La canción del dragón - Capítulo 52
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52: En el faro 52: En el faro Recordaba el sonido de las olas rompiendo contra el arrecife, el graznido de las gaviotas elevándose sobre la playa y el olor a sal que invadía sus fosas nasales cada vez que estaba en el faro.
Y lo recordaba a él: Uriah.
Estaba agachado en la arena, buscando algo que ella no lograba comprender, alguna pista que pudiera revelar el paradero de una novia fugada.
A unos metros, Fergus espantaba a las gaviotas, corriendo detrás de ellas como un niño pequeño.
—¿Por qué se comporta así?
—preguntó Isaura—.
Ya no es un niño para pasarse el día jugando.
—Es su manera de lidiar con el conocimiento —respondió el pelirrojo, sin dejar de tantear la arena.
—¿Qué conocimiento?
—Uno que haría explotar la cabeza de los humanos si llegaran a saberlo.
¿Era su forma de pedirle que no se metiera en sus asuntos?
Muy mal por él: Isaura no entendía de indirectas.
—Entonces está loco.
—Se podría decir.
—¿Y qué fue lo que lo volvió así?
Uriah apartó lo que tenía entre las manos y la miró.
Sus bonitos ojos tenían un brillo fantasmal y frío, como el hielo, una mirada que contrastaba con las carcajadas de Fergus a lo lejos mientras era atacado por una gaviota.
—Obrith-Kar —dijo sin más.
Una palabra sin sentido.
Una que en ese momento no entendió, pero a la que temería por el resto de su vida.
❯────────────────❮ La imagen frente a ella le causaba horror.
No podía creer que los humanos tuvieran información de esa criatura, lo que era peor, que crearán toda una secta alrededor de la misma.
Se dio cuenta cuando miro de nuevo el trono de piedra, sobre la cabeza de ese hombre estaba tallada la forma del ojo de Horus, o una mala imitación de lo que era.
No solo sabían de Obrith-Kar, también de la puerta que le daría paso.
El desconocido bajó las escaleras.
Tomó la jarra y los vasos de vidrio que estaban a su lado para sentarse junto a ella.
—¿No quieres un poco más?
—Le ofreció mientras le servía un primer vaso—.
El miedo es la mejor forma de conocer la verdad.
Cualquier miedo que pudiera tener Isaura se esfumó con esas palabras.
Aceptó sentarse y beber solo porque tenía bastantes preguntas que obligaría a ese tipo a responder.
Se empino el primer vaso de una sola vez, dejando encantado a su anfitrión que hizo lo propio con su bebida.
—¿Qué quieres saber?
—¿Por qué necesitan al dragón azul para su secta?
—Isaura fue directo al grano.
—Así que sabes todo de nosotros ¿eh?
—No se veía sorprendido, al contrario, estaba contento de conocer a otra persona interesada en ellos—.
Madre dice que el dragón es el Mesías, quien traerá el fin del mundo a esta tierra.
Dieron otro trago, al mismo tiempo.
Los efectos de la droga hormigueaban en el cuerpo de la mujer, pero seguía tan lúcida como antes de entrar a la cueva.
Ahora que conocía sus efectos se controlaba mejor.
—¿Sabes lo que ese dibujo tallado en tu trono significa?
—Es el ojo de la verdad, el que llevará al paraíso a todos los elegidos.
—Y piensan que el Dragón azul será quien les abra las puertas a ese mundo.
—Eres muy lista.
Un tercer vaso e Isaura ya podía ver a ese hombre más alterado que antes.
La droga a él le afectaba tanto como al resto de personas normales.
Ella, por su parte, comenzaba a recordar el cabello negro y caído de su hija.
La vez que solo era una niña y la despertaba al tirar de su cabello, con esa sonrisa hueca a causa de perder sus dientes de leche.
La última vez también, cuando tuvieron esa fuerte pelea hace 16 años.
Las cosas que ambas se dijeron y las cosas que lanzaron en un arrebato de ira… lo que Isaura lanzó.
