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La canción del dragón - Capítulo 50

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  4. Capítulo 50 - 50 Fuego y agua
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50: Fuego y agua 50: Fuego y agua Las llamas iluminaban el callejón como si un sol hubiera estallado en el suelo.

Irina corría detrás de la criatura, lanzando fuego a cada paso; el aire olía a humo y piedra quemada.

La bestia —tan ágil con sus cuatro patas deformes— trataba de escalar los muros, pero el calor la forzaba a bajar cada vez que un chorro de fuego rozaba su piel.

—¡Detente, lunática!

—gritó Kon, esquivando una llamarada que le pasó a centímetros del rostro—.

¡Vas a matarme tú antes que esa cosa!

Ella lo ignoró al principio, concentrada en alcanzar al monstruo que se movía con una rapidez inhumana.

Sin embargo, su fuego se detuvo cuando escuchó como lloriqueaba.

—No puede ser… Irina bajó las manos, de nada le serviría atrapar a la bestia si hería a un inocente, sin embargo… era el chico con el que querían comprometerla, por lo que fantaseo con quemarlo un poco.

En ese instante, la criatura aprovechó el descanso y trepó con furia por la fachada de un edificio bajo.

Kon, atrapado entre sus brazos huesudos, golpeaba sin control, intentando liberarse.

Cada golpe resonaba hueco, inútil.

El chico estaba pálido, casi muerto de miedo al ser secuestrado por aquella cosa con piel partida y ojos de humo.

El Ahnkal miró a Irina desde arriba, con una sonrisa burlona.

Su mandíbula se abrió más de lo que cualquier criatura viva podría soportar, revelando hileras de dientes irregulares que ardían con un resplandor azulado.

—¡No te atrevas!

—rugió Irina, alzando la mano, el fuego encendiendo su palma.

La criatura soltó una carcajada quebrada, grave y distorsionada, mientras el humo azul escapaba por un orificio en su cuello.

Pero antes de que pudiera cerrar sus fauces sobre Kon, una roca silbó a través del aire.

Impactó justo en el orificio del humo.

El sonido fue seco, como el cristal rompiéndose.El Ahnkal aulló, retorciéndose de dolor, y soltó a Kon.

Cayó por la fachada, observando como el cielo se volvía más lejano, esperando el sonido de la caída… pero el pavimento nunca llegó a recibirlo.

Entre el griterío y la furia, nadie advirtió la sombra que había entrado en un balcón y arrancado un colchón de una cama: el objeto voló y amortiguó la caída de Kon, que quedó tumbado sobre la tela como si el suelo se lo hubiese devuelto blando.

Kon, pesado como siempre, tenía fama de partir suelos con las caídas; una vez, incluso, había aplastado por accidente a la mascota de la escuela, solo que eso no lo recordaba, él juraba que aquello nunca pasó y por eso no entendía el odio que algunos de sus compañeros de secundaría le tenían.

Pero en ese momento, le llegó como un leve déjà vu, más confuso que doloroso.

Lo único que su mente aturdida alcanzó a procesar fue: «Esto no estaba aquí antes.» El monstruo seguía gimiendo, encorvado, y un hilo de humo azul se desvanecía como si le arrancaran el alma.

Irina, que había trepado hasta el tejado con una sonrisa de diablillo, contempló la escena y se acercó dando pequeños saltos.

No tenía intención de quemarla ahora, quería algo más satisfactorio: vengarse a golpes por todo el desastre que la criatura había causado.

❯────────────────❮ Después de días sin nada de información, por fin un joven ingeniero logró desencriptar los archivos de la computadora.

Lo que Isaura encontró ahí la enojó tanto que terminó tirando la mesa de una patada.

Erika saltó de su asiento por su arrebato.

Esa mesa le costó un dineral y ella la tira como si fuese basura.

—Controlate, mujer—.

Le ordenó con ese tono amargo con el que regaña a las más jovencitas.

—¿Qué dicen esos correos que te pusieron de tan mal humor?

Todas las letras estaban escritas en lengua Auren, por lo que para Erika era imposible leerlas, nunca fue buena leyendo o hablando Auren, por eso tenía a esos mellizos a su lado.

Ellos se encargaban de atender a cualquier cliente de Skaluph y Ashvord que llegara.

