La canción del dragón - Capítulo 9
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9: Guardian silencioso 9: Guardian silencioso Rice corría entre la multitud del mercado, golpeándose mentalmente por haber perdido a Kon de vista.
Con tantos atajos que tomo y toda la gente y autos que pasaban alrededor lo perdido en la segunda vuelta.
El aroma de las lociones y especias le irritaba las fosas nasales.
Quería arrancarse la nariz siempre que estaba en una aglomeración como esa.
Evitaba ir a conciertos o reuniones, lugares encerrados donde los aromas pueden juntarse y combinarse.
Por si fuera poco, a una chica con olor a aceite quemado casi le rompe la nariz y después le gritó que le había roto el culo.
No sabía si odiarla más por el golpe, por el insulto, o por hablar peor que un Alfa ebrio.
Culpaba a Kon por todo eso.
Cuando hacía rabietas el único que sufría era él.
—Disculpe, abran paso—.
Decía, mientras apartaba a todas las personas que le estorbaban.
Era la hora pico para todos.
Desde el mediodía hasta las 2 de la tarde, el tráfico, la gente y todos los puestos, se llenaban a tal grado que visto desde el techo de un edificio, lucirían como las olas del mar en un día de lluvia.
Cada quien se movía a su propio ritmo, y por su propio camino, que salir de ahí era una tarea hercúlea.
Rice no era el único que luchaba contra la fuerza colosal de las personas que regresaban a casa, Sarah también tuvo sus problemas desde que salió del callejón.
La gente en las calles se amontono más de lo normal por culpa de una limusina blindada que pasaba por la avenida principal.
La gente de Matusalem sacaba sus celulares para grabar ese glorioso vehículo blanco con el dibujo de un ojo plasmado en las puertas.
Era como recibir a la realeza y, por la marca del auto, parecía que lo eran.
Probablemente era un sobrino o ahijado de un conde que usaría a la pequeña ciudad como su patio de fiestas personal.
Matusalem se encontró en la ruina; la escasez de alimentos, la ausencia de agua potable y las oportunidades de empleo casi inexistentes lo orillaron a sostenerse de inversionistas extranjeros.
Vendieron sus tierras, edificios, derechos y cultura, muchas granjas pasaron a ser parte de Omegas ricos y humanos empresarios, una de las tantas cosas que debieron sacrificar para sobrevivir.
Los ciudadanos debían tratar a esos inversionistas como dioses, trabajar para ellos con una sonrisa, una sola acción imprudente costaría hasta millones de dólares.
Sarah había visto tantas limosinas en su trabajo que podía adivinar el nombre de la máquina que fabricaba las llantas.
Ver dos más andando por las calles poco le importaba.
Quería llegar a casa lo antes posible o su primera cita sería la última, Kon era esa clase de chico con un carácter de mierda que te hace querer provocarlo.
Pero hasta él tenía límites y si esa cita no era perfecta, estaba segura que no le volvería a aceptar otra en su vida.
—Nadie se arrepiente de salir conmigo.
Entró a una tienda de ropa de dos pisos.
Subió las escaleras de emergencia hasta el techo, evadiendo la seguridad.
Si no se pudo por tierra se podrá por aire y saltaría de techo en techo hasta un lugar lejos del tumulto.
Se asomó de nuevo para contemplar el maravilloso panorama rural que le daba la deteriorada ciudad.
Pudo distinguir al muchacho contra el que chocó en el callejón, era el único que no se mostraba hipnotizado por los extranjeros.
Su rostro endurecido empeoraba conforme más bloqueaba su paso.
En Sarah se formó una sonrisa satisfactoria, eso se ganaba por haberla empujado antes.
¿Tan desesperado estaba por llegar a la librería?
Antes hizo el tonto, pero la descripción que dio era la de Kon, sin miedo a equivocarse.
Se preguntaba que clase de relación tenían para que sonara tan ansioso por encontrar ¿Serían hermanos?
