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La canción del dragón - Capítulo 49

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  4. Capítulo 49 - 49 El accidente en la feria
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49: El accidente en la feria 49: El accidente en la feria El director había dado luz verde a su pedido de unirse al sector 4, como parte de la guardia VIP de algunos invitados.

Aunque había tenido que madrugar y cargar desde temprano con todos los informes que los soldados de ese grupo no pudieron entregar toda esa semana.

Mikael no se quejaba: su puesto en la feria era una oportunidad para demostrar que, aunque joven, podía trabajar con disciplina y cumplir las expectativas de la Basílica a la vez que tenía esa cita.

El primer día, el calor era insoportable.

El aire estaba tan pesado que parecía pegarse a la piel, y hasta los adoquines de la plaza central reflejaban un brillo enceguecedor.

Algunos artesanos habían improvisado toldos de palma y manta para cubrir sus puestos, pero el aroma de la comida, la arcilla y el carbón que hacía arder las brasas se mezclaba con el sudor de la multitud.

San Simón, durante la feria, era un mosaico de colores y sonidos.

Los cinco días de festejo atraían a artesanos de todas las regiones: había talladores de madera de la sierra, tejedores que colgaban rebozos con hilos tan finos que parecían bordados con luz, alfareros que ofrecían vasijas pintadas con animales míticos, hamacas, wixárika, pinturas, joyeria y músicos que afinaban guitarras y violines entre carcajadas.

Las voces de los vendedores pregonando su mercancía competían con el golpe de los martillos, el crujir del cuero curtido y los cantos improvisados ​​que subían desde las esquinas.

Mikael, con el uniforme impecable y el cabello atado, recorría la plaza con paso firme, tomando nota de los permisos, verificando que cada puesto tuviera espacio suficiente y que las rutas de seguridad quedarán despejadas.

Saludaba a los ancianos artesanos con un gesto respetuoso y se agachaba a conversar con los niños que ayudaban en los talleres, siempre con una sonrisa breve pero sincera.

Le tocó la labor más difícil, con la excusa de que aún era un novato y no podía confiarle la seguridad de los inversionistas que fueron en busca de nuevo talento.

Por supuesto que hicieron oídos sordos a su reciente misión de escoltar a la princesa hasta la capital y ella tampoco insistió, mientras más lejos estuviera de los ojos, mejor.

A pesar del calor, no redujo el ritmo ni se refugió en la sombra.

Sabía que su presencia constante —de pie, atenta, sin distracciones— hablaba más que cualquier palabra sobre su compromiso.

Cada vez que algún oficial intentaba relavarla, él negaba con un gesto: “ Todavía no hemos terminado ”, decía, y seguía caminando entre el bullicio como si el sudor que le empapaba la nuca no existiera.

Aun así, había algo raro en ese calor.

En San Simón se acostumbraba a un calor más seco, de ese que quemaba tu piel como si estuvieran en el fuego, pero con vientos fríos que te hacen tiritar y todo por culpa del desierto que los rodeaba.

Xictli no es un país sobrepoblado, aún había mucha vegetación y zonas sin explorar por estar protegidos por la ley o por ser territorio directo de los Alfas.

El calor de ese día, sin embargo, le recordaba bastante al de Matusalem, incluso juraba oler la brisa de una playa que no existía.

Pronto, el calor se espeso cuando el sol empezó a ocultarse tras las torres de madera de la feria.

Los cinco días de celebración habían reunido a los mejores artesanos de la región, y la ciudad hervía con el ruido de martillos, campanas, tambores y carcajadas.

Las mesas rebosaban de armas recién templadas, piezas de cerámica vidriada, joyas finas y perfumes concentrados que mareaban al pasar.

Los niños corrían con serpentinas en las manos, y el aire traía el aroma dulce del maíz tostado mezclado con el amargor del café fuerte.

Mikael había cumplido su trabajo sin una sola queja.

