La canción del dragón - Capítulo 5
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5: Una invitación especial 5: Una invitación especial —¿Quieres ir a cenar a mi casa?— Lorena lo invitó de imprevisto, con su voz temblando por los nervios.
A Kon casi se le cayó el libro en el que estaba tan concentrado.
Pensaba que Lorena jamás lo invitaría a reuniones en su casa, o que se relacionase con su familia.
En especial considerando lo que pasó recientemente.
Llevaban sólo unos días desde que volvieron.
Cuando se recuperó de la sorpresa, lo primero que preguntó fue: — ¿No dijiste que eran demasiado conservadores para verme?
Lo había dejado muy en claro cuando comenzó a salir, lo había dicho sin querer, con esa voz suave que usaba cuando quería parecer razonable: ” No puedo presentarte a mis padres, Kon…
ellos son devotos.
No entenderían, tu apariencia ” Y por apariencia, se refería a su piel que era un recordatorio constante de su linaje.
No morena como la que a veces celebraban en comerciales o libros de historia, no esa que brillaba bajo el sol con orgullo o que inspira poemas.
La suya era de otro tipo: más áspera, más apagada.
Como tierra seca tras una tormenta de cenizas.
No tenía el dorado cálido del mestizaje bendecido, sino ese matiz oscuro, opaco, que arrastraba una historia que todos preferían olvidar.
El tono de los antiguos —de los que trepaban montañas y miraban a los dioses a los ojos—, pero sin el respeto que merecían.
Solo quedaba el prejuicio, el miedo.
Los ojos de Lorena decayeron, y en su falda comenzó a hacer remolinos con sus pulgares.
Kon ya conocía ese gesto.
Era su forma de expresar remordimiento.
—Cambia de opinión.
Esas palabras no fueron suficientes para él.
— ¿Qué harás si se enojan?
No quería ser grosero, solo precavido.
Todo lo que había dicho antes de su familia y todo el prejuicio que rondaba incluso en Xictli, le enseñó que nunca debía aceptar invitaciones a la primera.
A menos que deseara ser quemado por quien descubriera que era Alfa.
Incluso los maestros lo veían como una alerta.
Una advertencia de que algo estaba mal.
Que debajo de esa piel había sangre Alfa, de la peligrosa.
Y sus ojos…
ni siquiera los pupilentes pudieron esconder ese color entre azul y verde.
Un color que parecía estar esperando el momento de inundarlo todo.
Para su sorpresa, Lorena no se molestó con su comentario.
Seguía manteniendo las manos en la cintura, atenta a todas sus preocupaciones, y soltó con cierto cinismo que sus padres no eran quienes para reclamarlo.
—Tú confía en mí, no van a sacarte de ahí.
La sonrisa que le dirigió mostró sus dientes blancos y arrugó sus pecas que salpicaban todo su rostro.
Las mejillas se le colorearon al ver esa expresión, sonriendo así le recordaba mucho a Sarah.
Cerró el libro de golpe, provocando un ruido seco.
Estaba colorado hasta las orejas.
Esa comparación le había dejado un mal sabor de boca.
—Está bien—.
Dijo, con la mirada fija al suelo.
Ellas no se parecían, ni en cuerpo, ni en mente.
Lorena si tenía clase, era recatada, amable y devota.
Su bonito cabello negro brillaba con mayor intensidad gracias a esas trenzas, y su piel rosada solo aumentaba su apariencia devota que recordaba a la monotonía del día al día.
Lorena era una brisa fresca en medio de un calor abrasador.
No como una tormenta que arrasa con todo y te deja sangrando en el suelo.
Compararlas era un sacrilegio.
Ajena al desastre en su mente, Lorena le dio la dirección de su casa, mientras tarareaba una canción de ABBA, su banda favorita.
Kon creía recordar que Sarah una vez estaba escuchando un tema musical de la misma banda, pero en una versión con guitarra eléctrica y gritos masculinos.
—No llegues tarde—.
