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La canción del dragón - Capítulo 61

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  4. Capítulo 61 - 61 La indignación del consejero del rey
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61: La indignación del consejero del rey 61: La indignación del consejero del rey El polvo aún flotaba en el aire, colándose entre las luces rotas y el humo.

Mikael seguía mirando hacia la brecha del muro por donde Isaura y Caelan se habían lanzado al vacío.

El viento frío se colaba por el agujero, trayendo el eco distante de sirenas y pasos.

Ella solo pudo pensar: ” Estoy jodida.

Jodida, jodida, jodida” Aprete los dientes.

No porque le doliera nada, sino porque el miedo la estaba masticando viva.

El director Jingober la había visto pelear.

Con sus propias manos, desobedeciendo una orden directa, y usando su milagro sin autorización.

Si lo rescataban —y claro que lo harían, siempre rescatan a los importantes— lo primero que sería encerrarla en una jaula de las del seminario.

Las de castigo.

Las que olían a óxido y vergüenza.

“ Jodida ” Mientras ella se lamentaba en silencio por su mala suerte, Rak’el, a unos metros, seguía con la mirada fija en la ventana rota.

Se rascó la cabeza, con la expresión de quien intenta comprender una broma cósmica mal contada.

—Solo eran dos —murmuró—.

Dos.

Su voz subió un poco, quebrándose entre la incredulidad y la rabia.

—¡¿Cómo demonios no pudimos con ellos?!

Golpeó la pared con el puño.

El eco se tragó la respuesta que nadie se atrevió a dar.

Ali y Zarvael intercambiaron miradas.

El estrés por el que estaba pasando su capital lo iba a dejar calvo, pero ninguno quería dar el paso para calmarlo.

Zarvael, aun en su forma de bestia, le hizo una señal con la cabeza, recordandole a Ali que ella era la que estaba bajo el cuidado de Rak’el, por lo que era su deber bajarle el mal humor.

La chica se acercó con cautela, como si estuviera por desactivar una bomba.

-Patrón.

—Lo llamó con un hilo de voz, antes de aclararse la garganta—.

Hoy nos tomamos por sorpresa, pero recuerda lo que dijo; La jefa Kira vendrá en persona a darnos apoyo.

—Eso como carajos es una buena noticia?

—La pregunta salió con tanta hostilidad que Ali dio un paso atrás.

—No pos… tiene razón.

Ambos chicos lucían bastante nerviosos.

Lo mejor hubiera sido quedarse callados.

Rak’el respiró hondo, tragándose el enojo.

Luego se volvió hacia los demás agentes, su tono recupera la dureza del oficial que nunca pierde el control por mucho que sangre.

—Escuchen bien —ordenó—.

Rastreen cada punto de acceso a las alcantarillas, los callejones y los túneles de servicio.

Isaura Ramos no puede haber ido lejos, y Caelan lleva una herida abierta.

Quiero huellas, olor, calor… algo.

Los uniformados salieron de inmediato, repartiendo órdenes a gritos.

Mikael seguía inmóvil, la vista perdida en la oscuridad.

Rak’el la miró un instante antes de girar hacia la salida.

—Tú también vienes, cadete.

Ella pestañeó, saliendo de su trance.

—Aun si rompí las reglas?

El oficial la miró como si hablara un idioma extraño.

—¿Romper las reglas?

Hasta donde yo sé, ayudaste activamente a detener a los criminales.

Pusiste tu bienestar en juego, incluso protegiste a los civiles.

¿Cómo eso te hace romper las reglas?

Aunque era lo básico que un soldado debía hacer, Mikael se sintió como si acabaría de lograr algo extraordinario.

Los dedos de sus pies se cosquillearon y tuvieron que morderse las mejillas para no soltar la sonrisa que surgio al escuchar eso.

Era la primera vez que alguien reconocía sus esfuerzos.

—A la orden.

Apenas Rak’el se acercó para marcharse con sus hombres, la puerta lateral se abrió con violencia y entró Lord Vassel, todo indignación y terciopelo pisoteado.

