reflejo lo hacía girar.

Estaba a punto de sentarse de nuevo cuando un ruido seco sacudió el techo.

Un golpe.

Otro.

Luego un sonido más metálico.

Los músicos se detuvieron apenas un segundo, confundidos, pero al no escuchar más ruido la pista volvió a rugir.

Hasta que se escucharon los primeros gritos.

—¿Qué fue eso?

—preguntó uno de sus compañeros, medio borracho.

El mesero los miró con nerviosismo, intentando fingir que no había escuchado.

Y entonces, el estruendo llegó con fuerza: cristales rotos, balas perdidas, algo pesado cayendo desde el segundo piso.

Los soldados se pusieron de pie al instante, en reflejo puro.

Incluso Nivael dejo el nerviosismo atrás.

Mikael lo sintió antes de entenderlo: ese pulso agudo en el aire, ese cambio de presión que solo aparece cuando hay violencia real.

—¡Arriba!

—gritó uno, y en segundos ya estaban todos desenfundando.

El caos se propagó.

Los clientes comenzaron a correr, las chicas gritaban, algunos hombres intentaban escapar por las puertas traseras.

Las luces parpadearon.

Mikael se movía casi por instinto, empujada por el ruido, por la adrenalina, sin saber siquiera de qué lado estaba el peligro.

Subió los primeros escalones, solo para ver el humo y las sombras de la pelea al fondo del pasillo.

El eco de los disparos le devolvió a la realidad.

—Maldición… —susurró.

Sabía que debía quedarse con su grupo, pero algo en su pecho lo obligaba a seguir mirando, a entender qué demonios estaba pasando allá arriba.

El olor a pólvora, perfume y sangre mezclados se filtró desde el segundo piso.

Mikael apretó los puños.

—¡Evacúen el área!

—gritó, intentando hacerse oír por encima del ruido.

Comenzó a empujar mesas, abrir paso entre la multitud, indicándole a la gente la salida más cercana, tal como le habían enseñado en la academia.

—¡Salgan!

¡No se queden aquí!

Pero apenas dio unos pasos, sintió unas manos firmes rodearle la cintura.

—¡Mikael!

—La voz de su compañero sonó urgente, casi furiosa—.

¡Nos vamos, ahora!

—¡Hay civiles!

—replicó, forcejeando—.

¡Tenemos que ayudar!

—¡No!

—otro soldado la sujetó del brazo, jalándola con fuerza—.

¡No podemos intervenir!

La arrastraron entre la multitud sin darle tiempo a reaccionar.

Vio cómo los cuerpos chocaban, cómo el humo y el miedo llenaban el aire.

Su instinto gritaba que debía volver, que debía quedarse, pero los demás eran más fuertes, más altos.

En un parpadeo, ya estaban fuera, cruzando la calle y doblando hacia el callejón que conducía al estacionamiento.

Detrás de ellos, el cabaret se perdio.

Nivael corría a su lado, respirando con dificultad.

Nadie hablaba.

Solo los pasos apresurados y el eco de la música deformada en la distancia.

Llegaron al hotel por la parte trasera, cubiertos de sudor y polvo.

Los guardias apostados en la entrada apenas los miraron, acostumbrados a las llegadas discretas.

Una vez dentro, Mikael se zafó bruscamente del agarre de su compañero.

—¿Qué demonios fue eso?

—espetó—.

¡Había gente atrapada!

¡Podríamos haber ayudado!

El hombre la enfrentó con el ceño fruncido, la voz baja y dura: —¿Quieres que todos descubran que los Omegas de la Quinta Legión estaban bebiendo en un prostíbulo?

¿Qué tú, una escolta de la princesa, rompiste el reglamento por curiosidad?

Mikael se quedó helada.

—Eso no importa.

—Su tono temblaba, pero no de miedo—.

Lo que importa es que había personas en peligro ahí dentro.

—Lo que importa —la interrumpió el otro, acercándose lo suficiente para que solo ella lo escuchara—, es mantener la dignidad de la Legión.

No olvides quién eres ni por qué estás aquí.

Tu deber es proteger a la princesa, no a los pecadores de un cabaret.