Lorena lo decía con una sonrisa, pero era una advertencia.
—No lo haré.
Se forzó a concentrarse, porque la cena sería al día siguiente y debía planear cómo presentarse.
Por eso sacó de su cabeza cualquier otro pensamiento tonto… aunque sabía que no iba a ser tan fácil.
❯────────────────❮ Lorena le dijo que la cena sería a las 7, e iba a contarle a sus padres sobre él antes de que llegara, para evitarle problemas.
Kon se preparó lo mejor que pudo, buscó entre su ropa aquella que lo haría ver más decente y peinó su cabello de modo que emanara un aura de buen chico.
No deseaba verse como un perdedor, solo debía impresionarlos lo suficiente para que se olviden de su apariencia.
Los años de estudio servirían para algo, si les mostraban a esa gente que era alguien culto se ganaría su simpatía.
Se despidió de su padre con prisa y salió a pasos apresurados a la calle.
No deseaba llegar tarde.
—Kon—.
La voz de Rice lo detuvo en seco.
Se encontraron cuando estaba a una cuadra de llegar con Lorena.
—A ¿dónde vas?
“ ¿Y a ti que te importa?
” Pensó Kon, con irritación.
Él y el resto de sus compañeros estaban reunidos en un restaurante de comidas tradicionales, festejando haber pasado a la fase nacional del concurso.
Ellos decían que, con Rice representándolos, ganarían el premio nacional.
A Kon nada de eso le interesaba.
La ciencia no era su fuerte y no quería hablar con gente que solo se la pasaba besando los pies a Rice.
—Tengo una cita—.
Respondió, de mala gana.
—¿Con Lorena?
La sonrisa de Rice era tan hermosa que le provocó un estremecimiento, y no del bueno.
—Sí, ¿por qué?
—Pensé que podía invitarte a unirte a nosotros.
—¿Por qué lo haría?
No participe en el concurso.
Sabía que estaba siendo muy cortante.
Quien los escuchara lo llamaría malagradecido, porque Rice no le dio ninguna razón para que lo tratara de ese modo, pero debía ser así para dejarle en claro las cosas.
—Cierto—.
La sonrisa de Rice no se movió, accionaba tan feliz como un niño al lado de su héroe favorito.
—Pero a nadie le molestaría tenerte con nosotros, algún otro día.
Ambos sabían que eso no era cierto.
Su salón pensaba en Kon como un amargado que arruinaba el buen ambiente.
Era tan torpe para convivir que nadie, aparte de su viejo amigo, lo invitaba a los eventos y fiestas.
A Rice eso le importaba un carajo.
Podían odiarlo todos los de la tienda y él seguiría insistiendo en comer juntos, solo para tener un momento con él.
Kon odiaba cuando intentaba hacer eso, la gente malinterpretaría su relación, y no quería volver a pelearse con Lorena por culpa de rumores que contarán como Rice trataba de darle de comer, o se pegara como garrapata al estar borracho.
—Se me hace tarde, voy a ver a Lorena.
No espero a despedirse para darle la espalda y seguir su camino.
Había perdido preciados minutos por su culpa.
—¡Oye!—.
Sintió los dedos de un cuerpo ajeno tirar de él con suavidad.
Una voz rasposa y cansada fue quien le habló.
¿vas por esa dirección?
Yo igual.
Era su compañero de salón, Cristofer Díaz, estaba en el equipo de Rice y era el segundo más popular entre sus compañeros de clase.
No sabía porque le estaba hablando tan amablemente, si siempre actuaba como si no existiera.
—Traigo prisa—.
Respondió Kon, tratando de sonar lo más indiferente posible.
—No te voy a detener.
Yo también voy a casa, por eso te pregunto ¿vas a la calle Río Balsas?
—¿Cómo sabes?
—Es la única calle de este camino, y nunca antes te había visto por aquí.
¿Es acaso una novia?
A Kon le impresionó lo deductivo que era.
Siempre actuaba como un holgazán, jamás cumplía con los trabajos, dormía en clase y escapaba cada que podía.
