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La canción del dragón - Capítulo 53

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  4. Capítulo 53 - 53 Querida Laila
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53: Querida Laila 53: Querida Laila Fue la única sobreviviente del ataque a los VIP.

Despertó antes de que los refuerzos llegaran y se dirigió de inmediato a informar lo sucedido.

Si lo que había escuchado era cierto entonces nadie de esa gente estaba a salvo.

Ahora estaba más que segura, esa mujer la conocía, fue la que acabó con todo el Bastión de la Sangre Inocente en Skaluph, hace años.

Aparte de los niños y ella, nadie más quedó con vida, esa vez también iba por un hombre, pero Mikael ya no recordaba su nombre, solo esos ojos turquesa que brillaban con fuerza en la oscuridad.

Le recordé a los Krathgor que su madre le contaba de pequeña para asustarla.

En ese momento lo creyó más que nunca, que monstruos así de verdad existían.

—¡Aseguren el perímetro!

Mikael siguió las indicaciones de que el nuevo jefe del sector 4 daba.

Un Omega perteneciente al Tlan, llamado Rak’el fue quien daba las órdenes a todos.

Después de lo sucedido anoche se llamó al mejor grupo de policías de Xictli, los que estaban a cargo de la presidenta.

Rak’el, junto a su aprendiz de nombre Ali eran los que se mantenían investigando la segunda zona de ataque, una cueva en la cima de la colina que se incrementó por la tarde.

Los aprendices como él se encargaban de vigilar las afueras, atentos a cualquier movimiento sospechoso.

Rak’el lo pidió entre sus filas cuando escucho que él fue el único que detectó al enemigo y le dio pelea.

Si un Alfa estaba involucrado en el caos pasaba a manos de ellos, Omegas experimentados que habían derrotado, por lo menos, a un Alfa en su vida.

Todo gracias a sus milagros de ataque.

Donde otros vieron Omegas inútiles o fenómenos, Kira vio guerreros, solo necesitaban de la guía adecuada para brillar y ese hombre que les estaba ordenando a todos era la prueba de eso.

Se decía que Rak’el fue expulsado de su academia porque su milagro de nada servía, nada más traía tragedia y desgracia a quien se le cruzara.

No importó cuanto intentaron purificarlo o contener su poder, fue imposible, estaba maldito con la mala suerte y por eso terminó en la calle.

Kira, sin embargo, le tendió la mano cuando encontró hecho ovillo en un callejón, esperando por su muerte.

Le enseño desde cero sobre los Omegas y sus poderes.

Aprendió desde lo más básico, incluso a cómo servir una taza de té sin que sus manos lo traccionaran o la mesa temblara.

Nadie supo cómo lo hizo para volver la maldición un milagro, pero ahora Rak’el era de los mejores de su clase, con todos sus casos resueltos y por haber atrapado a la mayor cantidad de criminales Alfa en el país, incluso por desmantelar una organización criminal al fingir una traición a su gente ya Kira.

Sus logros pasaron a la historia de la policía, incluso alguien como Mikael lo admiraba y Kon hablaba bien de él a pesar de ser Omega.

Según su veredicto: “si todos los oficiales fueran como él las cosas no estarían tan mal en Xictli” Si la gente supiera que parte de sus habilidades provienen del Alfa que lo marcó, dejarían de aplaudirle.

Mikael no lo juzgaba, al contrario, a veces soñaba con ser tan fuerte como él, pero al haber elegido marcarse por un Alfa la locura era lo único que le esperaba.

Es lo que le espera a todos los Omegas que toman ese camino.

El sonido de unos pasos apresurados saliendo de la cueva llamó la atención de todos.

La aprendiz llamada Ali salió corriendo hasta un arbusto cercano para devolver todo el almuerzo.

Las arcadas se escuchaban con fuerza y ​​los que estaban cerca se alejaron cubriendo la nariz.

Rak’el salio detrás de ella, con esa aura que la hacía querer dar una reverencia.

Lo vio decirle algo a uno de los oficiales ya este asentir antes de dar la orden a los paramédicos.

—Pueden pasar, no hay sobrevivientes.

Mikael no tuvo que entrar para saberlo, la gran cantidad de cuerpos que se encontraban ahí dentro.

