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LA CREACIÓN DE UN NUEVO MUNDO - Capítulo 19

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  4. Capítulo 19 - 19 SOMBRAS EN EL PASADO
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19: SOMBRAS EN EL PASADO 19: SOMBRAS EN EL PASADO CAPÍTULO 19: SOMBRAS EN EL PASADO La puerta se abrió de golpe, golpeando contra la pared con un estruendo que hizo vibrar las ventanas.

El sonido metálico de una hebilla se arrastra por el aire antes de que el olor fuerte a alcohol llene la habitación.

—¡Riku!

—la voz áspera y cargada de ira rompió el silencio.

La niña, se tensó en el rincón donde estaba sentada, apretando un cuaderno contra su pecho.

Los lápices de colores se desperdigaron en el suelo, pero no se atrevió a recogerlos.

En el umbral, su madre tambaleaba ligeramente, con las mejillas encendidas y los ojos vidriosos.

En su mano derecha sostenía un cinturón de cuero negro, y cada movimiento hacía que la hebilla brillara con la luz tenue del pasillo.

—Otra vez con esos dibujitos inútiles… —murmuró, arrastrando las palabras—.

¿No te dije que tenías que estar estudiando?

Riku bajó la mirada.

No era la primera vez que su madre regresaba así, oliendo a licor barato y con el ceño fruncido.

No era la primera vez que la veía con el cinturón en la mano.

—hoy tienes el examen de matemáticas —continuó la mujer, entrando y cerrando la puerta de un portazo—.

Quiero que saques el primer puesto.

¿Entendido?

La niña se acerca en silencio.

No se atrevía a hablar.

Sabía que, en momentos así, cualquier palabra podía ser usada en su contra.

—¡Quiero oírte!

— la madre, alzando el cinturón.

—Sí, mamá… La mujer irritante, pero no era una sonrisa cálida.

Era una mueca torcida, de orgullo falso, como si la exigencia fuera una muestra de amor.

—Bien… porque en esta casa no hay lugar para mediocres.

Si no eres la primera, no sirves para nada.

El cinturón golpeó el escritorio, haciendo que un vaso de agua se volcara y empapara parte del cuaderno de Riku.

La niña contuvo las lágrimas mientras observaba cómo el agua borraba las líneas de un dibujo que había hecho con tanto cuidado.

—Límpialo y estudia hasta que se te quemen los ojos.

La madre salió, cerrando la puerta con un golpe seco.

El silencio volvió, pero no era un silencio pacífico.

Era un silencio pesado, como si las paredes mismas retuvieran los ecos de las palabras duras.

Riku recogió los lápices del suelo y secó el cuaderno con la manga de su suéter.

Las páginas arrugadas parecían recordarle que sus momentos de felicidad siempre eran interrumpidos.

— Los siguientes días se convirtieron en una rutina de presión constante.

Su madre revisaba cada tarea, cada libro, cada resultado.

Si Riku traía una nota perfecta, apenas recibió un “era lo mínimo que esperaba”.

Si cometía un error, el cinturón se hacía presente.

En la escuela, sus compañeros la miraban con una mezcla de envidia y distancia.

Riku siempre estaba en el primer lugar: en los exámenes, en las presentaciones, en las competencias.

Pero nadie sabía que detrás de cada medalla había noches sin dormir y lágrimas silenciosas.

La maestra hipócrita, orgullosa de su alumna estrella.

Pero Riku no se esforzaba por pasión.

Lo hacía por miedo.

— Una tarde, después de clases, la niña decidió tomar un camino más largo para llegar a casa.

Quería retrasar el momento en que vería a su madre.

Caminó por las calles tranquilas del barrio, mirando cómo otros niños jugaban en el parque.

Se detuvo un momento a observar a una niña que reía mientras se subía a un columpio.

Por un instante, se preguntó cómo sería vivir sin sentir que cada error costaba caro.

Cómo sería llegar a casa y escuchar un “¿cómo te fue?” en lugar de un “¿ganaste?”.

El sonido de su propio nombre, gritado desde la esquina, la sacó de sus pensamientos.

Su madre estaba allí, con el ceño fruncido y las manos en la cintura.

—¡Riku!

¿Por qué te tardas?

—La voz era un látigo en sí misma.

Riku corrió hacia ella, pero no lo suficientemente rápido como para evitar que la mujer le agarrara del brazo con fuerza.

—Espero que tengas una buena razón para llegar tarde… —susurró, y el tono bajo daba más miedo que los gritos.

—Lo siento… —respondió la niña, sin levantar la vista.

La madre no dijo nada más, pero su mano se cerró un poco más sobre el brazo de Riku antes de soltarla.

— Esa noche, mientras estudiaba con los ojos pesados de sueño, Riku escuchó a su madre hablando por teléfono en la sala.

—Sí… mi hija es la mejor de la clase.

Siempre lo será.

No pienso criar a una perdedora.

Las palabras se clavaron como espinas.

Para su madre, ser la primera no era un logro de Riku.

Era un trofeo personal, algo que mostrar a los demás para recibir elogios.

No importaba cuánto costara.

Riku volvió a mirar sus libros.

Sabía que seguiría estudiando, que seguiría cumpliendo, porque no conocía otra forma de vivir.

Pero en su interior, una pequeña parte de ella empezaba a preguntarse si algún día podría ser libre.

— Los años pasaron, y la presión no disminuyó.

Si acaso, creció.

—No me importa si me enfermo practicando —pensaba Riku—.

Lo que me da miedo es volver a casa sin una medalla.

— En una noche fría de invierno, Riku llegó a casa con un diploma en la mano.

Lo había ganado en un concurso de ciencias.

Sonrió, esperando, quizás, un pequeño gesto de orgullo.

—¿Es el primer lugar?

—preguntó la madre sin mirar el papel.

—Sí… —respondió Riku.

—Bien.

Déjalo sobre la mesa.

La niña obedeció.

La madre siguió viendo televisión, sin preguntar cómo había sido la competencia, sin saber que su hija había pasado semanas preparando un experimento, sin importarle que ese logro le había costado horas de sueño.

Esa noche, Riku comprendió que, para su madre, no importaba cómo se sentía.

Lo único que valía era mantener la imagen de perfección.

— ACTUALMENTE: RIKU SE DESPIERTA DE UN SUEÑO SOBRE SU PASADO.

El recuerdo de esos años quedó grabado como una cicatriz invisible.

Con el tiempo, Riku aprendería a ocultar sus emociones, a sonreír aunque estuviera rota por dentro.

Aprendería a no pedir ayuda, porque nunca la había recibido.

CONTINUARÁ  —

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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