—Es ese estupido Zul.

—¿La droga?

—¡No es una droga!

—Isaura estaba tan molesta que, de haberlo tenido, arrojaría de nuevo la mesa—.

Es un supresor.

Erika arqueo la ceja, sin entender cual era el problema, por lo que Isaura tuvo que ser más explícita.

—Para los Alfas, uno de los más potentes que han hecho.

Al menos esa es la meta, sigue en fase de experimentación y necesitan conocer sus efectos en las diferentes especies.

—Explicaba mientras movía las manos sin control, buscando una forma de controlar sus nervios—.

Tienen una base donde hay kilos y kilos de esa sustancia, lista para salir al mercado.

—Eso suena engorroso.

—¿Solo engorroso?

Literalmente están creando una bomba contra los Alfas, y están usando a Omegas para crearla.

Erika siguió bebiendo de su café, sin permitir que la actitud de Isaura la perturbara.

—¿Omegas?

Eso es nuevo.

—Tienen aliados de Ashvord con los que hacen tratos.

Les compran las máquinas, las meten en trailers, desarmadas para pasar la inspección de la aduana y las vuelven a armar aquí.

De ese modo procesan el milagro de cada Omega en su interior.

—Ashvord tiene mucha tecnología, de eso no hay duda.

—No solo Ashvord está involucrado.

—Dijo Isaura, negando con la cabeza como si eso fuera a calmar su ira—.

Skaluph es el principal comprador.

La anciana solo se encogió de hombros.

—¿Y eso en qué te afecta?

Ni siquiera conoces a un Alfa.

—Dio un sorbo más a su café antes de seguir hablando.

Adoraba ese sabor amargo, casi picante, que le dejaba en la lengua—.

Rechazaremos su oferta, no quiero tener a la policía en mi puerta, mucho menos a trabajadores adictos.

—¿Te das cuenta que pueden llevarse a tus Alfas?

Erika se echó a reír por lo que acababa de decir.

—Nadie se va a fijar en ellos.

Son demasiado normales y han olvidado cómo conectarse con sus dioses.

No les son útiles.

—¿Sabes qué es lo que esa gente quiere?

—No, pero siempre es lo mismo.

¿Para qué van a querer a los Alfas si no es para tratar de quitarles sus poderes?

Lo raro es que a ti te preocupe tanto.

Mejor se mantuvo en silencio, no quería ser el objeto de investigación de Erika ni que se inmiscuya en sus asuntos.

—Voy por una cerveza.

—Dijo, tomando la laptop para meterla de nuevo en su mochila.

Cuando salió de la oficina se topó con Deirdre quien estaba con la mejillas rosadas y una sonrisa de tonto.

Se suponía que llegaba una hora más tarde para recoger a su hermana, antes de que abrieran el cabaret.

No se atrevió a preguntarle, tampoco es como si fuera su problema.

Él ya era bastante grande para cuidarse solo.

En ese momento tenía cosas más importantes, porque entre los correos encriptados estaban las coordenadas de la próxima reunión.

Esa gente sabía que un Alfa andaría en la feria Xcaret, uno en peligro de extinción y, del que se supone, nadie debía tener conocimiento.

—¿A dónde vamos?

Caelan apareció en su campo de visión, apareció de la nada, como si fuera un espectro.

Isaura no se sorprendió con su presencia, ese chico era bastante escurridizo.

—Por un trago.

—Esa es la versión que le diste a Erika ¿a donde vamos de verdad?

—No es de tu incumbencia.

—Acabo de descubrir que quieren crear una droga tan potente que inutilice a mi gente, y a mí.

Por supuesto que es de mi incumbencia.

Odiaba darle la razón.

—Voy a la feria Xcaret, este año se hará en San Simón.

—¿Por qué ahí?

Siempre se hace en Teopozotl.

—Fueron ellos.

—dijo, con un tono más bajo de lo normal—.

Lo leí en sus correos.

Tienen tanta influencia como para mover un evento así de una ciudad a otra y todo por un solo objetivo.

—¿Cual es el objetivo?

—Alguna organización en Xictli les venderá el Zul a Skaluph, y estos lo usaran en la guerra contra los Alfas.

Es su nueva arma definitiva.

