La canción del dragón - Capítulo 48
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- Capítulo 48 - 48 Trébol de 4 hojas
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48: Trébol de 4 hojas 48: Trébol de 4 hojas La primera vez que escuchó de Querena fue por sus compañeros de clase, hace ya varios meses.
Hablaban de Irisviel y la suerte que tuvo de haber sido ascendido a rango A, al lado de los mejores de la región.
Irisviel era conocida por ser un charlatán y cuentista.
Sus anécdotas eran tan exageradas que ya nadie creía en sus palabras, ya los nuevos integrantes de la Basílica siempre les advertían sobre él.
Sus mentiras lo metían en muchos problemas con el clérigo, pero aquella vez, todo lo que dijo era verdad.
Más de un testigo había contemplado cómo su espada fue la única que pudo atravesar el corazón de un Drum en medio de la batalla.
Aquello dejó a todos sin palabras ya la iglesia impresionada.
Tanto así que incluso la Basílica en el país de Tassia envió sus felicitaciones y lo citó a una reunión especial.
—Fue esta— dijo Irisviel en el comedor, levantando la daga como si fuera una reliquia prohibida, con un brillo de vanidad en los ojos—.
El filo de Querena, el único capaz de cortar la piel de un Drum sin que se quiete en el intento.
Alguien bufó en la mesa.
—¿Querena?
¿El viejo del que todos dicen que se oculta en Xictli?
Ese ni existe.
—Existe —insistió Irisviel, disfrutando la atención como un actor en su mejor momento—.
Y si tienen cerebro, irán a buscarlo antes de que se muera y se lleven sus secretos a la tumba.
Mikael no dijo nada.
Pero en su cabeza, el nombre del herrero ya estaba grabado y por primera vez agradeció haber sido trasladado a Xictli.
❯────────────────❮ La contó tantas veces en su cabeza que empezó a preguntarse si ese tal Querena existía de verdad o era solo un personaje inventado para darle dramatismo a la hazaña.
No lo comentó con nadie, pero cada vez que tenía un descanso en la biblioteca de la Basílica, buscaba en los archivos viejos cualquier mención al herrero.
Entre los registros amarillentos encontró una nota de hace más de diez años: “ Querena, maestro armero independiente, conocido por fabricar armas para clérigos de alto rango en la región sur ”.
La ubicación estaba tachada y sustituida por un símbolo de advertencia de la Iglesia.
Desde ese momento, comenzó a prestar más atención a las conversaciones ajenas.
Si escuchaba a veteranos hablar de equipamiento o de viejas batallas, ella se quedaba más tiempo de lo necesario afilando su lanza, con el oído atento.
Poco a poco juntó retazos: que Querena rara vez trabajaba por encargo directo, que cobraba caro, que cada arma era distinta y que, según un monje retirado, “si te entregaba una espada, no era porque la pagaras… sino porque pensaba que debías tenerla” Para Mikael, eso era como escuchar un mito en plena era moderna.
Y decidió que, si algún día tenía la oportunidad, encontraría a Querena… aunque fuera solo para comprobar si sus leyendas eran verdad.
—Crees en esas tonterías?
Al único al que podía contarle sobre eso era a Usnavy, porque entre ellos no existían los secretos, por más pequeños que eran… con ciertas excepciones.
—No es una tontería si tienes evidencias.
—Él mató a un Drum, cierto, pero nada asegura que haya sido con el arma que dice.
Todos estaban confundidos en ese momento.
—Dicen que el Alfa se escapó y que tenía mi edad… ¿es cierto?
Usnavy fue uno de los pocos que estuvo en el lugar del suceso y sobrevivió.
No iba como soldado, sino como sacerdote; le habían confiado la difícil misión de purificar a la Drum y fue testigo de la masacre provocada por un Alfa intruso.
—Era muy pequeña, sí.
Pero los Alfas no son humanos, son bestias.
Y hasta el más frágil de ellos puede ser mortal.
