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La canción del dragón - Capítulo 51

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  4. Capítulo 51 - 51 Un olor raro en el aire
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51: Un olor raro en el aire 51: Un olor raro en el aire Los gritos de Irina resonaban por toda la basílica.

Las vidrieras temblaban con cada estallido de su voz.

—¡No voy a ponerme otro!

—rugió, mientras la luz dorada del recinto se teñía de rojo por el fuego que brotaba de su piel.

Nivael intentó calmarla, repitiendo el conjuro del brazalete anterior, pero esta vez Irina lo sabía, lo había memorizado.

Antes de que las runas se cerraran sobre su muñeca, las deshizo al pronunciar el mismo cántico de antes y su fuego respondió, girando a su alrededor en forma de aro incandescente.

—¡Fui yo quien atrapó al Ahnkal!

—gritó con una mezcla de orgullo y rabia—.

¡Mi fuego no destruye, protegido!

¡Yo lo controlo!

Los sacerdotes retrocedieron un paso.

El aire ardía y olía a cobre, como si toda la sala se oxidara lentamente.

A nadie se le ocurría mencionarle que, mientras perseguía a la bestia, había incendiado medio mercado y derretido las campanas del templo menor.

No hubo víctimas, por fortuna, pero los muros aún humeaban y el adoquinado de San Simón mostraba marcas negras que no se borrarían fácilmente.

—Alteza, por favor… —intentó Nivael, con la voz temblorosa.

Ella levantó los brazos, envueltos en fuego.

—¡Si intenta tocarme, los quemaré!

Los sacerdotes se desplegaron formando un círculo.

Los símbolos en el suelo comenzaron a brillar, una estrategia de contención que ya habían practicado antes, para acorralar bestias.

El ambiente estaba a punto de estallar cuando un sonido de pasos resonó en la entrada principal: el eco seco de zapatos de charol sobre mármol.

Los portones se abrieron y cinco figuras avanzaron, flanqueadas por escoltas.

Trajes grises, relojes dorados, y sobre el pecho, un broche con forma de ojo egipcio atravesado por una línea vertical y pestañas doradas que apuntaban hacia el cielo.

El ojo femenino.

Jimgober salió de inmediato desde la torre principal, sonriendo con esa calma impecable que solo usan los hombres que ocultan algo.

—Distinguidos señores —saludó con reverencia, ignorando por completo el caos del vestíbulo—.

Qué honor tenerlos entre nosotros.

Los sacerdotes se quedaron inmóviles, sin saber si apagar el fuego o hacer una reverencia.

El contraste entre los gritos de Irina y la sonrisa del director resultaba cómico, teatral.

Aprovechando la confusión, Irina echó a correr.

Su fuego se desvaneció tras ella como un rastro de perfume ardiente, pero no llegó lejos.

Una mano firme la tomó del brazo.

—¡Su Alteza!

—Catalina, su nodriza, la miraba con los ojos enrojecidos y una mezcla de miedo y furia—.

¡Al cuarto, ahora!

Irina forcejeó, pero la mujer era más fuerte.

Entre protestas y chispas de fuego, la arrastró escaleras arriba, lejos de la mirada de los visitantes.

Abajo, el director se inclinó ante los inversionistas como si nada hubiera ocurrido.

—Les ruego disculpen el ruido —dijo con voz serena—.

Los jóvenes talentos de San Simón a veces son… demasiado apasionados.

¿Cómo estuvo su visita en la feria?

Y tras esas palabras, los guió hasta la torre de invitados y todo el recinto volvió a fingir que allí no había pasado nada.

❯────────────────❮ Después de asegurar que la princesa había subido al vehículo que la llevó de vuelta a la Basílica, Nivael tuvo que ir a uno de los baños públicos y cambiarse de inmediato, escondiendo su uniforme en el local de Amates, donde una pila de telas sin hacer se encontraban.

Debía de encontrarse con Kon como Lorena, actuar como la novia asustada que no tenía idea de dónde estaba su novio, o si estaba a salvo.

Era una suerte que no tendría que mentir.

Sabía que estaba bien gracias a su hilo de vida, pero la incertidumbre de verlo con heridas emocionales no la dejaba respirar bien.

—Lorena.

—La voz de quien más deseaba escuchar apareció detrás de ella.

En la entrada de la feria Kon se encontró, con el rostro cansado y la ropa medio chamuscada, pero sin heridas visibles, ni una mirada que reflejara algún trauma reciente.