Los profesores lo odiaban porque pasaban todos los exámenes, volviendo imposible el reprobarlo.
—Sí, voy a visitar a sus padres—.
Su voz fue bajando cada vez más, como si le avergonzara que alguien más supiera de su relación.
—Genial, buena suerte—.
Cristofer no notó su incomodidad.
— ¿Vamos juntos?
Es peligroso andar solo a estas horas.
—Como quieras.
Ninguno noto la mirada sombría que les dedicó Rice.
¿Desde cuando Cris actuaba tan amable con alguien?
No era propio de él.
Hugo lo llamo a voces, para que regresara con ellos.
Por más que deseaba seguirlos, no podía levantar sospechas, por eso el Sílex regreso con sus compañeros a la mesa.
Anduvieron en silencio por todo el tramo principal, ignorando la presencia del otro.
Cris se veía bastante ocupada con su teléfono y Kon se había dado cuenta de lo impresionante que es el suelo.
—Oye, una duda—.
Cris rompió el silencio.
—¿Antes eras amigo de Rice?
Hubiera preferido que siguieran en silencio.
¿Por qué todo el mundo quería hablar de Rice?
—No diría que amigos.
Solo fuimos a la misma secundaria, por eso nos conocemos un poco, es todo.
—Pero en la comida del primer año ustedes parecían muy unidos.
Maldijo internamente que se acordara de eso, por culpa de ese día la gente creía que era gay.
Todo porque Rice se embriagó después de que algún malintencionado mezclo alcohol en su bebida, y no dejaba de abrazar a Kon y pedirle que se casará con él.
Estaba tan avergonzado que deseaba que llegara un terremoto y derrumbara el techo.
—No es así.
Rice solo es medio raro, pero no lo considero mi amigo, ni nada por el estilo.
Solo su vecino, aunque tampoco le diría eso.
—Eso es bueno.
¿Por qué sería bueno?
¿Acaso buscaba ser amigo de Rice?
No sería raro que así fuera.
A diferencia de él, la apariencia de Rice era hermosa, a pesar de compartir el mismo tono de piel.
No idéntico, claro: el de Rice era más regular, más definido.
Parecía trabajado por un escultor, no por el sol.
La suya era una oscuridad elegante, uniforme, sin manchas.
En él, la piel no era pecado, era promesa.
Todas querían estar con él, todas querían tocarlo, hablarle, preguntarle qué opinaba.
A su lado, Kon parecía mal hecho.
Como si hubieran intentado replicarlo y fallar.
Y sus ojos…
Negros.
Negros como una noche sin luna, de esas que se sienten infinitas y seguras.
No dijeron nada, pero atrapaban todo.
—Oye amigo, eres un buen tipo—.
Dijo Cristofer, trayéndolo de vuelta a la realidad.
—Gracias—.
Respondió de forma automática, no queriendo sonar grosero.
—Lo digo en serio.
Al inicio creí que eras un engreído y te creías superior a nosotros, por eso siempre rechazabas nuestras invitaciones.
Era consciente de que se había comportado como un tonto con el resto de sus compañeros durante todo el año.
Se concentraba demasiado en sus estudios y en evitar a ciertas personas, lo que dejó muy mala imagen con el resto.
—Pero te observó—.
Cristofer continuó hablando.
—Y me di cuenta que solo eres un chico que se esfuerza.
Te has ganado ser el favorito de los profesores, y mi respeto.
Kon se sentía cada vez más ruborizado.
No estaba acostumbrado a los halagos, por lo que no se dio cuenta de cuánto los necesitaba.
Que lo reconocieran de vez en cuando no estaba tan mal.
—Es una pena, comenzabas a caerme bien.
Hubo algo en esa frase que sacudió el aire.
Cristofer lo dijo con tanta soltura que pudo haberlo pasado de largo de no ser porque se la pasaba en guardia todo el tiempo.
Antes de poder responder, Kon sintió el impacto de un puño colisionando contra su costado derecho.