Desde la madrugada había escoltado a los maestros herreros hasta sus puestos, vigilado los accesorios, calmado a clientes impacientes y cargado cajas pesadas cuando hacía falta.

Si alguno de sus superiores lo miraba ahora, vería a un guardia ejemplar, recto y sin distracciones.

Pero en el fondo, cada tarea cumplida era solo un paso más hacia el momento que esperaba.

Sabía que a esa hora Kon llegaría.

Entre los guardias apostados, Mikael se inclinó discretamente hacia el supervisor, con voz disciplinada.

—Me ofrecí a hacer una última ronda por los pasillos centrales antes del cambio de turno.

Algunos civiles siguen merodeando los talleres, quiero asegurarme de que no haya intrusos —dijo con convicción, usando su tono más formal.

—Bien.

No tardes —respondió el superior, distraído revisando un mapa de puestos.

Mikael no tardó en escabullirse entre los toldos de tela, cruzando traseros de carpas y tomando un callejón donde ya tenía preparado lo necesario.

En una esquina de la zona de utilidad, Mikael revisó que nadie lo seguía antes de entrar.

El interior estaba tibio, lleno de olor a madera y tela guardada.

Se quitó la gorra y sacudió el cabello, que cayó suelto hasta los hombros antes de quedar atrapado en dos trenzas perfectamente simétricas.

El uniforme áspero quedó doblado sobre una silla, reemplazado por una falda ligera y una blusa color crema que dejaba ver el cuello con modestia estudiada.

Los lentes de marco grueso fueron el toque final.

Bajo el cristal, su mirada perdió el filo alerta del guardia y adoptó una timidez calculada.

La postura cambió; los hombros cedieron, la barbilla bajó apenas, y la respiración se volvió más pausada, casi frágil.

Lo último que quedaba era colocar el pasador que cambiaría su apariencia por completo y así lo hizo.

Lorena Mendoza respiró hondo y dejó que la feria la envolviera con su música y sus luces.

Nadie, ni siquiera él, Kon, adivinaría que unas horas antes la había visto vestida de uniforme y con la voz seca de un vigilante.

—Bien…

hoy, no soy un soldado, ni un Omega —susurró, ajustándose el cuello—.

Hoy soy solo una estudiante cualquiera.

Ella caminó hacia el punto de encuentro con pasos medidos, el perfume dulzón que ocultaba su olor de los enemigos, siguiendo su rastro.

En la plaza central, entre faroles encendidos y el murmullo de la multitud, él ya la esperaba Y así, salió del callejón como un suspiro entre la multitud, con un pequeño bolso tejido colgado del hombro y un pañuelo amarillo atado a la muñeca.

Cada paso era una mezcla de gracia aprendida y deseo contenido.

Allí estaba él.

A unos metros, junto a la fuente del gremio de constructores, Kon esperaba con las manos en los bolsillos y la espalda apoyada en una columna.

Sus ojos marrones brillaban incluso con la luz tenue del atardecer, como si absorbieran todo el color.

Se veía más adulto que la última vez, tal vez por la expresión tranquila, o tal vez porque Lorena lo miraba con un hambre contenida por semanas.

Ella se acercó en silencio, con paso ligero.

—Perdón por la espera… ¿me extrañaste?

—dijo con una sonrisa ladeada.

Kon la reconoció de inmediato, y una luz suave iluminó su rostro.

Sin decir palabra, la abrazó por la cintura, inhalando un poco de ese olor que ya conocía y que tanta paz le traía.

—No tienes idea —murmuró él, enterrando el rostro en su cuello—.

Pensé que me iba a hacer esperar más.

—Me estaba asegurando de que valiera la pena —bromeó, dándole un beso fugaz en la mejilla, uno que casi no se atrevía a dar en su forma habitual.

Caminaron juntos, tomados de la mano como si fueran cualquier pareja de adolescentes sin nada que esconder.

Lorena lo guiaba con decisión, abriendo paso entre la gente, dirigiéndolo sin que él lo notara del todo hacia el ala este del recinto, donde las fragas de Querena comenzaban su última demostración del día.