El silencio se hizo pesado.

Mikael bajó la mirada, apretando los puños con tanta fuerza que las uñas se le hundieron en la palma.

No respondió.

Solo giró sobre sus talones y se alejó por el pasillo, los pasos resonando como golpes secos.

Nivael la siguió sin decir palabra, mirándola con esa mezcla de admiración y miedo que solo se tiene por alguien que está a punto de romper las reglas.

—Mikael no… —¡Ya sé!

—Respondió ella, antes de que su amigo le recordará las reglas—.

Solo déjame solo.

—¿Podrás estar solo?

—¡No haré nada estupido!

Ya en su habitación, Mikael cerró la puerta con fuerza y apoyó la frente contra la madera.

El ruido del cabaret seguía vivo en su cabeza.

Los gritos, los golpes… y esos ojos que creyó ver antes, los que la habían confundido todo.

No sabía si odiarse por haber obedecido… o por haber querido desobedecer.

❯────────────────❮ Estaba por amanecer cuando llegaron a la parada de autobús y compraron el boleto.

Habían tenido que esconderse todo el camino de los perseguidores.

Jalek, con sus callejones estrechos y escaleras desperdigadas por doquier, se convirtió en un laberinto que jugó a su favor.

Laila partiría primero.

En cuanto llegaron, Isaura le entregó una bolsa pequeña con lo indispensable para el viaje.

—Es un camino largo.

Espero que sea suficiente para calmar el hambre.

—No te preocupes, estaré bien —respondió la chica, apenas echando un vistazo al interior—.

¿Estás segura de que la jefa no se molestará…?

La pregunta se quedó a medio camino.

En lugar de comida, lo que encontró en la bolsa fue un fajo de billetes envuelto en papel.

Laila alzó la mirada, incrédula, como si Isaura se hubiera equivocado de bolso.

—Será mejor que te apures —dijo Isaura, extendiéndole el boleto con destino a Etzalhuatl, su pueblo natal—.

Tu hijo te está esperando.

Las lágrimas volvieron a nublar los ojos de Laila.

Se arrojó a los brazos de su vieja amiga, sollozando entre palabras de gratitud.

—No sé cómo pagarte esto —susurró.

Isaura solo palmeó su hombro con la suavidad de quien aparta una mota de polvo.

—Nos vemos luego —dijo, aún interpretando el papel del perro leal de Erika.

Laila entendió el mensaje.

Se despidió una última vez antes de subir al autobús.

Isaura y Caelan se quedaron en la salida, observando cómo el vehículo se perdía entre el tráfico y la distancia.

—¿Por qué la dejaste ir?

—preguntó Caelan al salir de la estación—.

¿No te vas a meter en problemas con Erika?

—Así está bien —respondió Isaura.

Su indiferencia lo hizo sonreír.

—Eres demasiado buena para ser mercenaria.

Erika ni siquiera te mandó por Laila, ¿cierto?

El tobillo le palpitaba con insistencia a Isaura, volviendo cualquier sonido insoportable, especialmente la voz de Caelan.

—No es de tu incumbencia.

A pesar de lo hostil que sonaba, Caelan no perdía el buen humor.

—Siempre dices eso —dijo mientras miraba a su alrededor, buscando un sitio decente donde comer—.

No sé tú, pero yo voy a comer algo antes de cazar a ese tipo.

—Haz lo que quieras.

No me interesa.

Lo observó alejarse a pasos apresurados, como un niño rumbo a pedir su juguete favorito.

Entonces, cojeando, Isaura se arrastró hasta un callejón.

El dolor punzante en el tobillo la obligó a detenerse.

No podía seguir así, no sin atenderlo.

Se apoyó contra una pared húmeda del callejón, bajó al suelo con un gruñido ahogado y sacó el vendaje de su mochila.

Sus dedos, aún temblorosos por la adrenalina de la pelea, se toparon con la piel inflamada, caliente, palpitante.

No era la primera vez que hacía esto.

No sería la última.

Entonces, sin querer, lo recordó.

—“Tienes que envolver el hueso, no la piel”, decía una voz joven, profunda y cálida.

