La canción del dragón - Capítulo 8
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8: De vuelta a la libreria 8: De vuelta a la libreria Las tazas humeaban entre los platos de cerámica blanca.
Desde esa altura, Matusalem parecía más tranquila de lo que era en realidad.
Las ambulancias ya se habían llevado el cuerpo, el velorio fue llevado con discreción por la familia de Brandon y el hospital no quiso hacer un gran escándalo sobre el suceso.
Allá abajo, solo quedaba el rumor de la conmoción.
El “accidente”.
Francis cruzó las piernas, apoyando la barbilla en los dedos.
La sonrisa aún no se le despegaba de los labios.
—Fue tan fácil como dijiste, Raúl.
El chico ya estaba roto antes de caer.
Raúl Martínez Serrano, con su saco gris claro y su reloj de oro sin rasguños, bebió un sorbo de café negro sin azúcar.
No lo miraba.
Observaba la ciudad como si pudiera leerla.
—¿Y la familia?
—Devastada.
El padre no salió del hospital.
La madre gritaba como si la hubieran abierto en canal.
Y la hermana…
—Francis hizo una pausa, saboreando la palabra—.
Frágil.
Está colgando de una hebra.
Perfecto para que alguien la sostenga.
Raúl finalmente lo miró.
—¿Y ese alguien eres tú?
Francis bajó la vista a su mano, estudiando las líneas en su palma con fascinación.
Como si hubiera descubierto un mapa secreto que siempre había llevado encima.
—Fui elegido, ¿no?
Madre confió en mí.
—Sonrió sin arrogancia, sino con algo peor: orgullo sincero—.
Siempre quise saber cómo se sentía.
—¿Servir a Madre?
Francis alzó la mirada, los ojos oscuros vibrando con esa mezcla de amor y locura que solo tienen las personas como ellos.
Volvi a mirar su mano.
Cerró lentamente los dedos en un puño.
—Ser culpable de la muerte de alguien.
El silencio se hizo espeso.
No por miedo, ni por culpa.
Sino por complicidad.
Raúl avanzó despacio, dejando la taza sobre el platillo.
—Me alegra que lo hayas disfrutado.
Pero esto apenas empieza.
El doctor Omar aún no nos pertenece.
Necesitamos a Cecilia en nuestras manos antes de que empiece a pensar por sí misma.
Francis se inclinó hacia él con una sonrisa más cálida, más humana, pero no menos peligrosa.
—Déjamela a mí.
Soy muy popular entre las chicas—.
Luego señala su rostro con un dedo.
—Esta cara es su debilidad.
Raúl se puso de pie, alisando su saco.
—Entonces no hay que perder más el tiempo.
Ambos se alejaron del barandal sin voltear a ver el hospital.
El cuerpo ya se había ido.
Solo quedaba la mancha.
Y en el viento, flotando apenas como un susurro: “Madre está orgullosa”.
❯────────────────❮ No se quedó en casa mucho tiempo.
Tenía que asistir al trabajo para evitar cualquier descuento que su jefa le quisiera imponer.
Su padre le había aconsejado no ir a la escuela, y esta vez lo obedecería.
No asistiría a clases, pero sí doblaría las horas en la librería.
Algo tenía que hacer.
Mover.
Respirar.
Fingir que era un lunes cualquiera.
Salió sin comer, sin despedirse.
Su padre hace días que salió a la ciudad por un trabajo inesperado que le surgió.
Iba tan distraído que no se dio cuenta de la sombra que lo seguía desde la acera de enfrente, marcando sus pasos con la precisión de un metrónomo invisible.
Corría con los audífonos puestos, escuchando una de las canciones favoritas de su madre; Bajo presión.
Freddie Mercury gritaba como si le entendiera.
La música era su escudo.
Siempre lo había sido.
Cuando estaba feliz, cuando no podía dormir, cuando sentía que algo malo se arrastraba por dentro.
