La cautivadora chica buena del Papi mafioso - Capítulo 21
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21: Capítulo 21: Completamente desquiciado 21: Capítulo 21: Completamente desquiciado *Layla*
Creí oír la respiración de Dante al otro lado del teléfono; la cadencia sugería que estaba haciendo todo lo posible por mantener la calma.
—Penny, ¿qué crees que estás haciendo?
—¿Que qué estoy haciendo?
—repitió Penny con los dientes apretados—.
Estoy tomando lo que es mío, DeLuca.
Lo que me has debido durante años.
Movió la cámara hacia Sophia y hacia mí, atadas y amordazadas en el suelo.
Pude oír la brusca inspiración de Dante.
—¿Layla?
—dijo—.
¿Sophia?
¿Están bien?
¿Están heridas?
Intenté hablar, asegurarle que estábamos bien, pero la mordaza ahogó mis palabras, convirtiéndolas en un amasijo de sonidos sin sentido.
—Están bien —dijo Penny con desdén, volviendo a enfocar la cámara hacia sí misma—.
Por ahora, al menos.
Pero eso podría cambiar muy deprisa, dependiendo de lo cooperativo que decidas ser.
—¿Qué quieres?
—preguntó Dante, con la voz tensa por la ira apenas contenida—.
¿Dinero?
¿Es de eso de lo que se trata?
Penny volvió a reír, un sonido estridente y áspero.
—Oh, Papi —dijo, negando con la cabeza—.
Siempre has sido muy listo.
Sí, es exactamente de dinero de lo que se trata.
Diez millones de dólares, para ser exactos.
Diez millones por cada una: por tu preciosa noviecita y por tu zorra de hija a la que le diste todo lo que a mí me negaste.
Oí la brusca inspiración de Dante, el sonido de su conmoción e incredulidad.
—Penny, no tengo esa cantidad de dinero disponible —explicó con voz tensa—.
Lo sabes.
No puedo sacarme veinte millones de dólares de la nada en mitad de la noche.
El rostro de Penny se endureció, sus ojos brillaron con una especie de intensidad maníaca.
—Ya encontrarás la manera.
Tienes hasta el amanecer para transferir el dinero al número de cuenta que te voy a enviar.
Si no lo haces… —Dejó la amenaza flotando en el aire, pesada y ominosa.
—Penny, por favor —suplicó Dante—.
No hagas esto.
No les hagas daño.
Te daré lo que quieras, solo… solo déjalas ir.
Pero Penny no se inmutó, su rostro era una máscara de furia fría e implacable.
—Tienes hasta el amanecer —repitió, con el dedo suspendido sobre el botón de finalizar llamada—.
No me decepciones, Papi.
O estas zorritas pagarán las consecuencias.
Dicho esto, colgó el teléfono, y la pantalla se quedó a oscuras y en silencio.
Me dejé caer contra la pared, con el corazón desbocado por el miedo y el pavor.
Helados zarcillos de pánico me oprimieron el pecho, dificultando mi respiración.
Mi mente daba vueltas, tratando de procesar la horrible realidad de la situación.
Penny, la dulce y pequeña Penny, se había convertido en un monstruo, una secuestradora a sangre fría dispuesta a herir a niñas inocentes.
Y ahora las vidas de esas niñas pendían de un hilo, su destino atado a una errática petición de rescate.
A mi lado, Sophia temblaba, con los ojos desorbitados por el terror.
Nuestras miradas se encontraron y, en un instante, compartimos un momento de solidaridad.
Estábamos juntas en esto, para bien o para mal.
Y no íbamos a echarnos atrás, no íbamos a rendirnos.
Cuando la línea se cortó, Penny se guardó el teléfono en el bolsillo con una sonrisa de suficiencia.
Se giró para mirarnos a Sophia y a mí, y su expresión se endureció de nuevo hasta convertirse en esa máscara cruel y burlona.
Antes de que pudiera hablar, la puerta de la habitación se abrió con un crujido y el hombre corpulento y fornido entró.
Nos examinó con aire evaluador, sus ojos porcinos deteniéndose demasiado tiempo en nuestras figuras atadas.
—¿Y bien?
—retumbó, con su voz cascada—.
¿Papi Dante ha recibido el mensaje alto y claro?
Penny puso los ojos en blanco.
—Claro que sí —espetó—.
Puede que se haga el duro, pero sé cómo mover sus hilos.
Soltará el dinero.
El hombre gruñó, poco convencido.
—Pareces muy segura de eso.
Veinte millones no es calderilla, ni siquiera para un pez gordo como DeLuca —Se acercó con paso lento, su considerable corpulencia exudando un aura de amenaza—.
Puede que decida que su puta y su mocosa no valen esa prima.
Sentí una oleada de furia ante sus groseras palabras, y me revolví instintivamente contra mis ataduras.
Penny debió de ver mi reacción por el rabillo del ojo, porque se giró y me lanzó una mirada fulminante.
—Ah, sí…
a la heroína conquistadora todavía le queda algo de espíritu —Se agachó frente a mí, con su cara a escasos centímetros de la mía.
Podía oler el humo de cigarrillo rancio y el whisky barato en su aliento.
—Déjame que te lo explique con claridad, Layla —siseó—.
Dante te quiere, al menos su versión del amor, eso es obvio.
Pobre tonto —Extendió la mano y trazó mi mandíbula con un dedo; su contacto me puso la piel de gallina.
—¿Pero yo?
—rio con amargura—.
Soy de su propia sangre.
Su propia hija, a la que negó y abandonó para que luchara y sufriera mientras él vivía en el lujo —Sus ojos se clavaron en los míos, brillando con un dolor y una envidia tan crudos que era casi doloroso presenciarlo.