Mikael dejó de prestarle atención en ese instante.
El cuchillo en sus manos se volvió más interesante: comparaba su filo con el de Irisviel, su arma favorita.
—Azkeel no pensaba lo mismo —murmuró, con un dejo de ensoñación que no pretendía mostrar.
El suspiro de Usnavy fue denso, casi doloroso.
Hablar de Azkeel nunca era algo bueno, incluso solo en murmullos se sentía desagradable hablar de ese criminal que solo trajo vergüenza a la especie.
—Puedo confiar en que tú no te dejarás influenciar por sus palabras, ¿cierto?
Mikael le lanzó una mirada fugaz antes de volver a jugar con el cuchillo.
—Cierto.
—Bien.
Su tutor regresó a sus tareas, sin sospechar que Mikael ya estaba muy adentrado en el peligroso mundo de los Alfas… quizás más que el propio Azkeel lo estuvo en su tiempo, antes de volverse loco.
— ¿Cuántos meses vamos a cumplir?
—se preguntó a sí misma, evocando unos cálidos ojos marrones en un rostro tímido e inseguro—.
Cuatro… con este van a ser cuatro.
Y mientras se preparaba para irse a esa misión con la quinta legión, recordó que existe una persona que puede aclarar esas dudas en un santiamén.
Por eso tomó su teléfono y comenzó a escribir antes de que Usnaby la atrapara.
“ Sí, lo fue ” Esas palabras llegaron a su teléfono a altas horas de la madrugada, cuando no había maestros, ni vigilantes que pudieron arrebatarle el aparato e inspeccionar sus mensajes.
“Dicen que sigue vivo, pero muy viejo para seguir haciendo armas en masa” No solo estaba vivo, también seguía activo.
Así que Irisviel no era tan mentirosa como se creía.
Otro mensaje iluminó su teléfono y Mikael tuvo que ocultarse bajo las sábanas para que sus compañeros de cuarto no lo vieran.
“Vamos juntos a la Feria Xcaret, dicen que harán una presentación de sus armas” Mikael quiso bromear con él en ese instante: “¿Es una cita?” “Sí, quiero ir a una ¿no puedo?” Fue un mensaje corto y sincero.
Insípido, dirían algunos.
Una salida espontánea por el aburrimiento de esas vacaciones de verano, aun así, Mikael se removió en la cama como un niño al que acababan de darle un juguete nuevo.
Debía agradecerle a Querena y sus armas mágicas.
Ya tenía más ganas que antes de ir a esa feria.
Por eso, cuando regresó de su misión, esperaba ansiosa en la biblioteca por la respuesta del director, andaba de un lado a otro, sacando libros al azar, ojeando sus páginas y devolviéndolos a su lugar.
Tanto ir y venir comenzó a cantar a Nivael.
—¿Puedes sentarte de una vez?
eres una distracción —Debo estar al tanto de la respuesta del director.
En cualquier momento puedes llamarme.
—Le comentasteis tu solicitud apenas hoy, relájate.
El que necesitaba relajarse era Nivael.
Llevaba horas pegado a esos pergaminos, incapaz de interpretar el cántico 23.
Ese era el problema de la magia, no existe una traducción literal, cada persona la interpreta a su modo, calculadas en sus experiencias y creencias.
Mientras mayor sea el nivel de sabiduría emocional que el usuario posee, es más fácil interpretar los cánticos de su santa Leila ya Nivael aún le faltaba un largo camino por recorrer.
—¿Cuánto le toma a una persona tomar una decisión?
—Ignorante a los dolores de cabeza de su amigo, Mikael seguía hablando, mientras rodeaba la mesa llena de libros—.
No creo que tarde más de un día ¿cierto?
—Es un hombre ocupado.
—Fue lo único que respondió su compañero, mientras tachaba otra de sus traducciones.
— ¿Qué tan ocupado?
Si siempre está paseando.
No es tan difícil dar un sí ¿sabes?