En el recuerdo, un muchacho pelirrojo con ojos como fuego le tomaba el pie con manos cuidadosas.

Uriah.

Sus dedos eran grandes, pero se movían con precisión.

Mientras limpiaba su herida, sonreía apenas, como si hacer eso le diera calma.

—“Mira: tres vueltas suaves, y luego una más fuerte para fijar.

Así el músculo no se mueve, y no se inflama más.” En ese recuerdo desenterrado, Isaura tenía catorce años.

Lloraba bajito mientras él, un muchacho pelirrojo de rostro lleno de pecas y sonrisa torcida, le envolvía el pie con esmero.

Sus ojos como fuego no eran severos como antes, sino pacientes.

—“Mira, primero limpias con agua.

No necesitas mucho, solo que no quede tierra.” En el presente, Isaura abrió una pequeña botella con agua embotellada y mojó un pedazo de tela limpia.

Apoyó la espalda en el muro.

Cada roce ardía como fuego.

—“Luego siente con los dedos… ¿ves?

Aquí, justo aquí, no está roto, solo se salió.” Se obligó a tocar su tobillo como él lo hacía, con firmeza, sin miedo.

Las lágrimas le picaban detrás de los ojos, pero no se las permitió.

No ahora.

En el recuerdo, Uriah reía apenas.

—“Y después, tres vueltas suaves.

Siempre tres.

La cuarta es para que aguante.” —Tres vueltas suaves… —repitió Isaura, apretando los dientes, sintiendo cómo el eco del pasado se alineaba con cada movimiento en el presente—.

Y la cuarta… El vendaje quedó firme.

El dolor seguía, pero contenible.

En la memoria, Uriah pasaba sus dedos sobre el vendaje ya terminado y le decía con suavidad: —“Bien hecho.

Cuando estés sola, hazlo así” En el presente, fue solo su mano la que verificó el vendaje.

Sus dedos más rudos ahora, más callosos, más solos.

Suspiró.

Se quedó así un momento, con el pie vendado, el recuerdo caliente y el presente frío.

Luego se puso de pie.

Cojeó hacia la puerta.

Todavía le dolía, pero ya no importaba.

❯────────────────❮ Fue un viaje de tres horas en el metro hasta San Simon, suficiente para que su adolorido tobillo descansara y diera paso al amanecer.

Bruno era incluso peor que Antonio.

No le importaban las edades de las mujeres que tomaba ni a quién las vendía, siempre que fueran hermosas.

Circulaban rumores de que incluso las menos agraciadas, si lucían sanas, terminaban en sus manos como ratas de laboratorio.

Era un hombre despreciable.

Por eso arrasaron con todo lo que encontraron a su paso, incluidos los guardias.

Antes Isaura se contuvo por Laila, para no espantarla con la sangre.

Pero ahora que estaba sola, no pensaba medir sus cortes.

Si deseaba arrancar una cabeza, lo haría.

Asaltaron el edificio donde ese hombre se encontraban y atacaron a cualquiera que se metiera en su camino.

Ella y Caelan eran bastante tradicionales, incluso en un mundo dominado por la tecnología.

Ambos preferían las espadas.

En el caso de Caelan, eso era evidente: lo hacía por puro gusto.

—¿Por qué usas una espada?

—preguntó él, mientras subían las escaleras que llevaban al cuarto de Bruno—.

Tiene un color raro… como tus ojos.

Se refería al filo: una mezcla llamativa de azul y verde, inusual para un arma blanca.

—No es de tu incumbencia —respondió Isaura con frialdad, al tiempo que le cortaba el cuello a uno de los guardias que se les echaba encima.

—Te encanta esa frase —bufó Caelan, recogiendo el arma de un cadáver y disparando sin mirar hacia atrás, directo al pecho del enemigo que venía por ella—.

¿Tengo que repetir lo del autobús?

—Solo quítate del camino.

Isaura avanzó sin voltear, hasta llegar a la habitación de Bruno.

El hombre bebía tranquilo en un sofá, acompañado por una de sus chicas.

Al verla, saltó como un cobarde, derramando el vino sobre la alfombra.

