La canción del dragón - Capítulo 57
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- Capítulo 57 - 57 Como deshacer un nudo de 5 pasos
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57: Como deshacer un nudo de 5 pasos 57: Como deshacer un nudo de 5 pasos Kon se quedó en silencio, observando la escena frente a él.
¿De cuánta mala suerte se puede gozar en un solo día?
Tenía que ser hoy, justo hoy, cuando se encontrara con la última persona que quería ver.
Ahí estaba Mikael, tapándole el paso, en medio de alguna de sus tonterías.
No quería saber cuál.
Dio media vuelta, dispuesto a tomar otra calle.
Prefería llegar temprano a la tienda de costura; la señora era muy solicitada en San Simón, una de las mejores de la ciudad.
—¡Espera, Kon!
—La voz de Mikael sonó apresurada, casi desesperada—.
¡No es lo que parece!
Sus palabras lo hicieron detenerse.
¿Qué había entendido ese tipo ahora?
¿Pensaba que iría corriendo a contar que lo había visto de cariñoso con alguien?
Claro, un Omega ejemplar no podía arriesgar su reputación.
Pero a Kon le importaba tan poco su vida que hasta le dio pereza aclararlo.
—¿Por qué debería importarme?
—soltó al fin, seco, sin volver la mirada.
La pregunta bastaba para dejar en claro que no planeaba arruinarle la vida, como él le arruinó la suya.
No esperaba, sin embargo, la expresión que Mikael puso al escucharlo.
Era el gesto de alguien a quien le acaban de romper el corazón.
—S-sí… cierto.
Tienes razón… ¿por qué debería…?
No importa… Su voz se deshizo en balbuceos y, de pronto, intentó marcharse.
Pero apenas dio dos pasos antes de caer al pavimento con un golpe sordo.
Kon frunció el ceño: un nudo grueso le impedía mover bien los pies.
—Es un nudo de cinco pasos —dijo, acercándose—.
No vas a desatarlo de la forma habitual.
Sin pedir permiso, se agachó.
Recordó las indicaciones de su tío: los movimientos de los dedos, la secuencia exacta.
Uno, dos, tres, y con un tirón final el nudo cedió.
—¡Tarán!
—exclamó sin pensar, una chispa de orgullo encendiendo su voz.
Aún recordaba la técnica familiar.
Entonces notó la mirada de Mikael y la vergüenza lo golpeó de lleno.
Se reprendió por haber sonreído, por haber mostrado algo tan tonto.
Le acababa de dar otra excusa para burlarse de él.
Pero Mikael no dijo nada.
Solo lo observaba, con una expresión que Kon no supo leer.
—¿Okey?
—murmuró, incómodo—.
Ya estás libre, me voy.
La mano fría de Mikael lo detuvo.
Era un tacto suave, como la piel de un durazno.
Aquello lo irritó aún más.
Era inevitable comparar: sus propias manos eran ásperas, curtidas.
—Yo… —La voz de Mikael temblaba, buscaba una salida—.
Me lastimé el tobillo.
—¿Y qué?
El agarre se hizo más fuerte.
—No puedo caminar.
—Apenas un hilo de voz.
—¿Y tu amigo?
Cuando levantó la mirada se dio cuenta que ese desconocido se había ido, la calle se encontraba sola y a Mikael lo habían dejado votado.
—No es mi amigo.
—Aseguro el albino, con una expresión de desprecio tan característica de él.
Kon suspiró.
Su buen corazón siempre le jugaba en contra.
Se agachó otra vez, esta vez dándole la espalda.
—Te llevo al hospital más cercano —dijo.
Mikael entendió el mensaje sin necesidad de más palabras.
Apoyó las manos sobre sus hombros y se dejó cargar.
Kon estaba por dar el primer paso cuando sintió una sacudida violenta: Mikael lo apretó con tanta fuerza que sus dedos parecían querer clavarse en su piel.
—¡Al hospital no!
—El albino tiraba de su camisa con desesperación.
La voz temblorosa de antes había desaparecido; en su lugar hablaba la voz ronca, autoritaria, de los días de secundaria—.
Llévame a la calle Lorset 27.
Ahora mismo.
—¿Crees que soy tu transporte público?
Dije que te llevaría al hospital.
—¡El hospital está en Lorset 27!
¡Hazme caso!
Ya había tenido suficiente.
Había intentado ser amable y solo consiguió que lo trataran como un sirviente.
Kon lo dejó caer sin remordimiento.
No le importó si se lastimaba más; no le debía nada a ese pedazo de basura.
Mikael lo miró sorprendido, como si no entendiera el origen de su arrebato.