Pero no se parecían.
Kon era más reservado y descuidado con su apariencia, aunque le gustaba, debía admitir que ni su piel era bonita.
Le recordaba al barro seco bajo el sol, mientras que ese muñeco de rostro enojado parecía haber sido creado por manos divinas.
Compararlos sería un insulto.
—¿Serán amigos?—.
Pregunto al aire, sin despegar los ojos de la señora que le gritaba a ese chico por haber derramado su sopa.
Su mirada se desvió a la limusina que frenó en la calle siguiente.
De ella bajó una pareja bien vestida.
El hombre tonificado tenía los nudillos vendados, como si acabaría de salir del ring.
A su lado, la mujer miraba a la multitud como quien observa insectos desde un balcón.
Los vio adentrarse a otra tienda de ropa, con la gente dispersándose lejos de ellos porque no les importaban los dueños, solo el dibujo del vehículo.
—Creo que lo he visto antes.
Supuso que era por ser una imitación del ojo de Horus, pero con el delineado hacia arriba, en lugar de las dos líneas de abajo.
A ella se le hacía muy bonito.
Estuvo a punto de volver a casa cuando un destello llamó su atención.
En uno de los postes de luz, algo brillaba con intensidad por culpa de la luz del sol: un punto metálico que movía su lente de vez en cuando, atento a la multitud.
Un dron diminuto, camuflado con la precisión de un parásito adherido al metal.
“ ¿Esa cosa estaba ahí antes?
” Pensó, cubriendo los costados de sus ojos para ver mejor.
“ Eso no parece una cámara de seguridad ” Sin pensarlo, alzó la piedra más cercana y la lanzó con todas sus fuerzas.
El golpe resonó en seco, pero el dron ni se inmutó.
La pequeña piedra cayó con la fuerza de la gravedad directo a la cabeza de ese niño bonito.
Molesto, alzó la cabeza para ver quién era el idiota… y noto la extraña cámara brillando por los rayos del sol.
Rice conocía esa calle como la palma de su mano, pasaba tantas veces al día que conocía cada puesto, cada rostro y cada cámara puesta por el vecindario para mantener el barrio seguro.
La calidad y marca de ese artefacto era algo que para nada se podía costear las personas de ahí.
Con calma brutal, Rice reconoció la misma piedra, alzó el brazo y la lanzó.
Con un chasquido limpio, perforó el costado del dron.
Sarah lo vio todo desde su lugar, con la boca abierta hasta tocar el suelo y los ojos de par en par.
Por un segundo se le olvidó respirar.
Ese niño bonito perforó un dron con una pequeña piedra sin esfuerzo.
No podía ser un civil normal.
¡Por supuesto que no lo era!
su complexión y la rigidez de su cuerpo lo gritaba desde antes, pero lo ignoraba porque estaba muy enojada.
Ese chico debía ser un Alfa, igual que Kon y tal vez por eso lo estaba buscando.
“ Entonces si son amigos ” Sacudió de su cabeza esos pensamientos.
Eso no era lo importante.
Esa cámara pegada al poste.
Los sujetos que bajaron de la limusina.
Todo parecía normal…
pero su instinto decía lo contrario.
Algo no encajaba.
❯────────────────❮ Rice sintió el cosquilleo familiar antes de que el caos estallara: un zumbido agudo, imperceptible para cualquiera, pero punzante para él.
Alzó la vista, buscando el origen, y lo encontró: dos drones colgados en lo alto, tan discretos que casi se confundían con los cables y las vigas de metal.
Se rascó la sensación —una costumbre de la infancia— y reconoció al instante el calibre de la amenaza.
Sin apartar la mirada de las sombras en movimiento, se agacho para tomar una piedrecilla lisa.
Luego, con un gesto limpio, la impulsó con la punta del dedo.
El proyecto trazó un arco perfecto y, al chocar contra el primero de los aparatos, explotó en chispas eléctricas.