Se parecía tanto a su padre.
Tomó otro trago.
Esos horribles recuerdos quería enterrarlos en lo más profundo de su ser.
—Verás, Madre nos explicó el origen del universo.
Resulta que todo lo que creíamos era mentira y ni Zaihn, ni los viejos dioses se comparan a Obrith-Kar.
—Contaba, mientras empinaba su cuarto trago.
Su lengua se entumecía y sus palabras se enredaban, volviendo cada vez más difícil el entenderlo—.
El 21 de diciembre del 2012 todo el mundo como lo conocemos cambiará, la balanza se inclinara por los justos y los oprimidos.
Dejaran de mentir para mostrarnos a nuestros verdaderos dioses, a los que les debemos la vida.
“—Mamá, deberías darle una oportunidad—” El último pedido de su hija lo sigue teniendo muy presente en su mente, casi tanto como el tono de la caja musical que su hermana encontró en la playa hace tanto tiempo.
—Los viejos dioses, ellos… Uriah se lo había contado una noche, ambos estaban acostados en el techo de la cabaña con forma de tetera.
Le hablaba del viejo mundo, los dioses que caminaban entre humanos y el puesto que ellos dos ocuparían en ese viejo mundo.
—Ellos sueñan con nosotros y, al despertar, nosotros desapareceremos.
O peor, seremos su alimento.
—Completo Isaura, tomando el quinto trago de esa tarde.
Ya ni sentía los efectos de la sustancia, tampoco sudaba como su anfitrión.
Él apenas podía respirar por imaginar el fin del mundo tal y como lo describen.
Ser tan insignificante como una mota de polvo, saber que tu vida se reduce a la completa nada y que nadie llorará tu muerte, debía ser lo más aterrador para algunas personas.
—¡Así es!
Que mujer más inteligente eres.
Ella, en cambio, solo podía recordar el pasado, las palabras de su hija, la vibración de su voz al llamarla hipócrita.
“—No es diferente a lo que papá y tú tuvieron.
—Lo había dicho con esa mirada tan indiferente que su hija siempre cargaba— ¿Por qué debería dejarlo cuando tú nunca lo hiciste?
—¡Mira lo que hemos sufrido por haberlo amado!
—Fue lo que le respondió a su hija aquella tarde en el faro—.
No quiero que pases por lo mismo que yo.
—Él no me dejará.
—Lo había dicho con tanta convicción que Isaura le creyó.
A pesar de la frialdad de sus palabras y su mirada aburrida, había algo en ella ese día nublado, una seguridad oculta en ese rostro de hielo.
—No se trata si te deja o no.
Ganarás muchos enemigos.
Su hija era una necia, hubiera deseado que heredará otra cosa de ella.
—Es una pena, estoy embarazada.
Eso fue suficiente para que Isaura estallara” Ahora se arrepentía de haber sido tan cruel, debió apoyarla, estar con ella hasta el último momento.
Su hija debió estar asustada y esa era su forma de pedir por su compañía para cruzar por todo eso.
Como madre había fallado.
—Orbrith-Kar vendrá y solo los elegidos se podrán salvar.
—El anfitrión hablaba entre jadeos, su ropa estaba completamente empapada y sus ojos desorbitados— ¿¡Cómo es posible que yo tenga más miedo que tú!?
¿No lo entiendes?
¡Vamos a morir!
Isaura no lo escucho, seguía recordando.
El faro fue la última vez donde la vio y nunca se molestó en buscarla.
Ambas habían dejado clara su posición.
Como madre, jamás apoyaría su vida de dolor y tragedia.
Entonces, recordó cuando el teléfono sonó.
Era su número, el número de su hija.
¿Cuántos años habían pasado?
Tal vez 5, tal vez 6 En lugar de responder a la pregunta de ese tipo, le arrebató la jarra de sus manos para servirse un último trago y tomarlo todo de golpe, como la primera vez.
Cuando lo dejó caer de nuevo en la mesa, el vaso estalló en cientos de pedazos.