Nivael soltó un suspiro de fastidio, hablar solo de lo mismo le iba a reventar una vena.
—Lo difícil es ubicarte con la cuarta legión ¿recuerdas la reputación que tienen?
por algo los novatos nunca los eligen.
Los tratan tan mal que nuestros compañeros tratan de evitarlos a toda costa.
—Sé que son una bola de raros.
—Son más que raro, Mikael.
Sus milagros son tan inútiles que sobreexplotan al Omega que muestra una pizca de talento.
Son la legión que más bajas tiene en el país cada año y muchos de sus integrantes terminan en el Tlan ¿quieres acabar en el Tlan?
De solo imaginarlo a Mikael le daba escalofríos.
Los Omegas de ese lugar practican la magia Ixya, una combinación de los códices de Leila con la vieja magia del continente.
Era aterrador, cada conjuro contamina un poco más su milagro y los acerca más al mundo espiritual, donde todas esas criaturas y espíritus malditos se encuentran y la fuerza Alfa es más poderosa que en el mundo terrestre.
Los Omegas del Tlan son locos que ceden su cordura a cambio de mayor poder, muchos de ellos son ejecutados por sus compañeros cuando el Ixya se apodera de ellos.
Omegas que eligen un Alfa para que los marca y usa su poder para combatir contra otros Alfas ¿Qué loco hace algo así?
—Obvio no quiero parar allá.
—Respondió Mikael, casi ofendida por la insinuación de su amigo—.
Creo que nadie lo desea.
—En eso tienes razón, quienes están en el Tlan es porque no tienen otra opción.
—Pero la gente los respeta.
—Contó, cruzándose de brazos.
—porque no saben que son esclavos de los Alfas.
Si supieran que están marcados dejarían de tener respeto.
A la iglesia le parece una locura, una completa falta de respeto a Zaihn y sus enseñanzas.
A los Alfas les parece una burla ¿ser de un Alfa para arrestar a otro Alfa?
Era como decir que los Omegas por sí solos no son suficientes.
—Lo que sea, no es que quiera formar parte de la cuarta legión, solo quiero ir a la feria Xcaret.
—¿Y eso por qué?
Si nunca mostraste interés por las artesanías.
¿Cómo explicarle sobre Querena y sus armas mágicas?
Y que planeaba verlas en una cita.
Eso le provocaría a Nivael un ataque de histeria peor del que tuvo cuando Lunrav desertó.
—Dicen que tendrán armas muy geniales, es todo ¿no puedo darme ese lujo?
—Lo que digas.
Nivael se rindió con ella, prefería seguir luchando con las interpretaciones de los cantos para entender lo que su amigo pensaba.
❯────────────────❮ Salieron de la sala con el paso pesado de quien acaba de atravesar un campo minado.
El pasillo olía a piedra húmeda ya humo escondido en las rendijas; por la ventana se veían las tejas aún brillando por la lluvia que se retiraba.
Ares caminaba delante, en silencio.
Kon lo siguió a unos pasos, encorvado y con la gorra mal puesta.
Cuando estaba lo bastante lejos como para que las miradas ni los oídos los alcanzaran, Ares se detuvo y miró a su hijo con esa calma que siempre venía antes de las palabras duras.
— ¿Por qué no aceptas el compromiso?
—Fue directo al grano.
Kon alzó la vista y soltó, sin tacto: —¿Estás loco, viejo?
¿Viste que era una niña?
Eso es ilegal.
Además… ya tengo novia.
Ares presionó la comisura de los labios; en su mirada hubo sorpresa y algo parecido a un alivio.
No esperaba menos de su hijo, pero eso no borraba el hecho de que rechazaron una propuesta que podía poner fin a la guerra.
—No te lo tomes a la ligera —dijo con la voz grave—.
No es solo un matrimonio.
Es una unión política pensada para frenar la guerra.
Les interesa más la paz que la moralidad.
Kon bufó, recorriéndose la frente con la manga.
