La canción del dragón - Capítulo 58
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- Capítulo 58 - 58 Reencuentro de dos viejos amigos
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58: Reencuentro de dos viejos amigos 58: Reencuentro de dos viejos amigos Un día más en aquella feria de artesanías.
Un día más para mostrar sus creaciones de hierro y escuchar a los fanáticos emocionarse por algo que, al final, solo requería una técnica pulida.
Un trabajo que le había costado todos los años de su vida… y tal vez más.
A veces, el esfuerzo da resultados.
Sin embargo, Javier Querena nunca buscó la fama.
Como todo buen herrero, solo quería reconocimiento: el justo para atraer clientes, y que esos clientes trajeran dinero.
Para que su negocio prosperara, se había esforzado cada día de su juventud, siguiendo las mezclas y fórmulas que su padre y su abuelo le enseñaron, aun cuando eso le costó su vida personal.
Por un tiempo pensó en tener un aprendiz, alguien con la misma pasión por el fuego y el metal, alguien a quien dejarle su martillo.
Pero solo una persona cumplió con sus expectativas… y eligió otro camino.
Desde entonces, sus manos estaban manchadas, y su trabajo, contaminado.
Se resignó.
Su legado moriría con él, y el secreto para forjar sus armas se convertiría en otro misterio más de la historia, hasta que alguien más inteligente —y más atrevido— lograra descifrarlo.
Aquella mañana volvió a acomodar su puesto desde temprano, como siempre.
Sacó las piezas de exhibición que los fanáticos ya habían examinado hasta el cansancio.
Lo hacía con la lentitud que los años le imponían: incluso caminar se le volvía pesado.
Toda la energía que le quedaba la reservaba para el fuego.
Era de los pocos que seguían trabajando de manera tradicional, con martillos y fragua, negándose al uso de máquinas modernas.
Más por orgullo y terquedad que por amor a las costumbres.
Mientras encendía el fuego para comenzar con su último encargo del año, se acercó al baúl donde guardaba sus herramientas.
Y se detuvo.
Algunas piezas estaban fuera de lugar.
Frunció el ceño.
No era tan viejo como para olvidar; recordaba perfectamente haber guardado todo bajo llave.
Y ahora, no había candado.
—Ladrones… —murmuró, cerrando los dedos alrededor del martillo.
Si aún había alguien dentro, necesitaría algo con qué defenderse.
Aunque, en el fondo, esperaba que fueran razonables y se marcharan sin hacer daño.
Un sonido extraño emergió del baúl.
No un golpe ni un crujido, sino algo húmedo, contenido.
—Así que sí quedó alguien —dijo, más para convencerse que por otra cosa.
Apretó con más fuerza el mango del martillo antes de abrir el baúl de golpe.
Dentro, una muchacha empapada en sudor lo miraba con los ojos desorbitados, las manos sobre la boca intentando no emitir un solo sonido.
Matilda.
El ceño de Javier se deshizo en un instante.
Ya no parecía dispuesto a romper huesos; ahora lo invadía la confusión, seguida de una pregunta sencilla, casi paternal: —¿Puedo ayudarla en algo, señorita?
Matilda se quedó paralizada, sin saber si debía disculparse por invadir su taller… o rogarle que no llamara a la policía.
❯────────────────❮ “Usnavy le había hablado de los Alfas más de una vez.
Sus maestros también.
Desde los doce años, Mikael estudiaba sus peligros, el alcance real de la amenaza que representaban para el mundo… y para Omegas como él.
—¿Por qué la ley prohíbe a los Alfas acercarse a nosotros?
—preguntó una vez, mientras hojeaba un pesado libro de historia.
—Porque su instinto depredador los impulsa a devorar y destruir cuanto se cruza en su camino —explicó el tutor, sin apartar la vista del texto—.
Muchos han muerto creyendo que incluso ellos pueden redimirse.
—Eso suena muy tonto.
Usnavy asintió.
—Por eso debes mantenerte lejos.
Por tu propia seguridad.
¿Quedó claro?” Después de la interrogación con el director de la Basílica, Mikael aceptó la cita con Kon y no levantar más sospechas.
La escuela pensaba que cumplía un castigo de silencio en una de las habitaciones, razón suficiente para que nadie, ni siquiera Nivael, la molestaran en todo el día.
Kon iba de un lado a otro, contemplando los artefactos de la gente, comprando algunas cosas que más le llamaban la atención.
Mikael supuso que estaba emocionado, aunque su rostro no lo mostraba.
Se veía tan concentrado escogiendo el broche que debía haber disfrutado de la exposición.
Ojala ella también pudiera estar igual de emocionada, solo buscaba una excusa para acercarse al local de armas de Querena y luego fingir que iba a los baños para encontrarse con Matilda.
