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La canción del dragón - Capítulo 59

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  4. Capítulo 59 - 59 Ojos turquesa
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59: Ojos turquesa 59: Ojos turquesa El atardecer se colaba por los vitrales rotos de la basílica, pintando el suelo con un resplandor rojizo que no llegaba hasta el fondo del subsuelo.

Allí abajo, Caelan seguía tirado en el suelo, sin moverse.

Llevaba horas en la misma posición, los ojos abiertos, fijos en el techo que giraba lentamente sobre sí mismo, o al menos así lo sentía.

El viento que descendía por las rendijas los hacía vibrar, creando un murmullo constante, como un rezo ahogado.

Los símbolos se movían apenas con la humedad, y a veces Caelan creía verlos brillar, respirando.

No sabía si lo estaban purificando o desollando por dentro.

La voz del dios en su cabeza no había callado ni un instante; sus susurros se enredaban con sus propios pensamientos, esa orden constante, su voz cubierta de odio por estar encerrado tantos siglos, custodiado por Caelan y sus antepasados.

Sobre su cuerpo, las marcas del Zul eran visibles: líneas azuladas que recorrían las venas de su brazo hasta desaparecer bajo la piel.

La droga lo mantenía medio dormido, medio vivo, flotando entre la lucidez y el delirio.

A unos metros, detrás de la puerta sellada, se oían las voces.

—El informe dice que resistió tres dosis —comentó el subdirector, su tono era más de miedo que de interés.

—Entonces doblen la frecuencia —respondió Jingober, seco—.

No quiero que despierte antes de llegar al aeropuerto.

—¿Está seguro de entregarlo así?

Es peligroso… incluso dormido.

—No es nuestro problema, Vogel —dijo el director, sin apartar la mirada del registro en su tableta—.

Ashvord lo pidió.

Ellos saben que hacer con el Alfa, no es el primero que les mandamos.

Además, son órdenes de Madre.

Un silencio tenso siguió.

El único sonido fue el zumbido del generador y el gotear del agua en alguna parte del pasillo.

Mientras tanto, dentro de la celda, los dedos de Caelan se crisparon, apenas un movimiento, casi imperceptible.

La piel de las yemas comenzó a oscurecerse, luego se resquebrajó como tierra seca.

Entre las grietas emergieron motas diminutas, de un tono pardo rojizo, que flotaron unos centímetros antes de posarse en las esquinas del suelo.

Eran esporas.

Pequeñas, silenciosas, imposibles de notar a simple vista.

Pero cada una llevaba dentro una chispa de su conciencia, una parte de sí que buscaba aire, salida, algo más allá de esa jaula cubierta de rezos.

Con paciencia inhumana, las esporas se esparcieron por las rendijas y grietas del muro.

A cada tramo del corredor, brotó un pequeño hongo de sombrero marrón, casi invisible bajo la penumbra.

Crecían en silencio, respirando en nombre del Alfa que no podía hacerlo.

Caelan sonrió apenas, los labios secos y la mirada perdida.

Isaura sabría leerlo.

Tenía que hacerlo antes de que el avión despegara esa noche.

El zumbido del generador volvió a llenar el pasillo.

Afuera, las lámparas de emergencia titilaban, proyectando sombras que parecían moverse.

El director Jingober guardó la tableta con un gesto de fastidio; ya iba a ordenar que trajeran otra dosis de Zul cuando un eco de pasos apresurados resonó desde la entrada del corredor.

—¡Director!

—Nivael apareció jadeante, con la camisa del uniforme fuera del pantalón y los ojos abiertos por la urgencia—.

El Tlan ha llegado.

Jingober levantó la mirada, desconcertado.

—¿Qué dijiste?

—El Tlan, señor —repitió el muchacho, enderezándose—.

Están en el atrio.

Vinieron por el prisionero.

Por un instante, el silencio fue total.

El subdirector Vogel intercambió una mirada con Jingober; ambos entendieron de inmediato lo que eso significaba.

Ellos no habían llamado al Tlan.

El Alfa no sería trasladado en el avión.

El Alfa tendría un juicio.

Y eso arruinaría por completo los planes.

El director ocultó la tensión bajo una sonrisa educada.

—Has hecho bien en informarnos, Nivael.

Diles que subiremos de inmediato para recibirlos.

El estudiante asintió, sin sospechar nada, y se marchó casi corriendo por el pasillo.

Solo cuando su silueta desapareció entre las luces parpadeantes, Vogel se atrevió a hablar: —¿Qué hacemos?

Si se lo llevan, Madre no estará contenta.

—Lo sé.

—Jingober se alisó la chaqueta del uniforme clerical, respirando hondo para calmarse—.

No podemos detenerlos, no sin levantar sospechas.

Su voz tembló apenas.

—Iremos a saludarlos como buenos anfitriones.

Luego veremos cómo enmendar el error… Ambos caminaron hacia las escaleras, sus pasos resonando entre las paredes húmedas, con una calma que no sentían.

En la celda, las esporas seguían multiplicándose.

Mientras tanto, en los dormitorios del piso superior, Mikael observaba en silencio a través de la ventana.