—Hay mejores formas de acabarla.
Siempre las hay.
Ellos solo quieren lo que les conviene, como siempre.
Y yo no voy a pagar con mi libertad por sus errores.
Ares clavó los ojos en su hijo, y por un instante el corazón del jefe se resquebrajó en algo paternal.
—Lo sé —musitó—.
Lo sé y lo entiendo.
Pero la realidad es más fea de lo que nos gustaría admitir.
Kon lo miró, esperando una defensa o una excusa.
En lugar de eso, Ares perdió la mirada en el pasillo y le recordó como fue que todo empezó: —Empezó hace dieciséis años.
El rey Callix ordenó secuestrar a nuestro hermano —Ares no dijo «a ti», pero la palabra flotó—, un acto que no se olvida.
Luego vinieron las acusaciones contra mí en el juicio de Azkeel St.
Croix; Nos culparon de manipular a un Omega que mató a inocentes.
Eso subió las cosas.
Azkeel fue encerrado, juraron venganza.
Desde entonces hemos intercambiado golpes: pueblos destruidos, familias rotas.
Perdimos a tu tía, perdimos ciudades.
Tú madre… No estuve para tu madre en su último momento.
La voz de Ares se tensó; No quería contar, pero sabía que Kon tenía derecho a saber.
—Skaluph no solo nos declaró la guerra por patrimonios; El rey loco y su consejo vieron en nuestras tragedias razón para perseguirnos.
Nos quitaron gente, nos empujaron a luchar por todo lo que quedaba.
Y los Kappa —hizo un gesto con la mano, como barriendo viejas sombras—, fueron los primeros en caer y los Elfos fueron contratados por Skaluph; Todo se mezcló en una tormenta que no ha dado tregua.
Kon escuchaba, masticando cada frase.
Había en su rostro una mezcla de hartazgo y comprensión que le hacía parecer más viejo de lo que era.
—Así que ellos matan, nosotros respondemos —dijo al fin—.
¿Y ahora quieren que yo sea la garantía de que todo eso se detenga?
Ares se permitió una media sonrisa, amarga.
—No pedí que fueras tú.
Nunca te haría eso.
Pero la corona está desesperada; Calipso propone esto para ganar tiempo y volver a organizarse.
Te lo ofrecen como prueba de buena fe, pero yo tampoco confío en sus palabras.
Sin embargo, también quiero terminar con esto.
Kon clavó la mirada en el suelo, las palabras le salieron cortadas.
—Pues que busquen otra prueba.
Que devuelvan a los nuestros, que liberen a los presos, que dejen de bombardear aldeas… Hay formas de negociar que no implican humillar a una niña ni vender a nadie.
Ares ascendiendo, tan orgulloso como cansado.
—Eso pedí antes —replicó— Pero si aceptan estas condiciones, tendremos que acordar ciertos límites; por ejemplo, un trecho neutral más al norte, con Ashvord como garantía.
No todo se logra en una sola noche.
Kon resopló, una mezcla de rabia y desafío: —Entonces que lo firmen entre ellos, no conmigo.
Ares lo miró largo, leyendo la voluntad del muchacho.
Luego, más bajo, casi sin ruido, dijo: —No te obligaré a cosas que no quieres hacer.
Si te traje conmigo es para que conozcas más sobre el tema que azota a nuestra especie.
Trataré de acabarlo lo más pronto posible, pero, si no pasa… —No pienso venderme.
—¡Qué necio!
¿Cuándo dije eso?
—Ares tuvo que contar hasta diez internamente para no levantar la voz de más—.
Me refiero a que si llego a morir la responsabilidad pasará a ti.
—No lo acepto.
—No se trata de aceptarlo o no.
Es algo que está decidido desde que naciste.
—Dijiste que no me obligarías a nada.
—Kon casi azota el pie con fuerza ante su acusación.