Era un punto principal de ventas ilícitas, por lo que todos los adictos a esa sustancia fueron a ese lugar, desesperados por un poco más de su sustancia mágica.

Lo que no esperaba ver fue que, entre los cadáveres, se encontró un Omega.

No pudo ver su rostro, pero el olor que emanaba de la bolsa, más allá del olor a muerte, era sin duda de su especie.

No podía acercarme, pero el hilo no mentía.

Apenas un trozo delgado y tambaleante que se mecía con el aire y que antes sostenía la vida de una persona.

El color rosado se desvanecía y un dolor se colaba en su pecho.

Ojalá hubiera llegado antes y ayudado a toda esa gente.

Hizo la pena a un lado, pensar en el hubiera jamás era de ayuda, lo mejor que podía hacer en ese momento era atrapar a los culpables.

Para empezar ¿Por qué había uno de los suyos en la cueva?

Sin que nadie se diera cuenta se fue acercando de un poco hasta la entrada de la cueva.

Los miembros del Tlan ya se habían retirado de la entrada para ese momento y quienes la vieron adentrarse nada dijeron, supusieron que tenían permitido pasar.

—Quemaron y mataron toda la evidencia.

—Escucho a Rak’el decir, para nada contento—.

Incluso la droga que guardaban.

—Esta gente debió morir por sobredosis.

—Su aprendiz contó sus propias conjeturas—.

Al juzgar por su estado, esa gente debía estar aquí atrapada por mucho tiempo, viviendo solo de la poca droga que les daban.

Haber quemado todo fue letal para ellos.

—Lo que dices es posible.

La autopsia nos dará una respuesta.

Mikael siguió avanzando en línea recta.

Había muchas habitaciones antes de llegar al cuarto principal.

Habían arreglado la cueva de tal modo que les sirviera como base secreta, eso fue contraproducente al momento del ataque, porque no habría por donde escapar.

Uno de esos cuartos llamó su atención, porque un hilo se hizo visible frente a sus ojos, opaco, pero estaba ahí.

Mikael corrió hasta esa cabina improvisada, donde el hilo azul parpadeaba con lentitud, apagándose gradualmente.

Había encontrado un superviviente.

No pude ver una simple vista cuando entró, de no ser por el hilo que funcionaba de guía, no se hubiera percatado que se encontraba detrás de un quemado estante de libros.

Mikael apartó el mueble lo más lejos que pudo, evitando que cayera sobre el cuerpo agonizante de ese hombre.

Su piel y ropa estaban chamuscada, su cuerpo temblaba y de su boca salía saliva con descontrol.

Pudo ver en sus ojos el leve alivio que sintió al saberse encontrado.

Mikael se agacho para revisar su pulso, pero las palabras de ese hombre la detuvieron.

—Bolsa…ellos…se llevaron, todo.

—¿Ellos?

¿Se refiere a un hombre de largo cabello y una mujer de ojos turquesa?

—No…el ojo… Era evidente que se esforzaba por hablar, la sobredosis lo estaba matando y Mikael gritó por los paramédicos para que trajeran una camilla.

—El broche… —Volvió a decir cuando la sujetó del brazo—.

En mi bolsillo…está el broche, que no te lo vean.

Sin preguntar, Mikael comenzó a buscar en los bolsillos de ese hombre hasta pellizcar los dedos con una aguja.

Tuvo que tantear con más cuidado hasta dar con una base más redonda.

Al sacarla se fija en su forma: un broche con la figura de un ojo de pestañas largas.

—No confíes, en la policía, no son… buenos.

— ¿Hay policías implicados en esto?

—Están, en, todos lados.

—Guarde fuerzas, deberá testificar todo lo que vio.

—El tlan… —Mikael contuvo la respiración cuando escuchó lo que dijo— Uno de ellos… trabaja para esa mujer.

Eso fue lo último que dijo.

Su voz y sus ojos se apagaron.

Cuando los paramédicos llegaron ya era tarde.

El único testigo había muerto.

❯────────────────❮ Después de ese suceso y viendo las heridas en su rostro, Rak’el optó por devolver a Mikael a la Basílica en San Simón y evitarse cualquier problema con la iglesia.

