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La canción del dragón - Capítulo 54

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  4. Capítulo 54 - 54 Invitación a un cumpleaños real
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54: Invitación a un cumpleaños real 54: Invitación a un cumpleaños real No era tan malo soñar con aquella pradera de vez en cuando.

Incluso podría decir que era un alivio ver algo conocido.

Yaotl descansaba sobre su regazo, tranquilo, mientras el viento deslizaba sus dedos por el pasto y el bosque permanecía en un silencio demasiado perfecto.

La pradera podía ser su refugio, su rincón apartado del mundo real.

Tenía todo lo necesario para calmar el alma: el cielo de un gris fresco, el olor limpio del suelo húmedo, la brisa que apenas susurraba.

El único problema era lo que se escondía entre los árboles.

A veces solo era la voz, dulce y lejana, la misma que lo arrullaba cuando era niño.

Otras, la silueta completa de su madre, erguida en la frontera del bosque, con la mano extendida hacia él.

En ese instante, la veía claramente: su cabello largo ondeando con el viento, la piel oscura que hacía brillar el violeta de sus ojos, un tono distinto al turquesa que él heredó.

—Kon, es hora de cenar.

La frase era siempre la misma.

Cada vez que se aparecía, decía eso.

Si de verdad quería convencerlo de que la seguiría, debería aprender nuevas palabras.

Yaotl gruñía bajo, mirando hacia los árboles.

Sus colmillos se asomaban y el aire vibraba alrededor de su cuerpo, como si la bestia dentro de él advirtiera el peligro.

Kon trato de ignorarlo.

Sabía lo que venía después.

Aun así, deseaba que ella no se moviera, que siguiera en el límite del bosque, que no empezara a correr hacia él.

La pradera era abierta, no había dónde esconderse.

Si ella cruzaba la línea, no habría forma de escapar.

Porque lo sabía: tarde o temprano, su madre empezaría a correr.

Inspirado hondo, forzándose a no romper el silencio que lo envolvía.

Todo parecía demasiado tranquilo para estropearlo con miedo a un simple sueño.

—Kon, ya casi estás.

—Ella abrió los brazos y se inclinó un poco, como si esperara abrazar a un niño pequeño—.

Solo un poco más.

Yaotl ladró, tenso, clavado frente a él.

Kon conoció esa parte del sueño: el momento exacto antes de correr.

Pero el bosque detrás era lejano, tan lejano… y él no sabía qué tan rápido podía ser su madre ahora.

—Conde.

La voz sonó más cerca.

Sintió un tirón en la muñeca, seco, que lo arrancó del suelo.

Abrio los ojos de golpe.

Todo cambió.

El aire perdió su textura, el peso del sueño se disolvió.

Notó su cuerpo denso, la garganta seca, el sabor agrio del despertar.

Miró alrededor: ya no estaba en la casa de San Simón.

Era Red Fish, la tienda de mariscos de su tío Ragnar.

La mano que lo sujetaba era de Thea.

Su rostro tenía esa mezcla de rutina y preocupación que uno solo ve en quien ya está acostumbrado a rescatarlo.

—¿Estás bien?

Una pregunta innecesaria.

Había vuelto a hacerlo: caminar dormido hasta una de las tantas puertas que su tío le prohibía abrir.

Desvió la mirada hacia la puerta frente a él.

El número era distinto, y el color… también.

No la recordaba.

—¿Qué puerta es esta?

—Una de las que no debes tocar —dijo Thea con voz firme, sin dejar hueco para preguntas—.

Caminaste dormido otra vez.

—¿Por qué solo camino cuando estoy aquí?

Thea no respondió.

Lo tomó de la muñeca y bajaron por el pasillo del segundo piso.

Las cadenas que cubrían las puertas tintineaban al pasar, viejas, oxidadas, pero recién cambiadas.

Ragnar solía renovarlas seguidas; Decía que el metal se pudría más rápido de lo normal en esa ala.

