La cautivadora chica buena del Papi mafioso - Capítulo 14
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14: Capítulo 14: ¿Qué he hecho?
14: Capítulo 14: ¿Qué he hecho?
*Layla*
Vacilé, dividida entre mi lealtad a Dante y mi desesperada necesidad de proteger a mi madre.
—Oí algo sobre una reunión —dije finalmente, con la voz temblorosa—.
Algo sobre una nueva empresa comercial.
No sé los detalles, aparte de que tendrá lugar el próximo jueves en su oficina del centro de la ciudad.
Parecía importante.
—Las reuniones de negocios son habituales.
¿Qué tenía esta de especial?
—Es fuera del horario laboral, muy tarde por la noche.
Anton asintió, como si estuviera de acuerdo en que parecía algo que valía la pena investigar.
—Se lo pasaré a Marco.
De repente, Anton retrocedió, con una expresión indescifrable.
Me dejé caer contra la pared, con las piernas temblorosas y el corazón desbocado en el pecho.
Me estaba perdiendo a mí misma y me arrastraban en demasiadas direcciones como para poder encontrar el camino de vuelta.
Pero también sabía que no tenía más remedio que seguir adelante, seguir con el juego hasta que encontrara la forma de salvar a las personas que amaba.
Aunque significara sacrificar mi propia alma en el proceso.
Pasé los días siguientes en un estado de ansiedad constante, sobresaltándome con cada ruido y mirando sin cesar por encima del hombro.
Podía sentir los ojos de Penny sobre mí, vigilando todos mis movimientos, y saber que Dante tenía a su gente siguiéndome no hacía más que aumentar mi paranoia.
Sabía que tenía que indagar más a fondo en los negocios de Dante para satisfacer las exigencias de Marco sin hacerle daño de verdad.
De vez en cuando me quedaba por las mañanas, esperando a que él y el personal de la mañana abandonaran el ático para poder acceder a los archivos de su despacho en casa y revisar documentos.
Un día, mientras rebuscaba en una pila de papeles, me topé con una serie de transacciones que me llamaron la atención.
Eran grandes sumas de dinero, transferidas a cuentas en paraísos fiscales sin un propósito o destinatario claros.
Rápidamente hice fotos de los detalles con el móvil, con el corazón acelerado por el miedo.
Este era el tipo de información que Marco buscaba, el tipo de material que podría investigar, aunque era dudoso que pudiera usar nada de eso contra Dante.
Pero a medida que profundizaba en los registros, no podía quitarme la sensación de que me observaban, especialmente en el trabajo.
Vislumbraba a Penny por el rabillo del ojo, con la mirada puesta en mí un poco más de la cuenta.
Y había momentos en los que podría haber jurado que oía pasos fuera de la puerta de mi despacho, como si alguien estuviera espiando todos mis movimientos.
La paranoia se me estaba yendo de las manos, y me sorprendía a mí misma saltando con cada ruido, cada sombra.
Sabía que Dante sospechaba cada vez más de mi comportamiento, que podía sentir que algo no andaba bien.
Una noche, mientras me preparaba para irme de la oficina, me sorprendió encontrar a Dante esperándome en el vestíbulo.
Tenía una sonrisa traviesa en el rostro y no pude evitar sentir un aleteo de aprensión y emoción en el estómago.
—¿Qué haces aquí?
—pregunté, con una sonrisa asomando en la comisura de mis labios.
—Pensé en darte una sorpresa —dijo, tomándome de la mano y atrayéndome hacia él—.
Tengo algo especial planeado para esta noche.
Recelosa e intrigada, lo seguí fuera del edificio hasta su coche, que nos esperaba.
Condujimos durante lo que parecieron horas, con las luces de la ciudad desvaneciéndose en la distancia mientras avanzábamos por la costa.
Finalmente, llegamos a una playa apartada, con la arena brillando dorada bajo la luz mortecina del atardecer.
Dante me condujo hasta la orilla, donde habían preparado una cena a la luz de las velas, con una mesa, sillas y una botella de champán enfriándose en una cubitera.
Me quedé sin aliento por la sorpresa.
—Dante, esto es increíble —musité, contemplando la romántica escena que tenía ante mí.
Él sonrió y me retiró una silla para que me sentara.
—Quería hacer algo especial para ti —dijo con voz suave y sincera—.
Has estado trabajando muy duro últimamente, y sé que todo ha sido muy estresante.
Nos sentamos a comer, con el sonido de las olas rompiendo contra la orilla como un relajante telón de fondo para nuestra conversación.
Pero mientras hablábamos, pude sentir que algo preocupaba a Dante.
—Layla —dijo, con expresión cada vez más seria—, sé que has estado bajo mucha presión últimamente, y no puedo evitar sentir que hay algo que no me estás contando.
¿Está todo bien?