Hizo caso omiso de sus quejas, no había palabra que el niño le dijera que pudiera convencerlo de mantenerlo a su lado.

Se fue refunfuñando, entre murmullos de ira.

Rak’el podía entender esa frustración, estaba seguro que un chico como él podía aportar suficiente a la investigación, al menos cuando se liberara de la gente que lo mantenía encadenado.

-Patrón.

—Ali llegó con Rak’el casi al mismo tiempo en el que Mikael se subió al auto para ir de vuelta a la Basílica—.

Sabemos dónde atacarán a los culpables.

—¿Dónde?

—Van a por la princesa.

Esa respuesta hizo palidecer a Rak’el.

— ¿Cómo están seguros de eso?

—Los atacantes dejaron un mensaje.

Parece que no les importa que sepan quienes son.

—No, ellos quieren que sepamos quiénes son.

Rak’el recordó la descripción de los asesinos que Mikael les dio.

Uno de ellos era Isaura Cardavall, la mercenaria que estaba vetada en Skaluph y Ashvord desde hacía más de dos décadas.

Según los registros, es originaria de Xictli; una mestiza de un noble de Skaluph que nunca la reconoció y una mujer común que fundó el pueblo Las Fauces.

Ahora debía preguntarse ¿Qué relación tenía esa mujer con esta gente?

Y si su objetivo tiene algo que ver con su cacería de hace 11 años y la guerra que mantienen los Alfas con la familia real.

❯────────────────❮ Habían caminado sin descanso durante más de dos días, evitando ciudades concurridas y carreteras principales.

—Recuérdame porque estamos yendo en dirección al Norte.

—Hablo Caelan, llevándose la mano al estómago cuando lo escucho rugir—.

Dejamos atrás a la princesa.

—Un VIP se nos escapó ¿no recuerdas?

él se unirá este día con sus compañeros.

Mientras más se acercaban al norte, más lejos quedaban de la civilización.

No se detendrían a nadie; la única excepción fue un mercado diminuto donde Isaura compró una manzana, algo tan pequeño y ligero que apenas servía de sustento.

—¿Sabes que los Alfas necesitamos comer bastante para recuperar calorías?

—gruñó Caelan, con tono casi de queja—.

No sé cómo funciona con ustedes, los Delta, pero yo solo quedé satisfecho después de cazar un puma… o de arrasar con una tienda entera.

Isaura, por su parte, comenzó a planear un asesinato silencioso.

Atacar directo al cuello lo mataría de inmediato, pero el tipo era rápido, así que primero debía ir por las piernas.

Nadie la culparía.

Estaban solos y él era un grano en el culo; De hecho, le estaría haciendo un favor al mundo.

Por suerte, el bosque se abrió para revelar una pequeña villa: varias cabañas modernas de piedra y madera, con enormes ventanas que daban al verdor.

Las terrazas, impecablemente trabajadas, incluso tenían jacuzzis de burbujas que parecían llamarlos a descansar un momento.

No era raro encontrarse con lugares así.

Tal vez, en la juventud de Isaura, esos bosques aún eran vírgenes y aterradores para los forasteros.

Hoy, en cambio, eran otra atracción turística para quienes podían pagar una o dos noches de lujo.

De una de las cabañas salió una mujer de labios rojos intensos.

Llevaba solo una bata de dormir, pero el cabello, tan perfectamente planchado, parecía listo para una sesión de fotos.

Ambos la reconocieron al instante y ella a ellos.

—¡Caelan, Isaura!

—exclamó, sorprendida, desde la terraza.

Era Samantha, una vieja compañera—.

¿Qué hacen aquí, locos?

—Lo mismo nos preguntamos —dijo Caelan, acercándose con paso rápido a la entrada de la cabaña—.

¿No deberías estar en Kawiki?

—No van a creer lo que pasó en su ausencia.

Entren y dejen que les cuente, solo debo avisarle a mi marido.

—¿Marido?

Así que había conseguido atrapar a alguien en ese tiempo.

Caelan se sorprendió; No imaginaba que alguien soportara la actitud tan malhumorada de Samantha.