En esos días, en especial, necesitaba a Queen como si fuera oxígeno.
Avanzó recto por el bulevar, los pies automáticos, girando en Miguel Alemán.
Los vendedores de pescado y pollo gritaban con la misma ferocidad de siempre.
El olor a sangre fresca y piso mojado le hizo fruncir el ceño.
Por un segundo creyó oler otra sangre.
Más espesa.
Más metálico.
La sangre que salpica cuando alguien se rompe desde lo alto.
Sacudió la cabeza.
Solo es imaginación.
Lo pensé como un mantra.
Se obligó a mirar al frente.
Los milagrosos escupían fuego en las esquinas, compitiendo con los claxonazos de los autos que hacían vibrar las lonas de colores.
Blanco, rosa, verde, azul, rojo.
Los colores que decoran días normales.
Los colores que no deben mezclarse con el rojo oscuro de un cráneo estalado contra el pavimento.
En el segundo callejón, el que solía esconder amantes, olía a café barato y labial fuerte.
Parpadeo.
Por un momento, entre las sombras, creyó ver el reflejo de unos ojos abiertos que ya no veían.
Lo detuvo el vacío en el estómago.
Pero no se detuvo en los pies.
El agua del suelo desapareció al girar, y el mar rojo volvió.
Ninguno real.
El que había visto manar desde la cabeza de aquel chico, dos días antes.
La sonrisa todavía flotaba en su memoria como una burla.
Respir hondo.
El aire le quemaba la nariz.
Pero siguió.
Más rápido.
Los cláxones se volvieron un coro de urgencias, y las tiendas gigantes lo envolvieron.
Debía a doblar al callejón de siempre, donde esperaba el autobús.
Pero esta vez no.
Se desvió.
No quería ver la parada.
No quería saber si alguien más iba a caer del cielo.
Giró.
Entró al callejón.
—Hola, Yaotl —dijo en voz baja.
Y el perro callejero se alzó con alegría, meneando la cola como si pudiera lamerle la memoria.
Por fin, Kon sonrió.
—¿Me extrañaste?—.
Pregunto, mientras lo abraza con una mano y sujetaba el pan con la otra.
—No te imaginas lo que me pasó esta semana.
Cuando sea mi tiempo libre te lo contaré.
Dejó el pan en el suelo y entró a la librería.
Fue como un encantamiento que le absorbió la energía, porque la sonrisa desapareció tan pronto la campana de la puerta sonó.
La dueña de la tienda se sorprenderá de verlo llegar después de que su padre informara que sufrió de un asalto hace unos días, su repentina visita y pedido de trabajo horas extra sin paga erizo todos sus sentidos de mujer.
Con casi 60 años de edad y dos hijos de 30 años tuvieron la bendición de la experiencia.
Algo que le decía que sería un mal día.
Sin embargo, le faltaba personal, por lo que le arrojó su uniforme y lo puso a trabajar.
—¡Buenos días, señora Beatriz!— Sarah entró un poco después, con desbordante energía, casi tumbando la vieja puerta —¿Cómo ha estado mis comelibros favoritos?
¿Llegó el libro que pedí?
—Lo traerán esta tarde, me sorprende que por fin te dignes a comprar un libro ¿es alguna clase de evento especial o un regalo para alguien?
—Algo así— Rasco su nuca, como si tuviera garrapatas en lugar de nervios —Alguien me visita hoy.
—¿Familia?
—Hermano.
Quiero presumirle mi intelecto ya que viene de muy lejos, no lo pienso decepcionar ¡su adorable hermana que busca fama y fortuna es también toda una culta de las artes oscuras!
No quiero que creen que soy una bruja, mejor que creen que es parte de una tesis muy importante.
Kon no pudo evitar prestar atención a sus palabras ¿no se especializaba en la cura de enfermedades?
¿Por qué les mentiría si tiene una carrera respetable?