Ella era bien conocida entre sus círculos.

Años atrás le había cortado los dedos a uno de sus socios por intentar tocar a una de las chicas del cabaret.

Antes de que pudiera gritar pidiendo ayuda, Isaura lo noqueó de un solo puñetazo.

La habitación olía a perfume barato y a vino caro derramado.

Bruno yacía inconsciente en el suelo, su cuerpo pesado soltando un ronquido torpe tras el puñetazo de Isaura.

La sangre de los guardias aún goteaba por las escaleras, pero aquí todo era tranquilidad fingida.

La mujer que lo acompañaba —una belleza de rostro afilado y mirada vacía— ni siquiera se inmutó.

Sentada en un sillón de terciopelo rojo, bebía champaña como si aquello fuera un espectáculo más.

Su bata de seda resbalaba de uno de sus hombros y no hacía el menor esfuerzo por cubrirse.

Isaura la ignoró.

Como siempre.

Esa mujer era un mueble con piernas, útil solo para quienes pagaban.

Ella no intervenía, no salvaba a nadie, no se salvaba ni a sí misma.

Isaura se acercó al escritorio.

Empujó con el pie a Bruno, solo por asegurarse de que no fingía.

El hombre soltó un quejido apenas audible.

—Cobarde —murmuró, y se agachó frente al escritorio.

Entre los papeles encontró varias carpetas con nombres y números, algunas con fotos grapadas: chicas jóvenes, locaciones, fechas.

Tomó todo lo que le cupo en los brazos.

No tenía tiempo para leer ni seleccionar.

Todo podía servir.

Luego miró la laptop.

Era vieja pero resistente, una de esas máquinas blindadas que usan en zonas de guerra.

La encendió y trató de buscar algo, lo que fuera, pero la pantalla le devolvió un montón de códigos y accesos encriptados.

—Maldita sea…

—murmuró.

No iba a perder tiempo.

Cerró la computadora de golpe y se la llevó bajo el brazo.

Salió sin prisa, ignorando a la mujer que se sirvió otro vaso de licor.

En el pasillo aún se escuchaban los disparos y gritos de los guardias que quedaban.

Bruno tenía como mil de esos hombres regados por todo su edificio, pero solo la mitad de ellos tenían el valor de seguir luchando después de ver cómo partían por la mitad a dos hombres al mismo tiempo.

El tobillo le palpitaba a horrores, si se seguía sobre esforzando podía desgarrarlo.

Por suerte, ya no tenía que preocuparse.

Saldría por la puerta trasera y dejaría a ese chico con el resto, ella debía encontrar a algún ingeniero de computadoras que la ayudara a desencriptar los archivos.

—¡Esperame!—.

Caelan grito desde el otro lado del pasillo.

Isaura vio sus planes de una retirada silenciosa echados a perder.

—Carajo.

Corrió lo más rápido que pudo a la salida.

Escuchaba los sonidos de balas cerca, pero ninguna que impactará cerca de su área.

Atribuyo esa rareza a Caelan quien iba detrás de ella, lo más seguro es que estaba haciendo un truco raro para que no los tocaran.

Cosa de Alfas, no pensaba meterse en eso.

❯────────────────❮ Después de haber corrido por casi una hora y cruzar por todos los callejones posibles de la ciudad, después de sentir como su talón amenazaba con desgarrarse, dejaron de correr para mezclarse con la multitud.

—Pudimos haber tomado un taxi—.

Una sugerencia que llegó bastante tarde.

—Aunque dudo que alguno se hubiera parado al ver el ejercito de hombres de negro detras de nosotros.

—¿Puedes cerrar la boca un rato?

Pitidos constantes hicieron eco en sus oídos, por lo que tuvieron que apartarse del camino a menos que quisieran ser arrollados.

Era un problema que la capital presentaba, no todas las calles estaban hechas para que las personas y vehículos andarán al mismo tiempo y uno siempre cedía el paso al otro.

Caelan e Isaura tuvieron que pegarse a las paredes para darles paso a la limusina que pasaban cerca y el auto militar que iba delante y detrás, como escudo protector.