—Erika debió cobrar mucho por ella —comentó Isaura, pasándole por un lado.

—¿La compró?

—¿No sabías que eso era posible?

—Isaura alzó una ceja—.

Cualquiera con el dinero suficiente puede pedirte en matrimonio… incluso a ti.

Un escalofrío recorrió al Alfa.

¿Por eso la vieja había insistido tanto en que trabajara con ellas?

—Eso es esclavismo.

¿Cómo es que Erika no está tras las rejas?

Isaura no necesitó responder.

Bastó con una sola mirada para que él entendiera.

Por supuesto… ¿Quién iba a escuchar denuncias cuando las personas que trabajaban ahí no eran nadie?

Más de uno debía haber intentado denunciar, pero las pruebas se esfumaban o eran silenciadas con sobornos.

—Qué miedo dan los vivos —murmuró.

Samantha abrió la puerta de cristal.

A su lado estaba un hombre joven, atlético, con la elegancia impecable de un protagonista de novela.

También lucía contenta de verlos, aunque no los conociera de nada.

—¿Son amigos de mi esposa?

—preguntó con esa cordialidad que solo la gente con clase parece dominar.

Ambos se preguntaron cómo Samantha había logrado conquistar a un hombre así.

Incluso Caelan sintió un leve pinchazo de envidia.

—Un gusto —Isaura fue la primera en mostrar sus respetos.

—Son amigos del trabajo —explicó Samantha con una sonrisa que le inflaba las mejillas—.

Hace un tiempo que no los veo, ¿pueden quedarse un rato?

—Por supuesto, cariño.

Deben tener mucho de qué hablar —aceptó él, amable—.

Puedo dejarlos solos mientras voy de compras a la ciudad.

Samantha estuvo de acuerdo y se despidió de él con un beso y un abrazo, olvidándose por un momento de sus invitados.

Caelan se fijó en el hilo azul que envolvía al hombre: su amor por ella era genuino, sin ninguna otra intención oculta.

Su corazón latía con fuerza al ver cómo él se sonrojaba por un simple beso.

Samantha, sin duda, había sacado la lotería.

— ¿Cómo pasó?

—preguntó Isaura, tan curiosa como Caelan.

—Fue amor a primera vista —respondió Samantha, radiante—.

Él me vio primero y me pidió a mí, exclusivamente.

Venía con sus compañeros de trabajo, políticos tan importantes como él.

Como era el más joven, debía dirigirse a ellos con respeto.

Llegó una noche después de que ustedes se fueron y regresaron al cabaret cada noche, acompañado de su amigo CEO.

—Qué suerte la tuya.

—Ni que lo digas —rio Samantha.

Les ofrecieron vasos de agua y unos sándwiches de bienvenida que el servicio de cocina había preparado.

Ella, por estar a dieta, no los probó y los guardó en el refrigerador para que no se echaran a perder—.

Comán, están buenos.

Caelan no se hizo rogar; Fue el primero en devorarse uno de los cinco que había en la mesa.

— ¿Cómo está Deirdre?

—preguntó con la boca llena—.

¿Sigues yendo a la universidad?

—Ay, ese chico… ha estado muy distraído.

Cuando yo me fui, traía la cabeza en las nubes.

—¿Por qué?

—Por culpa de un hombre —Caelan casi se atragantó al escuchar eso—.

Se llama Gustavo y es amigo de mi esposo.

Mientras César me pedía a mí cada noche, Gustavo iba detrás de Deirdre.

—Pero Deirdre no figura en el catálogo.

Samantha se encogió de hombros.

—Explícaselo tú.

Por más que Erika le ofreció hombres “mejores” para pasar la noche, ese tipo insistía en tenerlo a él… y Deirdre tampoco ayudaba.

Debía sentirse como en una historia de amor prohibida.

A Caelan se le formó una sonrisa lobuna.

Si hubiera estado allí, no dejaría de burlarse de él y su aire de niño enamorado.

—No me digas que piensa dejar la escuela para irse con él.

—No es tan estúpido.

Antes de que me fuera, Deirdre le aseguró a Erika que no se iría a ningún lado, que le debía la vida.

Aun así, ese tipo sigue visitando el Kawiki, seguro de que un día logrará convencerlo.

