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La canción del dragón - Capítulo 60

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  4. Capítulo 60 - 60 ¡Solo son dos!
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60: ¡Solo son dos!

60: ¡Solo son dos!

Mikael descendía los últimos escalones cuando lo sintió.

El peso volvió.

Ese mismo peso que la había aplastado en el hotel, cuando Caelan estuvo a un segundo de atravesarle el pecho.

La presión le quemaba la nuca y le doblaba los hombros, como si una mano invisible intentara empujarla contra las tejas.

Su respiración se volvió corta, sofocante; un sudor helado recorrió su espalda.

Isaura había liberado a su compañero.

El estruendo de un disparo rompió el silencio del pasillo.

Mikael apenas alcanzó a girar antes de que algo lo golpeara en el pecho, lanzándola contra la pared.

El aire se le fue de los pulmones y la escopeta cayó al suelo con un golpe seco.

—¿Qué tal, primor?

—Caelan apareció en su campo de visión borroso.

No supo cómo ni cuándo salió, solo que la había tomado por sorpresa de nuevo.

La arrojó con tanta fuerza que no pudo levantarse del suelo, ni siquiera gritar por ayuda.

Caelan lo hizo así a propósito, buscaban irse en silencio.

—¿El chico del bar?

—Isaura salió del subterráneo.

Su cara revelaba que no esperaba un encuentro como ese—.

No lo mataste.

—Por supuesto que no.

—Se defendió Caelan, en ese tono juguetón y despreocupado—.

De no ser por ella, no hubiera llegado a este lugar.

Mikael se culpó internamente al no darse cuenta.

¿En qué pensaba cuando llevó a Caelan a ese lugar?

¿en que el director lo detendría?

¿Que la policía ya no la seguiría si veían a un Alfa a su lado?

Pero ella quiso confiar en las instalaciones de su academia.

Caelan se fijó de nuevo en su rostro contorsionado por el enojo.

—No te preocupes.

—Comenzó a hablar—.

Aun si escapo hoy, tú seguirás siendo el Omega que atrapo al criminal.

La chica abrio los ojos con sorpresa.

¿De verdad fue por eso que lo llevo a la Basilica?

Solo para presumir ante todos que pudo atraparlo y cerrarle la boca al director.

—Si no quieres morir, sera mejor que te vayas.

—La advertencia de Isaura le helo las venas.

Los vio alejarse, creyendo en cada una de sus palabras.

Podrían acabarla antes de que terminara de gritar.

Su memoria le gritaba que corriera, que no podría con ellos, que lo aplastarían como la vez anterior.

Que era demasiado pronto para volver a enfrentarlos.

Cerró los ojos, apretando la mandíbula, y dejó que el aire entrara en sus pulmones poco a poco.

No podía dejarse vencer ahora.

Mikael enderezó la espalda, se obligó a soltar el miedo con cada exhalación, y gritó; —¡En el ala oeste!

—aviso, con la voz firme pese al temblor en sus manos—.

¡Están aquí!

Ambos criminales maldijeron lo ruidosa que era y echaron a correr, pero fue tarde.

Las lanzas se alzaron, los escudos se cerraron en formación.

El murmullo se convirtió en un rugido de órdenes.

Actuaron tan rápido que Caelan sospecho que los estaban esperando.

No esperaron órdenes, dispararon de inmediato.

—Los Omegas son míos —gruñó Caelan, interponiendo su espada de piedra como si fuese un muro vivo.

Las balas rebotaron con chispas, y en un latido ya estaba entre los clérigos-guerreros, partiendo sus cánticos antes de que pudieran tejer un hechizo.

Su espada era lenta, pesada… pero él se movía con una velocidad que contradecía su arma, cada tajo rompiendo carne, acero y rezo.

Uno de los Omegas alcanzó a invocar un sello, y el choque de magia y piedra iluminó las columnas.

Isaura no lo miró siquiera.

Se lanzó hacia los soldados humanos, danzando entre las ráfagas.