Iba acompañado por dos de sus soldados personales que no se unieron a la pelea.

Su voz rebotó en las paredes todavía cubiertas de polvo y hollín.

—¡Esto es inaceptable!

—exclamó—.

¡La princesa Irina estuvo en medio del fuego cruzado, la Basílica queda en ruinas y esos monstruos se escapan bajo nuestra vigilancia!

Exijo que se castigue a los responsables.

¡Que paguen con su carrera, con sus honores!

Los guardias se encogieron; Mikael sintió que la sombra del jaulón se cernía sobre su cabeza otra vez.

Pero Rak’el no perdió la compostura.

Dio un paso adelante, para hablar por su gente.

—Lord Vassel —dijo con voz fría—, entendemos su enojo.

Estamos actuando.

La princesa será trasladada a un lugar seguro inmediatamente y quedará custodiada por lo mejor del Tlan durante toda la visita.

Se abrirá una investigación completa; los responsables serán juzgados con rapidez y justicia según el reglamento.

Vassel berreó algo sobre tribunales y vergüenzas; Rak’el contestó con procedimientos y garantías.

Poco a poco la indignación del consejero se transformó en un gruñido más comedido, aceptando a regañadientes.

Entonces la voz de Irina cortó el recreo diplomático como una hoja fría: pequeña, clara y sin ninguna dulzura.

—Mi fiesta de cumpleaños es mañana —dijo—.

Y se hará.

Catarina se atragantó con un sollozo; Vassel pareció volver a enrojecerse.

Rak’el abrió la boca por el protocolo y por el plan.

Antes de que cualquiera de ellos le diera una razón Irina alzó la mano y la punta de sus dedos se encendió en una llama limpia, dorada y con un calor más intenso del normal —Si cancelan mi fiesta —terminó, sin parpadear—, los quemaré a todos ahora mismo.

Silencio absoluto.

Los hombres de Rak’el apretaron las empuñaduras.

Vassel palideció hasta el borde del desmayo; Catarina se pegó a Irina con los ojos abiertos de par en par.

Mikael fue la única que se mantuvo tranquila, por haber visto esas llamas antes.

La niña dirigió la mirada en su dirección y sus dedos le apuntaron.

—Empezando contigo, niño bonito.

Ahí no había broma ni berrinche infantil.

Mikael está seguro de que la princesa solo espera el momento indicado para quemarla viva por lo que le hizo en el aeropuerto.

Sin embargo, ella también estaba más que dispuesta a controlar su cuerpo si veía cualquier movimiento sospechoso de su parte.

Rak’el respiró hondo, no le quedaba de otra que hacer de acomodador de crisis con manos de hierro.

Miró a Irina, inclinado apenas la cabeza, y luego a Vassel.

—La princesa será trasladada y custodiada como ordeno —dijo—.

La fiesta se celebrará en el lugar que indique su altitud.

Y nadie, absolutamente nadie, hará nada estúpido hasta que yo lo diga.

Vassel apenas se aguanto la indignación que nacía de tener que seguir las órdenes de alguien de menor rango.

El miedo a la princesa era mayor que su enojo, eso no pasó desapercibido por Rak’el, quien fijó su mirada de nuevo en Irina.

Los ojos que mostraban en ese momento le recordaban a los que él tenía de niño, cuando vivía en las calles.

Le agradaban.

❯────────────────❮ Afuera, la luz del sol caía con un ritmo lento, iluminando la pequeña ventana de la bodega, como si marcará el compás de la respiración de Isaura.

Jimgober estaba de rodillas, las manos atadas con cadenas, todavía con el uniforme clerical manchado de polvo.

La sangre le bajaba desde la ceja, pero se mantenía sereno, sin levantar la mirada del suelo.

Isaura lo observó en silencio un largo rato, la espada apoyada contra su hombro.

A su lado, Caelan vigilaba la entrada de la bodega, por si algún polizón los había seguido.