—¿Y qué hará cuando lo tenga?

—la risa cínica de Caelan resonó en la habitación—.

Apuesto a que solo lo usará de entretenimiento.

A él ya su hermana… ¿saben que es Omega?

Sería como tener una reliquia en su colección.

Isaura escuchaba en silencio.

Entendía el enojo de Caelan.

Aunque Samantha había encontrado a un hombre que la amaba, no todos corrían con la misma suerte, menos en especies como las suyas.

Bastaba con recordar los días en que Caelan trabajó con ellas: todos lo solicitaban solo por ser Alfa y conocer sus habilidades.

Querían sentirse poderosos teniendo a alguien como él finciendo devoción, aunque fuera por una hora.

Con Deirdre no era diferente.

Un Omega fuerte y reservado era un premio difícil de obtener.

Todo se resumía en eso: poder.

En el bajo mundo, las cosas funcionaban así, y gente como ellos no podía quejarse… al menos no Isaura, que había elegido esa vida, ni Samantha, que había tomado el camino fácil.

Por lo menos, ella había encontrado su final feliz.

Caelan estaba preocupada; Isaura lo notó en su voz.

Él también conocía bien ese mundo.

—Deirdre es inteligente —interrumpió Isaura—.

Nunca caerá en trucos como esos.

Pareció que Caelan solo necesitaba escuchar eso para volver a su sonrisa habitual.

—Tienes razón.

No hay de qué preocuparse.

—Uy, por cierto… a que no adivinan de lo que me enteré en mi último día en el cabaret —Samantha volvió a llamar su atención—.

Layla volvió a trabajar con Bruno.

—¿Qué?

El ambiente se tensó de golpe.

Isaura se levantó tan rápido que hizo sobresaltar a Samantha.

—¿Quién te lo dijo?

-Diana.

Ya sabes que ella está llena de contactos.

—¿Dónde?

—insistió la morena.

—En… en el cabaret Rosa.

Sabe que Bruno es el dueño.

¿Cómo podía ser?

La última vez que la vieron, Layla subía al autobús que la llevaría a su pueblo.

¿Bruno la interceptó en el camino?

Isaura quiso golpearse.

¿Cómo pudo ser tan ingenua?

¿Por qué no la acompañó hasta su casa?

—Debemos ir por ella —Caelan fue el primero en reaccionar.

Por la mirada de Isaura, comprendió lo importante que era esa chica para ella—.

No hay tiempo que perder.

Por un momento, el muchacho que nunca cerraba la boca parecía más grande y fuerte.

Isaura incluso olvidó que ella era la adulta.

Se despidieron de Samantha y retomaron el camino.

Salieron del bosque hacia la carretera principal, donde robaron una camioneta estacionada.

Un vehículo que aguantaría todo el viaje de vuelta a Jalek… y los llevaría más rápido a salvar a su amiga.

❯────────────────❮ Condujeron como locos por toda la carretera, sin detenerse más que lo justo para recargar gasolina.

Isaura maldijo al dueño original del auto por no llenarlo antes de que cayera en sus manos.

El velocímetro parecía a punto de estallar y, aún así, no aminoraron.

Escaparon de patrullas, derribaron cercos de la policía y atravesaron más de un bloqueo a fuerza de acero y motor.

Para cuando el sol se escondió, los neumáticos dejaban un rastro de caucho quemado en el asfalto.

Al llegar al edificio de Bruno, no hubo saludo ni advertencia.

La puerta de entrada pasó bajo un empujón, y los guardias que intentaron detenerlos fueron derribados uno por uno.

Gritos, golpes, huesos astillándose: la violencia fue su única llave para abrirse camino.

— ¿Dónde está?

—bramó Isaura, sujetándose por el cuello al primero que se cruzó.

El hombre no respondió.

Isaura lo lanzó contra la pared como si fuera un saco de harina.

Otro tratado de huir; lo alcanzaron en dos zancadas y lo dejaron retorciéndose en el suelo.

La amenaza no funcionó hasta que dieron con uno de los más débiles, un muchacho tembloroso, incapaz de sostener la mirada.

Señaló con un dedo tembloroso hacia una puerta al fondo del pasillo.