—No seré yo quien te obliga, los Alfas voltearan hacia ti por inercia cuando no esté, esperando que ocupes mi lugar y, si muestras debilidad, te comerán vivo ¿quieres pasar por eso?
Kon guardó silencio.
Que fastidio era cuando no tenías una respuesta para contraatacar, menos en esas situaciones tan complicadas.
Era en esos momentos cuando se preguntaba porque nació en esa familia, con esa sangre.
Luego algo lo asaltó, una emoción infantil, una necesidad de fastidiar al adulto frente a él.
Se negaba a ser el único que tendría que masticar el sabor de la derrota.
—Tengo una cita.
—Informe, con más confianza que antes—.
Y será aquí, en San Simón.
No podemos irnos hasta que la vea.
Ares se detuvo en seco solo para mirar ese rostro que pensaba que podía comerse al mundo.
Le recordaba a cuando él era joven y se quedaba sin ideas para defender su punto.
Por eso no pensaba seguirle el juego.
—¿Tu novia está aquí?
—Sí, y no la he visto en todas las vacaciones.
—Aseguró, cruzándose de brazos—.
No me iré hasta verla.
Ares solo se encogió de hombros, aceptando sus palabras.
—Iba a proponer lo mismo.
—¿Disculpa?
—Tengo una casa por estos rumbos, pertenece a tu tía ¿por qué no nos quedamos el resto de las vacaciones en San Simón y te das el tiempo de conocer a la princesa?
Ese tono burlón hizo rojecer a Kon de la ira.
De nuevo se estaba burlando de él.
—¡Yo no pedí eso!
—¿Ah no?
pero si acabas de decir que quieres volver a ver a tu novia.
—¡Un día!
Yo pedí un día.
Pero Ares finge que no escuchaba, ya estaba pensando como decirle a Thea que fuera con ellos a pasar las vacaciones, porque no hay nadie que cocine tan bien como ella.
—Recuérdame decirle que nos llame por nuestros nombres reales cuando estemos por aquí.
Kon tuvo que correr para alcanzar sus pasos, ignorando sus palabras y sin dejar de quejarse por lo tramposo que era.
❯────────────────❮ El norte de Xictli podía presumir de mejor tecnología, mejores universidades y una calidad de vida envidiable para un país que apenas había salido de la guerra hacía tres años.
Pero había algo en lo que jamás le ganarían al sur: la comida.
Caelan lo sabía por experiencia.
Había visitado el norte dos veces en su vida y siempre regresaba con la misma certeza: el sur era un maestro culinario.
Etzalhuatl, en especial, era un paraíso para el paladar; cada municipio ofrece un platillo distinto y memorable.
Hasta una simple sopa, preparada al estilo de los vientos, podía ser un banquete.
Para su desgracia, no tenía dinero para ir a Etzalhuatl… ni a ninguna otra parte.
La vieja Erika le había vaciado los bolsillos en cuanto volvió al cabaret y, después, lo había echado sin miramientos por incumplir un trato.
Sin opciones, tuvo que aceptar trabajos ocasionales: mandadero, recadero, cualquier encargo que apareciera… o casi cualquiera.
—Come más despacio —le aconsejó Kimberly, una de sus antiguas compañeras del cabaret.
Al menos su atractivo tenía ventajas.
Varias chicas le invitaban a comer al final del día, y así se ahorraba gastar en restaurantes.
Eso sí, siempre a espaldas de Erika, que era tan tacaña que no toleraría ni ese pequeño lujo.
— ¿No quieres más?
—preguntó Nora, otra excompañera, empujándole un plato—.
Aprovecha ahora que no está la jefa para comer todo lo que quieras.
—Y luego puedes elegir a una de las dos para relajarte —añadió, con una sonrisa pícara.
Caelan ignoró a los coqueteos.
Estaba concentrado en terminar su ternero.
Las mujeres lo habían sacrificado esa misma mañana y él no pensaba dejar que su muerte fuera en vano.
—La única mujer que me interesa es Isaura —dijo, sin apartar los ojos del plato.
