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La canción del dragón - Capítulo 47

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  4. Capítulo 47 - 47 Una oferta muy tentadora
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47: Una oferta muy tentadora 47: Una oferta muy tentadora —Mikael, bienvenido —dijo Usnavy con los brazos abiertos, sonriendo con afecto—.

¿No tuviste complicaciones?

La chica no respondió con palabras al principio.

Caminó hasta el centro de la sala, donde dejó las formalidades atrás para abrazar con fuerza al hombre que había sido su guía desde que llegó a Xictli.

Aquel tutor de túnica blanca, cabello negro salpicado de cañas y voz cálida aún mantenía la misma fortaleza y convicción que lo habían formado.

—Nada de qué preocuparse —mintió Mikael—.

Tuve suerte, el camino fue tranquilo.

La sonrisa de Usnavy se amplió con tranquilidad.

—¿Y la princesa?

—Creo que se llevó una buena impresión.

No me sorprendería que solicitara mi escolta para el viaje de regreso.

Cada mentira que decía la hacía desviar más y más la mirada.

Con él era difícil hacer algo que hace todo el tiempo con el resto.

—Aun si la descuidaste para ir a un club anoche?

Su voz no sonó como un reproche, pero así se sintió.

—Yo… —No había forma de mentirle, no a él, que toda su vida la ha criado— No dejamos sola a la princesa, estábamos a unas calles y no toque una gota de alcohol.

Internamente rezo para que las malas noticias no llegaran a sus oídos, como el ataque.

Su tutor volvió a sonreír, como si fueran cómplices de un mismo secreto.

—Eres joven, es normal que quieras relajarte un poco con tus amigos.

Mikael no los llamaría amigos.

De hecho, no desea ni volver a verlos después de todo lo que ocurrió.

— ¿Estuviste con una mujer?

—La pregunta de Usnaby la descoloco— ¿Te vieron interesado en una?

—No… —Respondió la albina, tratando de contener el sonrojo en sus mejillas— Ninguna me interesó.

—Eso levantara sospechas entre tu equipo ¿tantas bellezas y ninguna captó tu atención?

—Admito que hubo mujeres muy hermosas, pero… Pero ninguna de esas bellezas tenía una piel con matices oscuros y opacos.

Ninguna mano que tocó gozaba de la textura de dedos callosos y con ampollas por haber escrito por horas en un escritorio apenas iluminado.

Ninguna mujer u hombre de ese lugar poseía ojeras que reflejaban la ausencia de sueño por quedarse despierto viendo series de televisión.

—No cumplieron con mis expectativas.

La risa de Usnaby dio por concluida esa conversación.

Lo había hecho bien.

Bueno, si hubo una mujer que se le parecía, una que se acercaba a lo que buscaba, incluso la confundió por un momento, creyendo que se trataba de la misma persona, pero no pensaba decirle eso.

—El director te está esperando.

—Dijo Usnaby, cambiando de tema.

—¿Le comentaste sobre mi solicitud?

Ambos comenzaron a caminar rumbo a la salida de la oficina, recorriendo los pasillos amplios y silenciosos de piedra blanca.

—Está informado —No añadió más.

Mikael bajó un poco la mirada, manteniendo el impulso de acelerar el paso.

Se obligó a mantener el mismo ritmo pausado, incluso si en su pecho se agitaba la esperanza y el temor.

No podía permitirse sonreír.

No aquí.

No ahora.

La imagen que había construido durante años no podía resquebrajarse por una emoción mal disimulada.

El pasillo hacia la oficina del director era tan silencioso como una cripta.

Las luces altas bañaban las paredes de mármol blancas y los vitrales dejaban pasar una tenue luz azul que convertía el aire en algo frío, casi pesado.

Mikael respiró hondo antes de cruzar la última puerta.

Usnavy se detuvo antes de tocar.

—Recuerda, no hace falta que repitas todo tu discurso.

Solo sé claro, educado… y no menciona nada sobre cuchillerías.

Usnaby fue al único al que le contó sobre su repentino interés por ser guardia en la feria y aunque recibió una leve reprimenda por cambiar sus planos de un momento a otro, ayudó a ayudarla.

—Lo sé —respondió Mikael, con el corazón acelerado.

