La canción del dragón - Capítulo 55
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- Capítulo 55 - 55 La charla entre un policía y un criminal
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55: La charla entre un policía y un criminal 55: La charla entre un policía y un criminal —Juguemos a las palabras encadenadas.
—Caelan extendió las manos, para hacer énfasis en el número de reglas—.
Es fácil.
Yo digo una palabra y tú dices otra que comience con la última letra y el que se quede sin palabras para decir hace lo que el ganador quiera ¿le entras?
Isaura sentía que solo caminaba en círculos.
No importaba cuanta gente relacionada con Raul mataran, siempre surgen más y más nombres.
Esa secta era más grande de lo que calculo en un inicio, pueblos enteros creían en los poderes de Madre y en la promesa de un nuevo mundo que Obrith-Kar les traerá.
Sentía que, cada vez que partía a uno de los involucrados, otros dos se creaban.
Habían pasado de Korcë a San Simón y de este a Ackul, solo para dirigirse de nuevo a San Simón, para llegar a tiempo a esa fiesta de cumpleaños y atrapar a Raúl infraganti, antes de que encuentre a otro Omega para seguir con la creación del Zul.
—Yo comienzo.
—Caelan seguía hablando, para desgracia de Isaura—.
Te la pondré facil; casa.
Para empeorar las cosas, no encontraron el paradero de Eirwen.
Los elfos eran conocidos por esconderse entre los planos y los límites del mundo.
Si la tienen en algún lugar donde ella no pueda llegar entonces todo sería en vano.
Sintió una palmadita de Caelan en su espalda.
No se dio cuenta cuando fue que el muchacho se acercó tanto.
—Si te preocupa esa mujer dejame decirte que no es necesario.
Yo puedo llegar a cualquier parte del planeta donde exista vegetación.
Para demostrarlo hizo que las flores germinaran debajo de sus pies, el color violaceo se combino con el verde vivo del monte a su alrededor.
Flores que solo deben crecer en primavera, obedecieron la voluntad de Caelan y crearon un camino morado, hasta donde su vista le permitía mirar.
—Dices que te apellidas Xochitl.
—Recordó Isaura, sin despegar la vista del camino morado—.
¿Sabes viajar como tus ancestros?
La comisura de su boca se curvó hacia un lado, y sus ojos brillaron de emoción.
La sola pregunta lo ofendía, pero se la dejaba pasar por ser una Delta, era normal que fueran ignorantes en temas de otras especies.
—Te reto a una carrera.
—Quien llegue primero se lleva la diversión, pero Raúl es mio.
—Trato.
—Una vez que lo dijo su cuerpo transmuto en cientos de hojas de árbol, comenzando por los pies—.
Trae un chocolate cuando me alcances.
Las hojas se elevaron por completo, dejando a Isaura y al resto de la ciudad atrás.
Ahora Caelan formaba parte de la naturaleza y se dejó llevar por el viento del sur directo a su destino.
❯────────────────❮ El toque de queda ya había caído sobre la Basílica, y con él, el silencio artificial que solo existía en los lugares que pretendían ser santos.
Las lámparas del pasillo parpadeaban con un zumbido eléctrico, y cada uno de esos destellos era un recordatorio de que no debía estar ahí.
Mikael deslizó la puerta de su habitación sin hacer ruido.
Aún olía a yeso fresco y a polvo: los muros seguían agrietados por la explosión de días atrás, cuando la princesa Irina perdió el control.
Nadie había reparado los ventanales rotos del ala norte, y eso jugaba a su favor.
Cruzó el pasillo con pasos cortos, descalzo, respirando solo por la nariz.
La tela del uniforme se agitaba contra sus piernas como si también temiera hacer ruido.
En las escaleras, un par de guardias conversaban, sus sombras oscilaban al ritmo de los cigarrillos encendidos.
Mikael esperó tras una columna, el corazón marcando los segundos en el pecho.
Uno, dos, tres… cuando se rieron, aprovechó para avanzar.