Incluso el Omega que estaba lejos de ellos se sobresaltó por el ruido.
“Isaura juraba que podía escuchar la voz de su yerno al otro lado del teléfono, cuando le dio la horrible noticia.
—Está muerta, —Dijo—.
Eligió quitarse la vida antes de que la poseyera… Lo siento, no pude protegerla.
Lo siguiente no lo escucho.
Pudo jurar como el mundo se rompía en ese momento, como todo dejaba de funcionar y un enorme agujero negro se abría debajo de sus pies, tragándola por completo” —¿Te preguntas por qué no tengo miedo?
—Con esa pregunta había vuelto a la realidad.
Estaba sentada sobre un suelo húmedo, drogándose con un desconocido y escuchando como había gente que quería usar a su nieto para traer el fin del mundo.
Más que asustada, estaba furiosa.
—El mundo se terminó para mí cuando mi hija murió.
“El cuerpo frío e inerte de Osiris era tan parecido al de Uriah cuando le tocó verlo en la camilla de la morgue.
Fue como dar vueltas en el tiempo.
Padre e hija,ambos habían muerto por una herida de bala.
Fergus estaba sentado en una de las sillas, con las manos cubriendo su cara cubierta de lágrimas.
Llorando en silencio.
—¿Qué hacías?
Fergus levantó la cabeza, porque apenas había escuchado su pregunta.
Entonces Isaura pregunto de nuevo, con más fuerza, con más furia: —¿¡Qué diablos hacías que no pudiste salvarlo!?
Ahí los recuerdos se mezclaron, igual a una rueda de colores cuando la hacen girar.
Dejan de ser azul y rosa para volverse morado.
No sabía si le gritaba a Fergus o a Ares.
No sabía a qué cuerpo le estaba llorando.
La bruma negra se extendió hasta que le fue imposible separar los recuerdos, solo podía escuchar sus propios gritos” —Yo no tengo razones para seguir aquí —Se levantó del suelo y sacó su espada de nuevo.
Cuando la punta de esta chocó contra la roca se creó un zumbido grave, dos metales vibraron en distinta sintonía—.
Solo una misión que cumplir.
Apuntó la afilada arma al cuello de ese extraño anfitrión.
En un parpadeo ya tenía su vida en sus manos.
Él también lo sabía, por eso mantuvo sus manos en alto, temblando a causa del temor.
—¿Dónde está Madre?
—No… no lo sé, en serio que no lo sé.
—Su voz temblaba casi tanto como él lo hacía—.
Un lacayo como yo no tiene permitido saberlo.
—¿Quién sí lo sabe?
—Yo…tampoco lo sé.
La punta hizo presión en su garganta, causando que un hilo de sangre saliera.
El ardor fue inmediato, si hacía más presión terminaría por atravesarle el cuello.
—¡Raul!
—Al fin confesó—.
Se llama Raul Martinez.
Hasta donde sé, él es el único que puede hablar con Madre y que sabe donde encontrarla.
—Raul.
Era el mismo sujeto que hizo una visita al Kawiki.
Trato de convencerla de unirse a su grupo ¿Sabía de su relación con su nieto?
En los registros oficiales aparece como mujer soltera.
Nunca casada, nunca embarazada.
Osiris tiene otro apellido, hermanos, hasta padres falsos y ninguno de ellos revelaría la verdad de su sangre.
De un solo movimiento cortó el cuello del anfitrión, limpio la punta de la espada en el aire y volvió a enfundarla.
Había terminado en ese lugar, solo quedaba quemarlo todo.
Escuchó algo saliendo del agua, era ese Omega que se la pasó en silencio todo el momento.
Había sido tan callado que lo olvidó por completo.
Era una mujer, una muy pequeña y delicada.
De bonitos ojos esmeralda.
Ella extendió sus brazos cubiertos de moretones, lista para recibir su espada.
—¿Eres una de las esclavas?
—Pregunto, sin muchas ganas de acabar con otra vida.