Su espada delgada cortaba con gracia, acompañada del susurro de telas desgarradas.

Flexionaba, giraba, caía de rodillas y se levantaba como si su cuerpo desafiara la edad.

Los soldados no podían seguirla: donde apuntaban, ella ya no estaba.

Mikael apretó los dientes, observando la masacre.

Desde su lugar no iba a ser de ayuda, por eso busco una parte alta desde donde pudiera disparar.

Subio al segundo piso y, desde el pasillo, encontró el hombro de Caelan moviendose a toda velocidad.

No dudó.

Disparó.

El proyectil chocó contra la piedra negra de su espada, desviando apenas el tajo que habría decapitado a un Omega.

Caelan levantó la vista hacia el techo, con los ojos encendidos, buscando al francotirador.

Mikael ya estaba cargando la siguiente bala.

Otro disparo.

Esta vez a la espada, rompiendo su ritmo.

Cada impacto era un latido que desajustaba al asesino, una pausa forzada que abría huecos para los guardias.

La joven apretó la mandíbula, el recuerdo de aquella noche en el hotel pesándole en los hombros.

«No voy a dejar que pase otra vez.» Volvió a disparar.

El estruendo guió a sus compañeros: guardias rodeando a Isaura, Omegas presionando contra Caelan.

El francotirador desde el techo se volvió la pieza invisible que controlaba la pelea, la mano que mantenía la balanza.

Caelan rugió, frustrado, la espada de piedra brillando bajo la luz de los vitrales.

Esta vez no atacaba a los Omegas: buscaba al ojo que lo cazaba desde la altura.

Y pronto lo encontró.

Los Alfas se diferencian de los Omegas en su detección del PhI y es por el aroma.

Los Omegas pueden ver miles de hilos y recordar lo escrito en los libros, grabarlo en su piel y memoria, y aun así jamás alcanzar el alcance de memoria que poseen los Alfas desde que nacen.

Más de 600 olores distintos que pueden almacenar en su memoria y recordar.

No había lugar en ese edificio donde Mikael pudiera esconderse.

Dejó de abanicar su pesada espada, para lanzarla en dirección al escondite donde Mikael disparaba.

Logró moverse a tiempo, antes de ser perforada por ese pedazo de metal enorme que osaba llamar espada.

Un segundo ataque desde la distancia casi le destroza la cabeza.

Ese demente había lanzado a uno de sus compañeros en su dirección como si fuera un proyectil.

Sujetó a un guardia por el yelmo, lo levantó como a un muñeco de trapo y lo arrojó hacia el campanario, haciendo que su cuerpo se partiera contra la piedra.

Luego tomó a otro por la cintura, lo blandió una vez en el aire y lo lanzó directo hacia Mikael.

—¡Mierda!

—gruñó la Omega, rodando sobre el tejado para esquivar.

El disparo salió de su rifle casi al mismo tiempo, atravesando la pierna del soldado antes de que el impacto lo matara en seco contra la azotea.

El corazón de Mikael martillaba, no por el combate, sino por lo que veía: aquel Alfa movía hombres armados como si fueran piedras de río.

Otro guardia intentó detenerlo con una lanza bendita, pero Caelan lo tomó de la cabeza y, sin esfuerzo, lo lanzó girando como un proyectil hacia la torre lateral.

El crujido del cuello quebrándose resonó incluso por encima de los gritos.

Disparar y esquivar se volvieron lo mismo para Mikael.

Cada bala buscaba cortar su avance, cada salto era para no morir aplastada bajo el peso de un cuerpo arrojado con fuerza inhumana.

Entonces ocurrió: un clérigo-guerrero lo sorprendió por detrás, espada bendecida en alto, cantando el rezo de sellado.

Caelan ni siquiera se volvió.

De un puñetazo destrozó la hoja como si fuese vidrio y con el mismo movimiento hundió los nudillos en la cara del hombre, desfigurándola en un estallido de sangre y hueso.