Eso ya es razón suficiente para no acercarse al pasillo de este, pero siempre que duerme su cuerpo lo guía ahí y le aterra el imaginario que en cualquier momento nadie de su familia este para detenerlo.

Su padre dijo que tenía una casa en San Simón, nunca dijo que esa casa era solo uno de los tantos portales que los llevaban de vuelta a Red Fish, en Matusalem.

Pero Kon ya estaba acostumbrado, ni siquiera se molestó en preguntar porque ya habían usado ese truco en el pasado, siendo capaz de ir a la secundaria que deseaba sin dejar su hogar en Matusalem.

—Buenos días.

—Su tío Ragnar estaba en la cocina del primer piso, limpiando el área antes de abrir el local.

El aire olía a sal y aceite viejo, con ese toque dulzón de flores marchitas que venía del jardín de Thea.

—¿Quieren desayunar?

Hoy toca sopa de camarones.

Era la única desventaja de estar dentro de esa casa, siempre se comían cosas del mar, aunque su tío sabía bien cómo variar los platillos para que no fuera repetitivo y Thea le agregaba de su propia sazón.

— Debes limpiar el segundo piso, la casa es un desastre.

—Thea se giró en dirección a Kon quien se apartaba las lagañas de los ojos—.

Va para ti también.

No había cómo refutar, aunque se esforzaban por mantener la casa limpia arreglando todas las noches y antes de salir, siempre que despertaban se encontraban de nuevo con el desastre.

Kon debía descolgar de las vigas, ristras de cebollas, manojos de hierbas y paquetes con polvos extraños que nunca se molestó en saber para qué eran, incluso libros y botellas vacías le tocaba bajar.

No sabía quién era el que se ponía a beber mientras ellos no veían, pero agradecería que se llevara su desastre a la bolsa de basura en lugar de esconderlo entre las viejas vigas.

Las capas de polvo eran tan gruesas que dejan huella al caminar.

En la cocina, las piedras del piso estaban manchadas y grasientas.

El lavamanos siempre lleno de baba verdosa y rosada, como si no la hubieran limpiado en años y la estufa cubierta de grasa, ni hablar del horno que tenía trozos de galleta quemada por todos lados, combinado con la masa de pay que debía regarse en su interior.

Y el baño…nadie quería entrar al baño después de despertar, a menos que la cosa fuera urgente de verdad.

El retiro estaba para participar en una película de terror, colores oscuros que invadían en la bañera y moho verde que crecía en la ducha.

Gracias a todos los pegotes y churretes que estaban pegados era imposible mirarse al espejo.

Ragnar siempre era el que se encargaba de ese lugar apenas despertar, su habilidad de cero emociones era de bastante ayuda al momento de combatir contra esa casa embrujada por la mugre.

A veces Kon creía que la casa hacía todo eso solo para que no se olvidaran de ella.

Como un gato que derriba vasos solo porque no le hicieron caso.

Esa mañana fue una más para todos sus integrantes, acostumbrados a limpiar una casa que se negaba a estar limpia.

Kon se encargaba de las mesas, siempre cubiertas hasta el tope de todo tipo de cosas; libros, trastes, ropa sin lavar, o huesos humanos que no quería saber de donde salir.

A la casa se le hacía gracioso sacar las cosas del sótano y colocarlas hasta en el jardín de la azotea.

Por suerte, esa parte le tocaba a Thea, quien no quería que nadie más se metiera con sus flores.

Incluso Etzin ayudó a limpiar, tallando con empeño los pasamanos de las escaleras.

Antes de abrir el restaurante, la casa recobraba el aspecto de un hogar habitado, cálido y lleno de voces.

Era justo entonces cuando Thea se internaba en la habitación de Ares, escoba en mano, dispuesta a librar su batalla diaria.

—¡¿Por qué me molestas, mujer!?

¡Ni que fuera tan tarde!