—El almacén… el del conserje… allí… Isaura lo soltó sin mirarlo, y de inmediato corrió hacia la puerta indicada.

La madera cedió de un golpe seco.

El olor a polvo y humedad salió primero; Después, la visión de Layla: amordazada, con las muñecas atadas a la espalda, caída de rodillas sobre el suelo frío.

—¡Layla!

—Isaura corrió hacia ella.

Se agachó, arrancó la mordaza y deshizo los nudos con dedos ansiosos, casi torpes.

Layla alzó la mirada; sus ojos, enrojecidos por el llanto y el encierro, se iluminaron apenas con el reconocimiento.

Isaura la abrazó fuerte, como si quisiera arrancarla del lugar con sus propias manos.

—¿Cómo es que volviste aquí?

¿Quién te trajo?

Layla se limpió las lágrimas de forma apresurada, sin poder creer que, de nuevo, estaba ella ahí, cubierta de sangre ajena y mala cara.

—Fueron los policías, Isaura —Sus palabras apenas fueron entendibles—.

Ellos están con esta gente, Madre los financieros a todos.

—¿Madre?

De nueva esa mujer.

No se equivocó al relacionarla con el bajo mundo.

—Perdón Isaura.

Intenté volver a casa, de verdad, pero ellos me atraparon.

—No fue tu culpa, debes acompañarte hasta tu hogar.

Isaura la estrechó contra sí por última vez y luego empujó de ella hacia afuera.

El trío avanzó por los pasillos oscuros del edificio, sorteando puertas cerradas y restos de hombres inconscientes que Caelan había ido dejando atrás.

El aire olía a sudor, a pólvora ya miedo.

Apenas pisaron el estacionamiento, un coro de pasos los envolvió.

De entre las sombras surgieron hombres armados con bates, cuchillos y pistolas viejas.

Al frente, con la chaqueta bien abotonada y una sonrisa de zorro, apareció Raúl.

—Escuché que me buscabas, Isaura —dijo, con voz grave, disfrutando cada palabra como si saboreara un triunfo.

Isaura soltó a Layla y avanzó dos pasos.

Los nudillos se le tensaron, los ojos le ardieron de furia.

El impulso la devoraba: podía lanzarse de una vez, destrozar huesos, arrancar confesiones y clavar a Raúl contra el pavimento hasta obligarlo a soltar el nombre de su líder.

Todo en ella gritaba que lo hiciera.

—Isaura, no —susurró Caelan, pero ella apenas lo escuchaba.

Ya iba a lanzarse cuando un grito quebró el aire: —¡Isaura!

—Layla, con voz rota, aferrada a su brazo.

Ese sonido la arrancó del borde del abismo.

Parpadeó, respiró hondo y volvió en sí: si se lanzaba ahí, no saldrían vivas, y Layla sería la primera en caer.

Apretó los dientes, giró hacia Caelan y asintió apenas.

En un movimiento preciso, Caelan empujó a Layla hacia un costado mientras Isaura embistió a dos hombres, arrojándolos contra sus propios compañeros.

Entre golpes secos, destellos de acero y un par de disparos al aire, se abrió un hueco entre la multitud.

Raúl apenas tuvo tiempo de maldecir antes de que los tres se escurrieran hacia la calle lateral.

—¿Los seguimos?

—No —respondió, recuperando de inmediato la compostura.

Su mirada volvió a clavarse en el celular que sostenía—.

Ya tenemos a alguien esperando.

Dispara solo a la mujer de ojos azules.

El francotirador aguardaba en la calle siguiente, apostado en un tejado.

Cuando Isaura y los otros alcanzaron un auto abandonado que podía usar, ya la tenía en la mira.

Caelan percibió el chasquido seco del gatillo al ser apretado.

Layla también lo vio, y antes de que el Alfa pudiera reaccionar, ella se lanzó hacia adelante, interponiéndose como un escudo humano.

La bala destinada a Isaura le atravesó el abdomen.

Isaura apenas alcanzó a atraparla antes de que cayera al suelo.

—¡No, no, no!

—repetía con desesperación, presionando la herida con ambas manos— ¡Tonta!

¿Por qué lo hiciste?

