La canción del dragón - Capítulo 7
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7: El placer de leer algo nuevo 7: El placer de leer algo nuevo Cuando Lorena se fue, Kon ya no encontraba qué más hacer encerrado en su cuarto.
La música estaba bien, pero la música siempre estaba, era tan parte de él como el resto de su cuerpo.
Su celular siempre sonaba con distintas melodías, descubriendo cada día una canción nueva y agregándola a la lista.
La música siempre sonaba, por eso hacía cualquier cosa con esta, sea limpiar, comer, completar sus tareas o leer un poco.
Y como no podía hacer lo demás, se quedó tendido leyendo en su cama el libro que le prestó Sarah.
Era la primera vez que vio un libro dedicado a su especie, todo un universo que hablaba de ellos y sus subcategorías.
Muchas de las notas estaban mal o eran extrañas, no terminaba de entender cómo llegaron a la conclusión de que los Omegas varones se embarazan, pero disfruto de leer como la historia deformaba el significado de la marca.
Algo exclusivo de Alfas y Omegas, donde un lazo invisible una a las parejas que estaban destinadas a quedarse juntas de por vida, sin importar los problemas que enfrenten o con quien estén el lazo los unirá y el Alfa marcará a su Omega para estar juntos hasta que uno de ellos muera.
Es una historia muy bonita, pero no deja de ser un mito para alegrar el corazón de los marginados.
La realidad es diferente, la marca es una condena, es arruinarle la vida a los Omegas, los santos protectores de esta tierra.
Su acción es tan grave que es castigado con la muerte de ambas razas.
Kon solo había visto a un Omega en toda su vida y porque iban a la misma secundaria, está estrictamente prohibido por la ley y la religión que un Alfa ronde a menos de 50 metros de un Omega o será condenado a muerte.
El libro que le prestó parecía basarse en eso y muestra la relación del Alfa y el Omega como la cosa más fuerte y hermosa que ningún humano u otra raza podría romper.
—Un bonito cuento de hadas.
Pero la vida real de los Alfa y Omega es muy diferente, para empezar, nadie quiere nacer como Alfa, incluso su padre hubiera elegido otra raza en lugar de ser el líder de la especie más odiada del planeta.
Ser Alfa es estar condenado a ser la jaula de una entidad divina toda tu vida, de vivir marginado, odiado o temido.
No en vano su padre y él fingen ser humanos.
En Xictli la gente es más tolerante, pero tan pronto descubrirán su verdadera sangre perderán muchos privilegios y los obligarán a tomar supresores.
—La escritora es ingeniosa, llena de esperanza el corazón de mucha gente Kon respetaba eso.
—¿De qué esperanza hablas?— preguntó Rice, provocando que brinque del asiento.
El libro lo atrapó tanto que no se dio cuenta de quien estaba parado en la entrada de su cuarto.
— ¿Cómo entras aquí?—.
Preguntó, llevándose la mano al pecho, tratando de calmar su corazón.
—Dejaste la puerta abierta—.
Dijo Rice, sentándose a su lado como si fuera su cama.
Kon se quitó un poco en su lugar.
Seguía agradecido por su consejo con Lorena, pero aún no podía mantenerse cerca de él por más de un minuto, en especial con ese olor a ceniza tan potente que desprende ¿es que estaba quemando leña antes de visitarlo?
¿Buscas consejos amorosos de nuevo?— Rice dio un vistazo al libro abierto, lo primero que leyó fue la palabra Omega.
Cerró el libro de inmediato, asustado de que lo fuera un inculpar de un crimen inexistente.
—¡No es mío!
Me lo prestaron y no quiero quedar mal, en realidad yo no leo este tipo de cosas.
—He escuchado de ese género, a las mujeres les gusta mucho, por alguna razón.
—¿En serio?
No sabía que la lectura erótica gay está de moda estos días.
—Más que el erotismo, creo que a ellos les gusta leer sobre el amor prohibido entre dos razas enemigas.
—Pero lo hacen desde la ignorancia—.
Aun si le daba vergüenza que lo descubrieran leyendo ese genero, necesitaba alguien con quien desahogarse sin temor a que lo reporten.
—La autora no tiene ni idea de lo que es ser un Alfa.
No menciona nada de historia ni cultura, y supone que el único clan que conoce es el Pit-Nüwa.