Luego su rostro cambió: el ceño fruncido, el brillo helado en los ojos.
Ese mismo gesto de desprecio que Kon recordaba tan bien.
—Si quieres ir a ese lugar, ¡hazlo tú solo!
—sentenció, y se alejó con pasos duros, mascullando maldiciones entre dientes.
Eso le pasaba por intentar ser amable.
Mikael siguió sentado en el suelo, el rostro crispado por el enojo y la humillación.
Se había olvidado de lo idiota que podía ser.
—¿Estás bien?
—Caelan salió de su escondite tan pronto Kon se perdió de vista.
—¿¡Cómo se atreve ese maldito…!?
—Mikael se contuvo a medias, las palabras se le trabaron en la garganta.
—¿Alfa?
—preguntó Caelan con una media sonrisa.
Mikael tuvo que morderse la lengua antes de escupir aquella palabra como un insulto.
No quería que ese criminal le partiera la cabeza por usar a su especie de esa forma.
Lo peor era darse cuenta de que había vuelto a ser su yo de secundaria.
Creyó haber dejado atrás esos pensamientos, pero el pasado siempre se aferraba más fuerte de lo que uno espera.
—Estás arrestado —soltó, buscando concentrarse en otra cosa.
—¿Eh?
Caelan dio un salto hacia atrás justo cuando las cadenas surgieron del suelo, moviéndose como serpientes para atraparlo.
❯────────────────❮ Ese fue el peor día de su vida.
Había salido de la Basílica solo por curiosidad, sintiéndose asfixiado por todo el peso que ponían sobre él.
Incluso Usnaby la había hartado con todas sus reglas sin sentido.
Solo quería un poco de espacio para sí misma, para pensar un poco y sentirse como una niña de 13 años sin tener que complacer a los adultos con su poder tan especial.
Por desgracia, su apariencia destacaba demasiado entre el público, aun si iba cubierta con una gorra y lentes oscuros.
No tardaron en descubrir lo que era, tardaron menos en raptarla.
Los Omegas se vendían a buen precio en el mercado negro, incluso mucho más que los Alfas, por su belleza.
Mikael sabía lo que le esperaba, ser vendido al mejor postor solo para volverse su juguete sexual, o terminar en manos de algún cabaret de mala muerte que lo vendería todas las noches a diferentes personas.
Antes muerta que ser el esclavo de alguien.
No eran tantas personas las que estaban dentro del auto, podía acabar con ellos haciendo uso de su milagro, por desgracia, la droga que le inyectaron adormeció su cuerpo y sus habilidades salieron por todas partes, sin obedecer su voluntad.
El auto se volcó a causa de eso y todos quedaron malheridos, pero Mikael fue el primero en despertar.
Logró cortar las cuerdas de su mano con un vidrio roto de la ventana y logró salir a rastras.
Uno de esos hombres también lo hizo, estaba furioso por lo que hizo y planeaba disparar en una de las piernas, pero Mikael fue más rápida al lanzar una de sus cadenas a su cabeza, atravesando el cráneo de su captor.
La pistola se disparó y la bala rozó la pierna de la joven.
Aun así, no se detuvo.
Debía correr por su vida o darse por muerta.
Muy pronto se dio cuenta que el uniforme de los estudiantes de la Basílica no estaba hecho para correr, ni mucho menos para huir.
Era un conjunto sobrio: túnica blanca hasta las rodillas, ribetes dorados en los bordes, una faja carmesí ceñida a la cintura y el sello bordado del Zaihn sobre el pecho.
Todo impecable… o al menos así debía ser.
El que Kon encontró aquella tarde estaba sucio de tierra, roto en varias costuras y manchado con sangre seca.
Había tomado una ruta distinta para volver a casa, un desvío por puro capricho.
Aquella calle olvidada terminaba en un terreno baldío, su “cuartel general” de la primaria.
Ahora estaba cubierto de maleza alta, pero el perro calupoh que lo acompañaba, Yaotl, trotaba feliz como si también reconociera el lugar.
Entonces lo vio.
Era la persona más bonita que había visto en su vida.
Cabello y ojos blancos, piel tan pálida que parecía papel, labios rosados y mejillas encendidas, un rostro casi irreal… roto por los moretones y heridas que lo marcaban.
La belleza no escondía el dolor; lo resaltaba.
Lo que más llamó su atención, sin embargo, no fueron los golpes, sino sus pies: atados con un nudo complicado, tan apretado que había intentado cortarlo con un cuchillo sin éxito.
Ahora se arrastraba entre la hierba, jadeando.