Ese Omega asintió lentamente.
—¿Cual era tu propósito?
Al darse cuenta que Isaura no pensaba matarla sin antes responder todas sus preguntas, volvió a bajar los brazos y señaló las flores de loto que ahí brillaban de un bonito color morado.
—Zul —Su dañada voz apenas pudo pronunciar esa palabra.
—Ya veo, eras el conejillo de indias de esta gente.
De nuevo, la chica asintió y volvió a extender sus brazos, esperando el beso de la muerte.
Viéndola mejor, se dio cuenta de las horribles condiciones en las que se encontraba.
Todo el tiempo que la obligaron a estar bajo el agua arrugó su piel, sus brazos y piernas sufrían de leves cortes en todas partes, la tenían sin ropa, obligada a mantenerse dentro de ese río artificial para alimentar los lotos con su poder.
No había una parte de ella que no hubiera sido ultrajada, incluso su rostro, que en antaño debió ser hermoso, estaba demacrado y hundido.
Isaura desenvainó de nuevo su espada.
❯────────────────❮ —Por fin sales, me estaba comenzando a cansar.
Cuando salió, con el humo detrás de ella por el incendio que provocó para las plantas, Caelan ya estaba esperándola, mejor dicho, no tenía otra opción que esperarla.
El tipo estaba boca abajo en medio del pasillo, con los cuerpos de los drogadictos observandolo como si fuese una atracción navideña y no un desconocido cubierto de sangre.
—¿Qué ocurrió contigo?
—¿Sorprendida?
Unos tipos trataron de atacarme de la nada, así que yo les respondí.
Luego me di cuenta que había más sujetos armados en otras habitaciones, así que los estuve cazando y quitándoles un poco de dinero.
Vamos a necesitarlo.
Además, descubrí algo bastante interesante.
—¿Qué cosa?
—¿Sabías que nos visita una princesa?
Bueno, ellos lo saben y creen que la niña es la clave para la mejora del zul.
Tenías razón al decir que era un supresor, quieren hacer uno tan potente que mate a los Alfas apenas olerlo.
—¿Y la princesa es el ingrediente final?
Isaura miró de nuevo en dirección a esa cueva.
Esa Omega debía ser su ingrediente secreto ¿a cuantos más habían secuestrado en su búsqueda por mejorar esa droga?
—Según las anotaciones que tenían: sí.
Hasta mandaron a un grupo de VIP a invitar a la princesa a su reunión y tomarla en ese lugar.
Trate de reunir más información yendo al resto de cuartos.
—¿Y en medio de eso terminaste en una de sus trampas?
—Ojalá hubiera sido así de divertido, pero no.
Temo que caía en esta cuando iba de camino a buscarte.
—Suena lógico.
Lo ayudó a liberarse cortando la soga.
Para evitar caer de cara al suelo, el Alfa extendió las manos para impulsar su cuerpo hacia adelante y dar una vuelta en el aire que lo volviera a poner de pie.
Fue entonces que Isaura se dio cuenta que los pies los tenía atados en una secuencia de nudos bastante inusual.
—Quédate quieto.
Se agacho para tomar la punta que estaba en el nudo final.
—¿Puedes desatarlo?
Yo estuve 10 minutos intentando y me fue imposible.
Estaba cortándolo cuando saliste.
—Es un nudo de 5 pasos, le dicen así porque son 5 los nudos que se forman y entrelazan para fortalecer la cuerda y evitar que la corten.
—En solo tres movimientos, logró deshacer el amarre—.
Listo.
Caelan quedó impresionado con su habilidad.
—¿Quién te enseñó a desatar nudos?
—Nadie, yo invente esta técnica.
—Genial.
Comenzaron a caminar de vuelta a la salida, ignorando a los drogadictos que les extendieron la mano en busca de limosna.
Habían terminado en ese lugar y era cuestión de tiempo para que toda la cueva terminara cubierta de fuego.