El viento de la noche se coló por las aberturas del edificio, arrastrando el olor metálico de la reconstrucción.
Se agachó al pasar por una viga rota, y finalmente alcanzó el muro trasero, donde la Basílica aún no había sido reforzada.
Trepó por los andamios improvisados y saltó al otro lado, cayendo sobre una montaña de arena.
El golpe levantó una nube blanca que le cubrió el rostro.
Tosió una vez, tapándose la boca con la manga.
Nadie la había visto.
Desde ahí, la ciudad se extendía frente a ella, con sus luces anaranjadas y su ruido distante.
El aire olía a pan recién horneado y a humo, y Mikael pensó que, si la atrapaban, la castigarían por profanar la pureza del recinto… pero quedarse encerrada también era otra forma de morir.
Se ajustó la capucha y caminó hacia la parada de autobuses, bajando por una calle que descendía entre talleres cerrados y grafitis viejos.
La gente del turno nocturno ya regresaba a casa: obreros, cocineras, un par de niños descalzos corriendo con botellas vacías.
Nadie la miraba, y eso le dio un extraño alivio.
El letrero oxidado del autobús apenas se sostenía por un clavo.
Mikael se sentó en el borde de la acera, esperando, mientras sus dedos jugaban con el papel arrugado que guardaba en el bolsillo.
Cuando el autobús se detuvo frente a ella, las puertas chirriaron con un sonido áspero.
Subió sin mirar atrás.
El plan era volver antes del amanecer y evitar que el director la atrapara.
También evitar a cualquier oficial con un águila plateada o una media luna roja bordada en el hombro, no quería ser arrastrada de vuelta a la academia antes de llegar al lugar.
El autobús la dejó en una esquina que olía a humo, grasa y mandarinas.
El este de San Simón no dormía nunca.
Aun de noche, el bullicio parecía un corazón latiendo bajo la piel de la ciudad: voces regateando, ollas golpeando, risas, y el crujido constante del aceite friéndose en los puestos.
Mikael bajó del vehículo con la capucha ajustada y el cuello del abrigo hasta la barbilla.
La calle entera era un laberinto de toldos y luces colgantes.
Los letreros de neón se superponían unos sobre otros, formando manchas de colores en el pavimento mojado.
Tenía una dirección, pero no podía ver más allá de los tenderetes.
Cada puesto bloqueaba la vista de los edificios, y los vendedores habían extendido sus puestos hasta donde alcanzaban los cables de electricidad.
—Disculpe… ¿el edificio Coral?
—preguntó con voz grave, imitando el tono más neutro posible.
El hombre del puesto de especias la miró sin mucho interés, con las manos manchadas de masa.
—Si está buscando hospedaje, siga derecho y gire donde huela a polvora —le dijo, y ya estaba atendiendo a otro cliente.
Siguió el consejo.
Caminó entre mesas repletas de cacerolas artesanales, frascos de vidrio con líquidos oscuros y juguetes mecánicos que giraban solos.
El humo de los fuegos artificiales improvisados le cubrió el rostro; niños reían mientras las chispas azules dibujaban formas sobre el asfalto.
Cada paso la alejaba más del ruido del autobús y la acercaba a una sensación que no supo definir.
No era miedo… era expectativa.
Como si algo, detrás de cada puerta cerrada, esperara ser descubierto.
Cuando finalmente distinguió los edificios entre los toldos, tuvo que alejarse unos metros para leer los nombres grabados sobre las entradas.
Uno estaba cubierto de moho, otro de pintura vieja, otro simplemente no tenía letras.
Hasta que lo vio.
El edificio Coral.
Una puerta de madera, casi del mismo color que la noche, con un letrero tallado a mano.
Alguna vez debió ser hermosa: las letras tenían incrustaciones de nácar, y los bordes mostraban aún restos de barniz rojizo.
Ahí se debían encontrar esa gente y Mikael cada vez estaba más convencida de que se trataba de gente con negocios ilícitos.