Kon se agachó a la altura de sus tobillos, sin pensarlo.
—Es un nudo de cinco pasos —comentó como si estuviera hablando del clima—.
Son de los más difíciles de deshacer.
La figura se tensó.
Una mano temblorosa levantó un arma y le apuntó directo al pecho.
—No me toques.
—No voy a hacerte nada —respondió Kon, con calma—.
Solo quiero desatarlo.
Conozco un truco.
No dejó de apuntarle ni un segundo, pero tampoco lo detuvo.
Kon giró la cuerda con firmeza, deslizó los dedos en un ángulo extraño y, en apenas tres movimientos, el nudo cedió.
—¿Ves?
—sonrió, como si acabara de resolver un rompecabezas.
El chico bonito lo observó, todavía incrédulo, y él aprovechó para añadir: —Deberías ir al médico, esas heridas no se curan solas.
Si quieres, puedo llamar a la policía.
Incluso podrías testificar, no hay que dejar a esa gente libre.
—¿Qué te pasa?
¿Por qué me ayudas?
—Porque voy a ser fiscal algún día —respondió con una seriedad que no coincidía con su edad—.
Así que empiezo a defender la legalidad desde ahora.
Sacó del bolsillo una caja pequeña y se la tendió.
Curitas de Superman.
El gesto era ridículo y tierno a la vez.
Él no lo aceptó de inmediato.
Pero tampoco lo rechazó.
Mikael, aún con la garganta seca y las muñecas ardiendo por las ataduras, apenas podía procesar lo que acababa de ocurrir.
Ese desconocido lo había ayudado.
No había intentado tocarlo, ni aprovecharse, ni siquiera mirarlo con deseo; solo le cortó las sogas, le tendió la mano y le preguntó si podía llevarlo a un hospital.
Era absurdo, pero esa simple cortesía lo descolocó más que el secuestro.
¿Por qué ayudarlo sin esperar nada?
¿Por qué mirarlo como si no fuera un premio, sino una persona?
El instinto, sin embargo, pesó más que la curiosidad.
Cuando él dio un paso hacia Mikael, éste retrocedió de golpe.
Sintió que el aire se cerraba a su alrededor.
El recuerdo de su último compañero —su rostro apagándose, la sangre tibia que no pudo detener— le dio un latigazo en el pecho.
—No… —murmuró, sin siquiera mirarlo a los ojos.
Y corrió.
Atravesó la calle sin pensar, esquivando un claxon y el chirrido de frenos, hasta chocar de frente contra un cuerpo familiar y cálido.
—¡Mikael!
—la voz de Usnaby se quebró.
Sus manos, grandes y temblorosas, lo aferraron como si fuera a desvanecerse.
El hombre lo examinó de arriba abajo, buscando heridas, lágrimas, cualquier señal de que ya no estuviera completo.
Sus ojos brillaban con alivio y rabia contenida—.
Mi niño… mi niño… Mikael, exhausto, dejó que su tutor lo envolviera.
No se giró para mirar atrás, pero en el fondo supo que aquel desconocido seguía allí, observándolo irse.
Y aunque el miedo aún le apretaba el pecho, no pudo evitar preguntarse quién era.
Ahora lo sabía.
Aunque la primera vez lo vio con ojos marrones y la tercera con turquesa, seguía siendo él.
No había duda: era Kon.
—¿Vas a hablar de una vez?
—La voz de Caelan la arrancó de golpe de sus recuerdos, y lo maldijo en silencio por hacerlo—.
Está bien que hayas ganado, pero no deberías ser tan grosera con tu prisionero.
¿Ganar?
Si por ganar se refería a haberle atrapado un pie con sus cadenas, entonces sí, había ganado.
Pero solo si aquello era un juego, porque ambos sabían que Caelan podía romperlas cuando quisiera.
El que hubiera decidido entregarse, seguirla sin oponer resistencia, la ponía nerviosa.
Mikael no lograba descifrar cuál sería su siguiente movimiento, ni qué estaba tramando.
Cuando regresó a la Basílica, lo hizo por la puerta principal.
Exigió una reunión inmediata con el director para presentar a su prisionero.
Jingober no lucía precisamente complacido al verla entrar: sabía que Mikael había salido sin autorización.
Sin embargo, no pudo castigarla como deseaba, no cuando tenía frente a él a un criminal tan peligroso.
—Me impresionas —admitió el director, con una sonrisa tensa y falsa—.
¿Por eso desobedeciste mis órdenes?
¿Ya sabías dónde se encontraba?
—Las pistas indicaban que había más de un involucrado en esto —respondió ella—.
Y no va a creer lo que escuché de uno de ellos.