—Son los que han marcado la historia.
—Explico Kon, como si fuera obvio.
—Pero no es tan difícil descubrir que existen 21 clanes diferentes, basta con meterte a internet para descubrirlo.
La idea de que alguien más conozca sobre su gente en estas épocas lo estaba volviendo loco, se preguntaba si la gran mayoría vivían como él; ocultos.
El libro despertó la curiosidad enterrada desde su infancia por conocer a sus ancestros ¿Será verdad todo lo que el libro dice?
¿Cuántos como él quedan esparcidos en el mundo?
Y lo más importante, ¿los humanos los aceptarían de vuelta si demuestran que son inofensivos?
Se preguntó si Lorena lo aceptaría si algún día le cuenta la verdad o huiría despavorida de él y su verdadera forma.
Recordó lo que su padre le dijo una vez: “ Los humanos no temen nuestra fuerza, temen lo que les recuerda que jamás podrá controlar ” —¿Te gustó la historia?—.
Rice volvió a sacarlo de su trance con otra pregunta.
—No realmente.
—Te veías tan concentrado que parecías enamorado.
Ignoro su inofensiva broma solo porque lo agarró de buen humor.
—Tiene la misma dinámica que los romances estudiantiles, solo que con hombres y feromonas.
—Es mejor así, de ese modo la gente lo verá como un porno más y no indagaran donde no deben.
—¿Disculpa?
De nueva esa mirada, esa que parece ver a un lugar lejano, uno que Kon no es capaz de visualizar aún.
Y que desapareció cuando sus ojos miraron hacia arriba.
—Nunca me cansaré de ver ese techo—.
Dijo Rice, cambiando de tema con rapidez.
— ¿Qué constelación representa?
Kon también levantó la mirada, encontrándose con el dibujo del cielo estrellado que pintó su madre para él como regalo de su cuarto cumpleaños.
Ella dijo que las estrellas eran sus ancestros, los 52 que habían pisado la tierra desde el comienzo de esta.
Ella y su padre le contaron las historias de cada uno de sus antepasados paternos tantas veces que se sabe el nombre de memoria de todos ellos.
—No lo sé—.
Dijo, con los hombros caídos.
Le contaron de todo sobre el cielo, menos de la constelación que su gente iba formando con cada muerte.
Tal vez porque seguía sin completarse.
—Creo que ninguna y mamá solo lo hizo llamativo para que no tuviera miedo a la oscuridad.
—Tu mamá me caía muy bien.
—Lo sé.
Se quedaron mirando al techo, trazando líneas imaginarias para darles formas de diferentes animales.
Rice era el más concentrado, sentía que algo había en ese cielo estrellado que se le hacía familiar.
Llegó a pensar que era una constelación de los Alfas, una exclusiva para ellos.
❯────────────────❮ Después de dos días de estar tirado en cama, sintiéndose como un parásito, Kon salió de su casa como cualquier otro día, con la mochila al hombro y el ceño fruncido, meditando en sus planos de estudio.
Iba con paso firme, casi mecánico, hasta que se detuvo en la esquina donde la calle turística de antaño se desvanecía en ruinas.
A su lado iba Yaotl, moviendo la cola sin parar, ya sabía a dónde se dirigían incluso antes de que Kon lo dijera.
Los carteles oxidados crujían al viento y las fachadas de concreto desmenuzado contrastaban con la extraña perfección de aquel edificio de níveas columnas: el hotel “ Rosas Azules ”.
Con un movimiento ágil, Kon giró sobre sus talones y entró en el vestíbulo, aún en penumbra.
Sobre el mostrador de mármol agrietado, rebuscó en su mochila: sacó un suéter grueso de lana, unas botas de nieve, guantes y orejeras, se arropó en silencio, y volvió a colocarse la mochila.
Yaotl no tenía problemas para soportar el frío, su horrible pelaje debía servir de algo.
Por eso no entendía como podía soportar el calor de Matusalem, ni morir deshidratado.
Su amigo era todo un misterio.
La puerta principal se abrió con un quejido profundo, y Kon se internó en el pasillo que guardaba intacta la estructura original: baldosas de mosaico marcadas por el tiempo, lámparas de araña cubiertas de polvo, columnas recubiertas de enredaderas secas.