Las dos hicieron una mueca de fastidio.
—Ella ya es muy vieja para ti, y no le interesas.
—No tengo que interesarle —replicó—.
Solo convencerla de pelear conmigo con todas sus fuerzas.
Esa era la verdadera razón por la que seguía atrapado en aquella ciudad sin más atractivo que sus cerros.
Isaura le debía una pelea, y él no se marcharía sin obtenerla.
El problema era que no la había visto desde el día que regresaron de la capital.
Pensó que el viaje los había vuelto amigos, pero al final tendría que empezar de nuevo y cazarla otra vez.
— ¿Tú solo piensas en peleas?
—Hay otras formas de divertirse, guapo.
No respondí hasta vaciar la jarra de agua de pepino.
Nada mejor para ese calor sofocante.
—Soy harina de un solo costal —dijo con una seriedad que no correspondía a la ligereza de la charla.
Las mujeres se miraron, sorprendidas.
—¿Tienes una mujer?
—No… pero algún día tendré una —respondió, encogiéndose de hombros—.
Supongo.
La conversación se cortó en seco cuando Deirdre entró sin llamar, cargando una bandeja para recoger los platos sucios.
La expresión que le dedicó al ver a ese Alfa otra vez en los aposentos decía más de lo que sus labios, por respeto o por edad, podían pronunciar.
— Debería avisarle a madame que una peste se ha colado —dijo con un filo de desdén.
—No seas aguafiestas, Deirdre —Nora fue la primera en replicar, acomodándose en la silla—.
Estamos pagando por los platillos, no tienes por qué quejarte.
—Solo no quiero que madame me golpee a mí también cuando las descubra.
Le arrebató un plato a medio terminar, dejando que un poco de caldo se derramara a propósito sobre el mantel.
Caelan, lejos de molestarse, le dedicó una sonrisa que parecía más un guiño de conspiración.
—¿Cómo está tu melliza?
—No te acerques a Naois —cortó él, con la voz seca.
Antes de poder retirarse, una mano firme le detuvo el paso.
Se giró, y ahí estaba otra vez esa sonrisa descarada.
—Te traje un regalo.
Del interior de su bolsa de tela, Caelan sacó un trébol de cuatro hojas, tan verde que no parecía pertenecer al invierno.
—Dicen que da buena suerte.
Su primer impulso fue lanzarlo de vuelta a la cara.
Tal vez era basura, o algo envenenado.
Aun así, lo tomó.
— ¿Qué es esto?
—preguntó Deirdre, molesto.
—Los tréboles de 4 hojas dan buena suerte ¿no sabías?
—¿Y dónde lo conseguiste?
El Alfa volvio a sonreir, de un modo más descartado y Deirdre se dio cuenta de su error.
Antes de que Caelan se pusiera a hablar como perico guardó el trébol en su bolsillo y se apresuró a salir.
Detrás, alcanzó a oír cómo Nora preguntaba, divertida: —Te gustan los chicos o qué?
—No es eso —replicó Caelan—.
Solo creo que la necesita más que yo.
Me han dicho que la carrera de medicina es dura.
Aquellas palabras le picaron el orgullo.
No necesitaba la ayuda de nadie.
Él y su hermana siempre habían salido adelante por su cuenta, con madame como única excepción.
Iba tan metido en sus pensamientos que no vio con quién se cruzaba hasta que el choque le hizo perder el equilibrio y caer sentado en el suelo.
Por suerte, lo único que llevaba en el bolsillo era el trébol.
—¿Estás bien?
La voz venía de un joven que le ofrecía la mano.
Olía bien, y su aspecto era aún mejor.
Deirdre no recordaba haber visto a alguien tan atractivo, lo que explicaba que su respuesta saliera atropellada.
-¡Si!
Discúlpeme…debí fijarme.
—No tienes por qué preocuparte.
Soy Gustavo —dijo él, con una media sonrisa—.
¿Y tú, cómo te llamas?
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