—Me imagino que su compañera no estaba con él.
—No señor.
La ubicación de Isaura sigue siendo desconocida.
Jingober interrumpió su discurso de inmediato.
Había notado otra imperfección en su soldado, algo que lo disgustó: las manos de Mikael.
—Tienes la piel pelada.
Cúbrete.
Solo entonces ella se dio cuenta de sus heridas.
Seguramente se las había hecho al caer sobre el pavimento durante la persecución.
No quería ni imaginarse los hematomas que debía tener.
Su piel tan pálida solo hacía que las heridas resaltaran más.
—Director, si me disculpa… Pero Jingober volvió a interrumpirla.
—El prisionero será trasladado a un área segura de la Basílica mientras llega la policía.
—¡No llame a la policía!
—protestó Mikael—.
Hay traidores entre ellos.
—Es cierto —intervino Caelan por primera vez, su voz grave resonando en el pasillo—.
Tuve que noquear a una docena de esos idiotas.
Pensaban atacar a un Omega.
El ceño del director se tensó.
Dejó de lado toda formalidad, tomó a Mikael por los hombros y la obligó a mirarlo directamente a los ojos.
—¿Eso es verdad?
¿La policía te atacó?
—Sí —respondió sin vacilar—.
Y tengo pruebas de ello.
—Qué insolencia, apuntar sus armas a un Omega ¿que pensaban esos sujetos?
Caelan ya había descifrado al director.
Un hombre obsesionado con la reputación de la academia y sus estudiantes.
Mikael debía ser de sus mejores obras, por eso su preocupación por su apariencia era tan excesiva.
Un hombre al que le importaba más la apariencia que la capacidad, al menos de ese soldado y que mostraba un profundo desprecio por los Alfas.
Caelan podía olerlo.
El cuerpo humano libera compuestos distintos según su estado emocional, pero los Alfas son los únicos capaces de leerlos con exactitud.
Para ellos, el olor de una persona no es solo un aroma: es un lenguaje y el lenguaje de ese hombre gritaba inseguro por todos lados.
—Vas a darme la apariencia y el nombre de todos ellos —ordenó Jingober con voz dura, como un juez dictando sentencia—.
Mandaré al prisionero a las jaulas subterráneas mientras llegan los oficiales correspondientes.
—¿El Tlan?
—preguntó Mikael, con un hilo de duda.
La sola mención de ese grupo bastó para que el director frunciera el ceño.
Caelan no se perdió ese detalle, ni el leve cambio en el olor que despedía.
—Por supuesto —respondió Jingober, esforzándose por mantener la compostura—.
En este tipo de casos se encargan ellos.
Giró apenas la cabeza hacia uno de los guardias apostados en la entrada.
—Llama a un soldado de verdad.
Que escolte al prisionero a las jaulas subterráneas con extrema cautela.
No quiero que los invitados noten nada.
Infórmales al Tlan que procederán según el protocolo.
El soldado asintió y salió a cumplir la orden.
Mikael tuvo que quedarse a reportar lo sucedido y esperar que su castigo no fuera tan grande.
Caelan, en lugar de resistirse, observó todo con curiosidad.
Mientras lo escoltaban por los pasillos de la Basílica, su mirada recorría los vitrales, los muros tallados, los símbolos blancos que se repetían como oraciones.
Sonreía, como si nada de aquello fuera en serio.
—Son fanáticos del color blanco —dijo Caelan con ese tono burlón que usaba para disimular el cansancio—.
¿Las celdas son iguales?
Nadie respondió.
Apenas cruzaron la puerta de acceso al subsuelo, el blanco inmaculado de los pasillos superiores se deshizo, devorado por un aire húmedo y espeso.
Las luces eran escasas, alineadas en la bóveda como luciérnagas que parpadeaban con un zumbido eléctrico.
Las paredes, ennegrecidas por el moho, dejaban entrever capas de pintura vieja y símbolos borrados a golpes.
Todo olía a metal oxidado, a agua estancada y desinfectante barato.
—Qué hermoso cambio de ambiente —murmuró con sorna—.
De cielo a cloaca en menos de un minuto.
El soldado no contestó.
Avanzaban por un corredor tan estrecho que los hombros de Caelan rozaban las paredes al pasar.
A cada tramo, una puerta metálica, gruesa, marcada con números grabados a fuego.
Las bisagras estaban cubiertas de una sustancia verdosa que destilaba un olor agrio.
El eco de sus pasos rebotaba contra el techo abovedado, multiplicándose en todas direcciones como si hubiera más soldados marchando detrás de ellos.