Antes de que el calor del fogonazo se disipara, Rice ya había apuntado al segundo dron: un segundo tic, un segundo destello, y el aire tembló al desintegrarse la lente.
Fue entonces cuando lo vio, más allá de los andamios y los toldos: Una figura delgada, apenas un perfil contra el cielo sucio de cables y nubes, con la postura en alerta de quien acaba de descubrir algo peligroso.
La chica del callejón.
La misma que había lanzado la primera piedra sin saber el riesgo.
Sus ojos se cerraron apenas un instante, como evaluando si debía huir o esperar, y en ese instante sus miradas se encontraron.
No hubo palabras.
Solo el zumbido amortiguado de la multitud que seguía a su rutina ajena, y el entendimiento tácito de dos extraños unidos por un instante de violenta claridad.
A Sarah la golpeó un relámpago de lucidez: atrapada en esos ojos negros como abismos de Rice, supo que había una oportunidad.
No se conoció en absoluto—ella lo había mandado al diablo en su primer encuentro—pero esa sensación de peligro y la forma fría con que él había destruido el dron la convencieron de que no estaba sola en esto.
Con señas torpes pero urgentes, empezó a apuntar hacia otro poste: primero un puño cerrado, luego la palma abierta señalando a la derecha.
Rice la ignoró un instante, frunciendo el ceño, hasta que su mirada le explicó todo: ella había descubierto el primero, él lo había destruido.
Asintió en silencio y aceptó el extraño juego.
Para no levantar sospechas, Rice caminaba con calma, caminando como si buscase entre la basura del suelo un fragmento valioso.
Cuando llegaba al borde de una piedra o una lata víctima del tránsito, la pateaba con un leve movimiento, y la roca salía volando para derribar el siguiente dron.
Mientras tanto, Sarah corría por los techos, saltaba torpemente entre toldos a punto de ceder y pateaba puertas oxidadas para alcanzar el último artefacto en un callejón en penumbra.
Desde dentro de la tienda de ropa, Vega presionó el puño al ver desaparecer la señal de sus aparatos.
—Cortar cobertura—.
Ordenó con voz seca.
Su compañero, Terry avanzando y salió de la tienda, con un maletín negro en mano: lo abrió y disparó un destello azul contra el suelo, liberando una nube de gas sintético que ascendió como humo traicionero entre la gente.
Los transeuntes retrocedieron en estampida, gritando.
Sarah sintió que el aire se hacía denso.
El golpe de conciencia le advirtió antes de que el gas azul cubría la parte de abajo de la calle, bloqueando su visión.
Se asomó al borde del tejado, marcó con la vista la calle y vio al bonito niño emerger de la multitud, con el cuerpo recto y listo para el ataque.
Los pies de Sarah se enterraron en el pavimento, observando la escena que estaba por ocurrir.
Ese chico corrió directo al hombre con el maletín sin miedo a ser atacado.
Esquivo la primera bala que ese hombre se dirigió a él, esquivó a los transeúntes que corrían a refugiarse, aterrados por el desastre.
Se escondió detrás de un auto y lo pateo en dirección al tipo de grandes músculos como si fuera un balón.
En definitiva, ese chico debía ser un Alfa.
❯────────────────❮ Rice pensó que había dado en el blanco, aunque tanto humo nublaba sus sentidos y no pudo confirmar dónde se encontraba ese sujeto del maletín, hasta que lo escucho saltar sobre los escombros de la tienda y volver a disparar en su dirección.
La bala rebotó contra un coche estacionado y salió despedida en virajes metálicos.
Rice avanzó con un salto, reconoció un fragmento torcido de la carrocería y lo arrojo con la brutalidad que sólo su sangre podía justificar.
El metal retorcido golpeó a Terry en la pantorrilla, haciéndole perder el equilibrio.
Antes de que Terry pudiera reaccionar, Vega irrumpió por la acera contraria, deslizando un cargador adicional en su pistola táctica.