Rezaba a Mikael que nadie la haya encontrado.
No pudo contarle al director sobre ella, ni sobre su razón del porqué entró a la oficina de policías.
Antes de que ellos revelaran que estuvo espiando debía encontrar las pruebas para inculparlos.
Una vez que Kon escogió se acercó de nuevo a Mikael, para mostrarle los gemelos que compró.
—Tu color favorito es el azul ¿lo quieres?
—preguntó, colocando el pendiente de acero inoxidable en sus manos.
—¿Cómo sabes cuál es mi color favorito?
—Una vez lo mencionaste ¿ya se te olvido?
—Respondió, mientras le mostraba el pendiente que él eligió para que hiciera juego con el que acababa de entregarle—.
Él mío será rojo, ¿o te gusto más este?
—No, el que me diste me gusta más.
Aunque no le dirá que es porque le recuerda a sus ojos.
Se supone que Lorena no sabe eso.
“Recordó a Usnavy apretando vendas contra su pecho.
El dolor era tan punzante que sentía que la piel iba a abrirse.
—Resiste, Mikael —susurró, sin aflojar.
—Si queremos mantener esta farsa, debemos hacerlo bien.
No respondió; se limitó a asentir, mordiéndose los labios.
Prefería aquel dolor antes que ver su secreto expuesto y que la obligarán a tomar un rol que no quería.” De todas las cosas que se pudo comprar para él, Kon eligió un rompecabezas 3D de la catedral del reino de Vokun para completar su colección de maravillas del mundo.
Aunque eso funcionaba para que Mikael analizara el perímetro y contara la cantidad de oficiales que había en la zona.
El doble que antes, y todo por culpa de esos dos asesinos.
—Voy a comenzar a construirlo tan pronto llegue a casa ¿Quieres que lo armemos juntos?
—Sí.
—Respondió, sin prestar mucha atención.
Kon no hizo caso a esa indiferencia, no cuando al fin tenía el modelo por el que tanto estuvo ahorrando ese mes.
—Deja que revise en mi agenda cuando podamos armarlo en mi casa.
Hablaba con tanta emoción que parecía un niño en navidad.
Mikael no podía… no quería imaginar que invitara a alguien más a armarlo con él.
Aunque, siendo honestos ¿Quién iba a aceptar?
—Está bien.
Volvió la mirada a los alrededores, en busca de algunos de los oficiales que Caelan noqueo esa mañana, pero no había nadie que reconociera.
Eso podía significar dos cosas; o ya les había llegado la sanción y demanda por haber atacado a un Omega, o bien estos reportaban su versión de la historia a la Basílica.
De solo pensarlo le daba dolor de cabeza.
No se dio cuenta de cómo los hombros de Kon iban cayendo debido a su indiferencia.
“Aquel mismo día, tras el vendaje, escuchó gritos.
Una compañera discutía con su cuidador.
Después vino un golpe, sollozos y un sacerdote saliendo del cuarto con el rostro encendido.
Mikael se inclinó y lo dejó pasar.
Dentro, su compañera Mirabel lloraba en el suelo.
Se agachó para tocarle la espalda, un gesto pequeño, casi inútil.
—Descubrió que estoy saliendo con alguien en la Basílica —confesó, limpiándose las lágrimas—.
Van a castigarlo… y a mí me van a expulsar.
Mikael quiso decir algo, pero ¿Qué palabra sirve cuando tu mundo está por derrumbarse?
Una vez expulsada, su familia lo perdería todo: casa, sustento, nombre.
Sería odiada incluso por sus padres.
Todo, por amar a alguien que no era Zaihn.
—Qué suerte tienes de no ser mujer —escupió Mirabel.
Y el dolor en su pecho volvió.” Ese recuerdo llegó a ella casi al mismo tiempo que Kon le daba un beso en la mejilla como sorpresa, era su manera de reanimar el ambiente entre ellos y Mikael no pudo evitar sobresaltarse.
«Me va a morder.
Me va a arrancar la oreja.
Va a comérsela, masticarla y seguir sin arrepentirse» Trato de controlar sus pensamientos cubiertos de pánico, se aguanto las ganas de empujarlo lejos, no quería verse como una persona loca que se asustaba por un beso.
“—Los Alfas son peligrosos.
Incluso devoran a sus parejas —había dicho un maestro en biología—.
Por eso debemos detenerlos.
Zaihn nos confió esa misión.” Pero Kon no es un Alfa, por lo que no debe tener miedo de sus besos o abrazos, menos cuando Mikael fue quien lo busco, quien se acercó con la intención de ser algo más que amigos.
¿Por qué Kon da miedo?
Si es el chico más débil que ha conocido.