Sentí que se me encogía el estómago por los nervios, pero forcé una sonrisa y le tendí la mano.
—Todo va bien —le aseguré, con una voz que sonaba más segura de lo que me sentía—.
Son solo las cuentas nuevas del trabajo.
Me han tenido ocupada, eso es todo.
Dante frunció el ceño, y pude ver la preocupación en sus ojos.
—Sabes, no tienes por qué seguir trabajando allí si te causa tanto estrés —dijo, mientras su pulgar trazaba suaves círculos en el dorso de mi mano—.
Puedo abrirte una cuenta, darte todo lo que necesites.
No tienes que preocuparte por nada.
Sentí que se me formaba un nudo en la garganta, conmovida por su generosidad, pero a la vez muy consciente de los secretos que le ocultaba.
—Es muy amable de tu parte —repliqué, con la voz ligeramente temblorosa—.
Pero no puedo aceptarlo.
Necesito hacer esto por mi cuenta.
Dante asintió, con expresión comprensiva.
—Lo sé.
Pero quiero que sepas que no tienes que preocuparte por nada mientras estés conmigo.
Siempre cuidaré de ti, Layla.
Pase lo que pase.
Se levantó, me puso en pie y me estrechó entre sus brazos.
Nos mecimos juntos al son de las olas, con nuestros cuerpos moviéndose en perfecta sincronía.
Sentí que una oleada de emoción me invadía.
Deseaba con todas mis fuerzas creer en las palabras de Dante, confiar en su amor y su protección.
Pero el peso de mis secretos me oprimía el corazón, y sabía que estaba caminando sobre la cuerda floja.
Me aferré a él con más fuerza, aspirando su aroma y saboreando la sensación de sus brazos a mi alrededor.
Por un momento, me permití olvidar el mundo exterior, perderme en la magia del instante.
Pero incluso mientras me fundía en su abrazo, no podía quitarme la sensación de que todo estaba a punto de venirse abajo.
Así que me aferré a Dante con todas mis fuerzas, rezando para que de alguna manera, de alguna forma, encontráramos el modo de que esto funcionara.
Cuando llegamos de vuelta al ático de Dante, se volvió hacia mí con una sonrisa, y sus ojos brillaban con picardía.
—Estoy deseando verte con ese vestido despampanante que compraste para la gala —murmuró, con su mano apoyada en la parte baja de mi espalda mientras me guiaba hacia el interior—.
Vas a ser la mujer más impresionante de todas.
Forcé una sonrisa, intentando reprimir la repentina oleada de pavor que me invadió.
—La espero con ansias —dije, con una voz que sonó forzada incluso para mis propios oídos—.
Va a ser una noche inolvidable.
Pero al entrar en el vestíbulo, una súbita revelación me golpeó como un jarro de agua fría.
La gala estaba programada para el mismo jueves por la noche que la reunión de la que le había hablado a Anton.
La misma reunión que podría poner a Dante en peligro.
El corazón se me encogió y sentí un sudor frío recorrer mi nuca.
¿Qué había hecho?
Al darle esa información a Anton, podría haber puesto la vida de Dante en peligro sin querer.
Debí de quedarme absorta en mis pensamientos, porque de repente Dante estaba frente a mí, con el ceño fruncido por la preocupación.
—¿Layla, estás bien?
—preguntó, ahuecando mi mejilla con su mano—.
Pareces pálida.
Parpadeé, forzándome a volver al presente.
—Estoy bien.
Solo un poco cansada, eso es todo.
Dante me estudió un momento, sus ojos escrutando los míos.
—¿Estás segura?
Si no te sientes con fuerzas para ir a la gala, solo dilo.
Negué con la cabeza, forzando una sonrisa.
—No, no, quiero ir.
—Quizá lo había puesto en peligro.
Quizá podría ayudarle a evitar cualquier trampa que Marco le hubiera tendido—.
Llevo semanas esperando este momento.
Solo necesito descansar un poco esta noche —le aseguré.
Dante asintió y me dio un suave beso en la frente.
La noche de la gala, mi mente iba a toda velocidad mientras me ponía el impresionante vestido que había elegido para la ocasión.
Era de un rojo intenso y profundo, con un corpiño ajustado y una falda vaporosa que me hacía sentir como si fuera de la realeza.
Pero incluso mientras admiraba mi reflejo en el espejo, no podía deshacerme de la persistente sensación de inquietud que acechaba en el fondo de mi mente.
No dejaba de ver el rostro de Anton y de oír sus palabras resonando en mis oídos.
«Se lo pasaré a Marco».
Respiré hondo, intentando calmar mi corazón desbocado.
Tenía que centrarme en el presente, en el hombre que me esperaba en la otra habitación.
No podía permitir que mis miedos y dudas arruinaran esta noche.
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