—gruñía Ares desde la cama, la voz ahogada entre las sábanas.

Pero Thea no se inmutaba.

Ni los colmillos al descubierto ni el gruñido del dragón la movían un ápice.

De pie, con los brazos cruzados y la mirada más filosa que cualquier diente, tenía la firmeza de una montaña.

Ares acababa siempre por rendirse, bajando de la cama sin zapatos mientras ella lo escoltaba con dignidad marcial.

—¡Apenas son las ocho de la mañana!

—reclamó al ver el reloj de la pared.

Desde el piso inferior, Kon escuchó el grito con la misma indiferencia de quien ya conoce el guion.

Aquellas discusiones eran parte del sonido cotidiano de su casa, como el zumbido de los ventiladores o el chisporroteo de la cocina.

Pero esa mañana no podía concentrarse en otra cosa que no fuera la invitación que había llegado al buzón del departamento de San Simón: una tarjeta gruesa, sellada con cera dorada y escrita a mano, donde se leía el nombre de su familia.

Era una invitación formal a la fiesta de la princesa de Skaluph, que se celebraría dentro de cinco días en el Palacio de los Espejos Azules.

Solo con leer el nombre, Kon había sentido un vuelco en el estómago.

De solía pasar frente a esas murallas de vidrio mineral, observando cómo reflejaban el cielo con un tono niño que nunca parecía ser el mismo dos veces.

Azul en la mañana, violeta al anochecer, negro profundo en los días de lluvia.

Era el edificio más antiguo y enigmático de toda la capital: se decía que sus cimientos estaban sobre un lago subterráneo y que, si uno miraba los ventanas durante la noche, podía ver reflejos que no le pertenecían.

Durante más de cincuenta años, el palacio había permanecido cerrado al público, reservado únicamente para las ceremonias sagradas o los pactos de estado.

Ningún ciudadano común había cruzado sus puertas en medio siglo.

Kon siempre soñó con entrar ahí, aunque fuera solo para tocar esos muros que parecían respirar luz.

Pero nunca pensé que lo lograría.

Y mucho menos que sería por una fiesta de esa niña de 9 años.

Ni siquiera era el día y ya estaba emocionada, se preguntaba si acaso ese lugar tenía una biblioteca.

Ojalá todos estuvieran tan relajados como él y su hogar.

Mientras que Kon vivía en su rutina era ignorante que en San Simón estaban abarrotados de soldados e integrantes del Tlan que alertaron a todos los invitados reales del peligro que corrían al estar más tiempo en ese lugar.

Para Rak’el era necesario que los invitados reales regresaron a Skaluph lo más pronto posible, pero los estallidos de la princesa de esa mañana hicieron un cambio de aviones.

El enemigo se mostraría en la fiesta de cumpleaños.

— ¿Cómo puede estar seguro de eso, patrón?

Ali iba detrás de él.

Como daba pasos más cortos que los de su jefe, tenía que andar el doble de rápido, causando un contraste divertido para cualquiera que los viera.

—Es una corazónnada.

—Admitió este—.

No sé cómo opera Isaura, pero conozco al chico, he luchado contra él algunas veces.

—Adivino; le gustan los retos y provocar a los fuertes.

Rak’el asintió.

—Mientras más rivales tenga para pelear más probable será que él se encuentre ahí.

—Por eso quería que cancelaran el cumpleaños.

De solo recordar como la princesa se prendía en llamas cuando lo propuso que los hombros le dolieran de nuevo.

La gente de la realidad resultó ser más terca de lo que imagino, ni siquiera el consejero de entender la situación.

Alegaba que irse en ese momento sería como traicionar a la corona, que la paz era más importante y estaba dispuesto a dar su vida por esta.

—Vamos a tener que crear una manera para alejarlos de la princesa.

—Se resignó Rak’el—.

Un grupo detendrá a Isaura, otro más pequeño a Caelan.

—¿No sería al revés?