Pero, sigue siendo un Alfa.
Sigue siendo de la especie más salvaje que ha conocido en su vida “Recordó al compañero ejecutado públicamente por amar a un Alfa.
No hubo compasión, ni siquiera cuando reveló el nombre de su pareja para salvarse.
Había roto la ley más estricta: no acercarse a un Alfa.
En el momento final, sus ojos buscaban piedad y se encontró con ella, siendo la única que no lo miraba con indiferencia o asco.
Las cosas eran simples; si rompías las reglas sufrían las consecuencias.
Todos lo sabían, por eso lo hacían en silencio.
Si eras descubierto sería solo tu culpa, porque nadie se arriesgaría cuando también guardan secretos.
Mikael bajó la cabeza para no ver.
Los disparos llenaron la sala, y ella juró sentir dónde caía cada bala, la última en el cráneo” Kon lo notó, porque fue él quien se apartó primero.
Debió sentir el temblor en el cuerpo de Mikael; aunque solo fue un beso, quizás lo comparó con lo que ella intentó hacer aquella vez, en el auto de su padre.
Por eso se disculpó.
—¿Te asusté?
Mikael se reprendió en silencio.
Otra vez había dejado que sus emociones la dominaran, y otra vez lo había herido sin querer.
Era algo que venía repitiendo con demasiada frecuencia últimamente.
—No… solo me tomó por sorpresa.
Se preguntó si Kon podía detectar su mentira.
Si lo hacía, eligió ignorarla, tal vez para no alargar una conversación incómoda.
—La próxima vez te preguntaré —dijo él con calma.
La próxima vez, pensó ella, esperaba que fuera una cita normal.
Una donde no tuviera que pensar en sectas, sacrificios o en mantener con vida a la única testigo que podía exponerlos.
—¿Me disculpas un momento?
Debo ir al baño —dijo, con una sonrisa forzada.
Miró de reojo el área de cuchillerías: su oportunidad para poner a Matilda en un sitio más seguro—.
Puede que tarde un poco… tengo que arreglar mi peinado.
Otra mentira.
Kon las vio todas, una tras otra, como si cada palabra fuera una gota de tinta cayendo en el agua.
Pero no dijo nada.
No entendía del todo cómo pensaban las mujeres, y no quería parecer un novio controlador.
—Comprar é comida para ambos —respondió al fin, resignado—.
Te esperaré en el área de alimentos.
Mikael lo observó alejarse.
Si su mente no estuviera tan ocupada pensando en Matilda, habría notado la distancia que acababa de abrirse entre ellos.
Ni siquiera esperó a perderlo de vista: giró sobre sus talones y corrió hacia el local de Querena.
¿Qué le diría al dueño para que la dejara entrar?
¿Que tenía un permiso especial?
¿O que era una agente encubierta?
Cada paso la llenaba de culpa.
¿Por qué la escondí ahí?
Con tanta gente, era lo primero que revisarían si la buscaban.
Rezó para que Matilda hubiera sido lo bastante lista como para salir antes y mezclarse con la multitud.
—¡¿Cómo va a hacer eso si le dije que no saliera?!
—se reprochó entre dientes.
Pero al llegar, el local estaba vacío.
La mayoría del público había perdido interés después de tres días de feria; ya todos habían visto las legendarias armas de Querena.
Según había escuchado, el viejo no aceptaba encargos nuevos: solo vendía lo que ya estaba hecho.
“No puedo moldear sin antes saber para quién será el arma”, solía responder a los clientes, espantando a más de un coleccionista.
Esa frase era su escudo.
Su forma de evitar encargos vacíos, de mantener viva la dignidad del oficio.
Mikael lo recordaba bien: el anciano había rechazado incluso ofertas de empresas grandes, diciendo que solo necesitaba comida y un techo donde seguir forjando.
—¿Así está bien la sopa?
—preguntó Matilda, acercándole un tazón humeante.
El viejo Querena la probó con calma, saboreando cada trago antes de tragar.
—Demasiado insípida.
Ponle más sal —ordenó, devolviéndole el plato sin mirarla.
Matilda bajó la cabeza, decepcionada.
—Nunca fui buena cocinera… Mikael la siguió con la mirada hasta el pequeño cuarto al fondo, donde volvió a encender la estufa.
Luego respiró hondo y se giró hacia el herrero.
—Eh… —dudó, buscando las palabras—.
Disculpe las molestias.
—¿Vienes con ella?
—preguntó Javier sin rodeos.
Mikael se tensó.
—Lamento haberlo involucrado.
La sacaré de inmediato y no mencionaremos nada de esto.
—Tú venías con un chico de cabello rizado —dijo el herrero, desviando el tema—.
¿Dónde está?
—En el área de comida.