El sol se escondía detrás de las torres de la basílica, tiñendo el cielo de un rojo apagado.

Abajo, pudo distinguir a los hombres del Tlan descendiendo de sus vehículos, con el uniforme oscuro y el escudo de plata que tanto los caracteriza.

—Ya era hora.

—Hablo para sí misma.

Los había llamado desde la mañana en que atrapó a Caelan, se supone que era un código rojo ¿por qué habían tardado tanto?

Las enormes puertas de la basílica se abrieron con un chirrido metálico, dejando pasar el viento del atardecer y a tres figuras vestidas de negro y gris oscuro.

Al frente caminaba Rak’el, de rostro severo y mirada tan firme que nadie osaba sostenerle la vista.

A su lado, Ali, la recién ascendida policía, portaba un maletín metálico con el sello del Tlan.

Cerrando el grupo venía Zarvael, un Omega alto y sereno, que observaba el lugar con la calma de quien podría destruirlo con solo un gesto.

El director Jingober los recibió con una inclinación leve, un gesto de falsa cortesía aprendido por años de servir al orden.

—Bienvenidos, oficiales.

Qué sorpresa tenerlos tan pronto.

Rak’el no perdió el tiempo en presentaciones.

Mostró su insignia.

—Venimos por el Alfa que capturaron esta mañana.

Antes de trasladarlo a una prisión segura, debemos confirmar que es el individuo correcto.

Jingober apenas mantuvo la sonrisa.

—Por supuesto, entiendo sus protocolos.

—Su voz era suave, casi paternal—.

Todo sea por mantener la transparencia.

Vogel, el subdirector, desvió la mirada.

Sabía que aquella sonrisa escondía algo.

El Tlan avanzó con paso firme por el pasillo, mientras el director tomaba la delantera para guiarlos.

En el trayecto, Rak’el notó lo descuidado que estaba el lugar subterráneo, aun cuando era una zona donde los estudiantes y empleados usaban con frecuencia.

—No limpian mucho este lugar —comentó.

—Esta parte ya existía antes de que se construyera la basílica —respondió Jingober sin volverse—.

Antes servía como prisión, pero nosotros la adaptamos a algo más cómodo para los estudiantes.

¿Nunca ha estado en una?

Rak’el frunció el ceño ante su burla pasiva.

Zarvael se aguanto las ganas de responder de forma grosera, solo Ali se mantuvo ajenas a sus palabras porque ignoraba que ningún Omega del Tlan estuvo el tiempo suficiente en esas academias para saber eso, porque todos fueron expulsados por incompetentes.

Ninguno de los dos pensaba seguirle el juego, su reputación entre ellos era bien sabida y no tendría caso tratar de cambiarla.

Por eso Rak’el volvió al tema inicial.

—¿Nombre del sujeto?

—preguntó Ali, abriendo su libreta electrónica.

—Caelan… —Jingober fingió pensar—.

Caelan Nair.

Creo que así se identificó, aunque podría ser un alias.

Rak’el se detuvo, bajando la mirada hacia el director.

—¿Cree?

¿No lo verificaron?

El subdirector intervino rápido, nervioso: —El sujeto está bajo sedación constante.

No fue posible interrogarlo.

Rak’el sostuvo la mirada por unos segundos, tratando de leer sus palabras.

Luego asintió, sin mostrar emoción.

—Bien.

Llévanos con él.

Jimgober asintió de inmediato, disimulando el alivio en su respiración.

Todo marchaba según su plan.

Les mostraría al otro Alfa, el ladrón que habían atrapado días atrás, el mismo que nadie reclamaría si era liberado.

Con eso el Tlan se iría satisfecho y el verdadero prisionero seguiría bajo control.

❯────────────────❮ Al otro lado de la Basílica, por el lugar menos transitado incluso por los guardias, Isaura había llegado.

No sabía que el Tlan también se encontraba ahí.

Había entrado sola, movida por el temor y la urgencia que Matilda y el viejo Querena le sembraron con sus palabras.

Sacrificios de prostitutas.

Grandes corporativos involucrados Omegas secuestrados Todo por la llegada de ese maldito ente ¿estaban preparando el escenario para su llegada?

¿Es así como pensaban abrir la puerta de Obrith-Kar?

El único lugar de San Simón donde se reunían Omegas desde niños era la Basílica, convertida desde hacía siglos en academia y santuario.

Allí, bajo los vitrales y las voces de los coros sería facil tomar a los Omegas que quisieran y desaparecerlos sin dejar rastros.

Porque los padres dejan de saber de sus hijos cuando estos son asignados a zonas diferentes para cumplir con su servicio a Zaihn.

Por eso estaba ahí, disfrazada de empleada de limpieza, con un delantal gris que le quedaba grande y una lámpara de aceite colgando de la muñeca.

Había bajado por el acceso de servicio, una puerta baja, oculta tras las cocinas y las escaleras de mármol.

Cada paso resonaba apagado sobre las losas frías.

Entonces los vio: hongos marrones, creciendo en las esquinas, espaciados con una regularidad enfermiza.