—Isaura ha matado más de un Drum a lo largo de su carrera.

Esa información por sí sola es suficiente para que entiendas el peligro que corre la princesa ¿cierto?

Ali asentándose con lentitud.

De los únicos Drum que ha escuchado son Eduard y Fergus, y al último tuvieron que atacarlo todas las especies juntas para lograr encerrarlo en esa caja musical.

Que una sola mujer pudiera acabar con 9 de ellos es demencial.

Cualquiera pensaría que es solo un mito urbano, Ali lo pensaba hasta hace poco.

—Oiga patrón ¿y cree que nosotros podemos contra ella?

—A Ali los nervios comenzaban a entrarle—.

Ni con todo el Tlan reunido creo que podemos ganarles.

—No vendrá el Tlan, solo la jefa.

Ali comenzó a dar saltos de emoción, esa sería una pelea que debía de presenciar.

La jefa Kira contra la mercenaria Isaura, una pelea en la que sólo una saldrá con vida, podría destruir la ciudad si se lo propone… —Eso sería problemático.

—dijo Ali después de analizar sus propios pensamientos.

—La presidenta nos hará pelear en una dimensión espejo.

—Respondió Rak’el, mientras buscaba entre sus bolsillos el paquete de gomitas azucaradas que compraba todos los días—.

Asegurará el perímetro para que rodee el Palacio de los Espejos Azules.

—Una dimensión espejo en el palacio de los espejos.

—La risilla que salió de Ali a Rak’el la comparó con la de los duendes de Alhoria y concluyó que ellos ríen más bonito—.

Me pregunto cómo será eso.

Andando por la Basílica para aprenderse el perímetro, pasó por la habitación de Mikael, no había salido de su habitación desde que regresó a la academia.

No tenía ánimo para hablar con nadie, ni siquiera con Kon que la bombardeaba de mensajes, contándole sobre la invitación que recibió para entrar al Palacio de los Espejos Azules.

Tenía demasiado en qué ocuparse: debía descubrir cómo detener a los responsables y anticipar su próximo movimiento.

Gracias a Nivael, supo lo que habían hecho los días siguientes a su ataque a los VIP, atacado nuevamente en San Simón, una noche.

Después, apareció en un pueblo de Kaalkuun, donde hicieron explotar otra fábrica de drogas y asesinaron al heredero de la industria Millen: César Meza.

La información que le llegó aseguró que miembros del Tlan lograron acorralarlos en el lugar y desataron todo el poder de la armería contra ellos.

Sin embargo, los culpables escaparon en el último momento, justo cuando estaban por ser trasladados en el vehículo blindado que debían llevarlos ante las autoridades.

—Y su desfile sigue siendo desconocido.

Un nuevo mensaje iluminó la pantalla de su teléfono: era de Soleil.

Él era el único al que podía acudir para confirmar los rumores de Nivael.

No es que desconfiara de su amigo, pero sabía que los rumores siempre encierran una parte de verdad, y en este caso, no fue la excepción.

Soleil confirmó el escape, pero también agregó que fueron ayudados por alguien de adentro.

Sus sospechas eran ciertas y alguien del Tlan está con los criminales, tal y como ese policía dijo antes de morir.

“ Si decide ir, toma el camino detrás de la panadería con el dibujo del hipopótamo, llegarás más rápido a la zona de taxis ” Fue su último mensaje, uno que Mikael supuso que entendería en el futuro.

Alguien tocó la puerta y Mikael se apresuró a borrar el chat antes de abrir.

Estaba segura que no se trataba de Usnaby ya que solo la visitaba por las mañanas.

Por supuesto que sólo podía tratarse de una persona: Nivael.

Se encontraba en la entrada de su habitación, con sus ropas militares tan bien planchadas, el olor a colonia que buscaba recordar a la brisa marina y un ramo de flores en su mano con una nota al costado que le deseaba buena suerte en su recuperación.

—Hola.