—¿Eso era todo?

—rió, con esa sonrisa torcida que convertía la violencia en juego.

—¡Distracción, Caelan!

—bramó Isaura, mientras usaba un cuerpo como escudo, evitando las balas.

El Alfa giró hacia ella, sus ojos brillando con el mismo fulgor salvaje que cuando olfateó a Mikael.

Luego guiñó un ojo, cómplice, como si aquella masacre fuese apenas una danza compartida.

—Con gusto.

Metió los dedos entre los bloques tallados de la torre más cercana, como si fueran barro.

Y tiró.

La piedra crujió con un rugido seco, columnas enteras quebrándose mientras arrancaba de cuajo un pedazo esencial de la basílica.

El grito de los soldados fue unísono: no había arma bendita, rezo ni bala que pudiera igualar eso.

Caelan alzó la estructura como un juguete, la sombra de esa columna madre cubriendo todo el patio.

Y antes de que los Omegas reaccionaran, la arrojó contra la entrada.

El suelo tembló con el estruendo, un alud de polvo y escombros sepultando la puerta principal.

Isaura aprovechó la brecha, deslizándose entre la confusión como un rayo.

El silencio que quedó después fue peor que los gritos.

Los soldados comprendieron lo que enfrentaban: un Alfa sin cadenas, uno que peleaba por diversión.

Y el terror se esparció como fuego en aceite.

Mientras el caos se desataba en el ala oeste, Isaura se dirigía a la torre del director.

Gracias a la información que les dieron sabía en cuál de todos los edificios se encerraba.

“Tenemos un trabajo a parte para usted” Recordó el trato que Raul le propuso ese día en el cabaret, con esa sonrisa que le repugnaba.

“Madre dijo que solo el mejor mercenario de la actualidad podía con esta misión” Mientras avanzaba por los pasillos rebanaba armas y gente por igual, manchando su rostro y ropa ¿a cuanta gente no ha acabado de esa forma?

¿Cuántos cadáveres ha recopilado a lo largo de su vida por una causa personal?

Sea venganza, sea protección, al final el resultado es el mismo: arrebatarle la vida a los demás.

“Aún hay Pit-Nuwas en Xictli y Madre ofrece una gran suma por tener al más pequeño” De solo recordarlo le enfurece.

Hablar así aun sabiendo lo que son.

Esa Madre era una arpía.

Si la dejaba viva por más tiempo sería una amenaza mayor.

Ya tenía puesto el ojo en toda su familia, aunque ella se ocultara y cortara lazos con los demás esa mujer logró descubrir quién era.

Solo había una persona en el mundo que podía darle esa información, una rata tan escurridiza que se escapa de su radar siempre que intenta atraparla.

Acabó con el último de los guardias de un tajo.

El pobre era demasiado joven y estaba aterrado, no iba a hacerle daño aunque quisiera, pero estaba demasiado distraída para darse cuenta.

Con la respiración agitada y el corazón en los oídos contemplo el cadáver del joven soldado frente a ella.

—Mierda.

¿Cuántos niños asesino esa noche?

¿Con cuantos más va a tener que cargar?

Todo por una ubicación.

Si hubiera matado a Raul cuando tenía la oportunidad…

El recuerdo de Laila llegó a su mente, su sacrificio, la encrucijada que hizo para salvarla.

Si hubiera dejado las cosas como estaban, tal vez seguiría con vida y ella no estaría de nuevo dentro de una Basílica, quemándose todo.

Por eso Kon no quiere ni acordarse de ella.

Su pensamiento le causó gracia ¿Fue él quien eligió no verla o fue esa la tonta excusa que se inventó para no sentir culpa?

Saco esos pensamientos de su mente, luego se lamentaría, en ese momento necesitaba encontrar al hombre que pensaba vender a su nieto, Justo cuando estaba por abrir la puerta una bala se lo impidió.