Layla alarmantemente con dificultad, los labios manchados de sangre.

—Somos amigas… ¿no es así?

Caelan, arrancó piedras del pavimento y las lanzó como proyectiles.

Cada una voló con la fuerza de una bala hasta perforar el cráneo del francotirador, que no alcanzó un disparo de nuevo.

Isaura, sin apartar la mirada de Layla, intentaba contener un sangrado que era imposible detener.

La joven, jadeante, habló entrecortada: —Bruno… no es el único… hay más detrás de todo esto… Isaura, tu nieto está en peligro.

Isaura sintió un golpe en el estómago.

Estuvo a punto de perder tiempo preguntándole cómo sabía de su familia, hasta que recordó: Layla y Erika habían conocido a Osiris antes que a ella.

—Gustavo… y César… —balbuceó Layla, mientras la sangre le escapaba de la boca.

A Caelan e Isaura se les heló la sangre con esos nombres—.

Usan Omegas… para crear la droga… lo escuché todo de Bruno… incluso el nombre de la química… una maestra… Isaura pudo haberla consolado, pudo suplicarle que ahorrara fuerzas hasta llegar a un hospital, pero la promesa de proteger a su nieto fue más fuerte que su dolor.

—¿Qué maestra?

Layla hizo un último esfuerzo.

—Eirwen… Su voz se extinguió como un suspiro.

La sonrisa se borró de sus labios, y la vida se le escapó de los ojos.

❯────────────────❮ Xoxopehua, centro de Xictli: Llegaron al pueblo de Layla, metido en la sierra.

Un grupo de gente con armas los acorraló y no tuvieron otra opción más que mostrar el cuerpo que cubrían con una sábana.

Layla le comentó a Isaura desde antes lo que debía hacer para entrar a su pueblo sin ser linchada en el proceso, entre las instrucciones venía respondiendo en su viejo idioma.

Por suerte, Caelan tomó clases de Zanáutal en el instituto.

Los llevaron a la casa principal donde el cuerpo fue entregado al que parecía ser el patriarca.

Las doce personas que se encontraban ahí lloraron alrededor de su cadáver, muchas otras se apresuraban a llegar.

Un pequeño niño de apenas dos años, vestido con andrajosos trapos, caminaba entre la multitud para tomar la mano fría de Layla.

—Mamá.

Una mujer rolliza con la cabeza cubierta de trapos de colores levantada al pequeño.

—Así es, mamá regresó, pero ella…ella… Caelan e Isaura salieron antes de que terminara la frase.

Su debía en ese lugar estaba hecho.

Un joven rubio los detuvo en la entrada, era pequeño, casi tanto como Layla, su cara estaba cubierta de lágrimas y mocos, en su cintura llevaba una cimitarra, con la empuñadura cubierta de oro.

Luchaba por decirle algo, y sostuvo la manga de su camisa frustrada por no poder controlar la tristeza.

—Fue su último deseo.

—Dijo Caelan, apartándose del muchacho, de toda esa familia.

Ellos eran solo unos extraños, después de todo.

—¡Esperan!

—el brazo del muchacho detuvo a Isaura de nuevo.

Se giró para amenazarlo, luego vio la determinación en sus ojos, se mordía el labio para no seguir derramando lágrimas—Fue Bruno quien hizo esto ¿verdad?

—¿Lo conoces?

—Lo vi una vez, se acercó con la promesa de ayudar a nuestra gente, de un futuro mejor para todos los Alfas del mundo.

Esa afirmación llamó su atención.

Intercambio miradas con Calean, que lucía tan intrigado como ella.

—¿Qué pasa con los Alfas?

El muchacho vio a ambos lados esperando no ser escuchado.

Su tono de voz se reduce considerablemente al ver al patriarca abrazar con fuerza el cuerpo de su hija.

—Mi hermana se los debía contar todo para encontrarnos.

—Isaura mirando agachando un poco la cabeza para escuchar mejor— Bruno está aliado con un nuevo partido político de otra región, ellos desarrollaron una nueva droga en polvo que regresó el negocio de Bruno a la cima.

Vera, él se encontró en serios problemas por culpa de la guerra entre Alfas y la familia real, ya que él solía vender mujeres al extranjero su negocio fue el primero en ser destruido ¡sí, señor!