—Bien —dijo Usnavy antes de golpear dos veces la gran puerta de madera.

Desde el interior, una voz profunda respondió: —Pasen.

Al abrirse las puertas, Mikael sintió que el aire cambiaba.

No era una oficina como tal.

Era una sala de cúpula alta, sobria, sin ventanas, donde la única decoración era una cruz de Zaihn tallada en mármol y un escritorio de piedra negra detrás del cual estaba el director: Jimgober Baskerville.

El hombre se mantenía de pie.

Vestía una túnica blanca con bordes dorados y un medallón triangular colgando del cuello, símbolo de su rango.

Su rostro era anguloso, sin una sola expresión que revelaba emociones.

Su presencia imponia, como si pudiera ver a traves de las mentiras y las dudas.

—Mikael Aviran —dijo con voz grave—.

Te presentas ante el Trono tras cumplir tu primera asignación como escolta.

¿Es correcto?

Mikael se inclinó de inmediato, con la mano en el pecho.

—Sí, señor.

He cumplido con lo asignado.

La princesa llegó a salvo a su destino.

Hubo un accidente en el trayecto, pero fue aplacado de inmediato y sin heridos.

El informe oficial fue enviado esta mañana, con copia para su revisión.

—Leído y confirmado —respondió el director sin mover un músculo—.

Ha hecho bien.

El silencio se prolongó unos segundos, lo suficiente para que Mikael sintiera la necesidad de justificar su existencia.

Iba a hablar, pero el director levantó apenas una mano, como si leyera sus intenciones.

—Agradece a Zaihn que no hubo contratiempos.

Pero no confundas esto con un logro.

Tu deber era proteger, no sobresalir.

—Entendido, señor.

—¿Hay algo más que deseas presentar ante el Trono?

Este era el momento.

Mikael presionó las manos contra su uniforme, casi ocultando su ansiedad.

Repasó mentalmente su discurso, las frases bien estructuradas, las reverencias precisas.

Pero al final, cuando abrió la boca, la voz que salió fue más sencilla de lo que imaginó.

—Sí, señor.

Vengo a hacer una solicitud para servir como parte del equipo de seguridad de la feria Xcaret este año.

Deseo estar asignado a las cuchillerías.

El silencio cayó de nuevo.

El director lo observó en completo silencio.

Mikael sintió que su pecho estaba siendo abierto por ese juicio desnudo.

La respuesta no llegó de inmediato, ni con aprobación ni con castigo.

—¿Por qué?

—preguntó finalmente el director, sin levantar la voz— ¿Quieres unirte a la cuarta legión?

Esa es un área de bárbaros.

No puedo arriesgarme a dejarte así, con ellos.

—La cuarta legión no es tan peligrosa, son erráticos.

Al ver la mala expresión que amenazaba con generarse en Jimgober, tuvo que cambiar de estrategia.

Mentir o decir una verdad parcial.

Así que optó por la versión más segura.

—Porque deseo aprender más sobre la vigilancia en espacios abiertos.

La feria representa un entorno distinto al que ya experimenté.

Sé que hay múltiples puntos vulnerables, muchas rutas de escape… y la zona de las cuchillerías suele tener los objetos más valiosos del evento.

Creo que allí podría ser más útil.

El director asintió, como si ya hubiera anticipado la respuesta.

—No se te permite admirar ni estudiar las armas.

Vigilante en solitario.

¿Entendido?

—Sí, señor.

—Tu tutor dio buenas referencias.

Y ha demostrado obediencia.

Por esta vez, se considerará su solicitud.

No garantizado.

El corazón de Mikael latió con fuerza, pero no lo dejó notar.

—Gracias, mi señor.

—Puedes retirarte.

Que el camino del Eterno te mantenga firme.

—Y a usted lo ilumina con su voluntad —respondió el soldado, inclinándose una vez más antes de salir.

Cuando la puerta se cerró detrás de él, sólo entonces dejó salir un suspiro.

Usnavy lo esperaba afuera con una leve sonrisa.

—¿Cómo te fue?

—No me mató… creo que es buena señal.

—Esa es la actitud —respondió su tutor, colocándole una mano en el hombro—.