Entró como una clienta más, acercándose al área de recepción mientras echaba un vistazo rápido a las habitaciones cercanas.
Por dentro, el lugar parecía un hotel común, limpio, con empleados esforzándose por mantener las instalaciones en buen estado y algunos clientes habituales paseando por los pasillos.
Al llegar al mostrador, la recibieron con la cortesía esperada.
—¿Busca una habitación por una noche o cuartos en renta?
—preguntó la recepcionista, sonriendo con amabilidad ensayada.
—Habitación por una noche, por favor.
Tras mostrar su identificación y pagar, la mujer le entregó la llave de una habitación en el tercer piso y le dio las indicaciones para llegar.
Mikael agradeció que los pasillos fueran abiertos, permitiendo ver con claridad quién entraba o salía de cada habitación.
Era una ventaja: más fácil vigilar, más fácil escapar.
—Lástima que no sepa cómo lucen esas personas —murmuró, mientras abría la puerta de su cuarto.
Era una locura desconfiar de los VIP cuando se suponía que ellos eran las víctimas, pero todas las pistas apuntaban hacia ellos.
En su mundo, todos eran sospechosos hasta que se demostrara lo contrario.
Antes de entrar, alguien chocó contra su hombro.
Fue un golpe leve, apenas perceptible, aunque las uñas acrílicas de la mujer rasparon su piel al rozarla.
Ni siquiera se detuvo a disculparse; solo siguió caminando hasta su propia habitación, dos puertas más allá.
Mikael notó el temblor en sus manos: no lograba encajar la llave en la cerradura, respiraba entrecortado, mirando a todos lados.
Esa era la expresión de quien acababa de ver algo que no debía.
—Eso fue más rápido de lo que imaginé —susurró Mikael.
Se acercó despacio, adoptando una postura tranquila, el gesto amable que sabía usar cuando necesitaba inspirar confianza.
Su rostro, de rasgos delicados, solía bastar para que los demás bajaran la guardia.
Y si eso fallaba… siempre estaban sus cadenas.
—Disculpe —dijo suavemente.
La mujer dio un respingo, dejando caer las llaves.
Ahora que Mikael la veía de cerca, notó su palidez extrema y las ojeras marcadas.
Al reconocer su rostro, la desconocida pareció relajarse un poco.
—¿Se le ofrece algo, joven?
—preguntó, con un hilo de voz tembloroso.
Para tranquilizarla, Mikael sacó su identificación de estudiante de la Basílica y la mostró.
En el plástico se leía su rango: aprendiz legionar.
Leerlo bastó.
La mujer se derrumbó en sus brazos, sollozando.
—Por favor… hay gente que quiere matarme.
—Cálmese, puede contarme lo que pasó —dijo Mikael, manteniendo la voz serena aunque sentía el agarre de la mujer clavarse en sus brazos—.
Vayamos a mi habitación y cuénteme todo con calma, ¿de acuerdo?
La ayudaré.
Solo esperaba que ninguno de “esos sujetos” fuera un Alfa.
❯────────────────❮ —Su cuarto es más pequeño que el mío —fue lo primero que la invitada notó.
Mikael también lo había advertido.
Era imposible no hacerlo: una habitación mínima, con una sola cama, un armario estrecho, una televisión y una cafetera.
El baño tampoco ofrecía mucho más: una regadera y un inodoro.
Era, en efecto, un cuarto para pasar una sola noche.
A Mikael, que había crecido en espacios abiertos, aquel encierro ya le resultaba sofocante.
—Mi departamento es mucho más grande, incluso tiene cocina.
¿Renta solo una noche?
—Está en lo correcto.
La mujer —una Omega, según el tono de su voz y su perfume sutil— se sentó en la cama con una taza de café entre las manos.
El temblor había disminuido.
Al menos lo suficiente para poder hablar.
—¿Cuál es su nombre, señora?
La mujer interrumpió su sorbo, como si apenas entonces recordara la cortesía olvidada.
—Me llamo Matilda.