Me está esperando.
—¿Y piensas llevarte a esta mujer contigo?
No sería una cita muy cómoda.
¿Y a él qué le importa?
pensó Mikael, conteniéndose.
Era cierto, no era lo ideal, pero era lo único que podía hacer para mantener a salvo a la testigo.
—Puede quedarse aquí —sugirió Javier, sin apartar la vista del fuego—.
Que me cocine.
Estoy ocupado con un encargo y descuido mis necesidades básicas.
—¿Un encargo?
—El último del año —respondió, golpeando el yunque con ritmo constante—.
Me la pidieron hace meses, pero hasta ahora sé qué materiales debe llevar la espada.
Mikael no entendía a qué se refería, ni si podía confiar en él.
Después de todo, ¿en quién podía confiar?
Incluso su director estaba contaminado por esa secta.
Recordó el broche con el ojo egipcio, escondido entre los papeles de su escritorio.
Si alguien tan recto como él había caído en las tentaciones del Caos, ¿qué le aseguraba que este anciano no lo haría también?
—Disculpe, pero esa mujer es… —¿Un testigo importante?
—Javier la interrumpió, anticipando su pensamiento—.
Ella me lo contó todo.
—¿Por qué se ofrece a ayudar?
Cualquiera querría que nos fuéramos cuanto antes.
El viejo se encogió de hombros.
—Supongo que ya soy demasiado viejo.
Su historia me dio lástima.
—Pero… —¿No deberías volver con tu novio?
—interrumpió otra vez, con una media sonrisa—.
Podría cansarse de esperar.
Mikael se congeló.
¡Kon!
El anciano tenía razón.
Si tardaba más, él sospecharía y vendría a buscarla.
Y si la encontraba allí, con Matilda… —¡Matilda!
—la llamó a gritos.
La joven asomó con el nuevo tazón de sopa, ahora demasiado salada.
—¿Qué ocurre?
—¿Puedes quedarte aquí un poco más?
Solo mientras arreglo unas cosas.
El Tlan vendrá esta noche; puedes irte con ellos, te mantendrán a salvo.
“El Tlan está con ellos.” Recordó las palabras del oficial que había encontrado en la cueva.
Y entonces solo le quedó maldecir en silencio.
¿Quién diablos no está con esa secta?
Quizá, necesitaría ayuda de ese Alfa criminal.
❯────────────────❮ El día se fue consumiendo con la misma lentitud que el carbón dentro del horno.
El aire olía a hierro y ceniza, y el sol, encajado entre los toldos de la feria, proyectaba un resplandor anaranjado que parecía prender fuego a los metales recién templados.
Matilda permanecía en una esquina, abanico en mano, espantando el calor con movimientos torpes y desesperados.
El sudor le marcaba la frente, y cada vez que respiraba, sentía que el aire se espesaba con el humo.
Estar escondida en una herrería resultó más pesado de lo que imaginó; el ruido constante del martillo, el olor al aceite quemado, el crujido del fuego, todo le taladraba los oídos.
Aun así, Javier no había pronunciado una sola queja por su presencia.
Trabajaba con una concentración ritual, cada golpe perfectamente medido, cada respiración en ritmo con el fuego.
El resplandor rojizo del horno iluminaba su rostro cansado, destacando las arrugas que parecían cinceladas en piedra.
Era el retrato del hombre que no se rinde, pero que ya no espera nada.
Cuando el último rayo de sol se apagó tras los toldos, el herrero dejó el martillo sobre la mesa y limpió el sudor de su frente con el antebrazo.
—Ya es hora de cerrar —murmuró.
Matilda apenas asintió, aunque sabía que no podía irse.
Se acomodó las faldas, mirando con cierta culpa el lugar donde se había escondido esa mañana.
El viejo candado seguía sobre la mesa, doblado, como testigo de su torpeza.
Javier estaba por bajar la tranca de la puerta cuando escuchó los pasos.
No necesitó voltear; los reconocía mejor que los suyos.
Eran pasos firmes, con el eco de quien no teme ser escuchada.
—¿Qué la trae por aquí?
—preguntó sin mirar, la voz cansada pero firme.
Una sombra se dibujó en la entrada, recortada contra el último resplandor del crepúsculo.
—Lo de siempre —respondió Isaura, con ese tono despreocupado que sólo usaba cuando en realidad venía a hablar de algo serio—.
Cazando nuevos problemas.
Javier soltó una risa ronca, de esas que salen del pecho como el humo del horno.
—Entonces hoy sí llegaste al lugar correcto.
Tengo uno de esos guardado desde la mañana.
Isaura sonrió, cruzando el umbral con el aire de quien ya ha estado allí demasiadas veces.
El metal tintineó al cerrarse la puerta.
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