Estaba tan aliviada que se dejó llevar y se arrojó a los brazos.

No bastaba con verlo, necesitaba sentirlo, asegurar que era él y no una ilusión creada por su asustado cerebro.

—¿Qué pasó?

Por supuesto, no necesitaba preguntarlo.

El relato de la princesa respondió a todas sus dudas, aun así, necesitaba escucharlo de su propia boca.

—Se vio más aterrador de lo que en realidad fue.

—Aseguró Kon, rompiendo su abrazo para mostrarle lo ileso que estaba—.

Unos cuantos moretones, pero nada grave.

Estuvieron juntos un poco más de tiempo, hasta que Ares llegó para recogerlo.

Kon se ofreció a llevarla a su casa, pero Mikael tuvo que inventar alguna excusa, señalando el departamento al otro lado de la calle, donde se hospedaba para que la dejaran ir sin levantar sospechas.

De otro modo, Kon no la hubiera dejado.

No estaba mintiendo, en ese lugar iba a hospedarse los días siguientes, hasta que los VIP se eran y ya se había atrasado demasiado en su trabajo.

Esperaba que no la reprendieran demasiado, ni levantaran una carta de mal comportamiento.

No supo si Zaihn había intervenido a su favor, si su ausencia pasó inadvertida o si sus contactos la mantenían a salvo.

El caso es que a nadie le pareció importante que no estuviera en las filas.

Lo único que recibió un par de miradas molestas.

—No des problemas —dijo uno de los oficiales antes de darle la espalda y marcharse a comer con los suyos.

Sabía que no eran particularmente diligentes, pero no pensé que llegaran a tal extremo.

Una suerte para ella, que pasó la noche entera conversando con Kon, sin temor a que alguien la descubriera ni a que apagaran las luces por norma.

No se había equivocado al elegir esa unidad.

Ni siquiera los mensajes insistentes de Soleil le pesaron como otras veces —ese vidente solo le escribía cuando necesitaba información, jamás para un simple saludo—.

Silencia las notificaciones.

En ese momento no quería leer nada que no fueran los datos curiosos que Kon le soltaba entre risas, o el itinerario improvisado para su cita de mañana, recompensando el fracaso de esa.

Estuvo tan absorta que se durmió casi al amanecer.

Despertó con el cuerpo pesado, las lagañas secas pegadas a los párpados, que apartó con la manga.

Solo era el segundo día… y ya deseaba volver a casa.

No estaba hecha para trasnochar, y esa mañana se le hizo especialmente cuesta arriba.

Cumplió el itinerario asignado.

Por suerte, Kon tuvo una emergencia y tuvieron que pasar su cita para otro día, sería más fácil seguir el plan al pie de la letra… salvo, quizás, por una escapada para volver a ver la colección de Querena.

Esa espada aún la tenía atrapada.

Pero sus aviones se quebraron de golpe.

Entre la multitud, volvió a encontrar aquellos ojos turquesa que había visto semanas atrás.

Intentaban ocultarlos tras unos lentes oscuros, pero pasaron lo bastante cerca para que Mikael los atrapara de reojo: ese color imposible, que le recordaba a los monstruos de su región.

Giró sobre sus pasos, pero ya la había perdido.

Iba acompañada del mismo joven de cabello castaño largo y tatuajes que le cubrían hasta las manos.

Se mezclaron tan bien entre la gente que no logró seguirlos.

Esos ojos… los conocía desde hace años, y sabía que eran peligrosos.

Pero sin pruebas, nadie le creería.

❯────────────────❮ —¿A dónde vamos?

Después de horas de andar en silencio, Caelan por fin se atrevió a preguntar.

—No me digas que a la feria, porque ya estamos aquí y no siento ningún aroma peculiar.

—No van a vender la droga en la feria, solo serán intermediarios.

—Respondió Isaura, despacio.

Se fijaba por todos lados con disimulo, asegurando que no hubiera quien los siguiera.

Caelan lucía bastante despreocupado, con sus sentidos agudizados sería imposible para él no detectar a su enemigo a metros de distancia.

— ¿Y en qué puesto nos darán esa información?

Isaura se desvió del camino para pasar por los puestos de cartonería, donde comenzaba una exposición de las mismas.

Al fondo de tantos colores y figuras diferentes se encontraba otro puesto, con figuras polvosas y papel viejo.