Las mujeres son complicadas.
—Entonces ¿Cuánto tiempo tardará en llegar?
—En unas horas, puedes darte una vuelta si quieres.
—Nah, mejor me quedo aquí a leer un poco.
Se paseo por el rededor, buscando con la mirada algo en especial, asomándose en cada esquina como los pequeños pajarillos dentro de sus nidos y encontró a ese chico moreno saliendo del almacén con una nueva orden de libros.
—Hola archivero ¿Ocurrió algún milagro de navidad para que estes aquí tan temprano?
—Somos amigos, ¿acaso?
Porque no recuerdo que me agrades.
—Auch— Sarah apretó el pecho con exageración —eso me dolió ¿Por que me odias tanto, archivero?
—Me llamo Kon y si vas por ahí poniéndole apodos a la gente te sugiero que buscas unos mejores.
— ¿Qué tiene de malo llamar a las personas por su oficio?
¿No es eso lo que haces?
Archivar.
—No es lo único que hago, si no estuvieras ocupada ensuciando nuestra mercancía tan seguido te darías cuenta de que mi deber no es solo el de poner los libros en su lugar.
—Sí, yo también estoy orgullosa de saber cómo preparar café y caminar con él por el establecimiento, pero no creo que se deba considerar como algo destacable.
El calor subió a su cara.
Ha preparado café para él y su jefa Beatriz todos los días al caer la tarde, es cierto, pero no se refería a eso, ni siquiera sabía que ella lo notaba, se la pasaba tan perdida en su mundo que podía pasarle encima y ella solo recorrería sus piernas.
Lo hizo una vez en un intento por molestarla, la pateaba un poco al pasar, barría sus zapatos o fingia tirar cosas en su cabeza, ella solo las levantaba de regreso, o se movía pocos centímetros para huir del polvo sin levantar la vista una sola vez.
Le molestaba tanto que la quería ahorcar ¿Por qué no se la llevó volando una tormenta?
Al ver que Kon le dio la espalda e ignoró sus provocaciones, Sarah se limitó a tomar uno de los libros sin envoltura y se sentó en una de las viejas sillas carcomidas que Beatriz juraba enviar a la bodega desde hace meses.
Nadie le hacía caso.
Allí seguían, como reliquias de una tienda que acumulaba más polvo que clientes.
Sarah leía en silencio.
Kon, mientras tanto, acomodaba libros como si cada título pesara una tonelada.
Lo hacía con lentitud, sin ritmo, como quien intenta olvidar algo a fuerza de rutina.
Uno de los libros llamó su atención.
La portada estaba descolorida, y el lomo casi ilegible, pero lo reconoció.
Una novela francesa que leyó en el club de literatura, sobre una ama de casa que buscaba pasión fuera del matrimonio.
Al final, lo perdía todo.
El mensaje era claro: quien juega con fuego, termina solo, ardiendo.
¿No se lo buscó ella?
¿No se lo buscó él?
Sin pensarlo, se llevó una mano a la herida de su cabeza.
El golpe que le dejó Cristofer aún palpitaba bajo la piel, recordándole lo idiota que había sido por salir tan pronto.
¿Qué creía que era?
¿Inmune?
¿Un maldito héroe?
El recuerdo del cuerpo cayendo desde el cielo lo atravesó como un relámpago.
El crujido seco, la sangre que salpicó su rostro, la sonrisa torcida del cadáver.
Por dentro, todavía escuchaba el estallido de huesos contra concreto.
Y no importaba cuantas veces se lavara, seguía oliendo a eso: a la sangre que invadió su cuarto desde aquella noche.
Había limpiado todo.
Dos veces.
Y aun así, el olor permanecía, como si el cuerpo hubiera caído ahí también.
Como si la muerte se hubiera deslizado bajo su cama, esperando que cerrara los ojos.
Por eso prefería estar en la librería.
Al menos ahí, el aire olía a polvo y papel viejo.