Soy bailarina en el club Chevrin, a dos calles de aquí.
—Disculpe si soy directa, pero necesito saber quiénes quieren matarla.
De solo recordarlo, volvió a temblar.
—¿Promete que puede ayudarme?
—preguntó en un susurro, como si temiera que las paredes escucharan.
—Es mi deber proteger a la gente.
Además, si vamos con mis compañeros de legión…
—¡No me lleve con ellos!
—Matilda levantó la voz y apretó las sábanas con fuerza; los ojos se le llenaron de lágrimas—.
Esa gente trabaja con los asesinos.
Ni la policía es confiable.
—¿Disculpe?
—Yo era novia de uno de los hombres ricos que vino a la feria —empezó, la voz quebrada por la vergüenza—.
No podía creer lo que me pasaba: se acercó, me habló, me pretendió.
Al principio era como cualquier cliente, pero luego se volvió tan atento, tan detallista, que terminó por conmoverme.
Y cuando me pidió matrimonio… —tuvo que detenerse, secándose las lágrimas con el dorso de la mano—.
Me sentí en un sueño.
Dijo que nos casaríamos apenas terminara sus negocios aquí, que me llevaría a una nueva vida.
Pero yo no pude esperar.
Quería sorprenderlo.
Fui a su casa… me salté la cerca del patio trasero.
Sé que estuvo mal, ¡pero entiéndame!
Para una mujer como yo, algo así era demasiado bueno para ser verdad.
Mikael la escuchó sin interrumpir.
Según sus informes, todos los VIP estaban casados.
Algunos con hijos.
Solo dos de ellos —los últimos en llegar a San Simón— eran solteros.
—¿Cuál era el nombre de su prometido?
—Julian Ignea.
Mikael se quedó inmóvil.
Conocía ese nombre: treinta y seis años, casado, un hijo de diez, otro en camino.
—¿Le dijo cuándo sería la boda?
—Esta misma semana.
—Eso es… muy rápido.
Matilda asintió, bebiendo un nuevo sorbo de café.
—Dijo que debía ser en secreto, para que la prensa no me atacara.
Qué ingenua fui, ¿verdad?
No vi las señales.
—¿Le hizo algo?
—Intentó hacerlo.
—Su voz se quebró otra vez, pero continuó—.
Entré en su oficina y revisé unos documentos.
Sí, fui curiosa… pero gracias a eso descubrí lo que planeaba.
—¿Y qué era?
Hubo un silencio breve.
Mikael sintió el aire espesarse, presintiendo la respuesta.
—Me iba a ofrecer en sacrificio a su secta.
—¿Qué?
—Un pacto entre él y sus socios.
Buscan mujeres como yo: sin familia, sin nadie que pregunte por nosotras.
Mujeres desechables que sirven de alimento para sus monstruos.
Cada palabra era peor que la anterior.
Mujeres, sacrificios, sectas.
Gente rica.
Y todos… amigos del director.
—¿Sabe a dónde pensaban llevarla?
Matilda negó con la cabeza.
—Me escapé en cuanto lo descubrí.
Las cámaras me captaron, y pronto enviaron hombres a buscarme.
Me atraparon y me encerraron en el sótano de un hotel.
Por suerte, los VIP murieron, incluido él.
Si no, me habrían matado esa misma noche.
—¿Estuvo la noche de la masacre?
—preguntó Mikael, incrédula.
Nadie había reportado a una víctima en el sótano, mucho menos a alguien con vínculo directo con los VIP.
—Escapé gracias al caos de arriba.
Creí que, con él muerto, estaría a salvo… pero me equivoqué.
Siguen buscándome.
Hoy escuché a un policía hablar con uno de ellos: decían que, como falta una mujer para el ritual, tomarán a las invitadas de la fiesta de la princesa.
Mikael sintió cómo se le erizaba la piel.
—¿Estaba huyendo de ellos?
Entonces alguien llamó a la puerta.
—Buenas noches, soy de la policía —anunció una voz desde el pasillo.
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