No impactó directo contra su mano, solo rebotó entre el metal y ella, pero si hubieran querido le volaban la mano.

Se giró para enfrentarse a los dos oficiales que le dieron alcance; uniforme negro y el escudo de un águila blanca posada en una media luna en su pecho, eran del Tlan.

Era Zarvael.

—¡Manos arriba!

Quedas bajo arresto.

Debía moverse con cuidado, esos Omegas eran diferentes al resto, ellos se especializan en matar Alfas.

❯────────────────❮ Mikael temblaba, el dedo crispado sobre el gatillo.

El rifle pesaba más de lo normal, como si su propio miedo lo hundiera.

Veía el aire vibrar con cada paso de Caelan y el suelo temblar bajo su avance.

Apretó los dientes, obligando a su cuerpo a reaccionar.

Disparó.

La bala cortó el humo y el eco de los escombros, pero Caelan ya no estaba ahí.

Se deslizó hacia un lado con un movimiento casi perezoso, como si hubiese anticipado el disparo antes de que Mikael siquiera jalara el gatillo.

Otro disparo.

Otra evasión.

Y entonces lo entendió.

Caelan no esquivaba por reflejo.

Lo estaba oliendo.

El Alfa olía su miedo, cada ráfaga de adrenalina lo guiaba como una brújula invisible.

Mikael maldijo, intentando controlar la respiración, contener el terror en su pecho.

Pero era imposible.

Caelan ya iba por ella.

Lo vio saltar desde el suelo.

Mikael apretó el rifle contra el pecho, y se lanzó como un animal.

Su sombra la cubrió entera, sus ojos encendidos apuntaron directo a su presa.

Mikael apretó el rifle contra el pecho y extendió una mano, murmurando el conjuro.

El aire se rompió con un ¡CLANG!

Cadenas metálicas emergieron del suelo, negras por el hollín y el óxido, silbando como látigos al cruzar el aire.

Una se clavó en el muro frente a Mikael, justo en el espacio que Caelan debía ocupar.

El Alfa giró el torso en pleno salto, esquivándola por un suspiro de distancia.

El muro explotó en astillas de piedra bajo el impacto.

Caelan aterrizó de pie, la respiración agitada —no de cansancio, sino de emoción.

Sus pupilas recorrieron la nave destruida, buscando al enemigo que había osado frenarle el paso.

Mikael alzó otra mano, y las cadenas volvieron a moverse como serpientes metálicas.

Intentaban envolver al Alfa, pero este se deslizaba entre ellas con una gracia animal, anticipando cada golpe, cada intento de sujeción.

Una de las cadenas, más audaz que las demás, se alzó por detrás del Alfa y apuntó directo a su nuca.

Mikael sonrió: si lograba incrustarla en su cerebro, podría controlarlo aunque fuera por segundos.

Pero Caelan lo sintió.

Giró y la esquivó, dejándola clavarse en la pared con un chirrido.

Fue entonces que Rak’el del Tlan apareció.

El sonido de sus botas resonó entre los escombros mientras el polvo aún descendía desde la torre caída.

En el pecho, el símbolo de un águila posada sobre una media luna brillaba bajo la luz quebrada de los vitrales.

Su sola presencia llenó la basílica de un silencio distinto: no el del miedo, sino el de la expectativa.

Caelan entrecerró los ojos.

El olor le llegó primero: hierro, sangre, memoria.

Reconocía ese aroma.

Un Omega curtido en batallas contra Alfas.

No uno cualquiera.

Uno que había sobrevivido demasiadas veces.

La sonrisa del Alfa se ensanchó, mostrando los dientes.

—Al fin llega alguien divertido.

Rak’el no respondió.

Extendió una mano hacia la cadena clavada en la pared.

En cuanto la tocó, el metal palideció… y luego se tiñó de un morado oscuro, como si una sombra líquida la recorriera.

Mikael lo notó de inmediato: su magia se contaminaba.

Las demás cadenas temblaron, indecisas.