—Pensé que los Elfos de las runas eran su arma definitiva.

—Eso era antes de que los Kappa regresaran a batalla.

Son sus enemigos naturales y, por lo que he escuchado, se han vuelto más fuertes.

El odio comenzaba a burbujear dentro de ella, su sangre hervía con tanta fuerza que necesitaba matar de alguien, de quien fuera, para calmar las ansias que la azotaban.

Hacía años que no sentía una oleada de odio así, la última vez que la sintió fue hace 11 años, cuando esa gente se atrevió a dirigir sus armas contra lo más precioso que tenía.

Caelan se fijó en ese destello de furia que pintó sus ojos turquesa.

Sonaría loco en la lengua de todos, pero el odio la hacía ver más joven de lo que en verdad era.

—¿Hay más personas en el mundo con tus ojos?

—preguntó, ignorando el aura a su alrededor.

No le importaba provocarla más de lo que ya estaba—.

Son muy hermosos como para que terminen solo contigo.

Para su sorpresa, Isaura le respondió con cortesía.

—Si existo yo, existirán más anomalías.

—¿Por qué te dices anomalía?

Isaura no se molestó en responder esa pregunta, ni porque la torturaran en días lo diría.

Unos hermosos ojos turquesas que parecen brillar incluso en la oscuridad.

Por ellos todos pueden saber dónde se encuentra, quien es y de donde viene.

Se dio cuenta que no importaba cuantos años pasaran, esa carga jamás se iría, a menos que se arrancara los ojos.

¿Y por qué debería hacerlo?

“Admito que son hermosos” La voz de Uriah resonó en su cabeza.

Habían pasado décadas y aún podía escucharlo tan cerca de ella como la primera vez.

“—¿Podrías, por favor, no mencionar mis ojos?

Fue la respuesta que le dio una joven Isaura al hombre pelirrojo, cuando estaban en la costa de su pueblo natal.

—No sabes la basura que es tener que cargar con ellos.

Me reconocen en todos lados.

¿Por qué había sido tan hostil con él?

Era una suerte que Uriah nada se tomara a pecho, que fuera tan malhumorado como ella y que pudiera responder con el mismo filo cruel.

El pelirrojo soltó una risa seca, cargada de ironía.

—¿Qué va a saber el héroe del mundo de ser reconocido en cada rincón del mundo?

Lo siento, señorita, por no entender su dolor.

Era un imbécil, de los peores que había conocido.

Era insoportable.

Tener que soportarlo a él y a su odioso primo Fergus era una pesadilla.

Sin embargo… Uriah sonrió y era la sonrisa más bonita que había visto en sus 16 años de vida” —¿Isaura?

Caelan tronó los dedos en su cara, despertándola de su letargo.

Sacudió de su cabeza todos esos recuerdos.

Por eso odiaba tener que pensar, era más fácil concentrarse en el odio, cuando odia todo arde, incluyendo esos viejos recuerdos.

Esa gente.

Él.

❯────────────────❮ Los soldados gritaban órdenes a lo lejos y patrullaban a trompicones, pero la urbe era demasiado grande y los callejones se tragaban los sonidos.

Irina notó la ventaja y no quiso perder más tiempo: con la criatura ya atada y magullada, dio un paso atrás desde el alfeizar y saltó al vacío.

El impacto rompió parte del empedrado donde aterrizó dejando la marca de sus pequeños pies, y el colchón del rescate se hundió despacio bajo su peso.

El Ahnkal bufó, atado con la cuerda de tendedero que estaba colgada en ese techo.

La bestia estaba viva, pero abatida.

Kon se incorporó con la calma de quien ha visto cosas peores y, sin sorpresa, observó la escena.

No era la primera vez que presenciaba actos de fuerza extraordinaria; lo que lo atrapó fue otra cosa: la diminuta figura de Irina, envuelta en hollín y llamas, mirando al animal con una mezcla de triunfo y furia.

Era diferente al resto de Omegas que basaban sus habilidades en ataques de alto alcance y evitando ensuciarse.

—No te acerques —gruñó ella, a la defensiva—.

¡Ni se te ocurra!

Esta es mi presa, la atrapé yo.

Kon ladeó la cabeza, una mueca que no llegó a sonrisa, pero sí a suavidad.

Dio un paso adelante sin invadirla.