—Quiero que veas algo —dijo ella, deteniéndose frente a una forja portátil donde un Alfa viejo martillaba una daga curva—.

Me contaron que este año trajeron acero de Basquiat.

Y no cualquiera… uno que se nosotros en los experimentos para las armas de vibración térmica.

Kon se inclinó, sorprendió, y sus ojos brillaron con genuino entusiasmo.

—¿Cómo sabes tú todas estas cosas?

—preguntó, divertido.

—Digamos que tengo mis contactos —respondió ella, acariciando su brazo con una risa cómplice.

Así estuve recorriendo cada vitrina, viendo una a una las piezas de la colección de aquel hombre.

Lorena le decía el nombre de cada arma y contaba la leyenda que la rodeaba, mientras Kon la escuchaba con la atención de un niño descubriendo un mundo nuevo.

—Entonces ¿estas armas son mágicas?

—preguntó, cuando terminaron de dar la vuelta.

—Eso se dice.

Vendría bien tener una, ¿no crees?

—No sé mucho de armas ni cuchillos, pero reconozco que son muy bonitas.

Me pregunto cuántas impurezas quedan en cada una.

El comentario provocó una carcajada ligera en Lorena.

—Las armas no tienen impurezas.

Lo primero que se hace al crear una espada o un cuchillo es quitárselas.

—Una impureza puesta en el lugar correcto es una virtud —citó su pareja, como quien recita una frase aprendida hace tiempo—.

Eso me lo dijeron hace mucho.

— ¿Quién te lo dijo?

—preguntó de pronto una voz vieja y cansada.

Kon se giró y encontró a un anciano de casi noventa años.

Pese a la edad, su cuerpo seguía fuerte; Los músculos de sus brazos eran más horribles que los del Alfa, forjados por décadas golpeando el metal.

El hombre no les miraba: estaba concentrado embarnizando el filo de un cuchillo.

—Un tío me lo dijo —respondió Kon, incómodo.

—Tío, ¿dices?

—murmuró el anciano, sin apartar la vista de su trabajo—.

¿De ojos azules?

No un azul cualquiera… más bien como fundidos de jade y lapislázuli.

Es un color raro, incluso entre extranjeros.

Kon vaciló.

—¿cómo sabe eso?

El hombre se encogió de hombros, descansando importancia a lo que dijo.

—No lo sabía, pero te has delatado.

—Él… es extranjero.

-¿Delaware?

—De… Skaluph.

—Tu tío tenia razón, mis armas más famosas están hechas con dos metales distintos, cada una con sus propias impurezas.

Lorena notó lo tenso que estaba.

No entendía por qué le costaba tanto responder… ¿había hecho su familia algo indebido?

No iba a dejar que la conversación se alargara.

—¿Es usted el señor Querena?

—intervino, cortando de raíz el interrogatorio.

-Si.

La emoción le iluminó el rostro.

—Soy una gran admiradora de su trabajo.

He estudió su técnica y observó sus armas… Dicen que tienen el mejor filo de todo Xictli, capaz de atravesar la piel de un Drum.

¿Cómo lo consigues?

El diálogo fluyó con naturalidad.

Lorena preguntó por el proceso de templado, por la elección del acero, por las runas grabadas en la empuñadura.

Querena respondía cada duda con la calma de quien reconoce interés genuino.

—¿Puedo?

—preguntó ella, señalando la espada apoyada junto a la mesa.

El herrero asentó.

Lorena la tomó con ambas manos y, en ese instante, Kon sintió un escalofrío.

No era por el metal frío, sino por el sonido: un zumbido grave, como si dos metales vibraran en distinta sintonía, resonando en lo profundo de la tierra.

Kon dio un paso atrás, incómoda, mirándola con recelo.

La chica, en cambio, parecía fascinada.

Sus ojos almendrados se habían perdido en el reflejo del acero, casi como si escuchara una melodía que él no podía oír.