Subió las escaleras, siempre en línea recta, piso tras piso, sin cambiar el ritmo.
A cada nivel, el aire se volvió más helado: primero un roce en los tobillos, luego el aliento convertido en humo, y finalmente, a partir del décimo piso, la nieve: un lecho crujiente y blando al mismo tiempo.
Sus botas se hundían en los copos, obligándolo a levantar las piernas con cuidado.
A veces veía hielo traslúcido extendiéndose en franjas brillantes, y paso a paso aprendía a no resbalar.
La luz se desvanecía en reflejos azules y grises, como si el mismo edificio flotara en una aurora boreal congelada.
Al final del corredor, una única puerta: madera oscura, vetas plateadas intactas bajo la capa de escarcha.
Kon alzó la mano, hundió la llave en el guardapolvo de su suéter y la giró con el pulgar desnudo.
El cerrojo cedió con un leve clic, y la puerta se abrió hacia el centro de aquel mundo de nieves.
El primero en entrar fue Yaotl, saltando y ladrando por todos lados.
Olisqueaba de un lado a otro con emoción, como si no hubiera estado ahí la semana pasada.
Dentro reinaba un silencio casi palpable.
El aire era tibio.
Luz suave, dorada, brotaba de un único ventanal cubierto por cortinas gruesas.
Frente a él, en el centro de la estancia, estaba su abuelo, sentado en el suelo de madera gastada, con las piernas recogidas y los brazos cruzados sobre las rodillas.
No se movía.
No alzó la vista.
Sólo su silueta contra la ventana rompía la simetría perfecta del cuarto.
Kon avanzó con pasos lentos, como si no quisiera perturbar el hechizo.
Solo podía ver la espalda pálida y los hombros caídos que lo caracterizaban desde siempre.
A pesar de tener muchos años en la tierra, seguía conservando una apariencia jovial y madura, un hombre que alguna vez fue inolvidablemente hermoso, y seguiría siéndolo si no estaba sentado todo el tiempo, en la misma posición, mirando a la nada.
No se molestó en llamarlo, no mientras sacaba de su mochila un tóper con los bollos azucarados que Lorena preparó para él esa mañana, en su segunda visita desde que se lesionó.
Aunque ya se sentía perfectamente sano, su padre insistió en mantenerse en reposo un día más e ir con el médico de la familia para descartar cualquier problema.
Sin embargo, tenía mucho que contar para quedarse quieto.
Tomó uno de los bollos para él, otro para Yaotl, quien ya estaba echado sobre las piernas de su abuelo y el resto los dejó en el mueble más cercano, con su tapa bien cerrada.
A su lado estaba el traste que dejó la última vez, ahora vacío.
Por lo que vio, le gustaron los brownies que compraron en la tienda de los abuelos.
Tomo nota mental de llevarle más en la siguiente visita.
Saco también una vieja caja musical de madera de nogal muy vieja, del tamaño de una caja de pan, con betas opacas por el tiempo y relieves en sus lados que alguna vez tuvieron el dibujo de copos de nieve para resaltar su belleza y que ahora ya no se distinguían.
La tapa estaba abollada, pero al abrirla aún se apreciaba ese viejo engranaje que le da vida a la música que sonaba cada vez que Kon le daba cuerda.
Dejó que la melodía sonará, mientras llevaba las manos a su cuello para quitarse el medallón que su madre le regaló antes de morir y colocarlo con cuidado en el cuello pálido de su abuelo.
Sólo entonces pareció reaccionar, porque sus manos comenzaron a jugar con este.
—No te imaginas lo que me pasó estos días—.
El Alfa comenzó a hablar, mientras tomaba asiento en el suelo y saboreaba el bollo.
—Las cosas de verdad han estado muy locas.
Esta semana alguien intentó matarme.
Hubo una pausa dramática, una que solo él sintió, para levantar la intriga entre ambos.
—¿Quieres saber por qué?— No esperé a que le respondiera.
—Ni yo sé, supongo que alguien le pagó para que lo hiciera ¡Cierto!
no viste las noticias, así que no lo sabes, pero últimamente estudiantes de mi edad o más grandes han hecho todo tipo de cosas con tal de conseguir un poco de dinero y todo porque hay una nueva droga circulando en Matusalem, una muy adictiva.