El crack que escuchó llegó hasta sus oídos, al mismo tiempo que un dolor intenso y caliente.
No supo qué fue lo que pasó, solo sintió su cuerpo rodar sobre el pavimento cuál balón, hasta chocar contra los botes de basura del callejón.
Cristofer retrocedió un paso y alzó los puños, como un boxeador satisfecho.
—Fue como golpear a un muñeco —dijo, mostrando una enorme sonrisa.
— ¿De verdad eres un Alfa?
El dolor punzante en su costado era un fuego que se expandía con cada respiración.
Kon sintió que el mundo alrededor se encogía, las paredes del callejón se acercaban como a punto de aplastarlo.
Forzó las piernas para incorporarse, el aire le quemaba los pulmones.
—¡No me sigas!— jadeó, girando sobre sus talones y echando a correr.
Pero Cristofer le pisó los talones.
Lo alcanzó a la mitad del callejón y lo tomó del cabello con un tirón brutal, estrellándole la cabeza contra el muro de ladrillo.
El crujido retumbó en sus oídos como un látigo.
Kon vio estrellas: destellos dorados que chispeaban tras sus párpados.
Cada golpe era un puñal de dinamita en su costado y en su nuca.
El aliento se le escapaba en jadeos cortos, el sabor metálico de la sangre inundándole la boca.
Sintió la garganta cerrarse; cada impacto lo hundía más en un miedo primitivo.
Quiso escupir, vomitar o simplemente gritar, pero las palabras se ahogaban en su pecho.
—Cuando vi la recompensa que ofrecían por ti en el sitio web me quede mudo —masculló Cristofer mientras lo golpeaba con la rodilla, dejándolo caer al suelo—, creí que serías un oponente formidable.
Pero eres todo un debilucho.
Kon, escupiendo un hilo de sangre, trató de levantar la mano para defenderse, pero el mundo era un pulso negro que latía en su visión periférica.
La pared se retorcía, el suelo se ondulaba bajo sus rodillas.
Creyó notar un rugido de motor, o quizás solo su corazón a punto de estallar.
Sintió el frío mordiente de un cañón presionándose contra su sensación.
¿De verdad iba a morir?
¿De un disparo en la cabeza?
¿En un callejón?
Ni siquiera había logrado algo grande y ya estaba por reunirse con su madre.
Sus ojos se llenaron de agua, que forma tan miserable de morir.
Entonces, el humo negro lo envolvió todo.
Escuchó una patada seca en la sensación de Cristofer, un crujido de hueso,—y disparos—.
Gritos ahogados, el ruido ensordecedor de un cuerpo derribado.
Cada detonación hacía vibrar sus oídos como redobles de tambor.
Alguien pronuncio algo: espejo de obsidiana.
El último estruendo fue un golpe sordo contra su propia cabeza, el arma que su compañero llevaba en la mano salió volando hasta golpearlo.
Sintió el mundo girar y hundirse.
La oscuridad lo reclamó.
Se deslizó hacia ella, inconsciente, mientras el callejón se teñía de silencio, roto por pasos apresurados que se acercaban.
❯────────────────❮ Cuando volvió a abrir los ojos, la noche ya caía sobre Matusalem.
El dolor en su cabeza seguía, pero ya no como antes.
Aún sentía el sabor metálico en su boca y todo estaba tan borroso como para adivinar dónde estaba, o quién lo llevaba en su espalda.
Sintió el calor corporal de alguien y un ligero olor a cenizas y sangre.
La persona que cargaba con él se escuchaba bastante agitada, debía ser por tanto correr.
Pareció conducir a un lugar en específico.
Kon pudo reconocer los techos de algunas casas, los veía a diario cuando iba a la escuela, y el ladrido de los perros que no podía salir de los patios.
Trato de mirar más adelante, preguntando si acaso iban a su casa.
Los ojos le pesaban, tenía demasiado sueño para seguir pensando.
Por más que forzó a su cuerpo, al final todo volvió a ser negro.
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