—No pienso quitarte la presa —respondió, tratando de recordar las clases de Auren que le dieron—.

Solo… gracias.

Me salvaste.

Las palabras le cayeron a Irina como algo inesperado.

Se paralizó.

Nadie le daba las gracias por hacer ruido, por romper cosas o por prender fuego; la gratitud le resultaba tan ajena como su idioma extranjero.

Por primera vez, la dureza en su mirada se resquebrajó un instante.

Las llamas en su mano crepitaban, pequeñas y obedientes, y por un segundo la princesa bajó la guardia.

No dejó de apretar el lazo del Ahnkal, pero su postura perdió ese filo amenazador.

—Eso… —dijo, buscando palabras—.

Está bien.

De nada.

El ruido de la ciudad volvía a acercarse: pasos apresurados, voces que se doblaban en las esquinas.

La tregua entre ellos duró apenas un latido.

—¿Eres la princesa de Skaluph?

—preguntó Kon, recordando la reunión del día anterior—.

¿Por qué estás fuera del palacio?

Irina parecía esperar justo esa pregunta.

Dejó atrás la incomodidad que empezaba a brotarle en el cuerpo y, con una sonrisa orgullosa, señaló a la criatura que forcejeaba contra las cuerdas.

—¡Tara!

—la presentó con entusiasmo, como si fuera un trofeo—.

¡Soy una cazadora de monstruos!

Con esto puedo demostrarle a mi nodriza que soy capaz de luchar contra los Alfas… y así no tendré que casarme contigo.

Kon no supo si ofenderse o reír.

Aquella niña hablaba de matar Alfas con una inocencia tan absurda que resultaba imposible tomarla en serio.

Aun así, había algo incómodo en escuchar esas palabras salir de su boca.

—¿Quieres matarme?

—preguntó con calma.

La sonrisa de Irina se desdibujó.

No entendía a qué venía la pregunta; después de todo, acababa de salvarle la vida.

—Te acabo de rescatar —replicó, confundida—.

¿Por qué iba a matarte?

—Porque dijiste que querías luchar contra los Alfas.

—¡Sí!

—contestó con toda la naturalidad del mundo—.

Para demostrar mi fuerza y librarme del matrimonio.

Kon soltó un suspiro apenas audible.

Su padre tenía razón: había cosas más grandes en juego, demasiado pesadas para los hombros de una niña.

Comenzaba a sentir pena por ella.

—¿Por qué tus ojos son diferentes?

—preguntó Irina de pronto, apuntándole al rostro—.

Ayer eran más bonitos, del color del océano.

¿Por qué ahora son marrones?

Kon deseó que siguiera hablando de política o guerras.

—Uso pupilentes —dijo seco—.

Cambian mi color de ojos.

—¿Por qué?

—Porque quiero.

La respuesta salió cortante, casi como un reflejo.

Irina solo se encogió de hombros, ajena a la irritación de él.

—Me gustan más así.

Los otros me recordaban a los monstruos de los cuentos.

No necesitaba preguntar a cuáles se refería.

Lo sabía demasiado bien.

—Ojalá yo también pudiera usar pupilentes —continuó ella, distraída, hundiendo las manos en los bolsillos—.

Así mis ojos dejarían de ser tan feos.

Kon estuvo a punto de decirle que no eran feos, pero se contuvo.

Ya conocía esa clase de consuelo vacío.

Lo había escuchado toda su vida y nunca servía de nada.

Mientras Irina parloteaba, el Ahnkal rompió las ataduras de sus patas delanteras.

Antes de que alguien reaccionara, saltó hacia Kon con un rugido que heló el aire.

Irina giró de inmediato, alzando una mano envuelta en llamas.

—¡Atrás!

La llamarada alcanzó de lleno al monstruo… y también a Kon.

—¡Oh, no!

—gritó, deteniendo el fuego al instante.

Pero ya era tarde.

Las llamas se extendieron como una lengua viva, abrazando a ambos.

Un fuego que nunca se apaga, el mismo que ni los magos del reino habían logrado contener.

“Proviene del caos”, dijo una vez un sabio al rey.

“Es fuego primigenio.

Ninguna magia en este mundo puede extinguirlo.” El Ahnkal se revolvía en el suelo, aullando, mientras su piel se deshacía bajo el calor.