Ahora ve, aún tienes entrenamiento hoy.

El Trono puede haber sido benevolente, pero eso no significa que bajará sus expectativas.

Mikael avanzando, y mientras se alejaba por el pasillo, no pudo evitar pensar en cómo haría para pasar desapercibida en medio de toda la herrería de Querena sin levantar sospechas.

Estaba tan contenta que no se dio cuenta que afuera había comenzado a llover.

Hasta hacía un momento, el cielo sobre San Simón estaba despejado, con un sol que caía recto sobre los techos y hacía brillar el polvo del camino.

Nadie habría pensado que en cuestión de minutos el día cambiaría de rostro.

Solo los viejos, los que habían vivido lo suficiente para leer los signos del aire, notaron cómo las parvadas cruzaban el cielo en desbandada y cómo los perros, nerviosos, alzaban las orejas mirando hacia el sur.

—Las nubes están aborregadas —dijo Usnaby, caminando junto a Mikael—.

Fíjate bien, se mueven como si respiraran.

Ella alzó la vista.

Lo que vio le pareció hermoso: un cielo que ondulaba como un lago, con las nubes encaramándose unas sobre otras.

—Es un fenómeno natural —respondió, repitiendo lo que recordaba de sus libros.

Pero el fenómeno tenía su propio ritmo, y pronto el viento trajo consigo un rumor distinto, como un tambor lejano que crecía al compás de los pasos de algo invisible.

La lluvia no cayó de golpe; llegó caminando.

Desde el sur se la vio avanzar, cruzando los campos y los montes, acercándose al pueblo con la calma de quien conoce el camino.

En el horizonte, los tejados se fueron oscureciendo uno tras otro, hasta que, de pronto, el aguacero entró en San Simón como un visitante sin aviso.

Las gotas eran gruesas, pesadas, y golpeaban la tierra con tal fuerza que los vecinos tuvieron que correr a recoger la ropa y cerrar las puertas.

Algunos reían, otros maldecían.

Nadie recordaba una lluvia así en el centro; esas cosas pasaban en el sur, donde el dragón del mar se bañaba cada semana y el agua lo seguía hasta tierra firme.

Aquí, en cambio, donde lo común eran los temblores y las montañas inquietas, aquella lluvia era una rareza que hacía temblar los corazones.

Y entonces cayó el rayo.

Un solo relámpago, brillante como una espada de luz, descendió justo sobre el patio trasero de la Basílica.

El trueno partió el aire y durante un segundo todo pareció detenerse: los pájaros enmudecieron, los perros callaron, y hasta el viento se hizo a un lado.

Nivael, en la biblioteca, se llevó la mano al pecho al sentir el retumbo; Mikael habría salido a mirar si no fuera porque Usnaby la detuvo; e Irina corrió a refugiarse entre los brazos de Catalina.

—Solo fue un relámpago, su alteza —le dijo con voz baja—.

Ya pasará.

Y así fue.

Tras aquel golpe de luz, la lluvia se fue apaciguando.

El sonido del agua en los tejados se volvió más lento, más suave, hasta que solo quedaron las gotas resbalando por las ventanas y el aroma fresco de la tierra recién bañada.

Como si el cielo hubiera venido solo a dejar su firma, y luego siguiera su camino hacia otro lugar.

Alguien tocó a la puerta: uno de los soldados con los que habían llegado, empapado hasta las botas, vino a informar que la familia del novio las esperaba para comenzar los acuerdos maritales.

—¿Escuchó eso, princesa?

Su futuro esposo ya llegó.

Catalina sonaba como una joven enamorada.

Aun con el aguacero que recién había cesado, ninguno de los adultos perdió de vista lo importante.

A regañadientes, Irina bajó de la silla.

Sus zapatos morados resonaron sobre el piso y cada paso hacía tintinear los pasadores de su cabello.

El maquillaje y las joyas intentaban darle la solemnidad que exigía su rango, pero solo lograban remarcar lo niña que era bajo tanto brillo.

Atravesaron el corredor acompañadas de un escolta.

El aire olía a piedra mojada y a tierra recién abierta.

Al pasar por el patio trasero, Irina notó el hueco oscuro en medio del cemento: el punto exacto donde el rayo había caído.