—Lorena —la interrumpió con voz baja pero firme—, si no nos vamos ahora, llegaremos tarde a la exposición de Amate.

Ella parpadeó, rompiendo el trance, y devolvió la espada con un leve gesto de reverencia.

—Gracias, señor Querena.

Fue un honor.

El herrero inclinó la cabeza, y Kon aprovechó para guiarla de nuevo hacia el bullicio de la feria.

❯────────────────❮ Catalina alzó la voz por tercera vez, a punto de reventar de cólera: —¡Princesa Irina!

¡Salga de inmediato o juro por la Santa que avisaré a Su Majestad!

Las notas de su eco rebotaron por las bóvedas de la basílica, perdiéndose entre el incienso y los reflejos de las vidrieras.

Pero la pequeña Irina apenas contenía una risita, acurrucada detrás de una columna gruesa, tan inmóvil que parecía parte del mármol.

Esperó a que Catalina girara hacia el pasillo principal antes de salir corriendo, ligera, con los rizos desordenados y las sandalias repiqueteando contra el suelo.

Su destino no era el jardín ni las cocinas, sino el Omega que le había puesto ese horrible brazalete en la muñeca y limitados sus poderes.

Quería exigirle que se lo quitara.

O lo aplastaría.

Ahora que sabía que había conservado su fuerza podía amenazar cuanto quisiera.

Pero mientras buscaba el camino hacia las celdas donde solían estar los ayudantes del templo, algo llamó su atención: un pasillo lateral, oculto tras un tapiz polvoriento.

Nadie pasaba por ahí.

El aire que salía de él era más frío, como si viniera de otro tiempo.

Irina se mordió el labio.

El corazón le latía rápido, no por miedo, sino por esa emoción infantil del descubrimiento.

Apartó el tapiz con ambas manos y se deslizó dentro.

La penumbra la envolvió enseguida.

Las escaleras descendían en espiral, empedradas y húmedas.

Cada peldaño olía a moho, a hierro viejo… ya algo más: pólvora.

Ese aroma áspero le picó en la nariz y le trajo un recuerdo: los túneles del castillo de Skaluph, donde solía jugar a las escondidas con los sirvientes.

Por eso no tuvo miedo.

Se sintió casi en casa.

El problema fue que, cuanto más bajaba, más cambiaba el aire.

Dejó de parecer un sótano y empezó a sentirse como algo prohibido.

El murmullo de la basílica arriba se fue apagando, reemplazado por sonidos sordos: un golpe metálico, un suspiro largo, un gruñido… luego un chillido ahogado.

Irina se detuvo en seco.

La pared frente a ella tenía rendijas negras, y detrás se oían voces.

O lo que parecían voces.

Alguien lloraba.

Otro murmuraba palabras sin sentido.

En alguna celda, algo arrastraba las cadenas.

El pasillo entero parecía respirar.

Su paso se volvió lento, temeroso.

El suelo se sentía más blando, húmedo.

Las antorchas, cada vez más escasas.

Hasta que giró en una esquina y vio una puerta entreabierta.

Por esa rendija, un hilo de luz azul dibujaba un reflejo sobre el suelo.

Irina, impulsada por una mezcla de miedo y curiosidad, se acercó.

Espió adentro.

El director de la escuela estaba de rodillas.

Sus manos temblaban sobre un rosario ennegrecido.

Frente a él, había un altar improvisado: una mesa con libros viejos, una vela casi consumida y un cofre de madera abierto.

Dentro, descansaban varios tubos de cristal.

Uno de ellos, lleno de un líquido azul, brillaba con una luz suave, casi viva.

El hombre tomó el tubo con cuidado, como si fuera una reliquia sagrada.

Lo levantó a la altura de su pecho y murmuró: —Que las almas caídas encuentren redención… y que la pureza no se extinga con los cuerpos.

Luego, en silencio, apoyó los labios sobre el vidrio, besando el tubo como si besara una cruz.

