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La canción del dragón - Capítulo 6

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  4. Capítulo 6 - 6 Un bonito cuento de hadas
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6: Un bonito cuento de hadas 6: Un bonito cuento de hadas La luz del mediodía caía limpia a través de los ventanales.

Una oficina de paredes blancas, piso laminado, muebles de catálogo.

El zumbido del ventilador del techo y el golpeteo de las teclas eran los sonidos únicos en aquel lugar que podía pasar por una agencia inmobiliaria o una consultoría fiscal.

La mujer dejó el bolígrafo sobre la mesa.

Frente a ella, un expediente abierto mostraba la fotografía de un joven de cabello oscuro y rizado, rostro endurecido y ojos de un azul muy peculiar.

El nombre en el encabezado estaba subrayado: Kon Pit-Nüwa .

—Buen trabajo, Raúl —dijo la mujer, sin alzar la voz, pero con la cadencia de una nana cantada al revés—.

La imagen es llamativa, la recompensa suficiente…

y el tono del mensaje, perfecto.

Parece un acto de justicia, no de cacería.

El hombre frente a ella —un adulto, de frente arrugado, pero sonrisa tranquila y sabía— parecía con orgullo.

—Agradezco sus palabras, Madre.

Me aseguré de que el comunicado circulara entre todos los socios antes del mediodía.

Incluso el grupo Rojo lo permite sin objeciones.

Para esta noche, toda la ciudad sabrá que cazar a un Pit-Nüwa…

es una obra noble.

Ella entrelazó los dedos sobre el expediente.

—¿Y el grupo de las Setas?

—Ya se movilizó.

Uno de los muchachos, Cristofer Díaz, tuvo el contacto inicial y fallo.

Su jefe culpable a su imprudencia.

Parece que es más joven e inestable de lo que sospechábamos.

Un silencio se estiró, suave como hilo de seda.

—Asegúrate de pagar lo prometido al grupo que consiga traerlo, vivo —dijo, y por un segundo su tono se volvió maternal, casi dulce—.

Ellos se arriesgaron por nosotros.

Sería deshonroso fallarles.

—Lo entiendo, Madre.

Todo está dispuesto.

Ella asintiendo con una sonrisa invisible, más percibida que vista.

Raúl se inclinó apenas y giró hacia la puerta, esperando por nuevas órdenes que se le sucedan a su santa y salvadora.

❯────────────────❮ Ahí estaba de nuevo, había regresado a ese lugar cuando se desmayó.

¿Cuántas veces había sido ya que tenía el mismo sueño?

Una brisa fría trazaba surcos invisibles sobre las hierbas bajas de la pradera, moviéndolas como un mar verde y pálido bajo un cielo encapotado.

Todo estaba despejado: la hierba ondulaba hasta perderse en la distancia, sin rastro de ríos ni flores, solo esa alfombra antigua que crujía con cada paso imaginario.

Detrás, el bosque se recortaba en la lejanía como una mancha oscura, un rumor de troncos y sombras que sabía que había allí, a varios kilómetros, pero cuya presencia se sentía tan cercana como un susurro en el oído.

Frente a él, los árboles comenzaban apenas a cien metros, un muro vivo que ocultaba secretos.

Cada vez que Kon soñaba ese lugar, notaba un leve temblor en el aire, un tirón sordo en el pecho, como si la pradera supiera que algo acechaba más allá de su linde.

A veces, a través de las nubes bajas y densas, divisaba una forma enorme que se contorneaba contra el gris del cielo: un cuerpo colosal cuyos movimientos eran lentos, medidos, demasiado vastos para pertenecer al mundo real.

Entonces escuchaba la voz cálida de su madre, llamándolo desde el bosque, igual que cuando era niño y abría la puerta de la casa para la cena.

Se alzaba de la hierba con la esperanza de correr hacia ella, pero un ladrido seco lo obligaba a detenerse.

A su lado, un perro sin pelo, gris y marcado por cicatrices recientes, se erguía con el lomo arqueado, enseñando los colmillos al aire, se parecía a Yaotl de algún modo.

Gruñía con dos ojos encendidos por un pánico ancestral, avisándole de un peligro que él no alcanzaba a comprender.

—Ven, Kon—.