Lo escucho de Lorena también, una advertencia para que tuviera mucho cuidado blancas en las calles, últimamente había muchos asaltos con armas, iban directo por el dinero de la gente, para así comprar un poco más de esa nueva droga.
—Estoy seguro de que intentaban secuestrarme para cobrar una recompensa y obtener dinero para más de esa cosa asquerosa—.
Se terminó el postre de un último mordisco, sintiendo el polvo dulce empapar su lengua.
—No la he Olido aún, pero estoy seguro de que debe oler peor que la heroína, todas las drogas son así.
Tengo suerte de que no me afecten ¿no crees?
Su abuelo seguía jugando con el medallón, cualquiera que entrara fácilmente podría confundirlo con una estatua de mármol muy bien hecha.
A Kon eso no parecía importarle, hablo y hablo por varias horas, quejándose de la escuela, de la gente y el trabajo.
Le habló sobre los nuevos libros que le recomendaron y como la gente normal interpreta a su especie en forma de novelas y cómics que ellos llamaban “omegaverse” De pronto, su reloj sonó, dando las 2 de la tarde.
Debía llegar a tiempo a su cita con el médico o su padre se molestaría.
Volvió a colocarse el abrigo y las orejas.
Guardo la caja musical y le quitó el medallón a su abuelo, para volver a guardarlo debajo de su ropa, donde nadie podría verlo.
—Nos vemos, abuelo.
Pero antes de irse, una voz baja, pero cristalina, le hablo: —No es una droga—.
Reveló su abuelo, aun sin moverse de su lugar.
—Es un supresor.
No está terminado, pero debes tener cuidado, puede lastimar.
—De acuerdo, gracias—.
Kon silbo a Yaotl para que saliera antes y no se quedará atrás como ocurrió una vez.
—Nos vemos la próxima semana.
Y con eso la puerta se cerró.
Era hora de ir al siguiente lugar: al hospital.
❯────────────────❮ Zul Adictos.
Dinero fácil, sensación de invencibilidad y la eterna búsqueda de identidad… esa era la trampa en la que caían casi todos los chicos de su edad.
En un mundo donde otras especies podían hacer temblar la tierra con un gesto —Omegas capaces de levantar bosques enteros y Alfas capaces de arrancarlos de un solo golpe—, los humanos parecían reducidos a poco más que animales con raciocinio.
En el pasado eran la minoría, la raza frágil, prescindible.
Nadie les prestaba atención en las guerras; apenas contaban, apenas existían.
Eran el ganado de las demás razas.
Y, sin embargo, contra todos los pronósticos, habían terminado siendo la especie dominante.
—No tener nada hace que desean todo… —murmuró Rice, observando la pequeña araña que atrapó en la azotea del hospital.
La hacía girar entre sus dedos mientras esperaba a que Kon saliera de su cita con el médico de la familia.
Una tarea tediosa, porque a la vez tenía que ocuparse de la casa —ahora que sus abuelos estaban cazando a los Setas— y, como siempre, encargarse de que nadie intentara asesinar a Kon.
Eso último lo venía haciendo casi toda su vida.
—Zul… —escupió el nombre con fastidio—.
Todo por culpa de esa droga asquerosa de mal olor.
En los últimos dos días habían atrapado a dos halcones encargados de distribuirla en Matusalem.
Si había llegado hasta un pueblo perdido como ese, significaba que ya estaba bien metida en las grandes ciudades.
Y ambos coincidieron en lo mismo: los Setas eran los distribuidores principales.
—Huele peor que la heroína —gruñó, impidiendo que la araña bajara de su mano—.
Y lo peor es que también afecta a los Alfas.
Bastó con oler un sobre para que su cuerpo entero se adormeciera, su mente nublada, como si lo estuvieran hundiendo en un pantano.
Para que una cantidad tan pequeña le cause tal efecto, la sustancia debía ser grave.
Por suerte, al activar su Ihí, su cuerpo la neutralizó al instante… pero no dejó de pensar en lo peligroso que era.
No debía ser capaz de sedar a un Alfa, ni siquiera por segundos.
Solo los supresores podían dormir a sus otras dos almas, y eso en dosis controladas.
—Ahora que recuerdo, no he tomado mi Regas desde ayer.