Sin embargo, Kon seguía igual, con la ropa humeante, pero sin una sola herida.

Irina lo miró sin entender.

—¿Qué… qué hiciste?

¡Estoy segura de que te alcancé!

—¿Fuego?

—Kon parpadeó, como si apenas se diera cuenta—.

¡Ah, eso!

No me quemo.

Irina abrió los ojos de par en par.

—¡Eso es imposible!

Nadie es inmune a mi fuego.

—Nací del elemento agua —respondió él con sencillez—.

Es natural que no me queme.

—¡Te digo que es imposible!

Kon soltó un suspiro resignado.

¿Por qué los niños eran tan insoportablemente tercos?

En su berrinche, Irina ni siquiera notó que el pobre Ahnkal seguía retorciéndose en el suelo, ya sin voz.

Y aunque quizá se lo merecía —después de todo, casi devora a Kon—, la escena no dejaba de ser asquerosa.

Ya harto de sus quejidos de bebé, Kon hablo con mayor firmeza.

—¡Ya te dije que por mi elemento no puedo quemarme!

Otra llamarada lo envolvió, una mucho más intensa que la anterior y de mayor alcance.

Irina había extendido su mano para lanzarla y verificar por sus propios ojos si era cierto.

Si Kon decía la verdad, entonces saldría ileso, si mentía…le tocaba pagar con 100 años de cárcel por quemar vivo a un inocente.

Pero tal y como dijo su maestro de historia una vez; ¡el que no arriesga, no gana!

Cuando su fuego se acabó, Kon seguía ahí, de pie e ileso.

Ni siquiera se había enrojecido su piel, ni su ropa sufrió de los daños que el fuego le hace a la ropa.

Lo que había dicho era cierto, existía alguien inmune a su fuego.

Kon se quedó con la boca abierta cuando lo atacó, parte del fuego había entrado a su boca y evaporado en su garganta, causándole comenzó.

¡Esa mocosa del demonio!

—¿¡Qué pasa contigo, engendro del demonio!?

—¡Genial!

Sus ojos brillaron con emoción y en su lugar comenzó a dar pequeños saltos de felicidad.

—Es la primera vez que conozco a alguien que no se quema con mi fuego.

—La princesa extendió su mano en dirección al chico, aun con sus ojos cubiertos de esa felicidad inocente—.

Soy Irina ¿quieres ser mi amigo?

Si no fuera una niña, pensaría que es una broma.

—¿Por qué me pides eso después de intentar quemarme?

—Es que…

se nota que no le tienes miedo al fuego.

—dijo, inclinando el cuerpo de un lado a otro, con la mirada baja, como si le avergonzara confesarlo—.

Todos en Skaluph tienen miedo de que los queme, y por eso nunca juegan conmigo.

—¿Te tienen miedo?

Si eres una Omega.

—Pero soy una Omega predestinada.

—¿Y cuál es la diferencia?

A ojos de Kon, todos los Omegas gozaban del mismo privilegio: el amor del pueblo.

Incluso ella era una princesa, hija de un reino que gobernaba en tecnología.

Tal vez no la heredera, pero sí una princesa y una Omega.

Desde niño le habían enseñado que un Omega nace con suerte, mientras que un Alfa tiene suerte de nacer.

—No lo sé —confesó la niña, con voz tranquila—.

Solo sé que les doy miedo.

Fue la forma en que lo dijo —tan desinteresada, tan honesta— lo que movió algo dentro de él.

Entonces, recordó una habilidad que su padre le enseñó cuando era pequeño: crear figuras de hielo.

Aún era un novato, incapaz de formar algo más grande que su mano, pero podía moldear objetos sólidos que no se derretían, sin importar el calor.

Así evitaban comprar muebles.

En lugar de ofrecerle la mano, le extendió una pequeña peonza hecha de hielo.

—¿Qué es eso?

—preguntó Irina, sin atreverse a tocarlo.

—Un trompo —respondió Kon, usando la cuerda que el Ahnkal había roto antes—.

Es un juguete tradicional de Xictli.

El reto es hacerlo girar en los lugares más imposibles.

