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La cautivadora chica buena del Papi mafioso - Capítulo 1

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  3. Capítulo 1 - 1 Capítulo 1 Un mundo patas arriba
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1: Capítulo 1: Un mundo patas arriba 1: Capítulo 1: Un mundo patas arriba *Layla*
¡Bang!

¡Bang!

¡Bang!

Me desperté de un sobresalto, con el corazón latiéndome en el pecho.

Tardé un momento en darme cuenta de que los fuertes golpes no formaban parte de un sueño, sino que provenían de la puerta de mi apartamento.

Eché un vistazo al reloj: 22:37.

El miedo me recorrió la espalda mientras me deslizaba fuera de la cama, con los pies silenciosos sobre la alfombra gastada.

Apenas había dado un paso cuando la puerta se abrió de golpe y la cerradura se hizo añicos por la fuerza.

Dos hombres corpulentos entraron en mi habitación con expresión sombría y decidida.

—¿Layla Jennings?

—ladró el más alto.

Un miedo helado me hizo temblar mientras asentía, con la voz atrapada en la garganta.

—Vas a venir con nosotros.

Me agarraron, con sus manos ásperas en mis brazos, y me arrastraron fuera del apartamento.

Forcejeé, con el pánico creciendo en mi pecho, pero eran demasiado fuertes.

Me metieron a empujones en un coche que esperaba, y sentí los asientos de cuero fríos contra mis piernas desnudas.

Mientras avanzábamos a toda velocidad por la noche, intenté encontrarle sentido a lo que estaba ocurriendo.

Pero no pude.

Era como si me hubiera adentrado en una pesadilla.

Llegamos a un rascacielos y los hombres prácticamente me llevaron en volandas hasta un ascensor.

Cuando las puertas se abrieron, entramos en un ático que rezumaba riqueza y poder.

Pero mis ojos se clavaron en el hombre que estaba detrás del escritorio.

Marco Vásquez.

El novio de mi madre.

Aunque Marco Vásquez era un hombre apuesto, de ojos oscuros y expresivos, nunca me había agradado ni había confiado en él.

Todo en él exudaba un peligro siniestro.

Había observado en más de una ocasión cómo su voz suave y culta y su carisma magnético atraían fácilmente a la gente hacia él, incluida mi madre, aun cuando debían de percibir la naturaleza despiadada y astuta que acechaba bajo su encantador exterior.

—Layla Jennings —dijo él, con una voz suave como la seda—.

Gracias por acompañarnos.

—¿Dónde está mi madre?

—pregunté, con la voz temblorosa.

Como si fuera una señal, la puerta se abrió de golpe.

Otros dos hombres arrastraron a mi madre al interior.

Tenía la cara magullada y el labio partido.

Se me revolvió el estómago.

Bajo la tenue luz del despacho de Marco, mi madre parecía una sombra de sí misma.

Su cabello caoba, antes vibrante, ahora estaba apagado y sin vida, recogido en un moño desordenado que apenas ocultaba las oscuras ojeras bajo sus ojos.

Su rostro, que siempre había sido tan expresivo y lleno de vida, ahora estaba demacrado y pálido, con una mirada atormentada que revelaba los horrores que debió de soportar antes de que me trajeran.

—¡Layla!

—gritó, luchando contra sus captores—.

Lo siento mucho.

No quería que esto pasara.

Marco la silenció con una mirada.

—Tu madre pensó que podía robarme —dijo, en tono conversacional—.

Creyó que podía tomar lo que era mío sin consecuencias.

Se levantó y rodeó el escritorio hasta plantarse frente a mí.

Me obligué a sostenerle la mirada.

—Soy un hombre de negocios, Layla —continuó—.

No me gusta que la gente intente engañarme.

—Por favor —suplicó mi madre—.

Deja a Layla fuera de esto.

No tiene nada que ver.

Los ojos de Marco se clavaron en ella, fríos y duros.

—Al contrario, ahora Layla es parte de todo esto.

Va a ayudarme a recuperar lo que me has costado.

Se volvió hacia mí, con una sonrisa afilada.

—Verás, necesito información.

Información sobre Dante DeLuca y sus operaciones.

Y tú vas a conseguirme esa información.

Negué con la cabeza.

—No conozco a Dante DeLuca.

No sé nada de sus operaciones.

—Pero conoces a su hija, Sophia —señaló Marco.

—Fuimos a la misma universidad, pero no la conozco.

—Vas a conocerla.

Vas a infiltrarte en su mundo.

Y vas a informarme.

—¿Y si no lo hago?

—susurré.