Considerando la situación en la que se encontraba, eso era lo mejor.
Necesitaría de sus poderes intactos para luchar contra los enemigos que vengan.
Se dejó caer de espaldas en el piso ardiente de la azotea, sintiendo el calor del sol filtrarse en su ropa.
La araña, al fin liberada, corrió en dirección a la salida con desesperación.
Apenas estuvo a punto de alcanzar la puerta cuando unos tenis azules la aplastaron sin piedad.
El chasquido lo hizo incorporarse de inmediato.
El intruso no vestía como médico, ni como paciente.
No encajaba en ningún lado.
Rice entrecerró los ojos y activó su Ihí.
Entonces lo vio: su hilo azul estaba manchado de una rosa enfermizo, ondulante.
Contacto con un Omega.
No… peor.
Había devorado a uno.
Rice apenas tuvo tiempo de volverse cuando lo vio: un muchacho universitario, la ropa empapada de sudor, los ojos vidriosos y fijos en él, con una sonrisa torcida.
En la mano llevaba un cuchillo de cocina, la hoja manchada de óxido.
—¿Quién eres?— Interrogó el Alfa.
Pero ese sujeto no se lo dijo.
“¿Eres Kon?”.
Pregunto aquel desconocido.
Rice no respondió.
Bastó esa frase para entenderlo todo: los Setas.
Y el polvo, el Zul, consumiendo lo poco de humanidad que quedaba en el chico.
—Si te entrego a esa gente… —susurró con voz rasposa, la sonrisa estirada y los labios resecos— …me darán más de ese polvo.
El muchacho arremetió sin aviso, cuchillo al frente, directo al estómago.
Rice giró sobre sus talones, desvió la muñeca y encajó un derechazo en el pecho.
El golpe debería haberlo doblado, pero el chico apenas retrocedió un paso.
” No siente dolor “, pensó Rice, ajustando la guardia.
El muchacho volvió a lanzarse, esta vez con una fuerza que no correspondía a un cuerpo tan delgado.
Rice esquivó, metió un gancho al abdomen y luego otro al rostro.
La cabeza del chico se sacudió hacia atrás, pero regresó como si nada.
El cuchillo cortó el aire, rozando la chaqueta de Rice.
La contención pesaba en cada movimiento.
Sabía que un golpe mal calculado podía arrancarle un brazo a ese muchacho.
Así que se aferró a los consejos de su abuela: respiración firme, pasos cortos, la técnica del boxeo fluyendo con la precisión necesaria para doblegar a su oponente.
Jab, gancho, esquiva.
Pero nada parecía suficiente.
Debía capturar a ese tipo con vida y obligarlo a hablar.
El chico reía en silencio, la boca abierta, los ojos fijos en Rice como si lo viera doble, o como si realmente creyera que delante de él estaba Kon.
Una estocada baja casi lo toma desprevenido.
El arroz saltó hacia atrás, el cuchillo rozó su muslo.
Un ardor leve, nada grave, pero suficiente para despertar su impaciencia.
—Basta —murmuró Rice.
El aire se tensó.
Con un movimiento fluido, levantó la mano y extendió los dedos.
Entre la bruma nocturna apareció el espejo de obsidiana, un rectángulo negro que reflejaba el rostro desencajado del muchacho.
El universitario se detuvo, respirando agitado, mirando su propia imagen como si no la reconociera.
La sonrisa desapareció.
En sus ojos comenzó a nacer un temblor, y del espejo emergió un humo oscuro que lo envolvió poco a poco.
—Atrapalo—.
Fue una orden directa al humo que salió del espejo.
El chico comenzó a forzar, primero con movimientos lentos, luego desesperados.
El humo le trepaba por la piel, colándose en su boca, en sus ojos.
Trató de apartarlo con las manos, pero cuanto más se movía, más se hundía en él.
Un grito mudo se dibujó en sus labios.
De pronto retrocedió, torpe, trastabillando hacia la orilla del techo.
—¡Espera!
—Rice soltó el conjuro y corrió para alcanzarlo.
El universitario cayó.
El tiempo pareció fragmentarse en ese instante: el humo disipándose, los dedos de Rice rozando el vacío, el eco del cuerpo chocando contra el pavimento.