Para demostrarlo, enredó la cuerda con precisión, lanzó el trompo al aire y lo mantuvo girando sobre la cuerda misma, en equilibrio perfecto, evitando que cayera o perdiera impulso.

Irina observó, fascinada, los trucos que podía hacer con solo una cuerda y un pedazo de hielo.

—Inténtalo tú.

Le ofreció el juguete, e Irina lo tomó con entusiasmo.

Lo observó un momento, levantó el mentón con orgullo y dijo: —Puedo hacer lo mismo.

Se ve bastante sencillo.

—De acuerdo, hazlo.

Enredó la cuerda como él, lanzó el trompo al aire con todas sus fuerzas… y este cayó al suelo sin girar.

—Intenta lanzarlo al suelo —aconsejó Kon.

Frunció el ceño, molesta por el fracaso.

Lo intentó una segunda vez, una tercera, una cuarta.

—Puedes girar la muñeca —añadió él, con calma.

Irina estaba roja de vergüenza.

Odiaba fallar, y más aún tener público.

Lo último que quería era parecer una perdedora.

—¡Estoy calentando!

Ninguno de estos intentos cuenta.

—Como tú digas —respondió Kon, sonriendo apenas.

Ya sentado sobre el colchón en el que había caído antes, observaba sus esfuerzos con paciencia.

No pensaba burlarse.

Todos los que probaban el trompo por primera vez fallaban igual.

Él mismo había tardado semanas en dominarlo cuando estaba en primaria.

Irina tendría con qué entretenerse un buen rato.

En su quinto intento, el trompo finalmente giró sobre el suelo deteriorado.

La niña lo miró con asombro y, en un estallido de alegría, dio un salto.

—¿Viste eso?

¡Lo hice!

¡Te dije que podía hacerlo!

¡¡Yuju!!

Su alegría resultó contagiosa.

Verla saltar de un lado a otro, riendo mientras enrollaba la cuerda del trompo para intentarlo otra vez, era casi hipnótico.

Lo lanzó varias veces más, hasta que la pequeña pieza de madera fue a dar a los pies de Kon.

Él la atrapó sin esfuerzo, y sin detener el giro del trompo lo hizo deslizarse con suavidad por su brazo, hasta devolverlo a la palma.

Luego lo extendió hacia Irina, invitándola a intentarlo.

Ella, fascinada, se acercó…

pero no pudo tomarlo.

Sus ojos comenzaron a picar y, sin entender por qué, las lágrimas brotaron.

Kon apartó el trompo de inmediato, preocupado, sin saber qué había hecho mal.

Irina se limpió las lágrimas con torpeza, dándole la espalda.

—¡No es nada!

—aseguró, frotándose los ojos—.

Es polvo…

¡la basura se me metió a los ojos!

—Puedo verlo —replicó Kon, sin moverse.

Irina giró hacia él, el rostro entre el enojo y la vergüenza.

El rubor le subió hasta las orejas, tiñendo su piel pálida del mismo tono que su cabello rojizo.

Golpeó el suelo con fuerza, una y otra vez, hasta abrir un pequeño hoyo en la tierra.

—¡Está bien, tú ganas!

—gritó, tan fuerte que Kon tuvo que apartar un poco la cabeza—.

¡Es la primera vez que juego con alguien, ¿de acuerdo?!

En el castillo solo me tenían encerrada, estudiando…

recordándome que no debía salir.

Su voz se quebró al final.

Intentó disimularlo, pero sus lágrimas traicionaban el esfuerzo.

Kon sintió un dolor familiar en el pecho.

Se reprochó ser tan considerado con ella… y, sin embargo, no pudo evitarlo.

Por un instante, la entendió.

Ambos estaban solos.

—Yo tampoco tengo amigos —confesó.

Irina levantó la mirada, aún llorosa, y él sonrió.

—Si quieres volver a jugar, solo tienes que llamarme.

—No tengo teléfono —dijo ella, aún con la voz temblorosa.

—No necesitas uno.

Kon buscó algo en sus bolsillos hasta sacar una pequeña concha, del tamaño de su pulgar.

Su superficie era áspera, como piedra marina, pero a él le parecía un buen regalo.

—Sopla esto, y volveré contigo.

Irina la tomó con cuidado.

Era una concha espiralada, parecida a un remolino petrificado.

—¿Y cómo vas a escucharla?