La voz de su madre sonaba tan clara y tan limpia detrás de los árboles.

El perro ladraba con más insistencia, aumentando su tamaño conforme más se escuchaba aquella voz.

Kon deseaba seguir caminando, internarse en la pradera infinita, ignorar las advertencias del perro y la voz de su madre, pero su cuerpo quedó anclado en el suelo, la hierba le rozaba el rostro con un toque helado.

El bosque lo llamaba, el perro lo retenía, el cielo lo vigilaba.

Y justo en ese instante, cuando la tensión alcanzaba su punto muerto, la pradera, con su silencio inmenso, se cerraba a su alrededor, y él despertaba.

❯────────────────❮ —¡Kon!

La presión sobre su pecho era una roca viva.

Intentó exhalar, pero no entró aire: su padre le yacía encima.

—¡Ya basta, viejo!

¡No puedo respirar!

Pero Ares ignora sus quejas.

Su mirada no estaba en su hijo, sino en la venda fresca que cubría su sien.

Palmeó la venda, localizó sin dudar la costura, luego inclinó la cabeza para inspeccionar su ojo derecho: tamaño, color, reacción a la luz.

Sus dedos contaron el pulso de la muñeca casi sin moverse.

¿Desde cuando era un conocedor en los primeros auxilios?

Dio un suspiro de alivio cuando comprobó que todo estaba bien.

—Anoche te dejaron inconsciente con un golpe.

Tuve que llamar al médico de la familia para que te revisara, pero fue el shock, no la herida.

Dijo que no tenías nada roto.

Su forma tan suave de hablar no coincidía con la dureza de su mirada.

Si su padre no salió a cazar al culpable de sus heridas fue porque su preocupación por él era más fuerte.

Aun con el ceño fruncido, había algo más en su voz.

Algo como… preocupación.

—No recuerdo cómo llegué —susurró Kon—.

¿Quién me trajo?

Ares apartó la vista, con la naturalidad de alguien que ve lo imposible cada día.

—Llegaste solo.

El dolor punzante le recordó que aquello no podía ser verdad.

— ¿Cómo voy a llegar solo si me desmaye?

Su memoria no estaba tan atrofiada para no recordar eso.

Pero su padre solo se encogió de hombros, como si eso fuera lo más normal entre los Alfas.

—Recuerdas ¿quién te atacó?

—preguntó, dejando caer la palabra como un hierro candente.

Kon asiente.

—Sí, fue un compañero de clases.

Dijo algo sobre una recompensa—.

Se llevó la mano a la cabeza, como si de esa forma pudiera calmar el dolor.

—No se quien de mis compañeros me tuviera tanto rencor para hacerme algo así.

Lo sabía: en la escuela la envidia se volvió homicida.

Hace un año, una compañera casi mató a otra.

Todo porque Kim se había quedado con el papel estelar de la obra “La bella y la bestia” e iba a besar a su novio en la función.

La escuela estuvo llena de policías después de eso, y Ximena fue arrestada porque una de sus amigas la delató.

Que a Kon le fuera a pasar siempre fue una posibilidad, más de una vez vio las expresiones de rencor y envidia de sus compañeros, por haberles ganado en los concursos académicos.

“ ¿Por qué no apuñalaron a Rice?

” Fue lo que pensó, recordando que él era siempre el número uno cuando se le antojaba participar.

—¿Recompensa?—.

La voz de su padre tuvo un leve temblor al repetir esa palabra.

El timbre de la puerta sonó, atrayendo la atención de ambos.

Los ojos se pintaron de rojo, y comenzaron a olfatear el aire.

2000 genes receptores olfativos que facilitan la identificación de algún enemigo.

Era algo tan básico, que incluso Kon podía dominarlo si lo intentaba.

Una línea única para cada ser viviente en el planeta, con colores que delataban su raza.

El dorado para los Alfas, el rosa para los Omegas, azul para los humanos, verde para los animales, blanco para los dioses y negro para los peligrosos.

Kon reconoció el hilo que flotaba fuera de la casa, de un azul tan opaco que parecía que en cualquier momento iba a desaparecer.

No era un enemigo.

—Es Lorena—.

Dijo, intentando levantarse de la cama y sintiendo de nuevo ese dolor en su cabeza.

