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La canción del dragón - Capítulo 56

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  4. Capítulo 56 - 56 Un testigo clave
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56: Un testigo clave 56: Un testigo clave Matilda se encogió sobre sí misma, llevándose las manos a la cabeza, temblando.

—Mantén la calma y escóndete en el armario —susurró Mikael—.

Yo me encargo.

Apenas la mujer cerró la puerta del armario de ropa, Mikael respiró hondo y abrió la puerta de la habitación.

Al otro lado, un policía de sonrisa bonachona la observaba.

Llevaba el uniforme típico, con la bandera del país bordada en el pecho.

Su olor, su voz, su pulso… todo gritaba humanidad.

No había nada fuera de lugar.

—Buenas noches, joven —saludó el oficial con amabilidad ensayada—.

Disculpe las molestias.

Estamos buscando a una prófuga.

—¿Una prófuga?

¿Una ladrona?

—preguntó Mikael, fingiendo sorpresa.

—Así es.

Es una bailarina.

Ha drogado y robado a varios hombres que estuvieron con ella.

Según los informes, vive en este edificio.

Tiene un lunar sobre el labio y uñas postizas muy largas.

¿La ha visto?

Mikael negó con naturalidad.

—No, lo siento.

Acabo de rentar este cuarto por una noche.

Mentir era casi tan natural para ella como respirar; lo había hecho gran parte de su vida.

Por eso reconoció al instante el brillo en los ojos del policía, esa misma chispa que ella usaba en la academia cuando hablaba con gente que le desagradaba.

Era la sonrisa de un mentiroso cortés.

—No se preocupe, solo mantenga los ojos abiertos y reporte cualquier cosa sospechosa.

El oficial se despidió tocándose el sombrero.

Mikael respondió con una sonrisa igual de amable, escondiendo el temblor en sus manos y el latido furioso en sus sienes.

Esperó hasta que los pasos se perdieron en el pasillo.

Entonces la duda la atravesó como un cuchillo: dejarlo ir o asegurar que no lo hiciera.

Si estaba equivocada y aquel hombre solo hacía su trabajo, la castigarían severamente, incluso con cargos legales.

Pero si Matilda tenía razón y ese sujeto estaba implicado en algo más oscuro… Mikael se mordió el labio, maldiciendo su propia indecisión.

Finalmente cedió.

Dejó que una parte de su sombra se desprendiera de sus pies, serpenteando por el suelo con un siseo casi imperceptible.

El pasillo estaba poco iluminado; ninguna cámara alcanzaría a registrar aquella forma que se deslizaba sola hasta fundirse con la sombra del policía.

Nadie lo notó.

Solo Mikael, que permaneció quieta frente a la puerta, conteniendo la respiración mientras la oscuridad hacía su trabajo.

❯────────────────❮ Salieron del hotel sin encender las luces, moviéndose por los pasillos con la naturalidad de quien sabe que la mejor manera de pasar inadvertido es parecer tener un destino.

La calle olía a humedad y carbón.

Los faroles de gas titilaban y la ciudad parecía contener la respiración antes del amanecer.

Mikael caminó rápido, evitando las patrullas, los curiosos y las cámaras de los portales.

No podía llevarla a la Basílica: si alguien la veía entrar, significaría su propia expulsión.

Por eso eligió otro lugar.

Uno que conocía demasiado bien.

El camino hacia la feria de Xcaret la devolvió al día en que había caminado de la mano de Kon entre los puestos abiertos, hablando de tonterías y fingiendo que eran solo dos muchachos comunes.

Recordaba la voz de él resonando entre las lonas, el eco del acero afilado dentro de la armería de Querena.

Ahora, en cambio, el lugar dormía.

Las carpas estaban cerradas, los pasillos en penumbra.

Solo el silbido del viento se colaba entre los toldos.

—Por aquí —dijo Mikael, guiándola hacia el fondo del recinto.