El Alfa se quedó inclinado sobre el borde, respirando con fuerza por lo que acababa de pasar, por quien acababa de verlo.
❯────────────────❮ La luz fría de los tubos fluorescentes teñía de blanco cada centímetro de la sala de monitoreo.
Ni el zumbido monótono de las máquinas ni el murmullo lejano de las enfermeras lograron romper la quietud.
Kon yacía sentado en la camilla, el brazo derecho apoyado en una almohada.
El vendaje aún cubría el costado que Cristofer había partido en dos.
La doctora Henry entró con paso suave, la bata impoluta y el estetoscopio colgado del cuello como un amuleto de discreción.
Nadie más sabía lo que ella sí: que ese chico era un Alfa, distinto a todos los demás pacientes.
—Buenos días, Kon— saludó ella, sin más formalidades.
Su voz sonaba igual un susurro seguro—.
¿Cómo te sientes?
Kon tensó los dedos alrededor de la sábana.
—Mejor que ayer —respondió, intentando sonar despreocupado—.
Dolor de costillas, nada más.
Ella comprobó el pulso, auscultó con cuidado, palmeó suavemente la zona lastimada.
—Todo está en orden.
No hay fracturas internas, ni hemorragias ocultas.
—Sonrió con suavidad profesional—.
Puedes irte ahora.
Con reposo ligero y analgésicos será suficiente.
Él inspiró hondo, dejando que el aire tibio llenara sus pulmones.
—Cree que podrá ir a trabajar mañana?
—preguntó, consciente de que trabajar le ayudaría a alejar la mente de los huesos rotos y el puño de Cristofer.
La doctora ascendiendo, cerrando el portapapeles: -Si.
Con cuidado, pero sí.
Nada en tu historial me impide que retomes tus funciones.
Kon se levantó con lentitud, sintiendo cómo los músculos aún protestaban al estirarse.
Henry lo guió hacia la puerta de salida, asegurándose de que el vendaje estuviera bien colocado.
—Recuerda ingesta de líquidos y movimientos suaves —dijo ella mientras él se ponía sus zapatillas limpias—.
Si notas mareos o dolor agudo, regresas inmediatamente.
—Gracias doctora.
—Kon le ofreció una sonrisa cansada—.
Mantendré discreción.
Henry desvió apenas la mirada, tocando con un dedo la insignia de la bata.
—Siempre, Kon.
—Fue un susurro—.
Cuídate.
Abrieron la puerta y salieron al pasillo.
Una enfermera pasaba con una bandeja de muestras y la gente caminaba con prisa hacia otras salas.
La normalidad del hospital los envolvía: goteos, murmullos, risas nerviosas.
El Alfa se sintió agusto en ese lugar donde todo era tan normal y rutinario aun cuando hay tantos casos caóticos para atender cada día.
Kon se volvió hacia la ventana del final del pasillo, donde la mañana brillaba con honestidad.
Respiró aliviado: la muerte y la violencia parecían aún asomadas muy lejos de ese lugar de curación.
Entonces escuchó un crujido seco que lo detuvo en seco.
Era un sonido imposible de olvidar: el chasquido de un cuerpo al estrellarse contra el suelo.
Como si alguien rompiera un tronco con furia.
Kon giró de un salto.
Al fondo del corredor, junto a la puerta de emergencia que daba a la azotea, un carbón oscuro se expandía sin prisa.
El cuerpo yacía allí, medio doblado, con las extremidades torcidas a ángulos que ninguna articulación humana debería soportar.
Un ave revoloteó alzando un graznido, pero el pasillo seguía en silencio.
Nadie más se asomó.
Nadie corrió.
La calma se había quebrado.
Instintivamente, Kon dio un paso atrás y el vómito le subió por la garganta.
El líquido negro, nebuloso, cubría el cuerpo de pies a rodillas.
Alzó la vista: reconoció la chaqueta de mezclilla desteñida, la mochila hecha trizas.
Era un estudiante de la universidad.
Su boca estaba en una sonrisa fija, los ojos abiertos de par en par.
Cada gota de aquel fluido espeso le helo la sangre.
La doctora Henry gritó algo detrás de él, vio a Rice bajando de las escaleras a toda prisa mientras corría en su dirección, pero Kon no escuchó nada más.
Sólo el crujido que todavía vibraba en sus oídos.
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