—Pagará —dijo, con la voz apenas por encima de un susurro, pero rezumando veneno—.
Pagará hasta el último céntimo para mantenerte sana y salva.
Tú también le quieres, ¿verdad?
Estúpida.
¡No tienes ni idea de la vida de angustia y agitación que tu querido jefe mafioso dejó a su paso solo para obtener su preciado imperio!
Así que era eso: de alguna manera, culpaba a Dante por una infancia de abandono u oportunidades perdidas.
Mi corazón se dolió por aquella chica rota.
Incluso siendo su cautiva, incluso con el miedo y la ira corriendo por mis venas, no pude evitar sentir una punzada de compasión.
¿Cómo debía de haber sido crecer a la sombra de un padre ausente, preguntándote por qué no eras lo bastante buena, lo bastante importante, para merecer su amor y su atención?
—Dejó a mi madre sin nada y a mí me dio sus migajas —continuó Penny, empezando a caminar de un lado a otro como un tigre enjaulado mientras el hombre corpulento la miraba impasible—.
Solo una vida de lucha y pobreza mientras él vivía en un confort opulento, prodigando sus riquezas y atención a esa zorra —señaló a Sophia—, ¡que supuestamente era mucho más legítima que yo!
Se giró bruscamente hacia mí, con los ojos brillando con una intensidad que me heló hasta los huesos.
—Bueno, pues todo eso está a punto de cambiar —escupió—.
De una forma u otra, Querido Papi va a soltar la pasta y el respeto que me debe desde hace años.
Y tú, cariño… —Volvió a ponerme la cara encima, tan cerca que podía oler su aliento—.
Eres el peón perfecto para hacer que el viejo pague… por fin.
De repente, me agarró un puñado de pelo y me echó la cabeza hacia atrás con tanta fuerza que vi las estrellas.
El dolor me recorrió la cabeza mientras me sonreía desde arriba como un gato jugando con un ratón.
—Tranquila, Penny —dijo el grandullón, con una voz sorprendentemente fría para una situación tan tensa—.
Todo este plan demencial ya es bastante lioso sin que te pongas en plan Tarantino con la chica.
Penny le lanzó una mirada asesina por encima del hombro, sin aflojar ni un ápice el agarre de mi pelo.
—Atraparás a tu hombre, Dobkin, así que tranquilízate —se burló—.
Pero primero, voy a disfrutar cobrándome… una libra de carne… de la última conejita de cama de Papi.
La forma en que escupió esas palabras con tanto odio me hizo retroceder instintivamente, tanto como su brutal agarre me lo permitió.
No se trataba solo de dinero o recriminaciones; Penny parecía resentirme a un nivel profundamente personal.
En el fondo, sabía que parte de su rencor probablemente se debía a los celos, a ver cómo Dante se enamoraba cada vez más de mi presencia sin extender nunca esa intimidad hacia ella, que supuestamente la merecía por derecho de nacimiento.
¿Toda una vida de abandono para luego tener que ver cómo el padre que anhelaba se desvivía por otra mujer?
La injusticia debía de parecerle total e irremisiblemente imperdonable a los ojos de Penny.
Aun así, esa racionalización no hacía que la palma de su mano fuera menos callosa mientras trazaba la curva de mi mandíbula con la exploración despiadada de un gato jugando con un ratón condenado.
Ni que el punzante peligro que irradiaba Dobkin fuera menos asfixiante mientras observaba la escena.
—Tenías que saber que estar al lado de Dante acabaría así, ¿no?
—reflexionó Penny, con los labios curvados en un amago de sonrisa sádica—.
No importa cuánto pusieras tus ojitos o abrieras las piernas como una niña buena… Dante DeLuca nunca viviría en un mundo en el que tus manos no acabaran magulladas y ensangrentadas.
El hombre fornido se aclaró la garganta con impaciencia, deteniendo su diatriba.
—Hiciste tu parte siendo la cara de este timo, niña.
Ahora me toca a mí cumplir y asegurarme de que ambos cobremos.
Penny se puso en pie con suavidad.
—Por supuesto, Agente Dobkin.
He cumplido mi parte del trato —Se volvió hacia mí, con una expresión indescifrable—.
Todo lo que quiero ahora es un nuevo comienzo.
No tener que mirar más por encima del hombro.
Dobkin volvió a gruñir.
—Ya veremos lo de la protección de testigos cuando se complete la transferencia.
Por ahora, quédate quieta y deja que yo me preocupe de exprimir a DeLuca hasta el último céntimo.
Mientras se daba la vuelta y salía pesadamente de la habitación, vislumbré una desesperación cruda en los ojos de Penny, un destello de incertidumbre sobre si realmente había meditado este plan hasta sus últimas consecuencias.
Pero desapareció en un instante, reemplazado por esa fría y muerta mirada de determinación.
Mi corazón latía con fuerza en mi pecho mientras asimilaba las implicaciones.
Esto iba mucho más allá de una hija vengativa que buscaba herir a su padre ausente.
Penny había conspirado voluntariamente con un agente federal; no, se había convertido en su peón para derribar toda la organización de Dante a cambio de una nueva vida.
Sophia y yo éramos las monedas de cambio más poderosas que tenía para hacer que Dante obedeciera, para que sacrificara todo lo que había construido con tal de garantizar nuestra seguridad.
Mientras las palabras de Penny resonaban en mis oídos, me di cuenta de que se había arriesgado al secuestrarnos a las dos para salvarse a sí misma.
En mi corazón, sabía que no acabaría como ella esperaba.
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