La armería de Querena era una construcción más sólida que el resto: techo de lámina reforzada, doble puerta de madera con cerrojo y un candado pesado que Mikael abrió con una ganzúa improvisada.

Adentro, el aire olía a hierro y grasa; cuchillos, lanzas y espadas descansaban en estantes, y un par de baúles servían de depósito para las piezas sin terminar.

—Entra —indicó Mikael, cerrando tras ella con cuidado—.

Aquí nadie buscará a una bailarina.

Matilda obedeció, temblando al ver su reflejo distorsionado en los filos de las hojas.

Mikael se acercó a los baúles del fondo y levantó una tapa: estaban llenos de telas, correas y forros de cuero.

—Puedes esconderte aquí.

Te cubriré con las lonas.

No hagas ruido si oyes pasos.

Al amanecer volverán los comerciantes y habrá más movimiento, así que saldremos antes del alba.

—¿Te quedarás conmigo?

—preguntó Matilda, con voz pequeña.

—Solo un rato.

Tengo que saber si ese policía actúa solo o si hay más como él.

—La mirada de Mikael se ensombreció—.

No dejaré que te encuentren.

Matilda asintió, y Mikael la ayudó a acomodarse dentro del baúl.

La cubrió con cuidado, dejando una rendija para que pudiera respirar.

Antes de cerrar por completo, le dejó una linterna diminuta y una botella de agua.

—Si algo pasa, cuenta hasta treinta antes de salir.

Y si escuchas mi voz, di la frase “Si cien años vivo”.

Si no te respondo “cien años te amare”, no abras.

La mujer repitió la contraseña, y Mikael cerró el baúl.

El clic del cerrojo sonó como un juramento.

Se apoyó un momento contra el mueble, respirando hondo.

El silencio de la armería pesaba como plomo, y el resplandor tenue del acero la rodeaba.

Aquel era un santuario improvisado, frágil y frío.

Pero funcionaba.

❯────────────────❮ Era casi de día cuando Mikael se deslizó fuera de la feria.

La sombra que había enviado antes la guiaba ahora como un hilo invisible que latía bajo la luz de los postes.

No era más que un rastro de oscuridad adherido al alma del policía, un lazo tenue que vibraba cada vez que él respiraba.

El edificio de la estación policial se levantaba al final de la avenida principal: una construcción cuadrada, anodina, iluminada por focos blancos que parecían vigilar el pavimento.

En Xictli, por decreto de la presidenta, las oficinas de seguridad nunca dormían.

En teoría, eso garantizaba protección a cualquier hora; en la práctica, significaba que los corruptos también podían trabajar toda la noche sin testigos.

Mikael se deslizó entre los autos estacionados, usando la sombra de las torres eléctricas para fundirse con ellas.

Se coló por una ventana entreabierta del ala norte, cayendo sin ruido en un pasillo de azulejos grises.

El olor a café recalentado y sudor de guardia nocturna impregnaba el aire.

Cerró los ojos, sintiendo el tirón de la sombra.

El hilo la llevó hasta un despacho en penumbra, al fondo del pasillo, donde dos voces conversaban con sigilo.

Mikael se arrimó al muro, contuvo el aliento y escuchó.

—No hay rastro de ella —decía una voz ronca, la del policía que había tocado su puerta—.

Revisamos los hoteles y los barrios bajos.

Esa mujer debe de estar escondida con alguien.

—Tienen que encontrarla —replicó otra voz, más joven, tensa—.

Si no hay ofrenda, el pacto se romperá.

Mikael sintió cómo algo dentro de ella se enfriaba.

—El capitán dijo que los VIP cumplieron su parte —continuó el más joven—.

Entregaron toda la carne que pudieron.

No podemos decepcionarlos ahora.

—No lo haremos.

Si no la encontramos antes del cuarto día, tomaremos a una de las invitadas de la fiesta.

—¿Una Omega?