Seguían siendo de cartón, pero las figuras se alejaban a lo acostumbrado del folclore Xichtliano.

Siendo sustituidos por ojos egipcios, cuernos de demonio, alas de ángeles, iglesias, y todo lo relacionado con las creencias de Zaihn, El Eterno.

Isaura se acercó al viejo que estaba haciendo la figura de un ángel y pronunció la siguiente frase: —He venido por mi hijo ¿En qué salón está?

El anciano no se molestó en levantar la cabeza, sólo en asentir y señalar con un dedo tembloroso en dirección de uno de los cerros del norte, cuya cima se encontraba libre de población humana.

—Es la segunda colina, en la Cacuhua.

Esa fue la única información que les dio.

Lo demás corrió por su cuenta.

❯────────────────❮ Los visitantes de honor eran… extraños.

Eso fue lo primero que Irina notó de ellos.

En su segundo día en Xictli volvió a ver a Kon, y esta vez no tenía esa expresión hosca de siempre.

La saludó, incluso, con una media sonrisa.

Su nodriza lo advirtió enseguida y se apresuró a felicitarla, radiante de emoción.

—Todas las mujeres tienen sus encantos —canturreó Catalina, con ese tono de quien cree saber más de lo que dice.

Irina no entendió del todo, pero compartió la alegría.

Por fin podría contarle a su madre que había hecho un amigo… y que su fuego no lo había herido.

¡Eso debía ser una señal divina!

Ya no había razón para seguir ocultando sus poderes.

La reunión habría sido agradable si no fuera por los hombres de perfume caro que rondaban el edificio.

Aunque mantenían una distancia respetuosa, algo en ellos le producía escalofríos: la forma en que observaban todo, parecían animales buscando su cena.

Y desde que vio al director besar aquel tubo azul dentro de la capilla, Irina empezó a pensar que algo andaba muy mal.

Quizás ese líquido era algún elixir de Zaihn… o peor aún, una sustancia hecha con Omegas.

Tal vez ese grupo de “inversionistas” había pedido su presencia para ofrecerla como sacrificio.

El pensamiento la hizo tragar saliva.

Claro, todo tenía sentido: su padre y su hermano, cansados ​​de sus travesuras, al fin habrían encontrado la manera perfecta de deshacerse de ella… convirtiéndola en una bebida energética.

—Alteza —susurró Catalina desde el asiento a su lado—.

Enderécese, por favor.

Irina pestañeó y se dio cuenta de que estaba medio desplomada sobre el sillón de cuero blanco.

No era tan cómodo como los del palacio, pero podría quedarse dormida allí sin problema.

Frente a ellas, Ares y Kon ocupaban sus asientos, rodeados de guardias que parecían tensarse con cada respiración.

La noticia de que la princesa de Skaluph había salvado a un civil de Xictli había corrido rápido, y como dictaba la ética de Ares, debía agradecerlo en persona.

—Mi hijo me contó que fuiste tú quien le salvó la vida ayer —dijo el dragón azul, con voz grave y tranquila.

Irina infló el pecho, hinchada de orgullo, y se recargó en el brazo de la silla como si presidiera la reunión.

—No fue gran cosa —respondió, chocando sus puños con un gesto marcial—.

Solo tuve que darle una paliza a la criatura y lista.

No tiene que agradecerme, cualquiera en mi lugar lo habría hecho.

Por supuesto, esperaba que la agradecieran.

Llevaba todo el día contándoselo a quien quisiera escucharla y hasta pensaba escribirle una carta a su hermano con todos los detalles heroicos.

—Aun así, debo darte las gracias.

En nombre de ambos: gracias, princesa.

Padre e hijo inclinaron la cabeza con respeto.

Catalina quedó muda.

Vassel, en cambio, apenas pudo contener una sonrisa: ver al dragón azul inclinarse ante una princesa de Skaluph solo podía significar una cosa buena.

Quizás, después de todo, reconsiderarían aquel matrimonio entre los jóvenes.

Vassel, siempre atento al protocolo, fue el primero en hablar: —Su Alteza Ares, el reino de Skaluph se honra de haber podido ofrecer ayuda a un ciudadano de su nación.

El gesto de la princesa Irina no solo fue un acto de valentía, sino una muestra de la buena voluntad de nuestras tierras.