Ares evitó que se levantara por completo, en su lugar iría él a recibirla.

Solo debía de estar seguro de una cosa.

—¿Confías en ella?

—Claro que confio, es mi novia.

—Eso no es suficiente para fiarse de alguien.

Apretó los puños con tanta fuerza que sus brazos temblaron, odiaba darle la razón en cosas tan banales, lo hacia sentir como un idiota.

—Llevamos 6 meses saliendo y jamás ha intentado algo contra mí.

Por eso se que es inofensiva.

Ares se cruzó de brazos.

Él no estaba tan seguro de eso, lo atacaron de camino a verla y el olor que emanaba tampoco le gustaba, olía más un perfume que a otra cosa, algo que le resultaba desagradable.

—Si no me cree, ve a verlo por ti mismo—.

Comento Kon, cansado de verlo dudar tanto incluso de su palabra.

Su padre salió sin dudar de la habitación para atender la puerta.

Si Lorena era un riesgo o no, no importaba: Ares vivía para protegerlo, forjado en más de un siglo de guerra.

Podía enfrentarse a cualquier asesino de pacotilla sin inmutarse.

El aroma de Lorena llegó antes que su voz.

Kon se obligó a quedarse donde estaba, aunque deseó levantarse para lavarse la sangre seca que todavía manchaba su sien y su brazo.

Cuando Lorena entró en el cuarto, sus ojos se abrieron de par en par al ver las vendas, los moretones y las sábanas revueltas.

Saltó hacia él y se plantó al borde de la cama.

—¡Qué te pasó!?

—exclamó, con la voz hecha prisa—.

¿Quién te atacó?

¿Por qué no fuiste al hospital?

Kon extendiendo las manos para sujetar las suyas, que se movían como si ahuyentaran moscas.

El roce de su piel helada contra la suya lo recorrió como si hubiera tocado un bloque de hielo.

—Estoy bien —mintió, forzando una sonrisa—.

Ya no hay duelo.

El rostro de Lorena cambió en un instante.

Sus labios temblaron, el ceño se frunció y su voz bajó un par de octavas.

—¿Ningún duelo?

—preguntó despacio, con cada palabra cargada de incredulidad—.

¿Eso es todo lo que tienes que decirme?

Intentó responder, pero Lorena la siguió, con un tono que lo agitó más que el golpe: —Anoche… me quedé esperando.

Escuché disparos a unas cuadras, te llamé mil veces.

Tuve que huir del edificio para encontrarte —tragó saliva—.

Encontré tu mochila, tirada junto al cadáver de Cristofer… Su voz se rompió en ese momento, incapaz de seguir recordando lo que vio esa noche.

Kon entendió el terror que debía pasar, el que aún la seguía, la incertidumbre de no saber si él estaba vivo o muerto.

Muerto.

Intento recordar de nuevo lo sucedido anoche, en vano.

Había perdido el conocimiento y todo ese humo no le permitió ver bien.

También grababa los disparos, estuvo a punto de perforarle la cabeza, más no recordaba que Cristofer se disparó así mismo ¿había sido esa sombra que vio?

Lo que haya sido, Cristofer murió y Kon era el único testigo, si la policía así lo decidió, podía ser el culpable.

Temió que la policía llegara a él.

Que lo culparan.

Que Lorena lo dejara.

Un sollozo ahogado lo devolvió al presente.

La chica lo estaba mirando con ojos empapados de terror.

La culpa lo oprimió.

—Lo siento —murmuró, sincero—.

No quise asustarte.

Lorena negó con la cabeza, limpiándose las lágrimas con la manga del vestido.

—No es tu culpa —dijo con voz temblorosa—.

Debería haber confiado en ti.

Recé al Eterno toda la noche para que volvieras sano y salvo.

Si el Eterno la hubiera escuchado, lo más seguro es que la hubiera matado por pedir protección a un Alfa.

Zaihn odiaba tanto a los Alfas que ordenó su exterminio, eso según la Sagrada concepción.

De solo recordarlo le dejaba un mal sabor de boca.

—Lorena —empezó con calma—.

¿De verdad cree en Zaihn?

Ella frunció ligeramente el ceño, sin entender del todo la intención de la pregunta.

—Por supuesto que creo en él.