—Para nada, los Omegas son las incubadoras ¿ya lo olvidaste?

Al menos los varones.

Tal vez, si nos dan una Omega hembra se pueda solucionar.

La palabra “incubadoras” cayó como un peso en el aire, viscosa y sucia.

Mikael apretó los puños hasta clavarse las uñas en la palma.

Los Omegas… solo una criatura nace de la profanación de un Omega varón.

—¿Y la presidenta?

—preguntó el joven, bajando la voz.

—¿Por qué te importa esa traidora?

El país se ha ido por el caño gracias a ella.

Hubo un silencio breve.

El oficial mayor encendió un cigarro; el olor a tabaco se filtró por la rendija de la puerta.

—Cuatro días —repitió, como si se tratara de una oración—.

Cuatro días y el ritual se completa.

Mikael se apartó con cuidado, conteniendo las arcadas.

Las sombras alrededor parecían temblar al ritmo de su rabia.

Salió del rincón donde se escondía, con los ojos encendidos de ira.

—Entonces ya no son policías —dijo, avanzando hacia ellos—.

Son carroñeros.

Ambos hombres se giraron, pero no tuvieron tiempo de reaccionar.

Las cadenas doradas se materializaron desde sus manos, vivas, como serpientes luminosas.

Se clavaron en sus cráneos con un chasquido seco, y Mikael sintió el tirón de sus mentes cayendo bajo su voluntad.

—Entréguense —ordenó—.

Confiesen todo lo que hicieron.

Aún hay tiempo de limpiar lo poco que queda de este uniforme.

Los dos obedecieron en silencio, con los ojos vacíos.

Por un momento, Mikael creyó que quizá todavía podía confiar en su gente.

Que no todo estaba perdido.

Pero cuando dio media vuelta para salir, el mayor se estremeció.

Algo —una fuerza que Mikael no comprendió— rompió su control.

El oficial gruñó, llevándose las manos al rostro, y de pronto sacó su arma.

—¡Maldito niño!

—gritó, disparando.

La bala pasó rozando su brazo, abriéndole una línea ardiente de sangre.

Mikael cayó hacia un costado, rodando tras un escritorio.

El joven oficial, aún bajo su orden, se interpuso entre ambos, y la lucha estalló en un espacio demasiado pequeño.

El mayor golpeó sin miramientos, destrozando sillas, rompiendo vidrios.

El chico intentó contenerlo, pero el arma volvió a tronar.

El cuerpo del joven se sacudió por el impacto y cayó de rodillas, la mirada vacía.

—Maldición… —susurró Mikael, pero ya no había tiempo.

El oficial presionó el botón rojo junto al escritorio.

La alarma de emergencia comenzó a sonar, inundando el lugar con luces rojas.

Mikael salió corriendo, con la herida del brazo ardiendo, el aire raspándole la garganta.

A través de los ventanales de la estación vio las luces rojas reflejarse en los autos, en los charcos, en las calles vacías de medianoche.

Saltó por la ventana del primer piso justo cuando las puertas del frente se abrían.

—¡Ahí está!

¡Deténganla!

—gritó alguien.

Rodó por el pavimento, se levantó tambaleante y siguió corriendo.

Detrás, los pasos y los gritos de al menos cuatro oficiales.

Uno de ellos levantó un arma especial —una lanzadora de cuerdas— y disparó.

El proyectil se desplegó en el aire con un silbido, envolviéndole las piernas antes de que pudiera esquivar.

Mikael cayó de bruces contra el asfalto, cortándole las palmas.

Maldijo entre dientes, tratando de romper la fibra, pero el material era rígido, casi metálico.

el pavimento frente a ella comenzó a vibrar.

Primero fue una grieta.

Luego, de esa grieta brotó una flor diminuta, imposible, que creció en cuestión de segundos hasta volverse un tallo grueso, retorcido, brillante como el cristal.

Los policías se detuvieron, desconcertados, apuntando sin saber a qué.