—Nivael le saludo con una sonrisa cómplice que le sale tan natural— ¿Cómo has estado?

¿Te sientes mejor?

—Sí, pasa.

Tengo algo que mostrarte.

—Yo también tengo… No lo dejó terminar.

Jalo de su brazo para hacerlo entrar a su habitación y cerrar la puerta, así nadie iba a escucharlos.

—Te traje… —No tengo tiempo para saludos normales, necesito que veas esto.

—Dijo, mientras arrojaba las flores a un lado de su cama.

Nivael vio eso, y condenó la poca delicadeza de su amigo para apreciar los detalles—.

Todo tiene un patrón y creo que lo he descubierto, donde será su próximo ataque.

Tantos papeles regados sólo significaban una cosa: no había dormido bien.

Todos esos días encerrados los nosotros para investigar por su cuenta.

Nivael quería llevarse la mano a la cabeza ¿Cómo pensaba su amigo recuperarse de sus heridas si no se daba el tiempo para descansar?

—Mikael, deberías descansar.

— ¿Cómo voy a descansar cuando hay asesinos sueltos?

—No recuerdas lo que dije?

El Tlan se encargara de ellos.

—Se escaparon.

—Son profesionales.

—De nada sirve ese título si no pueden atraparlos Mikael volvió a sentarse en el suelo, sin preocuparse por los modales.

Lo único que importaba era convencer a Nivael de que estaba en lo correcto, de que estaba cerca de descubrir dónde volverían a atacar.

Había encontrado un patrón en los informes de hace una vez años, el rastro de Isaura, y gracias a la información que Soleil le envió descubrió que el otro chico era un Alfa del clan Xochitl, famoso en el bajo mundo por cazar asesinos y figuras poderosas.

Si su teoría era cierta, Caelan no estaba con Isaura por lealtad ni por obligación: estaba allí porque lo que hacían juntos era más interesante que desafiarla a un combate a muerte.

—Creo que sé cuál será su siguiente víctima —dijo finalmente, fijando la mirada en la fotografía de César Meza—.

El heredero de Millen estuvo metido en negocios turbios cuando era adolescente.

Llegó a tratar con jefes de mafias hasta que su padre lo mandó a rehabilitación.

Según los informes, después de eso se alejó por completo… o eso hicieron creer.

¡Y esos dos lo mataron!

—Mikael… —Nivael intentó interrumpir.

—¿Conoces a Gustavo Castro?

—lo cortó—.

Eran amigos desde la secundaria.

Se sospechó que Gustavo también estaba metido en esos asuntos, pero fue descartado de inmediato.

¿No te parece extraño?

—No lo veo tan sospechoso.

—Porque no ha revisado bien sus movimientos.

Es demasiado cuidadoso con las autoridades.

Mantiene una fachada impecable donando a orfanatos e inmigrantes, pero descubre algo: la gente de esos lugares ha desaparecido en distintas fechas y circunstancias.

Todos, de una u otra forma, pasaron por esos sitios… o conocieron a alguien que trabajaba ahí.

Además, César y Gustavo frecuentaban el mismo cabaret donde estaban los asesinos.

—¿Y cómo sabes eso?

Nivael se frotó la frente, sintiendo la jaqueca crecer.

Pero para Mikael, absorta en sus deducciones, todo lo demás era ruido.

—Tengo un contacto afuera.

—Espero que no sea un mal contacto —replicó Nivael, cruzándose de brazos.

Mikael le lanzó una mirada cargada de fastidio; la acusación le había ofendido.

— ¿Qué clase de contactos crees que manejo?

No me hables como si fuera un criminal.

—No lo digo por eso, es solo que… —Nivael suspir.

Hablar con Mikael era como hablar con un muro—.

Casi mueres enfrentándose a ellos, ¿por qué sigues insistiendo en que te dejen participar?

—¿Cómo qué “por qué”?

Soy un soldado.

Ese es mi trabajo.