No solo Isaura quemó las flores, Caelan también se encargó de volver ceniza cualquier información que al enemigo fuera a serle útil.
—¿A dónde irás ahora?
—Por Raul.
—¿Raul, el sujeto que visitó el Kawiki una vez con una oferta de negocios?
¿Él está detrás de todo esto?
—Trabaja con la persona detrás de esto.
—Afirmó la mujer—.
Lo obligaré a decirme dónde se encuentra.
—¿Y sabes dónde está Raul?
—Sabemos dónde están los VIP.
Caelan ya se encontraba por completo interesado.
❯────────────────❮ El atardecer cayó otra vez, y por fin Mikael tuvo un momento para mirar el teléfono y contestar los mensajes que Kon le había enviado durante la tarde.
Hablaba de los nuevos libros que había comprado estando de visita en San Simón.
No era fanático de la fantasía ni las novelas, pero esta temporada habían llegado guías de estudio tan buenas que pensaba gastar parte de su salario en comprarse una de cada materia.
Solo él podía hablar con tanta emoción de guías de estudio.
Antes, esa parte de él le sacaba de quicio a Mikael: la arrogancia propia de su especie, la seguridad con la que se movía en un mundo que se suponía hostil para ellos, y esa forma descarada de ignorar las reglas como si estuvieran hechas para todos menos para él.
Incluso en las citas tenía todo medido y controlado hasta el punto de resultar sofocante, y Mikael no era la excepción.
Aun así, no se quejaba: ese itinerario le facilitaba encontrar una excusa perfecta para desaparecer durante cierto tiempo sin levantar sospechas.
Sus compañeros no decían nada, y eso lo agradecía.
No eran como Usnavy o los demás de su clase, siempre al acecho de cualquier error para delatar al “perfecto” Mikael.
Su tutor, en cambio, sería peor: le advertiría sobre ese teléfono y, si no lo apagaba a tiempo, se lo arrebataría sin dudar.
En uno de los mensajes, Mikael se ofreció a ayudarle con las fórmulas que le resultaran más complicadas.
Propuso reunirse algún día para estudiar juntos.
Kon aceptó, aunque dijo que sería al final de las vacaciones, cuando ya hubiera terminado la mayor parte de sus guías, para así comparar resultados.
Mientras escribía, Mikael recordó lo ocurrido el día anterior y se le encendió el rostro como un tomate.
¿Pensaban repetirlo cuando se vieran?
Estuvo a punto de mandar una respuesta afirmativa, pero un nuevo mensaje la dejó helada: “Qué bueno que Mikael ya no está.
¿Te he hablado de él alguna vez?” La Omega se quedó de piedra.
Su nombre.
Tal como se lo habían dado hacía años.
¿La recordaba?
Y claramente, no de un modo agradable.
No podía culparlo.
En aquellos tiempos se odiaban a muerte.
Mikael habría deseado que un camión le pasara por encima para dejar de verlo.
Todo cambió después de la competencia escolar, cuando les tocó enfrentarse y pudieron descargar toda la rabia que guardaban.
A ella la suspendieron por una semana por pasarse de la mano; a Kon, lo expulsaron por el resto del año por haber herido a un Omega de su rango.
¿Cómo no iba a odiarla después de eso?
Escribió con rapidez lo que estaba segura de que Kon quería leer: “No”.
Mientras esperaba su respuesta, con el corazón acelerado, le vino a la mente una imagen que nunca había podido borrar.
“Después de la pelea, Kon se había retirado del patio, cojeando del pie izquierdo por el golpe que Mikael le había dado en la espinilla.
La directora había mandado a Mikael de vuelta al salón para recoger sus cosas.
Le dolía la cara por un puñetazo que el moreno le había dado casi por accidente.
Era tan torpe que no le sorprendió haberlo derrotado al minuto de empezar.
Iba a entrar cuando lo vio caminar por el extremo opuesto del pasillo.
Entre el marco y la penumbra del aula vacía, lo observó dejar su mochila en el rincón más alejado.