Aunque lo dudaba, abarcaron un tramo muy largo, y no dejaron de correr desde que se escaparon de la academia.

—Sabes por qué estás aquí —dijo Isaura, finalmente.

El acusado levantó la vista levemente.

Sus ojos cansados, usados ​​para leer y escribir por demasiado tiempo, apenas podían visualizar su rostro borroso.

Era como ver a través de un vidrio empañado, de no ser por esos ojos turquesa, hubiera confundido su rostro con el de cualquiera.

—No sé de qué habla.

—Respondió Jimgober, con firmeza.

—Deja de hacerte el idiota.

Uno de tus compañeros te delató.

Esos VIP resultaron ser más cobardes de lo que te imaginas.

Su confesión hizo al director fruncir el ceño.

—En ese caso, se merecieron su espada.

—Así que sí formas parte de la secta.

Isaura inclinó la cabeza.

La hoja de su espada rozó el cuello del hombre, apenas lo suficiente para arrancarle un hilo de sangre.

Aun así, Jimgober no se deja intimidar.

— ¿Qué quiere que le diga que no sepa ya?

—Para alguien que tiene una espada en el cuello, no te ves tan asustado.

—Caelan se unió a la conversación.

—Mi terror derivaba del daño que podía hacerle a la princesa Irina.

Ahora que sé que ella está a salvo, no tengo nada que temer.

—¿Ni siquiera si te corto los brazos?

Jimgober soportó la pequeña risa que buscaba escapar de sus labios.

—Ahórrese las amenazas, estoy adiestrado para no decir ni una palabra.

—No está mintiendo.

—Los ojos de Calean habían cambiado, sus pupilas se agrandaron y el brillo desapareció.

Estaba usando la magia Olin de los Alfas para ver en su interior—.

No importa cuanto lo cortemos, este tipejo mantendrá la boca cerrada.

—Al fin lo están entendiendo.

A Isaura se le estaba agotando la paciencia.

Nada estaba ganando con toda esa cacería, porque Madre no aparecía sin importar cuantos de sus borregos atrapara.

—¿Y si lo matamos y asistimos a la fiesta?

—Sugirió Caelan—.

Acabamos con todos los borregos que están en la fiesta.

La mujer estaba por negarse.

Si seguían así nunca acabarán, Madre seguirá sin aparecer y Raúl se burlara de ellos donde sea que estuviera escondido.

De pronto, la voz de Jimgober se levantó dentro de esa bodega.

—A quién llamas borrego?

—La indignación en su voz fue de tal magnitud que la queja salió aguda—.

¡Soy uno de los elegidos por Obrith-Kar!

Sus palabras despertaron una chispa en Isaura, una que se vio reflejada en sus ojos.

Levantó la espada y la apoyó en el pecho del Omega, justo sobre el corazón.

—¿Sabes de Obrith-Kar?

— ¿Cómo no voy a saberlo?

—Confesó, con calma fanática—.

La única razón por la que estoy en este basurero es por él y… —Jimgober se inclinó un poco hacia adelante, hundiendo un poco más la punta de la espada—.

También por usted, Isaura Itharion.

Caelan inclinó la cabeza a un lado, con curiosidad.

Antes de poder preguntar, el puño de Isaura impactó contra la mejilla de Jimgober arrojándolo al suelo.

Fue tan fuerte que la mujer pudo sentir como algunos dientes se agrietaban.

Una sensación de que, de no haber estado tan enojada, hubiera sonreído.

— ¿Quién carajos te dijo ese nombre?

Jimgober se retorció en el suelo, escupiendo sangre, pero con la sensación de triunfo en su pecho.

—Madre me lo dijo.

Madre lo sabe todo.

—Una sonrisa carmesí adornó su rostro—.

Tus hermosos ojos turquesa, vienen de ese monstruo.

Caelan miró a ambos adultos sin entender nada, luego escuchó la risa de Jimgober, la que la gente hacía cuando sentía que había ganado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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