—Exacto, y los soldados no robaron información confidencial a sus superiores.

—Habló Nivael, con firmeza—.

Y no te atrevas a mentir, que yo soy el encargado de las cámaras de seguridad esta semana.

Mikael bufo, más que fastidiada de verso descubierto.

—Y ¿por qué no me delataste?

—Porque, de hacerlo, solo aumentaría tus escapes nocturnos.

Como odiaba lo mucho que la conocía.

—Y ¿piensas convencerme al traerme flores?

—Sí es posible.

El arma giraba entre los dedos de Mikael hasta que lo escuchó.

Lo último que le faltaba era que Nivael le diera sermones de moralidad cuando él tampoco era un ejemplo de moralidad.

—Me vas a dejar decirte lo que descubrí o no?

Su viejo amigo se cruzó de brazos.

—Aún si digo que no vas a abrir la boca.

Mikael hizo oídos sordos a su acusación, le había dado luz verde para contar su teoría y con eso era suficiente.

—Cesar y Gustavo son amigos de los VIP, o lo eran.

—Sí, ya sabemos que están detrás de los VIP que vinieron a invertir en un nuevo negocio.

— ¿Y si ese negocio no eran las creaciones si no las personas?

Su amigo la mandó a llamar, señalando la puerta que daba al pasillo.

Había odios y ojos en todos lados, un mal paso y pueden terminar reportados o expulsados.

—Algunos VIP eran amigos del director.

—Susurro Nivael—.

Cuida lo que digas de ellos.

—Eso…no lo sabía.

Ahora tenía información nueva, aunque no quería creer que el director estuviera involucrado en esos asuntos tampoco sería descabellado.

Ya estaba recordando los momentos en los que su superior pudo actuar de manera sospechosa.

En casos como esos lo mejor era sospechar de todos.

Nivael se fijó en el corte en su mejilla que ya se estaba poniendo morado, no se lo había atendido adecuadamente, por lo que podía dejarle una cicatriz.

De solo pensar eso lo desanimaba.

—Mira tu rostro.

El tono triste de Nivael llama la atención de Mikael, quien giró con el ceño fruncido, entendiendo lo que quería decir.

—¿Qué tiene mi rostro?

—Tus heridas.

Si no las atiendes apropiadamente puede dejarte una cicatriz.

—Hay cosas más importantes de las que debemos hablar.

—No, no las hay.

Te estás descuidando.

Tuvo que contenerse para no contestar con sarcasmo.

¿Pensaba que no lo sabía ya?

Aunque es un soldado como todos ellos, la tratan como si fuese el muñeco favorito del director.

Estaba segura de que ni a la santa Makari la trataban como si fuera una inutil.

—Puedo saber donde van a atacar —Pronunció cada palabra con lentitud, como si estuviera hablando con un niño que apenas comprende el idioma, solo que con un tono más hostil.

—Eso no lo dudo, pero si sigues descuidandote el director enfurecera.

—Que lo haga, no me importa.

—¡Mikael!

Arrojó el arma al suelo con tanta fuerza que hizo saltar a su compañero de un susto.

Esa conversación se había terminado.

-Largo.

—Mikael… Antes de que a Nivael se le ocurriera una nueva excusa para quedarse, el Omega lo interrumpió.

—Solo existen dos personas en las que confio en este mundo.

No hagas que reduzca la lista a una.

Hablaba en serio, podía verlo en su mirada.

Mikael ya no deseaba seguir con esa conversación y cualquier intento por calmar su rabia sería respondido con otra cosa colisionando contra la pared.

Nivael no tuvo otra opción que irse, no sin antes recordarle que dejó las flores en agua.

Mikael volvió a su trabajo con la cabeza palpitándole tan fuerte que apenas podía oír sus propios pensamientos.

Estaba segura de tener razón.

No era la princesa el verdadero objetivo de Caelan e Isaura, sino los VIP y los comerciantes de Zul.