Disparó ráfagas cortas, calculadas, apuntando a las piernas de Rice.
Él esquivó cada proyecto con la gracia de un bailarín herido: retrocedía, se inclinaba, hasta que, de pronto, corrió en dirección a un viejo taxi aparcado.
Con un solo puntapié, lo impulsó hacia Vega como un proyecto improvisado.
El taxi chirrió un par de metros y se estrelló contra ella; Vega apenas alcanzó un rodar, guardó su arma y se lanzó al ataque cuerpo a cuerpo.
—Es el único truco que sabes, mocoso?—.
Grito Terry, sintiendo como la sangre le hervía por tener que esquivar tantos autos.
—Calmate un poco—.
Vega volvió a su lado.
—No es ningún muchacho.
Mi indicador acaba de analizarlo; es un Alfa.
-¿¡Esparto!?-.
Una sonrisa surcó el rostro de Terry de oreja a oreja.
—¿Es el muchacho que buscamos?
—Cumple con la descripción que nos dieron.
—Piel morena y ojos de salvaje.
Fuerza extraordinaria y estudiante.
Sin duda es el Pit-Nüwa.
El estómago de Rice se encogió al escuchar a Kon en boca de esos asesinos.
No eran simples mercenarios: trabajaban para el mismo grupo que Cristofer.
Terry cargó contra él con la navaja abierta, pero Rice lo recibió con un puñetazo directo al estómago, tan devastador que el exsoldado cayó de rodillas, jadeando.
No se detuvo: el humo salió de su boca, nariz y orejas, envolviendo su cuerpo, su piel se manchó de motas negras, sus uñas se alargaron hasta garras curvas.
El jaguar lo habitó.
Terry apenas tuvo tiempo de alzar el fusil, cuando Rice se lanzó con la fuerza felina de un depredador nocturno, lo embistió contra un muro y, con un zarpazo, arrancó el arma de sus manos.
Sus pupilas doradas brillaban con rabia.
—Responde, —gruñó contra el cuello del asesino— ¿trabajan para las Setas?
Terry soltó una risa seca, ahogándose por la presión en su tráquea.
—Ese imbécil de Cris… habló más de lo que debía.
Vega, veloz como un relámpago, intentó aprovechar el descuido y atacó por el costado.
Rice se giró, esta vez en un estallido de plumas negras: sus brazos se encogieron, sus hombros se afilaron, y el humo lo envolvió hasta que un búho gigantesco aleteó sobre ella.
Con una precisión imposible, las garras de ave rozaron su rostro, desviándola.
Un segundo después, el humo volvió a envolverlo y Rice estaba otra vez en forma humana, su rodilla impactando contra la quijada de Vega.
Ella salió despidiéndose de varios metros, rodando entre el polvo.
Sarah, desde la cornisa, lo observaba con el corazón encogido.
Ese chico no solo era un Alfa: era un guerrero.
Debieron haberlo entrenado en secreto, escondidos del ojo público.
Porque no había forma legal de que los Alfas pudieran obtener tanto entrenamiento.
Rice volvió su atención a Terry, que, recuperando el aliento, logró sujetar otra pistola de repuesto.
Pero el Alfa ya estaba en guardia.
El exsoldado disparó, y Rice, en un movimiento veloz, desvió la trayectoria empujando el cañón hacia arriba.
La detonación rugió en el aire, y mientras Terry todavía intentaba reaccionar, Rice giró con la gracia letal de un jaguar y lo derribó con un tajo de garras.
La sangre brotó en su cuello.
Vega, en el suelo, aún respiraba.
Con un último acto de desesperación, sacó una granada de su cinturón y la arrojó hacia Rice.
El Alfa no se inmutó.
Extendió la palma abierta frente al explosivo: el humo lo rodeó y un espejo de obsidiana surgió, suspendido en el aire como un portal.