Una madera podrida.
Una Sara.
Una carcajada leve lo sacó de su bucle.
Parpadeo.
Había olvidado que ella seguía allí, encorvada sobre un libro, luchando por contener la risa.
Esa chica siempre parecía estar en su propio mundo, riéndose, llorando o enojándose por gente que ni siquiera existía.
Tan distinta a Lorena.
Se quiso golpear la frente ¿Cómo fue capaz de compararlas?
La risa de su novia era delicada, elegante, de esas que sabías cuándo y cómo vendrían.
Sarah, en cambio, era un terremoto.
Una risa sin frenos, sin filtros, sin permiso.
Y sin embargo… Se acercó a pasos lentos.
No por cortesía, sino porque cada músculo le dolía.
Iba a pedirle que se callara.
Repetirle la regla principal de la tienda: silencio.
Como siempre.
Pero antes de que pudiera abrir la boca, Sarah habló sin mirarlo.
—Desde esa vez, cada que paso por un restaurante pienso en la quiebra al que lo llevarías si fueras a comer todos los días.
Ese agujero negro que tienes por el estómago llevaría a cualquier buen cocinero a la locura.
Kon frunció el ceño.
—¿Tienes otra cosa que decir además de estupideces?
Sarah extremadamente sin apartar la vista del libro.
—¿Te gustó el libro que te presté?
Con tanta mierda en su cabeza olvidó la que otros le habían arrojado.
Terminó la historia, más no término de entenderla.
Quería saber sobre los personajes secundarios, sobre sus problemas como Alfa, quería conocer al protagonista y su historia de Alfa solitario, apartado de los demás.
Un mundo donde hay más como él y que no tienen la necesidad de esconderse, quería volver a leerlo.
¿Cómo pedirle que le recomiende otro igual sin hacerle creer que le gusta el porno gay?
—Su universo es interesante, me hubiera gustado que profundizará más en eso, que en como el Alfa le daba por detrás al Omega.
Otra carcajada salió de Sarah, pero Kon no le pidió que se callara.
—Algo decepcionante ¿no crees?
Imagina gastar mucho dinero en el borrador de un libro.
—Es interesante, aun con sus huecos argumentales logra atraparte.
—Pero no vale el gasto innecesario.
—Vaya que eres tacaña.
Si no te gustó ¿Por qué lo estabas leyendo?
—Me dio curiosidad la portada, se leía interesante, pero fue un suplicio llegar al final, solo lo termino porque yo acabo lo que empiezo.
Pero no imaginé que eso se llevaría mi mesada de la semana.
—Ya me disculpé—.
Kon estaba por golpear el suelo con su pie si ella seguía con eso.
—Y yo ya te perdoné, pero sigue doliendo igual.
No me he recuperado económicamente de eso.
La chica debió pasar por momentos malos por su culpa.
También se comió la pizza que le serviría como disculpa.
Si lo piensa detenidamente, es él quien le ha dado más problemas de los que ella le ha dado esos meses.
—Te encuentro muy a la defensiva, pequeño archivero—.
Como si supiera lo que pensaba, Sarah calmó un poco el ambiente —Si te gustan ese tipo de historias puedo recomendarte otras.
—No es el porno lo que me gusta, es su mundo.
—Lo sé— Se levantó del asiento para buscar en un estante al azar el nombre de un libro que sonara romántico —Por eso te recomiendo este.
Depósito en sus manos un libro de tapa blanda con el dibujo de una mujer pelirroja sosteniendo una paleta de colores.
Solo se veía su largo cabello y sus ojos esmeralda que reflejaban esperanza y timidez, el arquetipo favorito de los varones.
—¿Es de romance gay?— preguntó Kon, preparándose para el impacto.
—Al principio sí, pero luego llega un chico y se vuelve hetero, para volver a ser gay y terminar como una hetero con preferencias a los homosexuales.