Estoy seguro de que podremos… —Yo ya sé cómo pueden pagarme —interrumpió Irina, inflando el pecho y sonriendo como si acabara de anunciar un tratado histórico.

Catalina casi se atragantó con el aire, y Vassel la miró horrorizado, presintiendo el desastre.

Ares, por su parte, arqueó una ceja, divertida.

—Ah, ¿sí?

—preguntó con calma—.

¿Y cuál sería tu condición, princesa?

—Quiero que vengan a mi cumpleaños —anunció, con una sonrisa que le iluminó todo el rostro.

El silencio que siguió fue tan denso que incluso uno de los guardias carraspeó.

Vassel cerró los ojos con resignación; Catalina, por su parte, parecía al borde del desmayo.

—Pero, alteza.

No tenemos autorización para hacer una fiesta de cumpleaños en este lugar.

—Vassel trató de apagar ese entusiasmo antes de que fuera tarde.

—¿Y qué?

—Pero Irina contraatacó al levantarse sobre el asiento, lista para sacar fuego en cualquier momento—.

No es como si fuera a celebrarlo en el palacio de todos modos.

Así que ordenó que se haga mi fiesta en este lugar.

Catalina trató de hacerla bajar del asiento, estaba actuando todo lo contrario a como lo haría una dama.

Sin embargo, la niña fue más rápido al saltar a la mesa.

—Será una fiesta digna de una salvadora.

A Ares le pareció una idea divertida y, si eso molestaba a los invitados, estaría más que encantado de ayudar.

—Si esa es la deuda que debo pagar… entonces, por supuesto.

—Hizo una leve reverencia que dejó a Catalina muda ya Vassel con una sonrisa contenida—.

Mi familia no rehúye de sus deudas.

Irina le dirigió una sonrisa de victoria a su cuidadora, quien se lamentaba internamente por su imprudencia.

❯────────────────❮ —¿Te imaginas cuánto tardaríamos si no hubiera taxis?—.

Pregunto Caelan,una vez que bajaron del transporte y comenzaron a subir las escaleras rodeadas por casas.

—Estaríamos en la cueva a eso del anochecer.

Lo sé porque he caminado incluso mayores distancias.

El problema no es la distancia,sino todas las subidas que hay en ese camino.

—¿Nunca te callas?

—El viaje siempre es más divertido cuando lo haces con amigos.

—¿Desde cuándo somos amigos?

—Somos rivales de armas, por supuesto que somos amigos.

Siguieron caminando recto, aun cuando las escaleras se terminaron y la tierra comenzaba.

Grandes piedras naturales funcionaban como muros para evitar que la gente pase al otro lado.

Al menos esa era la intención.

La cueva Cacuhua se encontraba casi en la cima de la colina.

Según la información que encontró Caelan, la cueva está dentro de la reserva y varias leyendas la rodean.

Empezando por los clásicos duendes que abundan por la zona, las misteriosas desapariciones y la influencia negativa que muchas veces tiene en quienes pasan cerca de esa área, causando sus muertes después de una o dos semanas.

Sin muchos problemas,Caelan e Isaura lograron pasar por encima de las piedras, al mismo tiempo que una manada de perros salía del monte siendo perseguidos por un grupo de niños.

—Ese código que dijiste ¿venía en los correos?

—Sí.

—¿Y qué más vas a decir una vez que llegues a la cueva?

—No hay más códigos que decir, lo demás depende de mí.

—Eso lo vuelve divertido.

El camino era cada vez más pesado.

El sol de la tarde tampoco ayudaba.

Llevaban caminando tres horas, con la humedad a flor de íe, los mosquitos invadiendolos por todas partes y su pesada armería que solo complicaba el paso.

Isaura sentía todo su cuerpo pegajoso, Caelan sudaba por todas partes, incluso donde el sol no daba.

—¿Cuánto falta?

—Preguntó el Alfa, con la boca seca.

—No lo sé —Isaura apenas pudo responder.

Morían por un vaso de agua, un charco, o agua estancada de cualquier lado, podían soportar las enfermedades, pero no un minuto más con esa sed.

Respondiendo a sus plegarias, encontraron, no muy lejos de ellos, a una mujer de mayor edad sentada sobre una piedra, sirviendo un vaso de agua con hielo.

Ella se los ofreció, y ellos los tomaron.

La amargura de su sabor casi les quemó en la garganta.