Su sonrisa se ensanchó.

—Entonces tu madre pagará el precio.

Mi madre sollozó y su cuerpo se desplomó.

La desesperación me invadió.

Estaba atrapada.

—Lo haré —dije finalmente—.

Haré lo que quieres.

Pero no le hagas daño a mi madre.

La satisfacción brilló en los ojos de Marco.

—Anton será tu supervisor —dijo, señalando a uno de los hombres.

Anton era una figura imponente, con el pelo rubio y corto y una presencia que atraía la atención.

Medía más de un metro ochenta, tenía los hombros anchos y una complexión musculosa.

Su rostro era todo ángulos afilados y líneas duras, con pómulos altos y una mandíbula cincelada.

Sus ojos eran de un azul penetrante, del color de un lago helado, e igual de fríos.

—Anton se asegurará de que cumplas con tu cometido.

—Y con eso, me despidió.

Lo último que oí mientras me llevaban fueron los lamentos de mi madre.

Me llevaron a otra habitación del ático.

Un equipo de estilistas me esperaba con rostros impasibles mientras me transformaban.

Cuando terminaron, apenas me reconocí en el espejo.

Mi pelo oscuro estaba elegantemente recogido y mis ojos, acentuados con sombras ahumadas.

El vestido azul medianoche que me habían puesto se ceñía a mis curvas como una segunda piel.

Parecía que pertenecía al mundo en el que estaba a punto de entrar.

Pero por dentro, me sentía vacía.

Anton apareció y me examinó de la cabeza a los pies, con su expresión fría e indescifrable.

—Es la hora.

Lo seguí hasta el coche con el corazón encogido.

Mientras conducíamos, miré por la ventanilla cómo la ciudad pasaba borrosa.

Pensé con amargura en mi padre y en los secretos de la mafia que se había llevado a la tumba.

Secretos que habían hecho que mi madre acabara con un hombre como Marco y que, de algún modo, debían de haberme conducido hasta aquí.

El coche se detuvo frente a un deslumbrante local de eventos.

El aire estaba impregnado del olor a riqueza y privilegio.

Anton me ayudó a salir, con su pesada mano en mi espalda.

Entré en el salón de baile con los ojos muy abiertos por el asombro.

Nunca había estado en un evento benéfico tan grandioso como este.

La sala estaba llena de la élite de la ciudad, todos vestidos de punta en blanco y cubiertos de joyas.

Me sentí fuera de lugar con mi sencillo vestido, pero me recordé a mí misma que estaba allí por una razón.

Vi a Sophia al otro lado de la sala; parecía molesta y enfadada mientras hablaba con un grupo de gente.

La última vez que había visto a Sophia fue el día de la graduación, cuando cruzó el escenario a trompicones, borracha, apenas capaz de mantener el equilibrio.

Estaba muy lejos de ser la mujer refinada y profesional que ahora tenía ante mí.

En la universidad, Sophia había sido el epítome de la chica rica y popular: siempre vestida impecablemente a la última moda, viajando a destinos lujosos con los que el resto de nosotros solo podíamos soñar.

Yo, en cambio, apenas había podido pagar la matrícula, gracias al dinero que mi difunto padre había reservado en su testamento.

La ropa de diseño y los exóticos viajes de vacaciones de primavera estaban completamente fuera de mi alcance.

Nos movíamos en círculos muy diferentes por aquel entonces; Sophia siempre estaba rodeada de su camarilla de amigos ricos y de los siempre presentes paparazzi, ansiosos por sacar fotos de la fiestera hija del famoso Dante DeLuca.

Dudaba que siquiera supiera mi nombre.

Pero ahora, aquí estábamos, cara a cara en el deslumbrante salón de baile, y necesitaba que me recordara.

Respiré hondo y me acerqué a ella con una sonrisa en el rostro.

—¡Sophia, hola!

Soy Layla, de la universidad.

Tuvimos algunas clases juntas, ¿recuerdas?

—dije, esperando que mi voz sonara segura.

Sophia se volvió hacia mí, con una expresión de irritación apenas disimulada.

—Ah, sí, Layla.

Lo siento, es que está siendo una noche frustrante.

Al parecer, nuestro orador invitado está demasiado borracho para mantenerse en pie, y mucho menos para dar un discurso coherente.

Asentí con comprensión.

—Lo entiendo.

Debe de ser increíblemente decepcionante.

Sophia suspiró, recorriendo la sala con la mirada.

—Lo es.

No sé qué vamos a hacer ahora.

Seguí su mirada y mis ojos se posaron en un rostro que reconocí.