Ese desgraciado al fin obtendría lo que se merecía… o es lo que todos creían.

De pronto ese hombre calvo se presentó ante él con una oferta tentadora.

— ¿Cuál era el nombre de ese hombre?

—Raúl Martínez Serrano, fue el nombre que mis contactos me dieron antes de desaparecer para siempre de mi radar ¡En fin!

Cuando ese sujeto apareció, Bruno escaló hasta la cima del mercado criminal con esa extraña droga ¿Cuál era su nombre?

Era muy poco creativo, creo que era…Zul, pero los compradores prefieren llamarle “La Hija” —¿Hija?

—No, no hija, La Hija.

Por ser una mujer muy talentosa quien la creó, ella es la madre de la farmacéutica y las drogas del siguiente siglo, el Zul es su mayor creación.

Todo el que la bebe siente un miedo profundo, la adrenalina se te sube a la cabeza y eres capaz de hacer cualquier cosa que antes no podías por un lapso de tres horas.

Por eso la gente no se da cuenta cuando los Tecuani los devoran.

Tecuani, tanto Caelan como Isaura habían lidiado con una de esas bestias en su vida.

—Eirwen, fue el nombre que nos dio tu hermana.

—Pero estoy seguro de que no les dijo que fue el rey de Skaluph quien se la pidió.

Isaura recordó los correos electrónicos en idioma Auren.

Tenía sospechas sobre quiénes eran los benefactores, pero ahora lo confirmo.

—Tienen aliados de mucho dinero en el extranjero.

—No, tienen al gobierno.

Según escuche, los elfos fueron los que descubrieron lo que el milagro Omega puede hacer si se condensa, daña más a los Alfas de ese modo.

Usaron alquimia y a muchos Omegas como conejillos de india, la mayoría de ellos de Xictli y de pueblos como este.

Así fue como Bruno volvió a levantarse, él les mandó a los Omegas hasta una isla.

Isaura había tenido razón, la gente de Skaluph estaba buscando una forma de voltear el tablero, sin importarles a qué costo.

—Está prohibido que tocar a los Omegas, es un crimen que se paga con muerte.

—Aseguró Caelan—.

Todo el mundo lo sabe.

—Según mis contactos, eso está a punto de cambiar.

Piensan modificarlo todo, incluyendo las leyes de Xictli.

Muy pronto, ni los Omegas serán inmunes a esta droga.

Habían oído suficiente.

Esa secta de la que hablaba, esa gente que planeaba acabar con los Alfas, debían matarlo antes de que cosas peores sucedan.

— ¿Dónde puedo conseguir un poco de Zul?

—Pregunto Isaura.

¿En esta zona?

Es imposible, pero escuche de mis amigos que en el pueblo de Korcë tienen su fábrica principal.

—Korcë está muy lejos de aquí, está por las orillas de la región Kaalkuun.

Caelan, como todos los Alfas, sabía que esa región rodeada casi en su totalidad por agua, pertenece al dragón azul.

Sin embargo, al quedar solo uno vivo, los humanos perdieron el miedo y se les hacía más fácil moverse en esas zonas.

—Si yo tuviera que la producción de mis drogas en algún lugar también sería en Kaalkuun, ya que nadie sabe dónde está el dragón, actualmente.

—No cree que el dragón líder esté detrás de eso.

—Dijo el muchacho, con la voz temblando de miedo con solo pensarlo.

Isaura sacudió la mano, como si espantara una mosca y respondió tranquilamente: —El Pit-Nüwa jamás caería en cosas como esas.

Es más seguro que no esté enterado del asunto.

—¿Van a advertirle?

—Puedes tutearme.

—Caelan le brindó una pequeña sonrisa, igual a las que daba a Deirdre—.

Procura proteger a tu familia, ni Bruno ni ningún otro humano tiene la intención de proteger a nuestra raza.

Se subieron al auto, despidiéndose para siempre de esa ciudad, y del chico de cabello rubio.

Le gritó su nombre antes de irse, pero ya no pude escucharlo.

Había muchas cosas que hacer.

Aún tenían la agenda llena.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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