El humo todavía se alzaba, espeso, y el calor del suelo parecía negar que la tormenta hubiera terminado.

—Qué hermosa se ve, su alteza —saludó el consejero que había llegado con ellas en el avión, inclinando la cabeza—.

Nos esperan dentro de la sala.

Su nombre era Lord Vassel, y todos sabían que hablaba por el Consejo de Skaluph.

Era un hombre de voz blanda, de esas que parecen no querer ofender, pero que siempre buscan un precio detrás de cada palabra.

Cuando las puertas se abrieron, la tensión del lugar fue tan densa como el vapor que aún se filtraba desde el patio.

Una docena de guardias rodeaban las paredes, firmes, sin pestañear.

En el centro, dos figuras desentonaban con todo el orden del salón: un hombre de cabello negro, largo y desordenado, con cicatrices cruzándole los brazos como viejas rutas de guerra, y a su lado un muchacho con gorra de superhéroe y ojos del color del mar antes de la tormenta.

Ambos olían a humo.

Lord Vassel se inclinó apenas, la sonrisa fija.

—Majestad Ares Pit-Nüwa, joven heredero —dijo con un tono que mezclaba respeto y cálculo—, agradecemos su pronta llegada.

Su presencia honra este humilde encuentro, aun si el cielo ha decidido anunciarla con… tanta fuerza.

La mirada dorada del hombre bastó para que las palabras se disolvieran en el aire.

—Vayamos al grano —gruñó Ares, su voz grave como el trueno que lo había precedido—.

¿Por qué la realeza de Skaluph está en tierras Alfas?

El silencio que siguió fue absoluto.

Hasta el sonido del agua goteando desde los aleros pareció detenerse.

Lord Vassel no perdió la sonrisa, pero bajó un poco la cabeza antes de responder.

—Su alteza —empezó, su voz como terciopelo que cubre filo de cuchillo—, venimos en nombre de la princesa Irina, futura heredera de Skaluph.

Traemos una propuesta… un compromiso que, creemos, podría marcar el inicio de una paz duradera.

Kon se movió apenas, encogiendo los hombros y frunciendo el ceño.

Lo que oyó le hizo un nudo en el estómago: matrimonio.

Ni de broma.

Su mala cara se acentuó, y era como si el simple aire que lo rodeaba avisara “aléjate o te mando al diablo”.

Pero en realidad, estaba incluso más nervioso que la niña frente a él.

Irina, sin dejarse intimidar del todo, levantó la barbilla.

Sus ojos, brillantes y desafiantes, reflejaban el fuego que siempre llevaba dentro.

Pero la figura de Ares le robaba parte de su audacia.

Solo verlo le resultaba aterrador, un gigante que podía aplastarla si así lo quisiera.

Su pequeña mente no podía evitar imaginar lo mucho que un golpe de ese sujeto debía de doler.

—Un matrimonio —dijo Ares, incrédulo y con la voz cargada de ira contenida—.

¿Así es como Skaluph planea pagar sus pecados?

¿Entregando a una niña para sellar la paz?

Lord Vassel torció la sonrisa apenas, como si no esperara semejante reacción.

—No se trata de un pago, su alteza —respondió con calma—.

Es una medida para garantizar que el alto al fuego se cumpla, y que ambas partes puedan vivir sin temor a la guerra.

Ares apretó los puños.

Cada palabra que salía de aquel hombre dorado parecía desafiar su paciencia.

—He hecho mi propuesta antes —gruñó—: si quieren la paz, devuelvan a los Alfas de Skaluph y a los Kappa a sus tierras.

Denle derechos a los suyos.

Nada de regalos, nada de pactos que no respeten a los nuestros.

Esto —señaló a Irina y Kon— no es lo que pedí.

Irina emitió un suspiro bajo, mezclando frustración y rabia.

Kon, por su parte, evitaba mirar directamente al consejero, intentando disimular su asco y su incomodidad.

Prefería que le rompieran las piernas a casarse con una niña… a casarse con cualquiera, en general, menos con alguien de Skaluph.

La familia real le desagradaba, aunque no ha tenido mucho contacto con estos, las pocas experiencias que lo han azotado han sido suficiente para no querer saber de ellos.