Irina retrocedió instintivamente.

El frío del suelo le traspasó las rodillas.

No entendía lo que veía, pero sabía que no debía estar ahí.

El director alzó la cabeza un poco, como si hubiera sentido algo.

Irina se llevó la mano al pecho y contuvo la respiración.

El líquido dentro del tubo pareció brillar con más fuerza, proyectando reflejos azules que se movían como llamas en las paredes.

—…Por las víctimas de la guerra… por los que pagaron el precio del crimen —susurró el hombre, y apretó el tubo contra su corazón.

Irina dio un paso atrás, apenas un roce, pero el sonido del zapato sobre el suelo húmedo resonó como un trueno en su cabeza.

El director se giró de golpe.

Irina se pegó a la sombra y contuvo la respiración hasta sentir que le dolía el pecho.

Antes de que el hombre pudiera incorporarse y salir tras ella, la niña reptó entre los bancos y las estatuas, usando cada sombra como escondite hasta alcanzar la salida del salón.

Oyó cómo el hombre volvía a ponerse de rodillas y los murmullos de sus rezos continuaron, como una cortina que la separaba de aquello que no quería saber.

No le importaba.

No quería saber.

Una vez fuera, se lanzó en dirección a la salida de la basílica, convencida de que ya había visto suficiente.

Pero los pasillos parecían repetirse como un puzzle mal hecho: cada giro la devolvía al mismo cruce.

Si iba al norte salía por el este; si tomaba el oeste terminaba en el norte; el sur la regresaba al este.

No había línea recta que valiera.

—Creo que me perdí —murmuró, con más irritación que miedo.

Los quejidos detrás de las puertas seguían igual de ininteligibles.

No había guardia que la guiara; una princesa perdida no podía pasar desapercibida por mucho tiempo, lo sabía, pero de momento nadie la buscaba.

Así que se obligó a mantener la calma y a observar con los ojos bien abiertos.

Llegó a otra puerta entreabierta de la que salía un murmullo extraño.

El susto del director aún latía en su garganta, pero la curiosidad la empujó.

Empujó la hoja con cuidado y vio lo que no esperaba: el chico culpable del brazalete estaba ahí, en medio de un salón lleno de libros.

De pie, inmóvil, dentro de un círculo dibujado en el suelo que encerraba peces, cuernos, un vaso con agua y líneas que se entrecruzaban sin sentido aparente.

Irina no supo si aquello era un truco o un rito, y tampoco le importó demasiado.

Era ahora o nunca.

Abrió la puerta de golpe y entró con todo el furor de una tormenta pequeña.

Nivael quedó a medio cántico; el círculo comenzó a vibrar y a brillar en tonos azul y verde, como si la casa misma respirara un color nuevo que rechazaba la luz normal.

—¡Tú!

—lo señaló con el dedo—.

¡Quítame este brazalete ahora, o te volaré la cabeza!

Para demostrar que no hablaba en broma, golpeó la mesa que estaba a su lado y la partió por la mitad con una sola mano.

Con una patada levantó la otra mitad y la arrojó contra un estante; los libros volaron, la madera quedó incrustada en la pared y el polvo se levantó en una nube.

Nivael se quedó con la mandíbula a punto de caer; se preguntó si de verdad era una Omega o la familia real los había engañado.

Al no moverse lo suficiente, Irina dio un paso más, la impaciencia burbujeándole en la voz.

—¿Qué haces ahí metido?

—insistió—.

¡Quita esa horrible porquería!

Nivael, por fin, trató de detenerla, la voz aguda por el miedo.

—¡Princesa, no!

Pero las palabras no bastaron.

Irina apoyó el pie sobre la inscripción del círculo sin pensarlo, como quien borra una mancha en el suelo, y en cuanto su suela tocó las líneas una onda de energía explotó hacia fuera.

La luz la envolvió y un golpe la lanzó contra la pared opuesta; Nivael fue arrojado en sentido contrario, cayendo entre los libros con los ojos desorbitados.