Algunas siguieron su mando, pero otras comenzaron a moverse por voluntad de Rak’el, obedeciendo su maldición.

Se deslizaron con una inteligencia nueva, casi maliciosa, rodeando a Caelan desde ángulos imposibles.

—Rak’el… —susurró Mikael, jadeando—, las estás corrompiendo.

—No, Mikael —corrigió el oficial sin apartar la vista del Alfa—.

Les estoy enseñando a tener suerte.

Mala suerte, para él.

Caelan gruñó, irritado por el cambio de ritmo.

Intentó apartar las cadenas, pero cada movimiento parecía atraer otra.

Era como si el destino mismo se hubiese vuelto en su contra.

Rak’el dio un paso al frente, el aire a su alrededor ondulando con energía púrpura.

—Caelan Xochitl —recitó con calma, mientras las cadenas vibraban bajo su control—, quedas bajo arresto por múltiples asesinatos e intento de secuestro.

El Alfa sonrió, divertido, deslizándose entre los metales con la agilidad de un simio entre ramas de acero y piedra.

—Confieso que soy una persona horrible —dijo, acercándose peligrosamente rápido a su nueva presa—.

¿Van a condenarme a muerte, oficial?

Mikael quiso gritar una advertencia, pero antes de que Caelan pudiera tocarlo, una de las cadenas —una de esas ya teñidas por Rak’el— emergió del suelo y atravesó el costado izquierdo del Alfa.

Caelan retrocedió con un gruñido, cubriendo la herida mientras el metal chispeaba con la energía maldita.

—Tenemos permitido matarte en el acto —dijo Rak’el, desvaneciendo la cadena como si se disolviera en polvo.

Su voz era serena, casi ritual—.

No tienes derecho a un abogado, ni a llamadas.

Estás condenado a muerte.

Escuchar aquello lo hizo reír.

—¿De verdad no han cambiado mi condena?

—replicó, con los ojos encendidos—.

Esa la tengo desde que mi madre me dio a luz.

Y volvió a correr hacia él.

❯────────────────❮ Isaura jadeaba.

La espada le pesaba como plomo en la mano, y el brazo le temblaba no solo por el cansancio, sino por la sensación asfixiante de que cada movimiento suyo era devorado por Ali.

La chica la imitaba con una precisión monstruosa: su cuerpo repetía cada giro, cada estocada, cada respiración.

Era como pelear contra un reflejo que había decidido matarla.

Y lo peor no era verlo, sino sentirlo: cada choque de acero le arrancaba un hilo de fuerza vital, como si la hoja enemiga bebiera su sangre.

—Eres una ladrona —escupió Isaura entre jadeos, la voz cargada de veneno—.

Ese no es un poder Alfa… ¿acaso lo tomaste prestado de tu Omega?

Hizo una pausa apenas para tomar aire y sonrió con desprecio.

—Un Omega que se deje marcar… eso no es muy bendito, que digamos.

Pero Ali no respondió.

Solo siguió atacando.

Su expresión era vacía, los ojos fijos en Isaura, repitiendo cada movimiento con la frialdad de una muñeca poseída.

A unos pasos detrás, Zarvael se preparaba para intervenir.

Sus manos temblaban, los nudillos crujían.

La transformación siempre tardaba más en él que en los demás —una maldición que, en ese instante, odiaba con furia.

Sus huesos se estiraban bajo la piel, los tendones se tensaban como cables de acero, y un gruñido profundo, animal, comenzaba a salirle del pecho.

Isaura, aun drenada y sangrando, sonreía.

No con alegría, sino con una rabia tan vieja que ardía como fuego sagrado.

Aprovechó una mínima distracción: la hoja de Ali rozó su muslo, dejando un corte superficial.

Pero ese tropiezo fue suficiente.

Isaura embistió con todo su peso, el hombro golpeando la puerta de la torre.

¡CRACK!

La madera se astilló.

Otro golpe.

Otro más.