No había nadie más allí… y quizá por eso bajó la guardia.
Pensó que se sentaría o empezaría a maldecir, pero en cambio, Kon se apoyó contra la pared, hundiendo la frente en el antebrazo.
El silencio se rompió con un suspiro tembloroso… seguido de un breve sollozo.
—Tsk… —Mikael quiso apartar la mirada, pero no pudo.
Las palabras del profesor aún resonaban en su cabeza.
Incluso ella debía admitir que había sido cruel con él: “Quizá sea un idiota, pero ese chico tiene lo que hace falta para ser alguien.
Tú, en cambio, solo eres basura con piel quemada”.
Kon había mantenido el rostro firme frente a todos, sin ceder ni un gesto.
Pero ahora lo veía temblar, con los hombros encogidos, murmurando algo que no alcanzaba a oír.
Se llevó una mano al rostro, intentando borrar las lágrimas antes de que existieran.
Mikael sí escuchó su respiración entrecortada… y esa rabia ahogada de alguien que se había esforzado hasta el límite, solo para que le recordaran quién era y dónde “debía” estar.
Sintió un pinchazo extraño en el pecho.
No era compasión ni cariño… era una molestia consigo misma.
Hasta entonces lo había visto como alguien altivo, incluso arrogante.
Esa imagen se resquebrajaba ante sus ojos.
No se acercó.
No dijo nada.
Lo observó unos segundos más, hasta que la incomodidad la obligó a irse.
Pero mientras caminaba por el pasillo, la imagen de Kon, con los hombros caídos y los puños apretados, quedó grabada en su memoria” Y estaba segura de que no se borraría hasta el final de su vida.
—Muchacho.
La voz de un oficial la arrancó del teléfono.
¿Cuánto tiempo llevaba esperando ahí?
El hombre tenía el ceño fruncido.
—Te tocará hacer guardia esta noche, junto a otros.
Mikael estuvo por preguntar la razón, pero recordó la falta del día anterior y las miradas frías que había recibido al ser presentada.
—Como ordene.
El oficial soltó una risa seca.
—Qué obedientes son los de tu clase.
No valía la pena responder.
Se despidió de Kon con un mensaje rápido y se dirigió al hotel cinco estrellas donde dormían los VIP.
No entendía por qué gente tan importante iba a una feria cultural como si fuera un club de negocios.
La gente rica era un misterio.
En su puesto, observaba el entorno.
Otro guardia se le acercó.
—El jovencito está muy concentrado.
¿Primer trabajo así?
—¿No debería estar en su posición asignada?
—replicó Mikael.
—Son rondas nocturnas, no ataques frontales.
Una tercera voz interrumpió, cargada de burla: —Es un Omega de la Basílica.
Seguro recibió entrenamiento de primera.
—En eso no se equivocan —respondió con calma—.
Todos los de mi especie lo reciben.
—Uy, que divertido suena eso.
Ojalá hubiera nacido Omega.
—De ese modo nos traerían en jet privado hasta Aztlapalco.
Mikael les brindo una sonrisa de cortesía.
Su llegada no pudo ser más escandalosa, la academía la presentó como el soldado más valioso de la Basílica.
Ni siquiera el presidente daba viajes en un jet privado, pero el director quería mostrarles a los VIP su poder.
Un fuerte olor a almizcle llamó su atención.
Arrugó su nariz, era bastante molesto, hacía que sus ojos picaran y sus nervios se crisparon.
De pronto, en su campo de visión un hilo dorado apareció.
Era intenso y oscuro, lo sentía tan pesado como si cientos de cadenas cayeran sobre sus hombros.
Abrió los ojos con desmesura al recordar que era.
Solo existía un olor en el mundo que la estremeciera de ese modo.
Lo enseñaron en la academia desde el primer año, el color maldito que debía ser eliminado.
Se giró a sus compañeros para advertirles.
—¡Hay un Alfa en las instalaciones!
No espero a que los demás respondieran.
Mikael entró primero, con su arma en mano.