❯────────────────❮ La feria seguía viva a pesar de que el cielo comenzaba a pintarse con el tono violeta del anochecer.

Entre los puestos iluminados con faroles de aceite y el bullicio de voces, Kon caminaba junto a Lorena, todavía intrigado por su interés en el taller del señor Querena.

La muchacha iba en silencio, aunque su mirada parecía viajar lejos, como si aún pudiera escuchar el zumbido profundo de la espada.

Sus dedos se rozaban, y aunque Kon atribuía ese gesto a un juego tímido, en realidad era Lorena intentando disipar un escalofrío que no le había abandonado.

—Ese sonido… —murmuró ella, apenas audible entre el ruido de la feria—.

Estoy segura de que lo he escuchado antes.

Kon levantó una ceja.

—¿Dónde?

Lorena tardó en responder, como si pesara sus palabras.

—En realidad, me lo contaron —Lorena apretó el paso, como si la imagen que tenía en la mente la persiguiera—.

Dice que vio unas llamas… una iglesia ardiendo.

Y… unos ojos azules, brillando en la oscuridad.

—Tragó saliva, y su voz bajó un tono—.

¿Conoces la leyenda de los Krathgor?

Kon negó con la cabeza.

—No.

Ella sonrió apenas, un gesto leve, pero sus ojos mantenían esa luz inquieta que parecía clavarse en lo que no estaba allí.

❯────────────────❮ Ese golpe los había dejado desorientados, la cabeza aún le palpitaba a Nivael cuando apartó los libros que le cayeron encima.

—¿Qué fue eso?

—murmuró, llevándose la mano a la nariz.

Del círculo no solo salió la onda de energía: también se filtró una silueta irregular, hecha de humo y hueso.

Irina, todavía en el suelo, la vio retorcerse, escurrirse por los bordes del sello y, de pronto, tomar forma tangible.

Un olor metálico llenó el aire.

Una gota de sangre cayó desde su frente, y la criatura, apenas percibiéndola, giró la cabeza como un perro olfatando el aire.

El sonido que se emitió no fue un rugido, sino un suspiro húmedo, lleno de hambre.

—No… no puede ser —susurró Nivael, empalideciendo—.

¡Ahnkal!

El chico fue el primero en reaccionar.

Tambaleante, se puso de pie y corrió tras la sombra antes de que alcanzara las escaleras del calabozo.

Irina, aún aturdida, quedó sola en el cuarto destruido.

Y, como cualquier niña que intenta justificarse ante el desastre, culpó al brazalete.

—Todo esto es por tu culpa —masculló, sacudiendo la mano.

Fue entonces que notó un montón de libretas abiertas sobre el escritorio de Nivael.

En la primera página, las letras del hechizo que recordaba vagamente del día anterior: “Cuarto rey de los ángeles, creador de la vida, amante de todas las cosas existentes, presta tu poder y conten al rebelde, atrapa al fuego ¡Obedece mi voluntad!” Lo leyó en voz alta sin pensar.

Un destello recorrió su muñeca.

El brazalete se agrietó y estalló en fragmentos dorados.

Irina abrió los ojos, sonriendo con una maliciante triunfante y levantó la mano.

Las llamas regresaron, vivas, obedientes.

—Mucho mejor —murmuró—.

Ahora sí.

Y salió corriendo, aunque los pasillos seguían confundiéndola.

Cada esquina era la misma, y ​​su frustración crecía hasta el punto de casi lanzar fuego solo para abrirse camino.

Hasta que algo cruzó frente a ella: una sombra delgada, rápida, que dejaba un rastro de vapor azul.

—Ah, con que ahí estás —dijo con una sonrisa feroz.

Nivael pasó corriendo detrás, desesperado.

—¡No te acerques!

¡No sabes lo que haces!

Pero Irina no escuchó.

La bestia subió por los pasillos hasta la entrada del sótano.