—Si es posible —añadió Caelan con tono ligero—, me gustaría estar en una celda con litera.
Me gusta dormir arriba.
El soldado siguió sin responder, aunque la tensión en sus hombros lo traicionó.
Mantenía el paso rápido, como si temiera quedarse a solas con él demasiado tiempo.
Tomaron un desvío a la izquierda, luego otro.
El lugar era un laberinto: pasillos que se bifurcaban, escaleras en espiral que descendían sin señal alguna, y puertas que se abrían con un siseo pesado antes de cerrarse de golpe.
Caelan notó que no había cámaras ni ventanas, pero sí respiraderos cubiertos con rejillas de bronce.
A través de ellos, una corriente de aire frío ascendía desde las profundidades.
—¿Hacen experimentos secretos?
Este lugar luce muy lúgubre.
El soldado fingió no escucharlo.
Sus botas repicaban con un ritmo tenso sobre el piso metálico.
—¿Por qué no pintan de blanco aquí también?
—continuó Caelan, con una sonrisa apenas visible—.
Que lindo se vería.
El soldado se detuvo un instante, y esa mínima pausa le bastó a Caelan para sonreír con más amplitud.
—Tranquilo —susurró—.
Solo es curiosidad académica.
Siguieron avanzando, bajando una última escalera de piedra cubierta de líquenes.
Al fondo, una puerta reforzada esperaba, rodeada de inscripciones.
No era la blancura del paraíso lo que los esperaba ahí abajo, sino la geometría exacta de un mandala de contención.
Caelan la observó con interés, los ojos reflejando las líneas de luz que cruzaban la superficie.
—Al menos tienen sentido del arte.
Lo empujó al interior y cerró la puerta de inmediato, sin esperar a que Caelan terminara de entrar.
Lo escucho bajar una palanca, la que estaba en el centro de la puerta.
Caelan se fijó en las runas escritas en las esquinas y no cabía en su sorpresa.
—Es Kroniano.
—Susurro—.
¿Ellos saben kroniano?
Se fijó en las palabras grabadas y supo lo que varias de estas decían, su lengua materna que lo llamaba incluso antes de nacer.
No eran frases complejas, solo palabras fijas.
—An-Quel.
—Leyó, acercándose más a las inscripciones—.
Kra·no… ¿encerrado y sellado?
¿buscan sellarme?
La rueda del mandala dio un primer giro y el aire se hizo más denso.
Las esquinas chispearon con una luz fría.
El sonido no llegó como voz: llegó como empujón dentro del pecho.
Algo antiguo en él respondió; una memoria tribal, el idioma de Krona lo llamaba.
Desde su garganta brotó una orden no suya, la voz del dios que habitaba bajo su carne, reclamando salida.
El soldado bajó la palanca.
El mandala se puso en movimiento, más rápido, y las runas comenzaron a resonar en una frecuencia que dolía en la sien.
El dios interior gritó, no con palabras sino con hambre; Caelan sintió el mundo deshilacharse y la primera respuesta de su sangre fue transformarse.
—Libérame —el Dios le hablaba desde el otro mundo, desde el plano espiritual—.
Libérame.
Hojas brotaron en la punta de sus dedos, finas y verdes, y luego se ennegrecieron, se ondularon y se disolvieron como humo.
Intentó ser tallo, intentar ser corteza, ser flor mínima; su cuerpo no decidió, se fragmentó en impulsos: árbol, trébol, zarza que araña la tierra.
Cada intento venía acompañado de una tormenta de dolor, tirando de su ser hacia atrás.
Cuando intentó tocar la puerta para forzarla, la piel de la palma estalló en fuego sin calor: una quemadura que no ardía con llama sino con rechazo.
La puerta, barnizada con Khalquar escupió chispas verdes que le calaron la piel y le dejaron una marca negra que ardía como hierro en la sangre.
Gritó, y comprendió que la Basílica sí sabía cómo encerrarlo: desestabilizando su mente.
En el dolor sofocante que lo arrastraba a la locura solo pudo pensar en que Isaura debía llegar rápido y destruir juntos ese subterráneo de pesadilla.
El soldado se alejó rápido de la celda, las vibraciones que las runas emitían desde el interior también afectaban en él.
Lo desorientaron, lo golpearon, su piel se puso pálida y un sudor frío recorría su cuerpo.
La necesidad de vomitar era tan fuerte que tuvo que morderse los dedos antes de ensuciar el pasillo, su cuerpo quería sacar ese veneno que llegó a tocarlo por momentos.
Por eso odiaba estar en ese lugar, no entendía como el director se la pasaba todo el día allá abajo.
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