El suelo comenzó a moverse y los colores de los árboles comenzaron a cambiar.

Escupieron el agua tan pronto como se dieron cuenta de eso.

El mareo que los invadió fue intenso en ambos lados.

Caelan se provocó el vómito.

Isaura buscaba una forma de mantener el equilibrio.

—¿Qué fue lo que nos diste?

Clavo sus pies en la tierra para desenvainar su espada y apuntar al cuello de la mujer.

A pesar de sentir el frío del acero, la anciana no dejó de sonreír.

—Es hora de que abran sus ojos a la verdad.

—Es esa droga, la llamada zul ¿cierto?

—Caelan ya lucía recuperado cuando interrogó a la vieja—.

Puedo sentir la influencia de Zaihn en mi cuerpo.

Es una dosis pequeña, por lo que no es letal…Si tiene efectos en el cuerpo.

Levantó su mano derecha mientras hablaba, para mostrar los leves temblores de los que sufría.

—¿Puedes controlarlo?

Isaura no necesitaba de un peso muerto para entrar.

—Por supuesto, he sufrido envenenamientos peores.

Volvió a dirigirse a la anciana, que mantenía esa pasiva sonrisa de abuelita.

—¿Dónde está su líder?

—Para conocer la verdad primero debes abrir tu tercer ojo.

—Dicho eso, les señalo el interior de la cueva.

Al entrar lo primero con lo que se toparon fueron cuerpos humanos tirados en la tierra, o recargados en la pared de piedra, todos con la mirada perdida, el cuerpo débil y demacrado y un fuerte olor a sudor y orina.

Esa gente debía llevar mucho tiempo en ese estado, bebiendo del agua que esa mujer les estaba portando.

Algunos estaban tan débiles que no podían ni levantarse, por eso solo estiraban sus manos en su dirección, pidiendo por un poco más de agua mágica.

Pasaron toda esa área corriendo, Isaura huía de las miradas de súplica y los lamentos.

Odiaba ver escenas como esa, solo le traían malos recuerdos.

El camino no parecía tener fin, a donde sea que giraran encontraban más y más de esos drogadictos.

Hubo una parte donde no vio más a Caelan, penso que esa gente lo había absorbido, o el veneno había hecho su efecto.

No importó la respuesta, porque ella siguió corriendo hasta llegar a un cuarto solo cubierto con cortinas, donde el mal olor y la gente había desaparecido.

En la parte más profunda de la cueva se encontraba nada más que un sembradío de flores de loto flotando en el río artificial.

Toda la estructura fue remodelada para dar ese aire de soberanía ancestral que eriza los vellos del cuerpo.

Solo había dos personas en ese lugar: un Omega que nadaba en el río y un sujeto de entre 30 y 40 años que estaba sentado en un trono de piedra, observando a su invitada con una sonrisa.

—Bienvenida ¿Vienes en busca de la verdad?

—¿Dónde está su fábrica de Zul?

Se que no es aquí—.

Isaura preguntó sin perder el tiempo.

—¿Quieres saber eso o quieres conocer la verdad?

El desconocido señaló a la pared detrás de ella.

Isaura debió retroceder varios pasos para contemplar mejor el dibujo y lo que vio la dejó sin palabras.

—Eso es… No tuvo el valor para decirlo en voz alta al inicio, pero la imagen era clara.

No tenía forma definida, sólo una masa negra y densa que parecía absorber el aire mismo.

Desde su núcleo, una maraña de tentáculos afilados como fragmentos de obsidiana se desplegaba por las paredes, trepando y retorciéndose como si buscaran algo que no existe.

En el centro, allí donde la oscuridad era más espesa, un racimo de ojos brillaba con una luz fría, casi metálica.

No parpadeaban.

No se movían.

Solo miraban… a todo y a nada al mismo tiempo.

La textura de su cuerpo recordaba al humo petrificado, pero con un movimiento imperceptible, como si latiera al ritmo de algo muy antiguo.

Entre las sombras, sus tentáculos parecían fundirse con la roca, haciendo imposible saber dónde terminaba la cueva y dónde empezaba él.

—El fin del mundo ya viene.

—La voz de aquel hombre sonaba bastante excitada—.

Y será Dios quien la traiga.

El Omega prisionero se ocultó más bajo el agua, asustado de lo que estaban hablando.

Isaura lo reconoció al instante, ese dibujo.

—Obrith-Kar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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