Nivael tropezó en los últimos escalones, mientras la princesa se adelantaba, encendida en emoción y fuego.

—¡Yo lo atrapo!

—gritó—.

¡Lo haré por ti, inútil!

La criatura escapó por un arco lateral, e Irina extendió la mano.

—De acuerdo, Irina —dijo para sí misma—.

Arregla lo que arruinaste.

Lanzó una llamada.

Luego otra.

Y otra más.

El fuego rebotaba en las paredes de piedra, haciendo crujir los vitrales y retorciendo el aire.

Los conjuros de contención grabados en el suelo se estallaron.

El humo se acumuló como una nube viva.

Cada intento de atraparla solo hacía más daño.

El Ahnkal, acorralado, soltó un chillido que heló la sangre a todos los presentes.

Irina, frustrada, arrancó una de las columnas que sostenían el arco y la arrojó hacia la criatura.

El impacto fue tan brutal que el suelo se partió y la piedra se hundió varios metros.

El monstruo retrocedió, temblando.

Por un segundo, la miró con el vapor escapando de su grieta facial, como si la reconociera.

Y luego huyó.

Los soldados y monjes que estaban en el templo salieron corriendo, gritando órdenes que nadie obedecía.

Entre el caos, Nivael apareció cubierto de hollín, buscando a Irina con desesperación, en vano.

La princesa estaba detrás del Ahnkal, sin darse cuenta de que habían salido de la Basílica.

❯────────────────❮ Mientras caminaban, Lorena comenzó a contarle la leyenda de su país, con cierta nostalgia por recordar esas épocas.

—Los Krathgor son espíritus antiguos, guardianes de la venganza.

Los únicos demonios de ojos azules, que arden como brasas en la oscuridad del bosque.

—Se inclinó hacia él, como si compartiera algo prohibido—.

Dicen que, si les rezas, acudirán a tu llamado y te darán la fuerza para cumplir tu venganza… aunque siempre piden un alto precio en sacrificios.

Es un cuento popular en Skaluph.

Konió frunció el ceño.

Una sombra pasó por su mirada, un rechazo a alguien que no deseaba saber sobre eso.

—Suena a historia para asustar niños —dijo, cortante.

Lorena, sin notarlo, siguió hablando con esa voz baja y cálida.

—La gente de Skaluph jura que hace unos años apareció dos Krathgor en el país y acabaron con cientos de inocentes.

¿No es una locura?

—Delirio colectivo —respondió él, encogiéndose de hombros—.

O una historia inventada para tapar la verdad.

Muchas leyendas nacen así… como el chupacabras.

—Dijiste que tienes un tío en Skaluph ¿Alguna vez le has preguntado sobre eso?

Entonces, la miró.

No fue un simple gesto: por un segundo, Lorena sintió como si algo invisible y frío le rodeara la garganta, impidiéndole pronunciar otra palabra.

En esa mirada había un solo mensaje, nítido y pesado como plomo: silencio.

Fue tan rápido que no estaba segura de sí lo había imaginado.

Al instante, la presión desapareció, y Kon siguió caminando como si nada, hasta que llegaron al área de los amate.

Mikael, incómodo y con la certeza de haber tocado un tema prohibido, estuvo a punto de disculparse cuando él la empujó de un costado.

El golpe fue tan seco que la hizo tambalear, y eso que tenía entrenamiento militar.

Apenas logró recuperar el equilibrio cuando una figura deforme cruzó la calle a toda velocidad, perseguida por una cadena de explosiones.

Pasó tan cerca que se llevó a Kon por delante.

—¡Kon!

—¡A un lado!

A su lado, una chica de cabello rojo pasó corriendo, con ambas manos envueltas en fuego.

Mikael apenas pudo reaccionar antes de que ambos —la bestia y la pelirroja— desaparecieran entre los edificios, esquivando los autos por puro milagro.

Mikael reconoció de inmediato esa cabellera roja, todos los problemas se habían acumulado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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