Se dirigió a las escaleras del último piso, donde los VIP dormían.
Sus instintos la guiaban hacia ese lugar, donde su rival natural se debía encontrar causando una masacre.
Otros dos oficiales lograron seguirle el paso, apenas.
Aparte de Mikael, no todos mostraban tener la resistencia física que el trabajo les exigía en ese momento.
Mientras más subía el olor del metal se volvía más intenso.
Olas de sangre se mezclaban con el hilo dorado que flotaba frente a ella.
El Alfa por el que iban poseía bastante conocimiento en batalla.
Vaya suerte la de ella, su primera pelea sería con un Alfa con bastantes cuerpos detrás de él.
Llegaron a la escena, los pasillos estaban despejados y tan limpios que, de no ser por los gritos de las habitaciones, nadie sospecharía que cosas malas pasaban.
—Divídanse —ordenó el oficial jefe.
Luego, a Mikael—: Omega, ¿sabes usar tu milagro?
—Por supuesto.
—Mantente atento.
Solo tú puedes enfrentarlo.
Ojalá fuera cierto.
En la academía le enseñaron a como pelear contra sus compañeros, las técnicas que necesitaría en cada pelea, en la guerra.
Le dieron clases de estrategía y destacó en las artes marciales, pero siempre con un árbitro observando.
Siempre contra sus compañeros, usando balas de goma o varas de madera.
Jamás se mentalizó para matar a alguien, o pelear para morir.
Sus piernas pesaban.
El mareo amenazaba con tumbarla.
Apretó el arma hasta que los nudillos se pusieron blancos.
Recordó los mensajes de Soleil: “Si no disparas al suelo a mitad del pasillo, te partirá en dos”.
No podía sacar el teléfono.
No ahora.
—No hay nadie vivo en esta área —dijo un oficial, saliendo de la última habitación—.
Creo que usaron espadas.
¿Espadas?
Mikael no decidió si eso era peor o mejor.
—¡Muévanse!
—tronó la voz del jefe y todos los uniformados corrieron al siguiente pasillo donde los últimos VIP quedaban.
Los primeros oficiales no tuvieron tiempo ni de gritar.
La hoja inmensa —más roca que metal— atravesó el aire con un solo giro, y sus cuerpos se partieron como si fueran muñecos de trapo.
La sangre salpicó la piedra, y el eco del impacto llenó la caverna.
Mikael se quedó paralizada, el corazón golpeándole en las costillas, las pupilas se dilataron.
Ese sujeto no se alejaba tanto a su edad y, sin embargo, movía su espada con una maestría 20 años adelantado a su técnica.
—¡Omega, hazlo!
—rugió el jefe.
Ella sabía exactamente lo que significaba.
Extendió la mano, con los dedos temblando, y dejó que las cadenas salieran de la punta de sus dedos, 5 largos trozos de metal que se movían con la ligereza de una tela apuntaron hacia él.
El Alfa se detuvo un instante.
Sus pupilas se contrajeron.
Un segundo después, la espada gigantesca se le resbaló de las manos, golpeando el suelo con un sonido seco que resonó como un trueno.
Caelan pestañeó, como si acabara de despertar de un sueño, y sonrió.
Sonrió directamente hacia Mikael.
Con un movimiento fluido, desenvainó una espada más corta, ligera como una extensión de su brazo y siguió avanzando.
Las balas lo rozaban, las otras cuatro cadenas seguían detrás de él, pero las esquivaba con giros mínimos de cabeza y hombros, dejaba que se enredaran en los oficiales.
Era tan rápido que Mikael dejó de lanzarlas para no lastimar a sus compañeros.
Antes de que el cargador del oficial más cercano se vaciara, Caelan lo había alcanzado.
Un tajo rápido, limpio.
El cuerpo, todavía caliente, se convirtió en su escudo improvisado.
El hedor a pólvora y sangre llenó el aire.