Vega se vio reflejada en él y lo que vio la hizo enfriar con horror.
El humo brotó del espejo como tentáculos y la envolvió.
La asesina forcejeó, desesperada, pero en su mirada se reflejaba el terror de quien enfrenta algo más grande que la muerte.
—No… ¡no!
—fue lo último que alcanzó a gritar antes de que el humo la tragara.
La granada explotó dentro del espejo, y el estallido fue tan fuerte que retumbó en toda la calle, sacudiendo los cristales cercanos.
Kon, desde su oficina, sintió el golpe seco en el aire.
—Eso no fue un fuego artificial —susurró, con el corazón helado.
Su jefa también lo escucho y salto de su silla.
—¿Nos atacan?—.
Fue la primera pregunta.
—¡Kon, vamos al refugio!
—Cálmese, no tenemos refugio.
Afuera se contemplaba a varias personas corriendo por las calles, mezcladas con aquellas que seguían en su tranquila rutina diaria.
Uno de esos entró a la librería, empapado en miedo y sudor.
Kon tuvo que llevarse la mano a la nariz, el miedo era de lo más pestilente de todas las emociones humanas y ese tipo chillaba tanto a miedo que Kon ya estaba caminando al baño para expulsar su cena.
— ¿Qué pasa allá afuera?
¿Por qué se escuchó ese ruido?
Su jefa se apresuró a recibir al muchacho y lo ayudó a llegar hasta el escritorio, donde le dio asiento.
El tipo espero hasta recuperar el aire que le quitó el haber corrido tanto, antes de narrar lo sucedido en la calle principal.
—Unos locos comenzaron a atacar y matarse entre ellos… creo que uno es un Alfa.
Kon se quedó congelado en su lugar.
—¡Un Alfa nos ataca!?
Hay que llamar a los Tlán1, rápido Kon, marca el número de emergencia.
—¿Los Tlan?
¿Esta demente?—.
Sin darse cuenta, había levantado la voz.
La idea de tener a un grupo de Omegas inspeccionando la zona, en busca de Alfas, le calaba hasta los huesos.
Los Omegas eran capaces de identificar a la raza enemiga con solo mirar a su alrededor, estaría perdido si llamaran a ese grupo cazador.
—No creo que sea para tanto.
Pero su jefa no pensaba lo mismo, y olvidando que estaban en horas de trabajo, elevó tanto la voz que el otro chico tuvo que cubrirse los oídos.
—¡No escuches que hay un Alfa atacando a la gente!?
Los Tlan son los únicos que pueden contra él.
—Piense un poco, si nosotros los llamamos entraran a este lugar para interrogar y moverlo todo.
No solo va a asustar a los clientes, los demás van a creer que estamos involucrados en actividades delictivas.
La vieja Beatriz pensó en todo lo que le dijo.
No le daba la razón, tía.
Sin embargo, los Tlan no solo son conocidos por ser los guardianes de la ley divina y enemigos jurados del crimen, también se les conoce por sus métodos crueles de interrogación y el desastre que dejan a su alrededor cuando se van.
Guardianes o no, llegaban a dar más miedo que los mismos criminales y, si uno de ellos descubría a Kon, lo mejor que le podía esperar sería la muerte.
Otras personas entraron al local; un hombre y una mujer.
La chica estaba cargando a duras penas con el muchacho sobre su espalda.
Las piernas le temblaban y la respiración se le cortaba.
A Kon casi se le sale el alma del cuerpo al verlos.
—Archivero, necesito tu ayuda.
Sarah y Rice se encontraron en la entrada de la puerta, y su viejo amigo estaba sangrando por todas partes.
El Tlan es una rama militar conformada únicamente por Omegas con un milagro activo.
Se fundo a finales de la quinta era, en Xictli, su nombre es un sufijo que significa “junto a” fundado por Kira Syrvael para proteger a la nación del crimen y desgracias masivas que los humanos no pueden controlar.
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