El tallo se abrió en pétalos de piedra, quebrándose como un caparazón seco, y de su interior emergió una silueta humana.

Mikael la observo desde el suelo, tan desconcertada como esos oficiales.

El polvo se disipó, revelando a Caelan, de pie entre los restos de la flor.

Llevaba esa sonrisa de triunfo que siempre lo delataba.

—Te dije que llegaría primero —murmuró, como si fuera un juego.

Su mirada se fijó primero en Mikael y su brazo sangrante, luego se alzó hacia los oficiales.

Eran al menos cinco, con las armas listas, pero ninguno tuvo tiempo de disparar.

Caelan soltó una risita baja, agitó la cabeza y una lluvia dorada de polen escapó de su cabello, danzando en el aire.

El primer oficial parpadeó, luego el segundo, y en menos de un minuto todos cayeron al suelo, dormidos.

Mikael lo reconoció al instante, ese cabello marrón y largo, esas manos cubiertas de tatuajes y esa sonrisa de superioridad.

Era Caelan Xochitl.

—Tú…

—susurró, con la voz áspera—.

Estás arrestado.

Caelan arqueó una ceja y dio un paso hacia ella, la sonrisa aún pintada en los labios.

—¿Así recibes a tu salvador?

Qué ingrato.

—Ni un paso más.

—Mikael alzó la mano buena y conjuró las cadenas del control, apuntando directo a su pecho—.

Te dije que estás arrestado.

Él se detuvo, pero solo para agacharse frente a ella, examinando las cuerdas que le ataban las piernas.

—Bonito nudo… cinco pasos, ¿verdad?

—murmuró con un tono casi burlón—.

Puedo desatarlo si dejas que este humilde servidor te toque.

—Aléjate de mí, asqueroso Alfa.

—El filo en su voz era claro, como si pudiera cortar con él.

Caelan levantó la vista, divertido.

—¿Quieres que vuelva a destruir tus cadenas, Omega cobarde?

Él también sabía quien era y solo jugaba con ella.

A esa distancia seguro podía clavar varias de sus cadenas en su pecho y cerebro, controlandolo a su voluntad, pero… ¿y si rompió el hechizo como ese oficial?

si es capaz de romper su milagro de un puñetazo, nada asegura que pueda controlarlo.

Sin pensarlo, le lanzó un golpe directo al rostro.

Caelan lo esquivó por centímetros, riendo, pero eso le dio a Mikael el segundo que necesitaba para saltar hacia atrás y correr.

El problema fue el mismo nudo.

Apenas giró en la esquina, las piernas le fallaron y cayó de bruces contra el suelo.

Maldijo entre dientes, intentando incorporarse, pero antes de lograrlo, una sombra la cubrió.

Caelan se acercó con paso tranquilo, como si tuviera todo el tiempo del mundo, y la levantó con un solo brazo, sujetándola del cuello de la chaqueta.

—¿Ves?

Por eso te dije que te dejaras ayudar.

—Suéltame… —intentó sonar firme, pero su voz tembló.

Él abrió la boca para responder, pero se detuvo cuando notó que Mikael había dejado de moverse.

Sus ojos estaban fijos detrás de él, completamente abiertos, el color drenado de su rostro.

Caelan giró lentamente.

Y ahí estaba Kon, detenido en mitad de la calle, con la brisa de la madrugada revolviendole el cabello.

No dijo una palabra.

Solo los miró, con el rostro aun cubierto por el sueño y la rabia de ser mandado tan temprano por el traje que usaría en la fiesta.

Mikael sintió que el corazón se le caía al estómago.

—No…

—susurró apenas, sin saber si se lo decía a él, a sí misma o al destino—.

No es lo que parece.

Pero Kon no respondió.

Solo siguió ahí, inmóvil y con el estómago torciéndose de la rabia al reconocer a la persona de cabello canoso y ojos blancos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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