Mikael sintió el impulso crudo de supervivencia, y del cuerpo del hotel surgieron cadenas en todas direcciones, en forma de estalagmitas afiladas que buscaban detenerlo.
Caelan no se detuvo.
Sus dedos se cerraron sobre una de las puntas de metal, y la destrozó como si fuera azúcar.
Otro golpe, otra fractura.
Los fragmentos de hierro llovían como cristales rotos, y en cada impacto sus uñas largas, afiladas como garras, dejaban marcas en la piedra.
Mikael sintió que el frío que la rodeaba no venía solo de su magia.
“¿Eso es un Alfa?
¿Y los directivos esperan que yo acabe con ellos…?” Caelan acortó la distancia en un parpadeo, derribando todos los picos de hielo con la espada como si fueran de papel.
Incluso el jefe de policía, que se había puesto al frente para cubrir a los demás, recibió el impacto: la hoja lo atravesó antes de que pudiera disparar.
Cayó sin un grito, y el eco de sus botas golpeando el suelo fue lo único que quedó.
Mikael apenas podía pensar, pero el mensaje de Soleil resonó en su memoria: “Te van a partir en dos… a menos que dispares al suelo cuando esté al centro del pasillo.” Con un pulso acelerado y la respiración desbocada, apuntó al piso.
El disparo rebotó en el ángulo exacto, y la bala rozó la pierna de Caelan.
No fue mortal… pero bastó.
Caelan vaciló, cayó de rodillas, y en ese instante Mikael recuperó algo de control.
Sintió cómo el suelo del hotel respondía a su voluntad: las baldosas se deformaron, se alzaron, y lo envolvieron en una prisión improvisada.
Unió las manos y comenzó el cántico, ese rezo en el idioma arcaico que Nivael le enseñó por si algún día estaba en problemas.
Palabras que, según le dijo, adormecían a un Alfa el tiempo suficiente para inmovilizarlo y esperar refuerzos.
Pero antes de que pudiera terminar, un sonido cortó el aire: un zumbido grave, metálico, como si dos hojas distintas vibraran al unísono en las entrañas de la tierra.
se echó a un lado justo a tiempo.
La espada lanzada pasó rozando su cara, y un corte limpio abrió su mejilla derecha.
La sangre caliente le nubló la vista por un segundo.
Y entonces la vio.
Esos ojos turquesa, imposibles de confundir.
La misma mujer que había visto en la feria.
Caminaba imponente sobre toda esa gente y sus ojos brillaban aun por sobre la sangre en su cara.
Krathgor.
No pudo evitar pensar en ella como eso.
El piso bajo sus pies se rompió.
No pudo completar su cántico y Caelan logró liberarse de esa prisión improvisada al perforar el suelo.
Mikael sintió el impacto de su pie golpear contra su mejilla.
Fue tan fuerte que cayó al suelo a un metro lejos de donde estaba.
—Eres una Omega.
—Dijo Caelan, observando su hilo rosado y olfateando un poco al aire.
Debió gustarle su aroma, porque sonrío—.
Hueles a hembra.
Mikael recordó las historias de los clérigos, sobre la barbaridad de los Alfas con las mujeres que les gustan y volvió a tomar su arma para disparar múltiples veces en dirección al tipo.
Debía matarlo ahora que sabía su secreto, antes de que intentara marcarla.
No tuvo tanta suerte como la primera vez.
Las balas pasaron a su lado, a milímetros de su cara, pero sin tocarlo.
Para Caelan fue fácil desarmarla y más fácil noquearla de un golpe en la cara.
—No lo mates.
—La voz de Isaura la escuchó en la oscuridad, aun si estaba inconsciente—.
Es un niño.
—Vio nuestras caras.
—Eso es lo que quiero.
Él no está aquí, pero después de esto sabrá que lo busco.
—¿Eso no es malo?
—Al contrarió, así sabrá quien lo busca.
—Estás muy confiada.
No esperaba menos del mejor mercenario.
Después hubo más silencio y Mikael no supo en qué momento dejó de escuchar por completo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com