Claro que iba a creer.

Había crecido dentro del culto de La Palabra de Zaihn, la religión dominante del país.

Desde niña le enseñaron que Zaihn era el creador del universo, el responsable del orden y la armonía entre los mundos.

Un dios único y todopoderoso, que velaba exclusivamente por el bienestar de los humanos, creados —según sus textos— a su imagen y semejanza.

Kon lo sabía.

Sabía que esa gente solía ser incluso más devota que los propios Alfas, aunque nunca hubieran visto a su dios.

Convencerlos de lo contrario era una pérdida de tiempo.

Pero aún así, sintió la necesidad de preguntar.

—Entonces…

—comenzó, midiendo su tono para sonar respetuoso— ¿Qué opinas de los Alfas?

—¿Por qué me preguntas eso?

—Solo tengo curiosidad.

Si Zaihn es el padre de todo lo que existe, ¿por qué odia a los Alfas?

Lorena le dio una pequeña sonrisa.

—Por culpa del caos.

—¿Caos?

Era la primera vez que Kon escuchaba ese término en ese contexto.

Nunca se había interesado en religiones fuera de la suya.

Con lo difícil que era memorizar todos los nombres de su propio panteón, no tenía tiempo para aprender más mitologías.

Lo poco que sabía de la religión dominante le bastaba para saber que se creían tan perfectos, que hasta su dios tenía que parecerse a ellos.

—Nosotros llamamos Caos a aquello que intenta dividir la creación divina del Eterno —explicó Lorena—.

El Eterno lucha constantemente contra esa fuerza oscura.

Es una entidad antigua, anterior incluso al universo, y solo Zaihn tiene el poder de contenerla.

Pero el Caos es astuto… encontró una forma de infiltrarse en nuestro mundo.

—¿Lo dices en serio?

—Claro.

Está en la Sagrada Concepción, al final del texto.

Explica cómo el Caos se esparció entre los humanos, incitándolos al pecado y lastimarse entre ellos.

Vive susurrando al oído, esperando el momento perfecto para brotar y sembrar el terror.

Los Alfas son los guerreros que enviaron para algunos a todos.

Por eso son tan peligrosos.

Por eso Dios ordenó su exterminio.

Lorena terminó con la cabeza en alto y las manos cruzadas tras la espalda, como una estudiante recitando la lección con orgullo.

Kon solo sintió cómo el dolor de cabeza le palpitaba más fuerte.

—¿Tú…

reportarías a un Alfa si lo vieras?

—A quién lo haría?

No hay leyes que digan que deba hacerlo.

—Pero dijiste que tu dios ordenó su exterminio…

—Una cosa es lo que dicen los libros antiguos —lo interrumpió, cruzándose de brazos— y otra lo que dicta la ley.

Ya no estamos en el siglo XV.

No voy a salir a cazar personas.

¿O tengo cara de inquisidora?

—No…

lo siento.

—¿Por qué te sigues disculpando?

La curiosidad es una emoción primaria en todos los seres humanos.

A veces hablaba tan raro.

Aun con todo lo que dijo, no estaba seguro de confiarle su secreto.

No delatarlo con la policía no significaba seguir a su lado.

Aún no sabía cuánto podía confiar en Lorena, por eso debía seguir andando con cuidado.

❯────────────────❮ Mientras Kon conversaba de diferentes temas con su novia, abajo, su padre se había encerrado en su habitación, asegurando la puerta para evitar polizones.

Adentro ya lo esperaban tres personas: sus vecinos de la casa de al lado.

Rice levantó la cabeza tan pronto como Ares abrió la puerta.

Había pasado la noche en vela, rezando en silencio a Tlazoltéotl para que Kon despertara sin secuelas de sus heridas.

Ni siquiera prestó atención al corte en su brazo izquierdo, provocado por una de las balas perdidas de Cristofer.

—¿Cómo está?

—preguntó con urgencia, tan rápido que Ares apenas pudo entenderlo—.

¿Despertó?

Ares levantó el pulgar, respondiendo con calma: —Tan despierto como siempre.

Lo único que tiene es un dolor de cabeza.

Rice volvió a respirar tranquilo… hasta que sintió que lo golpeaban en la cabeza.

—¿Por qué estás aliviado?