Hasta que finalmente la cerradura reventó y la puerta se abrió de golpe, arrojándola hacia adentro entre el polvo y los ecos de la batalla.

Por un segundo, creyó haberlo logrado.

Pero la sombra que cayó sobre ella era demasiado grande para ser humana.

Zarvael terminó su transformación en medio del umbral: huesos rompiéndose, piel rasgándose, la mandíbula alargándose hasta formar un hocico lleno de colmillos.

Un rugido inhumano llenó la torre, haciendo vibrar las paredes.

Isaura apenas tuvo tiempo de girarse cuando el licántropo se lanzó sobre ella, derribándola antes de que pudiera cruzar por completo la oficina.

Sus garras arañaron el suelo, bloqueando la entrada con su cuerpo.

El Alfa no la iba a dejar pasar.

La sombra que cubría la puerta tenía colmillos y garras.

Pero lo que más le heló la sangre no fue eso, sino sus ojos.

No eran los de una bestia, aún conservaba su consciencia.

—Entrégate antes que te mate.

—Ordenó Zarvael, hablando entre gruñidos—.

Odio lastimar a la gente.

—Que gracioso que creas que puedes matarme.

El intercambio fue breve.

El resto, pura violencia.

Zarvael se lanzó contra ella.

Isaura rodó a un lado, el filo de su espada rozando el aire y dejando una línea plateada frente a su pecho.

El golpe de la garra partió el suelo donde había estado un segundo antes.

El choque levantó polvo, escombros y un rugido que retumbó en la torre.

Isaura contraatacó.

La hoja cortó el antebrazo de la bestia, apenas un rasguño, pero suficiente para hacerla retroceder.

Giró sobre sí misma, estocada, corte bajo, otro giro.

Su técnica era perfecta, casi danzante, pero el monstruo aprendía rápido.

Zarvael bloqueó con el antebrazo, torció la muñeca de Isaura y la empujó con una fuerza que la hizo chocar contra una columna.

La piedra se resquebrajó.

Ella gruñó, el hombro le ardía, pero sonrió.

—Consciencia o no, sigues siendo solo músculo.

El licántropo le mostró los dientes, una sonrisa imposible.

—Fui entrenado para eso.

El siguiente intercambio fue más cerrado.

Isaura se agachó bajo un zarpazo y hundió la espada en el costado de Zarvael.

El grito de éste estremeció los vitrales.

Ella giró la empuñadura para profundizar el corte, pero él la tomó del brazo y la arrojó con tal fuerza que atravesó una mesa y rodó por el suelo.

Zarvael cayó sobre ella.

Las garras se clavaron en la madera junto a su rostro, a un centímetro de la carne.

Su respiración olía a hierro y ceniza.

—No te atrevas… —murmuró Isaura, con el filo apuntándole al cuello.

—No vine a matarte —repitió él.

—¿A cuántos les has dicho eso antes de arrancarles el cuello?

Zarvael dudó.

Solo un segundo.

Pero en esa pausa, Isaura aprovechó: giró la espada, cortó las cuerdas de su antebrazo y se liberó de su peso con una patada en el estómago.

El golpe lo hizo retroceder unos pasos.

Ambos quedaron frente a frente, jadeando, cubiertos de sangre que no sabían de quién era.

Ali atacó de nuevo, aprovechando la distancia de su compañero disparó e Isaura no tuvo otra opción que correr de vuelta al segundo piso.

❯────────────────❮ El estruendo subía desde los pisos inferiores, cada golpe haciendo vibrar las paredes como si la torre respirara con dificultad.

—¿Qué es eso, Catarina?

—preguntó la princesa Irina, con una serenidad que no correspondía a sus nueve años.

—¡No lo sé, alteza!

¡Dios mío, no lo sé!

—chilló la nodriza, apretándola contra su pecho, el rostro empapado de sudor.

El siguiente impacto hizo que un trozo del techo se desprendiera.