—Alguien importante nos visita —murmuró Caelan, atento a cualquier detalle que revelara una pista—.

Y parece que van hacia la Basílica de los Hijos del Cielo.

Isaura no le respondió.

Su atención no estaba en el auto, sino en uno de los soldados apostados sobre el vehículo militar, erguido e inmóvil a pesar del calor abrasador.

Tenía el cabello blanco como la nieve y ojos igual de pálidos.

El arma colgaba a su espalda como un adorno más.

No debía tener más de diecisiete años.

Por un instante, el muchacho desvió la mirada del frente.

Observó a la multitud…

y sus ojos se encontraron con los de Isaura.

El destello de sorpresa que intentó disimular le bastó a ella para saberlo: la conocía.

Tal vez de alguna vieja misión, años atrás.

Era lógico que ella no lo reconociera si solo lo vio una vez en ese cabaret.

Mikael volvió a mirar al frente, rígido.

No podía distraerse.

Cualquier movimiento en falso y uno de los supervisores Omegas lo reportaría por indisciplina.

Aunque, después de lo ocurrido la noche anterior, dudaba que alguien le dijera algo solo por mirar de más a una persona.

Solo eso faltaba, que estuviera rodeada de hipócritas.

Mikael repitió en su mente las palabras exactas que le diría a su tutor una vez que regresara.

Si Rafael hablaba de su buen desempeño en ese trabajo, tendría el visto bueno de los directivos.

Todo marchaba bien.

Solo debía resistir unos años más.

Tal vez cinco.

Luego podría escapar a campo abierto.

Donde nadie, ni siquiera los santos, pudieran encontrarla.

Poco a poco, las calles abarrotadas quedaron atrás.

Se acercaban al trono —como la gente llamaba a la Basílica—, el núcleo sagrado donde Mikael debía comparecer ante su superior.

Lo que tenía que decir era, en apariencia, una petición trivial.

Mientras el vehículo avanzaba, Mikael repasaba mentalmente cada palabra de su discurso: “Mi señor, respeto por completo sus reglas y me someteré siempre a su voluntad.

Sé que sus decisiones son por el bien de la sociedad y que jamás me pedirá algo que no sea por mi bien.

Por eso me atrevo a solicitar la asignación como uno de los guardias en la feria Xcaret durante las cuchillerías de este año.” Pero cuanto más lo repetía, más inadecuado le sonaba.

Cada frase le sabía falsa o servil.

¿Cómo pedirlo sin parecer una aduladora desesperada?

Y peor aún: ¿cómo ocultar el verdadero motivo sin levantar sospechas?

Lo que ella quería no era servir, sino observar las armas de Querena Admirarlas.

Analizarlas.

Un deseo que rozaba lo prohibido.

Porque en la Basílica, y entre los Omegas en general, cualquier interés fuera de la teología o de Zaihn era considerado una desviación del camino sagrado.

Revelar su fascinación por la herrería sería igual a firmar su sentencia: su solicitud sería rechazada… y su reputación, quebrada.

El auto se detuvo ante las imponentes puertas blancas.

Mikael y Nivael fueron los primeros en bajar para abrir, con la cortesía ensayada de siempre, la puerta a la encantadora princesa que iba atada de manos para evitar que volviera a apuñalar a alguien con un tenedor.

Detrás de ella iba su nodriza, emanando una elegancia que la hacía ver más alta de lo que en realidad era.

La escolta la condujo al interior de la cámara principal, donde las máximas autoridades ya la esperaban.

Mikael la siguió en silencio, cruzando corredores solemnes, puertas pesadas, pasillos que olían a incienso y disciplina forzada.

Pero cuando llegaron a la última entrada —la de los elegidos, los verdaderamente cercanos al Eterno—, se detuvo.

Desde allí, sólo pudo ver las puertas abrirse… y cerrarse frente a ella, como una muralla que sabía no debía cruzar.

Solo, respiró hondo.

Y en lugar de regresar al vestíbulo, desvió sus pasos con determinación hacia las escaleras que la llevarían al tercer piso.

Ahí la esperaban.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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