—Qué dolor de cabeza.
—Pero habla mucho sobre la cultura Omega en otros países.
Aquí no son muy populares y ocupan los roles básicos de sacerdotes o soldado, pero en otros continentes los Omegas siguen siendo considerados santos.
—¿No hay otro que no tenga de protagonista a un Omega?
No quería sonar racista, pero él no empatiza con la raza que desea su muerte y la de toda su especie.
—¿Eres un radical?
La pregunta de Sarah hizo que volteara a todos lados, deseando que nadie los hubiera escuchado.
Puede que estén en Xictli, pero hablar tan casualmente del movimiento liberal cuando tienen un presidente conservador es de las peores cosas que pueden cometer.
Tal vez a Sarah no le importa porque es humana, pero si alguien descubre que él es Alfa puede irse despidiendo del futuro.
—Por supuesto que no—.
Susurro tanto como pudo.
—No me juntes con esos bárbaros.
¿Sabes qué?
Voy a leer el libro, gracias por la recomendación.
Pensó que la conversación había llegado a su fin, estaba por retirarse, cuando una nueva propuesta de Sarah lo detuvo; Dudó un segundo.
Se mordió el labio inferior, como si calibrara una jugada arriesgada.
—Si quieres algo más interesante, te invitamos a ver una película esta noche Lo tomó por sorpresa, esa era una clara invitación a una cita, a menos que tenga intenciones ocultas: burlarse de él o comer gratis son buenas opciones.
—No te burles.
—No lo hago.
Ven al cine conmigo esta noche y te perdonaré por comerte mi pizza.
Invitarlo cuando tenía novia, era una descarada.
No, ella no sabía de Lorena, lo único que sabía es lo que le contó en la pizzería.
Si aceptaba, la única basura ahí sería él.
—¿Qué película?
Era una enorme pila de basura, ahora estaba seguro de que si lo era.
—El cura del diablo.
Kon recuerda que quería ir a verla con Lorena, pero debido a su religión eso sería imposible, por lo que planeo verla solo, cuando el tiempo fuera suficiente.
Un Omega que no escucha la voz de Dios, sino la del diablo y actuaba conforme sus órdenes es una burla directa a la iglesia y los Omegas en general.
—Lanzaron basura sobre eso en mi escuela.
Recuerdo que mi profesora de literatura le tachó de mentirosa y prejuiciosa.
—Tú profesor no será un amante religioso?—.
Preguntó Sarah, recargando su peso en uno de los estantes —Al mío tampoco le agradó ver que retrataron a Lucifer como un ser todopoderoso, ni que tuviera un fiel devoto.
Pero yo se que solo estaba enojado al darse cuenta de que Lucifer tiene más poder sobre sus subditos que el mismo Dios, pero ¿no es eso obvio?
Vienen de su reino, después de todo.
—Si estuvieras en otras épocas te quemarían por blasfema ¿o tu profesor ya te colgó?
—Aunque lo haga ¿a quién le importa?
No es mi padre o algo por el estilo ¿Por qué no vamos a verla?
Así podrás tener una opinión propia y no solo de tu maestro de literatura.
A Kon le agrado la idea, tal vez podría ganar puntos extra si le gana al maestro en un debate.
—Supongo que tienes razón, así ya no te deberé más.
—¡Genial!
Es una cita.
—Nunca dije que… Pero Sarah ya estaba en la salida, despidiéndose de él con la mano y diciendo que lo recogería al anochecer en ese mismo lugar.
—¡Mantente hidratado!
Se escabullo de su vista antes de que pudiera corregirla y se despidió de la señora Beatriz a voces.
Le era divertido provocar a ese chico, cada vez que gritaba o se enojaba emanaba un olor que erizaba los pelos de su cuerpo, sabía que no era un sujeto normal y eso solo lo hacía más divertido.
Kon debía pensar que lo hacía todo muy bien, pero cualquiera que fuera perspicaz descubriría que el chico de la librería es un Alfa.