Se supone que debes vigilar a Kon para evitar accidentes como este.

La vieja Sanae, que reposaba en el centro de la cama con las piernas cruzadas, había saltado para darle un buen coscorrón a su nieto.

—Eso hago, pero Kon no me quiere cerca —se justificó Rice, frotándose la zona del golpe.

—¿Tu entrenamiento fue en vano?

¿De qué te sirve saber ocultar tu presencia si no la usas en momentos como este?

Ares tuvo que intervenir antes de que su hijo los descubriera.

—No es culpa de tu nieto.

Kon es muy perspicaz.

Si no se anda con cuidado, descubre que es un Alfa… y si eso pasa, no solo él, todos corremos el riesgo de ser descubiertos.

Reid, un hombre de enorme estatura y músculos casi tan grandes como un ser humano, habló por primera vez ese día: —El jefe tiene razón.

Sanae, sé que te preocupa el bienestar de Kon, pero si nos arriesgamos todo el tiempo, muy pronto no habrá nadie que lo proteja.

Las palabras de su esposo actuaron como un hechizo calmante.

Los hombros de Sanae se relajaron y su rostro furioso fue cediendo, hasta que solo le quedó la culpa de haberse desquitado con su nieto.

—Tienen razón… Siempre pierdo los estribos cuando se trata de estas cosas.

A modo de arrepentimiento, sobó la cabeza de Rice, y él se inclinó para que pudiera tocarlo mejor.

—¿Por qué ese chico quería asesinar a Kon?

—preguntó Ares, cruzado de brazos, con un malestar creciente en el estómago.

—No era un estudiante.

Era un asesino.

Todos se tensaron ante esa afirmación.

—Revisé su lista de contactos y sus últimas conversaciones.

No era para nada discreto.

Usaba el mismo número para hablar con sus jefes que el que usaba en la escuela, así que fue fácil averiguar para quién trabajaba.

—Dime el nombre.

—Pertenecía al cártel criminal de Las Setas, quinta división.

—Esos bastardos —escupió Sanae, casi literalmente.

—Pero ellos solo se dedican a la producción de sustancias —dijo Reid, confundido—.

Muchos de ellos ni siquiera saben pelear.

Dispara en solitario.

Por lo que dijo Rice, ese asesino era un luchador cuerpo a cuerpo.

— ¿Habrá accionado por su cuenta?

—Mencionó una recompensa —añadió Rice, volviendo a captar la atención de todos—.

La mayoría de sus mensajes no eran buenos.

Su jefe le exigía volver con Kon, o él pagaría todo el dinero que perderían por fallar.

El silencio se apoderó de la habitación.

La palabra “recompensa” flotó en el aire como un veneno.

—¿Quieres decir que hay una recompensa por mi hijo?

—Basado en lo que descubrí… y en las propias palabras de Cris, sí.

Ares ocultó los puños detrás de su espalda para que nadie notara lo blancos que se habían puesto sus nudillos.

Sabían que esto pasaría algún día.

Que alguien descubriría su identidad e intentaría atacar.

Los Alfas se vendían muy bien en el mercado negro.

Especialmente si eran jóvenes como su hijo.

—Si ese grupo criminal descubrió que Kon es un Alfa… se lo van a llevar —la voz de Ares salió apenas como un susurro.

Solo imaginar lo que harían con él —el conejillo de indias en el que lo convertirían, las atrocidades que criminales de ese nivel podrían cometer— le revolvió el estómago.

Sus uñas se clavaron en sus palmas.

No dejaría que eso le pasara.

No mientras él siga vivo.

—Sanae, Reid.

Exterminen a todos los integrantes y asociados a ese cártel.

Descubran cómo se enteraron de mi hijo.

Si les hace falta ayuda, pídanla.

Se las atreveré.

Los mencionados adoptaron una postura de obediencia absoluta, cual soldados a la espera de órdenes definitivas.

Luego, Ares se volvió hacia Rice.

—Protege a mi hijo a toda costa.

A partir de ahora, no te alejes de su lado.

Y acaba con cualquier sospechoso.

¿Quedó claro?

—Como ordene.

Ares no tenía que decirlo para que lo hiciera.

Solo matándolo podrían llegar a Kon.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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