—De hecho, puede que tenga una solución.

¿Ves a ese hombre de allí?

Es el Dr.

James Thompson.

Es un filántropo de renombre y un orador increíble.

Lo he visto antes en algunos eventos.

¿Quizá podríamos pedirle que lo sustituya?

Sophia enarcó las cejas, con un brillo de esperanza en los ojos.

—¿Crees que lo haría?

Sonreí.

—Vale la pena intentarlo.

Puedo ir a hablar con él, si quieres.

Sophia asintió, con una pequeña sonrisa asomando en las comisuras de sus labios.

—Por favor, hazlo.

¿Y, Layla?

Gracias.

Crucé la sala con el corazón latiéndome en el pecho.

No estaba acostumbrada a codearme con gente tan influyente, pero sabía que tenía que interpretar mi papel.

Había visto hablar al Dr.

Thompson cuando me ofrecí voluntaria para ayudar en la gala del año pasado de la Fundación Esperanza para los Niños, una organización benéfica dedicada a proporcionar educación y atención sanitaria a niños desfavorecidos.

Sus apasionadas palabras sobre la importancia de ayudar a los demás se me habían quedado grabadas.

Esperaba que fuera tan amable y generoso como parecía.

—¿Dr.

Thompson?

—dije, extendiendo la mano—.

Soy Layla Jennings.

Me preguntaba si podría concederme un momento.

El Dr.

Thompson sonrió cálidamente y me estrechó la mano.

—Por supuesto, señorita Jennings.

¿Qué puedo hacer por usted?

Le expliqué la situación con el orador invitado, observando cómo la expresión del Dr.

Thompson pasaba de la preocupación a la determinación.

—No se diga más —me interrumpió, poniendo una mano en mi hombro—.

Será un honor sustituirlo.

Mientras llevaba al Dr.

Thompson de vuelta con Sophia, podía sentir los ojos de Anton sobre mí.

Siempre estaba observando, siempre evaluando.

Sabía que no podía bajar la guardia, ni por un momento.

La vida de mi madre —y quizá la mía propia— dependía de ello.

El alivio de Sophia fue palpable cuando le presenté al Dr.

Thompson.

Me lo agradeció efusivamente, olvidada su anterior molestia.

Mientras el Dr.

Thompson subía al escenario, Sophia se volvió hacia mí, con los ojos llenos de gratitud.

—Layla, no sé cómo agradecértelo.

De verdad que has salvado la noche.

Sonreí, negando con la cabeza.

—No ha sido nada.

Me alegro de haber podido ayudar.

Sophia suspiró, con la mirada perdida en el escenario.

—Sabes, estos eventos benéficos fueron idea de mi padre.

Pero ni siquiera se ha molestado en venir esta noche.

Sentí una punzada de decepción.

Había esperado poder ver, aunque fuera de lejos, al esquivo Dante DeLuca para empezar a atar los cabos de mi misión.

Pero aparté ese sentimiento y me centré en Sophia.

—Siento oír eso.

Debe de ser difícil planear estos eventos tú sola.

Sophia se encogió de hombros, con un deje de amargura en la voz.

—Es lo que hay.

Pero te agradezco tu ayuda esta noche, Layla.

De verdad.

Busqué en mi bolso de mano un papel y un bolígrafo para escribir mi número.

—Si alguna vez necesitas cualquier otra cosa, por favor, no dudes en ponerte en contacto conmigo.

Estaré encantada de ayudar en todo lo que pueda.

Sophia cogió el papel con una sonrisa sincera.

—Gracias.

Sin duda, lo tendré en cuenta.

Cuando se alejó, respiré hondo, asustada ante la idea de tener que decirle a Marco que Dante no estaba en el evento y que no tenía ninguna información útil para él.

Vi a Anton en un rincón fulminándome con la mirada y un escalofrío me recorrió la espalda, recordándome que estaba en una situación de vida o muerte.

Me escabullí de la multitud y encontré un rincón tranquilo en el pasillo para intentar pensar qué más podía hacer para que mi madre y yo nos libráramos de Marco por completo.

No me di cuenta de que estaba llorando hasta que una lágrima me resbaló por la mejilla y me la sequé.

Fue entonces cuando apareció.

Un hombre alto y apuesto, de pelo oscuro con canas en las sienes y penetrantes ojos de color marrón oscuro.

Se alzó imponente frente a mí y me quedé sin palabras, olvidando por un momento todo lo que iba terriblemente mal en mi vida.

—¿Me concede este baile?

—preguntó, con voz grave y suave.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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