Basándose en la información que Soleil le había contado, todo apuntaba a que ambos se estaban relacionando con gente muy peligrosa.

Y si eso era cierto, ya no podía confiar ni siquiera en el director.

—Si un Alfa y un Delta están trabajando juntos para eliminar a esa gente… ¿qué comparten en común?

—murmuró, frotándose la sensación.

No necesitó revisar las fotos otra vez; las imágenes estaban grabadas en su mente.

Ambos destacaban por su apariencia, sobre toda Isaura, con esos ojos color turquesa.

Turquesa.

Un color que había visto incluso en Skaluph, pintado en carteles de búsqueda y murales en los barrios bajos.

Isaura y Ragnar.

La pesadilla de ese país.

Durante años, sus nombres fueron sinónimos de miedo por la cacería brutal que aprendieron contra nobles y burgueses.

Los krathgor volvieron a convertirse en leyenda gracias a ellos.

“—Es de Skaluph—”, recordó Mikael, evocando la voz de Kon y la reacción de aquel herrero cuando mencionó las imperfecciones en las armas.

Había evitado hablar del tema con un silencio que decía más que cualquier respuesta.

Según los archivos, Isaura se ganó el título de la mercenaria más fuerte en la época en que cazó a cinco nobles de Skaluph y los Drum contratados para protegerlos.

Todos entre amigos sí.

Todos involucrados en el descubrimiento del mineral Argo.

—Dijeron que no tenían conexión… pero uno de ellos tenía los ojos turquesa —susurró, arrodillándose entre los papeles esparcidos por el suelo.

Volvió a examinar los retratos impresos: nobles de porte altivo, retratados como si el orgullo fuera parte del linaje.

Entre ellos, destacaban los nombres de Felix St.

Croix y Vaelor Itharion .

Las fotos no captaron el color real de sus ojos, pero algo le hizo detenerse.

—Vaelor también los tenía —murmuró, con un escalofrío recorriéndole la espalda.

Una mercenaria que solo atacó dos veces en su vida, ambas contra nobles.

Un sobrino que siguió sus pasos.

Un noble que descubrió el mineral que impulsó la revolución industrial de Skaluph.

Y su mejor amigo… Santa Cruz.

El mismo apellido que el de la real princesa.

Irina había sido enviada a Xictli para casarse con Kon, un Alfa, con la excusa de sellar la paz.

Pero, si todo coincidía, eso era solo una pantalla.

—Isaura no tiene familia —repitió en voz baja, recordando los informes oficiales—.

Solo un sobrino que pertenece ahora a Einar… y su descendencia… que también le pertenece.

¿Y si tuvieras un hijo?

¿Uno que abandonó para protegerlo?

La idea encajaba demasiado bien.

—Tengo una nueva teoría —susurró, con el pulso acelerado.

No quería apresurarse.

No todavía.

Pero cuanto más lo pensaba, más sentido tenía todo.

Entonces el teléfono vibró sobre el escritorio.

Mikael lo tomó distraído, dispuesta a ignorar otra llamada de Kon, hasta que vio la imagen que acompañaba el mensaje: una carta con el sello real y la firma de la princesa Irina.

Una invitación.

A la fiesta en el Palacio de los Espejos Azules.

El corazón le dio un vuelo.

Si su teoría era correcta, el ataque sería durante el cumpleaños.

Y el blanco no es la princesa; es Kon.

Se levantó de golpe, tropezando con los papeles, y salió de su habitación casi corriendo.

No podía perder más tiempo.

❯────────────────❮ Jimgober escuchó las sospechas de Mikael con la paciencia y el respeto que lo caracterizaban, aunque no terminó de creer en ellas.

Su atención estaba más enfocada en la desobediencia de su alumno.

Había quedado claro que debía descansar y cumplir con sus labores en la Basílica, pero eligió encerrarse durante siete días en una investigación que no le correspondía.