Sarah nunca se molestó en delatarlo, quería ver hasta donde podía ocultar su secreto del resto, si era un buen actor todo el tiempo, o si en momentos de alta presión muestra su verdadera identidad.
No había ni entrado a la calle principal cuando chocó contra una persona.
Frente a ella, bloqueando el paso de la salida del callejón, una espalda ancha la bloqueaba, era tan alta que para alcanzarla le faltaba una cabeza, con poderosos hombros rígidos que clamaban por una batalla.
Pico su espalda para llamar atención su siendo por completa ignorada, así que picó su hombro en espera de un cambio.
En vano, el tipo miraba a todos lados menos detrás suyo.
Sarah eligió colarse entre la abertura de su cintura antes de seguir siendo ignorada.
Empujó sus costillas con su codo al intentar pasar, el sujeto sintió el ataque y volteo con brusquedad golpeando su nariz pecosa, arrojando su trasero contra el suelo.
Las lágrimas traicioneras se acumularon en sus ojos, ese golpe fue peor de lo que imaginaba que sería.
—¡Mierda!
¿Cuál es tu problema?
Se quejó en voz muy alta, tocándose la nariz.
—Lo siento señorita, no la vi.
El desconocido le tendió una mano audaz.
—Me doy cuenta.
Se levantó sola, ignorando los intentos del chico por ayudarla.
Viendo de frente se dio cuenta de lo guapo que era, irritantemente guapo, con esas largas pestañas que maximizaban la belleza de los ojos negros, su cabello negro que brillaba con el sol y su rostro de actor juvenil, debía ser el tipo de chico que trae locas a las damiselas, todo lo contrario a sus gustos.
—La próxima finca más atento a tu retaguardia que alguien te podría dar a ti.
La miró como si le hubiera crecido otra nariz ¿fue bastante vulgar?
No esperaba que fuera amable con la persona que le acaba de chocar.
—¿Se hace a un lado, por favor?
Tengo que pasar.
Pero el sujeto solo se movió para recoger el libro que había tirado, el mismo que estaba leyendo en la librería y se llevó sin pagar.
Cuando regresa la señora Beatriz va a ahorcarla, si es que Kon no lo hace primero.
—¿Trabaja en la librería La Abeja Reina?
—No, solo compro ahí— Le arrebató el libro de sus manos —Ahora, si me disculpa, tengo que pasar.
—Sabe si un chico de cabello negro y ojos miel está ahí?
Siempre viste de uniforme y tu mochila tiene decoraciones de ajolotes.
—Medio mundo luce así, sea más específico ¡No!
Mejor déjeme ir.
Sí, esa es una buena opción—su paciencia se agotaba.
En lugar de escucharla la sujetó del brazo, impidiendo que se fuera.
—¿La he ofendido de algún modo?
Si es así me disculpo.
Incapaz de mantener la calma por más tiempo, Sarah reventó: —¡Me rompiste el puto culo!— su reclamo sonó más fuerte de lo esperado, la gente que pasaba giró para verlos.
Definitivamente no lo había mordido, sin embargo, la soltó como si lo hiciera, mirándole con un desprecio que se acercaba a la repulsión.
— ¿Qué clase de mujer habla así?
—¡Una emputada porque le rompieron el culo!
¿se quita de una vez?— Que el mundo la escuche, ya no le importa.
Trato de ser amable y lo único que recibió un cambio fue un dolor en el trasero.
Aún perplejo hizo caso a su petición.
—Se ve que no te juntas con muchas mujeres, todas hablamos de ese modo cuando nos enojamos.
—No todas, las mujeres respetables no.
—Respétame está— dijo, mostrando el dedo medio.
Se alejó caminando con dignidad exagerada de ese “irritante muñeco Ken” como le acaba de bautizar, y se unió a la muchedumbre en las calles.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com