—Nací del agua salada —respondió con una sonrisa leve—.

Me llevo bien con las cosas del mar.

Ellas me avisan.

No solía usar ese tipo de dones, prefería pensar que podía vivir una vida normal.

Pero regresar para jugar…

también contaba como algo normal.

—¡Genial!

—exclamó Irina, guardando la concha entre las manos.

—¡Princesa!

La voz retumbó entre los muros, seguida por los gritos de los soldados que llevaban horas buscándola.

Cuando Irina distinguió entre ellos a su nodriza, sonrió de oreja a oreja: tenía algo increíble que mostrarles.

Pero cuando se giró de nuevo, Kon ya no estaba.

Tampoco el Ahnkal que había capturado y, sin querer, quemado.

Solo quedaban las cenizas que el viento se llevaba.

—¡Su alteza!

—Catalina fue la primera en alcanzarla.

La abrazó con tanta fuerza que casi la levantó del suelo.

Temblaba, pálida, con el corazón a punto de estallar—.

¡Nunca vuelva a hacer eso!

Me va a matar del susto.

—¿De qué te asustas?

¡Si atrapé al monstruo!

—¿Qué monstruo?

—Catalina la miró confundida—.

No hay nada aquí.

—¡Porque lo quemé!

—replicó Irina, levantando el mentón con orgullo.

Mikael estaba con ellos, fue gracias a ella que lograron encontrarla.

Una vez que alguien toca sus cadenas sabrá siempre dónde se encuentra.

Ella lucía más agitada que el resto, y todo porque tuvo que volver a ponerse el uniforme antes de seguirlos, o descubrirían que estuvo holgazaneando.

Otro hilo brillo frente a sus ojos, uno azul que no encaja con su especie, uno tan opaco que es casi invisible.

Mikael conocía al dueño de ese hilo; Sal marina y ceniza.

Piel morena y aire húmedo.

Un rastro tan familiar que le crispó los nervios.

Kon.

Su instinto la empujó hacia el callejón contiguo, el impulso tan vivo que apenas tuvo que contener el cuerpo para no moverse.

Quiso verlo, comprobar si estaba herido, si necesitaba ayuda.

Pero se obligó a detenerse.

Clavó los pies en el suelo, como si el cemento fuera un ancla.

Su deber estaba delante, no detrás.

Respiró hondo y, sin apartar la vista de aquel rincón vacío, se dio la vuelta.

Catalina, con Irina aferrada al brazo, ya daba las órdenes para el regreso.

Mikael fue la última en moverse.

Dio un último vistazo a la calle y se reincorporó a la formación, escoltando a la princesa rumbo a la basílica.

Del otro lado del muro, Kon apenas respiraba.

No quería encontrarse rodeado de Omegas y con una princesa al lado, quien sabe a qué conclusión iban a llegar.

Escuchó los cascos y las botas alejarse, el rumor de las voces extinguiéndose poco a poco, y por fin se permitió exhalar.

Se recargó en la pared, aún cubierto por las sombras.

Había reconocido también ese olor, esa presencia.

Él fue la razón por la que se escondió.

Si Mikael lo veía, sería el primero en acusarlo de haber lastimado a la princesa, aunque hubiese sido ella quien intentó quemarlo vivo.

Mikael no entiende con palabras.

—¿Por qué aún no te reasignan a Skaluph?

—murmuró, sintiendo el amargor en la boca por culpa del reencuentro—.

Tendré que pedirle a Lorena que mañana vayamos a otro lado… no quiero toparlo.

No recordaba con claridad lo que había ocurrido en la secundaria —su mente lo había enterrado por instinto—, pero sí la paliza que Mikael le dio frente a todos sus compañeros, y la indiferencia con la que los profesores miraron sus heridas.

«Puede que sea insoportable, pero él sí tiene el potencial para ser alguien», había dicho su tutor aquel día, observando la escena sin intervenir.

«Mientras que tú seguirás siendo nada más que un mestizo de feos ojos y bajos recursos».

Esa fue su primera experiencia con el mundo real, una lección que nunca olvidaría.

En este mundo, los que no importan al sistema son los que pagan las consecuencias de los errores de los poderosos.

Y Kon odiaba con toda su alma esa maldita realidad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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