Usnaby fue el único que lo notó.

Conocía al director desde hacía tiempo y podía adivinar en qué pensaba.

—¿Dónde conseguiste toda esa información?

—preguntó.

Mikael vaciló antes de responder.

—Internet y… documentos de periódico que se han mantenido al día con el caso.

—¿Te basas en información tan banal y poco fidedigna?

—Es confiable, debe creerme.

No es la princesa la que está en peligro, sino uno de los invitados.

—Creo en tus palabras —aseguró Jimgober con calma—.

Sin embargo, estoy decepcionado de ver cómo desobedeciste las órdenes que se te dieron.

Solo mírate, tu rostro luce peor que cuando llegaste.

Mikael comprendió a qué se refería.

No había dormido en toda la semana, su higiene personal era deplorable —salió aún en pijama por las prisas— y ni siquiera había cambiado las vendas.

El moretón en su rostro apenas desaparecía, mientras que el corte en su mejilla difícilmente cerraría pronto.

Pero nada de eso importaba en ese momento.

—Me disculpo por mi apariencia, pero, con todo respeto, la seguridad de los invitados… —Acabo de reportar a sus representantes lo que me dices —lo interrumpió Jimgober.

Hizo una seña a Usnaby, quien asintió y salió de la sala para transmitir las sospechas de Mikael.

Una vez solos, el director continuó—: Ahora puedes retirarte y concentrarte en tus deberes.

—¿No desea que le brinde más información sobre los enemigos?

—Conocemos sus apariencias.

—¡Los verdaderos enemigos!

No los que atacaron a los VIP, ellos buscan otra cosa.

—Vuelve a tus deberes.

—La cortó con firmeza—.

Ya te tuve bastante consideración al dejarte salir con esas heridas, no pongas a prueba mi paciencia.

La mirada del director lo dijo todo: no había más que discutir.

Mikael había cumplido con su parte, y solo quedaba esperar que nada malo le ocurriera a Kon en esa fiesta.

—Le agradezco su atención —se despidió con una reverencia.

Al salir de la sala del rector se encontró con Nivael, quien lo esperaba recargado contra la pared.

Al verlo, se enderezó enseguida.

—¿Qué dijo?

—Bueno… —Mikael dudó.

¿Cómo explicarle que habían creído en sus palabras, pero lo castigaron por incumplir sus deberes?

No tenía ánimos de escuchar el inevitable “te lo dije”.

¿Por qué era tan difícil que confiaran en ella?

¿No fingía esa identidad justamente para tener ventaja?

Sin embargo, parecía que todos sus esfuerzos eran en vano.

—Reforzarán la seguridad en la fiesta —respondió al final—.

Lo mejor será que estemos atentos, porque pueden atacar en cualquier momento.

—¿Ya pusiste las flores en el agua?

—¿De verdad vas a hablar de eso en este momento?

—No fueron baratas.

—No tenías porque comprarlas.

—Si sigues así vas a espantar a todos tus pretendientes.

—Dijo Nivael, ciertamente divertido con todo eso.

—Mejor deshacerme de esa gente que me trata como chica.

Sin embargo, Nivael le hizo esa mirada de perro triste, la que siempre usa cuando quiere hacerla sentir culpable, porque hirió sus sentimientos.

Mikael ya ni sabía porque seguía funcionando si conocía el truco.

Lo pensaba mientras preparaba el agua en una jarra, las flores en su cama ya se estaban marchitando.

“Que rápido mueren las cosas hermosas” fue lo que pensó mientras tomaba las flores y leía la nota que Nivael escribió con letra torcida e imposible de leer.

De solo verla Mikael puso mala cara.

—Es más fácil leer algo escrito con los pies.

Descifrando sus jeroglíficos se dio cuenta de algo, una palabra, mejor dicho; una dirección y debajo de esta un consejo “Es mejor que comiences por el principio”  Mikael sonrió, ese chico nunca cambiaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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