Lord Vassel respiró profundo, con la cortesía medida de los diplomáticos entrenados durante generaciones, y se inclinó levemente ante Ares.

—Su alteza —dijo, con voz firme pero calmada—, este encuentro ha sido solicitado por el príncipe heredero Calipso St.

Croix.

Él reconoce el desgaste que la guerra ha causado en ambos lados y propone un alto al fuego bajo condiciones favorables para todos.

Ares arqueó una ceja, aún sin bajar la guardia.

—¿Y qué quieren a cambio?

—preguntó, seco.

Nadie daba nada gratis.

—Nada que debilite a los suyos —continuó Vassel—.

La única condición que el príncipe pide es un compromiso de no agresión hacia Skaluph y Ashvord, así como la garantía de no interferir en ciertos territorios estratégicos al norte de Xictli, mientras se reorganizan y se asegura la paz.

Nada más.

Ares entrecerró los ojos, evaluando la propuesta.

Sonaba demasiado conveniente para ser verdad, pero era exactamente lo que necesitaban los Alfas: recuperar sus tierras, garantizar derechos y proteger a su gente, sin ceder poder real ni exponerse innecesariamente.

Incluso podía aceptar la medida temporal de no intervención, siempre y cuando fuera limitada y medible.

—Y… ¿eso es todo?

—preguntó, el filo de su voz cortando la sala—.

Ni un solo regalo, ni una oferta de sumisión.

Solo el compromiso de no atacarnos mientras ustedes se reorganizan.

—Así es, su alteza —asintió Vassel, suave, con la sonrisa diplomática que apenas ocultaba la tensión—.

Skaluph está cansado de la guerra.

No pueden sostenerla más.

Este acuerdo les da tiempo, seguridad y la posibilidad de reconstruir su reino… mientras los suyos recuperan lo que es suyo en Xictli.

El silencio llenó la sala.

La magia residual del rayo todavía se percibía en el aire; un leve olor a ozono mezclado con humo recordaba que los Pit-Nüwa siempre dejaban huella.

Irina se mordió el labio, la ira y la frustración aún ardiendo en su pecho.

Kon, por su parte, no dijo nada al principio.

Miró al suelo, apretó los dientes y finalmente, con voz baja, aunque fría: —Yo no me pienso casar.

El eco de sus palabras flotó en la sala, cortando la pompa diplomática y dejando claro que no todo estaba bajo control.

Kon levantó la vista.

No dijo nada, pero su expresión fue suficiente.

Aquella mirada—helada, obstinada, casi feroz—le habló a Ares con la claridad de un rugido.

No lo haré.

No me obligues.

Esa testarudez le recordó a su esposa.

Cuando Osiris aún estaba a su lado solía mirarlo del mismo modo, una advertencia silenciosa para evitar que hiciera tonterías.

¿Por qué su hijo tuvo que heredar eso?

Ares lo sostuvo apenas un instante.

Luego, sin perder la compostura, exhaló despacio y giró hacia el consejero.

—Ya lo escuchó —dijo, su voz grave resonando en toda la sala—.

No acepta el matrimonio.

El silencio que siguió fue tan pesado como una sentencia.

Catalina abrió la boca, buscando palabras para aplacar la tensión, pero Ares levantó la mano antes de que cualquiera de los dos, ella o Vassel, pudiera hablar.

—Y antes de que intenten convencerme de lo contrario —añadió con una calma que no poseía—, recuerden que la propuesta no viene del trono, sino de un príncipe heredero.

Hasta donde sé, eso la hace inválida.

Las últimas palabras fueron un golpe limpio, directo, y los guardias de Skaluph tensaron sus hombros.

Vassel, sin embargo, no perdió la sonrisa.

La suya era una cortesía que olía a veneno.

—Por supuesto, majestad.

Pero le aseguro que no tendrá que preocuparse por ese detalle mucho tiempo más.

Hizo una breve pausa, sus ojos brillaron con algo ambiguo, vacilando entre la amenaza y la promesa.

—Su alteza Calipso St.

Croix ascenderá al trono muy pronto.

Y cuando eso ocurra, sus palabras… tendrán el peso que el reino necesita para la paz.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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