El aire olía a hierro, polvo y algo más… a peligro.

Catarina gritó al escuchar otro rugido, esta vez más cerca.

—¡Vienen!

¡Nos van a matar, nos van a matar a todas!

Irina no se movió.

Sus ojos violetas se clavaron en la puerta cerrada.

Su respiración era lenta, medida.

—No grites.

—¡Pero, mi señora, debemos escondernos!

—No —replicó Irina, apartándose del abrazo con un gesto seco—.

Si entran… los quemaré.

El silencio fue tan pesado que hasta los candelabros parecieron contener la llama.

Entonces, el muro de piedra explotó.

Caelan entró como un proyectil humano, atravesando los escombros y estrellándose contra el suelo.

La onda de choque lanzó a Catarina de espaldas, y el polvo cubrió toda la habitación.

Su risa, áspera y salvaje, retumbó por las paredes.

—¡Esto sí que es divertido!

—aulló, levantándose entre los fragmentos, los ojos encendidos con fiebre.

A través de la nube, las cadenas de Rak’el y Mikael irrumpieron, cortando el aire con un silbido mortal.

Golpeaban el suelo, los muros, buscando sujetar al Alfa descontrolado.

Isaura llegó al primer piso, esquivando todo el desastre.

—¿Y el rector?

—preguntó Caelan, alzando la voz.

—No estaba en su cuarto.

—¡Te dije que debíamos buscar en el subterráneo!

—Reclamo, huyendo de todas esas cadenas que se multiplicaban en la habitación.

—Lo hacíamos, hasta que nos perdimos.

Caelan buscaba justificarse, pero en su lugar golpeó el suelo con más fuerza.

—Solo me das más trabajo —gruñó, arrojándose sobre los soldados que intentaban cerrar la brecha.

Mikael dejó de enfocarse en atrapar a los criminales.

Había gente inocente en medio de todo ese caos, y no podía dejar que salieran lastimadas.

Las cadenas se lanzaron al aire, apartando a la princesa y a su nodriza, arrastrándolas hacia la salida.

A tiempo, Zarvael y Ali llegaron.

El silencio duró apenas un suspiro.

Luego, la sala se volvió un infierno.

Isaura arremetió contra Ali antes de que lograra duplicar sus movimientos otra vez.

Ali disparó, y la bala rozó el rostro de Caelan, que respondió lanzando un escritorio entero contra ella como si fuera de papel.

Mikael lanzó sus cadenas, atrapando al Alfa por un tobillo, y Caelan rió, arrastrando a la chica con él.

Un destello plateado cortó el aire.

La espada de Isaura descendió con precisión quirúrgica, seccionando el vínculo entre sombra y carne.

El hechizo se rompió con un sonido de cristal al quebrarse.

Zarvael abrió los ojos, jadeante.

Y entonces, entre el humo y los escombros, apareció Jingober.

Había corrido hacia el ala este en cuanto oyó el estruendo, desesperado por proteger a la princesa.

Cometió el error de cruzarse con Isaura.

Sus miradas se encontraron.

Ella bajó la espada lentamente.

Caelan la entendió sin palabras.

—Cambio de planes —dijo, con una sonrisa peligrosa.

Ambos se lanzaron a la vez.

Caelan lo sujetó del cuello como si levantara un muñeco, y Jingober apenas alcanzó a gritar antes de que la bestia lo alzara del suelo.

Isaura ya había abierto paso hacia la ventana, rompiendo los restos del marco con una patada.

—¡Vámonos!

Caelan saltó primero, llevando al director en brazos.

Isaura le siguió de inmediato, cayendo sobre los tejados ennegrecidos.

El Alfa dio un segundo salto, perdiéndose con ella entre los callejones húmedos, donde el vapor ocultaba sus huellas.

Desde arriba, Mikael los vio perderse en la neblina.

Bajó el arma lentamente, con la rabia fría empujándole el pulso.

Otra vez.

Los había dejado escapar otra vez.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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