Exactamente a dos metros de distancia uno del otro.

Isaura se detuvo, conteniendo la respiración.

No era casualidad.

Siguió caminando, las luces temblorosas de los pasillos apenas rozaban las paredes, donde se mezclaban oraciones y manchas de humedad.

Las raíces de los hongos se extendían como un patrón… como si dibujaran un mapa invisible hacia el fondo del laberinto.

El silencio se volvió más pesado mientras avanzaba.

Solo el murmullo del agua filtrándose y el leve crujir de la madera vieja acompañaban sus pasos.

Hasta que, al girar un pasillo, lo vio.

Una puerta de piedra con un mantra tallado en su superficie: Šal’na —Paz.

—Leyó ella.

La palabra vibraba con una energía leve, casi un suspiro.

Isaura se acercó despacio, sin saber por qué.

Se inclinó, buscando entre las rejas del ventanuco, y la luz de su lámpara alcanzó el interior.

Isaura contuvo el aire al asomarse por la rendija.

El cuerpo tendido en el suelo no era el de un extraño.

—¿Tú?

—susurró entre dientes, con una mueca de fastidio.

Por supuesto que era él.

Ese idiota que había prometido “pasar desapercibido”.

Rodó los ojos y masculló una maldición apenas audible.

Se llevó una mano al rostro, frotándose la frente, como si el simple hecho de verlo le provocará dolor de cabeza.

—Claro… tenía que ser tú —murmuró.

Miró hacia atrás, al inicio del pasillo, asegurándose de que nadie la hubiera seguido.

Las sombras se mantenían quietas, solo el goteo del agua y el rumor distante del movimiento en los pisos superiores la acompañaban.

Con paso rápido se acercó al panel metálico a un costado de la puerta.

Una palanca grande sobresalía del muro.

La tomó con ambas manos y la bajó con un chasquido seco.

El efecto fue inmediato.

El zumbido místico que mantenía la celda girando cesó.

Las runas de las esquinas se apagaron, una tras otra, y el aire, antes cargado de energía divina, se volvió denso y silencioso.

Dentro, Caelan se incorporó con un gemido bajo.

Sus dedos, antes ennegrecidos y agrietados, recobraron color humano.

Las marcas en su piel se cerraron lentamente, como si exhalara el dolor y la voz en su cabeza volvio a hacerse distante, hasta casi desaparecer.

Abrió los ojos.

Primero confundido… luego, al verla en el umbral, la expresión se le suavizó.

Una sonrisa, torpe pero genuina, le cruzó el rostro.

—Sabía que lo entenderías, vieja.

—Su voz salió ronca, apenas un hilo, pero bastó para llenar el pasillo.

Isaura bufó, pero no pudo evitar que una leve curva se dibujara en sus labios.

—¿Encontraste algo útil?

—Ni te imaginas.

—Caelan se puso de pie, caminando hacia la salida, seguido por la mujer—.

Por tu expresión, creo que también lo descubriste.

—No sabía que una escuela pudiera tener este tipo de jaulas.

—Son muy buenas, tienen hasta runas kronianas.

Hablaban mientras caminaban a la salida de ese laberinto, listos para abrirse paso a la fuerza.

—Me cuentas una vez que salgamos de aquí.

—¿Vamos por la princesa?

—Preguntó el Alfa, mostrando otra sonrisa, una mucho más confiada.

Isaura negó de inmediato.

—Vamos por su director de mierda.

❯────────────────❮ Las luces de los dormitorios se apagaron una a una, cubriendo el edificio con ese silencio artificial que siempre seguía a la orden de descanso.

En teoría, todos los estudiantes debían estar en sus camas, durmiendo antes del toque de queda.

Pero Mikael no podía dormir.

No cuando había visto ese destello.

Un Ihí particular, reconocible entre mil, atravesando la oscuridad como una línea ardiente que se hundía en su pecho.

No lo necesitó ver dos veces para saber quién era.

Ese brillo… y esos ojos.

Isaura.

Había llegado por su compañero.

Y si lo alcanza, significaba que todo el encierro, toda la contención del Alfa, podía derrumbarse en cuestión de minutos.

Mikael se sentó de golpe, el corazón retumbándole en los oídos.

—Maldita sea… —susurró.

Saltó de la cama, metió los pies en las botas del uniforme y las ajustó con torpes manotazos.

Se puso la chaqueta de entrenamiento por encima de la camiseta, sin siquiera abotonarla, y abrió el cajón inferior de su escritorio.

De ahí sacó la escopeta reglamentaria, todavía con el seguro puesto, y un par de cartuchos que guardó en el bolsillo lateral.

El aire del dormitorio era denso, cargado con la humedad que subía desde los sótanos.

Afuera, los corredores estaban casi a oscuras, apenas iluminados por las lámparas mágicas que flotaban junto a las columnas.

Mikael salió apresurado, los pasos amortiguados por el suelo encerado.

Giró en la esquina y casi atropella a una de sus compañeras.

Se disculpó de forma rápida y siguió corriendo antes de que hiciera preguntas sobre su escopeta.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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